Ángeles Espinosa

Iran quiere conquistar el cielo

Por: | 01 de septiembre de 2015

Rara vez abro correos si no conozco su origen, pero esta vez he caído en la tentación.  El asunto decía “SkyGift”, así en inglés, y luego en persa “nuevo sitio de prueba”. Tal vez fue esa mezcla la que me llamó la atención. Sin duda, deformación profesional hacia todo lo que pueda estar relacionado con Irán.  Enseguida he visto que no se trataba de un email basura.

“Estimados miembros del club de viajeros frecuentes SkyGift”, empieza el mensaje. Rápidamente, me he acordado. En una ocasión cuando vivíamos en Irán, mi marido y yo compramos un billete de avión, no recuerdo si para Bam o para Bandar Abbas,  y la empleada de Iran Air, la aerolínea de bandera, sugirió que nos hiciéramos miembros de su programa de puntos.

Solíamos evitar Iran Air en los trayectos internacionales, en parte por lo viejo de su flota y en parte por su escasa oferta de horarios. Pero dentro del país, todavía no había la proliferación de compañías aéreas que llegaron después y, además, ellos tenían más vuelos. En cualquier caso, nos hizo gracia el intento de emular a las grandes líneas internacionales hasta en ese detalle. Nos registramos.

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Un avión de Iran Air despegando del aeropuerto de Mehrabad, en Teherán. / Airlines.net

Poco después recibimos en nuestro domicilio de la calle Golshahr (el correo funcionaba muy bien) sendos sobres con las respectivas tarjetas y un folleto que indicaba las condiciones y refería a una página web. Entre aquellas, que los vuelos nacionales no generaban puntos. En cuanto al sitio en internet, como era habitual entonces, no funcionaba.

Había olvidado el asunto cuando este mensaje me pide “sinceras disculpas por el retraso en el lanzamiento de la nueva versión del club SkyGift”. Sólo han pasado ocho años… Pero claramente, el reciente acuerdo nuclear y las expectativas de una renovada actividad turística y empresarial están sacudiendo todos los rincones de la anquilosada administración iraní.

Entre las primeras necesidades (y promesas) de la normalización de relaciones de Irán con el mundo, se encuentra la renovación de su flota de aviones civiles. Bajo los términos de las sanciones estadounidenses (que precedieron a las motivadas por su empeño nuclear), el país lleva tres décadas sin poder adquirir ni siquiera piezas de repuesto para sus viejos Boeing  y Airbus, lo que le hizo comprar aparatos rusos menos fiables y se cita como causa de sus numerosos accidentes aéreos.

De momento, la web para pasajeros frecuentes es una “versión beta”, o de prueba, y la carta pide la colaboración de los miembros para mejorarla. Significativamente, entre los monumentos cuyos perfiles acompañan al de la plaza de Azadi de Teherán se halla el Big Ben de Londres, cuyo Gobierno era tachado hasta ahora de “pequeño Satán” por la propaganda oficial. No aparece ningún símbolo de EEUU, el “gran Satán”. Aún es pronto para anunciar un vuelo directo a Nueva York, pero por algo se empieza.

Nadie hace Ramadán

Por: | 09 de julio de 2015

“Lamento no poderles ofrecer algo, pero estamos en Ramadán”, se disculpa un director general al que Ali Falahi, el colaborador de EL PAÍS en Irán, y yo estamos visitando. Es casi el único que hace tal comentario. La mayoría de los entrevistados durante este especialmente cálido mes de ayuno musulmán obvian el asunto e incluso, en un par de casos, insisten en que tomemos algo, aunque ellos eviten hacerlo. “¿Prefieren un té, un café, algo fresco?”, preguntan. La cortesía se impone a un precepto religioso que cada vez menos iraníes respetan, al menos en Teherán.


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Datiles y frutos secos son los alimentos favoritos para romper el ayuno de Ramadán. / Á.E.

No es cosa de las élites occidentalizadas. Si acaso entre estas se mantienen las formas en público. Lo que me ha llamado la atención es la normalidad con la que la gente se echa un trago de agua en medio de la calle. No es sólo por las altas temperaturas. También hay quien come, e incluso que echa un pitillo, sin que a su alrededor nadie se inmute.

