Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

Damasco a mi aire

Por: | 29 de noviembre de 2011

Al salir del aeropuerto, Maher, el joven que me vende la tarjeta sim para el móvil, asegura que todo está tranquilo en Damasco. “Hay algunas manifestaciones ilegales en las provincias, pero los temores que han acabado con el turismo son fruto de la exageración de los medios extranjeros”, asegura. No me atrevo a decirle que soy periodista. El taxista repite la misma canción. No da crédito a mi presencia. Hace meses que no coge a un extranjero. Para evitar suspicacias, respondo que he venido a Siria por “cuestiones de trabajo”. No me gusta mentir sobre mi profesión, pero tampoco quiero asustarle.

Aprovecho el trayecto hasta el hotel para hacer las primeras llamadas. En contra de lo que podía esperar tras la insistencia del Consulado sirio en Dubái para que me ponga en contacto con el Ministerio de Información “nada más llegar”, los funcionarios se toman en serio el fin de semana (aquí jueves y viernes) y no me han citado hasta el sábado a las diez. Así que tengo 36 horas para ver Damasco a mi aire. O eso pienso yo.

Desde la primera cena descubro dos cosas: Una, que sea lo que sea que esté pasando en país, los sirios han roto el muro de silencio; nunca antes había oído a ninguno de ellos expresar sus opiniones con tanta libertad dentro del país. Es la primera vez que las críticas al poder dejan de ser veladas, que oigo llamar “mentirosos” y “ladrones” a los dirigentes, aunque sea en voz baja. La mayoría me pide, eso sí, discreción. Aún no las tienen todas consigo y saben que el régimen sigue teniendo apoyos y, lo que es más importante, el aparato de seguridad de su parte.

Incluso en el Ministerio de Información hay funcionarios que señalan errores, falta de diligencia en las reformas… “Claro que podemos criticar al Gobierno, incluso al Partido [Baaz]; la línea roja es el presidente”, me asegura uno de ellos. El presidente, y su familia, pienso yo. No sé si es más arriesgado criticarle a él o a su hermano pequeño, Maher, que dirige la Guardia Republicana y la Cuarta División Acorazada del Ejército, a las que se atribuye la represión de las actuarles protestas. También parece intocable su primo Rami Makhlouf, a quien el +Financial Times+ atribuye el control del 60% de la economía siria. No digo nada a mi interlocutor para no ponerle en un aprieto.

La segunda impresión, que como la anterior se iría ratificando en los siguientes días, fue que Siria se encuentra profundamente dividida, tal como relaté en mi primera crónica desde Damasco. No obstante, ante el blanco y negro a que a menudo nos condenan los titulares, la cuestión es más compleja que un mero “a favor y en contra del Gobierno”. Eso es sin duda lo que se ve en las manifestaciones. Lo que no se ve es la mayoría silenciosa, tan harta del régimen como temerosa de los cambios que puede traer su desaparición. Intenté recoger sus miedos en otra crónica.

Esa polarización se traduce en una guerra mediática casi tan fuerte como la que enfrenta a manifestantes y fuerzas de seguridad en las calles de diversas localidades sirias. Ya desde mi visita a la Embajada de Siria en Madrid a mediados de septiembre tuve un avance de ella. Si los opositores cuelgan en la red vídeos durísimos de la represión, el régimen contraataca con DVD de contenido no apto para todos los públicos. El embajador Aala me dio el primero de una serie que al final de mi visita a Siria supera la veintena. Lo confieso: No los he visto todos. No tengo estómago.

De nuevo, me enfrento a un difícil dilema profesional. No tengo forma de comprobar la veracidad de los DVD. Tampoco de los vídeos difundidos por la oposición. Consulto con sirios y residentes extranjeros en Damasco. Las noticias no son alentadoras. La represión ha radicalizado las protestas: algunos manifestantes empiezan a armarse, los desertores del Ejército también disponen de armas, hay extremistas que ante la desigualdad de medios recurren al secuestro y la violencia sectaria. Para complicar las cosas, grupos con intereses distintos y distantes de la lucha contra la dictadura están aprovechando el totum revolutum para sacar partido. El régimen puede así aducir que lucha contra contrabandistas y maleantes de todo pelaje. Pero ¿no era Siria un estado policial donde nadie se movía sin el beneplácito de los servicios secretos?

