Ángeles Espinosa

Cambio de rumbo

Por: | 17 de octubre de 2014

Cuando un amigo voló hace unos días  de Dubái a Múnich con Lufthansa esperaba que su avión se encaminara enseguida hacia el noroeste. Sin embargo, sobre la pantalla que tenía enfrente, el avatar del aparato aparecía cruzando el golfo Pérsico en dirección al Este. Miró por la ventana y confirmó que no se trataba de un error en el programa informático. Efectivamente, su vuelo enfilaba espacio aéreo iraní y tras sobrevolar Shiraz, Ahvaz y Urumiya, cruzó a Turquía para dirigirse a la orilla sur del mar Negro, y hacia el Oeste.  A su regreso, ocurrió lo mismo pero en sentido contrario.

No es un caso excepcional. Al igual que la compañía alemana, Air France, KLM, Emirates, Qatar Airways, Kuwait Airways, Delta, Virgin Atlantic y United han decidido evitar el espacio aéreo iraquí, el más directo entre las capitales ribereñas del golfo Pérsico y Europa, por temor a los misiles. El inicio de la campaña aérea de Estados Unidos contra el autodenominado Estado Islámico que se ha apoderado de amplias zonas de Irak y Siria, hace aconsejable esa precaución.

La catástrofe del vuelo MH17 de Malaysian Airlines, que resultó abatido por uno de esos proyectiles el pasado 17 de julio cuando sobrevolaba Ucrania, fue una advertencia para todos. De hecho, la Organización de Aviación Civil Internacional ha creado un grupo de trabajo para reunir toda la información de seguridad y distribuirla con rapidez a las aerolíneas.

Aviones

Imagen de radar a media tarde del jueves 16 de octubre.

Sólo hay que observar una imagen de radar para notar como la inmensa telaraña que forman los aviones en ruta tiene un enorme agujero a la altura de Irak y Siria. (Y también en Ucrania.) Los únicos vuelos en ese espacio son los de la línea aérea nacional, Iraqi Airways, que conectan Bagdad con Erbil, Suleimaniya y Basora, y los que llegan a la capital iraquí desde los países vecinos. El vuelo de Kuwait Airways de Londres a Kuwait, por ejemplo, se desvía por el sur del Mediterráneo y desde El Cairo atraviesa el norte de Arabia Saudí para llegar a su destino si tocar espacio aéreo iraquí.

Pero el cambio de rutas ha supuesto, más que todo, un significativo incremento de los sobrevuelos de Irán, un país que hasta ahora la mayoría de las compañías evitaban si no era imprescindible. No es una mera apreciación. En los últimos seis meses, los cielos iraníes han visto aumentar en un 32% los aviones que los cruzan, según datos de la Organización de Aeropuertos iraníes.

“Tras las peticiones de las compañías aéreas para utilizar el espacio aéreo iraní debido a los sucesos de Irak y Ucrania, hemos creado cinco nuevos corredores… con lo que ahora disponemos de 96”, ha señalado Ebrahim Shushtari, director adjunto de esa organización, citado por la agencia Fars. Sólo el pasado domingo día 12, se produjeron 1.015 sobrevuelos frente a los 559 de un año antes, según ese responsable.

En cierta medida, el obligado cambio de rumbo de esos vuelos contribuye a reintegrar a Irán en el concierto internacional del quedó apartada tras la revolución de 1979.

A vueltas con los yihadistas

Por: | 17 de septiembre de 2014

ACTUALIZADO CON UNA ADENDA AL PIE EL 20 DE SEPTIEMBRE

EIIL, EIIS, EI (o sus variaciones en inglés, ISIL, ISIS, IS)... los medios de comunicación hemos debatido qué siglas utilizar para referirnos al grupo de extremistas islámicos que controlan un tercio de Irak y Siria. Incluso, la Casa Blanca ha explicado por qué utiliza EIIL (ISIL)  y no EIIS (ISIS), lo cual no ha impedido que The New York Times haya optado finalmente por Estado Islámico (EI), que es cómo se autodenominan sus miembros. Pero toda esta discusión terminológica en ningún momento ha entrado en algo que molesta a muchos musulmanes, practicantes o no, el uso de la palabra yihadista para referirse a los militantes del EI y otros grupos de ideología similar. 

EI en Irak

Militantes del Estado Islámico en Irak. / REUTERS

“No son yihadistas”, me señalaba recientemente N. P., un lector dolido por la demonización de lo islámico que ve en ese vocablo. No es la primera vez. Aunque esos fanáticos dicen actuar en nombre del islam, en realidad tienen una particular interpretación de esa religión que no coincide con la mayoría de sus 1.300 millones de seguidores.

El neologismo yihadista, generalizado desde la aparición de Al Qaeda, se forma a partir del término árabe yihad (que los ingleses trascriben jihad y los franceses djihad). Y ahí está el origen del problema. Desde que empecé en este trabajo hace ya casi tres décadas, nunca he dado con una traducción correcta de esa palabra, o más bien con una que no resultara controvertida.

