Ángeles Espinosa

Cervezas a pares

Por: | 11 de mayo de 2015

Hace unos días viajé por carretera hasta Nizwa, la antigua capital de Omán, para hacer un reportaje. Una hora después de cruzar la frontera, paré a comer a las afueras de una localidad llamada Ibri. Era viernes y aunque se había hecho un poco tarde para el almuerzo, el restaurante del pequeño hotel de carretera estaba de lo más concurrido.

Ibri Hotel

Esquina del bar del hotel de Ibri.

Me dirigí a una mesa libre junto a la ventana, me senté y eché un vistazo buscando la atención del camarero. No había ni una sola mujer en la sala. Hasta ahí nada extraordinario en una pequeña población del interior omaní. Lo llamativo es que nadie estaba comiendo. Lo único que había sobre los manteles eran latas de cerveza maxi, de las de medio litro, cuidadosamente alineadas de dos en dos, de tres en tres… y hasta de cuatro en cuatro, junto al vaso de sus consumidores.

¿Un concurso a ver quién bebía más antes de la siguiente llamada del almuédano? No, exactamente. Los camareros se apresuraban a retirar las latas vacías. Las filas sobre la mesa eran el pedido de cada parroquiano. Me di cuenta cuando entró el siguiente y, antes incluso de sentarse, se acercó a la barra y, señalando su marca preferida, indicó dos con los dedos.

Las dos neveras con puertas de cristal ofrecían 14 marcas distintas de cerveza. Había fermentos alemanes, holandeses, australianos e incluso Coronitas mejicanas, las únicas en botellín. Nunca he bebido cerveza. No me gusta su sabor amargo. Pero tenía entendido que debe tomarse bien fría. Al pedirlas a pares, la segunda difícilmente estará fresca.

Aún no había visto nada. Llegó un joven alto y  pidió “ashera” (diez) y deduje por sus gestos que venía con amigos. El maître debió de ver mi cara de asombro mientras el camarero les servía las 10 latas a él y a su único acompañante. Cinco para cada uno. Perfectamente alineadas junto a sus respectivos vasos.

“Tengo clientes fijos que se toman hasta 10 y 15 cervezas al día; aquí no hay nada que hacer no hay agricultura, no trabajan… es su único pasatiempo”, me explicó entre pícaro y comprensivo. Según sus cálculos, algunos se beben hasta el 80% de su sueldo.

Mi incredulidad inicial dio paso a una enorme pena. En la cultura de la que yo vengo, la gente bebe como parte de la relación social, con la comida o para acompañar la charla. El objetivo no es emborracharse a la mayor velocidad posible. Hay un factor de disfrute. Los omaníes que me rodeaban en Ibri apenas hablaban entre ellos. Pedían, pagaban (les exigen que lo hagan al recibir la consumición) y bebían un vaso detrás de otro como si tuvieran prisa o el mundo fuera a acabarse antes que sus latas.

Más grave aún. Al terminar la ronda, cogían sus coches para regresar a casa, un peligro que trae de cabeza a la policía de tráfico omaní. Algunos diputados lo utilizaron como argumento el año pasado para apoyar una propuesta de ilegalizar el alcohol. Los más conservadores se agarran a que el islam prohíbe su consumo. Pero como puede comprobarse en los vecinos Irán, Arabia Saudí y Kuwait, donde impera la ley seca, eso no sólo no disuade a los bebedores sino que alienta el mercado clandestino. Además, Omán ha hecho una apuesta por el turismo y sus responsables saben que si los hoteles no sirvieran copas, no sólo ganarían menos sino que desalentarían a muchos visitantes.

Si el asunto no fuera tan triste, hubiera titulado este post Ebrios en Ibri.

 

Nizwa, capital árabe de la Cultura Islámica

Por: | 06 de mayo de 2015

Nizwa, en el sultanato de Omán, vive sin fanfarria su año como capital árabe de la Cultura Islámica. Un discreto cartel en los escaparates de los comercios anuncia este título honorífico que celebra la contribución de la ciudad a la cultura, la literatura, las artes y la ciencia desde la perspectiva islámica. En un momento en que lo islámico se asocia con el fanatismo y la violencia de los yihadistas, la elección de esta histórica ciudad omaní resulta especialmente significativa. Nizwa, como el resto del país, se ha convertido en un ejemplo de tolerancia en la región.

