Ángeles Espinosa

Las mujeres musulmanas son un pozo de sorpresas. En Occidente estamos muy confundidos con sus velos y su vestimenta que percibimos como extremadamente conservadora. Debajo de esas capas de tela hay a menudo mujeres de rompe y rasga. Por mi trabajo me ha tocado entrevistar a activistas, abogadas, madres coraje y un montón de valientes que no desdirían en ningún lugar del mundo. Pero no estaba preparada para esto.

De acuerdo con una información aparecida en el diario emiratí Gulf News, una mujer ha acudido a los tribunales para pedir el divorcio porque su marido no la satisface sexualmente. Aunque el periódico no facilita datos sobre la nacionalidad de la demandante, se deduce que se trata de una musulmana porque ha presentado su demanda en el Tribunal de la Sharía de Dubái.

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Edificio de los tribunales de Dubái.

La esposa insatisfecha asegura que su marido sólo puede mantener relaciones sexuales con ella “tres o cuatro veces a la semana", lo que a ella le parece “insatisfactorio”. Aunque a tenor de un reciente artículo publicado en este periódico debería darse con un canto en los dientes ya que “por término medio, los hombres casados de menos de 65 años responden en las encuestas que mantienen relaciones sexuales una vez a la semana”. Y eso si hay suerte porque el autor asegura que la realidad puede ser menos animada. Claro que los estudios en cuestión se refieren a Estados Unidos y aquí estamos en la península Arábiga.

Interrogada por el juez, la buena señora respondió que deseaba a su marido “dos o tres veces al día”, algo que al parecer a él se le hace muy cuesta arriba. Así que como no logró un arreglo satisfactorio con él (el periódico no desvela en qué sentido), optó por llevarle a los tribunales y solicitar un divorcio por daños. Con un par.

Realmente hay que ser muy osada, o estar muy harta, para lanzarse a pedir un divorcio en tierras del islam. Mientras que para ellos se trata de un procedimiento directo y sin complicaciones, las mujeres tienen que demostrar que existe maltrato físico o emocional, fracaso en cumplir el propósito del matrimonio, infidelidad o incapacidad del marido para mantener a su familia.

Es posible que la demandante haya intentado agarrarse a la segunda causa, pero incluso así ello le obliga a exponer su vida sexual ante un tribunal en el que previsiblemente los hombres son mayoría, una situación bastante embarazosa en un entorno en el que esos asuntos rara vez salen del ámbito privado. 

De momento, el juez le ha dicho que mantener relaciones sexuales (sólo) tres o cuatro veces a la semana no le parece dañino y que resulta un motivo insuficiente para obtener el divorcio; además, le ha sugerido que se someta a un tratamiento médico. Ella se ha negado y ha pedido que sea su marido el que se someta a un examen. Así que el tribunal ha referido al demandado a un centro médico para que confirme que está en perfecto estado de revista y es capaz de satisfacer a su mujer. El juicio continuará entonces.

Dubái se queda sin nombres para sus proyectos

Por: | 16 de febrero de 2015

Los nombres son importantes. No sólo los de las personas, sino también los de las cosas. Especialmente cuando se trata de algo nuevo y que tiene que comercializarse. Nos lo recuerda a diario la publicidad. Un nombre evocador, atractivo, con gancho, logra que nos interesemos más por los productos. De ahí el recurso a denominaciones exóticas para perfumes que quieren convencer al usuario de su capacidad de seducción. O la elección de palabras de ensueño para bautizar edificios, urbanizaciones y centros de ocio.

Pocos lugares para comprobarlo como Dubái. Una barriada de rascacielos de reminiscencias soviéticas y calidades de vivienda de protección social, se llama Jumeira Beach Residence (Residencia de la Playa de Jumeira). Las obras que durante meses torturan a los sufridos residentes se llevan a cabo “to enhace your experience” (para que usted disfrute más), aunque el resultado sea dudoso. Y la prohibición de sacar a los perros se anuncia con un rebuscado “le agradecemos que no traiga a su mascota a este paseo”.

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El nuevo logo de Dubái, en el que el nombre de la ciudad puede leerse tanto en árabe como en letras latinas.

En una ciudad en que todo es icónico, sofisticado, sin paragón y, por supuesto, exclusivo, un error en el nombre puede ser fatal.  Pero llega un momento en que se agotan las Olas, Sueños, Riveras y Paraísos, de los que echar mano. O al menos eso parece estar sucediendo en el emirato a la vista de los últimos incidentes de los que se ha hecho eco la prensa local.