A menudo he recibido comentarios de lectores musulmanes que se quejaban de su asimilación a “guerra santa”, la traducción periodística más frecuente. Una y otra vez me han explicado que se trata de un concepto religioso que hace referencia al “esfuerzo o lucha interior” para acercase a Dios, que se refiere a una guerra defensiva, que sólo puede declararla una autoridad religiosa legítima... Lo que he leído al respecto tampoco me han proporcionado una solución. Existe una amplia controversia académica, en la que cada cual encuentra argumentos para apoyar su tesis. Pero claramente, los musulmanes rechazan la asociación con los extremistas violentos a que lleva el uso de esos términos.

Contra lo que pudiera sospecharse, no es sólo la prensa occidental la que los utiliza.  En los medios árabes también se habla de yihadiyin, o yihadihyn (de yihadihah, que podríamos traducir como yihadismo). El argumento es que la palabra árabe para quien hace la yihad es muyahid (plural muyahidín, aunque en castellano es frecuente ver escrito muyahidines).

Esa voz se popularizó durante la guerra fría para referirse a los combatientes afganos y árabes que lucharon contra la ocupación soviética en Afganistán. Los veteranos de aquella contienda fueron la semilla de Al Qaeda y la saga de grupos islamistas violentos que luego han proliferado por medio planeta. Sus militantes, como los del infame Estado Islámico, se  denominan a sí mismos muyahidín.

“Siempre llamaría yihadistas a los terroristas de grupos como Al Qaeda, el EI y similares por la sencilla razón de que el [sufijo] –ista denota que nos referimos a un movimiento político, no a algo relacionado con el islam. Por otra parte, muyahidín tiene implícitamente connotaciones islámicas”, me respondía Charlie Cooper de la Quilliam Foundation cuando le planteé recientemente el asunto. Ese centro de estudios, que entre sus objetivos declara la lucha ideológica contra el extremismo, hace hincapié en que “el yihadismo no es diferente de otras ideologías políticas como el comunismo, el capitalismo o el fascismo, y como tal, no tiene relación con el islam como religión”.  

Pero eso no soluciona el malestar de N. P.

“Si son terroristas, llamémosles así”, me sugería durante un animado intercambio de tuits. Y sí, tiene razón, las atrocidades de que hace gala el Estado Islámico justifican esa calificación. Pero además se trata de un tipo de terrorismo particular, claramente diferenciado del de otros grupos como ETA, el IRA, las FARC, las Brigadas Rojas... Constituye una categoría diferente.  

¿Existe otra alternativa? ¿Hay una palabra que describa específicamente a esos terroristas que justifican sus acciones violentas en un islamismo radical y fanático? (Obsérvese que hablo de islamismo, no de islam, y en concreto de una variedad extremista).

El nuevo alto comisionado de la ONU para los derechos humanos, y primer musulmán en ejercer ese cargo, el príncipe jordano Zeid Raad al Husein, se refirió a ellos como takfiris en su primera intervención ante el Consejo el 8 de septiembre. Con su bagaje, sabe sin duda de lo que habla.

En árabe se llama takfiri al musulmán que acusa de apostasía a otro musulmán, con el fin de deslegitimizar a quienes no reconocen su autoridad y justificar su asesinato; además considera infiel (kafir) a cualquiera que no sigue su doctrina, incluidos los musulmanes chiíes. El takfirisimo es una ideología mesiánica que fue rechazada por los ulemas en los primeros tiempos del islam, pero que reapareció a mediados del siglo pasado en grupos islamistas (suníes) marginales.

Mi primer contacto con un takfiri, o más bien un ex takfiri, se produjo en 2005, cuando entrevisté a un saudí que se había abandonado esa secta. Jaled al Ghannami me explicó la diferencia entre quienes siguen dicha vía y los fundamentalistas salafis: aquellos aceptan la violencia para lograr sus objetivos. Más allá de diferencias coyunturales, el uso del terror hermana a Al Qaeda con el Estado Islámico.  

Significativamente, takfiri es la palabra que utilizan los responsables iraníes y también muchos árabes. Esa inusitada coincidencia hace pensar que sea más acertada que yihadistas para describir a los fanáticos que desprecian el orden internacional y la vida humana en pos de su quimera del califato. 

¿Seremos capaces en los medios de comunicación de cambiar cómo llamamos a esos terroristas? Tengo serias dudas. Yihadista se ha generalizado demasiado, y takfiri suena académico. Aun así tal vez debiéramos intentarlo.

ADENDA: Recibo un intesante comentario (no sé por qué no se ven los comentarios, ya he hablado con los técnicos para que resuelvan el problema) de Ilya Topper que reproduzco por su interés para el debate. "Takfiri no puede reemplazar a yihadista porque no significa lo mismo. Takfiri es quien sigue una ideología (negar el derecho de existencia de musulmanes que no piensan como él). Yihadista es - en el uso actual - quien combate para expandir esa ideología". Apuntado queda.

El chico que limpia mi habitación

Por: | 01 de septiembre de 2014

Se llama Osama. Es cristiano y de Hamdaniya, una de las localidades conquistadas por el autodenominado Estado Islámico (EI) a primeros de agosto. Pero su familia hace ya algunos meses que se marchó de allí. Él la mantiene limpiando habitaciones. No creo que haya cumplido los 18 años. La guerra obliga a crecer deprisa. Y se puede considerar afortunado. Muchos de sus vecinos dependen ahora de la ayuda internacional para sobrevivir en el precario cobijo que han encontrado en Kurdistán.

