40 Aniversario
Ángeles Espinosa

Cambio de dirección

Por: | 14 de octubre de 2016

Estoy de mudanza, aunque esta vez no muevo los muebles, sólo la dirección de este blog. Hace ahora cinco años inicié A vueltas con el Golfo con la intención de responder a la curiosidad que despierta esta parte del mundo tan manoseada por las noticias diarias como desconocida en su cotidianidad. La aventura ha tenido sus altibajos en función de las exigencias de mi trabajo como corresponsal, lo que ocurría a mi alrededor y mi propio estado de ánimo.  

Aquí han cabido reflexiones personales, anécdotas divertidas e incluso algunos secretos del oficio. La materia prima no se agotado y el interés, a decir por los comentarios y visitas que sigo recibiendo, tampoco. Pero ha llegado el momento de cerrar una etapa. A vueltas con el Golfo se despide. Sus contenidos seguirán apareciendo sin embargo en un nuevo blog que, bajo el título de Mundo Global, ampliará su alcance a toda la sección internacional de EL PAÍS.

Gracias por haber seguido mis andanzas por este golfo Pérsico / Arábigo y os espero a todos en Mundo Global.

 

 

Una mujer emiratí acude a los tribunales para cambiar de sexo

Por: | 03 de octubre de 2016

La noticia de que una mujer emiratí ha iniciado un proceso legal para que se le autorice a cambiar de sexo ha levantado revuelo en los medios locales. A pesar de la modernidad de sus infraestructuras, Emiratos Árabes Unidos (EAU) es un país que no reconoce los derechos de las personas transgénero, e incluso penaliza el travestismo. Es la primera vez que se plantea un caso semejante ante sus tribunales. Así que el resultado de ese juicio, aplazado la semana pasada hasta el miércoles 5 de octubre, se espera con expectación.

“No siento que sea psicológica y físicamente una mujer”, ha declarado la demandante al diario 7DAYS.  “He pasado por seis exámenes médicos para probar que mis niveles de testosterona son similares a los de un hombre”.

A sus 29 años, esta emiratí, cuya identidad no ha sido revelada, se considera atrapada en un cuerpo equivocado. Sin embargo, ha asegurado que nunca se someterá “a ningún tipo de operación sin el permiso de un tribunal”.

De acuerdo con su abogado, Ali Mohammed al Mansouri, la mujer, que se ha sentido un hombre desde que tenía tres años, lo que le ha “causado un grave estrés, ansiedad y depresión”. “Está en tratamiento psicológico desde 2012 y una comisión médica ha recomendado que se someta a cirugía de cambio de sexo”, ha explicado.

Al Mansouri inició el proceso ante el Tribunal Federal de Primera Instancia de Abu Dhabi después de que el mes pasado el Gobierno aprobara una nueva Ley de Responsabilidad Médica, que abre la puerta a las operaciones de reasignación de sexo. El decreto, promulgado para limitar la responsabilidad de los médicos, autoriza a intervenir a personas que padezcan disforia de género.

Ante las expectativas despertadas por el caso, el Ministerio de Sanidad se ha apresurado a aclarar que la nueva ley no legaliza el cambio de sexo.

“El cambio de sexo de una persona que tiene un género que corresponde con sus características psicológicas y genéricas no es posible”, declaró Amin al Amiri, subsecretario de Políticas de Salud.

Al Amiri también precisó que las operaciones de corrección de sexo están de acuerdo con la ley islámica (Sharía) y ya se practican en otros países árabes, entre los que citó, Arabia Saudí. En 2011, en una inusual referencia al asunto, la prensa saudí reveló que el Hospital Universitario Rey Abdelaziz, el único autorizado a realizar ese procedimiento,  había llevado a cabo 425 intervenciones en las tres décadas precedentes.

La Autoridad de Asuntos Islámicos (Awqaf) de Emiratos emitió en 2013 una fetua que autoriza “las intervenciones médicas para remediar una anomalía en el cuerpo de una persona que produce ambigüedad en la definición de su sexo”.

El caso más conocido en la región es el de Irán, donde una fetua del ayatolá Jomeini abrió las puertas al cambio de sexo a partir de 1987. Aunque no hay estadísticas oficiales, se estiman que unas 300 personas al año se someten al tratamiento. Pero a pesar de que cuentan con el respaldo de clérigos y jueces, la sociedad sigue marginándoles.

Una calle digna de un rey

Por: | 26 de septiembre de 2016

El pasado jueves los habitantes de la calle Al Sufouh de Dubái descubrieron que la vía había  cambiado de nombre la noche anterior. La mayoría vio los nuevos carteles en el camino al trabajo, desde el coche o el autobús. Ahora los paneles identifican la avenida que conecta la carretera de la Playa con la urbanización JBR como calle Rey Salmán Bin Abdulaziz al Saud, el monarca de Arabia Saudí.