Durante los años que residí en esta ciudad, entre 2005 y 2011, ya me percaté de que el Ramadán se vive de forma mucho más relajada que en otros lugares de Oriente Próximo. Casi todo el mundo parecía tener una justificación médica o de otro tipo para saltarse la abstención que requiere el islam. En El Cairo o en Gaza increparon a personas con las que me encontraba por mascar un chicle o fumar. Tampoco aquí vi nunca los excesos festivos que acompañaban el iftar, la comida de ruptura del ayuno, en la capital egipcia.

Aunque los restaurantes están cerrados durante el día, de forma discreta, en los parques o en los coches, es posible echar un bocado. Además, el trasiego de las panaderías a la hora del almuerzo, en un país en el que el pan se toma recién salido del horno, parece indicar que en muchos hogares no se altera el horario de comidas. Hasta ahí ninguna sorpresa. Este país siempre ha tenido una cara privada distinta de la pública.

La cuestión es que ahora los iraníes, al menos en Teherán, dan la impresión de no dejarse intimidar ni por la norma (saltarse el ayuno está castigado con una multa y hasta con latigazos en algunos casos) ni por la presión social. Si el señor S. esconde el cigarrillo cuando ve llegar a su yerno por la calle Vali Asr es porque teme que con él venga su hija que le reñiría si le ve fumando, no porque estemos en Ramadán.

Durante un paseo la mañana del miércoles por las faldas del Tochal, uno de los montes que separan la capital iraní del norte del país, los caminantes llevan las botellas de agua en la mano cuando podían haberlas metido en sus mochilas. Toda una declaración de intenciones. Un poco más abajo, en la plaza de Tajrish, varios hombres de atuendo modesto que descansan a la sombra de unos árboles en el parterre, tienen extendido el sofre (mantel) con restos de comida y latas de refrescos. Al lado, en la parada de taxis, varios conductores están bebiendo té. También en el hotel en el que me alojo he visto como algunos empleados comen con la mayor naturalidad.

Los hoteles mantienen un restaurante funcionando para los clientes. Además de quienes no sean musulmanes, los viajeros, las embarazadas, los enfermos y los niños están exentos del ayuno. Incluso en los de provincias me cuentan que cuelgan pancartas de las fachadas anunciando que tienen abierto el comedor para los viajeros. Una vez dentro, nadie pregunta.

En realidad, la norma es bastante flexible y depende de la decisión de cada cual. Sin embargo, en muchos países el uso político de la religión como instrumento de control social la ha convertido en un delito. También en Irán, que se rige por la Sharia, o ley islámica. Pero la sociedad está harta de imposiciones.

Incluso las autoridades parecen haber comprendido que todo tiene un límite. En algunas estaciones de metro, han colocado un panel a modo de biombo ante la fuente de agua para que quienes beban no ofendan a aquellos que hacen el sorprendente esfuerzo de abstenerse durante las catorce horas y media de luz solar. Todavía hay muchos iraníes que ayunan, por supuesto. Lo que cada vez es más difícil es pretender que todo el mundo comparte la necesidad de hacerlo. Fin

 

La mujer de Zarif y el yerno iraní de Kerry

Por: | 04 de julio de 2015

Si Irán tuviera revistas del corazón, esta semana hubieran tenido difícil elegir entre dos portadas: la mujer de Zarif o el yerno iraní de Kerry. A falta de noticias más jugosas que llevarse al ordenador, los periodistas encargados de las (eternas) conversaciones nucleares se entretienen con los detalles. Y los detalles a veces importan.

Pongamos por caso la presencia en Viena de Maryam Imanieh, que es como se llama la mujer del ministro de Exteriores y jefe negociador iraní, Mohammad Javad Zarif. Para sorpresa de la tropa informativa congregada en el palacio de Coburg, Imanieh acompañaba a Zarif el martes a su regreso de una visita relámpago a Teherán para “consultar con el liderazgo”. Dado que no es previsible que el ministro tenga mucho tiempo para pasear por Viena con su esposa, resulta inevitable preguntarse qué mensaje quieren transmitir.