El penúltimo delirio megalómano de esta metrópolis que nunca para de crecer, una isla artificial sobre la que se planea construir la mayor noria del mundo, ha chocado con ese problema. Su promotor, Meraas Holding, había elegido el nombre de Bluewaters (aguas azules) para el proyecto que incluye viviendas, hoteles y zonas comerciales, además de la citada atracción de 210 metros de altura. Pero al parecer esa bonita designación tiene dueño.

Es lo que opina Land Securities Group, el principal inversor inmobiliario del Reino Unido y propietario del centro comercial Bluewater en el condado británico de Kent, al sureste de Londres. Esa empresa, que al parecer había registrado ese nombre en Emiratos Árabes Unidos (uno de los cuales es Dubái), ha presentado un recurso en la Oficina de Propiedad Industrial para impedir que Meraas lo utilice para su isla, según ha informado Bloomberg.

El asunto no dejaría de ser una anécdota si no fuera el segundo caso que se le presenta a la compañía emiratí en una semana. Pocos días antes, The National contaba que los abogados de Boxpark, un centro comercial montado con contenedores de transporte en Londres, han escrito a Meraas advirtiéndole de que está violando sus derechos de propiedad intelectual al utilizar la denominación Box Park para su anunciado distrito de compras y restaurantes en Al Wasl, una céntrica zona de Dubái.

Dado que hasta 2020, fecha en la que Dubái va albergar la Exposición Universal, hay una larga lista de proyectos pendientes, tal vez haya llegado el momento de convocar un concurso de nombres atractivos y originales para que no choquen con otros ya existentes. 

Sin palabras

Por: | 05 de febrero de 2015

Así es como muchos nos quedamos tras conocer el brutal asesinato del piloto jordano a manos de los bárbaros del Estado Islámico, califato o como quiera que llamen a su tiranía. Si pensábamos que las decapitaciones eran el culmen de su crueldad, estábamos equivocados. Al igual que antes con el atentado a Charlie Hebdo, no hay palabras para describir la rabia y el asco que producen esas atrocidades. Las ideologías, las opiniones, pueden debatirse. Pero no hay ideología ninguna detrás de esa máquina de convertir la muerte en propaganda de sus aberraciones.

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A raíz de la matanza de París, politólogos, diplomáticos y periodistas volvimos a analizar el por qué del yihadismo. La campaña de Afganistán, la invasión de Irak, la financiación saudí de la interpretación más oscura del islam,  la falta de integración de los musulmanes europeos… Resulta ser una enfermedad con muchas causas. Ninguna sin embargo puede justificar el tormento que las huestes del EI y sus seguidores infligen a sus víctimas (las conocidas como el piloto jordano y las desconocidas como los miles de iraquíes y sirios a los que subyugan). Porque no nos engañemos, quienes difunden y jalean esos vídeos macabros son tan culpables como los asesinos.

Está bien que líderes religiosos musulmanes se hayan unido a la condena. Pero no hace falta ser musulmán, ni cristiano, ni budista, ni de ninguna religión en particular, para denunciar la barbarie. No hay humanidad en quitar la vida a otro ser humano, salvo en casos extremos de legítima defensa. No hay ley humana ni divina que condone el castigo a un individuo por los males reales o percibidos que haya podido causar su Gobierno o cualquier otra institución de su país de origen. La violencia deslegitima la causa de quienes recurren a ella.

Y una vez que nos hemos desahogado ¿qué hacemos para combatir esa ponzoña? Ojalá lo supiera. Ojalá lo supiera alguien. Porque hasta ahora ninguna de las fórmulas parece haber dado resultado: ni las intervenciones militares que lidera EEUU, ni el ojo avizor de los servicios secretos occidentales, ni los programas de reinserción saudíes, ni la represión de las autocracias árabes… Tal vez hayan evitado ataques concretos, pero no la perversa atracción que la violencia ejerce sobre algunos seres ¿humanos?

No, no tengo la solución, pero estoy convencida de que responder con la venganza sólo alimentará el círculo de odio y de la muerte.

 

No es el velo, estúpido

Por: | 29 de enero de 2015

Me ha sorprendido el follón que se ha montado en la prensa estadounidense a raíz de que Michelle Obama acudiera con la melena al aire a la audiencia con el nuevo monarca saudí, el rey Salman, en Riad. No sé si se trata de desconocimiento, o de una distracción para evitar el asunto clave de que EEUU, como el resto de los países, occidentales o no, relegan los derechos humanos a sus intereses económicos, políticos o de defensa. ¿Cómo querían que fuera? ¿Disfrazada de monja de clausura?

