Ángeles Espinosa

El chico que limpia mi habitación

Por: | 01 de septiembre de 2014

Se llama Osama. Es cristiano y de Hamdaniya, una de las localidades conquistadas por el autodenominado Estado Islámico (EI) a primeros de agosto. Pero su familia hace ya algunos meses que se marchó de allí. Él la mantiene limpiando habitaciones. No creo que haya cumplido los 18 años. La guerra obliga a crecer deprisa. Y se puede considerar afortunado. Muchos de sus vecinos dependen ahora de la ayuda internacional para sobrevivir en el precario cobijo que han encontrado en Kurdistán.

Según la Organización Internacional de Migraciones, más de 750.000 desplazados internos han llegado a la región autónoma desde primeros de año, la mitad de ellos sólo en agosto. Otros 335.000 iraquíes, sobre todo árabes suníes, se habían instalado con anterioridad en la zona huyendo de la violencia sectaria y la inseguridad que resurgió tras la salida de las tropas estadounidenses a finales de 2011. Los números son una prueba de solidaridad intercomunitaria que sin embargo tiene algunas aristas.

La mayoría de los trabajadores del hotel en el que me alojo en Erbil son iraquíes árabes. Qué ironía. En mi primer viaje a este país, en 1985, los hoteles internacionales de Bagdad empleaban a árabes de otros países y a filipinos como camareros, limpiadores y botones. A los kurdos les consideraban demasiado rústicos para esos menesteres; y los iraquíes (árabes) se reservaban los puestos de dirección. Si acaso, se encontraba a alguna cristiana como recepcionista.

Nur, la joven que recibe a los recién llegados, habla un árabe tan clarito y vocalizado que hasta yo la entiendo. Pero no lo hace por mí, sino por sus compañeros kurdos. Ella no habla el idioma local y ellos, poco el árabe. En ocasiones, llega al ridículo de que se comunican en inglés.

En el comedor, los camareros hablan en árabe, el cocinero en kurdo. Les pregunto de dónde son. “Yo de Bagdad”, me dice Hadel, la cajera. “Yo, también”, se suma Mahmud. Miro al tercero. “De Mosul”, admite. “Daish”, señalan los otros con una carcajada. Daish es el acrónimo árabe de Estado Islámico en Irak y el Levante, el anterior nombre del EI, y como la mayoría se refiere aún a ese grupo. Se ríen por no llorar.

Todos agradecen estar a salvo. “La seguridad es lo mejor aquí”, coinciden. Pero contentos, lo que se dice contentos, no están. A todos les gustaría regresar a sus ciudades “si volviera a ser como antes”, una forma educada de decir como en tiempos de Saddam, pero que también significa antes de la violencia, de la guerra, de la locura. Se sienten discriminados por los kurdos (justo lo que estos sentían respecto a los árabes en tiempos de Saddam) y cuando uno de los empleados kurdos no entiende una advertencia que le hacen, se quejan de que “no habla árabe”. (También los kurdos recelan de los árabes; la desconfianza es recíproca.)

Si este país tiene alguna intención de permanecer unido y salir adelante, no sólo los políticos tienen que encontrar una fórmula para que todas las comunidades se sientan parte de él. Hace falta que sus miembros hagan un esfuerzo de aceptación del resto, que entiendan e interioricen que todos son iraquíes sin distinción ni matices, con igualdad de derechos y deberes.

Se podría empezar por algo tan sencillo como el idioma. Al igual que los niños kurdos estudian árabe como segundo idioma, el resto de los iraquíes tendrían una asignatura de kurdo. O incluir esa lengua en los billetes de banco que ahora están escritos en árabe (anverso) e inglés (reverso). En definitiva, acostumbrarse a la diversidad después de décadas de panarabismo de boquilla. Tan fácil y tan difícil al mismo tiempo.

La guerra no coge vacaciones (y 3)

Por: | 27 de agosto de 2014

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En el camino de Shaqlawa a Akre, en el Kurdistán iraquí. / Á. E.

Llegar a Erbil fue sólo el principio de lo que ya son dos semanas largas de intenso trabajo. Las historias de los desplazados, el rifirrafe político o el parte bélico del día darían trabajo a una redacción entera. Pero la tarea del enviado especial es normalmente solitaria y frustrante. Resulta imposible abarcarlo todo. Y eso sin contar que a la vez hay que ocuparse de la logística. Lo más complicado son los desplazamientos.

Tras visitar varias zonas donde se agrupaban los escapados por la ofensiva del autodenominado Estado Islámico (la mayoría no está en campamentos de esos que tanto juego dan en las imágenes),  me di cuenta que me faltaba una pieza. Había entrevistado  a cristianos, a kakais, a shabaks, a musulmanes chiíes y suníes, pero no había encontrado a ningún yazidí.

Los miembros de esa minoría religiosa kurda habían llamado la atención internacional al quedar atrapados en la cordillera de Sinjar, con los yihadistas acosándoles por el sur y un camino de montaña  al norte como única escapatoria, imposible de franquear para ancianos, enfermos y niños. Ahora empezaban a llegar por la frontera de Siria hasta… Zajo y Dohuk.