Zarifa en ViennaImanieh, la esposa de Zarif (derecha), habla con una mujer sin identificar durante un evento en Teherán.

Es un gesto bastante inusual que los altos cargos iraníes viajen acompañados de sus esposas y más aún, que de hacerlo, éstas tengan visibilidad. De hecho, los comunicados oficiales y los medios iraníes cuando tienen que mencionar alguna actividad suya, no las citan por su nombre sino que se refieren a ellas como “la esposa del ministro tal o cual”. Pero Imanieh no es de las que se quedan sentadas en la habitación del hotel esperando el regreso de su guerrero. La isfahaní, que tiene 53 años (dos menos que su marido), es conocida por su afición a la poesía mística y a la música.

Dado que Zarif es un hombre muy ducho en el trato con los medios de comunicación y el uso de las redes sociales, una no puede evitar pensar que la presencia de su media naranja en el tramo final de las negociaciones tiene mensaje. Por un lado, evoca un lado más suave de un país con un problema agudo de imagen. Por otro, anima a pensar que el ministro confía en lograr el esperado acuerdo, un momento histórico en el que desea tener a su lado a la persona más importante de su vida. Al fin y al cabo, es la madre de sus dos hijos, una chica y un chico, ambos nacidos en Nueva York, donde se encontraba destinado.

Esa experiencia americana ha contribuido sin duda a facilitar el deshielo con su homólogo, John Kerry, representante de un país con el que Irán no tiene relaciones diplomáticas desde hace 35 años. Eso, y el yerno iraní de Kerry, mi sugerencia de portada alternativa para las inexistentes revistas del corazón locales.

Los medios iraníes han descubierto que Vanessa Bradford Kerry, la hija menor del secretario de Estado con su primera esposa, está casada con un neurocirujano de origen iraní. En un país que no reconoce la doble nacionalidad, pero que abraza como propios a los triunfadores de una diáspora que no ha sido capaz de retener, Behrouz Nahed se ha convertido en un punto a favor de su suegro. El doctor Nahed, conocido como Brian entre los amigos, es hijo de iraníes de Teherangeles y se casó con la doctora Kerry en 2009. Algunos rumores aseguran que antes visitaron Irán juntos…

¿Hay o no materia para un Hola iraní?

 

Pistachos

Por: | 29 de junio de 2015

No lo puedo evitar. Mis viajes a Irán están asociados con el sabor de los pistachos. Y un guapo kurdo iraní tiene mucho qué ver. Cada vez que el jefe de Internacional me sugiere que tendría que darme una vuelta por el país para contar cómo están las cosas, no pienso (sólo) en negociaciones nucleares, el pañuelo que obligatoriamente me tendré que poner o la entrevista que he pedido con el presidente. La mera idea de una visita a Tavazo vence mi resistencia a lidiar con la pesada burocracia que acompaña al visado de periodista. Tavazo (pronunciado ‘tavassó’) es mi tienda favorita de pistachos.

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Pistachos y otras delicadezas en una tienda de Tavazo en Teherán. / Á.E.

De hecho, estoy en el avión y me sorprendo planeando cuándo podré hacer una escapada para abastecer mi despensa de ese apreciado fruto seco, y cumplir un encargo que me ha hecho mi amiga M. Quien no haya probado los pistachos iraníes no podrá entenderme. Yo tampoco lo habría entendido antes. Pero una de las ventajas de este trabajo es que te da acceso a personas y experiencias extraordinarias. 

Las cartas sobre la mesa. Mi asociación de Irán con los pistachos es anterior a que pudiera conocer este país. Era yo una becaria en EL PAÍS a mediados de los años ochenta del siglo pasado. Irán e Irak libraban una guerra que parecía interminable. Cada cierto tiempo pasaban por la redacción representantes de uno u otro grupo político en el exilio contando su lucha y sus problemas fuera con Teherán o con Bagdad. Como última llegada al equipo, empezaron a encargarme que bajara a la sala de visitas y atendiera sus cuitas.

