Ángeles Espinosa

Talibanes

Por: | 07 de abril de 2014

Antes de marcharme de Kabul, he ido a visitar el Museo Nacional. Así he descubierto que frente las ruinas del palacio de Dar-ul-Aman, están construyendo el nuevo Parlamento. Es la imagen perfecta de la situación en que se encuentra este país. Mientras el edificio que un día alojó al rey Amanullah refleja la destrucción de las últimas décadas, la nueva obra constituye una promesa de la balbuciente democracia. El pasado y el futuro de Afganistán.

Kabul_Museum

Una visitante en el Museo de Kabul. / fineart.about.com

Resulta milagroso que aún se mantengan en pie las paredes de aquel edificio mil veces bombardeado. Lo mismo podría decirse de esta nación que se convirtió en el punto caliente de la guerra fría durante la ocupación soviética (1979-1989), se sumió luego en la guerra civil (1992-1996), padeció la tiranía de los talibanes (1996-2001) y respira desde entonces con la ventilación asistida de las fuerzas internacionales.

Sorprendente es también la apuesta que revela el nuevo Parlamento. Aunque señores de la guerra, jefes tribales y grupos armados siguen arrogándose un poder que nadie les ha dado, la población acude a las urnas jugándose literalmente la vida y sonrojando a quienes en países con democracias consolidadas obviamos el trámite. Los talibanes y otros grupos extremistas pueden denunciar las elecciones como una perversión occidental, pero los afganos ya no están dispuestos a vivir sometidos a sus delirios medievales.

A menudo leo comentarios de lectores que justifican los atentados y asesinatos de esos radicales como una insurgencia legítima contra “la ocupación extranjera”. No es tan sencillo. Por supuesto que a los afganos no les gusta esa presencia, pero para muchos de ellos no se trata de si está justificada o no, si no de mera supervivencia.

Sólo hay que hablar con las minorías (tayikos, hazaras, uzbekos, nuristanis, kuchis, hasta un puñado de sijs). Pero también con muchos pastunes educados. Todos ellos fueron víctimas de las luchas de poder de los a menudo idealizados líderes muyahidín, primero, y del obscurantismo talibán después. La idea de que unos u otros recuperen el poder, les provoca horror. (Y si Irak sirve de pista, la salida de los ejércitos foráneos no acabará con su violencia sino que la agudizará.)

Por supuesto que los talibanes también son parte de este país. Pero sus acciones violentas deslegitiman su causa. Mientras se quejan, con razón, de las víctimas que causan los soldados extranjeros, callan que ellos han matado a 16.000 civiles, además de a miles de uniformados afganos. Por no hablar de que coartan la libertad de sus compatriotas para expresar sus preferencias políticas y sociales.

El Museo Nacional es un buen ejemplo del objetivo de esos intransigentes. Durante la guerra civil, fue saqueado. Pero durante su gobierno, hubo “un programa de destrucción planificada de esculturas y figuritas” (no lo digo, yo, lo dicen los responsables afganos del museo). ¿Sus objetivos? Piezas de la edad de bronce, de la época greco-bactriana… todo lo que fuera anterior al islam, pero en especial las estatuas de madera de Nuristán y los budas. Al menos dañaron dos mil piezas.

Si se borran las huellas de la historia, se puede reinventar el pasado a la medida de unos ideales que no todos comparten. Interesante también, la sala etnográfica, donde se exhiben varios ejemplos de trajes femeninos de las distintas etnias en el siglo XIX. No hay un solo burka.

Seguridad

Por: | 04 de abril de 2014

Kabul está totalmente tomado por las fuerzas de seguridad afganas. Los controles se han extremado ante las elecciones presidenciales y provinciales de mañana sábado. En las carreteras de acceso a la capital, los soldados paran a los camiones ante el temor a que puedan esconder explosivos, causando enormes colas. En la ciudad, la policía ha pedido a cafés y restaurantes frecuentados por extranjeros que cierren sus puertas hasta que pasen los comicios, como medida de precaución. La psicosis es grande. Y a la vista de los atentados que se han sucedido en las últimas semanas, fundada.

Estaba escribiendo este post a primera hora de la mañana cuando ha llegado la noticia del tiroteo contra las dos compañeras de AP, que ha matado a Anja Niedringhaus y dejado malherida a Kathy Gannon. Conocí a Katy en Islamabad, de la mano de Françoise Chipaux. Siempre ha sido una referencia para los periodistas que nos interesamos por esta parte del mundo. Inevitablemente, el suceso ha influido en mi estado de ánimo.

Coche
Coche en el que viajaban las dos periodistas cuando fueron tiroteadas./ Reuters

“Ten cuidado”, te dicen en la redacción (y por descontado, tus familiares y amigos). ¿Qué significa eso? ¿Qué no te pongas en el camino de un terrorista suicida? ¿Qué no pases por delante de la sede de la Comisión Electoral cuando la ataca un comando talibán? ¿Qué no vayas a los restaurantes o a los hoteles? ¿Qué no salgas de casa para que no te pase como al periodista sueco Nils Horner, asesinado a tiros en el centro de Kabul? ¿O qué estés siempre fuera por si acaso la asaltan como en el caso de la ONG Roots of Peace?