Consulta aquí el reportaje íntegro en El Viajero

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Nizwa desde el torreón del fuerte, con el alminar y la cúpula de su Gran Mezquita en primer plano. / Á.E.

 

Allá ellos

Por: | 30 de abril de 2015

 
La zona de comida rápida del Al Faisaliah de Riad se parece a la de cualquier otro centro comercial de la península Arábiga y, si no fuera por las abayas (los batones negros con los que tienen que cubrirse se las mujeres), incluso de cualquier otro lugar del mundo. Entre semana, a la hora del almuerzo, numerosas madres con niños ocupan las mesas con las bandejas compradas en alguno de los puestos de comida rápida que ofrecen desde hamburguesas hasta platos chinos, pasando por fish and chips y especialidades libanesas.

Fast food

Establecimiento de comida rápida en un centro comercial de Arabia Saudí, con mostradores separados para hombres y mujeres./ skyscrapercity.com

En algunos casos, también les acompañan los padres, aunque son menos numerosos. Sólo cuando una se fija con atención se da cuenta de que hay algo raro. En los puestos de comida, mujeres y hombres hacen sus pedidos separados por un panel, tal como exige la segregación que impera en el país. Con todo, es algo más simbólico que otra cosa, ya que una vez en el mostrador unas y otros pueden verse y quienes atienden son todos varones.

Luego, una vez que cada cual tiene su comida, sólo los hombres acompañados tienen acceso a la “zona de familias”. Los caballeros solos deben quedarse al otro lado de un muro, como si estuvieran en cuarentena. No obstante, las mujeres pasan por delante con sus bandejas y media hora después van a cruzarse en los pasillos del centro comercial, donde los jóvenes aprovecharan la menor ocasión para intercambiarse el número de móvil y alguna mirada furtiva.

En algunos restaurantes con ínfulas, las particiones se hacen con tanto estilo que casi pasan desapercibidas. Pero las apariencias engañan. En general, se les reserva a ellos la mejor zona de los comedores, junto a los ventanales, en la planta baja, las terrazas…  Las mujeres no pueden sentarse en una terraza en Arabia Saudí. Ahora que el calor ya aprieta tal vez no importe tanto, pero en invierno…

Por la misma regla de tres, comprensible sólo para mentes saudíes, no hay problema en que sean hombres quienes venden ropa interior y cosméticos a las mujeres (de hecho era la norma hasta hace pocos años) y sin embargo, una vez que en 2011 se autorizó a las mujeres a trabajar como dependientas en ese tipo de establecimientos, su acceso ha quedado vetado a los hombres solos. En esas tiendas, un cartel a la entrada indica “sólo familias”, lo que no deja de ser un eufemismo para alejar mirones.

Y es que a diferencia de los vendedores, que hasta ahora eran esencialmente extranjeros (libaneses, jordanos, palestinos), las nuevas vendedoras son saudíes. Visto desde fuera parece un caso flagrante de xenofobia, aunque tal vez sólo sea otro embrollo generado por la segregación sexual que ha financiado el petróleo.

Resulta difícil explicar por qué hay salas de espera separadas en el consulado, pero todos hacen fila juntos en el aeropuerto, tienen que comer separados en los restaurantes, pero pueden cruzarse en los centros comerciales y otros lugares públicos de los que hasta recientemente se excluía a las mujeres. Mientras tanto, ante esos hombres que las discriminan, las saudíes parecen decir a través de su niqab (el velo facial que sólo deja los ojos al descubierto): “Allá ellos” y siguen adelante avanzando pasito a pasito.

 

Pero, ¿aquí no hay cola de mujeres?

Por: | 29 de abril de 2015

Parece mentira que Arabia Saudí sea el mayor país de la península Arábiga y uno de los más ricos del mundo. Sus infraestructuras no están a la altura. Se han quedado pequeñas y obsoletas. El aeropuerto Rey Jaled de Riad es un buen ejemplo, en especial si se viene desde Dubái. En cuanto llegan tres vuelos a la vez, el control de pasaportes se atasca y las colas se alargan como si estuvieran regalando petróleo en barriles.