Entonces, apareció él. Un tipo alto, de ojos negros, mirada penetrante y con una cicatriz en la cara que le daba aspecto de malo de una película de acción, pero cuyos modales suaves contradecían la aparente fiereza. Me relató las dificultades de su pueblo, atrapado entonces en medio de aquella guerra fratricida. Debí de escucharle ensimismada, aunque hoy soy incapaz de recordar su nombre. Pero suscitó mi curiosidad por una comunidad de la que entonces conocía muy poco. Al despedirse, me regaló un paquete de pistachos.

“Un recuerdo de mi país”, me dijo, un poco en contradicción con sus ansias independentistas, ya que esas nueces se cultivan lejos de las montañas kurdas, en las planicies del centro de Irán. Esa tarde nos dimos un pequeño festín en la redacción y yo quedé enganchada para siempre a los pistachos. Iraníes, según iba a comprender cuando a partir de entonces probara otros. De aquí salen casi medio millón de toneladas, la mitad de la producción mundial. (¿Le llevará pistachos Zarif a Kerry cuando se reúnen para negociar el acuerdo nuclear?)

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Una tienda de Tavazo, en la avenida Vali-e-Asr de Teherán. / Á.E.

No volví a ver al guapo kurdo. Pero cuando varios años más tarde pude por fin viajar a Irán, no me olvidé de comprar pistachos para llevar a mis compañeros y a mis amigos. También para mí. Por supuesto. Fue así como descubrí Tavazo. Hay docenas de tiendas similares y Ali M. suele insistirme en que vaya a comprarlos al Gran Bazar, donde los precios son más ajustados. Pero a mí me sigue gustando ir a ese negocio, dónde te animan a probar sus productos (menos ahora, que estamos en Ramadán) y los empleados te tratan con deferencia. Se ha convertido en una tradición.

 

 

 

 

Un rapero en la Legión

Por: | 23 de junio de 2015

“Prepara una guerra”, grita Pandemonium desde el escenario. “Si quieres la paz”, responde entusiasta la audiencia, una y otra vez, a ritmo de rap. Podría tratarse de una verbena veraniega de cualquier pueblo de España, o de la fiesta de fin de curso de un colegio mayor, pero estamos en la Base Gran Capitán que la Legión ha montado en Besmayah (Irak) para contribuir a la formación del Ejército iraquí. Y el rapero Pandemonium es el cabo Leiva, quien abre el Primer Festival de Besmayah, un evento sin parangón en muchos kilómetros a la redonda y cuyos organizadores esperan que tenga continuidad cuando les releven los paracaidistas.

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El rapero Pandemonium, durante su actuación en Besmayah. / MINISTERIO DE DEFENSA

La velada, en vísperas de la graduación de la brigada iraquí adiestrada por el contingente español, es una de las escasas distracciones que los tres centenares de soldados (y un puñado de intérpretes civiles) han podido disfrutar en los cinco meses que llevan desplegados en este desierto inmisericorde, al este de Bagdad. Aunque se encuentra apenas a una hora y medio de coche, la capital iraquí les está vedada, ya que la discreción constituye una de las condiciones del proyecto. Tienen prohibido salir del recinto. Los caballeros y damas legionarios no esconden que se sienten enjaulados. 

“Es una misión muy distinta a lo que estamos acostumbrados, nosotros somos más de acción, de combate”, explica uno de ellos.

El comandante Timón, el PAO (antes PIO, y para entendernos, responsable de prensa), concede que “esto es como una cárcel”. Los muros de hormigón, los puestos de vigilancia y los tiradores apostados sobre los tejados dan esa impresión. Sin embargo, el ambiente de camaradería que se respira cuenta otra historia.

“Ha sido  muy duro. Cuando llegamos aquí sólo había unas casamatas medio derruidas y un montón de basura”, recuerda el coronel Julio Salom, el jefe del contingente, quien atribuye a ese esfuerzo conjunto el buen clima que se ha creado. “Celebramos la primera ducha, la primera comida caliente, la primera llamada de teléfono…”, relata con una chispa de orgullo en los ojos mientras durante un paseo muestra las instalaciones.