Quiero preguntar a Buthaina Shaaban, la elocuente portavoz del presidente Bachar el Asad, por qué no han detenido a los responsables de las infiltraciones y el tráfico de armas que denuncian. Me iré sin obtener respuesta a mi solicitud de entrevista. Son las negativas y las restricciones de movimiento que impone el régimen sirio las que hacen buenas las palabras del arzobispo Desmond Tutu:

                               “It is my conviction that if we are neutral in situations of injustice, we have chosen the side of the oppressor. … The world must learn about respect, listening and forgiveness.” (Algo así como: “Estoy convencido de que si somos neutrales frente a las injusticias, nos ponemos del lado del opresor… El mundo debe aprender a respetar, escuchar y perdonar”.)

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Trinchera alrededor de la ciudad de Homs, que las autoridades no permiten visitar a los periodistas. / Á.E.

La última noche que paso en Siria, un amigo me invita a la Fiesta Nacional de Líbano. Está allí el +todo Damasco+. Mi amigo, un ex alto cargo del régimen, me presenta a dos señores, pero antes de que pueda decirme quiénes son, alguien requiere su atención y se da la vuelta. “¿Y ustedes a qué se dedican?”, inquiero cortésmente. Uno me dice su cargo, pero el segundo se ríe mientras cuchichea algo en árabe que no logro entender. Ante mi curiosidad, el segundo, traduce: “Se ocupa de su seguridad. Ha sido su ángel de la guarda dos de los días que ha estado usted en el hotel X”, un detalle que yo no les había facilitado. Más sorprendida por la admisión que por el seguimiento, balbuceo “ah, pues gracias” y me doy cuenta que el “a mi aire” ha sido relativo. Cruzo los dedos por los amigos con los que me he encontrado.

Bienvenida a Siria

Por: | 28 de noviembre de 2011

“Bienvenidos a Siria. Acabamos de aterrizar en el aeropuerto internacional de Damasco”, anunció la azafata sin causar ningún efecto perceptible en el pasaje. A diferencia de cuando volaba a un Beirut sumido en la guerra civil a finales de los años ochenta del siglo pasado, no noté muestra alguna de inquietud entre el resto de los viajeros, en su mayoría sirios. Si tenían miedo, lo disimulaban bien. Al descender del avión, todo parecía normal.

La pasarela permitía una vez más el viaje en el tiempo. Porque viajar a Siria es como echar el reloj 40 o 50 años atrás en algún país mediterráneo. Excepto que la modernidad se ha filtrado en forma de móviles, ordenadores y pantallas parabólicas y el país ya no está aislado como sucedía en los tiempos de Hafez el Asad, el padre de Bachar, el actual presidente.

Luego estaban los detalles. Para un gobernante que hizo causa de reducir el culto a la personalidad que rodeó el mandato de su progenitor, me sorprendió que hubiera tantas fotografías de Bachar en el aeropuerto. En las cabinas del control de pasaportes, en las puertas, en las paredes… No eran retratos enmarcados y formales, sino pósters pegados con cinta adhesiva deprisa y corriendo, no sé si para reforzar su imagen entre los empleados del aeropuerto o para transmitir el apoyo de éstos a los visitantes.

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--¡España! ¿Trae visado?, me preguntó el policía.

--Sí, aquí está, respondí mientras le mostraba el sello que tanto me había costado conseguir.

--¡Ah! ¿Es periodista?, exclamó alarmado, mientras me hacía gesto de que le acompañara.

Antes de llegar a la oficina de su jefe, me llama la atención la fotocopia ampliada de una viñeta en la que un monstruo con la bandera de EEUU sopla sobre unas pequeñas figuras que representan a los palestinos y otros árabes. El jefe, tres estrellas sobre el galón, sestea en un sofá frente a la televisión. Sin dirigirme la palabra hojea varias veces mi pasaporte. De atrás hacia adelante y de adelante hacia atrás.

--Fi mushkila? (¿Algún problema?), inquiero temiendo que durante mi vuelo las autoridades hayan cambiado de opinión.

--Mafi mushkila (no hay problema), responde sin explicarme a qué debo el honor de su compañía. Al poco, aparece otro agente que se lleva mi pasaporte.

Siria nunca ha sido un país fácil para los reporteros. En la época de Hafez, no sólo era difícil obtener el visado sino que una vez en el país, la seguridad apenas permitía moverse. En los hoteles, había que pedir la conferencia por operadora cuando en el resto del mundo hacía muchos años que se usaba la marcación automática. Los clicks metálicos en la línea presagiaban un intento de control rayano en lo ridículo. Aún recuerdo la ocasión en que un compañero que trabajaba para la Cadena SER estaba grabando una crónica y una voz le interrumpió con un “más desbacio bor favor”, en castellano con fuerte acento árabe.