Aeropuerto Riad

Sala de espera del aeropuerto internacional de Riad / wordpress.com

Mi vuelo coincide con otros dos procedentes de Pakistán, con varios cientos de obreros que vienen a hacer los trabajos más humildes a cambio de un sueldo de miseria que aún así es mucho más alto que en su país. Al dirigirme a las garitas de inmigración, me coloco instintivamente en la fila donde veo más hombres de negocios. O al menos que van trajeados. También hay alguna mujer, pero bajo las abayas (sayones negros) no se sabe si visten traje o están en ropa interior.  

Un funcionario me pregunta si tengo visado de residencia o si es de una sola entrada. Lo segundo. Entonces, me envía a la otra cola. Aunque son casi igual de largas, la primera corre más porque se trata de personas que entran y salen casi todas las semanas. O trabajan en el Reino del Desierto y tienen a su familia en Dubái para evitarles los rigores de un país con muchas limitaciones sociales. O, si viven en Riad, se van los fines de semana a la ciudad emiratí para respirar y tomar una cerveza (algo prohibido en Arabia). Es domingo por la mañana, el primer día de la semana laboral.

En la otra fila, a quienes estrenamos visado tienen que tomarnos los datos biométricos (huellas dactilares, foto, etc). El proceso se demora y con él la paciencia de los viajeros. Entre los paquistaníes, que sabe Dios cuántas horas de viaje llevarán desde sus pueblos en Waziristán o en Buner, hay algunas familias y los bebés no paran de llorar. Agotados y sin concepto del espacio personal, intentan ocupar el mínimo hueco libre sin respetar el orden.

Una pantalla enorme, da la bienvenida en árabe e inglés y pide a los viajeros que se acerquen a al control de pasaportes. ¡Qué más quisiera yo! Con semejante riada humana resulta imposible. Miro para atrás y me siento afortunada, estoy en el tercio delantero de la cola, aunque eso no evita el agobio.

Me veo estrujada entre la espalda del hombre que me precede y la impaciencia de la familia que va detrás. Primero lanzan al abuelo a ver si me desplaza. Al ver que no lo consiento, son las féminas en tropel las que arremeten. Tocan mi bolso, el maletín del ordenador, el tejido de mi abaya… Es tan obvio que el policía que trata de mantener el orden, les para detrás de mí para dejarme un poco de espacio. Dado que este es un país segregado por sexos, empiezo a preguntarme dónde está la fila para mujeres. No veo letrero alguno. Una pena porque como somos menos, acabaríamos antes.

La familia se queja y el guardia, que había empezado a colar a quienes llevan bebés, deja pasar a los abuelos, pero frena al resto de la pequeña tribu avasalladora. Observo que  junto a la siguiente familia, se cuelan dos mujeres con aspecto occidental. Miro al policía con aire de qué-está-pasando-aquí. Debo de estar cansada (me he levantado a las cuatro de la mañana para coger el vuelo) porque el hombre se apiada, suelta la cinta y me hace gesto de que pase.

Delante de mí, el funcionario de inmigración sonríe y suelta un alegre “Welcome to Saudia Arabia” (¡Bienvenidos a Arabia Saudí!) a dos sorprendidos (y asustados) paquistaníes. Noto que los agentes han sustituido el uniforme verde por la túnica blanca y el pañuelo a cuadros que constituye el traje nacional. Sin duda intentan mejorar su imagen, pero mientras no acaben con las colas hasta logran que eche de menos la segregación…

¿Segregadas con causa?

Por: | 28 de abril de 2015

Quiero viajar a Arabia Saudí, así que me dirijo al consulado de ese país en Dubái. A la puerta, un empleado muy cortés, túnica blanca y pañuelo a cuadros rojos y blancos, inspecciona mi bolso a través de los Rayos X y me pide que silencie el móvil. “¿Viene a pedir un visado?”, me pregunta. Como respondo que sí, me envía a la ventanilla número dos.

Así lo hago y enseguida aparece un funcionario al otro lado a quien entrego mi solicitud. Me pide que espere, lo que hago en uno de los asientos de la sala, junto al resto de los solicitantes. La mayoría parecen hombres de negocios, aunque visten informal, sin corbata, algo comprensible dados los 35º C que hace fuera.