Han bautizado las zonas de alojamiento como Villa Latas y La Moraleja, aunque a diferencia de los barrios de Sevilla y Madrid de los que han tomado el nombre, ambos ofrecen servicios similares. Todo el mundo tiene que ir a los baños colectivos y barrer el polvo cada mañana. También cuentan con la previsible plaza de España, donde han colocado el escudo de la Legión y el de los Comandos portugueses que les acompañan desde hace un mes, así como las respectivas banderas.

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Un grupo de legionarios consulta la prensa del día en un tablón de anuncios. / MINISTERIO DE DEFENSA

Como en esta misión los portugueses no cuentan con un cantante de fados, aportaron al Festival una instructiva pieza de humor sobre el portuñol, esa mezcla de portugués y español en la que se comunican con los legionarios. Su presentación de power point arrancó alguna de las mayores carcajadas de la noche. Además, es un secreto a voces que los Comandos han traído consigo un arma infalible: una cafetera semiprofesional y un cargamento de café que protegen como si fuera el polvorín. (Gracias comandante Lourenço por el pingadinho que me permitió aguantar despierta a pesar del madrugón).

En la plaza de España se halla también el famoso cañón de Besmayah, una vieja pieza de artillería que una de las integrantes del cuerpo de ingenieros que les ha dado apoyo durante estos meses, desmontó, limpió y dejó en perfecto estado de revista. El resultado es tan espectacular que los legionarios quieren llevárselo con ellos cuando vuelvan a casa, algo que por supuesto requiere la aprobación iraquí y tiene al coronel Salom embarcado en delicadas negociaciones diplomáticas con su amigo el general Abbas, responsable de la base iraquí dentro de la cual están instalados.

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Dos espontáneos bailando los ritmos del coro de Besmayah. / MINISTERIO DE DEFENSA

Pandemonium aún no ha rapeado sobre el cañón, pero todo se andará. Durante el festival, incluso se atrevió a versionar El novio de la muerte, el himno de la Legión, aunque el programa también incluyó una interpretación más clásica del mismo. Los chistes, las chirigotas y el coro final (muy aplaudido) pusieron de relieve la gran complicidad de los miembros del contingente, lo que los expertos llaman “esprit de corps” (espíritu de cuerpo), algo de lo que el Ejército iraquí anda escaso.

No digo yo que los soldados de la Brigada 92 tengan arrancarse por bulerías para vencer al Estado Islámico, aunque ayudaría que, además de tácticas de combate y manejo de armamento sofisticado, hubieran absorbido la importancia de sentirse y trabajar como equipo. Si un legionario logró sacar a bailar a esta riojana carente del menor sentido del ritmo, es de esperar que también hayan conseguido plantar esa semilla.

Irak, 30 años después

Por: | 15 de junio de 2015

Desde el aire, Irak resulta poco atractivo. En especial si, como me ha ocurrido esta vez, se llega desde el sur. Tras dejar atrás el golfo Pérsico, no se ve más que arena y polvo. Mucho polvo. Ni siquiera el hilillo de verde que serpentea junto al Tigris era visible en mi lado del avión. Sólo de vez en cuando, algunos villorrios con casas de bloques, rodeadas de más polvo. Desde las pantallas de televisión, es aún peor. Coches bomba, asesinatos sectarios, milicias de una u otra confesión que imponen su ley…

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Jóvenes y familias iraquíes junto a la estatua al poeta Al Mutannabi, en Bagdad. / Á.E.

Hace 30 años, Irak fue el destino de mi primer viaje como periodista. Y como el primer novio, eso es algo que no se olvida. Sadam Husein había embarcado a su país en una guerra con Irán (jaleado por unos vecinos árabes que temían el contagio de la revolución islámica). A diferencia de Teherán, Bagdad se mostraba poco inclinado a mostrar sus víctimas a la prensa extranjera. Daba los visados con cuentagotas. De repente, llegó a la redacción de EL PAÍS una carta de la Embajada iraquí en la que se invitaba a un reportero a acudir al Mirbad, un festival de poesía.  La entonces jefa de Internacional, Mariló Ruiz de Elvira, pensó que era una buena oportunidad para acceder a la antigua Mesopotamia y, de paso, empezar a bandear a la redactora novata que era yo.