Nadie lo sabe. Parece prudente no acudir inmediatamente a la escena de un atentado porque a menudo los terroristas hacen estallar un segundo artefacto justo cuando llegan los servicios de socorro (el colmo de la crueldad) y los reporteros. En algunas organizaciones, establecen toques de queda y piden a sus empleados que no estén fuera de sus alojamientos cuando cae la noche o más tarde de las nueve, o de las diez. Son límites aleatorios cuya lógica desconozco.

Si bien evitar salir de noche puede hacer más improbable que a uno lo asalten y lo desvalijen (no sólo en Kabul, sino en medio mundo), no creo que esa sea la principal preocupación aquí. Además, la mayor parte de los atentados suceden a plena luz del día. En un par de salidas nocturnas, a cenar y a una entrevista, he encontrado mayor tranquilidad que durante el día. Apenas hay nadie en las calles y el riesgo de quedar atrapado en un atasco, con escasas posibilidades de escapatoria en caso de atentado, es mucho menor.

Todos hemos visto estos días cómo aumentaba el celo con el que los guardas de cualquier embajada o sede pública pasan el espejo debajo de los coches, o el perro entrenado para detectar explosivos.  También se han intensificado hasta el aburrimiento las veces que uno tiene que ser cacheado antes de acceder a un mitin político o un centro oficial.

“Si se hiciera un buen registro una vez, no harían falta los demás”, me dijo un especialista en seguridad en una ocasión en Irak. Pero no se hace bien. O se hubiera evitado que cuatro talibanes se colaran en el hotel Serena y mataran a ocho personas, entre ellas un colega de France Presse, y que un hombre vestido de soldado matara a seis policías en la entrada al Ministerio del Interior.

¿Qué podemos hacer los periodistas para protegernos? “Tú, sé prudente”, me ha dicho cariñoso un compañero en un email. “Cuidado, mil ojos”, ha escrito un amigo en mi muro de Facebook.

Estoy segura de que Anja y Kathy eran prudentes y andaban con mil ojos. Eran periodistas experimentadas. Acompañaban a un equipo de distribución de material electoral a los centros de votación. Iban escoltadas por miembros de las Fuerzas de Seguridad afganas, que han entrenado tropas occidentales. Y ha sido justo uno de ellos, el jefe al parecer, el que al grito de “Dios es el más grande” ha arrebatado la vida de Anja y lo ha intentado con Kathy.

(Los musulmanes de bien, que son muchos, deberían empezar a quejarse de que los asesinos usen su proclamación de fe como seña de identidad; ningún agravio justifica atacar a dos personas desarmadas en ningún lugar del mundo).

Vivir en un búnker

Por: | 01 de abril de 2014

Hoy he tenido la tentación de sentarme a comer en la terraza del Estambul, en Shahr-e Naw, un barrio cuyo nombre significa literalmente Ciudad Nueva. Es un garito de comida rápida que ofrece los ubicuos donner turcos, con un par de mesitas en la puerta. El sol se colaba por entre las nubes dando un aspecto apacible al ese rincón de Kabul. ¿Engañosamente?

Tal vez. La gruesa barrera de metal que rodea el pequeño aparcamiento adyacente recuerda la realidad de los atentados que con frecuencia sufre la capital afgana. No es el único signo. Para entrar en los supermercados, los hoteles e incluso los restaurantes de más postín, también hay que pasar controles más propios de una instalación estratégica. Y aún así, los esfuerzos no siempre logran evitar que se cuele algún descerebrado con aspiraciones al martirio, a ser posible de los otros.

Kabul
Barreras de metal protegen un banco en Kabul. / pajhwok.com

Kabul se ha bunkerizado. Sin embargo, en mis idas y venidas a la caza y captura de datos con los que completar el puzzle de mis crónicas, no he tenido la sensación de opresión que me suele producir Bagdad. Tal vez sea porque no hay tantos muros de hormigón armado ni una Zona Verde, que es todo menos color esmeralda. Cierto que algunos rincones se han aislado de la ciudad (y de los afganos) tras esas nuevas murallas como el Palacio Presidencial, la Embajada de EEUU o el complejo que reúne a las legaciones de Francia y Canadá.

Pero nada alcanza el nivel del Green Village, un alojamiento teóricamente seguro para extranjeros, de estética a medio camino entre prisión de alta seguridad y campamento de scouts. Sólo alguien masoca se va a vivir allí por gusto. A otros, como a los miembros de EUPOL o a los funcionarios de la ONU tras el atentado contra el hotel Serena, no les queda más alternativa.

Situado en la carretera de Jalalabad, en uno de los tramos más peligrosos de la periferia de la capital, para llegar al interior de ese recinto amurallado hay que franquear tres enormes portones metálicos. Tras el primero, un guarda jurado se asegura de que personas y vehículos estén autorizados a pasar, o incluidos en la lista de invitados. Sólo entonces pronuncia el abretesesamo que da acceso al segundo compartimento blindado.

Allí, detrás de unos sacos terreros, un grandullón con aspecto anglosajón supervisa el trabajo de otra media docena de hombres (ninguno afgano) que revisan el coche y vuelven a comprobar la documentación. Pero la apertura de la tercera puerta, una operación que requiere ayuda hidráulica, no da paso al paraíso sino a un parking. Todavía habrá que cruzar un nuevo control a pie, esperar a que tu anfitrión venga a recogerte y entregar el pasaporte a cambio de una tarjeta que te marca como elemento ajeno al recinto. O sea, que no puedes usar sus zonas comunes.

