Ángeles Espinosa

Mi encuentro con la Señora Solís

Por: | 18 de diciembre de 2014

El trabajo de corresponsal le prepara a una para los encuentros más variopintos. En mi caso, he entrevistado desde mendigos hasta jefes de Estado, pasando por señores de la guerra afganos, cultivadores de droga (también en Afganistán), jefes de milicias (en Líbano e Irak), defensores de los derechos humanos (en Irán y Arabia Saudí), víctimas de la tortura y mujeres valientes (en todos los países). Sin embargo, nunca antes había tenido ocasión de acercarme a la alfombra roja. Así que cuando Mabel Galaz, la responsable de Gente, me llamó para pedirme que entrevistara a Eva Longoria, tuve un momento de perplejidad.

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Eva Longoria durante su visita a Dubái / Á. E.

¿Por dónde empezar? Todo lo que sabía de ella se limitaba a su actuación en la serie Desperate Housewives, que en español se tradujo como Mujeres Desesperadas. Me aficioné a las series cuando vivía en Irán.  Entre los paquetes de DVD que me llevaba a la vuelta de vacaciones estaban las andanzas de las vecinas de Wysteria Lane que, en contraste con el pestiño de la televisión local iraní, me resultaron de lo más entretenidas. No estoy segura de que hoy pensara lo mismo. En cualquier caso, la Señora Solís (Eva Longoria) y sus amigas (a veces, enemigas) me hicieron pasar buenos ratos.

Para mi sorpresa, la americano-mexicana, orgullosa de sus raíces hispanas, es mucho más que una cara bonita al servicio de la historia de turno. Preparando la entrevista, descubrí su lado solidario y de activista de los derechos de los latinos. Empezó a interesarme.

Longoria no venía al Festival Internacional de Cine de Dubái a presentar una película o lucir palmito, sino a presidir una gala benéfica para recaudar fondos para varias fundaciones, entre ellas la suya propia, que se dedican a ayudar a los niños en los países en vías de desarrollo.

Lástima que en esta región del mundo se practiquen más las relaciones públicas que el periodismo. Las encargadas de la promoción y difusión de la visita me pidieron las preguntas de antemano, algo que en lo que me concierne sólo avanzo a los jefes de Estado, luego me dijeron que las cambiara y me ciñera al motivo de su visita y, finalmente, y se disculparon con un “no tiene suficiente tiempo”. Me hicieron pensar que la actriz era una diva extravagante y con poca cintura para encajar el escrutinio público que, en su profesión, una asume que va en el sueldo.

Nada más lejos de la realidad. Longoria, a la que todo el mundo (incluidos los fotógrafos) llamaba Eva con una familiaridad que no es habitual en mi terreno, resultó ser bastante accesible, muy profesional en su trato con los reporteros y dispuesta a hablar de lo divino y lo humano sin pillarse los dedos. Cuando una periodista iraquí, le preguntó qué pensaba del islam y de las mujeres árabes, la actriz señaló que como americana de ascendencia mejicana sabe lo que es sentirse juzgado por los orígenes étnicos o culturales.

Y en un tono más ligero añadió: “Las mujeres árabes son las más guapas del mundo”. Casi nada viniendo de alguien que ha sido considerada una de las Personas Más Bellas (en 2003), la Estrella Femenina Más Atractiva (en 2005 y 2006), una de las Mujeres Más Sexy (en 2008) y la Más Bella a Cualquier Edad (en 2012).

Cierto que todos esos títulos no le han servido para conservar a sus dos maridos el actor Tyler Christopher, con quien estuvo casada de 2002 a 2004, y el jugador de baloncesto francés Tony Parker, de quien se divorció en 2010, después de tres años de matrimonio, debido a sus infidelidades. Pero de eso no habló durante su estancia en Dubái.

La asesina del 'niqab'

Por: | 11 de diciembre de 2014

 

Nadie sabe con certeza qué ocurrió el pasado 1 de diciembre en los aseos de mujeres del centro comercial Boutik de Abu Dhabi, la capital de Emiratos Árabes Unidos (EÁU).  Pero en un país que se precia de la seguridad de sus calles, el hallazgo del cadáver apuñalado de Ibolya Ryan iba a provocar una sacudida. Con la diligencia que caracteriza a la policía emiratí, y la ayuda de las omnipresentes cámaras que todo lo graban, la presunta asesina era identificada en 24 horas y detenida al día siguiente. Y eso a pesar de que las imágenes del circuito cerrado de televisión sólo muestran una figura completamente cubierta de negro y cuyo rostro se esconde detrás de un niqab, el velo facial que utilizan algunas musulmanas conservadoras.

De acuerdo con la información oficial, la detenida es una mujer emiratí de 37 años, de quien no se ha revelado la identidad. Las autoridades le atribuyen además “la colocación de una bomba artesanal delante de la casa de un médico”, de nacionalidad estadounidense como Ryan, y que la policía pudo desactivar a tiempo. Ryan, de 47 años, era maestra en una guardería de Abu Dhabi.

