Ángeles Espinosa

Barbacoa junto al Tigris

Por: | 24 de junio de 2014

“Por la amistad hispano-iraquí”, brinda alguien elevando un botellín de agua. “Por la amistad hispano-iraquí”, le responden con sus cervezas varios españoles (y algún iraquí). Sendas banderas colgadas de una caseta cercana enmarcan la reunión. Empieza a ponerse el sol y a la luz del anochecer, las mesas y sillas de plástico cuidadosamente colocadas  a la orilla del río dan aspecto de chiringuito de playa en fin de semana. Pero el río es el Tigris; estamos en Bagdad y es jueves por la noche, la víspera del descanso semanal en Irak.

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Vista del Tigris a su paso por Bagdad. / AFP

Un empresario y varios arquitectos e ingenieros españoles que trabajan en Bagdad han organizado una barbacoa con varios colegas iraquíes. En un país, plagado por la violencia, donde las oportunidades de ocio están limitadas por el riesgo de atentados, el toque de queda y la pesadez de los controles de seguridad, la cita es más que una ocasión social. Constituye una reivindicación de la normalidad.

Es lo mismo que hacen las familias iraquíes que aún van a pasear a los parques los fines de semana. O los enamorados que dan un paseo en barco por el Tigris. O los intelectuales que siguen reuniéndose en los cafetines cargados de humo de Al Mutanabbi para resolver el mundo frente a una pipa de agua y un té cargado de azúcar. En los callejones alejados de las vías principales, incluso es posible ver a niños jugando al fútbol.

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Iraquíes a bordo de uno de los barcos que surcan el Tigris. / Reuters

 

 

 

Como en cualquier reunión de amigos y colegas, Abbas, Manuel, Hathal, Jorge, Hasan, Antonio y el resto del grupo de la barbacoa se ponen al día de sus actividades y planes; hacen bromas, e inevitablemente, hablan de política. De política iraquí, por supuesto. En vez de Rajoy, Rubalcaba y la cuestión catalana, se menciona a Al Maliki, a Allawi, a chiíes  y suníes, a los kurdos… Todo muy parecido si no fuera por la violencia.

Hay preocupación, pero no pánico. La mayor contrariedad es la suspensión de Whatsapp, Skype, Viber y otros servicios de Internet, que les permitían estar casi permanentemente comunicados con sus parejas y familiares. Ahora, saben que cualquier incidente les tendrá preocupados hasta que llamen al concluir su jornada laboral.

Aún así, ninguno de los españoles se plantea marcharse de momento. El contacto diario con sus colegas iraquíes les da otra perspectiva, una visión más matizada que la que transmiten los titulares de prensa. Se sienten valorados y tienen la posibilidad de hacer un trabajo que ahora mismo sería imposible en España. Unos construyen la futura Ópera de Bagdad; otros supervisan el proyecto de dos hospitales inspirados en el de Móstoles; uno más acaba de registrar su empresa y espera empezar a trabajar enseguida.

¿No está Irak a punto de saltar por los aires? No esta noche, junto al Tigris. Como si todas las amenazas se hubieran quedado detenidas fuera, reina un clima de confianza. Eso no significa que desconozcan los riesgos.

Alfonso ha estado tres meses viviendo dentro del estadio de Ciudad Sadr, que está renovando la empresa estadounidense para la que trabaja. Era el único español entre tres centenares de empleados venidos de Turquía. Tras el secuestro en Mosul de 80 ciudadanos de ese país, incluido el cónsul, todos sus compañeros han sido evacuados. La obra se ha parado y él espera un nuevo destino; tal vez en Basora, al sur.

Aunque desde fuera parezca que Irak es una amalgama imposible de grupos étnicos y confesionales en perpetua lucha, la guerra, como la suerte, va por barrios. O mejor por regiones. Mientras en el Noroeste suní atraviesan un periodo inestable e incierto, el Sur chií y el Norte kurdo continúan tranquilos y seguros.

Mi familia y mis amigos (sobre todo María y Tania) se inquietan cuando viajo a países en conflicto como Irak o Afganistán. Es normal. Una de las cosas que suelen repetirme es “no sé cómo lo aguantas, cómo aguanta la gente de esos sitios”. Y la barbacoa, o el paseo por el parque o la reunión familiar, es una de las razones. Porque incluso en medio de la locura de la guerra, hay momentos de normalidad que hacen llevaderas las dificultades interminables.

Tal como aprendí en Beirut, donde viví al final de la guerra civil que se prolongó de 1975 a 1989, ni siquiera los combatientes se pasan las 24 horas del día luchando. Incluso bajo los bombardeos, los afectados se mantienen a flote agarrándose a pequeños detalles cotidianos y a veces sonríen y hasta se enamoran.

