Esta entrada ha sido escrita por Alberto Eisman (@ajeisman).
Vivimos tiempos recios para la solidaridad. Cuando en España se roza el número de los 6 millones de parados y ya casi no quedan agujeros con los que estrecharse más el cinturón... es difícil y casi heroico hablar de pensar en los que tienen menos que nosotros, máxime en países y circunstancias muy lejanas de nuestra realidad. A esto se le añade una retórica facilona que carga contra el mismo concepto de ayudar al desarrollo argumentando el derroche de los fondos oficiales, como si todos y cada uno de los euros empleados en la cooperación internacional hubieran sido destinados a proyectos tan significativos como la reproducción asistida de los lemures aterciopelados del Madagascar Oriental. Hay que decir alto y claro que no es así.
Sin negar la evidencia de que muchos fondos para la cooperación han sido mal utilizados, manipulados o destinados no a los más necesitados y vulnerables sino -por ejemplo– a los coleguillas ideológicos o políticamente correctos de turno, también hay que decir que ha habido iniciativas que han mejorado y mucho la calidad de vida de las personas: el suministro de un agua limpia, las mejoras sostenibles de la producción agrícola, la inversión en educación, el acceso a los medicamentos contra el SIDA, el refuerzo del papel y del perfil social de la mujer y muchas otras...
Gonzalo Fanjul lleva más de veinte años dedicado al activismo contra la pobreza, preside la iniciativa +Social y colabora como investigador con diferentes think tanks, universidades y ONG
Lucila Rodríguez-Alarcón, ingeniero agrónomo, experta en comunicación política, ahora dedicada en cuerpo y alma a Intermón Oxfam.