Esa ciudad está a unas dos horas de viaje desde Erbil. Claro que eso era antes de que el Estado Islámico tomara Mosul y se hiciera con el control no sólo de la carretera nacional 2, sino también con las poblaciones hasta 40 kilómetros al este de la misma. La ruta habitual ha quedado impracticable y llegado un punto las fuerzas kurdas impiden el paso a eventuales despistados.

Durante una entrevista con una ONG europea que está prestando ayuda de emergencia a los desplazados, descubro que parte de su equipo va a trasladarse a Dohuk al día siguiente. Pregunto si tienen sitio y tengo suerte. O eso creo yo, hasta que ya en la furgoneta descubro lo que me espera. Sus protocolos de seguridad exigen un rodeo que alarga el viaje hasta cinco horas…  

Gracias al inesperado contratiempo voy a descubrir los paisajes de montaña de la región más septentrional de Kurdistán, una zona que no había visitado antes. La primera ciudad que pasamos es Shaqlawa, una especie de Escorial donde los habitantes de Erbil buscan aires más frescos en verano, sólo que bastante más deslavazada. Se nota que está creciendo deprisa, sin planificación, al ritmo de la inyección de dinero que ha supuesto la inversión extranjera atraída por el petróleo. Pero junto a los veraneantes, hay también muchos refugiados sirios que buscan aquí alquileres más baratos que los de la capital.

No paramos. Seguimos en dirección a Harir, pero antes de llegar tomamos un desvío hacia el oeste. No es la carretera comarcal que marcaba mi mapa, sino una doble vía nueva y aún incompleta obra de una empresa turca. A la derecha, hacia el norte, montañas peladas. Por el camino, pueblos con casas de bloques, como los que son habituales en todo Oriente Próximo, pero que a diferencia de los de Jordania o el resto de Irak tienen agua y parches de verde que los hace menos duros.

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A las afueras de Shaqlawa. / Á. E.

Así hasta que llegamos a Akre, cuyo nombre kurdo (en árabe lo transcriben como Aqrah) coincide fonéticamente con el de la ciudad israelí de Acre. Es una ciudad de origen asirio, testimonio del cuál quedan algunas de las iglesias más antiguas de la cristiandad (entre los siglos III y V). Están excavadas en la roca. En 1991, tras el castigo internacional a Saddam Husein por su invasión de Kuwait, tuve la suerte de visitar dos de ellas un poco más al oeste.

Esta vez no hay tiempo para visitarlas. Tenemos que conformarnos con intuirlas desde la distancia. Sin embargo, un poco después, Ali, el conductor, para el coche para esperar a su relevo. Media hora más tarde, llega un colega suyo y cambian de vehículo. Así, ambos vuelven a dormir a sus respectivas casas. Yo también tengo sueño. He dormido poco toda la semana y doy cabezadas el resto del camino hasta que llegamos a Dohuk.

Cuando dos días más tarde acabe mi trabajo sobre los yazidíes huidos de Sinjar, no tendré ni paciencia ni tiempo para repetir la ruta en sentido inverso. Acudo al maktab Erbil, la oficina de la que salen los taxis compartidos para la capital kurda. Es temprano. No hay otros viajeros y tengo una cita a primera hora de la tarde con el gobernador. Decido pagar el coche para mi sola.

“¿Cuánto tardaremos?”, pregunto para asegurarme de que llegaré a tiempo.

“Dos horas y media, según el tráfico”, responde el encargado.

“¿Sólo? ¿Por dónde van? ¿No irán por Mosul?”, inquiero extrañada.

Los conductores se ríen de buena gana.

“No señora, en Mosul está el Daish. Nosotros vamos por Sheikhan, Bardarash y Kalak”, me tranquilizan.

Tres horas después estoy en mi hotel. La guerra no coge vacaciones. Pero esta región, con sus paisajes de montaña, parece un lugar perfecto para pasar unas. Si no hubiera guerra.

 

La guerra no coge vacaciones (2)

Por: | 23 de agosto de 2014

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Campo de cereal en Kurdistán después de la siega. / Á.E.

Puestos a ver el lado positivo de las cosas, el cierre del aeropuerto de Erbil, primero, y el hecho de que algunas compañías aún mantengan los vuelos interrumpidos, ha tenido consecuencias educativas para mí. Volé al pequeño aeropuerto de Suleimaniya (igual de bien organizado que el de la capital kurda). Planeaba coger un taxi y venir directamente hasta aquí. Sin embargo, mi vuelo llegaba de noche y Suha, una amiga kurda cuyo consejo valoro, opinaba que no era prudente.

“Antes sí, no había problema; pero ahora con lo que está pasando, es peligroso”, me dijo.

