Esta entrada ha sido escrita por María Jesús Vega, Portavoz en España de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados.
Tres generaciones de mujeres congoleñas desplazadas en un asentamiento al oeste de Goma, capital de Kivu Norte (República Democrática del Congo). Foto: ACNUR/ María Jesús Vega.
Es muy probable que haya mucha gente interesada, en el peor sentido de la palabra, en lo que pasa en la República Democrática del Congo (RDC). Se trata de uno de los países con más riqueza y potencial de todo África, pero que el año pasado ostentaba el triste honor de ocupar la última posición en un ranking de 187 países que engloba el Índice de Desarrollo Humano, unos parámetros que evalúan la calidad de vida de los habitantes, educación y la situación de derechos humanos.
Cuando pones un pie en ese inmenso país, te cautiva la riqueza paisajística, la exuberancia de su vegetación, el color, los olores y la actividad de los mercados, su música. El río Congo, la columna vertebral del país, podría generar la suficiente electricidad como para iluminar a toda África y, sin embargo, toda esa riqueza, particularmente la que yace en el subsuelo y de la que no se beneficia la mayoría de la población, ha convertido el país en un infierno para millones de congoleños desde hace muchos años.
Gonzalo Fanjul lleva más de veinte años dedicado al activismo contra la pobreza, preside la iniciativa +Social y colabora como investigador con diferentes think tanks, universidades y ONG
Lucila Rodríguez-Alarcón, ingeniero agrónomo, experta en comunicación política, ahora dedicada en cuerpo y alma a Intermón Oxfam.