Se prohíben las armas durante las horas de funcionamiento del bar

Por: | 22 de junio de 2014

“Se prohíben las armas durante las horas de funcionamiento del bar”. El cartel situado en la puerta del establecimiento parece razonable. Como en el caso de la conducción, “si bebes, no dispares”. Sólo que no estoy invitada a tomar una copa en el último garito de moda de Bagdad, sino a asistir a una misa.

La eucaristía se celebra dentro del perímetro fortificado de la Embajada de Estados Unidos en Irak. Aunque las instalaciones son lo suficientemente amplias para haber albergado a 16.000 personas hasta hace dos años, la sala multiusos que por las tardes-noches hace de bar, sirve durante el día para las ceremonias religiosas de los habitantes de este oasis-prisión.

Incluso con la última reducción de personal la semana pasada, a raíz de la ofensiva yihadista que ha capturado un tercio de Irak, aquí trabaja y vive  más gente que en muchos pueblos. Unas 4.000 personas, se estima. Y desde luego, disponen de una dotación de servicios que envidiaría la mayoría en este país, e incluso en el resto del mundo.

Superadas los gigantescos portones de entrada y la gigantesca bandera de Estados Unidos, el lugar tiene aspecto del típico campus universitario americano. Edificios bajos rodeados de césped, con campos de deporte y gente que se traslada en bicicleta de un lado a otro. También hay un servicio de minibús, y puntos de reciclaje. Sólo unas pequeñas casamatas de hormigón en las esquinas desentonan con el paisaje. Son los refugios para caso de bombardeo.

Además de la Cancillería, las residencias del embajador y su segundo, hay varios bloques de viviendas para el personal. Los habitantes de este idílico enclave disponen de gimnasio, piscina, supermercado, cafeterías, terrazas al aire libre, sala de lectura… Incluso una oficina del Banco de Bagdad. En total, 42 hectáreas en la orilla occidental del Tigris, cuya construcción costó casi 600 millones de dólares (unos 440 millones de euros).

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“Las ventanas son todas blindadas”, explica el anfitrión que en todo momento tiene que acompañar a sus visitantes.

El elevado coste de esa prevención contra los previsibles ataques de quienes consideran a EEUU el origen de sus males, ha hecho que las construcciones que albergan a contratistas y equipos de seguridad carezcan de ventanas. Así que la hilera de cubos de cemento, con apenas unos respiraderos, no son salas de maquinaria sino “alojamientos seguros”. Seguros y, sin duda, opresivos.

También el gran comedor colectivo, similar al que frecuenté durante mi estancia en la Universidad de Ohio, está protegido por enormes paredes de hormigón. Los lavabos de la entrada (cuyo uso es obligatorio) me recuerdan a las instalaciones militares que visité mientras duró la ocupación. El resto ofrece una apacible normalidad… como cualquier barrio de clase media americana.

Es fácil olvidarse de que estamos en Bagdad, donde la gente carece de servicios públicos. En la capital del quinto productor de petróleo, no hay una recogida de basuras digna de ese nombre, los cortes eléctricos son una constante y el agua que sale de los grifos no es potable. Con temperaturas que ya superan los 45ºC, el aire acondicionado es un lujo que sólo se pueden permitir aquellos con dinero suficiente para disponer de un generador potente.

En contraste, el recinto de la embajada estadounidense resulta un oasis de tranquilidad. Pero también es en buena medida una cárcel para sus habitantes, que tienen muy restringidas las salidas. A pesar de encontrarse dentro de lo que se denomina Zona Verde (han fracasado los esfuerzos iraquíes por rebautizarla Zona Internacional), no todo el mundo tiene permiso para asomarse al exterior, menos aún a la Zona Roja, donde nos alojamos el resto de los mortales. Para hacerlo, necesitan un enorme despliegue de seguridad (coche blindado, chaleco antibalas, guardaespaldas).

“Estamos un poco prisioneros”, admite el anfitrión. “Y como los prisioneros de verdad, algunos contratistas que llevan aquí diez años se han acostumbrado tanto a las rutinas que cuando vuelven [a EEUU] tienen dificultades para adaptarse a la vida fuera”.

Toda una metáfora de los problemas que afrontan para entender la región.

En el bar-capilla, se nota la ausencia de muchos habituales que han sido evacuados o que han adelantado el final de su contrato. La liturgia del día incluye la lectura del Salmo 147: “Alaba a tu Dios, oh Sion.Porque fortificó los cerrojos de tus puertas”. No podía ser más adecuado.

 

 

Vuelo a Bagdad

Por: | 17 de junio de 2014

Con la que está cayendo, una no imaginaría que fuera difícil conseguir plaza en un vuelo a Bagdad. Pero una vez más, todo depende de la perspectiva, de desde dónde se quiera viajar.

Los vuelos que salen de la capital iraquí, hacia Estambul, Dubái o Doha, van comprensiblemente llenos. No sólo los extranjeros, sino también los iraquíes con medios intentan poner pies en polvorosa antes de que lleguen los milicianos del Ejército Islámico en Irak y el Levante. Incluso si como es lo más posible se quedan a las puertas, el aumento de la tensión y los atentados hacen todavía menos apetecible una ciudad ya de por sí difícil, con continuos cortes de electricidad, enormes atascos y bajo toque de queda psicológico.