No se pierde mucho. A pesar de las luces de feria de pueblo que iluminaban el jardín el día de mi visita, los comedores despedían un aire militarote que no animaba mucho a una cena de confidencias y puesta al día con una amiga a la que no veía desde hace tiempo. En el gimnasio se respiraba testosterona. Desconozco a qué se dedican esos caballeros (pocas mujeres) cuando no están levantando pesas, pero me temo que no a las obras caritativas.

Los diferentes grupos de inquilinos están distribuidos en barracones. Policías europeos por aquí, funcionarios de la ONU por allá, contractors (el último eufemismo para los mercenarios) por todas partes. Los distintos bloques se comunican por caminos de cemento con márgenes ajardinados como si fuera un campamento de scouts. Sólo que en casi cada esquina hay una trinchera de sacos terreros para servir de refugio en caso de ataque. Y ya han sufrido un par ellos, según me cuenta mi anfitriona.

A las diez, hay toque de queda. Me voy antes. Con una sensación triste. ¿Qué recuerdo se llevarán de Kabul quiénes sólo hayan visto el Green Village y las oficinas donde estén trabajando?

Esta vida bunkerizada termina contagiándonos a todos (si tanto se protegen por algo será, te dices). Al final, he cogido mi donner en el Estambul y me lo he llevado a comer a casa. Lástima de sol primaveral. Fin

Regreso a Kabul

Por: | 30 de marzo de 2014

Las malas noticias preceden cualquier viaje a Afganistán en estas fechas preelectorales. La organización con la que iba a alojarme me llama la víspera para decirme que tras los últimos atentados, temen convertirse en un objetivo. Así que están pensando dispersarse y trabajar cada uno por su lado hasta que pase la alerta. La oferta de hospitalidad de un diplomático es retirada por su jefe, quien se justifica diciendo que la situación es muy peligrosa y ellos no pueden sacar las castañas del fuego a todos los imprudentes periodistas que se aventuran a venir al país.

Casi mejor, porque no me veo pasando toda la semana en un refugio con un burócrata y su docena de guardaespaldas. A pesar de los pesares, y sin despreciar los riesgos, hay mucha vida en las calles de Kabul. Pero empecemos por el principio.

Los vuelos de FlyDubai y Emirates procedentes de Dubai van a tope. El atentado contra la sede de la Comisión Electoral impidió ayer el aterrizaje de ambas aerolíneas y hoy se han juntado con el doble de pasajeros. Entre ellos, tiarrones cuadrados de esos que no pueden ocultar que trabajan en alguna empresa de seguridad, funcionarios internacionales, media docena de periodistas, pero sobre todo, afganos, muchos afganos, no sé si acostumbrados a la violencia o inasequibles al desaliento. Al fin y al cabo vuelven a su país.

Kabul_International_Airport
Terminal del aeropuerto de Kabul. / khaama.com

Cuando descendemos del avión me percato de que algunas de las viajeras, sobre todo las afganas, se han cubierto la cabeza aunque ya no es obligatorio como en tiempos de los talibán. “La mentalidad aún no ha cambiado. Hacen falta generaciones”, me ha dicho poco antes mi compañero de asiento (un afgano). Incluso quienes dejamos el pelo al aire, llevamos el pañuelo colgado del cuello como si fuera un talismán protector. En la cola de los pasaportes, reflexiono sobre lo absurdo de ese gesto.

A los retrógrados que quieren imponer su ley, no les preocupa que se vea un mechón o dos de pelo, sino el hecho mismo de que las mujeres se muevan con independencia y ocupen el espacio público. Además, en estos días están enfrascados en una guerra mayor: la lucha por el poder. Ningún problema con quienes eligen ocultar su cuerpo o meterse monjas de clausura. El problema es que las afganas siguen sin tener opción.

Tras casi cinco años de ausencia, noto el lavado de cara del aeropuerto, mucho más limpio y organizado que la última vez que lo utilicé. Los procedimientos también se han modernizado. Ahora, los policías que controlan los pasaportes también fotografían y toman las huellas dactilares del pasajero. Tras recoger las maletas, una funcionaria se asegura de que nadie se lleve la que es no es suya y todo el mundo pasa el equipaje por una máquina de rayos X.

A la salida, todo está tan inusitadamente tranquilo y organizado que me extraña no encontrar al conductor que viene a esperarme. Por seguridad, se ha restringido el acceso del público y tanto familiares como chóferes esperan en un aparcamiento más alejado, al que sólo puede llegarse en autobús. El que había justo enfrente de la terminal se ha convertido en una granja solar.

Pero lo más sorprendente es que todo funciona con orden y diligencia. Incluso los mozos que ayudan a cargar los equipajes en los autobuses increíblemente altos que trasladan a los pasajeros entre el parking y el aeropuerto, se muestran comprensivos cuando los extranjeros les dan la propina en riales iraníes o dírhams de Emiratos, o se disculpan por no tener cambio.

Ya fuera del recinto, de camino al barrio de Qala-e-Fatullah, donde finalmente he encontrado acomodo, encuentro una ciudad viva, llena de gente que va y viene. Incluso hay mujeres en la calle. Buen signo. Y las más jóvenes parecen haber copiado la moda iraní del pañuelo y el abrigo corto. Al menos en el centro, los burkas ya no son la única vestimenta posible.