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Nueva denominación para la antigua calle Al Sufouh de Dubái. / JMS

Tanto Dubái como el vecino Abu Dhabi, los dos principales miembros de la federación de Emiratos Árabes Unidos (EAU), llevan varios años tratando de poner orden en su sistema de direcciones. No se trata solo de encontrar nombres para las nuevas calles y barrios que surgen a medida que aumenta su población. En muchas ocasiones, topónimos largamente asentados han sido remplazados por otros en lo que parece un intento de reducir la influencia del inglés, lingua franca de una población extranjera en su 90%.

Tal fue el caso de Tourist Club, uno de los barrios más antiguos de Abu Dhabi, construido por el Gobierno en los años setenta del siglo pasado, y que a principios de 2014 pasó a denominarse Al Zahiyah (El Colorido, en árabe). Del mismo modo, a principios de este verano, los responsables de la zona franca de Tecom (abreviatura de telecomunicaciones) en Dubái decidieron rebautizarla como Barsha Heights (Altos de Barsha), tal vez por sus rascacielos, ya que el barrio de Barsha en cuyo extremo se localiza carece del menor relieve topográfico.

Pero si los residentes en Tecom, perdón Barsha Heights, celebraron en general la nueva denominación, no puede decirse lo mismo de los cambios de señalización que llevan a las urbanizaciones como Emirates Hills, The Meadows o Jumeirah Lakes Towers (JLT). Muchos visitantes aún se sienten confundidos cuando los carteles indican las calles First Al Khail, Al Sohool o Al Sarayat. Eso por no hablar de la variedad en las trascripciones del árabe que permiten que convivan indicadores a Jabal Ali, Jebal Ali y Jebel Ali a lo largo de la carretera que se dirige al puerto de ese nombre (y el barrio correspondiente).

Ahora bien, el caso de la calle rey Salmán no pertenece ni a la categoría de nuevas vías ni a la voluntad de arabizar los nombres de los lugares públicos. La medida, adoptada con motivo del 86º Día Nacional de Arabia Saudí, busca “reconocer el papel del Custodio de las Dos Mezquitas Sagradas en el apoyo a las causas del mundo árabe y musulmán”, según explicó la agencia estatal de noticias, WAM.

El gesto refleja el creciente acercamiento de EAU a su vecino saudí, en un momento especialmente delicado para la región. Emiratos, que siempre ha mantenido una política independiente del hermano mayor de las petromonarquías, se ha aproximado a éste a raíz de las primaveras árabes y, en especial, desde que decidió apoyarle en su intervención militar en Yemen. Al menos 99 militares emiratíes han muerto en esa guerra liderada por Arabia Saudí, el último apenas dos días antes de que se dedicara la calle al monarca saudí. 

Y sin duda, la calle es digna de un rey. La amplia avenida, una de las más bonitas de Dubái, no sólo transcurre paralela al mar y flaqueada por bien cuidadas palmeras, sino que da acceso a varios hitos de la ciudad como las islas de la Palmera o el hotel Burj al Arab. Su prestigio se incrementa con varios palacios. En uno de sus extremos, se encuentran además Dubai Media City, sede de numerosos medios de comunicación internacionales y regionales, y el parque tecnológico de Dubai Internet City.

A vueltas con el velo (y 2)

Por: | 25 de agosto de 2016

Tras una anterior entrada tratando de aclarar los diferentes tipos de velo que usan las musulmanas, dejé pendiente hablar de su significado. Como resultado de la oleada de refugiados que han llegado a Europa en el último año y de los atentados con sello islamista que se han producido en el continente, la presencia de mujeres veladas, total o parcialmente, incluso en algunas playas, ha desatado un debate, a menudo pasional, sobre si aceptar o prohibir esa forma de presentarse en público.

El conservadurismo que sugiere el uso el velo islámico, en especial el que cubre la cara, se ha asociado de forma instintiva no sólo con las interpretaciones más rigoristas del islam, sino incluso con el radicalismo violento de los grupos terroristas que se atribuyen dicha etiqueta. Sin distinciones, ni matices. Además de hacer el juego a esos sectores intransigentes, la ausencia de un análisis más equilibrado está convirtiendo a las mujeres musulmanas (y a su ropa) en terreno de una batalla ideológica que las ignora.

¿Qué significa el velo con el que se cubren muchas musulmanas? ¿Es obligatorio, impuesto, o una elección personal? ¿Constituye una barrera para su integración en las sociedades occidentales? ¿Debe prohibirse?