Por mi parte, he añadido una camisa larga sobre el pantalón y la camiseta al recordar el frío que pasé dentro del consulado la última vez. Mantienen el aire acondicionado a temperaturas polares. También he metido en el bolso una shayla, el pañuelo con el que las saudíes se cubren la cabeza, por si acaso. No quiero tener que volver a casa a buscar uno como me ocurrió una vez en el Consulado de Irán. Pero nadie me dice nada.

Llega una chica joven, inglesa por el acento, vestida como una jipi chic de camino a India. Pantalones amplios de lino gris, túnica rojiza y pañuelo a juego. Mientras aguarda su turno, salen de una salita aneja una madre y su hija, que al parecer estaban allí desde antes de mi llegada. Lo hacen alentadas por el marido / padre que no debe de encontrar motivo para esconder a sus chicas cuando la inglesa y yo estamos allí tan campantes.

Entran varias personas más, entre ellos un matrimonio, con aspecto oriental por sus ojos rasgados. Él viste una de esas camisas de hilo típicas del sureste asiático; ella completamente de negro, sólo deja ver el óvalo de la cara y las manos. Se sientan detrás de mí.

Bueno, casi no les da tiempo a hacerlo porque el amable empleado de la puerta empieza a gritar “madam, madam”, y nos envía a todas las mujeres a la salita en la que estaban confinadas la madre y la hija. Ambas sonríen con complicidad. Visten sendas abayas, los batones negros hasta los pies con los que se cubren las saudíes y otras mujeres de la zona, lo que indica que deben de vivir en el Reino del Desierto. “Desde septiembre”, me confirma la señora.

Arabia Saudí es un país que practica una estricta segregación de sexos. Aunque hay momentos que a una se le olvida, siempre hay alguien que le pone en su sitio. Incluso cuando la separación es absurda o poco práctica. Hay que mantener las formas por encima de todo.

El marido se acerca a la salita, que no tiene puerta, pero la hija, una adolescente, le recuerda que si nosotras no podemos estar fuera él tampoco puede entrar. Dentro, además de un aseo de señoras, hay dos ventanillas más, la 6 y la 7, supongo que para atendernos. Pero cuando llega el turno de la joven inglesa, el funcionario se asoma por la 6 y le pide que vaya a la 2, que es donde se gestionan los visados. Lo mismo sucede con la madre y la hija. Y finalmente, conmigo.

A falta de una explicación mejor, deduzco que la segregación de las mujeres en el consulado saudí tiene por objetivo ayudar a los funcionarios a realizar un poco de actividad física durante su jornada laboral. Todos sabemos que pasar tanto tiempo sentados en los despachos es fatal para la espalda.

Las mujeres musulmanas son un pozo de sorpresas. En Occidente estamos muy confundidos con sus velos y su vestimenta que percibimos como extremadamente conservadora. Debajo de esas capas de tela hay a menudo mujeres de rompe y rasga. Por mi trabajo me ha tocado entrevistar a activistas, abogadas, madres coraje y un montón de valientes que no desdirían en ningún lugar del mundo. Pero no estaba preparada para esto.

De acuerdo con una información aparecida en el diario emiratí Gulf News, una mujer ha acudido a los tribunales para pedir el divorcio porque su marido no la satisface sexualmente. Aunque el periódico no facilita datos sobre la nacionalidad de la demandante, se deduce que se trata de una musulmana porque ha presentado su demanda en el Tribunal de la Sharía de Dubái.

Dubai+Courts

Edificio de los tribunales de Dubái.

La esposa insatisfecha asegura que su marido sólo puede mantener relaciones sexuales con ella “tres o cuatro veces a la semana", lo que a ella le parece “insatisfactorio”. Aunque a tenor de un reciente artículo publicado en este periódico debería darse con un canto en los dientes ya que “por término medio, los hombres casados de menos de 65 años responden en las encuestas que mantienen relaciones sexuales una vez a la semana”. Y eso si hay suerte porque el autor asegura que la realidad puede ser menos animada. Claro que los estudios en cuestión se refieren a Estados Unidos y aquí estamos en la península Arábiga.