Así aterricé en Bagdad en diciembre de 1985, tras un vuelo directo de Iraqi Airways desde Madrid que pronto iba a dejar de existir. Encontré un país que intentaba disimular el esfuerzo de la guerra, como si el conflicto no estuviera haciendo mella en cientos de miles de familias y en las arcas estatales. Cuando tres años más tarde, después de ocho de combates y un millón de muertos de ambos bandos, se firmó el armisticio, del agujero económico que dejó el esfuerzo bélico surgió la inquina que llevó al dictador a invadir Kuwait y a la comunidad internacional a castigar después a los iraquíes con un duro régimen de sanciones económicas que terminó de arruinarles, económica y socialmente.

El embargo convierte a Irak en una nación sin futuro titulé una de las crónicas que envié durante un viaje en 1998. Cinco años después, un pretexto que luego se reveló  falso sirvió para que Estados Unidos derribara al tirano con la promesa de un nuevo Irak que aún no se ha materializado. Si cambiara “el embargo” por “la corrupción”, hoy podría escribir una crónica con el mismo encabezamiento.

A veces me pregunto cómo los iraquíes no salen corriendo y dejan que el desierto se lo coma todo. A muchos ya les gustaría si no fuera por las dificultades que encuentran para obtener un visado, e incluso para refugiarse en una provincia vecina cuando los brutos del Estado Islámico toman sus pueblos y ciudades. En cualquier caso, para 36 millones de iraquíes, éste es su hogar (la mitad han nacido en las tres últimas décadas). Para ellos, me cuentan Rihab y Ammar, Irak son también recuerdos de amores juveniles, bodas, nacimientos, reuniones familiares o travesuras infantiles, como en el resto del mundo. Sólo que a menudo esos recuerdos están salpicados de explosiones, secuestros y penurias que los demás apenas alcanzamos a imaginar.

Condenados a cavar tumbas… por bailar

Por: | 12 de junio de 2015

Sí, como lo leen. Ese es el castigo que un tribunal de Yeddah, la segunda ciudad de Arabia Saudí y mucho más liberal que la capital, Riad, ha impuesto a dos jóvenes a los que la policía moral sorprendió bailando y cantando con dos amigas. Tendrán que cavar cinco tumbas en un cementerio local, según ha informado el portal de noticias Sabq. Ellas, por su parte, deben visitar a 10 pacientes en la sección de cuidados intensivos de un hospital.

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Familias en la Corniche de Yeddah a la caída de la tarde. / Á.E.

Que el juez les haya impuesto una pena de trabajos sociales es sin duda un gran avance respecto a los latigazos y otros castigos crueles que son la norma en el Reino del Desierto. No obstante, la causa refleja una sociedad enferma. Está claro que Arabia Saudí no es un país para divertirse. No sólo están prohibidos los bares y las discotecas, tampoco permiten los cines o los teatros. Además, hombres y mujeres no pueden confraternizar a no ser que estén casados o sean parientes en primer grado.

Las autoridades justifican esas limitaciones en su particular interpretación de la ley islámica y en el hecho de que el país alberga los lugares más sagrados del islam, La Meca y Medina. ¿En qué quieren que los jóvenes ocupen su tiempo? Salvo la lectura del Corán, no parece que les ofrezcan muchas alternativas, ya que incluso la práctica del deporte encuentra trabas.

Pero los jóvenes son jóvenes. En Arabia Saudí y en Marte. Así que se buscan la vida. Aunque no todos son hijos de ricos jeques con casa en Marbella, Londres o Nueva York, o pueden permitirse escapar a Bahréin o Dubái algún que otro fin de semana, que es lo que hacen los más acomodados para evadir ese estricto control social. Así que organizan fiestas en sus casas o se van al desierto a un DJ party.

A menudo, como el gas mantenido a presión en una botella, se desmadran cuando se abre la espita. Pero los condenados en Yeddah, de los que la información no facilita ni la identidad ni las edades, sólo estaban cantando y bailando en uno de los hoteles de playa de las afueras de esa ciudad, a orillas del mar Rojo. ¿De verdad es tan grave?