Defender que el Estado, cualquier Estado, no debiera interferir en cómo se visten sus habitantes, sean del sexo que sean, es una obviedad que ha quedado enterrada bajo el desconocimiento y el miedo.  Tan irritante es oír a los dirigentes iraníes criticar la falta de libertad por la prohibición del velo en la escuela francesa (cuando ellos precisamente lo imponen), como a políticos europeos que, por motivos populistas, proponen leyes restrictivas contrarias a las libertades individuales tan arduamente conquistadas.

Para muchos europeos, y occidentales por extensión, especialmente entre las mujeres, resulta sin duda difícil de entender el apego al pañuelo de las musulmanas cuando ellas han luchado para librarse de velos y corsés. Ven en el hecho de cubrirse una imposición patriarcal que, salvo lavado de cerebro, ninguna mujer libre aceptaría.

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El cambio en el vestir de las iraníes tras la revolución, en sendas imágenes del equipo nacional de voleibol.

Más allá de la cuestión teológica de si el islam exige que sus seguidoras tengan que cubrirse y cómo deben hacerlo, algo sobre lo que hay opiniones para todos los gustos, el problema es que hay muchos velos (y no me refiero aquí a los distintos estilos de hiyab con que las musulmanas de distintos países  buscan cumplir con el precepto religioso).

He conocido a egipcias que utilizaban el pañuelo porque su situación económica no les permitía gastar en peluquería; a afganas que tras el derribo de los talibán, seguían usando el burka para evitar las miradas y comentarios obscenos de sus vecinos; a cristianas iraquíes que se cubrían ante la inseguridad que reinaba en la calle, y a abuelas palestinas, sirias o paquistaníes que lo hacían por costumbre. Pero, durante tres décadas viajando por países de mayoría musulmana, también he encontrado a muchas piadosas que se cubrían por convicción. 

Mientras que en Irán la imposición legal hace que el pañuelo no nos diga mucho sobre la religiosidad de su portadora (aunque sí la forma de colocárselo), al otro lado del golfo Pérsico, en las petromonarquías árabes, la abaya es con frecuencia un signo de distinción que separa a las mujeres autóctonas de las inmigrantes; no hay leyes que obliguen a usar ese sayón negro, aunque en algunos entornos, sobre todo en Arabia Saudí y Yemen, existe presión social para hacerlo.

Ahí radica gran parte del problema. Desde afuera, asumimos que siempre existe coacción para cubrirse, e incluso un proyecto político detrás. La experiencia reciente tampoco ayuda. A raíz de la revolución iraní de 1979, una ola de islamismo se extendió por todos los países de mayorías musulmanas. Las imágenes del antes y después, no sólo de Irán sino de otros países, son significativas. Allí donde antes había cabelleras al aire y faldas a media pierna, ahora (casi) sólo hay pañuelos y pantalones largos.

Una vuelta a la religiosidad, argumentan los adeptos. Tal vez. Pero también una reacción al laicismo impuesto durante el colonialismo o por los dictadores posteriores, como Ataturk en Turquía, Saddam Husein en Irak o la familia Al Asad en Siria. Y, no nos engañemos, la ayuda de los petrodólares.

Durante los años que viví en Egipto, de 1990 a 1992, fui testigo de cómo se popularizaba el niqab, un velo integral sin arraigo previo en el país. Mi entonces secretaria me contó que  los Hermanos Musulmanes pagaban el equivalente a 50 dólares a las universitarias que optaban por ese atuendo. Con o sin ese estipendio, lo cierto es que la atención que la cofradía prestaba a los más desfavorecidos (totalmente olvidados por el Estado) alentaba el cubrirse. Evoluciones similares se han vivido en otros países donde la predicación de los islamistas saudíes ha radicalizado el islam local, como Afganistán o Pakistán.

A los gobernantes, tampoco les viene mal. Cubrir el cuerpo de la mitad de la población es una forma de control social y político. A este respecto, resulta interesante comparar la evolución de Irán (donde a raíz de la revolución se impuso el velo) y Turquía (donde Ataturk lo prohibió en los espacios públicos). Mientras en el primero, sirvió para permitir que muchas mujeres de familias conservadoras accedieran a la educación y el trabajo (y en numerosos casos terminaran cuestionando su obligatoriedad), en el segundo, muchas se han sentido frustradas por tener que elegir entre sus convicciones religiosas y sus estudios (o viajar fuera para cursarlos, a menudo a escuelas islámicas de Siria que eran las únicas que se podían pagar).

Se trata pues de un fenómeno complejo con muchas variantes locales. ¿Y en Europa? ¿Qué se debe hacer con quienes se tapan la cara o quieren bañarse en burkini? La respuesta rápida sería, nada.