Interrogada por el juez, la buena señora respondió que deseaba a su marido “dos o tres veces al día”, algo que al parecer a él se le hace muy cuesta arriba. Así que como no logró un arreglo satisfactorio con él (el periódico no desvela en qué sentido), optó por llevarle a los tribunales y solicitar un divorcio por daños. Con un par.

Realmente hay que ser muy osada, o estar muy harta, para lanzarse a pedir un divorcio en tierras del islam. Mientras que para ellos se trata de un procedimiento directo y sin complicaciones, las mujeres tienen que demostrar que existe maltrato físico o emocional, fracaso en cumplir el propósito del matrimonio, infidelidad o incapacidad del marido para mantener a su familia.

Es posible que la demandante haya intentado agarrarse a la segunda causa, pero incluso así ello le obliga a exponer su vida sexual ante un tribunal en el que previsiblemente los hombres son mayoría, una situación bastante embarazosa en un entorno en el que esos asuntos rara vez salen del ámbito privado. 

De momento, el juez le ha dicho que mantener relaciones sexuales (sólo) tres o cuatro veces a la semana no le parece dañino y que resulta un motivo insuficiente para obtener el divorcio; además, le ha sugerido que se someta a un tratamiento médico. Ella se ha negado y ha pedido que sea su marido el que se someta a un examen. Así que el tribunal ha referido al demandado a un centro médico para que confirme que está en perfecto estado de revista y es capaz de satisfacer a su mujer. El juicio continuará entonces.

Dubái se queda sin nombres para sus proyectos

Por: | 16 de febrero de 2015

Los nombres son importantes. No sólo los de las personas, sino también los de las cosas. Especialmente cuando se trata de algo nuevo y que tiene que comercializarse. Nos lo recuerda a diario la publicidad. Un nombre evocador, atractivo, con gancho, logra que nos interesemos más por los productos. De ahí el recurso a denominaciones exóticas para perfumes que quieren convencer al usuario de su capacidad de seducción. O la elección de palabras de ensueño para bautizar edificios, urbanizaciones y centros de ocio.

Pocos lugares para comprobarlo como Dubái. Una barriada de rascacielos de reminiscencias soviéticas y calidades de vivienda de protección social, se llama Jumeira Beach Residence (Residencia de la Playa de Jumeira). Las obras que durante meses torturan a los sufridos residentes se llevan a cabo “to enhace your experience” (para que usted disfrute más), aunque el resultado sea dudoso. Y la prohibición de sacar a los perros se anuncia con un rebuscado “le agradecemos que no traiga a su mascota a este paseo”.

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El nuevo logo de Dubái, en el que el nombre de la ciudad puede leerse tanto en árabe como en letras latinas.

En una ciudad en que todo es icónico, sofisticado, sin paragón y, por supuesto, exclusivo, un error en el nombre puede ser fatal.  Pero llega un momento en que se agotan las Olas, Sueños, Riveras y Paraísos, de los que echar mano. O al menos eso parece estar sucediendo en el emirato a la vista de los últimos incidentes de los que se ha hecho eco la prensa local.

El penúltimo delirio megalómano de esta metrópolis que nunca para de crecer, una isla artificial sobre la que se planea construir la mayor noria del mundo, ha chocado con ese problema. Su promotor, Meraas Holding, había elegido el nombre de Bluewaters (aguas azules) para el proyecto que incluye viviendas, hoteles y zonas comerciales, además de la citada atracción de 210 metros de altura. Pero al parecer esa bonita designación tiene dueño.

Es lo que opina Land Securities Group, el principal inversor inmobiliario del Reino Unido y propietario del centro comercial Bluewater en el condado británico de Kent, al sureste de Londres. Esa empresa, que al parecer había registrado ese nombre en Emiratos Árabes Unidos (uno de los cuales es Dubái), ha presentado un recurso en la Oficina de Propiedad Industrial para impedir que Meraas lo utilice para su isla, según ha informado Bloomberg.

El asunto no dejaría de ser una anécdota si no fuera el segundo caso que se le presenta a la compañía emiratí en una semana. Pocos días antes, The National contaba que los abogados de Boxpark, un centro comercial montado con contenedores de transporte en Londres, han escrito a Meraas advirtiéndole de que está violando sus derechos de propiedad intelectual al utilizar la denominación Box Park para su anunciado distrito de compras y restaurantes en Al Wasl, una céntrica zona de Dubái.