Según la Organización Internacional de Migraciones, más de 750.000 desplazados internos han llegado a la región autónoma desde primeros de año, la mitad de ellos sólo en agosto. Otros 335.000 iraquíes, sobre todo árabes suníes, se habían instalado con anterioridad en la zona huyendo de la violencia sectaria y la inseguridad que resurgió tras la salida de las tropas estadounidenses a finales de 2011. Los números son una prueba de solidaridad intercomunitaria que sin embargo tiene algunas aristas.

La mayoría de los trabajadores del hotel en el que me alojo en Erbil son iraquíes árabes. Qué ironía. En mi primer viaje a este país, en 1985, los hoteles internacionales de Bagdad empleaban a árabes de otros países y a filipinos como camareros, limpiadores y botones. A los kurdos les consideraban demasiado rústicos para esos menesteres; y los iraquíes (árabes) se reservaban los puestos de dirección. Si acaso, se encontraba a alguna cristiana como recepcionista.

Nur, la joven que recibe a los recién llegados, habla un árabe tan clarito y vocalizado que hasta yo la entiendo. Pero no lo hace por mí, sino por sus compañeros kurdos. Ella no habla el idioma local y ellos, poco el árabe. En ocasiones, llega al ridículo de que se comunican en inglés.

En el comedor, los camareros hablan en árabe, el cocinero en kurdo. Les pregunto de dónde son. “Yo de Bagdad”, me dice Hadel, la cajera. “Yo, también”, se suma Mahmud. Miro al tercero. “De Mosul”, admite. “Daish”, señalan los otros con una carcajada. Daish es el acrónimo árabe de Estado Islámico en Irak y el Levante, el anterior nombre del EI, y como la mayoría se refiere aún a ese grupo. Se ríen por no llorar.

Todos agradecen estar a salvo. “La seguridad es lo mejor aquí”, coinciden. Pero contentos, lo que se dice contentos, no están. A todos les gustaría regresar a sus ciudades “si volviera a ser como antes”, una forma educada de decir como en tiempos de Saddam, pero que también significa antes de la violencia, de la guerra, de la locura. Se sienten discriminados por los kurdos (justo lo que estos sentían respecto a los árabes en tiempos de Saddam) y cuando uno de los empleados kurdos no entiende una advertencia que le hacen, se quejan de que “no habla árabe”. (También los kurdos recelan de los árabes; la desconfianza es recíproca.)

Si este país tiene alguna intención de permanecer unido y salir adelante, no sólo los políticos tienen que encontrar una fórmula para que todas las comunidades se sientan parte de él. Hace falta que sus miembros hagan un esfuerzo de aceptación del resto, que entiendan e interioricen que todos son iraquíes sin distinción ni matices, con igualdad de derechos y deberes.

Se podría empezar por algo tan sencillo como el idioma. Al igual que los niños kurdos estudian árabe como segundo idioma, el resto de los iraquíes tendrían una asignatura de kurdo. O incluir esa lengua en los billetes de banco que ahora están escritos en árabe (anverso) e inglés (reverso). En definitiva, acostumbrarse a la diversidad después de décadas de panarabismo de boquilla. Tan fácil y tan difícil al mismo tiempo.

La guerra no coge vacaciones (y 3)

Por: | 27 de agosto de 2014

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En el camino de Shaqlawa a Akre, en el Kurdistán iraquí. / Á. E.

Llegar a Erbil fue sólo el principio de lo que ya son dos semanas largas de intenso trabajo. Las historias de los desplazados, el rifirrafe político o el parte bélico del día darían trabajo a una redacción entera. Pero la tarea del enviado especial es normalmente solitaria y frustrante. Resulta imposible abarcarlo todo. Y eso sin contar que a la vez hay que ocuparse de la logística. Lo más complicado son los desplazamientos.

Tras visitar varias zonas donde se agrupaban los escapados por la ofensiva del autodenominado Estado Islámico (la mayoría no está en campamentos de esos que tanto juego dan en las imágenes),  me di cuenta que me faltaba una pieza. Había entrevistado  a cristianos, a kakais, a shabaks, a musulmanes chiíes y suníes, pero no había encontrado a ningún yazidí.

Los miembros de esa minoría religiosa kurda habían llamado la atención internacional al quedar atrapados en la cordillera de Sinjar, con los yihadistas acosándoles por el sur y un camino de montaña  al norte como única escapatoria, imposible de franquear para ancianos, enfermos y niños. Ahora empezaban a llegar por la frontera de Siria hasta… Zajo y Dohuk.

Esa ciudad está a unas dos horas de viaje desde Erbil. Claro que eso era antes de que el Estado Islámico tomara Mosul y se hiciera con el control no sólo de la carretera nacional 2, sino también con las poblaciones hasta 40 kilómetros al este de la misma. La ruta habitual ha quedado impracticable y llegado un punto las fuerzas kurdas impiden el paso a eventuales despistados.