Demasiado para la República Islámica

Por: | 09 de junio de 2015

Desde el momento en que la agencia Fars distribuyó las imágenes el pasado sábado, estaba claro que allí había materia de controversia. Una estilosa eurodiputada holandesa, Marietje Schaake, aparecía tocada al estilo de la jequesa Mozah de Qatar, en medio de las miradas de incredulidad de sus anfitriones iraníes. Su turbante, ajustada bata y leggings contrastaban ostensiblemente con el adusto chador que ocultaba las formas de la funcionaria que formaba parte del comité de recepción a los parlamentarios europeos en Teherán.  

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Aunque la visita se celebró con las cortesías habituales, los ultras de la República Islámica no podían dejar pasar la ocasión para quejarse del descoque de los extranjeros, pero sobre todo para utilizarla como arma arrojadiza contra sus rivales políticos. Desde entonces, la prensa iraní ha recogido las críticas de los más conservadores escandalizados no sólo por el atuendo de Schaake sino incluso por el hecho de que algunos de los visitantes llevaran mochilas a la cita. (Al parecer saludar a alguien con una mochila al hombro es el culmen de la falta de respeto para estos puristas de las formas que en sus despachos suelen recibir en chancletas de plástico.)

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 “Es como si estuviera en ropa interior”, escribió el diputado Mahdi Kuchakzadeh en su cuenta de Instagram. Este conocido ultra subrayaba el hecho de que Schaake mostrara las orejas y el cuello. Pero enseguida quedaba claro que su preocupación iba más allá de la ropa “extremadamente rara” de la diputada. Su objetivo era en realidad el recientemente reelegido presidente del Parlamento iraní, Ali Lariyani, a quien afeaba que hubiera permitido que “se violaran los derechos humanos e islámicos [sic] en su presencia”. Lariyani, hijo de un ayatolá, no es precisamente un reformista aunque tampoco se alinea con el ala más dura del régimen.

Schaake ha lamentado que todo lo que ha trascendido de la visita haya sido la polémica por su atavío. La eurodiputada ha explicado que se inspiró en las calles de Teherán, donde las iraníes adoptan estilos aún más atrevidos para cumplir con la obligatoriedad de cubrir su cuerpo que imponen las autoridades de la República Islámica (las mismas que se quejan de la prohibición del velo en las escuelas francesas porque limita la libertad).  

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De hecho, según muestran las fotos, la eurodiputada se atuvo a las estrictas regulaciones iraníes que prohíben que hombres y mujeres se den la mano. Se llevó la suya al pecho cuando saludó a Lariyani, quien respondió con una ligera inclinación de cabeza. Más tarde, durante la entrevista con el ministro de Exteriores, Mohammad Javad Zarif, uno de los traductores le pidió que se ajustara el pañuelo y lo hizo. En esa cita, llevaba una falda larga y un fular blanco, lo que no evitó que los ultramontanos acusaran al jefe de la diplomacia iraní de haber permitido el “carnaval” europeo.

“Hubiera sido mejor que los críticos me hubieran notificado personalmente cuando estábamos en la misma habitación, en vez de recurrir a los medios”, ha escrito Schaake. Eso les hubiera puesto en evidencia, además de impedir su objetivo último de poner en apuros a los conservadores más templados.

De hecho, un turbante similar al suyo en la cabeza de la ministra de Exteriores surafricana Maite Nkoana-Mashabane no causó semejante alboroto. Pero cuando se trata de políticas occidentales es otro cantar. El sombrero con el que la jefa de la diplomacia australiana, Julie Bishop, trató de sortear la imposición iraní del velo durante su visita el pasado abril, también motivó quejas de los diputados más conservadores.

Cervezas a pares

Por: | 11 de mayo de 2015

Hace unos días viajé por carretera hasta Nizwa, la antigua capital de Omán, para hacer un reportaje. Una hora después de cruzar la frontera, paré a comer a las afueras de una localidad llamada Ibri. Era viernes y aunque se había hecho un poco tarde para el almuerzo, el restaurante del pequeño hotel de carretera estaba de lo más concurrido.