Dado que hasta 2020, fecha en la que Dubái va albergar la Exposición Universal, hay una larga lista de proyectos pendientes, tal vez haya llegado el momento de convocar un concurso de nombres atractivos y originales para que no choquen con otros ya existentes. 

Sin palabras

Por: | 05 de febrero de 2015

Así es como muchos nos quedamos tras conocer el brutal asesinato del piloto jordano a manos de los bárbaros del Estado Islámico, califato o como quiera que llamen a su tiranía. Si pensábamos que las decapitaciones eran el culmen de su crueldad, estábamos equivocados. Al igual que antes con el atentado a Charlie Hebdo, no hay palabras para describir la rabia y el asco que producen esas atrocidades. Las ideologías, las opiniones, pueden debatirse. Pero no hay ideología ninguna detrás de esa máquina de convertir la muerte en propaganda de sus aberraciones.

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A raíz de la matanza de París, politólogos, diplomáticos y periodistas volvimos a analizar el por qué del yihadismo. La campaña de Afganistán, la invasión de Irak, la financiación saudí de la interpretación más oscura del islam,  la falta de integración de los musulmanes europeos… Resulta ser una enfermedad con muchas causas. Ninguna sin embargo puede justificar el tormento que las huestes del EI y sus seguidores infligen a sus víctimas (las conocidas como el piloto jordano y las desconocidas como los miles de iraquíes y sirios a los que subyugan). Porque no nos engañemos, quienes difunden y jalean esos vídeos macabros son tan culpables como los asesinos.

Está bien que líderes religiosos musulmanes se hayan unido a la condena. Pero no hace falta ser musulmán, ni cristiano, ni budista, ni de ninguna religión en particular, para denunciar la barbarie. No hay humanidad en quitar la vida a otro ser humano, salvo en casos extremos de legítima defensa. No hay ley humana ni divina que condone el castigo a un individuo por los males reales o percibidos que haya podido causar su Gobierno o cualquier otra institución de su país de origen. La violencia deslegitima la causa de quienes recurren a ella.

Y una vez que nos hemos desahogado ¿qué hacemos para combatir esa ponzoña? Ojalá lo supiera. Ojalá lo supiera alguien. Porque hasta ahora ninguna de las fórmulas parece haber dado resultado: ni las intervenciones militares que lidera EEUU, ni el ojo avizor de los servicios secretos occidentales, ni los programas de reinserción saudíes, ni la represión de las autocracias árabes… Tal vez hayan evitado ataques concretos, pero no la perversa atracción que la violencia ejerce sobre algunos seres ¿humanos?

No, no tengo la solución, pero estoy convencida de que responder con la venganza sólo alimentará el círculo de odio y de la muerte.

 

No es el velo, estúpido

Por: | 29 de enero de 2015

Me ha sorprendido el follón que se ha montado en la prensa estadounidense a raíz de que Michelle Obama acudiera con la melena al aire a la audiencia con el nuevo monarca saudí, el rey Salman, en Riad. No sé si se trata de desconocimiento, o de una distracción para evitar el asunto clave de que EEUU, como el resto de los países, occidentales o no, relegan los derechos humanos a sus intereses económicos, políticos o de defensa. ¿Cómo querían que fuera? ¿Disfrazada de monja de clausura?

Michelle

Michelle Obama, durante la visita al rey Salman de Arabia Saudí, el pasado martes. / elpais.com

Para empezar, la elegante señora Obama no ha hecho nada que no hicieran sus predecesoras. Tanto Laura Bush como Hillary Clinton acudieron descubiertas a las citas que sus maridos presidentes tuvieron con el anterior monarca saudí, el ahora fallecido rey Abdalá. Descubiertas también se entrevistaron con sus interlocutores reales la propia Clinton como secretaria de Estado y, antes que ella, Condoleezza Rice y Madaleine Albright (aunque en una ocasión, ésta aterrizó en Riad con un sombrero tejano). Lo mismo puede decirse de otras dignatarias extranjeras como Angela Merkel o Ana Pastor. Nada novedoso pues.