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La oficina de Iraqi Airways en Erbil, el lunes. / Á. E.

Sorprenden sin embargo las colas ante la oficina en Erbil de Iraqi Airways, la compañía nacional. Erbil es la capital de la región autónoma del Kurdistán iraquí, un enclave virtualmente separado del resto de Irak desde la guerra de 1991. La seguridad que han garantizado sus Peshmerga (las tropas kurdas) ha actuado como un imán para muchos iraquíes. Numerosos árabes suníes y cristianos, sobre todo, han encontrado refugio aquí en la última década. ¿Por qué habría alguien de querer volver a un Bagdad casi en pie de guerra?

“Las carreteras están cerradas. Todo el mundo necesita volar. Hemos aumentado a ocho nuestros dos vuelos diarios”, me explica el encargado de la oficina cuando le pregunto por la multitud que se agolpa a sus puertas. Aún así, el rumor es que todos los vuelos están llenos hasta el 5 de julio. El empleado hace un gesto de impotencia.

He llegado a las ocho y media de la mañana, media hora antes de la hora oficial de apertura, porque había oído que había colas. Y en efecto, varias decenas de hombres y un puñado de mujeres esperan para entrar. Dos guardias de seguridad (una mujer y un hombre) les enseñan sendas porras para intentar que mantengan la fila y guarden su turno, un empeño condenado al fracaso en cualquier lugar de Oriente Próximo.

Me aprovecho de mi condición femenina y me apunto a la cola de mujeres, como siempre, más corta. Los empleados están trabajando desde las ocho, pero no dan abasto. Uno de ellos sale con una lista. Al parecer, algunos aspirantes a viajeros están apuntados desde anoche.

Aprovecho la espera para conversar con mis vecinas. Dos señoras cuarentonas y tres chicas jóvenes, todas entradas en carnes y con la ropa muy ajustada. “Estábamos aquí de vacaciones, visitando a unos parientes, pero tenemos que volver a casa”, explican. Vinieron en un GMC, los grandes vehículos todo terreno que hacen los viajes largos por carretera en Irak, pero ahora, con todas las rutas al sur cortadas por la ofensiva yihadista no tienen forma de regresar. Salvo el avión.

Anisa, una señora de unos cincuenta y tantos años, pañuelo claro y guardapolvo azul marino hasta los pies, me cuenta que tiene su empresa tiene una oficina en Bagdad y que ella va todos los meses. Aunque es árabe lleva años viviendo en Erbil. “Los kurdos tienen muy buena seguridad, pero ya sabe cómo nos tratan aquí a los árabes…”, apunta justo cuando se entreabre la puerta.

Las colas mantenidas a duras penas con la exhibición de las porras, se deshacen sin remedio y todos intentamos colarnos. El termómetro ya supera los 30ºC y el sol da de lleno sobre la fachada de la línea aérea. No hay suerte. Sólo pasan los afortunados cuyos nombres pronuncia el empleado. La operación se repetirá tres veces más antes de que finalmente, pasadas las nueve y media, mi nombre se encuentra entre los elegidos a pasar al aire acondicionado. Otro empleado da un número e indica una hilera de asientos.

Antes de venir a la oficina, he oído que también están volando a Bagdad los soldados que han logrado escaparse de los yihadistas y que van a reintegrarse al Ejército. Miro a mi alrededor, pero entre quienes me rodean veo poco espíritu marcial. Pego la hebra con un joven que podría ser militar o policía.  No hay suerte. Es un kurdo que ha ido a comprar dos billetes para unos conocidos de su familia que regresan a Najef.

La mayoría de quienes esperan son miembros de la clase media que pueden pagarse los casi cien euros que cuesta el pasaje a cualquier otra ciudad de Irak. Los demás, quienes normalmente viajan por carretera (más barato), no tienen más remedio que esperar a que algún día se abran las rutas terrestres.

Dos horas después, me llega el turno. Gracias a un amigo en Bagdad, tengo un código de reserva, pero hasta que no veo el billete en mi mano no termino de creérmelo. De hecho, la primera reacción de la empleada es decirme que no hay nada. Insisto. “Ah sí, aquí está”, admite. Pago, recojo el trozo de papel que me da como ticket. Y salgo. Fuera la cola ha aumentado y la tensión también. 

El Mundial en tiempos de guerra

Por: | 16 de junio de 2014

Un soldado iraquí le dice a otro: “La hemos cagado”. “A veces pasa”, trata de consolarle el segundo. “Ya, pero esto es muy grave”, insiste el primero. “Peor fue lo de España anoche”, zanja su compañero.