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Michelle Obama, durante la visita al rey Salman de Arabia Saudí, el pasado martes. / elpais.com

Para empezar, la elegante señora Obama no ha hecho nada que no hicieran sus predecesoras. Tanto Laura Bush como Hillary Clinton acudieron descubiertas a las citas que sus maridos presidentes tuvieron con el anterior monarca saudí, el ahora fallecido rey Abdalá. Descubiertas también se entrevistaron con sus interlocutores reales la propia Clinton como secretaria de Estado y, antes que ella, Condoleezza Rice y Madaleine Albright (aunque en una ocasión, ésta aterrizó en Riad con un sombrero tejano). Lo mismo puede decirse de otras dignatarias extranjeras como Angela Merkel o Ana Pastor. Nada novedoso pues.

Es cierto que la imagen contrasta con las habituales figuras de las mujeres saudíes, vestidas de negro de la cabeza a los pies, incluido el rostro. Pero en contra de lo que han dicho algunos comentaristas, no hay ninguna norma islámica que obligue a las mujeres a llevar velo en público. Hace muchos años que mis amigas musulmanas me enseñaron que el Corán, el único texto sagrado en el que todos los seguidores el islam están de acuerdo sean de la rama que sean, pide a los musulmanes, hombres y mujeres, que se vistan “con decoro”.

Cómo se ha trasladado eso a la calle, varía enormemente de Marruecos a Filipinas y de Chechenia a Irán (el único país que obliga a cubrirse por ley a todas las mujeres en su territorio, al margen de religión y nacionalidad). A menudo, tiene más que ver con las costumbres (y la climatología) locales que con precepto religioso alguno. En la península Arábiga, el sayón y el velo negros, conocidos como abaya y shayla, son más fruto de los usos sociales que de imposición doctrinal alguna. En cualquier caso, esas normas no obligan a las extranjeras no musulmanas.

Otra cosa es que las residentes en el reino se sientan presionadas por la policía moral o vecinos excesivamente puritanos. En general, residentes y visitantes se bandean con la abaya y sin necesidad de cubrirse la cabeza. Aunque en eso también hay diferencias, según las regiones. En Yeddah, la sociedad es más abierta que en Riad, e incluso las saudíes se sienten suficientemente cómodas para cambiar el negro por colores más vistosos y, en ocasiones, olvidar el pañuelo sobre los hombros.

(A esta corresponsal, nadie le pidió que se tapara la cabeza cuando en entrevistó al príncipe Saud al Faisal, el veterano ministro de Exteriores, ni siquiera cuando hizo lo propio con el rey Abdalá).

Tampoco es cierto que Michelle haya causado “indignación” en Arabia Saudí por no cubrirse el pelo. Los 1.500 tuits que según The Washington Post generaron los hashtags en árabe #Michelle_Obama_indecorosa y #Michelle_Obama_SinVelo resultan anecdóticos en un país donde  el año pasado se generaron una media de 150 millones de tuits mensuales. En realidad no había motivo de agravio. Si algún mensaje transmitió el atavío de la primera dama fue de respeto hacia sus anfitriones. La elección de un pantalón negro flojo, una camisola azulona y una levita a juego hasta las rodillas era sin duda recatada frente a los vestidos de cuerpos ajustados y escotes que dejan al aire brazos y hombros a los que es aficionada.

El comentario de que Michelle sí utilizó un pañuelo en Indonesia, olvida que lo hizo para entrar en una mezquita, no en un palacio. También en la catedral de Santiago de Compostela, entre otras, un cartel recuerda que no debe accederse al recinto con pantalones cortos o camisetas de tirantes. Al fin y al cabo, visitar un templo es una opción.

Obsesionados con el tópico, algunos medios incluso cayeron en la creciente, y peligrosa, tendencia a confundir la actividad en las redes sociales con lo que ocurre en la realidad. Sólo así se explica que dieran credibilidad a un montaje en YouTube que aseguraba que la televisión estatal había difuminado la imagen de Michelle Obama, algo que se probó falso.

Aún así, fue evidente que algunos de los participantes en la recepción no dieron la mano a la primera dama. Eso tampoco es algo nuevo en el Reino del Desierto ni significa necesariamente un rechazo a su presencia. Los piadosos musulmanes más estrictos, tanto hombres como mujeres, rehúyen el contacto físico con el otro sexo. Por más que choque con los usos occidentales, hay que evitar sacarlo de contexto, en especial si el interlocutor (o la interlocutora) hace un gesto de deferencia hacia la otra persona, tal vez inclinando la cabeza o llevándose la mano derecha al corazón.