Es cierto que la imagen contrasta con las habituales figuras de las mujeres saudíes, vestidas de negro de la cabeza a los pies, incluido el rostro. Pero en contra de lo que han dicho algunos comentaristas, no hay ninguna norma islámica que obligue a las mujeres a llevar velo en público. Hace muchos años que mis amigas musulmanas me enseñaron que el Corán, el único texto sagrado en el que todos los seguidores el islam están de acuerdo sean de la rama que sean, pide a los musulmanes, hombres y mujeres, que se vistan “con decoro”.

Cómo se ha trasladado eso a la calle, varía enormemente de Marruecos a Filipinas y de Chechenia a Irán (el único país que obliga a cubrirse por ley a todas las mujeres en su territorio, al margen de religión y nacionalidad). A menudo, tiene más que ver con las costumbres (y la climatología) locales que con precepto religioso alguno. En la península Arábiga, el sayón y el velo negros, conocidos como abaya y shayla, son más fruto de los usos sociales que de imposición doctrinal alguna. En cualquier caso, esas normas no obligan a las extranjeras no musulmanas.

Otra cosa es que las residentes en el reino se sientan presionadas por la policía moral o vecinos excesivamente puritanos. En general, residentes y visitantes se bandean con la abaya y sin necesidad de cubrirse la cabeza. Aunque en eso también hay diferencias, según las regiones. En Yeddah, la sociedad es más abierta que en Riad, e incluso las saudíes se sienten suficientemente cómodas para cambiar el negro por colores más vistosos y, en ocasiones, olvidar el pañuelo sobre los hombros.

(A esta corresponsal, nadie le pidió que se tapara la cabeza cuando en entrevistó al príncipe Saud al Faisal, el veterano ministro de Exteriores, ni siquiera cuando hizo lo propio con el rey Abdalá).

Tampoco es cierto que Michelle haya causado “indignación” en Arabia Saudí por no cubrirse el pelo. Los 1.500 tuits que según The Washington Post generaron los hashtags en árabe #Michelle_Obama_indecorosa y #Michelle_Obama_SinVelo resultan anecdóticos en un país donde  el año pasado se generaron una media de 150 millones de tuits mensuales. En realidad no había motivo de agravio. Si algún mensaje transmitió el atavío de la primera dama fue de respeto hacia sus anfitriones. La elección de un pantalón negro flojo, una camisola azulona y una levita a juego hasta las rodillas era sin duda recatada frente a los vestidos de cuerpos ajustados y escotes que dejan al aire brazos y hombros a los que es aficionada.

El comentario de que Michelle sí utilizó un pañuelo en Indonesia, olvida que lo hizo para entrar en una mezquita, no en un palacio. También en la catedral de Santiago de Compostela, entre otras, un cartel recuerda que no debe accederse al recinto con pantalones cortos o camisetas de tirantes. Al fin y al cabo, visitar un templo es una opción.

Obsesionados con el tópico, algunos medios incluso cayeron en la creciente, y peligrosa, tendencia a confundir la actividad en las redes sociales con lo que ocurre en la realidad. Sólo así se explica que dieran credibilidad a un montaje en YouTube que aseguraba que la televisión estatal había difuminado la imagen de Michelle Obama, algo que se probó falso.

Aún así, fue evidente que algunos de los participantes en la recepción no dieron la mano a la primera dama. Eso tampoco es algo nuevo en el Reino del Desierto ni significa necesariamente un rechazo a su presencia. Los piadosos musulmanes más estrictos, tanto hombres como mujeres, rehúyen el contacto físico con el otro sexo. Por más que choque con los usos occidentales, hay que evitar sacarlo de contexto, en especial si el interlocutor (o la interlocutora) hace un gesto de deferencia hacia la otra persona, tal vez inclinando la cabeza o llevándose la mano derecha al corazón.

En mi opinión, ni la melena descubierta de Michelle Obama supuso una  “atrevida declaración política”, ni la primera dama estadounidense hizo nada por las saudíes, como le han aplaudido algunos observadores, entre ellas Pilar Rahola. Por el contrario, el barullo mediático está eclipsando el hecho de que la vestimenta es el último de los problemas de las saudíes (y del resto de las mujeres que viven en países cuyos líderes utilizan el islam para limitar las libertades de sus ciudadanos).