Pero todo eso había cambiado con Bachar. O eso creíamos. Al poco de suceder a su padre en la presidencia en el año 2000 (un caso de república hereditaria cuyo único precedente era Corea del Norte), se autorizaron los teléfonos móviles, se instalaron cajeros automáticos y se promocionó Internet en un intento de que el país se pusiera al día con el resto del mundo. Los jóvenes sirios se entusiasmaron. Incluso por un breve lapso de tiempo se permitieron los debates políticos iniciados por Riad Seif, un parlamentario no baazista. Fue la llamada “primavera de Damasco”. Duró poco. Lo que tardaron en encarcelar a Seif.

Desde entonces, las ansiadas reformas de Bachar han sido más bien un zigzag irregular destinado a asegurar su supervivencia política. Cuando en mayo de 2001 le entrevisté por primera vez junto al entonces director de EL PAÍS, Jesús Ceberio, salí con la impresión de que el joven presidente (apenas 36 años) especializado como oftalmólogo en Londres, tenía buenas intenciones, pero se enfrentaba a la vieja guardia heredada de su padre. Tres años después Ceberio y yo volvimos a entrevistarle. Le mencionamos que había defraudado las expectativas de democratización de muchos de sus ciudadanos.

Las reformas, nos dijo, “no sólo van despacio, sino que a veces van marcha atrás”. Fue un arranque de sinceridad inusual en un autócrata, pero una vez más buscó la coartada en la situación regional, entonces agravada por la ocupación estadounidense de Irak. “Nuestros problemas cotidianos relegan a un segundo plano esas reformas. La prioridad ahora es la seguridad”, justificó. Después de que su aliado Hezbolá saliera victorioso de la guerra contra Israel en 2006, Bachar utilizó su popularidad regional para lanzarse a recuperar el terreno internacional perdido a raíz de que se vinculara a su país con el asesinato del primer ministro libanés Rafic Hariri el año anterior.

Incluso logró el respaldo suficiente para acoger la cumbre anual de la Liga Árabe en 2008, la primera vez que reunía en Damasco. Pero, llegado el momento, la ausencia de los jefes de Estado de Arabia Saudí y Egipto puso de relieve la marginación siria respecto a los pesos pesados árabes, alineados con EEUU. Para 2010 había regresado el embajador estadounidense y la Administración Obama intentaba tender puentes. Ese mejor clima, permitió a la vez un auge del turismo y Siria alcanzó un récord de ocho millones de visitantes. Sin embargo, bajo esa cara amable de país acogedor y abierto, los derechos políticos de sus ciudadanos seguían olvidados.

Afortunadamente, el Ministerio de Información no se olvidó de informar de mi llegada a la policía de fronteras y, tras 20 minutos, el agente reaparece con el pasaporte.

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--Ahlan-wa-sahlan (Bienvenida), dice al entregármelo.

En la sala de llegadas, un cartel en inglés repite el mensaje: Welcome. ¿Seré realmente bienvenida?

¿Misión imposible?

Por: | 17 de noviembre de 2011

Estoy a punto de iniciar una de las coberturas más arriesgadas de mi carrera periodística. No me refiero al peligro físico que habitualmente se asocia con el trabajo de los reporteros en zonas de conflicto. En esta ocasión se trata de un reto profesional y moral. Después de dos meses, acaban de concederme un visado para viajar a Siria. En cualquier otro momento, la idea me hubiera llenado de ilusión pues Damasco es mi ciudad árabe favorita. Hoy, me preocupa. Desde marzo, los vientos de cambio de la ‘primavera árabe’ han alcanzado las puertas de la antigua capital de los omeyas y el país se está fracturando por las líneas sectarias que hasta ahora mantenía a presión el régimen que Bachar el Asad heredó de su padre.

Todo lo que sabemos de la brutalidad con que se están reprimiendo las revueltas procede de fuentes de la oposición. No hay testigos independientes porque las autoridades han cerrado el país a la prensa internacional y sólo conceden visados con cuentagotas. El mío es para cinco días y desconozco si voy a poder moverme libremente como en los últimos viajes cuando entrevisté al presidente Bachar o cubrí la cumbre de la Liga Árabe.