En mi opinión, ni la melena descubierta de Michelle Obama supuso una  “atrevida declaración política”, ni la primera dama estadounidense hizo nada por las saudíes, como le han aplaudido algunos observadores, entre ellas Pilar Rahola. Por el contrario, el barullo mediático está eclipsando el hecho de que la vestimenta es el último de los problemas de las saudíes (y del resto de las mujeres que viven en países cuyos líderes utilizan el islam para limitar las libertades de sus ciudadanos).

Mucho más grave es el sistema de tutela, que en el reino y en distinta medida también en el resto de los países de la península Arábiga, convierte a las mujeres en eternas menores dependientes de por vida de la voluntad de un varón, el padre, el marido, el hermano y, a veces, hasta un hijo pequeño. Además, las leyes de familia limitan su derecho a la herencia (sólo reciben la mitad que sus hermanos), al divorcio o la custodia de los hijos. Mientras no consigan la igualdad legal con sus compatriotas hombres, hablar de velos y vestidos no dejara de ser una distracción. 

Mi encuentro con la Señora Solís

Por: | 18 de diciembre de 2014

El trabajo de corresponsal le prepara a una para los encuentros más variopintos. En mi caso, he entrevistado desde mendigos hasta jefes de Estado, pasando por señores de la guerra afganos, cultivadores de droga (también en Afganistán), jefes de milicias (en Líbano e Irak), defensores de los derechos humanos (en Irán y Arabia Saudí), víctimas de la tortura y mujeres valientes (en todos los países). Sin embargo, nunca antes había tenido ocasión de acercarme a la alfombra roja. Así que cuando Mabel Galaz, la responsable de Gente, me llamó para pedirme que entrevistara a Eva Longoria, tuve un momento de perplejidad.

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Eva Longoria durante su visita a Dubái / Á. E.

¿Por dónde empezar? Todo lo que sabía de ella se limitaba a su actuación en la serie Desperate Housewives, que en español se tradujo como Mujeres Desesperadas. Me aficioné a las series cuando vivía en Irán.  Entre los paquetes de DVD que me llevaba a la vuelta de vacaciones estaban las andanzas de las vecinas de Wysteria Lane que, en contraste con el pestiño de la televisión local iraní, me resultaron de lo más entretenidas. No estoy segura de que hoy pensara lo mismo. En cualquier caso, la Señora Solís (Eva Longoria) y sus amigas (a veces, enemigas) me hicieron pasar buenos ratos.

Para mi sorpresa, la americano-mexicana, orgullosa de sus raíces hispanas, es mucho más que una cara bonita al servicio de la historia de turno. Preparando la entrevista, descubrí su lado solidario y de activista de los derechos de los latinos. Empezó a interesarme.

Longoria no venía al Festival Internacional de Cine de Dubái a presentar una película o lucir palmito, sino a presidir una gala benéfica para recaudar fondos para varias fundaciones, entre ellas la suya propia, que se dedican a ayudar a los niños en los países en vías de desarrollo.

Lástima que en esta región del mundo se practiquen más las relaciones públicas que el periodismo. Las encargadas de la promoción y difusión de la visita me pidieron las preguntas de antemano, algo que en lo que me concierne sólo avanzo a los jefes de Estado, luego me dijeron que las cambiara y me ciñera al motivo de su visita y, finalmente, y se disculparon con un “no tiene suficiente tiempo”. Me hicieron pensar que la actriz era una diva extravagante y con poca cintura para encajar el escrutinio público que, en su profesión, una asume que va en el sueldo.

Nada más lejos de la realidad. Longoria, a la que todo el mundo (incluidos los fotógrafos) llamaba Eva con una familiaridad que no es habitual en mi terreno, resultó ser bastante accesible, muy profesional en su trato con los reporteros y dispuesta a hablar de lo divino y lo humano sin pillarse los dedos. Cuando una periodista iraquí, le preguntó qué pensaba del islam y de las mujeres árabes, la actriz señaló que como americana de ascendencia mejicana sabe lo que es sentirse juzgado por los orígenes étnicos o culturales.

Y en un tono más ligero añadió: “Las mujeres árabes son las más guapas del mundo”. Casi nada viniendo de alguien que ha sido considerada una de las Personas Más Bellas (en 2003), la Estrella Femenina Más Atractiva (en 2005 y 2006), una de las Mujeres Más Sexy (en 2008) y la Más Bella a Cualquier Edad (en 2012).

