Ángeles Espinosa

Café Mokka

Por: | 05 de octubre de 2011

08 Sanaa R

A menudo cuando se informa de un conflicto en un país lejano, llega una carta al director o un mensaje al email en el que algún residente allí cuestiona los intereses del periodista. “Dice usted que las protestas tal y tal. Yo vivo aquí tranquilamente con mi familia y hemos seguido saliendo por las noches y yendo a la playa el fin de semana…” o algo similar. Me pasó cuando estuve en Bahréin. Las realidades suelen ser poliédricas. No me sorprendió.

Inicié mi carrera como corresponsal en Beirut, en los últimos años de la guerra civil. Tras desayunar, el que luego sería mi marido y yo solíamos asomarnos por la ventana de la cocina y si veíamos mucho humo en los barrios del sur, cogíamos un taxi y nos íbamos a ver cómo estaba la guerra que entonces libraban las milicias de Amal y Hezbolá. Si se nos hacía tarde, en vez de regresar a comer a casa, parábamos en alguno de los restaurantes de la calle Hamra. Y después de haber enviado nuestras crónicas, no era inusual que nos fuéramos a cenar y al cine a Jounieh.

Entre bombardeos y coches bomba, aprendimos que incluso en un lugar en guerra la vida sigue, la gente se enamora y hasta se forman familias. Los jóvenes libaneses salieron de los sótanos de uno de aquellos periodos duros bailando la lambada. Era la música del momento y la ponían por la radio, la única distracción cuando llovía artillería pesada.

Es cierto, las crónicas no cuentan toda la verdad. No pueden hacerlo. Setenta líneas dan para mucho, pero no para tanto. Lo que se relata es lo disonante. Las guerras. Las matanzas. Los desastres naturales. El desplome de la bolsa. Sólo en medio del caos destacan las buenas noticias. Un gesto humano o de simple normalidad. Que usted o yo nos levantemos, vayamos al trabajo o tengamos una pequeña discusión con un vecino, no es noticia salvo que vivamos en un lugar dislocado en el que tales hechos resulten heroicos.

Así que voy a confesarles que también aquí en Saná, la capital de este vapuleado país que es Yemen, hay oasis de tranquilidad, donde los disparos suenan lejanos y las rencillas tribales se dejan a la puerta. Hablo del Café Mokka, en el barrio acomodado de Haddah. Acomodado para estándares yemeníes, se entiende. En cualquier ciudad europea de provincias, e incluso en la mayoría de las capitales árabes, sería un barrio normal de clase media, incluso un pelín desastrado.

El jardín del Mokka no lo está. Y bajo sus sauces, resguardados de las miradas indiscretas por un alto muro de piedra, los jóvenes yemeníes de clase media-alta y los pocos occidentales que aún permanecen en Saná, encuentran un rincón para la intimidad o la charla sosegada. Es otro mundo. Alejado del ruido del tráfico y del polvo de las calles.

Bueno, pues el viernes pasado, después de escribir mi crónica, me fui al Mokka donde tenía una cita con una joven activista por el cambio. Y algo muy yemení: quien nos presentaba era el sobrino de un ministro que también prometía ayudarme a acceder a algún miembro del Gobierno. No veía ninguna contradicción ello. Unos y otros son su país. Mientras hablábamos sobre el estado de la revolución, como aquí llaman a la revuelta popular, otros activistas se afanaban sobre sus portátiles aprovechando la conexión wifi que ofrece el local. También nos saludó el ministro de Trabajo que se sentó en una mesa cercana.

Por un momento, me olvidé de las rencillas políticas, de la pobreza, del terrorismo islamista, de la falta de agua y del resto de los problemas que plagan esta nación tan paupérrima como hermosa. Es verdad que los parroquianos pertenecían a la élite del país, pero si gobernantes y activistas podían compartir civilizadamente aquel pequeño jardín ¿no podrían hacer lo mismo en el espacio más amplio que es Yemen?

Hay 5 Comentarios

Hola, me encantan estos artículos, cómo escribes y tu forma de hacer periodismo. Tengo cierta relación con el Yemen pues tengo familiares allí y en alguna forma me tranquiliza leerte pues la prensa como bien dices suele poner la noticia en lo espeluznante que es lo que más vende.

Un millón 200 mil chorrocientas felicidades por el artículo. Me ha encantado, imagino que ahora con más espacio en las páginas de El País -aunque sea un blog-, podremos disfrutar de más crónicas tuyas.

Saludos, Carlos, periodista mexicano

Despues de seis meses en Yemen tiene razón que las cosas parecen tranquilas, pero recordar que el 3 de Julio yo y seis compañeros más nos pasamos en el bunker de casa desde la una de la tarde hasta las nueve de la noche con los cristales a punto de estallar y bastante angustiados. Sé que los Yemenís se sigen casando pero una vuelta por Hasaba el 10 de Junio te ponía los pelos de punta de la violencia que allí había tenido lugar. Se parecía a Monrovia en sus mejores tiempos (en el mal sentido, se entiende). Por último compartir con ustedes que no es plato de buen gusto ver en Aden a un vehículo bomba hacer explotar a un tanque del ejército y ver morir instantaneamente a 11 personas. No, no es agradable.
Por último reconocer que el café Moka en Hadja es un sitio para extranjeros o bien los hijos de Papa del Sr. Ali Mohsen, Al Ahmar y sus hermanos y otros personajes Yemenis por el estilo. Sus precios y ambientes no están muy al alcanze de la mayoria de Yemenís. Además estoy seguro de que no dejan mascar Qat.
Pero en general estoy de acuerdo con su analisis de como se vive un conflicto en los medios de comunicación: distanciado de la realidad.

Excelente artículo. Es verdad que los artículos de prensa están cargados de títulos de atentados y matanzas y cifras de muertos y heridos. Y, por supuesto, esta no es toda la realidad de los países. Cuando miramos a lo cotidiano, la vida diaria, todo cobra más sentido, porque en el día a día es donde se crean los significados que la gente da a lo que ocurre a su alrededor, negocian su postura en ella y perciben a los demás. En cuanto a los parroquianos del Mokka café, la mezcla de ciudadanos clase media y alta con la élite del gobierno me ha recordado mucho al excelente artículo de Lisa Wedeen "The Politics of Deliberation: Qat Chews as Public Spheres in Yemen", donde nos muestra que cada sociedad tiene su manera de crear espacios donde dialogar con el poder. En un país como Yemen, donde muchos no ven ni un asomo de sociedad civil, es de lo más revelador (aunque se echa en falta la presencia de la mujer). ¿Quién hubiera dicho que un café a la hora del qat puede acoger debates en los que gran parte de la sociedad está representada? No sé cómo será la realidad ahora...

Estupenda nota sra. Espinosa. Es cierto, la realidad es inasible en su totalidad, pero usted como periodista esta alli para relatar los hechos extraordinarios que suceden en Yemen en estos momentos, lo otro, lo llevadero de la vida diaria lo imaginamos los lectores asiduos de diarios, gracias.

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Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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