Protestas antigubernamentales en Siria / Foto: FPEl problema es que esta vez no va a valerme el lema que siempre me ha guiado: “Abre los ojos y cuenta lo que ves”. Sé de antemano que lo que se ve en Damasco no es lo que pasa en Siria y que, por mucho que abra los ojos, encontraré parapetos en todas las direcciones. También que ante los conflictos, las opiniones se polarizan y los matices se difuminan. Me ocurrió durante la invasión estadounidense de Irak, cuando hubo quien me acusó de “pro iraquí” (sic) por recoger testimonios de iraquíes que se oponían a la guerra. Nadie como ellos sabía lo que suponía vivir bajo la dictadura de Saddam Husein. Y sin embargo, muchos no deseaban la lluvia de bombas que se les vino encima.

Entre quienes ya tienen su juicio hecho, existen dos campos principales. Quienes ven la lucha de un pueblo harto contra un régimen atroz y represivo, y quienes consideran que todo es una artimaña occidental para destruir un sistema de Gobierno que se ha mostrado poco plegable hacia Israel. Para los primeros, toda presión internacional es aceptable para apoyar ese empeño de David contra Goliat, incluso en última instancia la (siempre arriesgada) intervención militar. Para los segundos, el sufrimiento del sirio de a pie es despreciable ante el más alto objetivo del no-nos-moverán ideológico.

En el fragor, a veces uno olvida preguntarse qué opinan y qué quieren los sirios. No sólo aquellos a los que la dictadura ha obligado a buscar refugio fuera del país y que por tanto disponen de un mejor podio desde el que hacerse oír; sino también la mayoría silenciosa. (Aunque los casos no tengan nada en común, recuerdo una vez más el caso del iraquí Ahmed Chalabi y sus simpatizantes que llegaron a Irak subidos sobre los tanques estadounidenses para descubrir que nadie de dentro reconocía su imagen.)

Ése es pues el propósito que me anima en el viaje que emprendo hoy. Más allá de lo que pueda ver, pretendo escuchar a los sirios para descubrir qué desean en estos momentos, cuáles son sus miedos y sus preocupaciones, cuáles sus sueños y sus esperanzas. Parece de cajón, pero sé que es una tarea ardua en un momento no sólo de grandes tensiones sino de enorme desconfianza.

Adivine quién es el heredero

Por: | 07 de noviembre de 2011

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Hay muchas posibilidades de que el próximo heredero al trono del Sultanato de Omán salga de entre estos caballeros tocados con el amama al sayidiya, el vistoso turbante rosa y malva que distingue a los miembros de la familia real omaní, y que según las malas lenguas habría diseñado el propio sultán Qabús. Bromas aparte, la sucesión de Qabús es un asunto del que rara vez se habla en público. El monarca, que estuvo brevemente casado pero no ha tenido hijos, va a cumplir 71 años el próximo día 18 y aunque goza de buena salud, desconocer quién va a tomar el relevo suscita incertidumbre.

Tal vez por ello, entre los cambios anunciados a raíz de las protestas de principios de año, se incluye que los presidentes de las dos cámaras que forman el Consejo de Omán y del poder judicial se sumen al Consejo de Defensa para garantizar que, en caso de discrepancia de la familia real, la corona pasa al heredero designado. Desde fuera, la reforma no parece aportar mucha novedad al oscuro proceso. Sin embargo, en el conservador entorno político del sultanato, constituye todo un gesto ya que la cámara votada por sufragio, el Majlis al Shura (Consejo Consultivo), acaba de elegir a su presidente por primera vez, lo que en cierta medida introduce la voz del pueblo en el proceso.

“Es un sistema hereditario y corresponde al sultán designar al sucesor”, me explicó el ministro de Información, Hamed bin Mohamed al Rashdi. Pero esa elección no es transparente. El rumor popular es que Qabús ya ha tomado la decisión y dejado constancia en una carta que sólo se abrirá a su muerte. “Yo no he mencionado ninguna carta”, precisó Al Rashdi dando una idea de lo delicado del asunto. En la tradición ibadí, la rama del islam que sigue la mayoría de los omaníes, se elige al imam y no es costumbre designar sucesor.

De ahí la atención que suscitan los caballeros de la imagen. Todos ellos son descendientes de Turki bin Said bin Sultan, bisabuelo del actual soberano, y cuando se tomó la foto asistían a su discurso ante el Consejo de Omán. Mis fuentes aseguran que uno de los mejor situados es el que aparece sonriente en primer lugar por la derecha. Se trata de Fahd bin Mahmud bin Mohamed al Said, de 67 años, vice primer ministro para Asuntos del Consejo de Ministros. Aunque hay quien considera que el estar casado con una extranjera (su mujer es francesa) le resta posibilidades.