Hasta ahí los datos que están claros. Aún no se han establecido con certeza los motivos de la presunta agresora. En su primera comparecencia ante la prensa tras la detención, el ministro emiratí del Interior, el jeque Seif Bin Zayed al Nahayan, aseguró que la mujer había “elegido a sus víctimas por su nacionalidad; que no tenía problemas personales con ellas”. Sin embargo,  unos días más tarde, el embajador saliente de EEUU, Michael Corbin, aseguraba que Ryan no había sido asesinada por ser estadounidense sino porque parecía “representar a Occidente”.

Según el embajador, las autoridades norteamericanas no creen que el asesinato esté relacionado con el aviso que difundieron el pasado octubre a las escuelas y profesores estadounidenses en la región debido a una amenaza aparecida en un foro terrorista y vinculada a los bombardeos contra el Estado Islámico en Irak y Siria. Tampoco el Gobierno emiratí ha calificado de “terroristas” los ataques contra los dos estadounidenses, ni los han relacionado con su participación en esas operaciones aéreas. Los asesinatos son raros en Emiratos, donde casi el 90% de sus 8,5 millones de habitantes son extranjeros.

Pero mientras en las redes sociales los residentes, especialmente emiratíes, se han dedicado a debatir la conveniencia o no de prohibir el velo integral, algunos observadores y expatriados se preguntan si la asesina del niqab no es la manifestación de una nueva estrategia de los extremistas islámicos para causar el terror: el uso de los llamados lobos solitarios.  

“La sospechosa había visitado algunas webs electrónica terroristas, que son numerosas en Internet y que le permitieron adquirir la ideología terrorista y aprender cómo hacer una bomba”, aseguró una fuente de seguridad citada por la agencia estatal, Wam, apuntando en esa dirección. “Cometió los delitos a título personal y sus acciones no están ligada hasta donde sabemos a ninguna organización terrorista”, añadió.

En la vecina Arabia Saudí, se han producido en los últimos meses al menos tres extraños casos de extranjeros atacados en centros comerciales. El Estado Islámico (EI) se responsabilizó de los disparos contra un ciudadano danés en Riad a mediados de noviembre. El asesinato de un estadounidense en octubre se atribuyó a un ex colega resentido. Aún está por aclarar el apuñalamiento a un australiano hace dos semanas en la Provincia Oriental. Pero algunas embajadas han advertido a sus nacionales para que extremen las precauciones.

Dinamarca, Canadá, Arabia Saudí y EAU participan en la coalición que encabeza EEUU contra el EI y este grupo ha prometido vengarse. Además, el Gobierno de Abu Dhabi combate con empeño la presencia en su territorio de los Hermanos Musulmanes, grupo político que el mes pasado colocó a la cabeza de una lista de 83 “organizaciones terroristas”.

Libertad para Jason

Por: | 07 de diciembre de 2014

Jason Rezaian es un periodista que está encarcelado en Teherán desde hace cuatro meses y medio, sin que ni su familia, ni su periódico, ni sus colegas conozcamos la causa. Incluso el pasado sábado, cuando tras una larga audiencia fue finalmente imputado, a nadie de los presentes en la sala le quedó claro de qué se le acusa, según ha informado The Washington Post, el diario para el que trabaja desde 2012.

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Jason Rezaian, junto a su mujer, Yeganeh Salehi, y un amigo, y en otras dos imágenes, todas difundidas por la campaña de recogida de firmas para su liberación.

Rezaian, de 38 años, fue detenido el pasado 22 de julio junto a su mujer, Yeganeh Salehi, que colaboraba con el diario emiratí The National, y una fotógrafa y su marido, liberados poco después. En el mejor estilo iraní, el caso ha estado rodeado de ambigüedad. Un responsable judicial declaró a mediados de agosto que el matrimonio estaba implicado en un asunto vinculado con la seguridad del Estado. Otro mencionó poco después “actividades de los enemigos [de Irán] y de sus agentes”. Por su parte, un periódico conservador, sugirió que se trataba de un asunto de espionaje.

“Tonterías”, me aseguraba hace unos días una reportera amiga de los detenidos. “Es todo fabricado; los ultras buscan crear problemas a Rohaní, pero éste no ha movido un dedo para ayudar a los periodistas”, explicaba tras mencionar que la fotógrafa detenida y liberada junto a su marido está emparentada con el presidente iraní y le hacía las fotografías oficiales.

Reporteros Sin Fronteras considera a Irán una de las mayores cárceles del mundo para periodistas e internautas. Según esta organización, un total de 65 profesionales de la información, cinco de ellos extranjeros, se encuentran detenidos por ejercer su trabajo.

En octubre, Salehi quedó en libertad bajo fianza y la semana pasada, un portavoz anunció que la detención de Rezaian se prolongaría un máximo de dos meses mientras continuaba la investigación. El problema es que al no haberse presentado cargos o ser estos muy difusos, nadie sabe qué están investigando. Inevitablemente, en la pequeña comunidad de corresponsales extranjeros de Teherán, se teme lo peor: que estén fabricando alguna acusación.