Durante una entrevista con una ONG europea que está prestando ayuda de emergencia a los desplazados, descubro que parte de su equipo va a trasladarse a Dohuk al día siguiente. Pregunto si tienen sitio y tengo suerte. O eso creo yo, hasta que ya en la furgoneta descubro lo que me espera. Sus protocolos de seguridad exigen un rodeo que alarga el viaje hasta cinco horas…  

Gracias al inesperado contratiempo voy a descubrir los paisajes de montaña de la región más septentrional de Kurdistán, una zona que no había visitado antes. La primera ciudad que pasamos es Shaqlawa, una especie de Escorial donde los habitantes de Erbil buscan aires más frescos en verano, sólo que bastante más deslavazada. Se nota que está creciendo deprisa, sin planificación, al ritmo de la inyección de dinero que ha supuesto la inversión extranjera atraída por el petróleo. Pero junto a los veraneantes, hay también muchos refugiados sirios que buscan aquí alquileres más baratos que los de la capital.

No paramos. Seguimos en dirección a Harir, pero antes de llegar tomamos un desvío hacia el oeste. No es la carretera comarcal que marcaba mi mapa, sino una doble vía nueva y aún incompleta obra de una empresa turca. A la derecha, hacia el norte, montañas peladas. Por el camino, pueblos con casas de bloques, como los que son habituales en todo Oriente Próximo, pero que a diferencia de los de Jordania o el resto de Irak tienen agua y parches de verde que los hace menos duros.

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A las afueras de Shaqlawa. / Á. E.

Así hasta que llegamos a Akre, cuyo nombre kurdo (en árabe lo transcriben como Aqrah) coincide fonéticamente con el de la ciudad israelí de Acre. Es una ciudad de origen asirio, testimonio del cuál quedan algunas de las iglesias más antiguas de la cristiandad (entre los siglos III y V). Están excavadas en la roca. En 1991, tras el castigo internacional a Saddam Husein por su invasión de Kuwait, tuve la suerte de visitar dos de ellas un poco más al oeste.

Esta vez no hay tiempo para visitarlas. Tenemos que conformarnos con intuirlas desde la distancia. Sin embargo, un poco después, Ali, el conductor, para el coche para esperar a su relevo. Media hora más tarde, llega un colega suyo y cambian de vehículo. Así, ambos vuelven a dormir a sus respectivas casas. Yo también tengo sueño. He dormido poco toda la semana y doy cabezadas el resto del camino hasta que llegamos a Dohuk.

Cuando dos días más tarde acabe mi trabajo sobre los yazidíes huidos de Sinjar, no tendré ni paciencia ni tiempo para repetir la ruta en sentido inverso. Acudo al maktab Erbil, la oficina de la que salen los taxis compartidos para la capital kurda. Es temprano. No hay otros viajeros y tengo una cita a primera hora de la tarde con el gobernador. Decido pagar el coche para mi sola.

“¿Cuánto tardaremos?”, pregunto para asegurarme de que llegaré a tiempo.

“Dos horas y media, según el tráfico”, responde el encargado.

“¿Sólo? ¿Por dónde van? ¿No irán por Mosul?”, inquiero extrañada.

Los conductores se ríen de buena gana.

“No señora, en Mosul está el Daish. Nosotros vamos por Sheikhan, Bardarash y Kalak”, me tranquilizan.

Tres horas después estoy en mi hotel. La guerra no coge vacaciones. Pero esta región, con sus paisajes de montaña, parece un lugar perfecto para pasar unas. Si no hubiera guerra.

 

La guerra no coge vacaciones (2)

Por: | 23 de agosto de 2014

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Campo de cereal en Kurdistán después de la siega. / Á.E.

Puestos a ver el lado positivo de las cosas, el cierre del aeropuerto de Erbil, primero, y el hecho de que algunas compañías aún mantengan los vuelos interrumpidos, ha tenido consecuencias educativas para mí. Volé al pequeño aeropuerto de Suleimaniya (igual de bien organizado que el de la capital kurda). Planeaba coger un taxi y venir directamente hasta aquí. Sin embargo, mi vuelo llegaba de noche y Suha, una amiga kurda cuyo consejo valoro, opinaba que no era prudente.

“Antes sí, no había problema; pero ahora con lo que está pasando, es peligroso”, me dijo.

Lo que está pasando es que desde primeros de agosto el autodenominado Estado Islámico ha empezado a atacar las posiciones de los peshmergas (las fuerzas kurdas), de los que en junio se mantenía a una distancia prudente. Así que todo el perímetro de la región autónoma de Kurdistán, 1.050 kilómetros, linda ahora con “las fuerzas oscuras”, como gráficamente me describió el politólogo Khaled Salih. Y no sólo porque hayan adoptado el negro como uniforme.

Me estoy desviando. El caso es que hice caso a Suha. Me quedé a dormir en Suleimaniya (donde no había estado antes) y desde la ventana de mi habitación descubrí una agradable y tranquila ciudad de provincias. A la mañana siguiente, al salir en dirección a Erbil, me sorprendió su vocación universitaria. A la derecha el campus de la Universidad de Suleimaniya (pública). A la izquierda, la Universidad Americana (privada).

Dos días después me acordaría de esa imagen cuando, en el campo de desplazados de Bakharka, Uday Nazar, de 21 años, me preguntaba “¿dónde voy a examinarme ahora?”. Uday, un joven kakai, tuvo que huir en junio de Mosul en cuya universidad estudiaba inglés, y ahora de nuevo se había salido corriendo de su pueblo, junto a su familia, ante el avance yihadista. “No pude hacer los exámenes, pero quiero hacerlos”, me decía sabedor de la importancia de tener acabados sus estudios para dejar atrás la pobreza que castiga a buena parte de las minorías de Irak. La guerra destruye proyectos de vida. 