Lo que está pasando es que desde primeros de agosto el autodenominado Estado Islámico ha empezado a atacar las posiciones de los peshmergas (las fuerzas kurdas), de los que en junio se mantenía a una distancia prudente. Así que todo el perímetro de la región autónoma de Kurdistán, 1.050 kilómetros, linda ahora con “las fuerzas oscuras”, como gráficamente me describió el politólogo Khaled Salih. Y no sólo porque hayan adoptado el negro como uniforme.

Me estoy desviando. El caso es que hice caso a Suha. Me quedé a dormir en Suleimaniya (donde no había estado antes) y desde la ventana de mi habitación descubrí una agradable y tranquila ciudad de provincias. A la mañana siguiente, al salir en dirección a Erbil, me sorprendió su vocación universitaria. A la derecha el campus de la Universidad de Suleimaniya (pública). A la izquierda, la Universidad Americana (privada).

Dos días después me acordaría de esa imagen cuando, en el campo de desplazados de Bakharka, Uday Nazar, de 21 años, me preguntaba “¿dónde voy a examinarme ahora?”. Uday, un joven kakai, tuvo que huir en junio de Mosul en cuya universidad estudiaba inglés, y ahora de nuevo se había salido corriendo de su pueblo, junto a su familia, ante el avance yihadista. “No pude hacer los exámenes, pero quiero hacerlos”, me decía sabedor de la importancia de tener acabados sus estudios para dejar atrás la pobreza que castiga a buena parte de las minorías de Irak. La guerra destruye proyectos de vida. 

“Señora, ¿prefiere que vayamos por la carretera de Kirkuk o por la de Dokan?”, me preguntó Aram, el taxista que el día anterior me había recogido en el aeropuerto.

“¿Cuál es mejor?”, pregunté.

“Por Dokan, tardamos algo menos de tres horas, y por Kirkuk, un poco más y podemos encontrarnos con el Daish”, me respondió muy serio usando el acrónimo árabe para el Estado Islámico.

No había duda. Aunque como periodista resultaba tentador viajar por Kirkuk y tal vez observar de lejos algún combate, sólo la idea me pareció de una frivolidad vergonzosa. ¿Qué derecho tenía yo a poner en riesgo a un taxista tan simpático?

“Por Dokan”, entonces.

El hombre respiró aliviado.

El viaje me permitió tres horas de asueto, algo inusitado en este trabajo. A un lado de la carretera las estribaciones septentrionales de los montes Zagros, que marcan la frontera con Irán. Al otro una meseta cuyos campos dorados a ratos me recuerda a la de Castilla. Pero a pesar de las zonas cultivadas del camino, luego descubriré que Kurdistán ha dejado de ser el granero de Irak.

Hoy en día, en la región autónoma importa la mayoría de los alimentos que consume. La emigración del campo a la ciudad y el aumento del nivel de vida gracias al petróleo han alejado a las jóvenes generaciones de la agricultura. Aunque el problema empezó en tiempos de las sanciones internacionales contra Saddam, durante el programa Petróleo por Alimentos. “La ONU traía los alimentos de fuera y dejó de compensar trabajar la tierra”, me asegura una fuente humanitaria. Pero eso es otra historia.

La guerra no coge vacaciones (1)

Por: | 22 de agosto de 2014

Irak fue mi último trabajo antes de irme de vacaciones. Vine en junio, nada más que el entonces llamado Estado Islámico en Irak y el Levante (EIIL) tomo la ciudad de Mosul. Desde Erbil viaje hasta Kalat y el campo de desplazados de Khazer, que entonces se empezaba a poner en pie, y un poco más adelante, hasta el puesto avanzado de los Peshmerga, a apenas unos kilómetros de los fanáticos. También a Kirkuk, cuyo control se habían arrogado esas fuerzas kurdas ante la huida del Ejército iraquí.

Luego, me trasladé a Bagdad para ver la situación política. Después de diez días de infarto en los que cada mañana nos despertábamos con una nueva conquista del EIIL (ISIS en sus siglas inglesas y DAISH en las árabes), su avance se ralentizó un poco. La inminencia del Ramadán hacía pensar si no en una interrupción de las hostilidades (viví en la guerra civil libanesa como los combates paraban para el iftar y se reanudaban media hora después), si al menos un ritmo más pausado.

Me pregunto a menudo cómo pueden milicianos y soldados no ya luchar sino siquiera moverse con las temperaturas que alcanza está tierra. No es que a diario se superen los 45ºC, sino que el termómetro no baja de los 30ºC ni siquiera por la noche. Quizá sea esa la causa de tanto conflicto, que el calor les hace perder la sesera… El caso es que mientras yo, y medio planeta, nos tomábamos un (merecido) descanso, la guerra no cogía vacaciones.

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Yazidíes desplazados por el avance del Estado Islámico en Sinjar se refugián en una obra en Zajo./ Á.E.

En mi ausencia, los fanáticos han seguido conquistando territorios; los desplazados por los combates han aumentado, y los muertos y los heridos también. Sin embargo, los políticos no han logrado ponerse de acuerdo, aunque finalmente el controvertido primer ministro Nuri al Maliki ha renunciado a un tercer mandato y dejado paso a otro miembro de su partido, Haider al Abadi. Ahora toca esperar a que forme Gobierno. Tras las elecciones de 2010, costó ocho meses. Sería bueno que, ante la grave situación que atraviesa el país, se den un poco más de prisa ahora.