Jason es un ciudadano con doble nacionalidad, iraní y estadounidense, que hace  varios años decidió volver al país de origen de su padre para conocerlo mejor y servir de puente con el país en el que creció. Colaboró primero con el San Francisco Chronicle y otros medios,en una época, antes de las protestas de 2009, en la que iba y venía, aprovechando la ventaja de tener un pasaporte iraní que no le exigía obtener el difícil visado para los periodistas extranjeros. Ese trabajo le abrió las puertas del Post.

Pero la doble nacionalidad es un arma de doble filo en Irán, como antes han experimentado  la académica Haleh Esfandiari, o los también periodistas Roxana Sabery y Maziar Bahari. Los tres fueron detenidos  y acusados de espionaje aunque finalmente las presiones internacionales lograron que las autoridades encontraran algún hueco para justificar su liberación. Irán no reconoce segundas nacionalidades por lo que Rezaian, como el resto, no puede recibir asistencia consular. Además, los responsables judiciales tampoco han permitido que le visite el abogado contratado por su familia.

Mientras, sus amigos han lanzado una campaña de recogida de firmas en la que piden al líder supremo de Irán, el ayatolá Ali Jamenei, que libere, de inmediato y sin condiciones, a Rezaian.

¡Libertad para Jason!

Desigualdad

Por: | 10 de noviembre de 2014

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Apertura del WEF el pasado domingo en Dubái. / WEF

¿Qué le preocupa al mundo de cara a 2015? Si hemos de fiarnos del pronóstico del millar de empresarios, políticos, académicos y líderes sociales que preparan la agenda del World Economic Forum (WEF) para la próxima reunión de Davos, no es ni la amenaza del Estado Islámico ni siquiera el riesgo de una epidemia de ébola. Durante la reunión anual que estos días celebran en Dubái los tres asuntos que encabezan su lista de asuntos que marcaran los debates durante el año que viene son:

1)      La creciente desigualdad

2)      El persistente crecimiento del desempleo

3)      La ausencia de liderazgo

“La prominencia de la desigualdad y el paro encabezando la lista significa que son percibidos como más graves que en años anteriores; el estancamiento de los sueldos contribuye al círculo vicioso de desigualdad arraigada al suprimir las perspectivas de crecimiento y empleo”, advierte el informe.

Incluso en esta región maltratada por los conflictos, tampoco son los yihadistas del Estado Islámico ni las extendidas violaciones de los derechos humanos lo que quita el sueño a sus prohombres, sino el elevado paro entre la juventud.

“Aunque los medios de comunicación destacan los conflictos, la agenda global para 2015 subraya los asuntos socio económicos y en el caso de Oriente Próximo, el desempleo juvenil ronda un 30%, algo que por alguna razón se está haciendo crónico”, explicó durante un conferencia de prensa Majid Jafar,  el presidente ejecutivo de Crescent Petroleum y ponente de la mesa dedicada a la región.

En el fondo, es posible que todo venga a parar a lo mismo. Numerosos analistas están explicando el éxito de los yihadistas en reclutar simpatizantes en la desafección de estos hacia sus gobiernos, su falta de oportunidades y objetivos vitales. Para Jafar “el progreso económico es un requisito para la estabilidad política”. Sin duda tiene razón, pero hace además falta que ese “progreso económico” se distribuya entre todas las capas sociales. Además, no estoy segura de que sea una condición suficiente.

Antes de la entrada en barrena del conflicto sirio, el país había experimentado un boom económico, eso sí poco repartido. Lo mismo en Egipto antes de las protestas que llevaron a la caída de Mubarak. La economía es un agujero negro en Yemen, pero no lo era en Bahréin antes de la frustrada primavera. Hay algo más, tal vez mucho más, que penurias económicas detrás de la inestabilidad que sacude Oriente Medio. La desigualdad va acompañada de arbitrariedad, falta de respeto a los derechos fundamentales, ausencia de pluralismo y mecanismos de participación en la forma en que los ciudadanos son gobernados.

Desde esa perspectiva, el crecimiento, la buena gestión de los recursos o la flexibilidad de los mercados laborales que mencionó Jafar, se quedan cortas para dar un futuro de esperanza a los jóvenes de la región. Incluso en las petromonarquías del Golfo, donde cuentan con un colchón de bienestar con el que otros países sólo pueden soñar, afrontan problemas de falta de motivación, desinterés por la vida laboral y nihilismo.

Quizá la solución pasaría por preguntar a los jóvenes qué quieren y cómo les gustaría que fuera el futuro. Pero no hay costumbre. Ni de preguntar en general, ni mucho menos a los jóvenes. Lo más terrible es que, según la perspectiva del WEF, tanto el elevado desempleo como la desigualdad van a convertirse en “el nuevo normal”. Malos años para soñar con un mundo mejor.

Prohibido hombres

Por: | 29 de octubre de 2014

Cuando el pasado fin de semana fui a cortarme el pelo, aquí en Dubái, me fijé en un pequeño letrero en la puerta de la peluquería que prohíbe la entrada a los hombres. No es nuevo. Ha estado ahí desde siempre. Tampoco es infrecuente en esta parte del mundo donde muchas mujeres, por creencias o costumbre, se cubren el cabello. Consideran indecoroso que hombres ajenos a su familia las vean melena al viento.