Cierto que todos esos títulos no le han servido para conservar a sus dos maridos el actor Tyler Christopher, con quien estuvo casada de 2002 a 2004, y el jugador de baloncesto francés Tony Parker, de quien se divorció en 2010, después de tres años de matrimonio, debido a sus infidelidades. Pero de eso no habló durante su estancia en Dubái.

La asesina del 'niqab'

Por: | 11 de diciembre de 2014

 

Nadie sabe con certeza qué ocurrió el pasado 1 de diciembre en los aseos de mujeres del centro comercial Boutik de Abu Dhabi, la capital de Emiratos Árabes Unidos (EÁU).  Pero en un país que se precia de la seguridad de sus calles, el hallazgo del cadáver apuñalado de Ibolya Ryan iba a provocar una sacudida. Con la diligencia que caracteriza a la policía emiratí, y la ayuda de las omnipresentes cámaras que todo lo graban, la presunta asesina era identificada en 24 horas y detenida al día siguiente. Y eso a pesar de que las imágenes del circuito cerrado de televisión sólo muestran una figura completamente cubierta de negro y cuyo rostro se esconde detrás de un niqab, el velo facial que utilizan algunas musulmanas conservadoras.

De acuerdo con la información oficial, la detenida es una mujer emiratí de 37 años, de quien no se ha revelado la identidad. Las autoridades le atribuyen además “la colocación de una bomba artesanal delante de la casa de un médico”, de nacionalidad estadounidense como Ryan, y que la policía pudo desactivar a tiempo. Ryan, de 47 años, era maestra en una guardería de Abu Dhabi.

Hasta ahí los datos que están claros. Aún no se han establecido con certeza los motivos de la presunta agresora. En su primera comparecencia ante la prensa tras la detención, el ministro emiratí del Interior, el jeque Seif Bin Zayed al Nahayan, aseguró que la mujer había “elegido a sus víctimas por su nacionalidad; que no tenía problemas personales con ellas”. Sin embargo,  unos días más tarde, el embajador saliente de EEUU, Michael Corbin, aseguraba que Ryan no había sido asesinada por ser estadounidense sino porque parecía “representar a Occidente”.

Según el embajador, las autoridades norteamericanas no creen que el asesinato esté relacionado con el aviso que difundieron el pasado octubre a las escuelas y profesores estadounidenses en la región debido a una amenaza aparecida en un foro terrorista y vinculada a los bombardeos contra el Estado Islámico en Irak y Siria. Tampoco el Gobierno emiratí ha calificado de “terroristas” los ataques contra los dos estadounidenses, ni los han relacionado con su participación en esas operaciones aéreas. Los asesinatos son raros en Emiratos, donde casi el 90% de sus 8,5 millones de habitantes son extranjeros.

Pero mientras en las redes sociales los residentes, especialmente emiratíes, se han dedicado a debatir la conveniencia o no de prohibir el velo integral, algunos observadores y expatriados se preguntan si la asesina del niqab no es la manifestación de una nueva estrategia de los extremistas islámicos para causar el terror: el uso de los llamados lobos solitarios.  

“La sospechosa había visitado algunas webs electrónica terroristas, que son numerosas en Internet y que le permitieron adquirir la ideología terrorista y aprender cómo hacer una bomba”, aseguró una fuente de seguridad citada por la agencia estatal, Wam, apuntando en esa dirección. “Cometió los delitos a título personal y sus acciones no están ligada hasta donde sabemos a ninguna organización terrorista”, añadió.

En la vecina Arabia Saudí, se han producido en los últimos meses al menos tres extraños casos de extranjeros atacados en centros comerciales. El Estado Islámico (EI) se responsabilizó de los disparos contra un ciudadano danés en Riad a mediados de noviembre. El asesinato de un estadounidense en octubre se atribuyó a un ex colega resentido. Aún está por aclarar el apuñalamiento a un australiano hace dos semanas en la Provincia Oriental. Pero algunas embajadas han advertido a sus nacionales para que extremen las precauciones.

Dinamarca, Canadá, Arabia Saudí y EAU participan en la coalición que encabeza EEUU contra el EI y este grupo ha prometido vengarse. Además, el Gobierno de Abu Dhabi combate con empeño la presencia en su territorio de los Hermanos Musulmanes, grupo político que el mes pasado colocó a la cabeza de una lista de 83 “organizaciones terroristas”.

