Esta entrada ha sido escrita por Carlo Petrini, presidente de Slow Food International y participante en el seminario Cultivos para el siglo XXI.
La velocidad creciente de nuestro ritmo de vida, de trabajo y de pensamiento, sometidos a una presión cada vez mayor, acentúa la distorsión y hace que la complejidad que nos rodea amenace con sobrepasarnos porque no somos capaces de entenderla y disfrutarla, a menos que cambiemos el ritmo. Además, la sociedad de consumo no para de crear nuevos desechos, justifica el despilfarro y la marginación de todo lo que es improductivo o lento. Todo lo que no es necesario para sus objetivos de lucro (personas, culturas, cultivos) se tira, se convierte en basura.
La pérdida de la biodiversidad, que ha afectado el pasado siglo a gran parte de nuestro planeta, hace que una buena parte de las especies de plantas y animales - no lo suficientemente productivas o inadecuadas para los sistemas modernos de producción, transformación y distribución- se haya perdido. Afortunadamente, en algunos medios rurales -considerados marginales-, algunas de estas especies se han salvado y siguen siendo una base importante de la dieta de una parte considerable de la población mundial. Proteger la biodiversidad, detener su deterioro y trabajar para promoverla es un imperativo que los nuevos gastrónomos, los consumidores convertidos en coproductores, deben perseguir sin tregua.
Gonzalo Fanjul lleva más de veinte años dedicado al activismo contra la pobreza, preside la iniciativa +Social y colabora como investigador con diferentes think tanks, universidades y ONG
Lucila Rodríguez-Alarcón, ingeniero agrónomo, experta en comunicación política, ahora dedicada en cuerpo y alma a Intermón Oxfam.