En este momento, semejante ejemplo de humor negro tal vez sólo sea posible en Kurdistán. Desde la semana pasada, buena parte del noroeste de Irak ha caído en manos del Ejército Islámico en Irak y el Levante (EIIL) ante la inexplicable huida de los soldados y policías. Algunos Peshmergas, los soldados kurdos cuyo nombre significa literalmente “los que plantan cara a la muerte”, han ridiculizado la falta de gallardía de sus vecinos. Pero también es cierto, que tres de esos aguerridos mozos me aseguraron haber llorado ante la derrota de España el pasado viernes.

No hay puesto de control, oficina, cuartel o puesto del bazar en el que al enterarse de mi nacionalidad no me mencionen el partido. Unos me dan el pésame, otros me ofrecen consuelo (“estamos con la selección española”), y los más osados, incluso me dan mensajes para Casillas sobre cómo debe actuar en el próximo encuentro.

Eso a mí que nunca me ha interesado el fútbol y el único partido que he visto en mi vida fue el Irán-Estados Unidos de 1998. Pura obligación profesional. No se lo digo a mis interlocutores kurdos. Cada vez que veo una mano levantada con la palma abierta recordándome los cinco goles, me llevo la mía a los ojos, finjo vergüenza y les digo que voy a pedir la nacionalidad china (por lo lejos que queda de España, más que todo).

A ver si en el próximo partido, ganan los de la Roja y puedo cruzar fronteras con la cabeza alta.

 

Reflexión al margen: ¿Les gustará el fútbol a los milicianos del EIIL y otros grupos asociados? ¿Verán los partidos? ¿Jugarán entre ellos para descargar la tensión de un día de combate?  Si se entretuvieran dándole al balón en vez de cortando cabezas…

Cosas que pueden hacerse con un periódico

Por: | 03 de junio de 2014

Cuando era niña, en mi pueblo, Santo Domingo de la Calzada, los periódicos viejos se utilizaban para secar el suelo recién fregado. Para los periodistas constituía toda una cura de humildad. Por muy relevante que fueran nuestros artículos tal vez terminaran pisoteados en algún pasillo. Hoy ya no es habitual, tal vez porque cada día se leen menos periódicos en papel, pero aún hay limpiacristales que aseguran que sus hojas son lo mejor para abrillantar espejos. Y acabo de descubrir otro uso de los diarios atrasados que hasta ahora desconocía: como protección contra el fuego.

Sí, ¿no me creen? Sigan leyendo y verán que no miento.

Ha sido la semana pasada en Segovia, donde acudí a la entrega del XXX Premio Cirilo Rodríguez para corresponsales y enviados especiales (enhorabuena de nuevo a Marc Marginedas, el laureado de este año). El galardón incluye una pieza de cristal, la Lente de la Tierra, elaborada en la Real Fábrica de Cristales de La Granja. Así que miembros del jurado, finalistas, y acompañantes fuimos invitados a visitar tanto los talleres donde se soplan las piezas como el museo anejo (una excursión que me permito recomendar).  

Allí pudimos ver como los cinco maestros sopladores mezclaban las materias primas (arena de sílice, carbonato de sodio, caliza y plomo) y las funden ¡a 1.550ºC! Es entonces cuando el modesto papel de periódico interviene para ayudar a moldear la masa incandescente que sale del horno. Previamente empapado con agua, protege la mano de la operaria que la manipula. Sólo entonces, se introduce en el molde correspondiente y se sopla la pieza que luego se completa con un torneado, un grabado o una aplicación de pan de oro.

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Una artesana utliza un periódico mojado para moldear la masa incandescente con que se fabrica el cristal.

El día de nuestra visita, era día de copas. Unos cinco minutos lleva hacer cada una de ellas. Después tienen que enfriarse durante 24 horas. Y un 20% se descarta porque sale con burbujas o defectos a pesar del esmero y dedicación que ponen sus autores. Evidentemente, ese proceso artesano no puede competir en precio con la producción industrial en masa. Tampoco su exquisita calidad tiene nada que ver con las piezas sin alma de la fabricación en serie.

Mientras, asistía al proceso, me vino a la mente que los periódicos (de papel) son como esas piezas de cristal confeccionadas de forma artesanal, una especie en extinción. No porque no se los necesite, si no porque ya no tenemos ni paciencia para esperar su llegada al quiosco, ni dinero para su elaboración. ¿Terminarán también los noticieros impresos convertidos en un museo ante el avance de las gacetillas digitales y las aplis de chismorreo viral?

Un compañero me sacó de mi ensimismamiento al interesarse por la resistencia del papel (mojado) al calor extremo del cristal.

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Las hojas de periódico protegen las manos de los operarios que elaboran el cristal.

“Antes utilizábamos el BOE, pero como ya no se imprime, recurrimos al periódico”, bromeó uno de los artesanos. “Es la mejor protección en caso de incendio”.

¿Y qué usarán cuando dejen de imprimirse los periódicos?