Libertad para Jason

Por: | 07 de diciembre de 2014

Jason Rezaian es un periodista que está encarcelado en Teherán desde hace cuatro meses y medio, sin que ni su familia, ni su periódico, ni sus colegas conozcamos la causa. Incluso el pasado sábado, cuando tras una larga audiencia fue finalmente imputado, a nadie de los presentes en la sala le quedó claro de qué se le acusa, según ha informado The Washington Post, el diario para el que trabaja desde 2012.

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Jason Rezaian, junto a su mujer, Yeganeh Salehi, y un amigo, y en otras dos imágenes, todas difundidas por la campaña de recogida de firmas para su liberación.

Rezaian, de 38 años, fue detenido el pasado 22 de julio junto a su mujer, Yeganeh Salehi, que colaboraba con el diario emiratí The National, y una fotógrafa y su marido, liberados poco después. En el mejor estilo iraní, el caso ha estado rodeado de ambigüedad. Un responsable judicial declaró a mediados de agosto que el matrimonio estaba implicado en un asunto vinculado con la seguridad del Estado. Otro mencionó poco después “actividades de los enemigos [de Irán] y de sus agentes”. Por su parte, un periódico conservador, sugirió que se trataba de un asunto de espionaje.

“Tonterías”, me aseguraba hace unos días una reportera amiga de los detenidos. “Es todo fabricado; los ultras buscan crear problemas a Rohaní, pero éste no ha movido un dedo para ayudar a los periodistas”, explicaba tras mencionar que la fotógrafa detenida y liberada junto a su marido está emparentada con el presidente iraní y le hacía las fotografías oficiales.

Reporteros Sin Fronteras considera a Irán una de las mayores cárceles del mundo para periodistas e internautas. Según esta organización, un total de 65 profesionales de la información, cinco de ellos extranjeros, se encuentran detenidos por ejercer su trabajo.

En octubre, Salehi quedó en libertad bajo fianza y la semana pasada, un portavoz anunció que la detención de Rezaian se prolongaría un máximo de dos meses mientras continuaba la investigación. El problema es que al no haberse presentado cargos o ser estos muy difusos, nadie sabe qué están investigando. Inevitablemente, en la pequeña comunidad de corresponsales extranjeros de Teherán, se teme lo peor: que estén fabricando alguna acusación.

Jason es un ciudadano con doble nacionalidad, iraní y estadounidense, que hace  varios años decidió volver al país de origen de su padre para conocerlo mejor y servir de puente con el país en el que creció. Colaboró primero con el San Francisco Chronicle y otros medios,en una época, antes de las protestas de 2009, en la que iba y venía, aprovechando la ventaja de tener un pasaporte iraní que no le exigía obtener el difícil visado para los periodistas extranjeros. Ese trabajo le abrió las puertas del Post.

Pero la doble nacionalidad es un arma de doble filo en Irán, como antes han experimentado  la académica Haleh Esfandiari, o los también periodistas Roxana Sabery y Maziar Bahari. Los tres fueron detenidos  y acusados de espionaje aunque finalmente las presiones internacionales lograron que las autoridades encontraran algún hueco para justificar su liberación. Irán no reconoce segundas nacionalidades por lo que Rezaian, como el resto, no puede recibir asistencia consular. Además, los responsables judiciales tampoco han permitido que le visite el abogado contratado por su familia.

Mientras, sus amigos han lanzado una campaña de recogida de firmas en la que piden al líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, que libere, de inmediato y sin condiciones, a Rezaian.

¡Libertad para Jason!

Desigualdad

Por: | 10 de noviembre de 2014

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Apertura del WEF el pasado domingo en Dubái. / WEF

¿Qué le preocupa al mundo de cara a 2015? Si hemos de fiarnos del pronóstico del millar de empresarios, políticos, académicos y líderes sociales que preparan la agenda del World Economic Forum (WEF) para la próxima reunión de Davos, no es ni la amenaza del Estado Islámico ni siquiera el riesgo de una epidemia de ébola. Durante la reunión anual que estos días celebran en Dubái los tres asuntos que encabezan su lista de asuntos que marcaran los debates durante el año que viene son:

1)      La creciente desigualdad

2)      El persistente crecimiento del desempleo

3)      La ausencia de liderazgo

“La prominencia de la desigualdad y el paro encabezando la lista significa que son percibidos como más graves que en años anteriores; el estancamiento de los sueldos contribuye al círculo vicioso de desigualdad arraigada al suprimir las perspectivas de crecimiento y empleo”, advierte el informe.

Incluso en esta región maltratada por los conflictos, tampoco son los yihadistas del Estado Islámico ni las extendidas violaciones de los derechos humanos lo que quita el sueño a sus prohombres, sino el elevado paro entre la juventud.