“Señora, ¿prefiere que vayamos por la carretera de Kirkuk o por la de Dokan?”, me preguntó Aram, el taxista que el día anterior me había recogido en el aeropuerto.

“¿Cuál es mejor?”, pregunté.

“Por Dokan, tardamos algo menos de tres horas, y por Kirkuk, un poco más y podemos encontrarnos con el Daish”, me respondió muy serio usando el acrónimo árabe para el Estado Islámico.

No había duda. Aunque como periodista resultaba tentador viajar por Kirkuk y tal vez observar de lejos algún combate, sólo la idea me pareció de una frivolidad vergonzosa. ¿Qué derecho tenía yo a poner en riesgo a un taxista tan simpático?

“Por Dokan”, entonces.

El hombre respiró aliviado.

El viaje me permitió tres horas de asueto, algo inusitado en este trabajo. A un lado de la carretera las estribaciones septentrionales de los montes Zagros, que marcan la frontera con Irán. Al otro una meseta cuyos campos dorados a ratos me recuerda a la de Castilla. Pero a pesar de las zonas cultivadas del camino, luego descubriré que Kurdistán ha dejado de ser el granero de Irak.

Hoy en día, en la región autónoma importa la mayoría de los alimentos que consume. La emigración del campo a la ciudad y el aumento del nivel de vida gracias al petróleo han alejado a las jóvenes generaciones de la agricultura. Aunque el problema empezó en tiempos de las sanciones internacionales contra Saddam, durante el programa Petróleo por Alimentos. “La ONU traía los alimentos de fuera y dejó de compensar trabajar la tierra”, me asegura una fuente humanitaria. Pero eso es otra historia.

La guerra no coge vacaciones (1)

Por: | 22 de agosto de 2014

Irak fue mi último trabajo antes de irme de vacaciones. Vine en junio, nada más que el entonces llamado Estado Islámico en Irak y el Levante (EIIL) tomo la ciudad de Mosul. Desde Erbil viaje hasta Kalat y el campo de desplazados de Khazer, que entonces se empezaba a poner en pie, y un poco más adelante, hasta el puesto avanzado de los Peshmerga, a apenas unos kilómetros de los fanáticos. También a Kirkuk, cuyo control se habían arrogado esas fuerzas kurdas ante la huida del Ejército iraquí.

Luego, me trasladé a Bagdad para ver la situación política. Después de diez días de infarto en los que cada mañana nos despertábamos con una nueva conquista del EIIL (ISIS en sus siglas inglesas y DAISH en las árabes), su avance se ralentizó un poco. La inminencia del Ramadán hacía pensar si no en una interrupción de las hostilidades (viví en la guerra civil libanesa como los combates paraban para el iftar y se reanudaban media hora después), si al menos un ritmo más pausado.

Me pregunto a menudo cómo pueden milicianos y soldados no ya luchar sino siquiera moverse con las temperaturas que alcanza está tierra. No es que a diario se superen los 45ºC, sino que el termómetro no baja de los 30ºC ni siquiera por la noche. Quizá sea esa la causa de tanto conflicto, que el calor les hace perder la sesera… El caso es que mientras yo, y medio planeta, nos tomábamos un (merecido) descanso, la guerra no cogía vacaciones.

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Yazidíes desplazados por el avance del Estado Islámico en Sinjar se refugián en una obra en Zajo./ Á.E.

En mi ausencia, los fanáticos han seguido conquistando territorios; los desplazados por los combates han aumentado, y los muertos y los heridos también. Sin embargo, los políticos no han logrado ponerse de acuerdo, aunque finalmente el controvertido primer ministro Nuri al Maliki ha renunciado a un tercer mandato y dejado paso a otro miembro de su partido, Haider al Abadi. Ahora toca esperar a que forme Gobierno. Tras las elecciones de 2010, costó ocho meses. Sería bueno que, ante la grave situación que atraviesa el país, se den un poco más de prisa ahora.

El único cambio positivo parece ser la simplificación del nombre del EIIL que ha pasado a llamarse sólo Estado Islámico, mucho menos enrevesado, pero más ambicioso. Esas dos palabras hacen alusión a la utopía de un gobierno justo basado en la ley islámica (sharía) y remite a los primeros tiempos del islam. Casi nada. Pero en la mente de los iraquíes, el acrónimo Daish ha quedado tan marcado que todos siguen utilizándolo.

Barbacoa junto al Tigris

Por: | 24 de junio de 2014

“Por la amistad hispano-iraquí”, brinda alguien elevando un botellín de agua. “Por la amistad hispano-iraquí”, le responden con sus cervezas varios españoles (y algún iraquí). Sendas banderas colgadas de una caseta cercana enmarcan la reunión. Empieza a ponerse el sol y a la luz del anochecer, las mesas y sillas de plástico cuidadosamente colocadas  a la orilla del río dan aspecto de chiringuito de playa en fin de semana. Pero el río es el Tigris; estamos en Bagdad y es jueves por la noche, la víspera del descanso semanal en Irak.