El único cambio positivo parece ser la simplificación del nombre del EIIL que ha pasado a llamarse sólo Estado Islámico, mucho menos enrevesado, pero más ambicioso. Esas dos palabras hacen alusión a la utopía de un gobierno justo basado en la ley islámica (sharía) y remite a los primeros tiempos del islam. Casi nada. Pero en la mente de los iraquíes, el acrónimo Daish ha quedado tan marcado que todos siguen utilizándolo.

Barbacoa junto al Tigris

Por: | 24 de junio de 2014

“Por la amistad hispano-iraquí”, brinda alguien elevando un botellín de agua. “Por la amistad hispano-iraquí”, le responden con sus cervezas varios españoles (y algún iraquí). Sendas banderas colgadas de una caseta cercana enmarcan la reunión. Empieza a ponerse el sol y a la luz del anochecer, las mesas y sillas de plástico cuidadosamente colocadas  a la orilla del río dan aspecto de chiringuito de playa en fin de semana. Pero el río es el Tigris; estamos en Bagdad y es jueves por la noche, la víspera del descanso semanal en Irak.

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Vista del Tigris a su paso por Bagdad. / AFP

Un empresario y varios arquitectos e ingenieros españoles que trabajan en Bagdad han organizado una barbacoa con varios colegas iraquíes. En un país, plagado por la violencia, donde las oportunidades de ocio están limitadas por el riesgo de atentados, el toque de queda y la pesadez de los controles de seguridad, la cita es más que una ocasión social. Constituye una reivindicación de la normalidad.

Es lo mismo que hacen las familias iraquíes que aún van a pasear a los parques los fines de semana. O los enamorados que dan un paseo en barco por el Tigris. O los intelectuales que siguen reuniéndose en los cafetines cargados de humo de Al Mutanabbi para resolver el mundo frente a una pipa de agua y un té cargado de azúcar. En los callejones alejados de las vías principales, incluso es posible ver a niños jugando al fútbol.

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Iraquíes a bordo de uno de los barcos que surcan el Tigris. / Reuters

 

 

 

Como en cualquier reunión de amigos y colegas, Abbas, Manuel, Hathal, Jorge, Hasan, Antonio y el resto del grupo de la barbacoa se ponen al día de sus actividades y planes; hacen bromas, e inevitablemente, hablan de política. De política iraquí, por supuesto. En vez de Rajoy, Rubalcaba y la cuestión catalana, se menciona a Al Maliki, a Allawi, a chiíes  y suníes, a los kurdos… Todo muy parecido si no fuera por la violencia.

Hay preocupación, pero no pánico. La mayor contrariedad es la suspensión de Whatsapp, Skype, Viber y otros servicios de Internet, que les permitían estar casi permanentemente comunicados con sus parejas y familiares. Ahora, saben que cualquier incidente les tendrá preocupados hasta que llamen al concluir su jornada laboral.

Aún así, ninguno de los españoles se plantea marcharse de momento. El contacto diario con sus colegas iraquíes les da otra perspectiva, una visión más matizada que la que transmiten los titulares de prensa. Se sienten valorados y tienen la posibilidad de hacer un trabajo que ahora mismo sería imposible en España. Unos construyen la futura Ópera de Bagdad; otros supervisan el proyecto de dos hospitales inspirados en el de Móstoles; uno más acaba de registrar su empresa y espera empezar a trabajar enseguida.

¿No está Irak a punto de saltar por los aires? No esta noche, junto al Tigris. Como si todas las amenazas se hubieran quedado detenidas fuera, reina un clima de confianza. Eso no significa que desconozcan los riesgos.

Alfonso ha estado tres meses viviendo dentro del estadio de Ciudad Sadr, que está renovando la empresa estadounidense para la que trabaja. Era el único español entre tres centenares de empleados venidos de Turquía. Tras el secuestro en Mosul de 80 ciudadanos de ese país, incluido el cónsul, todos sus compañeros han sido evacuados. La obra se ha parado y él espera un nuevo destino; tal vez en Basora, al sur.

Aunque desde fuera parezca que Irak es una amalgama imposible de grupos étnicos y confesionales en perpetua lucha, la guerra, como la suerte, va por barrios. O mejor por regiones. Mientras en el Noroeste suní atraviesan un periodo inestable e incierto, el Sur chií y el Norte kurdo continúan tranquilos y seguros.

Mi familia y mis amigos (sobre todo María y Tania) se inquietan cuando viajo a países en conflicto como Irak o Afganistán. Es normal. Una de las cosas que suelen repetirme es “no sé cómo lo aguantas, cómo aguanta la gente de esos sitios”. Y la barbacoa, o el paseo por el parque o la reunión familiar, es una de las razones. Porque incluso en medio de la locura de la guerra, hay momentos de normalidad que hacen llevaderas las dificultades interminables.