El tabú de la cruz (y las iglesias)

Por: | 20 de marzo de 2014

A los saudíes no les gustan las cruces. Es una de las advertencias que me hicieron durante mi primer viaje a Arabia Saudí hace ya más de dos décadas. Entre la comunidad extranjera circulaban entonces tres versiones sobre los problemas que le había originado a Suiza su bandera, una cruz blanca sobre fondo rojo.

La primera hacía referencia a una agencia de viajes que tuvo que tachar el símbolo en un poster de Swissair, entonces la compañía aérea nacional, ante la queja de los mutawas, los temidos miembros del Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio. En otro relato, era la propia Swissair la que, obligada a llegar y salir de noche del aeropuerto de Riad, debía de apagar la luz de cola para que la dichosa cruz no llamara la atención.

Sau_Par_0001_Image
Embajada de Suiza en Riyadh. / Embajada Suiza

Pero la que más éxito tenía, tal vez por su final justiciero, era aquella en la que un funcionario saudí excesivamente riguroso se dirigía al embajador suizo y le pedía la retirada de la enseña del mástil de la Embajada. La cruz, le explicaba, es el símbolo de una religión ajena que no tiene cabida en la tierra santa donde nació el islam. Con indudable flema, el diplomático le respondía que Suiza siempre ha sido un país defensor de la paz y en consecuencia no podía tolerar la espada de la bandera saudí. Asunto cerrado.

Nunca pude verificar estos chascarrillos, pero “se non è vero, è ben trovato” que dirían los italianos. Antes de aquella primera visita mía al Reino del Desierto, el entonces embajador español en Riad, José Luis Xifra de Ocerín, me había enviado un largo telex (sí, era la era pre Internet) con los artículos que debía evitar en mi maleta por estar prohibidos. Además, de revistas pornográficas y derivados del cerdo (incluidos zapatos, cinturones, carteras y otros objetos hechos con su piel), figuraban en un lugar destacado las cruces, bien en forma de colgantes y otros adornos, o en fotografías.

Es una pena que en el trasiego de mis mudanzas perdiera aquella lista increíblemente detallada de las obsesiones de un régimen dispuesto a controlar hasta cómo piensan sus súbditos. Mucho ha llovido desde entonces, pero el tabú de las cruces sigue vigente.

El asunto surgió durante una cena con españoles en Riad. “¿Sabes que han tenido que cambiar el merchandising del Barça para que no aparezca la cruz de su escudo?”, me preguntó un seguidor de ese club. Pues no, como no soy futbolera ni había tenido ocasión de encontrarme con aficionados saudíes que exhibieran los símbolos del club blaugrana, lo desconocía. Pero decidí que esta vez iba a comprobarlo.

002
Cartel anunciador de una escuela de fútbol en Yeddah. / Á.E.

Así que recién llegada a Yeddah, pedí al amigo que me recogió en el aeropuerto (gracias M.Z., tú sabes quién eres) que me llevará a ver a un joven gallego que prepara a chavales saudíes que aspiran a ser futbolistas. No estaba el entrenador, pero allí, en la “Escuela de Español” (curioso ¿error? de los promotores para denominar una Escuela de Fútbol), encontré la respuesta al asunto.

Más de la mitad de los muchachos que correteaban por el campo, y eran unas cuantas decenas, lucían los colores del equipo catalán. Me acerqué a varios de ellos y, en efecto, en el tercio superior del escudo, donde en el original aparece la Cruz de San Jorge, había desaparecido el brazo horizontal y sólo había un palo vertical. El resto, señera, balón e iniciales del club, eran exactamente los mismos que en el original. Uno de los chavales no tuvo pega en posar para dejar testimonio de lo que veían mis ojos.

006
Un jóven saudí con el escudo alterado del Barça. / Á.E.

La anécdota parece confirmar el carácter rigorista y fanático que a menudo se asocia con Arabia Saudí. Sin embargo, la mayoría de sus ciudadanos probablemente jamás se hayan parado a pensar en el tema. Es incluso posible que muchos de ellos incluso lo consideren una medida pueril. Sobre todo en la Provincia Oriental y en la zona costera occidental, donde se sitúan Yeddah, Medina o La Meca, cuya población es bastante más diversa y, en consecuencia, expuesta a las diferencias culturales.

De hecho, también he encontrado signos de que la intransigencia de la que hacen gala algunos de sus próceres religiosos choca con un pasado menos intolerante. En el barrio viejo de Yeddah aún pueden verse las ruinas de una antigua iglesia que apenas un siglo atrás atendía a los anglicanos establecidos en la ciudad en la época en la que los británicos ayudaron al jerife de La Meca en la revuelta contra el Imperio Otomano.

140321 Iglesia de Jeddah by Oliva

Ruinas de la iglesia anglicana de Yeddah. / Manu Oliva.

Su abandono dice mucho de los cambios ocurridos desde entonces, pero el hecho de que no haya sido completamente derribada (como ocurre con muchos hallazgos arqueológicos preislámicos) también habla de la ignorancia de ese pasado no tan lejano. Por supuesto, una vez que alguien descubrió el edificio, las autoridades se apresuraron a negar que fuera una iglesia. A diferencia de la ermita asiria descubierta en Jubail a finales del siglo pasado, el templo de Yeddah se habría levantado mucho después del advenimiento del islam, algo que sin duda resultaría indigesto para los más puristas.