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Vista del Tigris a su paso por Bagdad. / AFP

Un empresario y varios arquitectos e ingenieros españoles que trabajan en Bagdad han organizado una barbacoa con varios colegas iraquíes. En un país, plagado por la violencia, donde las oportunidades de ocio están limitadas por el riesgo de atentados, el toque de queda y la pesadez de los controles de seguridad, la cita es más que una ocasión social. Constituye una reivindicación de la normalidad.

Es lo mismo que hacen las familias iraquíes que aún van a pasear a los parques los fines de semana. O los enamorados que dan un paseo en barco por el Tigris. O los intelectuales que siguen reuniéndose en los cafetines cargados de humo de Al Mutanabbi para resolver el mundo frente a una pipa de agua y un té cargado de azúcar. En los callejones alejados de las vías principales, incluso es posible ver a niños jugando al fútbol.

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Iraquíes a bordo de uno de los barcos que surcan el Tigris. / Reuters

 

 

 

Como en cualquier reunión de amigos y colegas, Abbas, Manuel, Hathal, Jorge, Hasan, Antonio y el resto del grupo de la barbacoa se ponen al día de sus actividades y planes; hacen bromas, e inevitablemente, hablan de política. De política iraquí, por supuesto. En vez de Rajoy, Rubalcaba y la cuestión catalana, se menciona a Al Maliki, a Allawi, a chiíes  y suníes, a los kurdos… Todo muy parecido si no fuera por la violencia.

Hay preocupación, pero no pánico. La mayor contrariedad es la suspensión de Whatsapp, Skype, Viber y otros servicios de Internet, que les permitían estar casi permanentemente comunicados con sus parejas y familiares. Ahora, saben que cualquier incidente les tendrá preocupados hasta que llamen al concluir su jornada laboral.

Aún así, ninguno de los españoles se plantea marcharse de momento. El contacto diario con sus colegas iraquíes les da otra perspectiva, una visión más matizada que la que transmiten los titulares de prensa. Se sienten valorados y tienen la posibilidad de hacer un trabajo que ahora mismo sería imposible en España. Unos construyen la futura Ópera de Bagdad; otros supervisan el proyecto de dos hospitales inspirados en el de Móstoles; uno más acaba de registrar su empresa y espera empezar a trabajar enseguida.

¿No está Irak a punto de saltar por los aires? No esta noche, junto al Tigris. Como si todas las amenazas se hubieran quedado detenidas fuera, reina un clima de confianza. Eso no significa que desconozcan los riesgos.

Alfonso ha estado tres meses viviendo dentro del estadio de Ciudad Sadr, que está renovando la empresa estadounidense para la que trabaja. Era el único español entre tres centenares de empleados venidos de Turquía. Tras el secuestro en Mosul de 80 ciudadanos de ese país, incluido el cónsul, todos sus compañeros han sido evacuados. La obra se ha parado y él espera un nuevo destino; tal vez en Basora, al sur.

Aunque desde fuera parezca que Irak es una amalgama imposible de grupos étnicos y confesionales en perpetua lucha, la guerra, como la suerte, va por barrios. O mejor por regiones. Mientras en el Noroeste suní atraviesan un periodo inestable e incierto, el Sur chií y el Norte kurdo continúan tranquilos y seguros.

Mi familia y mis amigos (sobre todo María y Tania) se inquietan cuando viajo a países en conflicto como Irak o Afganistán. Es normal. Una de las cosas que suelen repetirme es “no sé cómo lo aguantas, cómo aguanta la gente de esos sitios”. Y la barbacoa, o el paseo por el parque o la reunión familiar, es una de las razones. Porque incluso en medio de la locura de la guerra, hay momentos de normalidad que hacen llevaderas las dificultades interminables.

Tal como aprendí en Beirut, donde viví al final de la guerra civil que se prolongó de 1975 a 1989, ni siquiera los combatientes se pasan las 24 horas del día luchando. Incluso bajo los bombardeos, los afectados se mantienen a flote agarrándose a pequeños detalles cotidianos y a veces sonríen y hasta se enamoran.

Se prohíben las armas durante las horas de funcionamiento del bar

Por: | 22 de junio de 2014

“Se prohíben las armas durante las horas de funcionamiento del bar”. El cartel situado en la puerta del establecimiento parece razonable. Como en el caso de la conducción, “si bebes, no dispares”. Sólo que no estoy invitada a tomar una copa en el último garito de moda de Bagdad, sino a asistir a una misa.

La eucaristía se celebra dentro del perímetro fortificado de la Embajada de Estados Unidos en Irak. Aunque las instalaciones son lo suficientemente amplias para haber albergado a 16.000 personas hasta hace dos años, la sala multiusos que por las tardes-noches hace de bar, sirve durante el día para las ceremonias religiosas de los habitantes de este oasis-prisión.

Incluso con la última reducción de personal la semana pasada, a raíz de la ofensiva yihadista que ha capturado un tercio de Irak, aquí trabaja y vive  más gente que en muchos pueblos. Unas 4.000 personas, se estima. Y desde luego, disponen de una dotación de servicios que envidiaría la mayoría en este país, e incluso en el resto del mundo.