Ibri Hotel

Esquina del bar del hotel de Ibri.

Me dirigí a una mesa libre junto a la ventana, me senté y eché un vistazo buscando la atención del camarero. No había ni una sola mujer en la sala. Hasta ahí nada extraordinario en una pequeña población del interior omaní. Lo llamativo es que nadie estaba comiendo. Lo único que había sobre los manteles eran latas de cerveza maxi, de las de medio litro, cuidadosamente alineadas de dos en dos, de tres en tres… y hasta de cuatro en cuatro, junto al vaso de sus consumidores.

¿Un concurso a ver quién bebía más antes de la siguiente llamada del almuédano? No, exactamente. Los camareros se apresuraban a retirar las latas vacías. Las filas sobre la mesa eran el pedido de cada parroquiano. Me di cuenta cuando entró el siguiente y, antes incluso de sentarse, se acercó a la barra y, señalando su marca preferida, indicó dos con los dedos.

Las dos neveras con puertas de cristal ofrecían 14 marcas distintas de cerveza. Había fermentos alemanes, holandeses, australianos e incluso Coronitas mejicanas, las únicas en botellín. Nunca he bebido cerveza. No me gusta su sabor amargo. Pero tenía entendido que debe tomarse bien fría. Al pedirlas a pares, la segunda difícilmente estará fresca.

Aún no había visto nada. Llegó un joven alto y  pidió “ashera” (diez) y deduje por sus gestos que venía con amigos. El maître debió de ver mi cara de asombro mientras el camarero les servía las 10 latas a él y a su único acompañante. Cinco para cada uno. Perfectamente alineadas junto a sus respectivos vasos.

“Tengo clientes fijos que se toman hasta 10 y 15 cervezas al día; aquí no hay nada que hacer no hay agricultura, no trabajan… es su único pasatiempo”, me explicó entre pícaro y comprensivo. Según sus cálculos, algunos se beben hasta el 80% de su sueldo.

Mi incredulidad inicial dio paso a una enorme pena. En la cultura de la que yo vengo, la gente bebe como parte de la relación social, con la comida o para acompañar la charla. El objetivo no es emborracharse a la mayor velocidad posible. Hay un factor de disfrute. Los omaníes que me rodeaban en Ibri apenas hablaban entre ellos. Pedían, pagaban (les exigen que lo hagan al recibir la consumición) y bebían un vaso detrás de otro como si tuvieran prisa o el mundo fuera a acabarse antes que sus latas.

Más grave aún. Al terminar la ronda, cogían sus coches para regresar a casa, un peligro que trae de cabeza a la policía de tráfico omaní. Algunos diputados lo utilizaron como argumento el año pasado para apoyar una propuesta de ilegalizar el alcohol. Los más conservadores se agarran a que el islam prohíbe su consumo. Pero como puede comprobarse en los vecinos Irán, Arabia Saudí y Kuwait, donde impera la ley seca, eso no sólo no disuade a los bebedores sino que alienta el mercado clandestino. Además, Omán ha hecho una apuesta por el turismo y sus responsables saben que si los hoteles no sirvieran copas, no sólo ganarían menos sino que desalentarían a muchos visitantes.

Si el asunto no fuera tan triste, hubiera titulado este post Ebrios en Ibri.

 

Nizwa, capital árabe de la Cultura Islámica

Por: | 06 de mayo de 2015

Nizwa, en el sultanato de Omán, vive sin fanfarria su año como capital árabe de la Cultura Islámica. Un discreto cartel en los escaparates de los comercios anuncia este título honorífico que celebra la contribución de la ciudad a la cultura, la literatura, las artes y la ciencia desde la perspectiva islámica. En un momento en que lo islámico se asocia con el fanatismo y la violencia de los yihadistas, la elección de esta histórica ciudad omaní resulta especialmente significativa. Nizwa, como el resto del país, se ha convertido en un ejemplo de tolerancia en la región.

Consulta aquí el reportaje íntegro en El Viajero

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Nizwa desde el torreón del fuerte, con el alminar y la cúpula de su Gran Mezquita en primer plano. / Á.E.

 

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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