Es decir, respetar la elección individual. Dado que el nivel de derechos y libertades alcanzado en las sociedades occidentales es mayor que el de cualquiera del medio centenar de países que forman parte de la Organización para la Cooperación Islámica (que agrupa a los Estados de confesión musulmana), asumamos que quienes se cubren lo hacen por su propia voluntad. O al menos consultemos a las interesadas.

Si realmente se quiere evitar su segregación, se debe trabajar para evitar los barrios-gueto en las ciudades, asegurarse de que los velos no llevan a la marginación de niñas y mujeres en la educación, el ejercicio físico y el empleo, y arbitrar los medios para que quienes se sientan presionadas para cubrirse por sus familias o comunidades puedan encontrar ayuda y refugio.

En el caso del velo integral (niqab, burka o similares), existen sin duda argumentos de seguridad para requerir que muestren el rostro ante los funcionarios públicos, en operaciones bancarias y donde necesario probar la identidad.  Pero ¿realmente el puñado de mujeres que optan por esta cobertura extrema justifica dictar leyes y multas difíciles de aplicar? ¿No será más útil dejar de obsesionarnos con los pañuelos y quitar argumentos a unos islamistas que explotan nuestra fijación con esa pieza de tela?

A vueltas con el velo (1)

Por: | 17 de agosto de 2016

Hiyab, burka, chador, niqab… A raíz de la polémica sobre el burkini, se ha reavivado en Europa el debate sobre el velo que tradicionalmente usan las mujeres musulmanas, y los medios de comunicación se han llenado de palabras extrañas. En las sociedades occidentales existe un gran recelo hacia ese fenómeno. Así que, en lugar de aclarar las cosas, tales términos, a menudo usados sin rigor, alientan la confusión y la desconfianza sobre quienes utilizan dichas prendas.  

Más allá de si el islam exige que las mujeres se tapen, cuánto y de qué forma, si les obligan sus padres o maridos, o si lo hacen voluntariamente (algo que dejo para otro post), voy a intentar aclarar el asunto de los distintos tipos de velos. 

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Mujeres con máscara en Minab (Irán). / JMS

Solemos traducir hiyab, palabra árabe que se usa en todo el mundo musulmán, como “pañuelo o velo islámico”, pero hiyab es velo en un sentido genérico, no se refiere a una prenda concreta. Así, cuando mencionan el precepto de que las mujeres se tapen, los musulmanes hablan de “observar o respetar el hiyab” con el significado de “adoptar la decisión de cubrirse” (lo más visible, el cabello, pero también las formas del cuerpo). Los musulmanes del subcontinente indio emplean purdah (literalmente cortina) para referirse al mismo concepto.

A partir de ahí, el hiyab no es un tipo de pañuelo o toca, sino una pauta religiosa que luego adopta formas diversas en distintos países o entornos culturales, y cuyas prendas conocemos con los nombres que les dan en esos lugares.

Con la revolución iraní de 1979, se popularizó en la prensa internacional el término chador, el rectángulo de tela negra con la que se envolvían las iraníes más piadosas. Más recientemente, la guerra de Afganistán generalizó burka (también trascrito como burqa), para referirse a esa especie de tienda de campaña con una pequeña rejilla a la altura de los ojos que impusieron los talibanes, pero que era tradicional entre los pastunes tanto de Afganistán como de Pakistán y que allí se llama chadri, una variación de la palabra persa chador.

No he logrado averiguar por qué en Occidente se le ha llamado burka, un vocablo de origen turco que en los países árabes ribereños del golfo Pérsico se emplea para denominar las máscaras con las beduinas se cubrían la cara para protegerse del sol y la arena, y que son anteriores y distintas a los velos ahora promovidos por los islamistas. (Aún pueden verse mujeres que utilizan esas máscaras en algunos emiratos y en la costa iraní).

En los países de la península Arábiga, las mujeres también se cubren con una tela negra que a ojos del visitante no difiere del chador, pero que los árabes llaman abaya. Me atrevería a retar a quien encuentre alguna diferencia entre el chador de las iraníes (y otras musulmanas chiíes de los países vecinos) y la abaya de las suníes iraquíes de la provincia de  Al Anbar. Más allá de que en algunos países se diseñen abayas de lujo, no soy capaz de ver diferencias en el modelo base.

Debajo de esas capas, las mujeres se visten de acuerdo con sus gustos y su economía. En los entornos más modestos o tradicionales, predominan las túnicas. Entre las pastunes afganas y paquistaníes es habitual la camisa larga (casi un vestido) con pantalones flojos. En Irán, el estándar es maqnae (una especie de toca que oculta cabello y cuello) o pañuelo, bata y pantalones. Pero también puede encontrarse ropa occidental debajo del chador.