Barriles bomba sobre Faluya

Por: | 19 de mayo de 2014

Faluya es el infierno.  Desde principios de año, el Ejército iraquí se halla enzarzado, en esa ciudad y toda la provincia de Al Anbar, en una guerra contra una mezcla de tribus suníes que se sienten marginadas del poder y militantes de una rama de Al Qaeda. Atrapados entre dos fuegos, los civiles huyen en desbandada ante cada nueva ofensiva. Por si esa tragedia fuera poco, ahora llegan dos noticias enormemente preocupantes que responsabilizan al Gobierno de Bagdad (dominado por islamistas chiíes) de ataques indiscriminados y de dificultar la salida de la población de la zona de combates.

¿Y a quién le importa? Hace tiempo que ha desaparecido el interés de la opinión pública por Irak. La saturación informativa durante la invasión y la ocupación, el rosario inacabable de atentados que copa las crónicas procedentes del país, y los nuevos focos de atención en Libia, Siria o, más recientemente, Ucrania, han contribuido a enterrar cualquier noticia iraquí. Las acusaciones, sin embargo, son graves.

Vecinos de Faluya denuncian que las fuerzas gubernamentales han utilizado “barriles bomba” en su última operación contra la insurgencia suní la semana pasada, según una información de Reuters. El lanzamiento desde helicópteros de esos contenedores llenos de explosivos, cemento y trozos de metal, se ha convertido en la imagen de la brutal represión del régimen sirio contra las zonas rebeldes. ¿También en Irak?

“Fue algo realmente extraordinario. El polvo y el humo. Parecía como una bomba nuclear”, cuenta Abu Hamid. La explosión, que se produjo a apenas 300 metros de su casa, fue determinante para que decidiera abandonar de inmediato la ciudad con su familia, después de haber aguantado cinco meses de combates.

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Casa destruida por un barril bomba en Faluya, según la Asociación de Ulemas de Irak. / heyetnet.org

Por supuesto el Gobierno lo niega y asegura que hace todo lo posible para evitar las víctimas indiscriminadas. Sin embargo, además de los testimonios de varios residentes, la agencia también cita a un policía local que confirma el uso de los ominosos barriles bomba.

“Es una política de tierra quemada, la destrucción de toda una zona. El Ejército tiene menos experiencia en la lucha casa por casa que los rebeldes dominan. Así que han recurrido a esto”, admite el agente desde el anonimato.

Sin acceso a Al Anbar, resulta difícil de dilucidar. El problema es la ausencia de testigos independientes. Durante mi último viaje a Bagdad, el pasado febrero, no sólo cualquier conductor en su sano juicio se negaba a acercarse siquiera a Faluya, sino que las carreteras estaban cortadas. La única forma de tener contacto directo con la población de esa provincia era trasladarse a alguno de los campamentos habilitados para los desplazados. Aún así, el trauma vivido o el temor a ser oídos limita el alcance de lo que están dispuestos a contar.

Pero no es la única alegación contra las fuerzas gubernamentales. Human Rights Watch (HRW) ha recogido testimonios de personas que han visto a los soldados disparando a vecinos que intentaban huir de los enfrentamientos, o trataban de llevar alimentos y medicinas. La organización, que también ha condenado a los insurgentes por sus ataques a civiles, asegura en un informe que “el Gobierno iraquí está exacerbando la crisis humanitaria en la provincia de Al Anbar al dificultar que los residentes abandonen las zonas donde se producen combates e impedir la llegada de ayuda”.

Por su parte, el representante especial de la ONU para Irak, Nickolay Mladenov, denunció a finales de marzo ante el Consejo de Seguridad que “al menos en una ocasión” los bombardeos del Ejército han alcanzado el Hospital General de Faluya. La oficina de ese organismo en Bagdad ha dejado de incluir los muertos en Al Anbar en su informe mensual de víctimas. Los datos facilitados por la Dirección Provincial de Sanidad elevan los civiles muertos entre enero y abril a 471, un tercio de ellos en ese último mes.

Según la ONU, los combates han obligado a abandonar sus hogares a 420.000 de los 750.000 habitantes de Al Anbar, pero muchos de ellos aún están atrapados en zonas de conflicto. De las 73.000 familias registradas como desplazadas, al menos 51.000 permanecen en la provincia. Muchos duermen en escuelas o edificios abandonados y carecen de dinero para comprar comida. Una evaluación del Programa Mundial de Alimentos estimaba el pasado 20 de abril que el 79% de los desplazados no logran comer lo necesario.

Justo cuando más falta hace su ayuda, la mayoría de las agencias de la ONU se han quedado sin dinero y provisiones, según ha declarado Mladenov, porque los donantes no han respondido a su solicitud de 75 millones de euros para asistir a los desplazados de Al Anbar. El olvido informativo de Irak puede ser tan dañino como un barril bomba.

Encarcelada por escribir

Por: | 02 de mayo de 2014

ACTUALIZACIÓN a 3 de mayo: RSF acaba de informarme de que Shiva Ahari está en libertad provisional desde hace un par de días. Es una buena noticia, pero aún quedan otros reporteros encarcelados.