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Lo que sucedió ese día es que caí en la cuenta de  contradicción: todos menos uno de los estilistas que trabajan dentro de la peluquería son hombres, jordanos para más señas. ¿Tendrán alguna bula para poder tocar las cabelleras tan celosamente guardadas? ¿Habrán hecho un voto especial? ¿O es simplemente otro ejercicio más de equilibrismo pragmático entre unas normas que intentan satisfacer a los sectores más conservadores y una realidad que poco a poco las está dejando atrás?

Me inclino por esto último. Pero mientras el asunto se resuelve del todo, hay algunas situaciones bastante más peligrosas que en manos de quién dejamos el pelo y las tijeras. Esa misma noche salí a pasear con mi marido y al bajar las escaleras de unos jardines topamos con una mujer tumbada en el suelo, como si se hubiera desmayado.

Tanto mi marido como un joven que venía de frente se inclinaron a la vez que le preguntaban si estaba bien y si necesitaba ayuda. Antes de que terminaran la frase, un guardia de seguridad se acercó, inquirió si conocíamos a la mujer y ante nuestra negativa, nos conminó a marcharnos. Nos sorprendió la firmeza de su tono, como si nos dijera “no se metan donde no les llaman”. Así que tras alejarnos un poco, decidimos observar qué estaba pasando.

Aparentemente, el vigilante había llamado a los servicios de emergencia y enseguida aparecieron dos auxiliares sanitarios en sus bicicletas (sí, es una forma de no quedar atrapados en los atascos y poder acceder a los parques y zonas peatonales). Poco después, llegaron un médico y un enfermero, que se ocuparon de la afectada. Proseguimos nuestro paseo, pero de regreso nos volvimos a cruzar con los auxiliares y nos interesamos por el estado de la mujer.

“No ha sido nada, una lipotimia”, sonrieron cubriendo la evidencia de que tenía unas copas de más. Cuando les contamos que el vigilante nos había impedido ayudarle a levantarse, nos explicaron que era el protocolo, que hombres extraños no pueden tocar a una mujer. “¿Tampoco ustedes?”, no pude evitar preguntarles. “Nosotros, sí”, respondieron mientras se alejaban en sus bicis.

Menos mal, me dije. Pero no deja de parecerme preocupante que algo así tenga que regularse. Con todo el respeto para los rigoristas que rehúyen el contacto físico con personas del otro sexo, preferiría que si me caigo en la calle, me dejaran elegir si quiero aceptar o no la mano de un vecino que se ofrece a levantarme. Aún recuerdo con horror cuando en una ocasión resbalé sobre la acera helada en medio de la avenida Vali-e-Asr de Teherán y varios caballeros se acercaron a preguntarme si estaba bien, sin atreverse a ayudarme. Fue una escena realmente ridícula. Como ese cartel en el salón atendido por peluqueros jordanos que prohíbe la entrada a los hombres.

Cambio de rumbo

Por: | 17 de octubre de 2014

Cuando un amigo voló hace unos días  de Dubái a Múnich con Lufthansa esperaba que su avión se encaminara enseguida hacia el noroeste. Sin embargo, sobre la pantalla que tenía enfrente, el avatar del aparato aparecía cruzando el golfo Pérsico en dirección al Este. Miró por la ventana y confirmó que no se trataba de un error en el programa informático. Efectivamente, su vuelo enfilaba espacio aéreo iraní y tras sobrevolar Shiraz, Ahvaz y Urumiya, cruzó a Turquía para dirigirse a la orilla sur del mar Negro, y hacia el Oeste.  A su regreso, ocurrió lo mismo pero en sentido contrario.

No es un caso excepcional. Al igual que la compañía alemana, Air France, KLM, Emirates, Qatar Airways, Kuwait Airways, Delta, Virgin Atlantic y United han decidido evitar el espacio aéreo iraquí, el más directo entre las capitales ribereñas del golfo Pérsico y Europa, por temor a los misiles. El inicio de la campaña aérea de Estados Unidos contra el autodenominado Estado Islámico que se ha apoderado de amplias zonas de Irak y Siria, hace aconsejable esa precaución.

La catástrofe del vuelo MH17 de Malaysian Airlines, que resultó abatido por uno de esos proyectiles el pasado 17 de julio cuando sobrevolaba Ucrania, fue una advertencia para todos. De hecho, la Organización de Aviación Civil Internacional ha creado un grupo de trabajo para reunir toda la información de seguridad y distribuirla con rapidez a las aerolíneas.

Aviones

Imagen de radar a media tarde del jueves 16 de octubre.

Sólo hay que observar una imagen de radar para notar como la inmensa telaraña que forman los aviones en ruta tiene un enorme agujero a la altura de Irak y Siria. (Y también en Ucrania.) Los únicos vuelos en ese espacio son los de la línea aérea nacional, Iraqi Airways, que conectan Bagdad con Erbil, Suleimaniya y Basora, y los que llegan a la capital iraquí desde los países vecinos. El vuelo de Kuwait Airways de Londres a Kuwait, por ejemplo, se desvía por el sur del Mediterráneo y desde El Cairo atraviesa el norte de Arabia Saudí para llegar a su destino si tocar espacio aéreo iraquí.