Striptease en el vuelo a Yeddah

Por: | 17 de marzo de 2014

El asunto de la segregación sexual es de lo más confuso. Cuando vivía en Irán, los autobuses tenían zonas separadas para hombres y mujeres. Sin embargo, en los taxis colectivos, todos viajábamos juntos (y apretaditos) en el asiento trasero. En Arabia Saudí, donde las ciudades carecen de transporte público y las mujeres tienen prohibido conducir, los hombres confían a sus esposas, madres, hijas y hermanas a unos extranjeros desconocidos a los que contratan de chóferes.

Me hago esta reflexión mientras espero en el aeropuerto Rey Jaled de Riad, el vuelo para Yeddah. Mentalizada con la segregación que he vivido durante toda la semana anterior, busco la zona de mujeres de la cafetería. No la hay. Hombres y mujeres se sientan juntos sin problema, mientras fuera de la terminal aérea las sucursales de esas mismas cadenas están obligadas a ofrecer salas separadas para solteros y para familias. Lo mismo sucede en los aviones.

Yeddahr
Cartel que indica "Familias en el primer piso" en el aeropuerto de Riad./Á.E.

¿Es que al cruzar el control de seguridad cambian las normas?

La última vez que viajé a Yeddah, para entrevistar al ministro saudí de Exteriores hace ya una década, un barbudo se quejó a un azafato porque le había tocado a mi lado. El auxiliar de vuelo me ofreció otro sitio, pero yo me negué. Había pedido pasillo porque no me gusta viajar encajonada y la alternativa era un asiento entre dos señoras un poco más atrás. Además, qué narices, si le molestaba viajar al lado de una infiel, era su problema, que se fuera él. Al final, le encontraron una plaza en la cola y no lo volví a ver.

Así que una vez a bordo, oteo a los pasajeros preguntándome qué compañero de viaje me deparará hoy el destino. El vuelo va lleno. Al menos la mitad son peregrinos que van a hacer la umra, o peregrinación menor, una visita a La Meca fuera de la época del hach. Los distingo porque visten el ihram, que en el caso de los hombres se trata de dos telas blancas como de toalla, con una de las cuales se cubren de cintura para abajo y con la otra, la parte de arriba del cuerpo. Además, no pueden utilizarse alfileres o cinturones para sujetarlas.

Me toca un matrimonio joven que está haciendo el peregrinaje. De forma automática, él pasa a la ventanilla y deja a su esposa en el asiento central. Desconozco si por timidez o por mi condición de extranjera, la chica me da la espalda y se coloca en una posición que intuyo bastante incómoda.

Detrás de ellos, ha entrado otro peregrino con su mujer y tres críos pequeños, uno en brazos de la madre. A pesar de su destino, el hombre lleva varias bolsas, probablemente con lo necesario para el bebé, y no tiene manos suficientes para atender a los hijos, colocar el equipaje y sujetarse las telas. Inevitablemente, la toalla superior se desliza desde sus hombros dejando a la vista su torso. La azafata (una filipina) que había acudido a ayudarle con los bultos vuelve la cabeza, pudorosa, y cruzamos una mirada de incredulidad.

Pero no es ese involuntario striptease lo que me sorprende, sino el parcial de mi vecina de asiento. Al poco de despegar, y como si hubiéramos atravesado una frontera imaginaria, se quita el niqab (el velo que cubre la cara excepto una rendija para los ojos), lo guarda en el bolso, y reclina la cabeza sobre el hombro de su marido, quien la acaricia con gesto tierno. Es más joven de lo que pensaba; aún tiene acné juvenil.

¿Hay algo o alguien en Riad que la obliga a taparse la cara? Desde luego, no parece ser su marido. ¿O es que se prepara para la visita a La Meca, en cuyo recinto sagrado las mujeres no pueden cubrirse ni la cara ni las manos?

Antes de aterrizar, incluso se quitará brevemente el pañuelo para rehacerse la coleta, eso sí, tras haberse asegurado que nadie la está mirando. Es curiosa la preocupación que las mujeres muestran por no dejar ni un centímetro de piel a la vista, mientras los hombres van tan tranquilos con sus toallas que, al bajar del avión en Yeddah, volverán a jugar una mala pasada a varios de ellos.

010
La Corniche de Yeddah, el viernes por la tarde./Á.E.

¿Son putas? ¿Cuánto les habéis pagado?

Por: | 16 de marzo de 2014

Era una reunión de amigos. Jóvenes profesionales expatriados que los fines de semana suelen juntarse para hacer alguna excursión, cenar o simplemente pasar juntos un rato que haga más llevadera la nostalgia del hogar. Aquel día habían ido al desierto y al regreso, dos de las chicas invitaron al grupo a su casa, en una de esas urbanizaciones típicas de Riad, la capital saudí, donde los extranjeros mantienen su vida social al abrigo de miradas indiscretas en un país que carece de bares, cines, discotecas, o cualquier lugar de encuentro entre mujeres y hombres.

