José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, expresó hace unos días su preocupación ante la crisis espiritual de los jóvenes españoles, la mitad de los cuáles declara no creer en Dios. Si además fueran preguntados por la Iglesia Católica y por su credibilidad como institución social, los números serían todavía más bajos. Sencillamente, sienten que la Iglesia se ha convertido en una institución irrelevante para buena parte de ellos, carente de atractivo y ajena a las cuestiones que hacen sus vidas más difíciles e inseguras.
Yo iría un paso más allá: en medio de una crisis devastadora que ha disparado las cifras de pobreza y desigualdad en nuestro país, la incapacidad de los obispos para articular un mensaje social claro y contundente les sitúa del lado de los culpables y frente a las víctimas. Es un pecado por omisión. Los primeros traicionados por la posición de los líderes de la Iglesia son la miríada de organizaciones religiosas que trabajan cada día en las trincheras contra la exclusión social, con inmigrantes, hambrientos, desahuciados, sin techo y enfermos. Son parte de la misma Iglesia, pero habitan universos paralelos.
Gonzalo Fanjul lleva más de veinte años dedicado al activismo contra la pobreza, preside la iniciativa +Social y colabora como investigador con diferentes think tanks, universidades y ONG
Lucila Rodríguez-Alarcón, ingeniero agrónomo, experta en comunicación política, ahora dedicada en cuerpo y alma a Intermón Oxfam.