En Arabia Saudí y países vecinos, herencia de las máscaras beduinas o fruto de la doctrina wahhabí (la estricta rama del islam suní que rige en el reino), muchas mujeres también se tapan la cara. Para ello, o bien utilizan el pañuelo rectangular con el que se envuelven la cabeza (shayla) y dejan caer por encima de los ojos, o bien una tela que tiene una apertura a la altura de estos y se ata detrás de la cabeza con un lazo (niqab o nekab, según cómo se transcriba); a veces los dos. La influencia de la predicación wahhabí ha extendido esta costumbre a otros países como Somalia, Egipto o Bangladesh.

Si nos alejamos de Oriente Próximo, los nombres y las prendas cambian. En Pakistán, sigue siendo mayoritario el shalwar kamiz (bombachos y blusón) con dupata (un gran pañuelo rectangular que permite cubrir el cabello y envolver la parte superior del cuerpo). Galabeya en Egipto, chilaba en el Magreb o yilbab en Indonesia, son variaciones para referirse a una túnica amplia hasta los pies que junto a un pañuelo largo o toca constituyen la base de la mayoría de las combinaciones. Esa toca, llamada tundug en Malaysia o khimar en otros lugares, se ajusta a la cabeza y cubre hasta la cintura, por encima de la túnica; se trata de una adaptación de la abaya / chador que deja las manos libres.

En definitiva, los distintos estilos y nombres no son indicativos de diferencias doctrinales o de culto. Existen casi tantas formas de hiyab como musulmanas. Para no liarnos, podemos simplificar en “velo o pañuelo islámico” para aquellas que se cubren la cabeza dejando visible el óvalo de la cara, y “velo integral” para las que se tapan la cara, sea cual sea el estilo que adopten.

En Irán, no es un chiste. Todos terminan en comisaría. Los ultras de la República Islámica parecen decididos a acabar con cualquier expresión de alegría de sus compatriotas. No contentos con silenciar a sus rivales políticos y poner en la calle a varios miles de policías para que vigilen que a las mujeres no se les vea el flequillo, ahora han lanzado una campaña contra las fiestas, o más bien contra los que disfrutan de ellas.

Raro es el fin de semana que las autoridades judiciales iraníes (bajo control de los más conservadores) no anuncian nuevas detenciones entre quienes osan salirse de las pautas morales del régimen. En el último, la policía detuvo a 132 personas, incluidos algunos “bisexuales” según puntualiza el comunicado. La tendencia está convirtiendo a los periodistas en asiduos de la web informativa MizanOnline, asociada al poder judicial, donde cada viernes se informa de las redadas.

En Irán, la semana laboral comienza los sábados. Así que la noche del jueves es la noche de juerga por excelencia, sí es que puede haber juerga en un país sin bares ni discotecas donde oficialmente está prohibido el alcohol, el baile y las reuniones entre personas de distinto sexo que no tengan relación familiar. Pero una cosa son las normas y otra la realidad.

“Al menos 70 hombres y mujeres ebrios fueron detenidos en un restaurante Farahzad”, informa el texto en referencia a un barrio del noroeste de Teherán. “Entre ellos se ha identificado a algunos bisexuales”, añade sin explicar cómo se ha determinado ese extremo, que sin duda agrava su situación.

No sólo en la pervertida capital del país se producen semejantes excesos. También “han sido arrestados 62 hombres y mujeres en otra fiesta en Bandar Abbas”, una importante ciudad portuaria del sur del país, aunque la web no precisa la fecha, ni la tendencia sexual.

La semana anterior, 35 universitarios  fueron castigados con 99 latigazos por participar en una fiesta de fin de curso en Qazvin, al noroeste de la capital.  Su detención, juicio y sentencia se produjeron en el increíble plazo de 24 horas, todo un récord de eficacia para el desprestigiado sistema judicial iraní, al que las organizaciones internacionales de derechos acusan de falta de garantías procesales. El caso ha merecido la condena de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para  los Derechos Humanos.

Poco antes, la agencia estatal IRNA informó de la detención de 120 personas en varias celebraciones en Semnan y Kerman, dos ciudades situadas al este y suroeste, respectivamente. Además, el fiscal general de Teherán, Abbas Jafarabadi, anunció hace unos días el encarcelamiento de “ocho personas que producían vídeos musicales obscenos, que se difunden en un famoso canal de televisión antirrevolucionario”.  Hay decenas de cadenas que emiten programas en persa por satélite desde fuera de Irán y algunas se han hecho muy populares, a pesar de estar prohibidas dentro del país. Para los ultras, todo lo que suene a fiesta se ha vuelto tóxico.