De repente, les sobresaltó un estruendo y se percataron que un grupo de hombres con la cara tapada estaban echando abajo la puerta de entrada. A la sorpresa, se añadió el desasosiego. Como los intrusos no se identificaron, los ocupantes de la vivienda no sabían si estaban siendo víctimas de un asalto o de un secuestro. Aunque Arabia Saudí es un país que se precia de un alto nivel de seguridad ciudadana, hace ya meses que la gente se queja de robos en domicilios y recientemente ha habido un amago de secuestro de occidentales.

Cuando poco a poco los integrantes del grupo, entre los que había una chica y dos chicos españoles, un británico, un estadounidense, dos chicas somalíes y una sudanesa, se percataron de que sus atacantes eran miembros del Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, la ominosa mutawa, debieron de respirar aliviados. No sabían lo que les esperaba.

“Estaban jugando a las cartas”, explica una joven a la que uno de los detenidos confió más tarde la pesadilla. “Ni siquiera tenían bebidas alcohólicas”, añade otro allegado en referencia a uno de los comportamientos que más irritan a la policía moral en un país en el que impera la ley seca. Al parecer, la norma que habían violado era la prohibición de estar juntos hombres y mujeres sin relación familiar. Algunas embajadas occidentales se apresuraron a enviar un correo electrónico a sus nacionales recordando las leyes del Reino del Desierto.

“O. me contó que los mutawa utilizaban un matamoscas de plástico para conminar a las chicas a que se cubrieran la cabeza sin tocarlas ni mirarlas directamente”, relata la joven citada, mientras imita el gesto de esos puritanos que cohíben a la sociedad saudí. “A los chicos les pusieron las esposas y les metieron en la parte de atrás de un coche; señalando a las chicas les preguntaban ‘¿Son putas? ¿Cuánto les habéis pagado?”.

La sola idea de que mujeres y hombres sin parentesco entre sí puedan pasar un buen rato juntos resulta pecaminosa para esos retrógrados a cuya intransigencia la prensa saudí ha atribuido la reciente muerte de una estudiante porque negaron el acceso del personal médico (masculino) a la facultad (femenina) donde sufrió una crisis cardiaca. En 2002, los mutawa impidieron el acceso de los bomberos a una escuela de niñas en llamas porque las crías no tenían puesto el velo. Murieron 15 de ellas y el escándalo motivo una reforma del Comité.

Fotosaudi
Incendio de un colegio femenino en Yeddah. / SaudiGazette.com

Los jóvenes detenidos hace unas semanas acabaron en comisaría. Pero mientras los occidentales contaron con la ayuda de sus embajadas y en uno o dos días volvieron a casa. Las dos etíopes y la sudanesa han pasado casi un mes encerradas. Ahora, lo más posible es que sean deportadas.

Mujeres arriba, hombres abajo

Por: | 14 de marzo de 2014

No se alarmen, no intento hacerle la competencia a mis colegas del blog Eros. El asunto de la posición al que voy a referirme es el resultado de una moral conservadora que tendría mal encaje entre sus lúdicas entradas. El mundo está mal repartido, ya lo sabemos. Así que mientras ellas prueban juguetes, posturas y variedades, a mí me ha tocado venir a la Feria del Libro de Riad. No me quejo. El evento es muy interesante y este año ha tenido a España como invitado de honor, con una exposición de reproducciones de manuscritos árabes curada por Nuria Torres.

023 r
Pabellón de España en la Feria del Libro de Riad./ Á.E.

Algún mal pensado se preguntará si los saudíes leen o tienen algún interés por la cultura. Tal es la mala fama que este país se ha ganado por el mundo. No les he seguido hasta sus casas para ver qué hacen con los libros, pero por lo que he visto, esos tochos de páginas entre dos cartulinas, les interesan bastante. Los asistentes incluso alquilaban carritos para trasladar sus compras. Y eran muchos. Los organizadores estiman que cuando la feria cierre hoy se habrán superado los 2,5 millones de visitantes del año pasado.

¿Qué textos compran los saudíes? Pues, ahí está la clave. Los que pueden. Nadie niega que la censura filtra contenidos. Para que quedara claro, tres días después de la inauguración, el 4 de marzo, los barbudos del Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, los temidos mutawas, clausuraron un stand que vendía libros políticos, o más precisamente, sobre el islam político (un asunto que trae de cabeza a las autoridades). Que el puesto del Arab Network for Research and Publishing, con delegaciones en Beirut y El Cairo, desapareciera durante la noche como si no hubiera existido, lo dice todo de la mordaza intelectual contra la que tienen que luchar quienes en este país se interesan por el saber.

“La censura en los tiempos que corren es ridícula”, opina una saudí activista de los derechos humanos . “Los libros políticos que no quieren que leamos se pueden descargar fácilmente en Internet, además aunque no se muestren en los escaparates, si conoces al librero, te los vende sin problema”, añade.

“Tampoco hay textos sobre sufismo, ni de sexo obviamente”, confía el arabista granadino José Miguel Puerta Vílchez que ha participado en el ciclo de conferencias organizado por España. Pero a este profesor le ha sorprendido, sin embargo, la amplia oferta literaria, “incluso de autores laicos árabes, y de mujeres escritoras”. Raja Alem, Fawziya Abu Khaled, Tahani al Duwaihem, Sara al Tuwaimi, Ghada al Zahra, o Enas Farah, entre otras.