Mucho más grave es el sistema de tutela, que en el reino y en distinta medida también en el resto de los países de la península Arábiga, convierte a las mujeres en eternas menores dependientes de por vida de la voluntad de un varón, el padre, el marido, el hermano y, a veces, hasta un hijo pequeño. Además, las leyes de familia limitan su derecho a la herencia (sólo reciben la mitad que sus hermanos), al divorcio o la custodia de los hijos. Mientras no consigan la igualdad legal con sus compatriotas hombres, hablar de velos y vestidos no dejara de ser una distracción. 

Mi encuentro con la Señora Solís

Por: | 18 de diciembre de 2014

El trabajo de corresponsal le prepara a una para los encuentros más variopintos. En mi caso, he entrevistado desde mendigos hasta jefes de Estado, pasando por señores de la guerra afganos, cultivadores de droga (también en Afganistán), jefes de milicias (en Líbano e Irak), defensores de los derechos humanos (en Irán y Arabia Saudí), víctimas de la tortura y mujeres valientes (en todos los países). Sin embargo, nunca antes había tenido ocasión de acercarme a la alfombra roja. Así que cuando Mabel Galaz, la responsable de Gente, me llamó para pedirme que entrevistara a Eva Longoria, tuve un momento de perplejidad.

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Eva Longoria durante su visita a Dubái / Á. E.

¿Por dónde empezar? Todo lo que sabía de ella se limitaba a su actuación en la serie Desperate Housewives, que en español se tradujo como Mujeres Desesperadas. Me aficioné a las series cuando vivía en Irán.  Entre los paquetes de DVD que me llevaba a la vuelta de vacaciones estaban las andanzas de las vecinas de Wysteria Lane que, en contraste con el pestiño de la televisión local iraní, me resultaron de lo más entretenidas. No estoy segura de que hoy pensara lo mismo. En cualquier caso, la Señora Solís (Eva Longoria) y sus amigas (a veces, enemigas) me hicieron pasar buenos ratos.

Para mi sorpresa, la americano-mexicana, orgullosa de sus raíces hispanas, es mucho más que una cara bonita al servicio de la historia de turno. Preparando la entrevista, descubrí su lado solidario y de activista de los derechos de los latinos. Empezó a interesarme.

Longoria no venía al Festival Internacional de Cine de Dubái a presentar una película o lucir palmito, sino a presidir una gala benéfica para recaudar fondos para varias fundaciones, entre ellas la suya propia, que se dedican a ayudar a los niños en los países en vías de desarrollo.

Lástima que en esta región del mundo se practiquen más las relaciones públicas que el periodismo. Las encargadas de la promoción y difusión de la visita me pidieron las preguntas de antemano, algo que en lo que me concierne sólo avanzo a los jefes de Estado, luego me dijeron que las cambiara y me ciñera al motivo de su visita y, finalmente, y se disculparon con un “no tiene suficiente tiempo”. Me hicieron pensar que la actriz era una diva extravagante y con poca cintura para encajar el escrutinio público que, en su profesión, una asume que va en el sueldo.

Nada más lejos de la realidad. Longoria, a la que todo el mundo (incluidos los fotógrafos) llamaba Eva con una familiaridad que no es habitual en mi terreno, resultó ser bastante accesible, muy profesional en su trato con los reporteros y dispuesta a hablar de lo divino y lo humano sin pillarse los dedos. Cuando una periodista iraquí, le preguntó qué pensaba del islam y de las mujeres árabes, la actriz señaló que como americana de ascendencia mejicana sabe lo que es sentirse juzgado por los orígenes étnicos o culturales.

Y en un tono más ligero añadió: “Las mujeres árabes son las más guapas del mundo”. Casi nada viniendo de alguien que ha sido considerada una de las Personas Más Bellas (en 2003), la Estrella Femenina Más Atractiva (en 2005 y 2006), una de las Mujeres Más Sexy (en 2008) y la Más Bella a Cualquier Edad (en 2012).

Cierto que todos esos títulos no le han servido para conservar a sus dos maridos el actor Tyler Christopher, con quien estuvo casada de 2002 a 2004, y el jugador de baloncesto francés Tony Parker, de quien se divorció en 2010, después de tres años de matrimonio, debido a sus infidelidades. Pero de eso no habló durante su estancia en Dubái.

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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