Pero el cambio de rutas ha supuesto, más que todo, un significativo incremento de los sobrevuelos de Irán, un país que hasta ahora la mayoría de las compañías evitaban si no era imprescindible. No es una mera apreciación. En los últimos seis meses, los cielos iraníes han visto aumentar en un 32% los aviones que los cruzan, según datos de la Organización de Aeropuertos iraníes.

“Tras las peticiones de las compañías aéreas para utilizar el espacio aéreo iraní debido a los sucesos de Irak y Ucrania, hemos creado cinco nuevos corredores… con lo que ahora disponemos de 96”, ha señalado Ebrahim Shushtari, director adjunto de esa organización, citado por la agencia Fars. Sólo el pasado domingo día 12, se produjeron 1.015 sobrevuelos frente a los 559 de un año antes, según ese responsable.

En cierta medida, el obligado cambio de rumbo de esos vuelos contribuye a reintegrar a Irán en el concierto internacional del quedó apartada tras la revolución de 1979.

A vueltas con los yihadistas

Por: | 17 de septiembre de 2014

ACTUALIZADO CON UNA ADENDA AL PIE EL 20 DE SEPTIEMBRE

EIIL, EIIS, EI (o sus variaciones en inglés, ISIL, ISIS, IS)... los medios de comunicación hemos debatido qué siglas utilizar para referirnos al grupo de extremistas islámicos que controlan un tercio de Irak y Siria. Incluso, la Casa Blanca ha explicado por qué utiliza EIIL (ISIL)  y no EIIS (ISIS), lo cual no ha impedido que The New York Times haya optado finalmente por Estado Islámico (EI), que es cómo se autodenominan sus miembros. Pero toda esta discusión terminológica en ningún momento ha entrado en algo que molesta a muchos musulmanes, practicantes o no, el uso de la palabra yihadista para referirse a los militantes del EI y otros grupos de ideología similar. 

EI en Irak

Militantes del Estado Islámico en Irak. / REUTERS

“No son yihadistas”, me señalaba recientemente N. P., un lector dolido por la demonización de lo islámico que ve en ese vocablo. No es la primera vez. Aunque esos fanáticos dicen actuar en nombre del islam, en realidad tienen una particular interpretación de esa religión que no coincide con la mayoría de sus 1.300 millones de seguidores.

El neologismo yihadista, generalizado desde la aparición de Al Qaeda, se forma a partir del término árabe yihad (que los ingleses trascriben jihad y los franceses djihad). Y ahí está el origen del problema. Desde que empecé en este trabajo hace ya casi tres décadas, nunca he dado con una traducción correcta de esa palabra, o más bien con una que no resultara controvertida.

A menudo he recibido comentarios de lectores musulmanes que se quejaban de su asimilación a “guerra santa”, la traducción periodística más frecuente. Una y otra vez me han explicado que se trata de un concepto religioso que hace referencia al “esfuerzo o lucha interior” para acercase a Dios, que se refiere a una guerra defensiva, que sólo puede declararla una autoridad religiosa legítima... Lo que he leído al respecto tampoco me han proporcionado una solución. Existe una amplia controversia académica, en la que cada cual encuentra argumentos para apoyar su tesis. Pero claramente, los musulmanes rechazan la asociación con los extremistas violentos a que lleva el uso de esos términos.

Contra lo que pudiera sospecharse, no es sólo la prensa occidental la que los utiliza.  En los medios árabes también se habla de yihadiyin, o yihadihyn (de yihadihah, que podríamos traducir como yihadismo). El argumento es que la palabra árabe para quien hace la yihad es muyahid (plural muyahidín, aunque en castellano es frecuente ver escrito muyahidines).

Esa voz se popularizó durante la guerra fría para referirse a los combatientes afganos y árabes que lucharon contra la ocupación soviética en Afganistán. Los veteranos de aquella contienda fueron la semilla de Al Qaeda y la saga de grupos islamistas violentos que luego han proliferado por medio planeta. Sus militantes, como los del infame Estado Islámico, se  denominan a sí mismos muyahidín.

“Siempre llamaría yihadistas a los terroristas de grupos como Al Qaeda, el EI y similares por la sencilla razón de que el [sufijo] –ista denota que nos referimos a un movimiento político, no a algo relacionado con el islam. Por otra parte, muyahidín tiene implícitamente connotaciones islámicas”, me respondía Charlie Cooper de la Quilliam Foundation cuando le planteé recientemente el asunto. Ese centro de estudios, que entre sus objetivos declara la lucha ideológica contra el extremismo, hace hincapié en que “el yihadismo no es diferente de otras ideologías políticas como el comunismo, el capitalismo o el fascismo, y como tal, no tiene relación con el islam como religión”.  

Pero eso no soluciona el malestar de N. P.

“Si son terroristas, llamémosles así”, me sugería durante un animado intercambio de tuits. Y sí, tiene razón, las atrocidades de que hace gala el Estado Islámico justifican esa calificación. Pero además se trata de un tipo de terrorismo particular, claramente diferenciado del de otros grupos como ETA, el IRA, las FARC, las Brigadas Rojas... Constituye una categoría diferente.  