Superadas los gigantescos portones de entrada y la gigantesca bandera de Estados Unidos, el lugar tiene aspecto del típico campus universitario americano. Edificios bajos rodeados de césped, con campos de deporte y gente que se traslada en bicicleta de un lado a otro. También hay un servicio de minibús, y puntos de reciclaje. Sólo unas pequeñas casamatas de hormigón en las esquinas desentonan con el paisaje. Son los refugios para caso de bombardeo.

Además de la Cancillería, las residencias del embajador y su segundo, hay varios bloques de viviendas para el personal. Los habitantes de este idílico enclave disponen de gimnasio, piscina, supermercado, cafeterías, terrazas al aire libre, sala de lectura… Incluso una oficina del Banco de Bagdad. En total, 42 hectáreas en la orilla occidental del Tigris, cuya construcción costó casi 600 millones de dólares (unos 440 millones de euros).

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“Las ventanas son todas blindadas”, explica el anfitrión que en todo momento tiene que acompañar a sus visitantes.

El elevado coste de esa prevención contra los previsibles ataques de quienes consideran a EEUU el origen de sus males, ha hecho que las construcciones que albergan a contratistas y equipos de seguridad carezcan de ventanas. Así que la hilera de cubos de cemento, con apenas unos respiraderos, no son salas de maquinaria sino “alojamientos seguros”. Seguros y, sin duda, opresivos.

También el gran comedor colectivo, similar al que frecuenté durante mi estancia en la Universidad de Ohio, está protegido por enormes paredes de hormigón. Los lavabos de la entrada (cuyo uso es obligatorio) me recuerdan a las instalaciones militares que visité mientras duró la ocupación. El resto ofrece una apacible normalidad… como cualquier barrio de clase media americana.

Es fácil olvidarse de que estamos en Bagdad, donde la gente carece de servicios públicos. En la capital del quinto productor de petróleo, no hay una recogida de basuras digna de ese nombre, los cortes eléctricos son una constante y el agua que sale de los grifos no es potable. Con temperaturas que ya superan los 45ºC, el aire acondicionado es un lujo que sólo se pueden permitir aquellos con dinero suficiente para disponer de un generador potente.

En contraste, el recinto de la embajada estadounidense resulta un oasis de tranquilidad. Pero también es en buena medida una cárcel para sus habitantes, que tienen muy restringidas las salidas. A pesar de encontrarse dentro de lo que se denomina Zona Verde (han fracasado los esfuerzos iraquíes por rebautizarla Zona Internacional), no todo el mundo tiene permiso para asomarse al exterior, menos aún a la Zona Roja, donde nos alojamos el resto de los mortales. Para hacerlo, necesitan un enorme despliegue de seguridad (coche blindado, chaleco antibalas, guardaespaldas).

“Estamos un poco prisioneros”, admite el anfitrión. “Y como los prisioneros de verdad, algunos contratistas que llevan aquí diez años se han acostumbrado tanto a las rutinas que cuando vuelven [a EEUU] tienen dificultades para adaptarse a la vida fuera”.

Toda una metáfora de los problemas que afrontan para entender la región.

En el bar-capilla, se nota la ausencia de muchos habituales que han sido evacuados o que han adelantado el final de su contrato. La liturgia del día incluye la lectura del Salmo 147: “Alaba a tu Dios, oh Sion.Porque fortificó los cerrojos de tus puertas”. No podía ser más adecuado.

 

 

Vuelo a Bagdad

Por: | 17 de junio de 2014

Con la que está cayendo, una no imaginaría que fuera difícil conseguir plaza en un vuelo a Bagdad. Pero una vez más, todo depende de la perspectiva, de desde dónde se quiera viajar.

Los vuelos que salen de la capital iraquí, hacia Estambul, Dubái o Doha, van comprensiblemente llenos. No sólo los extranjeros, sino también los iraquíes con medios intentan poner pies en polvorosa antes de que lleguen los milicianos del Ejército Islámico en Irak y el Levante. Incluso si como es lo más posible se quedan a las puertas, el aumento de la tensión y los atentados hacen todavía menos apetecible una ciudad ya de por sí difícil, con continuos cortes de electricidad, enormes atascos y bajo toque de queda psicológico.

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La oficina de Iraqi Airways en Erbil, el lunes. / Á. E.

Sorprenden sin embargo las colas ante la oficina en Erbil de Iraqi Airways, la compañía nacional. Erbil es la capital de la región autónoma del Kurdistán iraquí, un enclave virtualmente separado del resto de Irak desde la guerra de 1991. La seguridad que han garantizado sus Peshmerga (las tropas kurdas) ha actuado como un imán para muchos iraquíes. Numerosos árabes suníes y cristianos, sobre todo, han encontrado refugio aquí en la última década. ¿Por qué habría alguien de querer volver a un Bagdad casi en pie de guerra?

“Las carreteras están cerradas. Todo el mundo necesita volar. Hemos aumentado a ocho nuestros dos vuelos diarios”, me explica el encargado de la oficina cuando le pregunto por la multitud que se agolpa a sus puertas. Aún así, el rumor es que todos los vuelos están llenos hasta el 5 de julio. El empleado hace un gesto de impotencia.