Quiero presentarles a Shiva Nazar Ahari, una joven periodista y activista de los derechos humanos iraní.

 

Ahari, de 29 años, está encarcelada desde 2012 en la ominosa prisión de Evin, para cumplir una condena a cuatro años de prisión y 74 latigazos por “conspiración contra la seguridad” y “propaganda antigubernamental”. Como miles de iraníes, cometió el delito de quejarse de las controvertidas elecciones de 2009. Entonces, dirigía  la web Azad Zan (Mujer Libre) y era miembro del Comité de Reporteros por los Derechos Humanos.  Su caso ha sido denunciado por Reporteros Sin Fronteras (RSF) y PEN Internacional, entre otras organizaciones.

En 2011, la ciudad alemana de Esslingen la distinguió con el premio Theodor Haecker por su “valiente trabajo en internet sobre violaciones de derechos humanos”.

A pesar de que cuando se produjeron las protestas contra la reelección de Mahmud Ahmadinaeyad aún vivía en Teherán, no tuve la oportunidad de conocer personalmente a Ahari. Sin embargo, me ha conmovido. Como afiliada de RSF, he decidido apadrinarla y me he comprometido a difundir su caso para apelar a las autoridades iraníes a ponerla en libertad. Pero no es la única informadora en esa situación. Aunque la llegada de Hasan Rohani al Gobierno el año pasado ha reducido el número de presos políticos, todavía quedan 35 periodistas tras las rejas.

Irán tiene un peso excesivo en la lista negra de depredadores de la libertad de expresión. El año pasado, ese país, Turquía y China sumaron más de la mitad de todos los reporteros detenidos por su trabajo, 211 según el Comité para la Protección de los Periodistas. La lista se completa con Eritrea, Vietnam, Siria, Azerbaiyán, Etiopía, Egipto y Uzbekistán.

Los periodistas iraníes aún esperan que Rohani acabe con las ‘líneas rojas’ que atenazan la libertad de expresión. En un momento en que el país busca la rehabilitación internacional a través de la negociación nuclear, enviaría un mensaje muy positivo. Sin embargo, hace una semana, el poder judicial, que aún bloquea la publicación de varios diarios, cerró durante tres días el reformista Ebtekar.

Este sábado 3 de mayo se celebra el Día de la Libertad de Prensa. Sería una buena noticia que las autoridades iraníes anunciaran la liberación de Ahari y el resto de los periodistas encarcelados por ejercer sus trabajo. No es imposible. Isa Saharkhiz, mi anterior apadrinado, y otros nueve colegas recuperaron la libertad el año pasado. De momento, y en honor a Ahari, durante toda la jornada voy a colocar su imagen en mi cuenta de Twitter.

Talibanes

Por: | 07 de abril de 2014

Antes de marcharme de Kabul, he ido a visitar el Museo Nacional. Así he descubierto que frente las ruinas del palacio de Dar-ul-Aman, están construyendo el nuevo Parlamento. Es la imagen perfecta de la situación en que se encuentra este país. Mientras el edificio que un día alojó al rey Amanullah refleja la destrucción de las últimas décadas, la nueva obra constituye una promesa de la balbuciente democracia. El pasado y el futuro de Afganistán.

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Una visitante en el Museo de Kabul. / fineart.about.com

Resulta milagroso que aún se mantengan en pie las paredes de aquel edificio mil veces bombardeado. Lo mismo podría decirse de esta nación que se convirtió en el punto caliente de la guerra fría durante la ocupación soviética (1979-1989), se sumió luego en la guerra civil (1992-1996), padeció la tiranía de los talibanes (1996-2001) y respira desde entonces con la ventilación asistida de las fuerzas internacionales.

Sorprendente es también la apuesta que revela el nuevo Parlamento. Aunque señores de la guerra, jefes tribales y grupos armados siguen arrogándose un poder que nadie les ha dado, la población acude a las urnas jugándose literalmente la vida y sonrojando a quienes en países con democracias consolidadas obviamos el trámite. Los talibanes y otros grupos extremistas pueden denunciar las elecciones como una perversión occidental, pero los afganos ya no están dispuestos a vivir sometidos a sus delirios medievales.

A menudo leo comentarios de lectores que justifican los atentados y asesinatos de esos radicales como una insurgencia legítima contra “la ocupación extranjera”. No es tan sencillo. Por supuesto que a los afganos no les gusta esa presencia, pero para muchos de ellos no se trata de si está justificada o no, si no de mera supervivencia.

Sólo hay que hablar con las minorías (tayikos, hazaras, uzbekos, nuristanis, kuchis, hasta un puñado de sijs). Pero también con muchos pastunes educados. Todos ellos fueron víctimas de las luchas de poder de los a menudo idealizados líderes muyahidín, primero, y del obscurantismo talibán después. La idea de que unos u otros recuperen el poder, les provoca horror. (Y si Irak sirve de pista, la salida de los ejércitos foráneos no acabará con su violencia sino que la agudizará.)