¿Existe otra alternativa? ¿Hay una palabra que describa específicamente a esos terroristas que justifican sus acciones violentas en un islamismo radical y fanático? (Obsérvese que hablo de islamismo, no de islam, y en concreto de una variedad extremista).

El nuevo alto comisionado de la ONU para los derechos humanos, y primer musulmán en ejercer ese cargo, el príncipe jordano Zeid Raad al Husein, se refirió a ellos como takfiris en su primera intervención ante el Consejo el 8 de septiembre. Con su bagaje, sabe sin duda de lo que habla.

En árabe se llama takfiri al musulmán que acusa de apostasía a otro musulmán, con el fin de deslegitimizar a quienes no reconocen su autoridad y justificar su asesinato; además considera infiel (kafir) a cualquiera que no sigue su doctrina, incluidos los musulmanes chiíes. El takfirisimo es una ideología mesiánica que fue rechazada por los ulemas en los primeros tiempos del islam, pero que reapareció a mediados del siglo pasado en grupos islamistas (suníes) marginales.

Mi primer contacto con un takfiri, o más bien un ex takfiri, se produjo en 2005, cuando entrevisté a un saudí que se había abandonado esa secta. Jaled al Ghannami me explicó la diferencia entre quienes siguen dicha vía y los fundamentalistas salafis: aquellos aceptan la violencia para lograr sus objetivos. Más allá de diferencias coyunturales, el uso del terror hermana a Al Qaeda con el Estado Islámico.  

Significativamente, takfiri es la palabra que utilizan los responsables iraníes y también muchos árabes. Esa inusitada coincidencia hace pensar que sea más acertada que yihadistas para describir a los fanáticos que desprecian el orden internacional y la vida humana en pos de su quimera del califato. 

¿Seremos capaces en los medios de comunicación de cambiar cómo llamamos a esos terroristas? Tengo serias dudas. Yihadista se ha generalizado demasiado, y takfiri suena académico. Aun así tal vez debiéramos intentarlo.

ADENDA: Recibo un intesante comentario (no sé por qué no se ven los comentarios, ya he hablado con los técnicos para que resuelvan el problema) de Ilya Topper que reproduzco por su interés para el debate. "Takfiri no puede reemplazar a yihadista porque no significa lo mismo. Takfiri es quien sigue una ideología (negar el derecho de existencia de musulmanes que no piensan como él). Yihadista es - en el uso actual - quien combate para expandir esa ideología". Apuntado queda.

El chico que limpia mi habitación

Por: | 01 de septiembre de 2014

Se llama Osama. Es cristiano y de Hamdaniya, una de las localidades conquistadas por el autodenominado Estado Islámico (EI) a primeros de agosto. Pero su familia hace ya algunos meses que se marchó de allí. Él la mantiene limpiando habitaciones. No creo que haya cumplido los 18 años. La guerra obliga a crecer deprisa. Y se puede considerar afortunado. Muchos de sus vecinos dependen ahora de la ayuda internacional para sobrevivir en el precario cobijo que han encontrado en Kurdistán.

Según la Organización Internacional de Migraciones, más de 750.000 desplazados internos han llegado a la región autónoma desde primeros de año, la mitad de ellos sólo en agosto. Otros 335.000 iraquíes, sobre todo árabes suníes, se habían instalado con anterioridad en la zona huyendo de la violencia sectaria y la inseguridad que resurgió tras la salida de las tropas estadounidenses a finales de 2011. Los números son una prueba de solidaridad intercomunitaria que sin embargo tiene algunas aristas.

La mayoría de los trabajadores del hotel en el que me alojo en Erbil son iraquíes árabes. Qué ironía. En mi primer viaje a este país, en 1985, los hoteles internacionales de Bagdad empleaban a árabes de otros países y a filipinos como camareros, limpiadores y botones. A los kurdos les consideraban demasiado rústicos para esos menesteres; y los iraquíes (árabes) se reservaban los puestos de dirección. Si acaso, se encontraba a alguna cristiana como recepcionista.

Nur, la joven que recibe a los recién llegados, habla un árabe tan clarito y vocalizado que hasta yo la entiendo. Pero no lo hace por mí, sino por sus compañeros kurdos. Ella no habla el idioma local y ellos, poco el árabe. En ocasiones, llega al ridículo de que se comunican en inglés.

En el comedor, los camareros hablan en árabe, el cocinero en kurdo. Les pregunto de dónde son. “Yo de Bagdad”, me dice Hadel, la cajera. “Yo, también”, se suma Mahmud. Miro al tercero. “De Mosul”, admite. “Daish”, señalan los otros con una carcajada. Daish es el acrónimo árabe de Estado Islámico en Irak y el Levante, el anterior nombre del EI, y como la mayoría se refiere aún a ese grupo. Se ríen por no llorar.

Todos agradecen estar a salvo. “La seguridad es lo mejor aquí”, coinciden. Pero contentos, lo que se dice contentos, no están. A todos les gustaría regresar a sus ciudades “si volviera a ser como antes”, una forma educada de decir como en tiempos de Saddam, pero que también significa antes de la violencia, de la guerra, de la locura. Se sienten discriminados por los kurdos (justo lo que estos sentían respecto a los árabes en tiempos de Saddam) y cuando uno de los empleados kurdos no entiende una advertencia que le hacen, se quejan de que “no habla árabe”. (También los kurdos recelan de los árabes; la desconfianza es recíproca.)