La imagen de una cola de hombres esperando para que alguna de ellas les firmara su libro resulta tan significativa de los cambios sociales que se están produciendo en este país, como las poco disimuladas tácticas de las saudíes para intercambiar un par de frases con el primer hombre extranjero con el que se cruzan. Desde hace unos años, la feria ya no segrega por sexos, como es lo habitual en este país, lo que la convierte en una oportunidad de interactuar con el sexo opuesto.

La muestra, sin duda el esfuerzo de una minoría ilustrada, supone para muchos de los asistentes una ventana al mundo. Pero los mutawas se aseguran de que no se les olvide. Tanto es así que hasta tienen una caseta dentro del recinto, con folletos sobre su actividad, bolígrafos e incluso caramelos para quienes se acercan a visitarles. A pesar de la sonrisa del encargado, no parecían tener mucho éxito de público. Y es que, en contra de la línea oficial, su comportamiento no parece reflejar el sentir popular sino limitarlo.

El pasado lunes, cuando la profesora Torres iba a pronunciar su conferencia sobre La herencia andalusí en las bibliotecas españolas, el tema de la exposición del pabellón español, los mutawas decidieron que no podía sentarse en el estrado junto al moderador y otro participante (ambos varones). Para preservar la virtud de los asistentes, hombres al parecer débiles, fue conminada a hablar por un micrófono desde una sala situada un piso más arriba, a la que también se envió a las mujeres interesadas en el tema. A punto estuvo de no intervenir, pero pesó más la consideración hacia los asistentes.

Lo dicho, mujeres arriba y hombres abajo. Imagino sus sonrisas burlonas, pero tal es el futuro de este país (y otros cuantos de la zona) como sus chicos no se dejen de tonterías de segregación de sexos, se espabilen y se pongan a trabajar por una sociedad más igualitaria. Las chicas ya les llevan la delantera en las universidades, y sólo es cuestión de tiempo antes de que se cansen de aceptar su trato de ciudadanas de tercera.

 

ACTUALIZACIÓN: Luz Gómez me apunta que también han prohibido por "blasfemos" varios libros del poeta palestino Mahmoud Darwish, tal como se cuenta aquí.

Bienvenidos a otro mundo

Por: | 12 de marzo de 2014

La entrada en otro mundo se adivina ya en la nave que te traslada. Antes de llegar a Arabia Saudí, los viajeros primerizos se sorprenden con la repentina transformación del paisaje femenino del avión. Donde al embarcar había vaqueros, camisetas de colores y diferentes peinados, al aterrizar hay sayones y pañuelos negros. A menudo, ese esfuerzo por ocultar la femineidad se escapa a través del intenso maquillaje de los ojos.

No fui inmune a esa sorpresa en mi primer viaje al Reino del Desierto en 1989. Aunque el espectáculo de transformismo es más evidente en los vuelos que vienen de Londres, París y Nueva York, también en el viaje de Dubái, donde predominan los trabajadores asiáticos, se percibe el cruce de esa frontera imaginaria entre la libertad en el vestir y el dictado de unas normas para las que cada cual aduce las razones que le resultan más convenientes.

Religión, cultura, usos y costumbres, o tradición. Hay explicaciones para todos los gustos. Todas son válidas. Todas son una excusa. Uniformar ha sido siempre una aspiración de los sistemas despóticos.

Sin duda, hay mujeres que se cubren por su propia voluntad. Nada que objetar. Como decía mi difunta madre, “sarna con gusto, no pica”. El problema se plantea cuando la norma o la presión social no dan opción a ejercer voluntad alguna. Y aunque nos fijamos en las mujeres, también los hombres de esta controvertida Arabia sufren la dictadura de la uniformidad.

015 r
Algunos jóvenes rompen la uniformidad de las túnicas árabes en la Feria del Libro de Riad./ Á.E.

“Lo odiamos, pero qué vamos a hacer”, me confía un colega saudí con el que ceno a mi llegada. Se refiere a la túnica blanca (zob), el pañuelo y el cordoncillo que lo sujeta, el atuendo de rigor para cualquier hombre de bien en estas arenas. Obligatorio en el trabajo y funciones oficiales. Algunos jóvenes lo cambian por vaqueros, pantalones de chándal y camisetas de sus equipos de fútbol favoritos en cuanto salen de clase. (Las mujeres lo tienen más difícil. Las más osadas, se limitan a quitarse el pañuelo.)

“Yo también lo hago”, me asegura este redactor jefe de un importante periódico nacional y cuarenta y pocos años. Para demostrarlo, desenfunda su móvil y me muestra unas fotos con su mujer en Barcelona, donde recientemente pasaron una semana de vacaciones.

Allí, fuera de la presión de familiares, vecinos y autoridades, ambos visten a su gusto. Él, en vaqueros y camiseta. Ella, con un colorista (y ajustado) pichi, pantalones y un gorrito de lana que tanto le servía para cubrirse el pelo como para protegerse del frío. Ni sombra de negro en su atavío. Sin embargo, cuando acude al colegio donde imparte clases de inglés, al igual que su marido, se atiene a la norma. No quieren problemas.

“No merece la pena enfrentarse”, me dice él mientras cenamos.

“Juzgar a las mujeres por cómo visten es un error”, me advierte con gran criterio J.M., un español con tres años de residencia en Riad y que trabaja codo con codo con muchas saudíes. Ni a las mujeres, ni a los hombres. Sobre todo, cuando no tienen elección.