Por supuesto que los talibanes también son parte de este país. Pero sus acciones violentas deslegitiman su causa. Mientras se quejan, con razón, de las víctimas que causan los soldados extranjeros, callan que ellos han matado a 16.000 civiles, además de a miles de uniformados afganos. Por no hablar de que coartan la libertad de sus compatriotas para expresar sus preferencias políticas y sociales.

El Museo Nacional es un buen ejemplo del objetivo de esos intransigentes. Durante la guerra civil, fue saqueado. Pero durante su gobierno, hubo “un programa de destrucción planificada de esculturas y figuritas” (no lo digo, yo, lo dicen los responsables afganos del museo). ¿Sus objetivos? Piezas de la edad de bronce, de la época greco-bactriana… todo lo que fuera anterior al islam, pero en especial las estatuas de madera de Nuristán y los budas. Al menos dañaron dos mil piezas.

Si se borran las huellas de la historia, se puede reinventar el pasado a la medida de unos ideales que no todos comparten. Interesante también, la sala etnográfica, donde se exhiben varios ejemplos de trajes femeninos de las distintas etnias en el siglo XIX. No hay un solo burka.

Seguridad

Por: | 04 de abril de 2014

Kabul está totalmente tomado por las fuerzas de seguridad afganas. Los controles se han extremado ante las elecciones presidenciales y provinciales de mañana sábado. En las carreteras de acceso a la capital, los soldados paran a los camiones ante el temor a que puedan esconder explosivos, causando enormes colas. En la ciudad, la policía ha pedido a cafés y restaurantes frecuentados por extranjeros que cierren sus puertas hasta que pasen los comicios, como medida de precaución. La psicosis es grande. Y a la vista de los atentados que se han sucedido en las últimas semanas, fundada.

Estaba escribiendo este post a primera hora de la mañana cuando ha llegado la noticia del tiroteo contra las dos compañeras de AP, que ha matado a Anja Niedringhaus y dejado malherida a Kathy Gannon. Conocí a Katy en Islamabad, de la mano de Françoise Chipaux. Siempre ha sido una referencia para los periodistas que nos interesamos por esta parte del mundo. Inevitablemente, el suceso ha influido en mi estado de ánimo.

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Coche en el que viajaban las dos periodistas cuando fueron tiroteadas./ Reuters

“Ten cuidado”, te dicen en la redacción (y por descontado, tus familiares y amigos). ¿Qué significa eso? ¿Qué no te pongas en el camino de un terrorista suicida? ¿Qué no pases por delante de la sede de la Comisión Electoral cuando la ataca un comando talibán? ¿Qué no vayas a los restaurantes o a los hoteles? ¿Qué no salgas de casa para que no te pase como al periodista sueco Nils Horner, asesinado a tiros en el centro de Kabul? ¿O qué estés siempre fuera por si acaso la asaltan como en el caso de la ONG Roots of Peace?

Nadie lo sabe. Parece prudente no acudir inmediatamente a la escena de un atentado porque a menudo los terroristas hacen estallar un segundo artefacto justo cuando llegan los servicios de socorro (el colmo de la crueldad) y los reporteros. En algunas organizaciones, establecen toques de queda y piden a sus empleados que no estén fuera de sus alojamientos cuando cae la noche o más tarde de las nueve, o de las diez. Son límites aleatorios cuya lógica desconozco.

Si bien evitar salir de noche puede hacer más improbable que a uno lo asalten y lo desvalijen (no sólo en Kabul, sino en medio mundo), no creo que esa sea la principal preocupación aquí. Además, la mayor parte de los atentados suceden a plena luz del día. En un par de salidas nocturnas, a cenar y a una entrevista, he encontrado mayor tranquilidad que durante el día. Apenas hay nadie en las calles y el riesgo de quedar atrapado en un atasco, con escasas posibilidades de escapatoria en caso de atentado, es mucho menor.

Todos hemos visto estos días cómo aumentaba el celo con el que los guardas de cualquier embajada o sede pública pasan el espejo debajo de los coches, o el perro entrenado para detectar explosivos.  También se han intensificado hasta el aburrimiento las veces que uno tiene que ser cacheado antes de acceder a un mitin político o un centro oficial.

“Si se hiciera un buen registro una vez, no harían falta los demás”, me dijo un especialista en seguridad en una ocasión en Irak. Pero no se hace bien. O se hubiera evitado que cuatro talibanes se colaran en el hotel Serena y mataran a ocho personas, entre ellas un colega de France Presse, y que un hombre vestido de soldado matara a seis policías en la entrada al Ministerio del Interior.

¿Qué podemos hacer los periodistas para protegernos? “Tú, sé prudente”, me ha dicho cariñoso un compañero en un email. “Cuidado, mil ojos”, ha escrito un amigo en mi muro de Facebook.