Tal como aprendí en Beirut, donde viví al final de la guerra civil que se prolongó de 1975 a 1989, ni siquiera los combatientes se pasan las 24 horas del día luchando. Incluso bajo los bombardeos, los afectados se mantienen a flote agarrándose a pequeños detalles cotidianos y a veces sonríen y hasta se enamoran.

Se prohíben las armas durante las horas de funcionamiento del bar

Por: | 22 de junio de 2014

“Se prohíben las armas durante las horas de funcionamiento del bar”. El cartel situado en la puerta del establecimiento parece razonable. Como en el caso de la conducción, “si bebes, no dispares”. Sólo que no estoy invitada a tomar una copa en el último garito de moda de Bagdad, sino a asistir a una misa.

La eucaristía se celebra dentro del perímetro fortificado de la Embajada de Estados Unidos en Irak. Aunque las instalaciones son lo suficientemente amplias para haber albergado a 16.000 personas hasta hace dos años, la sala multiusos que por las tardes-noches hace de bar, sirve durante el día para las ceremonias religiosas de los habitantes de este oasis-prisión.

Incluso con la última reducción de personal la semana pasada, a raíz de la ofensiva yihadista que ha capturado un tercio de Irak, aquí trabaja y vive  más gente que en muchos pueblos. Unas 4.000 personas, se estima. Y desde luego, disponen de una dotación de servicios que envidiaría la mayoría en este país, e incluso en el resto del mundo.

Superadas los gigantescos portones de entrada y la gigantesca bandera de Estados Unidos, el lugar tiene aspecto del típico campus universitario americano. Edificios bajos rodeados de césped, con campos de deporte y gente que se traslada en bicicleta de un lado a otro. También hay un servicio de minibús, y puntos de reciclaje. Sólo unas pequeñas casamatas de hormigón en las esquinas desentonan con el paisaje. Son los refugios para caso de bombardeo.

Además de la Cancillería, las residencias del embajador y su segundo, hay varios bloques de viviendas para el personal. Los habitantes de este idílico enclave disponen de gimnasio, piscina, supermercado, cafeterías, terrazas al aire libre, sala de lectura… Incluso una oficina del Banco de Bagdad. En total, 42 hectáreas en la orilla occidental del Tigris, cuya construcción costó casi 600 millones de dólares (unos 440 millones de euros).

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“Las ventanas son todas blindadas”, explica el anfitrión que en todo momento tiene que acompañar a sus visitantes.

El elevado coste de esa prevención contra los previsibles ataques de quienes consideran a EEUU el origen de sus males, ha hecho que las construcciones que albergan a contratistas y equipos de seguridad carezcan de ventanas. Así que la hilera de cubos de cemento, con apenas unos respiraderos, no son salas de maquinaria sino “alojamientos seguros”. Seguros y, sin duda, opresivos.

También el gran comedor colectivo, similar al que frecuenté durante mi estancia en la Universidad de Ohio, está protegido por enormes paredes de hormigón. Los lavabos de la entrada (cuyo uso es obligatorio) me recuerdan a las instalaciones militares que visité mientras duró la ocupación. El resto ofrece una apacible normalidad… como cualquier barrio de clase media americana.

Es fácil olvidarse de que estamos en Bagdad, donde la gente carece de servicios públicos. En la capital del quinto productor de petróleo, no hay una recogida de basuras digna de ese nombre, los cortes eléctricos son una constante y el agua que sale de los grifos no es potable. Con temperaturas que ya superan los 45ºC, el aire acondicionado es un lujo que sólo se pueden permitir aquellos con dinero suficiente para disponer de un generador potente.

En contraste, el recinto de la embajada estadounidense resulta un oasis de tranquilidad. Pero también es en buena medida una cárcel para sus habitantes, que tienen muy restringidas las salidas. A pesar de encontrarse dentro de lo que se denomina Zona Verde (han fracasado los esfuerzos iraquíes por rebautizarla Zona Internacional), no todo el mundo tiene permiso para asomarse al exterior, menos aún a la Zona Roja, donde nos alojamos el resto de los mortales. Para hacerlo, necesitan un enorme despliegue de seguridad (coche blindado, chaleco antibalas, guardaespaldas).

“Estamos un poco prisioneros”, admite el anfitrión. “Y como los prisioneros de verdad, algunos contratistas que llevan aquí diez años se han acostumbrado tanto a las rutinas que cuando vuelven [a EEUU] tienen dificultades para adaptarse a la vida fuera”.

Toda una metáfora de los problemas que afrontan para entender la región.

En el bar-capilla, se nota la ausencia de muchos habituales que han sido evacuados o que han adelantado el final de su contrato. La liturgia del día incluye la lectura del Salmo 147: “Alaba a tu Dios, oh Sion.Porque fortificó los cerrojos de tus puertas”. No podía ser más adecuado.

 

 

Vuelo a Bagdad

Por: | 17 de junio de 2014

Con la que está cayendo, una no imaginaría que fuera difícil conseguir plaza en un vuelo a Bagdad. Pero una vez más, todo depende de la perspectiva, de desde dónde se quiera viajar.