Los hombres que no daban la mano a las mujeres

Por: | 30 de mayo de 2016

Advertencia: También hay mujeres que no dan la mano a los hombres, pero yo sobre eso no tengo experiencia directa.

Después de tantos años viajando por el mundo islámico, estaba convencida que ya había pillado el punto al asunto de los saludos. Una no da la mano a un clérigo musulmán, a un barbudo con aspecto de ser muy pío, ni tampoco a un fanático talibán. Aunque con los miembros de los Hermanos Musulmanes es más complicado. Algunos sí, otros no. En caso de duda, se espera un instante a ver qué hace el interlocutor.

Pues la semana pasada, me ha fallado. No una, sino dos veces. La primera, durante una conferencia sobre Palestina en los Medios Internacionales celebrada en Estambul. Uno de los encargados de la coordinación, un palestino-libanés muy bien trajeado, se acercó amable a preguntarme si todo estaba en orden y si necesitaba algo. Instintivamente le tendí la mano y, por primera vez en mucho tiempo, sentí el corte de no ser correspondida. Me dio la impresión de que el hombre se sintió tan azorado como yo, aunque no pronunció ninguna de las excusas habituales, ni recurrió al gesto de llevarse la mano al corazón con la que intentan compensarte los funcionarios iraníes.

La negativa de algunos musulmanes a dar la mano a interlocutores del sexo opuesto ha alcanzado cierta notoriedad en las últimas semanas debido al caso dos alumnos sirios que rechazan saludar así a sus profesoras en un instituto de Suiza. Se trata sin embargo de una actitud muy puritana que, en mi experiencia, no es mayoritaria. El islam prohíbe el contacto físico con personas del sexo opuesto con las que no exista un parentesco directo. Los más estrictos, tanto entre los suníes como entre los chiíes, interpretan que esto incluye el normal apretón de manos.

(Aclaración: También hay algunas sectas judías, hindúes y budistas que prohíben ese contacto.)

En general, es una opción personal, más frecuente entre las personas muy religiosas, aunque he conocido clérigos que dan la mano sin problemas. Sin embargo, en Irán, desde el triunfo de la revolución islámica, se ha convertido en una norma de obligado cumplimiento para todos sus funcionarios. Fue allí donde me quedé por primera vez con la mano extendida y perpleja ante la situación embarazosa que la había creado a mi interlocutor. Me pareció raro, pero donde fueres, haz lo que vieres, que me aconsejaba mi madre.

Con el tiempo, aprendería que el asunto era más complejo. Al tratarse  en ese país de una imposición política, una misma persona, en este caso un diplomático amigo, me saludaba con la mano en el pecho y una ligera inclinación de cabeza en las funciones oficiales, me daba la mano cuando nos encontrábamos en un restaurante y me plantaba dos besos en la mejilla cuando venía a visitarnos a casa.

Así que no voy a decir que me extrañé cuando estando en el foro de Doha fui testigo de cómo dos diplomáticos iraníes saludaban con un apretón a la embajadora de Venezuela. Lo que me sorprendió fue que lo hicieran en un lugar público. Uno de ellos, el que parecía más veterano, lo hizo a iniciativa propia, con gran soltura, al ir a sentarse a la mesa donde estaba la representante venezolana; el otro, sólo renuentemente, cuando al ser presentado, ésta le tendió la mano. Respecto a las consecuencias del gesto, cabe recordar que al ex presidente reformista Jatamí, los ultras le formaron un escándalo cuando ya abandonado el cargo dio la mano a unas mujeres durante una visita a Italia. Incluso su sucesor, Ahmadineyad, recibió un rapapolvo por besar la mano de su anciana maestra durante una ceremonia para homenajearla.

Vídeo en el que se ve al expresidente Jatamí dando la mano a varias mujeres en la ciudad italiana de Udine (a partir del minuto 4.04).

Todo lo cual me lleva a mi segunda metedura de pata. En el mismo foro, me encontré con un ex alto funcionario iraní a quien hacía tiempo que no veía. Me acerqué, y siguiendo las reglas del juego de su país, limité el saludo a una inclinación de cabeza; charlamos animadamente durante un rato y, cuando al despedirnos volví a repetir el gesto de la cabeza, él me tendió la mano con mucha naturalidad. Me pilló desprevenida.

