FOTO: Hannah Schildt
Estos días son las fiestas de mi pueblo, y esperamos a más de dos millones de visitantes. ¡Vaya pueblo!, pensarán. Pues sí, vaya pueblo. Se llama Chueca, y estos días va a concentrar el mayor porcentaje de euforia por metro cuadrado de esta España nuestra.
La Fiesta del Orgullo (antes gay, ahora LGTB, para mí orgullo a secas) se ha convertido, nos guste o no, en la gran fiesta de Madrid, incluso me atrevería a decir que de España. No hay toros como en los Sanfermines, ni falta que hace. Lo que hay aquí, lo que compartimos las personas que salimos a la calle a celebrar estos días en Madrid, es un sentimiento incontrolable de orgullo porque cada quién pueda ser quién es, en la calle, sin miedo, con alegría y respeto por las diferencias. Debemos estar orgullosos y orgullosas de un país en el que la igualdad de derechos entre las personas ha avanzado enormemente, porque hay muchos otros donde la situación es muy distinta: las relaciones homosexuales son todavía consideradas ilegales en 76 países. En Arabia Saudí, Irán, Mauritania, Nigeria, Somalia, Sudán y Yemen se castigan las relaciones homosexuales con la pena de muerte, y en Uganda conseguimos evitarlo entre tod@s hace unas semanas. En 29 de los 50 estados de EEUU pueden despedirte legalmente por ser gay. Y podría seguir y seguir.
En los últimos años algunas personas creen que el Orgullo ha perdido su carácter reivindicativo para convertirse en una orgía de publicidad, música y alcohol. Y sí, allí donde hay ganas de pasárselo bien hay música, hay alcohol, y donde hay dos millones de personas pronto llega la publicidad. ¿Y qué? La palabra gay en inglés significa alegre, y yo creo que no es para nada incompatible la reivindicación con la alegría. Madrid debe ser un ejemplo para otras ciudades. Ojalá en Rusia, Eslovaquia, Rumanía, Bulgaria, Hungría o Serbia las fiestas fueran como la nuestras, y no tuviesen que celebrar las manifestaciones del orgullo bajo una escasa protección policial que no impide las intimidaciones y la violencia física. La semana del Orgullo es fiesta, pero también es cultura, y una manifestación que une la denuncia con la música, el color y el disfrute. Yo, como la feminista Emma Goldman (y como el protagonista de V de Vendetta, tan de moda en estos tiempos) creo que una revolución sin baile es una revolución que no vale la pena. Llámenme loca, lo soy, y más estos días. Al fin y al cabo, todo empezó en un bar de Nueva York, el Stonewall, donde hace ya 42 años un grupo de personas, muchas de ellas drag queens y transexuales, decidieron que ya bastaba. Qué vivan las revoluciones de tacones y plumas.
Y para quien quiera otra cosa más seria, existe una “semana paralela” organizada por diferentes grupos feministas, “Orgullo indignado” se llama este año, y hasta tiene su manifestación alternativa. Hay para todos los gustos, que es de lo que se trata. Así que salgan a la calle, vístanse de color, vénganse a Chueca y compartan un poco de alegría, que falta nos hace.
Y para quien pregunte por qué no un orgullo heterosexual, la respuesta está en un tweet de ayer de @indioszurdos: “¿quién ha sido golpead@, violad@, asesinad@ por ser heterosexual?”