“Aunque los medios de comunicación destacan los conflictos, la agenda global para 2015 subraya los asuntos socio económicos y en el caso de Oriente Próximo, el desempleo juvenil ronda un 30%, algo que por alguna razón se está haciendo crónico”, explicó durante un conferencia de prensa Majid Jafar,  el presidente ejecutivo de Crescent Petroleum y ponente de la mesa dedicada a la región.

En el fondo, es posible que todo venga a parar a lo mismo. Numerosos analistas están explicando el éxito de los yihadistas en reclutar simpatizantes en la desafección de estos hacia sus gobiernos, su falta de oportunidades y objetivos vitales. Para Jafar “el progreso económico es un requisito para la estabilidad política”. Sin duda tiene razón, pero hace además falta que ese “progreso económico” se distribuya entre todas las capas sociales. Además, no estoy segura de que sea una condición suficiente.

Antes de la entrada en barrena del conflicto sirio, el país había experimentado un boom económico, eso sí poco repartido. Lo mismo en Egipto antes de las protestas que llevaron a la caída de Mubarak. La economía es un agujero negro en Yemen, pero no lo era en Bahréin antes de la frustrada primavera. Hay algo más, tal vez mucho más, que penurias económicas detrás de la inestabilidad que sacude Oriente Medio. La desigualdad va acompañada de arbitrariedad, falta de respeto a los derechos fundamentales, ausencia de pluralismo y mecanismos de participación en la forma en que los ciudadanos son gobernados.

Desde esa perspectiva, el crecimiento, la buena gestión de los recursos o la flexibilidad de los mercados laborales que mencionó Jafar, se quedan cortas para dar un futuro de esperanza a los jóvenes de la región. Incluso en las petromonarquías del Golfo, donde cuentan con un colchón de bienestar con el que otros países sólo pueden soñar, afrontan problemas de falta de motivación, desinterés por la vida laboral y nihilismo.

Quizá la solución pasaría por preguntar a los jóvenes qué quieren y cómo les gustaría que fuera el futuro. Pero no hay costumbre. Ni de preguntar en general, ni mucho menos a los jóvenes. Lo más terrible es que, según la perspectiva del WEF, tanto el elevado desempleo como la desigualdad van a convertirse en “el nuevo normal”. Malos años para soñar con un mundo mejor.

Prohibido hombres

Por: | 29 de octubre de 2014

Cuando el pasado fin de semana fui a cortarme el pelo, aquí en Dubái, me fijé en un pequeño letrero en la puerta de la peluquería que prohíbe la entrada a los hombres. No es nuevo. Ha estado ahí desde siempre. Tampoco es infrecuente en esta parte del mundo donde muchas mujeres, por creencias o costumbre, se cubren el cabello. Consideran indecoroso que hombres ajenos a su familia las vean melena al viento.

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Lo que sucedió ese día es que caí en la cuenta de  contradicción: todos menos uno de los estilistas que trabajan dentro de la peluquería son hombres, jordanos para más señas. ¿Tendrán alguna bula para poder tocar las cabelleras tan celosamente guardadas? ¿Habrán hecho un voto especial? ¿O es simplemente otro ejercicio más de equilibrismo pragmático entre unas normas que intentan satisfacer a los sectores más conservadores y una realidad que poco a poco las está dejando atrás?

Me inclino por esto último. Pero mientras el asunto se resuelve del todo, hay algunas situaciones bastante más peligrosas que en manos de quién dejamos el pelo y las tijeras. Esa misma noche salí a pasear con mi marido y al bajar las escaleras de unos jardines topamos con una mujer tumbada en el suelo, como si se hubiera desmayado.

Tanto mi marido como un joven que venía de frente se inclinaron a la vez que le preguntaban si estaba bien y si necesitaba ayuda. Antes de que terminaran la frase, un guardia de seguridad se acercó, inquirió si conocíamos a la mujer y ante nuestra negativa, nos conminó a marcharnos. Nos sorprendió la firmeza de su tono, como si nos dijera “no se metan donde no les llaman”. Así que tras alejarnos un poco, decidimos observar qué estaba pasando.

Aparentemente, el vigilante había llamado a los servicios de emergencia y enseguida aparecieron dos auxiliares sanitarios en sus bicicletas (sí, es una forma de no quedar atrapados en los atascos y poder acceder a los parques y zonas peatonales). Poco después, llegaron un médico y un enfermero, que se ocuparon de la afectada. Proseguimos nuestro paseo, pero de regreso nos volvimos a cruzar con los auxiliares y nos interesamos por el estado de la mujer.