Encarcelados sin cargos en Irán

Por: | 28 de marzo de 2016

Amigos y familiares de Siamak Namazi se están movilizando para pedir su liberación y la de su padre a las autoridades iraníes. Namazi, un consultor con doble nacionalidad iraní y estadounidense, se encuentra en la ominosa cárcel de Evin, al norte de Teherán, desde el pasado septiembre sin que se conozcan los cargos contra él. Lo que es más grave, ante su negativa a realizar una confesión, los servicios secretos detuvieron a su padre, Baquer, el pasado febrero, para presionarle.

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Baquer Namazi (a la izquierda) y su hijo Siamak, en una foto del Facebook de Effi Namazi.

“Queremos que los liberen inmediatamente. Tanto Baquer como Siamak son inocentes y están encarcelados sin motivo. Siamak lleva más de cinco meses en prisión sin una acusación clara. Además, la familia y los amigos estamos preocupados por la salud de Baquer, que tiene 80 años y necesita continua atención médica”, me explica Bijan Khajehpour, que está casado con una prima de Siamak, ya que la familia más cercana evita hacer declaraciones.

El pasado 24 de febrero, Effi Namazi, la madre de Siamak, confirmaba en su cuenta de Facebook lo que ya era un secreto a voces entre sus allegados. Dos días antes su marido había sido detenido y trasladado a Evin, al igual que su hijo unos meses atrás. “Es una pesadilla para la que no tengo palabras”, escribió antes de expresar su preocupación por Baquer, quien sufre del corazón y requiere un tratamiento especial.

“Estoy convencido de que lo han hecho para presionar a Siamak. Deben querer una confesión y con Siamak eso lo tienen difícil. Es realmente indigno”, reaccionaba un diplomático europeo que trabó amistad con el consultor durante su destino en Teherán.

Ni Effi ni el abogado contratado por la familia lograron que los responsables judiciales o de prisiones les explicaran la causa de la detención del padre. Al día siguiente, una información difundida por la agencia Fars, vinculada con los temidos Pasdarán o Guardianes de la Revolución, buscaba vincular al anciano Baquer, que hasta su jubilación trabajó como alto funcionario de Unicef, con una supuesta trama de corrupción a través de un proyecto académico conocido como Gulf2000. Ni una sola acusación formal.

No ha habido ninguna imputación oficial contra Baquer o Siamak Namazi. Y lo que es más preocupante, no se ha permitido que les visite su abogado. Ha habido algunas acusaciones sin fundamento en páginas web cercanas a los Guardianes de la Revolución, pero todos esos artículos están llenos de mentiras y distorsiones”, asegura Khajehpour por email desde Austria, donde reside.

Coincidiendo con Nowruz, el año nuevo persa, Effi recibió permiso para visitar a su marido y a su hijo por separado. Pero fueron dos citas breves y en presencia de funcionarios de prisiones. Así que la familia no tiene datos para evaluar su estado de salud o si han sido maltratados durante su detención. Ambos continúan sin tener acceso a un abogado.

En esa situación algunos de sus amigos europeos se están movilizando para que, tras la firma del acuerdo nuclear y ante las perspectivas de interesantes acuerdos económicos, no se olvide la falta de garantías jurídicas y otros atropellos a los derechos humanos que aún son la norma en Irán. Para ello están haciendo lobby en Bruselas, donde buscan el apoyo de los europarlamentarios a una carta en la que expresan su preocupación por la salud de Baquer Namazi y piden que se le facilite asistencia letrada para garantizar que se respetan sus derechos legales y humanos.

De momento, algunos eurodiputados reconocen haber iniciado “gestiones más discretas” ante representantes iraníes. “Son más eficaces con según qué gobiernos”, confía uno de ellos que asegura haberles transmitido su “preocupación” por el caso de los Namazi.

Festival de cine en… Arabia Saudí

Por: | 23 de marzo de 2016

¿Cómo puede haber un festival de cine en un país que prohíbe la exhibición pública de películas? El titular resulta paradójico, pero les aseguro que es fiel a la realidad. Este jueves se inaugura en Damman, en la Provincia Oriental, el tercer Festival de Cine Saudí. Es una de las muchas contradicciones que afronta el Reino del Desierto en su esfuerzo por mantener costumbres anacrónicas a la vez que una parte de su sociedad intenta no perder el tren, no ya de la modernidad sino de la vida.

Así que mientras las autoridades de Arabia siguen respaldando una austera (y controvertida) interpretación del islam que no permite lugares de entretenimiento comunes en el resto del mundo, como los cines, sus habitantes dan pruebas de estar hechos del mismo barro y los mismos sueños que los demás. He contado aquí cómo muchos saudíes, especialmente jóvenes,  vienen a Dubái  a darse atracones de cine por el mero placer de ver películas en pantalla grande. Los ricos se instalan lujosas salas de proyecciones en los sótanos de sus chalés, pero la mayoría tiene que conformarse con ver los vídeos en sus televisores. No es lo mismo.