Los vuelos que salen de la capital iraquí, hacia Estambul, Dubái o Doha, van comprensiblemente llenos. No sólo los extranjeros, sino también los iraquíes con medios intentan poner pies en polvorosa antes de que lleguen los milicianos del Ejército Islámico en Irak y el Levante. Incluso si como es lo más posible se quedan a las puertas, el aumento de la tensión y los atentados hacen todavía menos apetecible una ciudad ya de por sí difícil, con continuos cortes de electricidad, enormes atascos y bajo toque de queda psicológico.

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La oficina de Iraqi Airways en Erbil, el lunes. / Á. E.

Sorprenden sin embargo las colas ante la oficina en Erbil de Iraqi Airways, la compañía nacional. Erbil es la capital de la región autónoma del Kurdistán iraquí, un enclave virtualmente separado del resto de Irak desde la guerra de 1991. La seguridad que han garantizado sus Peshmerga (las tropas kurdas) ha actuado como un imán para muchos iraquíes. Numerosos árabes suníes y cristianos, sobre todo, han encontrado refugio aquí en la última década. ¿Por qué habría alguien de querer volver a un Bagdad casi en pie de guerra?

“Las carreteras están cerradas. Todo el mundo necesita volar. Hemos aumentado a ocho nuestros dos vuelos diarios”, me explica el encargado de la oficina cuando le pregunto por la multitud que se agolpa a sus puertas. Aún así, el rumor es que todos los vuelos están llenos hasta el 5 de julio. El empleado hace un gesto de impotencia.

He llegado a las ocho y media de la mañana, media hora antes de la hora oficial de apertura, porque había oído que había colas. Y en efecto, varias decenas de hombres y un puñado de mujeres esperan para entrar. Dos guardias de seguridad (una mujer y un hombre) les enseñan sendas porras para intentar que mantengan la fila y guarden su turno, un empeño condenado al fracaso en cualquier lugar de Oriente Próximo.

Me aprovecho de mi condición femenina y me apunto a la cola de mujeres, como siempre, más corta. Los empleados están trabajando desde las ocho, pero no dan abasto. Uno de ellos sale con una lista. Al parecer, algunos aspirantes a viajeros están apuntados desde anoche.

Aprovecho la espera para conversar con mis vecinas. Dos señoras cuarentonas y tres chicas jóvenes, todas entradas en carnes y con la ropa muy ajustada. “Estábamos aquí de vacaciones, visitando a unos parientes, pero tenemos que volver a casa”, explican. Vinieron en un GMC, los grandes vehículos todo terreno que hacen los viajes largos por carretera en Irak, pero ahora, con todas las rutas al sur cortadas por la ofensiva yihadista no tienen forma de regresar. Salvo el avión.

Anisa, una señora de unos cincuenta y tantos años, pañuelo claro y guardapolvo azul marino hasta los pies, me cuenta que tiene su empresa tiene una oficina en Bagdad y que ella va todos los meses. Aunque es árabe lleva años viviendo en Erbil. “Los kurdos tienen muy buena seguridad, pero ya sabe cómo nos tratan aquí a los árabes…”, apunta justo cuando se entreabre la puerta.

Las colas mantenidas a duras penas con la exhibición de las porras, se deshacen sin remedio y todos intentamos colarnos. El termómetro ya supera los 30ºC y el sol da de lleno sobre la fachada de la línea aérea. No hay suerte. Sólo pasan los afortunados cuyos nombres pronuncia el empleado. La operación se repetirá tres veces más antes de que finalmente, pasadas las nueve y media, mi nombre se encuentra entre los elegidos a pasar al aire acondicionado. Otro empleado da un número e indica una hilera de asientos.

Antes de venir a la oficina, he oído que también están volando a Bagdad los soldados que han logrado escaparse de los yihadistas y que van a reintegrarse al Ejército. Miro a mi alrededor, pero entre quienes me rodean veo poco espíritu marcial. Pego la hebra con un joven que podría ser militar o policía.  No hay suerte. Es un kurdo que ha ido a comprar dos billetes para unos conocidos de su familia que regresan a Najef.

La mayoría de quienes esperan son miembros de la clase media que pueden pagarse los casi cien euros que cuesta el pasaje a cualquier otra ciudad de Irak. Los demás, quienes normalmente viajan por carretera (más barato), no tienen más remedio que esperar a que algún día se abran las rutas terrestres.

Dos horas después, me llega el turno. Gracias a un amigo en Bagdad, tengo un código de reserva, pero hasta que no veo el billete en mi mano no termino de creérmelo. De hecho, la primera reacción de la empleada es decirme que no hay nada. Insisto. “Ah sí, aquí está”, admite. Pago, recojo el trozo de papel que me da como ticket. Y salgo. Fuera la cola ha aumentado y la tensión también. 

El Mundial en tiempos de guerra

Por: | 16 de junio de 2014

Un soldado iraquí le dice a otro: “La hemos cagado”. “A veces pasa”, trata de consolarle el segundo. “Ya, pero esto es muy grave”, insiste el primero. “Peor fue lo de España anoche”, zanja su compañero.

En este momento, semejante ejemplo de humor negro tal vez sólo sea posible en Kurdistán. Desde la semana pasada, buena parte del noroeste de Irak ha caído en manos del Ejército Islámico en Irak y el Levante (EIIL) ante la inexplicable huida de los soldados y policías. Algunos Peshmergas, los soldados kurdos cuyo nombre significa literalmente “los que plantan cara a la muerte”, han ridiculizado la falta de gallardía de sus vecinos. Pero también es cierto, que tres de esos aguerridos mozos me aseguraron haber llorado ante la derrota de España el pasado viernes.

No hay puesto de control, oficina, cuartel o puesto del bazar en el que al enterarse de mi nacionalidad no me mencionen el partido. Unos me dan el pésame, otros me ofrecen consuelo (“estamos con la selección española”), y los más osados, incluso me dan mensajes para Casillas sobre cómo debe actuar en el próximo encuentro.

Eso a mí que nunca me ha interesado el fútbol y el único partido que he visto en mi vida fue el Irán-Estados Unidos de 1998. Pura obligación profesional. No se lo digo a mis interlocutores kurdos. Cada vez que veo una mano levantada con la palma abierta recordándome los cinco goles, me llevo la mía a los ojos, finjo vergüenza y les digo que voy a pedir la nacionalidad china (por lo lejos que queda de España, más que todo).

A ver si en el próximo partido, ganan los de la Roja y puedo cruzar fronteras con la cabeza alta.

 

Reflexión al margen: ¿Les gustará el fútbol a los milicianos del EIIL y otros grupos asociados? ¿Verán los partidos? ¿Jugarán entre ellos para descargar la tensión de un día de combate?  Si se entretuvieran dándole al balón en vez de cortando cabezas…

Cosas que pueden hacerse con un periódico

Por: | 03 de junio de 2014

Cuando era niña, en mi pueblo, Santo Domingo de la Calzada, los periódicos viejos se utilizaban para secar el suelo recién fregado. Para los periodistas constituía toda una cura de humildad. Por muy relevante que fueran nuestros artículos tal vez terminaran pisoteados en algún pasillo. Hoy ya no es habitual, tal vez porque cada día se leen menos periódicos en papel, pero aún hay limpiacristales que aseguran que sus hojas son lo mejor para abrillantar espejos. Y acabo de descubrir otro uso de los diarios atrasados que hasta ahora desconocía: como protección contra el fuego.

Sí, ¿no me creen? Sigan leyendo y verán que no miento.

Ha sido la semana pasada en Segovia, donde acudí a la entrega del XXX Premio Cirilo Rodríguez para corresponsales y enviados especiales (enhorabuena de nuevo a Marc Marginedas, el laureado de este año). El galardón incluye una pieza de cristal, la Lente de la Tierra, elaborada en la Real Fábrica de Cristales de La Granja. Así que miembros del jurado, finalistas, y acompañantes fuimos invitados a visitar tanto los talleres donde se soplan las piezas como el museo anejo (una excursión que me permito recomendar).  

Allí pudimos ver como los cinco maestros sopladores mezclaban las materias primas (arena de sílice, carbonato de sodio, caliza y plomo) y las funden ¡a 1.550ºC! Es entonces cuando el modesto papel de periódico interviene para ayudar a moldear la masa incandescente que sale del horno. Previamente empapado con agua, protege la mano de la operaria que la manipula. Sólo entonces, se introduce en el molde correspondiente y se sopla la pieza que luego se completa con un torneado, un grabado o una aplicación de pan de oro.

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Una artesana utliza un periódico mojado para moldear la masa incandescente con que se fabrica el cristal.

El día de nuestra visita, era día de copas. Unos cinco minutos lleva hacer cada una de ellas. Después tienen que enfriarse durante 24 horas. Y un 20% se descarta porque sale con burbujas o defectos a pesar del esmero y dedicación que ponen sus autores. Evidentemente, ese proceso artesano no puede competir en precio con la producción industrial en masa. Tampoco su exquisita calidad tiene nada que ver con las piezas sin alma de la fabricación en serie.

Mientras, asistía al proceso, me vino a la mente que los periódicos (de papel) son como esas piezas de cristal confeccionadas de forma artesanal, una especie en extinción. No porque no se los necesite, si no porque ya no tenemos ni paciencia para esperar su llegada al quiosco, ni dinero para su elaboración. ¿Terminarán también los noticieros impresos convertidos en un museo ante el avance de las gacetillas digitales y las aplis de chismorreo viral?

Un compañero me sacó de mi ensimismamiento al interesarse por la resistencia del papel (mojado) al calor extremo del cristal.

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Las hojas de periódico protegen las manos de los operarios que elaboran el cristal.