Si este país tiene alguna intención de permanecer unido y salir adelante, no sólo los políticos tienen que encontrar una fórmula para que todas las comunidades se sientan parte de él. Hace falta que sus miembros hagan un esfuerzo de aceptación del resto, que entiendan e interioricen que todos son iraquíes sin distinción ni matices, con igualdad de derechos y deberes.

Se podría empezar por algo tan sencillo como el idioma. Al igual que los niños kurdos estudian árabe como segundo idioma, el resto de los iraquíes tendrían una asignatura de kurdo. O incluir esa lengua en los billetes de banco que ahora están escritos en árabe (anverso) e inglés (reverso). En definitiva, acostumbrarse a la diversidad después de décadas de panarabismo de boquilla. Tan fácil y tan difícil al mismo tiempo.

La guerra no coge vacaciones (y 3)

Por: | 27 de agosto de 2014

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En el camino de Shaqlawa a Akre, en el Kurdistán iraquí. / Á. E.

Llegar a Erbil fue sólo el principio de lo que ya son dos semanas largas de intenso trabajo. Las historias de los desplazados, el rifirrafe político o el parte bélico del día darían trabajo a una redacción entera. Pero la tarea del enviado especial es normalmente solitaria y frustrante. Resulta imposible abarcarlo todo. Y eso sin contar que a la vez hay que ocuparse de la logística. Lo más complicado son los desplazamientos.

Tras visitar varias zonas donde se agrupaban los escapados por la ofensiva del autodenominado Estado Islámico (la mayoría no está en campamentos de esos que tanto juego dan en las imágenes),  me di cuenta que me faltaba una pieza. Había entrevistado  a cristianos, a kakais, a shabaks, a musulmanes chiíes y suníes, pero no había encontrado a ningún yazidí.

Los miembros de esa minoría religiosa kurda habían llamado la atención internacional al quedar atrapados en la cordillera de Sinjar, con los yihadistas acosándoles por el sur y un camino de montaña  al norte como única escapatoria, imposible de franquear para ancianos, enfermos y niños. Ahora empezaban a llegar por la frontera de Siria hasta… Zajo y Dohuk.

Esa ciudad está a unas dos horas de viaje desde Erbil. Claro que eso era antes de que el Estado Islámico tomara Mosul y se hiciera con el control no sólo de la carretera nacional 2, sino también con las poblaciones hasta 40 kilómetros al este de la misma. La ruta habitual ha quedado impracticable y llegado un punto las fuerzas kurdas impiden el paso a eventuales despistados.

Durante una entrevista con una ONG europea que está prestando ayuda de emergencia a los desplazados, descubro que parte de su equipo va a trasladarse a Dohuk al día siguiente. Pregunto si tienen sitio y tengo suerte. O eso creo yo, hasta que ya en la furgoneta descubro lo que me espera. Sus protocolos de seguridad exigen un rodeo que alarga el viaje hasta cinco horas…  

Gracias al inesperado contratiempo voy a descubrir los paisajes de montaña de la región más septentrional de Kurdistán, una zona que no había visitado antes. La primera ciudad que pasamos es Shaqlawa, una especie de Escorial donde los habitantes de Erbil buscan aires más frescos en verano, sólo que bastante más deslavazada. Se nota que está creciendo deprisa, sin planificación, al ritmo de la inyección de dinero que ha supuesto la inversión extranjera atraída por el petróleo. Pero junto a los veraneantes, hay también muchos refugiados sirios que buscan aquí alquileres más baratos que los de la capital.

No paramos. Seguimos en dirección a Harir, pero antes de llegar tomamos un desvío hacia el oeste. No es la carretera comarcal que marcaba mi mapa, sino una doble vía nueva y aún incompleta obra de una empresa turca. A la derecha, hacia el norte, montañas peladas. Por el camino, pueblos con casas de bloques, como los que son habituales en todo Oriente Próximo, pero que a diferencia de los de Jordania o el resto de Irak tienen agua y parches de verde que los hace menos duros.

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A las afueras de Shaqlawa. / Á. E.

Así hasta que llegamos a Akre, cuyo nombre kurdo (en árabe lo transcriben como Aqrah) coincide fonéticamente con el de la ciudad israelí de Acre. Es una ciudad de origen asirio, testimonio del cuál quedan algunas de las iglesias más antiguas de la cristiandad (entre los siglos III y V). Están excavadas en la roca. En 1991, tras el castigo internacional a Saddam Husein por su invasión de Kuwait, tuve la suerte de visitar dos de ellas un poco más al oeste.

Esta vez no hay tiempo para visitarlas. Tenemos que conformarnos con intuirlas desde la distancia. Sin embargo, un poco después, Ali, el conductor, para el coche para esperar a su relevo. Media hora más tarde, llega un colega suyo y cambian de vehículo. Así, ambos vuelven a dormir a sus respectivas casas. Yo también tengo sueño. He dormido poco toda la semana y doy cabezadas el resto del camino hasta que llegamos a Dohuk.