Echo de menos al cónsul

Por: | 09 de marzo de 2014

Soy poco dada a la nostalgia. Pero confieso haberla sentido en esta ocasión. Ha sido al acudir al Consulado General de Arabia Saudí en Dubái para gestionar mi visado y ser enviada a una gestoría especializada que, cada vez más, se encargan de esos trámites. Aunque tenía noticia de esas empresas, es la primera vez que me he visto obligada a utilizarla y he quedado perpleja. No me malinterpreten. El servicio es cortés, pero he sentido como que le faltaba alma. Nada que ver con el tiempo en que conseguir un visado de periodista para uno de estos países considerados “difíciles” era todo un arte.

Vfs
Oficina de VFS en Dubái./VFS

El lugar, VFSTasHeel, destila eficacia por todo los lados. Situado en la segunda planta de un centro comercial, da la impresión de ser la lanzadera de salida del viaje en sí. A uno y otro lado del ascensor, sendas entradas diferenciadas, una para varios países Schengen y otra para Arabia Saudí, que era a donde yo me dirigía. En medio, una tienda duty-free como si se tratara de un aeropuerto.

Un ejército de empleados impecablemente uniformados en azul marino se encarga de guiar a los despistados como yo. Antes de pasar el arco detector de metales, varios de ellos se aseguran de que uno lleve consigo todos los documentos necesarios.

   -¿Y su billete de avión?

   -Es electrónico y lo tengo en el email.

   -Pues baje al piso de abajo donde hay una oficina donde alquilan ordenadores y puede imprimirlo.

Con la impresión aún fresca, vuelvo a la empleada, que ahora sí, sella mis papeles, pero antes de devolvérmelos me pregunta: “¿Servicio Sala, Oro o Platino?” Ante mi indisimulada sorpresa, me explica que si elijo Sala obtendré el visado por unos 150 euros; Oro, que cuesta el doble, me dará también un seguro de viaje, y Platino, cuatro veces más, incluye traslado al hotel desde el aeropuerto y viceversa. Le digo que sólo necesito el visado e insiste en repetir la pregunta. Varias veces. Hasta que pronuncio la palabra “sala”.

Tras el control de seguridad, me envían a una sala del fondo. El vestíbulo que atravieso está a medio camino entre zona de espera de un hospital pijo (por las paredes blancas y las luces azules) y pasillo de aeropuerto. Tres empleadas con aspecto de azafatas toman mis documentos y me hacen pasar a la estancia. A la vuelta de un rato me devuelven el pasaporte con un número y a su debido tiempo, me toca el turno.

El joven que hay detrás del ordenador ya tiene mis papeles y teclea los datos con gran profesionalidad. Sólo cuando me pregunta por mi religión, me doy cuenta de que estoy solicitando un visado para Arabia Saudí y no registrándome para un tratamiento de cirugía estética.

“Estará listo dentro de tres o cuatro días. Le enviaremos un mensaje al móvil”, me informa. Al hombre le da igual que mi visado ya esté aprobado por el Ministerio de Exteriores en Riad, que yo haya estado antes en el país, o que mi vuelo salga al día siguiente. Es un proceso automático, despersonalizado, sin alma.

Tal vez sea la única forma de procesar las decenas de miles de visados a los que algunos países tienen que hacer frente cada mes. Y desde luego evita las lamentables colas que solían formarse alrededor de algunos consulados. Sin embargo, no puedo evitar echar de menos cuando lograr el preciado sello en el pasaporte requería de entusiasmo, capacidad de convicción y paciencia, mucha paciencia, pero sobre todo contacto personal.

Como periodista, aprovechas fiestas nacionales y otros saraos no sólo para comer canapés (que también), sino sobre todo para hacerte con tarjetas de visita. El cónsul de un país árabe al que nadie está prestando atención. El guaperas número dos de la embajada de un Gobierno intratable. La joven diplomática despistada de un país más poderoso. Todos son un potencial abridor de puertas ante la eventual necesidad de un visado. Luego, eso sí, hay que mantener el contacto. Pasar un día a tomar un té. Hacer de vez en cuando una llamada. Acudir a su fiesta nacional.

Aún recuerdo las incontables visitas que realicé al entonces cónsul iraquí en Ammán antes de la guerra de Irak de 1991. Sólo su visto bueno garantizaba el acceso a un país a punto de ser bombardeado y los periodistas, ya se sabe, nos pirramos por los fuegos artificiales. Es cierto que los permisos venían desde Bagdad. Pero nadie dudaba que el hombre pudiera dar el cambiazo a un par de papeles y colar a un reportero o reportera especialmente simpático. Quién iba darse cuenta en aquellas circunstancias.

Conseguir convencer al enviado de una autocracia cualquiera del genuino interés de tu medio en contar las bondades ocultas de su país, también requiere cintura para no pillarte los dedos haciendo una loa del dictador. A veces, ellos mismos tienen reparos y tratan de ayudarte. O simplemente quieren dar una buena imagen. O les caes bien. Quién sabe. Pero el tira y afloja, las visitas y los tés, hacían que el viaje empezara mucho antes de coger el avión para Riad, Bagdad o Kabul. Y en las conversaciones ibas aprendiendo.

Por eso echo de menos al cónsul.

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal