40 Aniversario
Ángeles Espinosa

A vueltas con el velo (y 2)

Por: | 25 de agosto de 2016

Tras una anterior entrada tratando de aclarar los diferentes tipos de velo que usan las musulmanas, dejé pendiente hablar de su significado. Como resultado de la oleada de refugiados que han llegado a Europa en el último año y de los atentados con sello islamista que se han producido en el continente, la presencia de mujeres veladas, total o parcialmente, incluso en algunas playas, ha desatado un debate, a menudo pasional, sobre si aceptar o prohibir esa forma de presentarse en público.

El conservadurismo que sugiere el uso el velo islámico, en especial el que cubre la cara, se ha asociado de forma instintiva no sólo con las interpretaciones más rigoristas del islam, sino incluso con el radicalismo violento de los grupos terroristas que se atribuyen dicha etiqueta. Sin distinciones, ni matices. Además de hacer el juego a esos sectores intransigentes, la ausencia de un análisis más equilibrado está convirtiendo a las mujeres musulmanas (y a su ropa) en terreno de una batalla ideológica que las ignora.

¿Qué significa el velo con el que se cubren muchas musulmanas? ¿Es obligatorio, impuesto, o una elección personal? ¿Constituye una barrera para su integración en las sociedades occidentales? ¿Debe prohibirse?

Defender que el Estado, cualquier Estado, no debiera interferir en cómo se visten sus habitantes, sean del sexo que sean, es una obviedad que ha quedado enterrada bajo el desconocimiento y el miedo.  Tan irritante es oír a los dirigentes iraníes criticar la falta de libertad por la prohibición del velo en la escuela francesa (cuando ellos precisamente lo imponen), como a políticos europeos que, por motivos populistas, proponen leyes restrictivas contrarias a las libertades individuales tan arduamente conquistadas.

Para muchos europeos, y occidentales por extensión, especialmente entre las mujeres, resulta sin duda difícil de entender el apego al pañuelo de las musulmanas cuando ellas han luchado para librarse de velos y corsés. Ven en el hecho de cubrirse una imposición patriarcal que, salvo lavado de cerebro, ninguna mujer libre aceptaría.

Iran team

El cambio en el vestir de las iraníes tras la revolución, en sendas imágenes del equipo nacional de voleibol.

Más allá de la cuestión teológica de si el islam exige que sus seguidoras tengan que cubrirse y cómo deben hacerlo, algo sobre lo que hay opiniones para todos los gustos, el problema es que hay muchos velos (y no me refiero aquí a los distintos estilos de hiyab con que las musulmanas de distintos países  buscan cumplir con el precepto religioso).

He conocido a egipcias que utilizaban el pañuelo porque su situación económica no les permitía gastar en peluquería; a afganas que tras el derribo de los talibán, seguían usando el burka para evitar las miradas y comentarios obscenos de sus vecinos; a cristianas iraquíes que se cubrían ante la inseguridad que reinaba en la calle, y a abuelas palestinas, sirias o paquistaníes que lo hacían por costumbre. Pero, durante tres décadas viajando por países de mayoría musulmana, también he encontrado a muchas piadosas que se cubrían por convicción. 

Mientras que en Irán la imposición legal hace que el pañuelo no nos diga mucho sobre la religiosidad de su portadora (aunque sí la forma de colocárselo), al otro lado del golfo Pérsico, en las petromonarquías árabes, la abaya es con frecuencia un signo de distinción que separa a las mujeres autóctonas de las inmigrantes; no hay leyes que obliguen a usar ese sayón negro, aunque en algunos entornos, sobre todo en Arabia Saudí y Yemen, existe presión social para hacerlo.

Ahí radica gran parte del problema. Desde afuera, asumimos que siempre existe coacción para cubrirse, e incluso un proyecto político detrás. La experiencia reciente tampoco ayuda. A raíz de la revolución iraní de 1979, una ola de islamismo se extendió por todos los países de mayorías musulmanas. Las imágenes del antes y después, no sólo de Irán sino de otros países, son significativas. Allí donde antes había cabelleras al aire y faldas a media pierna, ahora (casi) sólo hay pañuelos y pantalones largos.

Una vuelta a la religiosidad, argumentan los adeptos. Tal vez. Pero también una reacción al laicismo impuesto durante el colonialismo o por los dictadores posteriores, como Ataturk en Turquía, Saddam Husein en Irak o la familia Al Asad en Siria. Y, no nos engañemos, la ayuda de los petrodólares.

Durante los años que viví en Egipto, de 1990 a 1992, fui testigo de cómo se popularizaba el niqab, un velo integral sin arraigo previo en el país. Mi entonces secretaria me contó que  los Hermanos Musulmanes pagaban el equivalente a 50 dólares a las universitarias que optaban por ese atuendo. Con o sin ese estipendio, lo cierto es que la atención que la cofradía prestaba a los más desfavorecidos (totalmente olvidados por el Estado) alentaba el cubrirse. Evoluciones similares se han vivido en otros países donde la predicación de los islamistas saudíes ha radicalizado el islam local, como Afganistán o Pakistán.

A los gobernantes, tampoco les viene mal. Cubrir el cuerpo de la mitad de la población es una forma de control social y político. A este respecto, resulta interesante comparar la evolución de Irán (donde a raíz de la revolución se impuso el velo) y Turquía (donde Ataturk lo prohibió en los espacios públicos). Mientras en el primero, sirvió para permitir que muchas mujeres de familias conservadoras accedieran a la educación y el trabajo (y en numerosos casos terminaran cuestionando su obligatoriedad), en el segundo, muchas se han sentido frustradas por tener que elegir entre sus convicciones religiosas y sus estudios (o viajar fuera para cursarlos, a menudo a escuelas islámicas de Siria que eran las únicas que se podían pagar).

Se trata pues de un fenómeno complejo con muchas variantes locales. ¿Y en Europa? ¿Qué se debe hacer con quienes se tapan la cara o quieren bañarse en burkini? La respuesta rápida sería, nada.

Es decir, respetar la elección individual. Dado que el nivel de derechos y libertades alcanzado en las sociedades occidentales es mayor que el de cualquiera del medio centenar de países que forman parte de la Organización para la Cooperación Islámica (que agrupa a los Estados de confesión musulmana), asumamos que quienes se cubren lo hacen por su propia voluntad. O al menos consultemos a las interesadas.

Si realmente se quiere evitar su segregación, se debe trabajar para evitar los barrios-gueto en las ciudades, asegurarse de que los velos no llevan a la marginación de niñas y mujeres en la educación, el ejercicio físico y el empleo, y arbitrar los medios para que quienes se sientan presionadas para cubrirse por sus familias o comunidades puedan encontrar ayuda y refugio.

En el caso del velo integral (niqab, burka o similares), existen sin duda argumentos de seguridad para requerir que muestren el rostro ante los funcionarios públicos, en operaciones bancarias y donde necesario probar la identidad.  Pero ¿realmente el puñado de mujeres que optan por esta cobertura extrema justifica dictar leyes y multas difíciles de aplicar? ¿No será más útil dejar de obsesionarnos con los pañuelos y quitar argumentos a unos islamistas que explotan nuestra fijación con esa pieza de tela?

A vueltas con el velo (1)

Por: | 17 de agosto de 2016

Hiyab, burka, chador, niqab… A raíz de la polémica sobre el burkini, se ha reavivado en Europa el debate sobre el velo que tradicionalmente usan las mujeres musulmanas, y los medios de comunicación se han llenado de palabras extrañas. En las sociedades occidentales existe un gran recelo hacia ese fenómeno. Así que, en lugar de aclarar las cosas, tales términos, a menudo usados sin rigor, alientan la confusión y la desconfianza sobre quienes utilizan dichas prendas.  

Más allá de si el islam exige que las mujeres se tapen, cuánto y de qué forma, si les obligan sus padres o maridos, o si lo hacen voluntariamente (algo que dejo para otro post), voy a intentar aclarar el asunto de los distintos tipos de velos. 

Burqas Minab

Mujeres con máscara en Minab (Irán). / JMS

Solemos traducir hiyab, palabra árabe que se usa en todo el mundo musulmán, como “pañuelo o velo islámico”, pero hiyab es velo en un sentido genérico, no se refiere a una prenda concreta. Así, cuando mencionan el precepto de que las mujeres se tapen, los musulmanes hablan de “observar o respetar el hiyab” con el significado de “adoptar la decisión de cubrirse” (lo más visible, el cabello, pero también las formas del cuerpo). Los musulmanes del subcontinente indio emplean purdah (literalmente cortina) para referirse al mismo concepto.

A partir de ahí, el hiyab no es un tipo de pañuelo o toca, sino una pauta religiosa que luego adopta formas diversas en distintos países o entornos culturales, y cuyas prendas conocemos con los nombres que les dan en esos lugares.

Con la revolución iraní de 1979, se popularizó en la prensa internacional el término chador, el rectángulo de tela negra con la que se envolvían las iraníes más piadosas. Más recientemente, la guerra de Afganistán generalizó burka (también trascrito como burqa), para referirse a esa especie de tienda de campaña con una pequeña rejilla a la altura de los ojos que impusieron los talibanes, pero que era tradicional entre los pastunes tanto de Afganistán como de Pakistán y que allí se llama chadri, una variación de la palabra persa chador.

No he logrado averiguar por qué en Occidente se le ha llamado burka, un vocablo de origen turco que en los países árabes ribereños del golfo Pérsico se emplea para denominar las máscaras con las beduinas se cubrían la cara para protegerse del sol y la arena, y que son anteriores y distintas a los velos ahora promovidos por los islamistas. (Aún pueden verse mujeres que utilizan esas máscaras en algunos emiratos y en la costa iraní).

En los países de la península Arábiga, las mujeres también se cubren con una tela negra que a ojos del visitante no difiere del chador, pero que los árabes llaman abaya. Me atrevería a retar a quien encuentre alguna diferencia entre el chador de las iraníes (y otras musulmanas chiíes de los países vecinos) y la abaya de las suníes iraquíes de la provincia de  Al Anbar. Más allá de que en algunos países se diseñen abayas de lujo, no soy capaz de ver diferencias en el modelo base.

Debajo de esas capas, las mujeres se visten de acuerdo con sus gustos y su economía. En los entornos más modestos o tradicionales, predominan las túnicas. Entre las pastunes afganas y paquistaníes es habitual la camisa larga (casi un vestido) con pantalones flojos. En Irán, el estándar es maqnae (una especie de toca que oculta cabello y cuello) o pañuelo, bata y pantalones. Pero también puede encontrarse ropa occidental debajo del chador.

En Arabia Saudí y países vecinos, herencia de las máscaras beduinas o fruto de la doctrina wahhabí (la estricta rama del islam suní que rige en el reino), muchas mujeres también se tapan la cara. Para ello, o bien utilizan el pañuelo rectangular con el que se envuelven la cabeza (shayla) y dejan caer por encima de los ojos, o bien una tela que tiene una apertura a la altura de estos y se ata detrás de la cabeza con un lazo (niqab o nekab, según cómo se transcriba); a veces los dos. La influencia de la predicación wahhabí ha extendido esta costumbre a otros países como Somalia, Egipto o Bangladesh.

Si nos alejamos de Oriente Próximo, los nombres y las prendas cambian. En Pakistán, sigue siendo mayoritario el shalwar kamiz (bombachos y blusón) con dupata (un gran pañuelo rectangular que permite cubrir el cabello y envolver la parte superior del cuerpo). Galabeya en Egipto, chilaba en el Magreb o yilbab en Indonesia, son variaciones para referirse a una túnica amplia hasta los pies que junto a un pañuelo largo o toca constituyen la base de la mayoría de las combinaciones. Esa toca, llamada tundug en Malaysia o khimar en otros lugares, se ajusta a la cabeza y cubre hasta la cintura, por encima de la túnica; se trata de una adaptación de la abaya / chador que deja las manos libres.

En definitiva, los distintos estilos y nombres no son indicativos de diferencias doctrinales o de culto. Existen casi tantas formas de hiyab como musulmanas. Para no liarnos, podemos simplificar en “velo o pañuelo islámico” para aquellas que se cubren la cabeza dejando visible el óvalo de la cara, y “velo integral” para las que se tapan la cara, sea cual sea el estilo que adopten.

En Irán, no es un chiste. Todos terminan en comisaría. Los ultras de la República Islámica parecen decididos a acabar con cualquier expresión de alegría de sus compatriotas. No contentos con silenciar a sus rivales políticos y poner en la calle a varios miles de policías para que vigilen que a las mujeres no se les vea el flequillo, ahora han lanzado una campaña contra las fiestas, o más bien contra los que disfrutan de ellas.

Raro es el fin de semana que las autoridades judiciales iraníes (bajo control de los más conservadores) no anuncian nuevas detenciones entre quienes osan salirse de las pautas morales del régimen. En el último, la policía detuvo a 132 personas, incluidos algunos “bisexuales” según puntualiza el comunicado. La tendencia está convirtiendo a los periodistas en asiduos de la web informativa MizanOnline, asociada al poder judicial, donde cada viernes se informa de las redadas.

En Irán, la semana laboral comienza los sábados. Así que la noche del jueves es la noche de juerga por excelencia, sí es que puede haber juerga en un país sin bares ni discotecas donde oficialmente está prohibido el alcohol, el baile y las reuniones entre personas de distinto sexo que no tengan relación familiar. Pero una cosa son las normas y otra la realidad.

“Al menos 70 hombres y mujeres ebrios fueron detenidos en un restaurante Farahzad”, informa el texto en referencia a un barrio del noroeste de Teherán. “Entre ellos se ha identificado a algunos bisexuales”, añade sin explicar cómo se ha determinado ese extremo, que sin duda agrava su situación.

No sólo en la pervertida capital del país se producen semejantes excesos. También “han sido arrestados 62 hombres y mujeres en otra fiesta en Bandar Abbas”, una importante ciudad portuaria del sur del país, aunque la web no precisa la fecha, ni la tendencia sexual.

La semana anterior, 35 universitarios  fueron castigados con 99 latigazos por participar en una fiesta de fin de curso en Qazvin, al noroeste de la capital.  Su detención, juicio y sentencia se produjeron en el increíble plazo de 24 horas, todo un récord de eficacia para el desprestigiado sistema judicial iraní, al que las organizaciones internacionales de derechos acusan de falta de garantías procesales. El caso ha merecido la condena de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para  los Derechos Humanos.

Poco antes, la agencia estatal IRNA informó de la detención de 120 personas en varias celebraciones en Semnan y Kerman, dos ciudades situadas al este y suroeste, respectivamente. Además, el fiscal general de Teherán, Abbas Jafarabadi, anunció hace unos días el encarcelamiento de “ocho personas que producían vídeos musicales obscenos, que se difunden en un famoso canal de televisión antirrevolucionario”.  Hay decenas de cadenas que emiten programas en persa por satélite desde fuera de Irán y algunas se han hecho muy populares, a pesar de estar prohibidas dentro del país. Para los ultras, todo lo que suene a fiesta se ha vuelto tóxico.

Los hombres que no daban la mano a las mujeres

Por: | 30 de mayo de 2016

Advertencia: También hay mujeres que no dan la mano a los hombres, pero yo sobre eso no tengo experiencia directa.

Después de tantos años viajando por el mundo islámico, estaba convencida que ya había pillado el punto al asunto de los saludos. Una no da la mano a un clérigo musulmán, a un barbudo con aspecto de ser muy pío, ni tampoco a un fanático talibán. Aunque con los miembros de los Hermanos Musulmanes es más complicado. Algunos sí, otros no. En caso de duda, se espera un instante a ver qué hace el interlocutor.

Pues la semana pasada, me ha fallado. No una, sino dos veces. La primera, durante una conferencia sobre Palestina en los Medios Internacionales celebrada en Estambul. Uno de los encargados de la coordinación, un palestino-libanés muy bien trajeado, se acercó amable a preguntarme si todo estaba en orden y si necesitaba algo. Instintivamente le tendí la mano y, por primera vez en mucho tiempo, sentí el corte de no ser correspondida. Me dio la impresión de que el hombre se sintió tan azorado como yo, aunque no pronunció ninguna de las excusas habituales, ni recurrió al gesto de llevarse la mano al corazón con la que intentan compensarte los funcionarios iraníes.

La negativa de algunos musulmanes a dar la mano a interlocutores del sexo opuesto ha alcanzado cierta notoriedad en las últimas semanas debido al caso dos alumnos sirios que rechazan saludar así a sus profesoras en un instituto de Suiza. Se trata sin embargo de una actitud muy puritana que, en mi experiencia, no es mayoritaria. El islam prohíbe el contacto físico con personas del sexo opuesto con las que no exista un parentesco directo. Los más estrictos, tanto entre los suníes como entre los chiíes, interpretan que esto incluye el normal apretón de manos.

(Aclaración: También hay algunas sectas judías, hindúes y budistas que prohíben ese contacto.)

En general, es una opción personal, más frecuente entre las personas muy religiosas, aunque he conocido clérigos que dan la mano sin problemas. Sin embargo, en Irán, desde el triunfo de la revolución islámica, se ha convertido en una norma de obligado cumplimiento para todos sus funcionarios. Fue allí donde me quedé por primera vez con la mano extendida y perpleja ante la situación embarazosa que la había creado a mi interlocutor. Me pareció raro, pero donde fueres, haz lo que vieres, que me aconsejaba mi madre.

Con el tiempo, aprendería que el asunto era más complejo. Al tratarse  en ese país de una imposición política, una misma persona, en este caso un diplomático amigo, me saludaba con la mano en el pecho y una ligera inclinación de cabeza en las funciones oficiales, me daba la mano cuando nos encontrábamos en un restaurante y me plantaba dos besos en la mejilla cuando venía a visitarnos a casa.

Así que no voy a decir que me extrañé cuando estando en el foro de Doha fui testigo de cómo dos diplomáticos iraníes saludaban con un apretón a la embajadora de Venezuela. Lo que me sorprendió fue que lo hicieran en un lugar público. Uno de ellos, el que parecía más veterano, lo hizo a iniciativa propia, con gran soltura, al ir a sentarse a la mesa donde estaba la representante venezolana; el otro, sólo renuentemente, cuando al ser presentado, ésta le tendió la mano. Respecto a las consecuencias del gesto, cabe recordar que al ex presidente reformista Jatamí, los ultras le formaron un escándalo cuando ya abandonado el cargo dio la mano a unas mujeres durante una visita a Italia. Incluso su sucesor, Ahmadineyad, recibió un rapapolvo por besar la mano de su anciana maestra durante una ceremonia para homenajearla.

Vídeo en el que se ve al expresidente Jatamí dando la mano a varias mujeres en la ciudad italiana de Udine (a partir del minuto 4.04).

Todo lo cual me lleva a mi segunda metedura de pata. En el mismo foro, me encontré con un ex alto funcionario iraní a quien hacía tiempo que no veía. Me acerqué, y siguiendo las reglas del juego de su país, limité el saludo a una inclinación de cabeza; charlamos animadamente durante un rato y, cuando al despedirnos volví a repetir el gesto de la cabeza, él me tendió la mano con mucha naturalidad. Me pilló desprevenida.

Encarcelados sin cargos en Irán

Por: | 28 de marzo de 2016

Amigos y familiares de Siamak Namazi se están movilizando para pedir su liberación y la de su padre a las autoridades iraníes. Namazi, un consultor con doble nacionalidad iraní y estadounidense, se encuentra en la ominosa cárcel de Evin, al norte de Teherán, desde el pasado septiembre sin que se conozcan los cargos contra él. Lo que es más grave, ante su negativa a realizar una confesión, los servicios secretos detuvieron a su padre, Baquer, el pasado febrero, para presionarle.

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Baquer Namazi (a la izquierda) y su hijo Siamak, en una foto del Facebook de Effi Namazi.

“Queremos que los liberen inmediatamente. Tanto Baquer como Siamak son inocentes y están encarcelados sin motivo. Siamak lleva más de cinco meses en prisión sin una acusación clara. Además, la familia y los amigos estamos preocupados por la salud de Baquer, que tiene 80 años y necesita continua atención médica”, me explica Bijan Khajehpour, que está casado con una prima de Siamak, ya que la familia más cercana evita hacer declaraciones.

El pasado 24 de febrero, Effi Namazi, la madre de Siamak, confirmaba en su cuenta de Facebook lo que ya era un secreto a voces entre sus allegados. Dos días antes su marido había sido detenido y trasladado a Evin, al igual que su hijo unos meses atrás. “Es una pesadilla para la que no tengo palabras”, escribió antes de expresar su preocupación por Baquer, quien sufre del corazón y requiere un tratamiento especial.

“Estoy convencido de que lo han hecho para presionar a Siamak. Deben querer una confesión y con Siamak eso lo tienen difícil. Es realmente indigno”, reaccionaba un diplomático europeo que trabó amistad con el consultor durante su destino en Teherán.

Ni Effi ni el abogado contratado por la familia lograron que los responsables judiciales o de prisiones les explicaran la causa de la detención del padre. Al día siguiente, una información difundida por la agencia Fars, vinculada con los temidos Pasdarán o Guardianes de la Revolución, buscaba vincular al anciano Baquer, que hasta su jubilación trabajó como alto funcionario de Unicef, con una supuesta trama de corrupción a través de un proyecto académico conocido como Gulf2000. Ni una sola acusación formal.

No ha habido ninguna imputación oficial contra Baquer o Siamak Namazi. Y lo que es más preocupante, no se ha permitido que les visite su abogado. Ha habido algunas acusaciones sin fundamento en páginas web cercanas a los Guardianes de la Revolución, pero todos esos artículos están llenos de mentiras y distorsiones”, asegura Khajehpour por email desde Austria, donde reside.

Coincidiendo con Nowruz, el año nuevo persa, Effi recibió permiso para visitar a su marido y a su hijo por separado. Pero fueron dos citas breves y en presencia de funcionarios de prisiones. Así que la familia no tiene datos para evaluar su estado de salud o si han sido maltratados durante su detención. Ambos continúan sin tener acceso a un abogado.

En esa situación algunos de sus amigos europeos se están movilizando para que, tras la firma del acuerdo nuclear y ante las perspectivas de interesantes acuerdos económicos, no se olvide la falta de garantías jurídicas y otros atropellos a los derechos humanos que aún son la norma en Irán. Para ello están haciendo lobby en Bruselas, donde buscan el apoyo de los europarlamentarios a una carta en la que expresan su preocupación por la salud de Baquer Namazi y piden que se le facilite asistencia letrada para garantizar que se respetan sus derechos legales y humanos.

De momento, algunos eurodiputados reconocen haber iniciado “gestiones más discretas” ante representantes iraníes. “Son más eficaces con según qué gobiernos”, confía uno de ellos que asegura haberles transmitido su “preocupación” por el caso de los Namazi.

Festival de cine en… Arabia Saudí

Por: | 23 de marzo de 2016

¿Cómo puede haber un festival de cine en un país que prohíbe la exhibición pública de películas? El titular resulta paradójico, pero les aseguro que es fiel a la realidad. Este jueves se inaugura en Damman, en la Provincia Oriental, el tercer Festival de Cine Saudí. Es una de las muchas contradicciones que afronta el Reino del Desierto en su esfuerzo por mantener costumbres anacrónicas a la vez que una parte de su sociedad intenta no perder el tren, no ya de la modernidad sino de la vida.

Así que mientras las autoridades de Arabia siguen respaldando una austera (y controvertida) interpretación del islam que no permite lugares de entretenimiento comunes en el resto del mundo, como los cines, sus habitantes dan pruebas de estar hechos del mismo barro y los mismos sueños que los demás. He contado aquí cómo muchos saudíes, especialmente jóvenes,  vienen a Dubái  a darse atracones de cine por el mero placer de ver películas en pantalla grande. Los ricos se instalan lujosas salas de proyecciones en los sótanos de sus chalés, pero la mayoría tiene que conformarse con ver los vídeos en sus televisores. No es lo mismo.

Además, entre las nuevas generaciones de saudíes existe interés por la expresión visual, tal como lo prueba el enorme éxito de YouTube (son los mayores consumidores per cápita de esa plataforma) y el hecho de que sin que existan cines, ni estudios cinematográficos, hayan empezado a surgir cineastas locales. Aunque  las películas hasta ahora grabadas en el reino no han salido apenas de los circuitos árabes de arte y ensayo, la selección de Wadjda para los Oscar de 2013 reveló algo que rayaba lo imposible: una directora saudí, Haifa al Mansur, en un país donde las mujeres no es que tengan prohibido conducir, es que carecen de derechos individuales.

Ahmed al Mulla

Ahmed al Mulla, el director del Festival de Cine Saudí, durante el certamen del año pasado. / AFP

El tercer Festival de Cine Saudí es, como los dos anteriores, fruto del empeño de Ahmed al Mulla, su director, y está organizado por un grupo de voluntarios organizados en la Sociedad para las Artes y la Cultura. De las dificultades que afronta da cuenta el hecho de que entre la primera cita, en 2008, y la siguiente, pasaron siete años. El éxito y el interés de la convocatoria quedó reflejado el año pasado en el lleno total del Centro Cultural de Damman, donde se celebra el evento, que puede seguirse en su canal de YouTube.

Un total de 70 cortometrajes (las películas no pueden tener más de 59 minutos además de no haberse mostrado ni en televisión ni en YouTube) compiten por la Palmera de Oro que el próximo lunes premiará a los mejores drama, documental, guión, cinta de tema saudí y obra de un cineasta menor de 25 años.

El certamen va a abrirse con un cortometraje de cuatro minutos sobre el terrorismo, un fenómeno que desde hace una década sacude Arabia Saudí y en particular la Provincia Oriental. Pero los temas de las cintas que concursan, todas ellas obras de autores saudíes, también incluyen la guerra, los derechos humanos o la salud.

Los organizadores confían en que el festival muestre las posibilidades del cine en Arabia Saudí y ayude a vencer las reticencias de los ultraconservadores que ven en las películas una vía para occidentalizar sus costumbres y corromper sus valores morales, presuntamente superiores.

Dubái se ahoga en un vaso de agua

Por: | 09 de marzo de 2016

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Una calle de Dubái en las inmediaciones del centro comercial Ibn Battuta. / Á. E.

Rayos, truenos y lluvia. Ha sido un día raro en Dubái. Como la víspera, ha amanecido cubierto, pero las nubes no han dejado paso al sol como suele, sino que han descargado su agua sin contemplaciones. Con un clima desértico y una precipitación media anual no suele llegar a los 100 mm, los 240 mm caídos este miércoles han sembrado el caos. Numerosas calles se han inundado y las filtraciones han obligado a cerrar escuelas y comercios. En la vecina Abu Dhabi, incluso la Bolsa ha suspendido la sesión. Muchos colegios volverán a cerrar el jueves.

Semáforos apagados, balsas de agua sobre las que los coches parecían navegar más que rodar, accidentes de tráfico… Pero lo más llamativo era el ejército de camiones bomba que no daba abasto a achicar el agua estancada. Dubái no tiene un sistema de alcantarillado y, por inusual que sea un día de lluvia, no es la primera vez que se inunda por cuatro gotas. Filipinos y otros trabajadores del sureste asiático, acostumbrados a los monzones, mostraban su incredulidad por el desbarajuste.

En una ciudad que se precia de su modernidad y sus instalaciones a la última, resultaba tercermundista ver los sacos de arena colocados a la entrada de los centros comerciales para evitar que entrara el agua y los cubos improvisados con cestas de la compra y bolsas de plástico para recoger la que se filtraba del techo. En algunos garajes hacían falta botas de goma para llegar al coche. La imagen de un hombre que intentaba alcanzar su vehículo subido a un carrito de la compra en el aparcamiento de un supermercado se ha hecho viral.

Es comprensible que un país en el que luce el sol 360 días al año, esté más preparado para las altas temperaturas que lo castigan que para el chaparrón ocasional. Aunque me temo que tampoco es el caso. El uso de materiales aislantes es demasiado caro para el sistema de enriquecimiento rápido que predomina. En el piso en el que vivo, el agua se colaba por la pared que da a la fachada hasta encharcar el suelo. No es la primera vez que sucede. A pesar de que las torres donde se encuentra se anuncian como “lo más de lo más”, no dejan de ser unos edificios de aspecto soviético y cercanos por sus materiales a las viviendas de protección social. En verano, la misma pared quema, no en sentido figurado, sino literalmente.

La quiniela iraní

Por: | 28 de febrero de 2016

Al taxista se le abre el cielo cuando descubre que dos de sus pasajeros son españoles. Luis Rivas y yo acabamos de subirnos al coche junto a Ali Falahi en una calle de Teherán, y apenas hemos intercambiado el preceptivo “¡Salam!” (¡Hola!), ya nos está preguntando de fútbol. Extiende una papeleta con un par de columnas en las que hay que adivinar el resultado de los partidos no de la liga iraní, sino de la inglesa y la española. Lo curioso es que el islam, que es la religión oficial de Irán, prohíbe las apuestas.

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Uno de los típicos taxis amarillos de Teherán, en la calle Jordan (rebautizada Africa tras la revolución de 1979).

Menos mal que Rivas demuestra un gran dominio del tema porque Falahi y yo estamos fuera de juego. Así que enseguida resuelve con los preceptivos 1 X 2, el resultado de los partidos entre la Real Sociedad y el Málaga, el Deportivo y el Granada, etc. Desconozco si sus previsiones son acertadas, pero nuestro taxista queda encantado y le propongo que si su boleto resulta ganador, nos invite a cenar.

“Soy un joven de antes de la revolución, así que cumplo con mi palabra”, me responde en una poco velada crítica a los dirigentes que desde 1979 han prometido acabar con la pobreza y la desigualdad en Irán.

Pero ¿es legal esta quiniela?, inquiero sorprendida por la tranquilidad con que exhibe el boleto y el aspecto del mismo que, además de un número de serie, cuenta con una razón legal y un número de teléfono. En un país en el que está prohibido el juego, la existencia de apuestas huele a clandestinidad.

“Debe de serlo porque la organiza el nieto del ayatolá Reyshahri”, responde muy tranquilo el conductor. Mohammad Mohammadi Reyshahri, de 70 años, es un temido miembro de la élite clerical que fue el primer titular del Ministerio encargado de los servicios secretos, entre 1984 y 1989. “Y además se saca un buen pellizco”, añade picarón. Según él, los beneficios alcanzan los 500 millones de riales (unos 15.000 euros) a la semana.

Las posibilidades de los jugadores varían según el número de apuestas y la complejidad de las mismas, pero una quiniela sencilla, con una sola apuesta por partido, cuesta 10.000 riales (0,30 euros). Si se tiene suerte, es suficiente. Él asegura que adivinar el último empate entre el Granada y el Deportivo le permitió embolsarse el equivalente a 500 euros, el sueldo de todo un mes.

Habrá que ver si los iraníes han tenido el mismo grado de acierto con los candidatos que han elegido en las pasadas elecciones.

A vueltas con Irán

Por: | 23 de febrero de 2016

Van a ser las primeras elecciones tras la firma del acuerdo nuclear, lo que las convierte en un referéndum sobre la popularidad de las políticas del presidente Rohaní, en especial tras el acuerdo nuclear. El interés es enorme. Numerosos periodistas de todo el mundo han solicitado acreditarse para cubrirlas y descubrir cómo está cambiando Irán ahora que se reintegra en el mundo. Pero las viejas costumbres están muy arraigadas y se resisten a morir.

La mera idea de mostrar transparencia produce urticaria en el búnker. La posibilidad de decenas de periodistas extranjeros correteando a su libre albedrío por las calles de Teherán (para salir fuera de la capital hace falta otro permiso) pone los pelos de punta a los guardianes de las esencias. La presencia de la prensa extranjera se acepta como un mal menor para que testimonie que el espíritu revolucionario aún sigue vivo, aunque sea a base de cuidados intensivos.

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Vista del norte de Teherán, al pie de los montes Alborz. / Á.E.

En los próximos días, las autoridades anunciarán el elevado número de periodistas extranjeros que han cubierto los comicios y utilizarán el dato como prueba de que el país se abre al mundo. Pero todo es relativo. Los visados, limitados a una semana, se han dado con día de llegada y día de salida preestablecidas. En algunos consulados, como en el de Dubái, incluso se han negado a estamparlos hasta el mismo día del viaje. ¿Porque si no pueden ser utilizados más durante ese estrecho margen temporal?

Nadie da una explicación convincente, pero lo que transmite esa medida es que quienes manejan los hilos del poder se sienten inseguros, tienen miedo de hombres y mujeres armados con bolígrafos, grabadoras y cámaras. Quieren evitar que accedan al Irán real, con su diversidad, sus contrastes y sus contradicciones. Por eso, lo mejor es limitar su presencia a unos pocos días, sin apenas tiempo para captar la complejidad de un país con un gran potencial, pero aún sujeto por los arneses de quienes se resisten a compartir el poder.

Exámenes bajo las bombas

Por: | 03 de febrero de 2016

Hace unos días Mustapha Noman difundió en Twitter una foto de la graduación de su hijo Aziz. Como cualquier otro padre estaba orgulloso de que su chaval hubiera acabado el bachillerato y superado la reválida. Sólo que en su caso tenía mucho más mérito. Aziz, como varios millones de estudiantes yemeníes, ha terminado el curso en medio de la guerra. La foto en la que él y sus compañeros de la Modern School de Saná posaban con las togas y los birretes frente a un edificio oficial bombardeado próximo a su escuela, se hizo viral. Reflejaba la resistencia de una generación que muchos dan por perdida.

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Aziz y sus compañeros de la Promoción del Aguante, el día de su graduación el pasado enero en Saná.

“Han aguantado lo indecible”, respondió Noman a mi felicitación. De hecho, las chicas y chicos de la Modern School lucían sobre sus bandas la inscripción “2015 Promoción del Aguante”. Porque la suya es, con medio año de retraso, la promoción de 2015.

Cuando el 26 de marzo empezaron los ataques aéreos de la coalición que lidera Arabia Saudí, el Ministerio de Educación decidió cerrar escuelas e institutos en Saná y otras ciudades bombardeadas. Antes de que concluyera el curso el pasado junio, la medida ya afectaba a 3.600 centros de enseñanza primaria y secundaria, tres cuartas partes de los que existen en Yemen, y a 1,85 millones de escolares. Sólo cuatro meses después algunos pudieron reanudar las clases.

Además, de acuerdo con cifras del Ministerio de Educación yemení, medio millar de escuelas han resultado destruidas por los bombardeos. Otras muchas se han convertido en refugios para acoger a las familias que se han quedado sin techo. Los daños son especialmente graves en la provincia de Saada, tradicional feudo de los Huthi contra cuya toma del poder intervino la coalición árabe, y la vecina Amran.

Pero incluso allí donde los profesores han logrado mantener las clases, los retos han sido enormes. No sólo las incursiones aéreas interrumpían a menudo las lecciones, sino que roza lo heroico que los chavales pudieran concentrarse tras noches enteras sin pegar ojo y a menudo con una alimentación escasa. La coalición mantiene un bloqueo que ha convertido los productos básicos en artículos de lujo, incluido el material escolar.

“Llevamos nueve meses sin electricidad”, cuenta Khaled, padre de tres hijos, en conversación telefónica desde Saná. En tales circunstancias resulta especialmente admirable que su primogénito haya obtenido un sobresaliente en la reválida. Basam, de 19 años, quiere ser médico y ese brillante resultado le coloca en un buen punto de partida, pero ahora toca preparar el examen de acceso a la facultad.

Es complicado concentrarse cuando el mundo se derrumba a tu alrededor. Basam ha perdido a varios amigos en la guerra, no en los bombardeos sino luchando. Sólo en su escuela, el Centro Público Al Hasan, han enterrado a 17 estudiantes, algunos de ellos de apenas 16 años, que se unieron a uno o a otro bando. “La mayoría se une a los Huthis, pero también hay quien va con la coalición”, explica.

Los contendientes abren campamentos y animan a los muchachos a alistarse. A algunos les mueve la fe, pero muchos lo hacen por pura necesidad económica. La coalición ofrece una paga de 180.000 riales yemeníes (unos 280 euros), un buen sueldo para un país en el que el 80% de la población necesita ayuda para sobrevivir, según la ONU. Los Huthis no llegan a tanto. La mayor preocupación de Khaled es evitar que su hijo sea reclutado.

“La situación está afectando mucho a los niños, no sólo en los estudios también psicológicamente. Los bombardeos son tan fuertes que tiembla toda la casa y, sobre todo la pequeña, ahora se despierta al menor ruido”, confía preocupado. De momento, él intenta mantener una cierta normalidad, sentándose cada día con sus hijos a hacer los deberes del cole. Eso sí, siempre que no se hayan cancelado las clases por los bombardeos.

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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