“No ha sido nada, una lipotimia”, sonrieron cubriendo la evidencia de que tenía unas copas de más. Cuando les contamos que el vigilante nos había impedido ayudarle a levantarse, nos explicaron que era el protocolo, que hombres extraños no pueden tocar a una mujer. “¿Tampoco ustedes?”, no pude evitar preguntarles. “Nosotros, sí”, respondieron mientras se alejaban en sus bicis.

Menos mal, me dije. Pero no deja de parecerme preocupante que algo así tenga que regularse. Con todo el respeto para los rigoristas que rehúyen el contacto físico con personas del otro sexo, preferiría que si me caigo en la calle, me dejaran elegir si quiero aceptar o no la mano de un vecino que se ofrece a levantarme. Aún recuerdo con horror cuando en una ocasión resbalé sobre la acera helada en medio de la avenida Vali-e-Asr de Teherán y varios caballeros se acercaron a preguntarme si estaba bien, sin atreverse a ayudarme. Fue una escena realmente ridícula. Como ese cartel en el salón atendido por peluqueros jordanos que prohíbe la entrada a los hombres.

Cambio de rumbo

Por: | 17 de octubre de 2014

Cuando un amigo voló hace unos días  de Dubái a Múnich con Lufthansa esperaba que su avión se encaminara enseguida hacia el noroeste. Sin embargo, sobre la pantalla que tenía enfrente, el avatar del aparato aparecía cruzando el golfo Pérsico en dirección al Este. Miró por la ventana y confirmó que no se trataba de un error en el programa informático. Efectivamente, su vuelo enfilaba espacio aéreo iraní y tras sobrevolar Shiraz, Ahvaz y Urumiya, cruzó a Turquía para dirigirse a la orilla sur del mar Negro, y hacia el Oeste.  A su regreso, ocurrió lo mismo pero en sentido contrario.

No es un caso excepcional. Al igual que la compañía alemana, Air France, KLM, Emirates, Qatar Airways, Kuwait Airways, Delta, Virgin Atlantic y United han decidido evitar el espacio aéreo iraquí, el más directo entre las capitales ribereñas del golfo Pérsico y Europa, por temor a los misiles. El inicio de la campaña aérea de Estados Unidos contra el autodenominado Estado Islámico que se ha apoderado de amplias zonas de Irak y Siria, hace aconsejable esa precaución.

La catástrofe del vuelo MH17 de Malaysian Airlines, que resultó abatido por uno de esos proyectiles el pasado 17 de julio cuando sobrevolaba Ucrania, fue una advertencia para todos. De hecho, la Organización de Aviación Civil Internacional ha creado un grupo de trabajo para reunir toda la información de seguridad y distribuirla con rapidez a las aerolíneas.

Aviones

Imagen de radar a media tarde del jueves 16 de octubre.

Sólo hay que observar una imagen de radar para notar como la inmensa telaraña que forman los aviones en ruta tiene un enorme agujero a la altura de Irak y Siria. (Y también en Ucrania.) Los únicos vuelos en ese espacio son los de la línea aérea nacional, Iraqi Airways, que conectan Bagdad con Erbil, Suleimaniya y Basora, y los que llegan a la capital iraquí desde los países vecinos. El vuelo de Kuwait Airways de Londres a Kuwait, por ejemplo, se desvía por el sur del Mediterráneo y desde El Cairo atraviesa el norte de Arabia Saudí para llegar a su destino si tocar espacio aéreo iraquí.

Pero el cambio de rutas ha supuesto, más que todo, un significativo incremento de los sobrevuelos de Irán, un país que hasta ahora la mayoría de las compañías evitaban si no era imprescindible. No es una mera apreciación. En los últimos seis meses, los cielos iraníes han visto aumentar en un 32% los aviones que los cruzan, según datos de la Organización de Aeropuertos iraníes.

“Tras las peticiones de las compañías aéreas para utilizar el espacio aéreo iraní debido a los sucesos de Irak y Ucrania, hemos creado cinco nuevos corredores… con lo que ahora disponemos de 96”, ha señalado Ebrahim Shushtari, director adjunto de esa organización, citado por la agencia Fars. Sólo el pasado domingo día 12, se produjeron 1.015 sobrevuelos frente a los 559 de un año antes, según ese responsable.

En cierta medida, el obligado cambio de rumbo de esos vuelos contribuye a reintegrar a Irán en el concierto internacional del quedó apartada tras la revolución de 1979.

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

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