Además, entre las nuevas generaciones de saudíes existe interés por la expresión visual, tal como lo prueba el enorme éxito de YouTube (son los mayores consumidores per cápita de esa plataforma) y el hecho de que sin que existan cines, ni estudios cinematográficos, hayan empezado a surgir cineastas locales. Aunque  las películas hasta ahora grabadas en el reino no han salido apenas de los circuitos árabes de arte y ensayo, la selección de Wadjda para los Oscar de 2013 reveló algo que rayaba lo imposible: una directora saudí, Haifa al Mansur, en un país donde las mujeres no es que tengan prohibido conducir, es que carecen de derechos individuales.

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Ahmed al Mulla, el director del Festival de Cine Saudí, durante el certamen del año pasado. / AFP

El tercer Festival de Cine Saudí es, como los dos anteriores, fruto del empeño de Ahmed al Mulla, su director, y está organizado por un grupo de voluntarios organizados en la Sociedad para las Artes y la Cultura. De las dificultades que afronta da cuenta el hecho de que entre la primera cita, en 2008, y la siguiente, pasaron siete años. El éxito y el interés de la convocatoria quedó reflejado el año pasado en el lleno total del Centro Cultural de Damman, donde se celebra el evento, que puede seguirse en su canal de YouTube.

Un total de 70 cortometrajes (las películas no pueden tener más de 59 minutos además de no haberse mostrado ni en televisión ni en YouTube) compiten por la Palmera de Oro que el próximo lunes premiará a los mejores drama, documental, guión, cinta de tema saudí y obra de un cineasta menor de 25 años.

El certamen va a abrirse con un cortometraje de cuatro minutos sobre el terrorismo, un fenómeno que desde hace una década sacude Arabia Saudí y en particular la Provincia Oriental. Pero los temas de las cintas que concursan, todas ellas obras de autores saudíes, también incluyen la guerra, los derechos humanos o la salud.

Los organizadores confían en que el festival muestre las posibilidades del cine en Arabia Saudí y ayude a vencer las reticencias de los ultraconservadores que ven en las películas una vía para occidentalizar sus costumbres y corromper sus valores morales, presuntamente superiores.

Dubái se ahoga en un vaso de agua

Por: | 09 de marzo de 2016

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Una calle de Dubái en las inmediaciones del centro comercial Ibn Battuta. / Á. E.

Rayos, truenos y lluvia. Ha sido un día raro en Dubái. Como la víspera, ha amanecido cubierto, pero las nubes no han dejado paso al sol como suele, sino que han descargado su agua sin contemplaciones. Con un clima desértico y una precipitación media anual no suele llegar a los 100 mm, los 240 mm caídos este miércoles han sembrado el caos. Numerosas calles se han inundado y las filtraciones han obligado a cerrar escuelas y comercios. En la vecina Abu Dhabi, incluso la Bolsa ha suspendido la sesión. Muchos colegios volverán a cerrar el jueves.

Semáforos apagados, balsas de agua sobre las que los coches parecían navegar más que rodar, accidentes de tráfico… Pero lo más llamativo era el ejército de camiones bomba que no daba abasto a achicar el agua estancada. Dubái no tiene un sistema de alcantarillado y, por inusual que sea un día de lluvia, no es la primera vez que se inunda por cuatro gotas. Filipinos y otros trabajadores del sureste asiático, acostumbrados a los monzones, mostraban su incredulidad por el desbarajuste.

En una ciudad que se precia de su modernidad y sus instalaciones a la última, resultaba tercermundista ver los sacos de arena colocados a la entrada de los centros comerciales para evitar que entrara el agua y los cubos improvisados con cestas de la compra y bolsas de plástico para recoger la que se filtraba del techo. En algunos garajes hacían falta botas de goma para llegar al coche. La imagen de un hombre que intentaba alcanzar su vehículo subido a un carrito de la compra en el aparcamiento de un supermercado se ha hecho viral.

Es comprensible que un país en el que luce el sol 360 días al año, esté más preparado para las altas temperaturas que lo castigan que para el chaparrón ocasional. Aunque me temo que tampoco es el caso. El uso de materiales aislantes es demasiado caro para el sistema de enriquecimiento rápido que predomina. En el piso en el que vivo, el agua se colaba por la pared que da a la fachada hasta encharcar el suelo. No es la primera vez que sucede. A pesar de que las torres donde se encuentra se anuncian como “lo más de lo más”, no dejan de ser unos edificios de aspecto soviético y cercanos por sus materiales a las viviendas de protección social. En verano, la misma pared quema, no en sentido figurado, sino literalmente.

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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