Estoy segura de que Anja y Kathy eran prudentes y andaban con mil ojos. Eran periodistas experimentadas. Acompañaban a un equipo de distribución de material electoral a los centros de votación. Iban escoltadas por miembros de las Fuerzas de Seguridad afganas, que han entrenado tropas occidentales. Y ha sido justo uno de ellos, el jefe al parecer, el que al grito de “Dios es el más grande” ha arrebatado la vida de Anja y lo ha intentado con Kathy.

(Los musulmanes de bien, que son muchos, deberían empezar a quejarse de que los asesinos usen su proclamación de fe como seña de identidad; ningún agravio justifica atacar a dos personas desarmadas en ningún lugar del mundo).

Vivir en un búnker

Por: | 01 de abril de 2014

Hoy he tenido la tentación de sentarme a comer en la terraza del Estambul, en Shahr-e Naw, un barrio cuyo nombre significa literalmente Ciudad Nueva. Es un garito de comida rápida que ofrece los ubicuos donner turcos, con un par de mesitas en la puerta. El sol se colaba por entre las nubes dando un aspecto apacible al ese rincón de Kabul. ¿Engañosamente?

Tal vez. La gruesa barrera de metal que rodea el pequeño aparcamiento adyacente recuerda la realidad de los atentados que con frecuencia sufre la capital afgana. No es el único signo. Para entrar en los supermercados, los hoteles e incluso los restaurantes de más postín, también hay que pasar controles más propios de una instalación estratégica. Y aún así, los esfuerzos no siempre logran evitar que se cuele algún descerebrado con aspiraciones al martirio, a ser posible de los otros.

Kabul
Barreras de metal protegen un banco en Kabul. / pajhwok.com

Kabul se ha bunkerizado. Sin embargo, en mis idas y venidas a la caza y captura de datos con los que completar el puzzle de mis crónicas, no he tenido la sensación de opresión que me suele producir Bagdad. Tal vez sea porque no hay tantos muros de hormigón armado ni una Zona Verde, que es todo menos color esmeralda. Cierto que algunos rincones se han aislado de la ciudad (y de los afganos) tras esas nuevas murallas como el Palacio Presidencial, la Embajada de EEUU o el complejo que reúne a las legaciones de Francia y Canadá.

Pero nada alcanza el nivel del Green Village, un alojamiento teóricamente seguro para extranjeros, de estética a medio camino entre prisión de alta seguridad y campamento de scouts. Sólo alguien masoca se va a vivir allí por gusto. A otros, como a los miembros de EUPOL o a los funcionarios de la ONU tras el atentado contra el hotel Serena, no les queda más alternativa.

Situado en la carretera de Jalalabad, en uno de los tramos más peligrosos de la periferia de la capital, para llegar al interior de ese recinto amurallado hay que franquear tres enormes portones metálicos. Tras el primero, un guarda jurado se asegura de que personas y vehículos estén autorizados a pasar, o incluidos en la lista de invitados. Sólo entonces pronuncia el abretesesamo que da acceso al segundo compartimento blindado.

Allí, detrás de unos sacos terreros, un grandullón con aspecto anglosajón supervisa el trabajo de otra media docena de hombres (ninguno afgano) que revisan el coche y vuelven a comprobar la documentación. Pero la apertura de la tercera puerta, una operación que requiere ayuda hidráulica, no da paso al paraíso sino a un parking. Todavía habrá que cruzar un nuevo control a pie, esperar a que tu anfitrión venga a recogerte y entregar el pasaporte a cambio de una tarjeta que te marca como elemento ajeno al recinto. O sea, que no puedes usar sus zonas comunes.

No se pierde mucho. A pesar de las luces de feria de pueblo que iluminaban el jardín el día de mi visita, los comedores despedían un aire militarote que no animaba mucho a una cena de confidencias y puesta al día con una amiga a la que no veía desde hace tiempo. En el gimnasio se respiraba testosterona. Desconozco a qué se dedican esos caballeros (pocas mujeres) cuando no están levantando pesas, pero me temo que no a las obras caritativas.

Los diferentes grupos de inquilinos están distribuidos en barracones. Policías europeos por aquí, funcionarios de la ONU por allá, contractors (el último eufemismo para los mercenarios) por todas partes. Los distintos bloques se comunican por caminos de cemento con márgenes ajardinados como si fuera un campamento de scouts. Sólo que en casi cada esquina hay una trinchera de sacos terreros para servir de refugio en caso de ataque. Y ya han sufrido un par ellos, según me cuenta mi anfitriona.

A las diez, hay toque de queda. Me voy antes. Con una sensación triste. ¿Qué recuerdo se llevarán de Kabul quiénes sólo hayan visto el Green Village y las oficinas donde estén trabajando?

Esta vida bunkerizada termina contagiándonos a todos (si tanto se protegen por algo será, te dices). Al final, he cogido mi donner en el Estambul y me lo he llevado a comer a casa. Lástima de sol primaveral. Fin

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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