Pero no están todos los que son. Falta, entre otros, el ministro de Cultura y Patrimonio, Haitham bin Tariq al Said, uno de los primos de Qabús que se barajan en las quinielas y que se sentó en la fila reservada a los miembros del Gobierno. Junto a Haitham, de 55 años, también suele mencionarse a sus hermanos, Asaad, de 57, y Shihab, de 56, segundo y tercero por la derecha. Los tres son hijos de Tariq, un tío del sultán (quien no tiene hermanos varones) que fue primer ministro en los primeros años de su mandato y murió en 1980. Shihab tiene el cargo de consejero del monarca y Shihab suele representar a éste en ocasiones especiales.

No se acaba aquí el elenco. Existe una segunda rama de la familia, los Al Busaidi, a los que algunos observadores también atribuyen posibilidades, a menudo en relación con el trato deferencial que les muestre el sultán en cada momento. Entre estos, destacan el actual secretario general del Ministerio de Asuntos Exteriores, Badr bin Hamed bin Hamud al Busaidi, y el ministro encargado de los Asuntos de Defensa, Badr bin Saud al Busaidi. Así que la apuesta se complica.

Los omaníes necesitan trabajar

Por: | 04 de noviembre de 2011

El botones que me trae la maleta a la habitación del hotel es omaní. Parece normal puesto que estoy en Omán, pero era algo impensable hace tan sólo tres o cuatro años. Primero, fueron los recepcionistas y los chóferes, ahora son también los ordenanzas y las dependientas. El turismo es uno de los sectores donde más visible es la omanización de la fuerza laboral, un proceso clave para acabar con una paradoja que está poniendo a prueba la sociedad no sólo en esta esquina de la península Arábiga sino en todas las monarquías árabes del golfo Pérsico.

“No es normal que el país tenga un 17% de paro entre sus nacionales y emplee a un millón de extranjeros”, admite una profesora occidental con seis años de residencia en el sultanato. Esa discordancia tiene sus orígenes en el despegue económico asociado al petróleo. Al principio, el país, como el resto de los de la región, carecía de suficiente mano de obra y tuvo que importarla. El Gobierno reservó los puestos de dirección para los autóctonos.

Poco a poco la mejora de la atención sanitaria, tradujo las altas tasas de fecundidad tradicionales en un aumento significativo de la población. Hoy, el 70% de los cerca de dos millones de omaníes tienen menos de 30 años. El Estado ya no puede absorberlos a todos y en el sector privado, las condiciones y los salarios resultan menos atractivos por la competencia de los trabajadores extranjeros.

La falta de empleos y los bajos sueldos fueron el eje de las protestas que estallaron a finales del pasado febrero en Omán. Aunque los omaníes no llegaron a cuestionar al sultán Qabús y éste reaccionó con presteza introduciendo cambios, las manifestaciones han roto el mito de una Arcadia árabe.

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Vista de Mascate, la capital de Omán. / Á.E.

Entre las promesas, 50.000 nuevos empleos. El ministro de Información, Hamed bin Mohamed al Rashdi, asegura que ya se han creado 75.000 en lo que va de año. Las cifras no terminan de convencer a los ciudadanos.

“En enero las autoridades anunciaron que el número de los que buscaban trabajo no superaba los 20.000… el número real de parados era al menos diez veces mayor. ¿Cómo pueden confundirnos anunciándonos que contratan a miles cada día?”, se pregunta Sami al Batashi en una carta al director del Muscat Daily.

Sólo plantearlo es ya romper un tabú en este país de maneras suaves y alérgico a la controversia. Sin embargo, aún falta por abordar el aspecto más delicado del problema: la desigualdad de derechos de los trabajadores extranjeros, que están en la base de las diferencias entre las condiciones de trabajo del sector público y el privado. Mientras no haya un mercado laboral único, las distorsiones van a seguir bloqueando el desarrollo. Se intuye en las noticas que estos días aparecen en la prensa.

La columnista Huda al Jahwariya relataba el pasado sábado en el Oman Daily Observer su sorpresa ante una reciente convocatoria para jóvenes desempleados en la que “43 fueron contratados, 248 rechazaron las ofertas que se les presentaron y otros 318 no se presentaron a las entrevistas”. No un caso anecdótico. Para Al Jahwariya, muchos jóvenes omaníes rechazan ofertas de empleo en el sector privado a la espera del ansiado puesto en la administración, y sus privilegios.

