Foto extraida de los archivos de Intermon Oxfam
El último día que estuve en Burkina Faso, cuando salía ya hacia el aeropuerto, mi compañera Aliguetou me regaló su ropa, la que llevaba puesta. Estábamos haciendo un reportaje sobre el algodón y habíamos admirado la calidad del tejido. Así que se cambió sobre la marcha, y me regaló su vestido de dos piezas, que nunca podré llevar tan elegantemente como ella.
Casi todos los burkinabés que conozco son así: amables, generosos, dueños de una empatía y de un sentido del humor que superan todas las barreras idiomáticas. He viajado a Burkina tres veces y, si hubiera oportunidad, volvería mañana mismo, solo por su gente. Tierra de las personas íntegras, dice su nombre.
En Burkina Faso se pasa hambre. Pasan hambre los propios campesinos que cultivan alimentos, el 92% de la población del país. Está entre los diez países más pobres del mundo, el desierto del Sahel se va comiendo su territorio, cada vez más seco, y sus habitantes no llegan a los 55 años de esperanza de vida.
Ese trasfondo de pobreza y valores ha sido constante en lo que he visto del país desde mi primer viaje, en 1995. Los burkinabés sufrían –y para mí aún siguen sufriendo- con dureza las consecuencias del ajuste estructural del 91, impuesto por los organismos financieros internacionales. Los brutales recortes sociales –siempre pagan los mismos- afectaron radicalmente a las vidas de las personas más humildes. Estuvimos en un proyecto de salud de Medicus Mundi en la región de Gourma, en la frontera con Níger, que se caracterizaba por su integración en el sistema sanitario local. Allí en Matiacoali, nos sorprendió la ejemplar organización entre los diferentes funcionarios: agrícolas, forestales, de salud, de interior… Venidos de distintos lugares, con diferentes experiencias, pero muy preocupados por el servicio a la comunidad. Profesionales preocupados por su misión, y algunos de ellos auténticos virtuosos del awalé y de las damas chinas, en reñidas timbas nocturnas que favorecían aún más el trabajo de equipo.
Diez años después tuve la oportunidad de viajar de nuevo, con Intermón Oxfam, con varios periodistas y con el cantante Shuarma, entonces todavía líder del grupo Elefantes, para conocer la desesperada situación de los productores de algodón y arroz.
Nos emocionó la cooperativa Wouol, en Bérégadougou, donde conocimos a una comunidad empeñada en mantener su entorno y vivir mejor. Cuidan los árboles, los ríos, y secan frutos para exportarlos a Europa. Dan trabajo, sobre todo, a las mujeres del pueblo. Pero además, tienen grupos de teatro, música, baile, y todo tipo de actividades para convencer, con alegría y humor, a la gente de las muchas cosas que pueden hacer para defender su tierra del desierto que avanza.
El tercer viaje, también con Shuarma, tenía un fin musical, y en el equipo estaba el productor Joe Dworniak. Llevábamos en el ordenador una canción compuesta para Yeleen, un dúo con mucho éxito en África Occidental, porque además de buenos músicos son divertidos y cercanos. El resultado fue que grabamos un temazo, J’habite a l’Eden. La grabación estuvo llena de momentos mágicos. Y también fue emocionante que los compañeros de la oficina de Intermón Oxfam nos acogieran amorosamente en sus casas. Laurencia, Omer, Issaka y sus familias nos enseñaron desde dentro cómo es su día a día. Y su preocupación real por mejorar la vida de la gente es estimulante para todos los que, desde lejos, compartimos el trabajo.
Si algún día tengo oportunidad de regresar de nuevo, me gustaría mucho que fuera durante el mejor festival de cine del mundo, el FESPACO, que tiene más de 44 años de vida, y que cada dos años consigue que Ouagadougou se llene de las mejores películas de África. Y me gustaría también ver cómo todos los indicadores de salud, bienestar, educación y esperanza de vida para los burkinabés, crecen al ritmo de sus esfuerzos, y de sus sonrisas.
Gonzalo Fanjul lleva más de veinte años dedicado al activismo contra la pobreza, preside la iniciativa +Social y colabora como investigador con diferentes think tanks, universidades y ONG
Lucila Rodríguez-Alarcón, ingeniero agrónomo, experta en comunicación política, ahora dedicada en cuerpo y alma a Intermón Oxfam.
Hay 2 Comentarios
Belén: aquí otra enamorada del país de los hombres íntegros, donde viajo cada año. Mi última estancia fue básicamente en Gaoua, al sur, en el País Lobi, colabroando con una asociación de mujeres durante 4 meses. Coincidí con el FESPACO y me trasladé esos días a Ouaga. Efectivamente vale la pena. Un abrazo desde Valencia.
Publicado por: Llanos | 27/07/2011 8:11:21
Belén: aquí otra enamorada del país de los hombres íntegros, donde viajo cada año. Mi última estancia fue básicamente en Gaoua, al sur, en el País Lobi, colabroando con una asociación de mujeres durante 4 meses. Coincidí con el FESPACO y me trasladé esos días a Ouaga. Efectivamente vale la pena. Un abrazo desde Valencia.
Publicado por: Llanos | 27/07/2011 8:11:21