He llegado a las ocho y media de la mañana, media hora antes de la hora oficial de apertura, porque había oído que había colas. Y en efecto, varias decenas de hombres y un puñado de mujeres esperan para entrar. Dos guardias de seguridad (una mujer y un hombre) les enseñan sendas porras para intentar que mantengan la fila y guarden su turno, un empeño condenado al fracaso en cualquier lugar de Oriente Próximo.

Me aprovecho de mi condición femenina y me apunto a la cola de mujeres, como siempre, más corta. Los empleados están trabajando desde las ocho, pero no dan abasto. Uno de ellos sale con una lista. Al parecer, algunos aspirantes a viajeros están apuntados desde anoche.

Aprovecho la espera para conversar con mis vecinas. Dos señoras cuarentonas y tres chicas jóvenes, todas entradas en carnes y con la ropa muy ajustada. “Estábamos aquí de vacaciones, visitando a unos parientes, pero tenemos que volver a casa”, explican. Vinieron en un GMC, los grandes vehículos todo terreno que hacen los viajes largos por carretera en Irak, pero ahora, con todas las rutas al sur cortadas por la ofensiva yihadista no tienen forma de regresar. Salvo el avión.

Anisa, una señora de unos cincuenta y tantos años, pañuelo claro y guardapolvo azul marino hasta los pies, me cuenta que tiene su empresa tiene una oficina en Bagdad y que ella va todos los meses. Aunque es árabe lleva años viviendo en Erbil. “Los kurdos tienen muy buena seguridad, pero ya sabe cómo nos tratan aquí a los árabes…”, apunta justo cuando se entreabre la puerta.

Las colas mantenidas a duras penas con la exhibición de las porras, se deshacen sin remedio y todos intentamos colarnos. El termómetro ya supera los 30ºC y el sol da de lleno sobre la fachada de la línea aérea. No hay suerte. Sólo pasan los afortunados cuyos nombres pronuncia el empleado. La operación se repetirá tres veces más antes de que finalmente, pasadas las nueve y media, mi nombre se encuentra entre los elegidos a pasar al aire acondicionado. Otro empleado da un número e indica una hilera de asientos.

Antes de venir a la oficina, he oído que también están volando a Bagdad los soldados que han logrado escaparse de los yihadistas y que van a reintegrarse al Ejército. Miro a mi alrededor, pero entre quienes me rodean veo poco espíritu marcial. Pego la hebra con un joven que podría ser militar o policía.  No hay suerte. Es un kurdo que ha ido a comprar dos billetes para unos conocidos de su familia que regresan a Najef.

La mayoría de quienes esperan son miembros de la clase media que pueden pagarse los casi cien euros que cuesta el pasaje a cualquier otra ciudad de Irak. Los demás, quienes normalmente viajan por carretera (más barato), no tienen más remedio que esperar a que algún día se abran las rutas terrestres.

Dos horas después, me llega el turno. Gracias a un amigo en Bagdad, tengo un código de reserva, pero hasta que no veo el billete en mi mano no termino de creérmelo. De hecho, la primera reacción de la empleada es decirme que no hay nada. Insisto. “Ah sí, aquí está”, admite. Pago, recojo el trozo de papel que me da como ticket. Y salgo. Fuera la cola ha aumentado y la tensión también. 

El Mundial en tiempos de guerra

Por: | 16 de junio de 2014

Un soldado iraquí le dice a otro: “La hemos cagado”. “A veces pasa”, trata de consolarle el segundo. “Ya, pero esto es muy grave”, insiste el primero. “Peor fue lo de España anoche”, zanja su compañero.

En este momento, semejante ejemplo de humor negro tal vez sólo sea posible en Kurdistán. Desde la semana pasada, buena parte del noroeste de Irak ha caído en manos del Ejército Islámico en Irak y el Levante (EIIL) ante la inexplicable huida de los soldados y policías. Algunos Peshmergas, los soldados kurdos cuyo nombre significa literalmente “los que plantan cara a la muerte”, han ridiculizado la falta de gallardía de sus vecinos. Pero también es cierto, que tres de esos aguerridos mozos me aseguraron haber llorado ante la derrota de España el pasado viernes.

No hay puesto de control, oficina, cuartel o puesto del bazar en el que al enterarse de mi nacionalidad no me mencionen el partido. Unos me dan el pésame, otros me ofrecen consuelo (“estamos con la selección española”), y los más osados, incluso me dan mensajes para Casillas sobre cómo debe actuar en el próximo encuentro.

Eso a mí que nunca me ha interesado el fútbol y el único partido que he visto en mi vida fue el Irán-Estados Unidos de 1998. Pura obligación profesional. No se lo digo a mis interlocutores kurdos. Cada vez que veo una mano levantada con la palma abierta recordándome los cinco goles, me llevo la mía a los ojos, finjo vergüenza y les digo que voy a pedir la nacionalidad china (por lo lejos que queda de España, más que todo).

A ver si en el próximo partido, ganan los de la Roja y puedo cruzar fronteras con la cabeza alta.

 

Reflexión al margen: ¿Les gustará el fútbol a los milicianos del EIIL y otros grupos asociados? ¿Verán los partidos? ¿Jugarán entre ellos para descargar la tensión de un día de combate?  Si se entretuvieran dándole al balón en vez de cortando cabezas…

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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