Cuando dos días más tarde acabe mi trabajo sobre los yazidíes huidos de Sinjar, no tendré ni paciencia ni tiempo para repetir la ruta en sentido inverso. Acudo al maktab Erbil, la oficina de la que salen los taxis compartidos para la capital kurda. Es temprano. No hay otros viajeros y tengo una cita a primera hora de la tarde con el gobernador. Decido pagar el coche para mi sola.

“¿Cuánto tardaremos?”, pregunto para asegurarme de que llegaré a tiempo.

“Dos horas y media, según el tráfico”, responde el encargado.

“¿Sólo? ¿Por dónde van? ¿No irán por Mosul?”, inquiero extrañada.

Los conductores se ríen de buena gana.

“No señora, en Mosul está el Daish. Nosotros vamos por Sheikhan, Bardarash y Kalak”, me tranquilizan.

Tres horas después estoy en mi hotel. La guerra no coge vacaciones. Pero esta región, con sus paisajes de montaña, parece un lugar perfecto para pasar unas. Si no hubiera guerra.

 

La guerra no coge vacaciones (2)

Por: | 23 de agosto de 2014

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Campo de cereal en Kurdistán después de la siega. / Á.E.

Puestos a ver el lado positivo de las cosas, el cierre del aeropuerto de Erbil, primero, y el hecho de que algunas compañías aún mantengan los vuelos interrumpidos, ha tenido consecuencias educativas para mí. Volé al pequeño aeropuerto de Suleimaniya (igual de bien organizado que el de la capital kurda). Planeaba coger un taxi y venir directamente hasta aquí. Sin embargo, mi vuelo llegaba de noche y Suha, una amiga kurda cuyo consejo valoro, opinaba que no era prudente.

“Antes sí, no había problema; pero ahora con lo que está pasando, es peligroso”, me dijo.

Lo que está pasando es que desde primeros de agosto el autodenominado Estado Islámico ha empezado a atacar las posiciones de los peshmergas (las fuerzas kurdas), de los que en junio se mantenía a una distancia prudente. Así que todo el perímetro de la región autónoma de Kurdistán, 1.050 kilómetros, linda ahora con “las fuerzas oscuras”, como gráficamente me describió el politólogo Khaled Salih. Y no sólo porque hayan adoptado el negro como uniforme.

Me estoy desviando. El caso es que hice caso a Suha. Me quedé a dormir en Suleimaniya (donde no había estado antes) y desde la ventana de mi habitación descubrí una agradable y tranquila ciudad de provincias. A la mañana siguiente, al salir en dirección a Erbil, me sorprendió su vocación universitaria. A la derecha el campus de la Universidad de Suleimaniya (pública). A la izquierda, la Universidad Americana (privada).

Dos días después me acordaría de esa imagen cuando, en el campo de desplazados de Bakharka, Uday Nazar, de 21 años, me preguntaba “¿dónde voy a examinarme ahora?”. Uday, un joven kakai, tuvo que huir en junio de Mosul en cuya universidad estudiaba inglés, y ahora de nuevo se había salido corriendo de su pueblo, junto a su familia, ante el avance yihadista. “No pude hacer los exámenes, pero quiero hacerlos”, me decía sabedor de la importancia de tener acabados sus estudios para dejar atrás la pobreza que castiga a buena parte de las minorías de Irak. La guerra destruye proyectos de vida. 

“Señora, ¿prefiere que vayamos por la carretera de Kirkuk o por la de Dokan?”, me preguntó Aram, el taxista que el día anterior me había recogido en el aeropuerto.

“¿Cuál es mejor?”, pregunté.

“Por Dokan, tardamos algo menos de tres horas, y por Kirkuk, un poco más y podemos encontrarnos con el Daish”, me respondió muy serio usando el acrónimo árabe para el Estado Islámico.

No había duda. Aunque como periodista resultaba tentador viajar por Kirkuk y tal vez observar de lejos algún combate, sólo la idea me pareció de una frivolidad vergonzosa. ¿Qué derecho tenía yo a poner en riesgo a un taxista tan simpático?

“Por Dokan”, entonces.

El hombre respiró aliviado.

El viaje me permitió tres horas de asueto, algo inusitado en este trabajo. A un lado de la carretera las estribaciones septentrionales de los montes Zagros, que marcan la frontera con Irán. Al otro una meseta cuyos campos dorados a ratos me recuerda a la de Castilla. Pero a pesar de las zonas cultivadas del camino, luego descubriré que Kurdistán ha dejado de ser el granero de Irak.

Hoy en día, en la región autónoma importa la mayoría de los alimentos que consume. La emigración del campo a la ciudad y el aumento del nivel de vida gracias al petróleo han alejado a las jóvenes generaciones de la agricultura. Aunque el problema empezó en tiempos de las sanciones internacionales contra Saddam, durante el programa Petróleo por Alimentos. “La ONU traía los alimentos de fuera y dejó de compensar trabajar la tierra”, me asegura una fuente humanitaria. Pero eso es otra historia.

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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