“Antes utilizábamos el BOE, pero como ya no se imprime, recurrimos al periódico”, bromeó uno de los artesanos. “Es la mejor protección en caso de incendio”.

¿Y qué usarán cuando dejen de imprimirse los periódicos?

Barriles bomba sobre Faluya

Por: | 19 de mayo de 2014

Faluya es el infierno.  Desde principios de año, el Ejército iraquí se halla enzarzado, en esa ciudad y toda la provincia de Al Anbar, en una guerra contra una mezcla de tribus suníes que se sienten marginadas del poder y militantes de una rama de Al Qaeda. Atrapados entre dos fuegos, los civiles huyen en desbandada ante cada nueva ofensiva. Por si esa tragedia fuera poco, ahora llegan dos noticias enormemente preocupantes que responsabilizan al Gobierno de Bagdad (dominado por islamistas chiíes) de ataques indiscriminados y de dificultar la salida de la población de la zona de combates.

¿Y a quién le importa? Hace tiempo que ha desaparecido el interés de la opinión pública por Irak. La saturación informativa durante la invasión y la ocupación, el rosario inacabable de atentados que copa las crónicas procedentes del país, y los nuevos focos de atención en Libia, Siria o, más recientemente, Ucrania, han contribuido a enterrar cualquier noticia iraquí. Las acusaciones, sin embargo, son graves.

Vecinos de Faluya denuncian que las fuerzas gubernamentales han utilizado “barriles bomba” en su última operación contra la insurgencia suní la semana pasada, según una información de Reuters. El lanzamiento desde helicópteros de esos contenedores llenos de explosivos, cemento y trozos de metal, se ha convertido en la imagen de la brutal represión del régimen sirio contra las zonas rebeldes. ¿También en Irak?

“Fue algo realmente extraordinario. El polvo y el humo. Parecía como una bomba nuclear”, cuenta Abu Hamid. La explosión, que se produjo a apenas 300 metros de su casa, fue determinante para que decidiera abandonar de inmediato la ciudad con su familia, después de haber aguantado cinco meses de combates.

Fallujah

Casa destruida por un barril bomba en Faluya, según la Asociación de Ulemas de Irak. / heyetnet.org

Por supuesto el Gobierno lo niega y asegura que hace todo lo posible para evitar las víctimas indiscriminadas. Sin embargo, además de los testimonios de varios residentes, la agencia también cita a un policía local que confirma el uso de los ominosos barriles bomba.

“Es una política de tierra quemada, la destrucción de toda una zona. El Ejército tiene menos experiencia en la lucha casa por casa que los rebeldes dominan. Así que han recurrido a esto”, admite el agente desde el anonimato.

Sin acceso a Al Anbar, resulta difícil de dilucidar. El problema es la ausencia de testigos independientes. Durante mi último viaje a Bagdad, el pasado febrero, no sólo cualquier conductor en su sano juicio se negaba a acercarse siquiera a Faluya, sino que las carreteras estaban cortadas. La única forma de tener contacto directo con la población de esa provincia era trasladarse a alguno de los campamentos habilitados para los desplazados. Aún así, el trauma vivido o el temor a ser oídos limita el alcance de lo que están dispuestos a contar.

Pero no es la única alegación contra las fuerzas gubernamentales. Human Rights Watch (HRW) ha recogido testimonios de personas que han visto a los soldados disparando a vecinos que intentaban huir de los enfrentamientos, o trataban de llevar alimentos y medicinas. La organización, que también ha condenado a los insurgentes por sus ataques a civiles, asegura en un informe que “el Gobierno iraquí está exacerbando la crisis humanitaria en la provincia de Al Anbar al dificultar que los residentes abandonen las zonas donde se producen combates e impedir la llegada de ayuda”.

Por su parte, el representante especial de la ONU para Irak, Nickolay Mladenov, denunció a finales de marzo ante el Consejo de Seguridad que “al menos en una ocasión” los bombardeos del Ejército han alcanzado el Hospital General de Faluya. La oficina de ese organismo en Bagdad ha dejado de incluir los muertos en Al Anbar en su informe mensual de víctimas. Los datos facilitados por la Dirección Provincial de Sanidad elevan los civiles muertos entre enero y abril a 471, un tercio de ellos en ese último mes.

Según la ONU, los combates han obligado a abandonar sus hogares a 420.000 de los 750.000 habitantes de Al Anbar, pero muchos de ellos aún están atrapados en zonas de conflicto. De las 73.000 familias registradas como desplazadas, al menos 51.000 permanecen en la provincia. Muchos duermen en escuelas o edificios abandonados y carecen de dinero para comprar comida. Una evaluación del Programa Mundial de Alimentos estimaba el pasado 20 de abril que el 79% de los desplazados no logran comer lo necesario.

Justo cuando más falta hace su ayuda, la mayoría de las agencias de la ONU se han quedado sin dinero y provisiones, según ha declarado Mladenov, porque los donantes no han respondido a su solicitud de 75 millones de euros para asistir a los desplazados de Al Anbar. El olvido informativo de Irak puede ser tan dañino como un barril bomba.

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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