“Es natural. ¿Para qué van a trabajar de 8 a 5 pudiendo hacerlo de 8 a 2,30?”, se pregunta la profesora citada más arriba. “Nosotros, haríamos lo mismo”, añade.

La reforma de la ley de trabajo anunciada la semana pasada intenta corregir ese problema regulando las horas extra e instaurando la semana laboral de cinco días y el mes de vacaciones anuales, entre otros beneficios, también en el sector privado. Es un primer paso, pero no es suficiente. Lo que se necesita, coinciden los analistas, es un cambio de mentalidad y una mayor adecuación de la universidad al mercado laboral.

La profesora advierte contra la simplificación fácil de tachar a los omaníes de “ricos señoritos árabes”. “Su incorporación al turismo demuestra que necesitan trabajo. Aquí no tienen el poder adquisitivo de sus vecinos. El problema va por sectores”, concluye. De cómo las autoridades resuelvan ese reto va a depender que Omán siga siendo uno de los países más estables del Mundo Árabe.

Los WC del palacio

Por: | 02 de noviembre de 2011

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¿Intrigante verdad? Me refiero al título. Me ha costado casi tres días dar con él. Desde que llegué a Omán el sábado, me he estado devanando los sesos. No sólo por el encabezado, sino sobre todo por el contenido. El sultanato es uno de los países más agradables que conozco (además de una pieza clave en la estabilidad de esta convulsa región), pero sin embargo se trata de un lugar “poco sexy”, informativamente hablando.

Además, he venido para cubrir un discurso, no precisamente la más apasionante de las misiones. Sin embargo ha sido durante la intervención del sultán Qabús ante las dos cámaras que constituyen el Consejo de Omán, donde he encontrado la idea. O más precisamente, cuando acabó la ceremonia, celebrada en el palacio del Fuerte de Shomukh.

El lugar parece salido de un cuento. Está situado en la pequeña localidad de Manah, a 170 kilómetros al hsuroeste de Mascate, la capital. Aunque se accede a él por una “carretera privada”, el palacio es de lo más sobrio. Muros con revoco de barro e interiores decorados en colores tierra. El salón del trono tiene el artesonado de madera, lámparas de estilo otomano y ventanas altas con celosía. Buen gusto sin aspavientos. Todo muy omaní.

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Los periodistas llegamos al lugar en torno las diez de la mañana del lunes y poco a poco se fueron incorporando los próceres omaníes. Todos ellos elegantísimos con sus abas de ceremonia, esas capas de fina lana oscura con ribetes dorados que portan sobre las túnicas blancas en las ocasiones especiales, además de los elaborados turbantes omaníes.

También había unas pocas mujeres (la diputada elegida para la cámara baja, las tres senadoras designadas para la alta, alguna ministra), pero su vestimenta no destacaba tanto. Esta es una parte del mundo en la que el atuendo masculino es mucho más vistoso.

Cuando el monarca concluyó el discurso, pasaban de las doce del mediodía. Así que al salir, algunos preguntamos por los aseos. Un funcionario nos indicó una puerta lateral en el patio y allí, en un segundo recinto había aparcados cuatro grandes camiones militares. Uno de ellos tenía el símbolo que lo identificaba como el lavabo de señoras.

Ahí estaba la sorpresa. A diferencia de los contenedores a los que me acabé acostumbrando en los recintos militares estadounidenses en Afganistán o Irak, el interior estaba decorado como un cuarto de baño de una casa de la campiña de Yorkshire. Frente al verde militar de la caja, las cortinas y las toallas (con el escudo real) tenían ese tono pastel entre azul y verde tan típicamente inglés. Los jabones eran de Marks & Spencer y sobre una mesita baja, varios frascos de perfume entre los que destacaba el Amouage omaní, una esencia a base de incienso.

Que nadie me interprete mal o se lo tome como una irreverencia, pero inmediatamente pensé que aquel contraste constituía una metáfora del absolutismo benevolente con el que el sultán ha gobernado el país durante 41 años. Ni grifos de oro ni la extravagancia que uno asocia con el habitual estereotipo de los jeques árabes. Sólo la rigidez suavizada por unas formas exquisitas. En su discurso, sin embargo, el sultán había hablado de democracia, sociedad civil y libertad de expresión. Queda por ver que esas palabras se traduzcan en hechos. Para los omaníes, esa es la intriga.

El País

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