Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

Juego de damas

Por: | 26 de enero de 2012

Llevo varios días dándole vueltas a la imagen. Se produjo durante la toma de posesión de Daniel Ortega. La cámara, que acababa de enfocar al presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, se paró un instante sobre la esposa de éste. La intuí más que reconocerla, oculta como estaba bajo el chador ajustado a la altura de la barbilla y que apenas dejaba ver sus características gafas. ¿Qué significaba la presencia de Azam Farahí junto a su marido en la ceremonia? ¿Cuál era el mensaje?

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Azam Farahí, con su marido, Mahmud Ahmadineyad. / Reuters

Cierto que otras primeras damas acompañan a sus maridos jefes de Estado en las visitas oficiales. Pero no es lo habitual ni en la región ni en Irán. No recuerdo ningún viaje del presidente Jatamí con su esposa, Zohreh Sadeghi. A las de sus predecesores, Rafsanyaní y el ahora líder supremo Ali Jameneí, ni siquiera las hemos visto en una foto. Tampoco es la primera vez que Farahí, ingeniera con un máster en educación, se traslada con Ahmadineyad en un viaje de trabajo. Estuvo con él en una de sus primeras visitas al extranjero, en Kuala Lumpur en 2006, y más sorprendente aún, en 2009, intervino en un foro contra el hambre en Roma.

Desconozco si ese gesto es una prueba de la modernidad que algunos círculos adscriben al presidente iraní, o simplemente del interés de su esposa por conocer el mundo. En cualquier caso, la imagen que proyecta resulta escasamente moderna. Y no sólo por su vestimenta, que oculta el cuerpo como si fuera algo pecaminoso o de lo que avergonzarse. Es su elección como dejó claro a finales del año pasado durante un viaje a Jorasán del Sur (al este de Irán) en el que defendió el hiyab y acusó a los países occidentales de prohibirlo (sic).

Estoy convencida de que estas apariciones públicas de las señoras de no son casuales. Tal vez buscan suavizar la imagen de sus cónyuges, hacerles más cercanos o atraer a esa mitad de la población que en esta parte del mundo suele estar segregada, por ley o por costumbre. ¿Funciona? Tal vez más en el extranjero que en sus propios países. Miren sino lo que ha sucedido con las guapas oficiales de Oriente Próximo, Rania de Jordania y Asma de Siria.

Desde que empezaron las revueltas árabes, la glamurosa reina Rania, cuyos caros y occidentalizados gustos molestaban a sus compatriotas beduinos, mucho más conservadores y menos acomodados, ha desaparecido del papel cuché y sus actividades públicas se centran en la educación infantil. Su marido, el rey Abdalá, está tratando de capear el goteo de protestas con cambios políticos más cosméticos que reales. Pero hasta el momento, los islamistas (la única oposición organizada) no se han lanzado a la yugular.

Asma

Asma el Asad, en un mitin de su marido en Damasco. / AFP

Más complicado lo tiene Asma, a quien algunos medios internacionales llegaron a apodar la Rosa del Desierto. Con Bachar el Asad en la cuerda floja, el símbolo de coexistencia que representaba que una suní originaria de Homs se hubiera casado con un alawí ha quedado olvidado. Como quedó claro durante su reciente aparición en una manifestación pública en la que intervino su marido, la antigua banquera de inversiones respalda a su hombre. ¿Qué otra cosa podría hacer? Tiene pasaporte británico, así que podría haberse ido, apuntan algunos sirios. Otras voces piden en Twitter que Londres le retire el pasaporte por “complicidad con un criminal de guerra”.

¿Cuál será su destino? Hasta ahora las esposas de los líderes árabes derrocados han encontrado refugio en países vecinos, bajo un pacto de honor sobreentendido que las deja al margen de las intrigas del poder, aunque alguna haya ejercido una notable influencia. Así, la primera mujer de Sadam, Sayida, fue acogida en Qatar, mientras la segunda, Samira, vive con su familia en Líbano. Lo mismo con la mujer de Ghadafi, Safiya, y su hija, Ayesha, a quienes ha dado asilo Argelia. Más difícil es saber dónde para Leila Trablesi, la ex primera dama de Túnez, a la que se acusa de haber sacado del país 1,5 toneladas de oro. Aunque Ben Ali aceptó la hospitalidad de Arabia Saudí, no está claro que Leila esté aburriéndose con él en el palacio de Yeddah al que le han confinado sus anfitriones.

La única que ha permanecido en su país después de la caída en desgracia de su marido es Suzanne Mubarak. Fue detenida brevemente en mayo del año pasado, pero quedó en libertad después de entregar al estado sus propiedades y el dinero de sus cuentas, unos cuatro millones de dólares en total. Mientras su marido y sus dos hijos han aparecido humillados ante el tribunal que los juzga, ella no ha vuelto a ser vista en público desde que un avión la trasladó a Sharm el Sheij con el ya depuesto presidente hace ahora un año.

Revoluciones pendientes

Por: | 17 de enero de 2012

Durante los últimos días, los medios internacionales han estado tan ocupados con las bravuconadas iraníes que algunos asuntos regionales importantes casi han pasado desapercibidos. No para la prensa local. Afortunadamente. Así leo en un titular de Gulf News que “una protesta laboral frena el proyecto del nuevo aeropuerto en Mascate”, la capital de Omán. Los trabajadores “piden salarios de acuerdo con las normas del ministerio”. De inmediato, pienso en las manifestaciones que el año pasado agitaron ese apacible país del extremo suroriental de la península Arábiga y que el sultán Qabús acalló con inmediatos gestos políticos y medidas económicas, cuyo alcance aún está por ver. ¿Se reanuda la primavera omaní?

No, exactamente. Quienes desde el pasado jueves hasta ayer han estado de huelga, nos cuenta en su crónica Sunil K. Vaidya, no son ciudadanos omaníes sino los trabajadores indios contratados por el consorcio Bechtel-Enka-BEC para construir el edificio de la terminal. Hay discrepancias sobre su número. Un millar según fuentes diplomáticas; 2.500, según uno de los obreros que hablan con Vaidya. En cualquier caso, la plantilla total suma 3.000, lo que da una idea del peso de la acción. Se quejan de que tienen una semana laboral de seis días a pesar de que la nueva ley del trabajo, aprobada precisamente a raíz de las movilizaciones del año pasado, establece que sea de cinco. Además, la compañía, denuncian, les paga menos de lo fijado en su contrato.

Huelga indios Omán
Trabajadores indios en huelga en Mascate (Omán). Foto de Sunil K. Vaidya / Gulf News.

Omán, como el resto de las monarquías petroleras de la península Arábiga, recurrió a la importación de mano de obra extranjera para desarrollar la industria del crudo y modernizar el país. Un tercio de los 3,2 millones de habitantes del sultanato son inmigrantes, la mayoría procedentes del subcontinente indio. De acuerdo con fuentes diplomáticas, habría 600.000 indios y 200.000 paquistaníes, las dos comunidades más numerosas. Aunque la diversidad étnica y la tolerancia religiosa de que históricamente ha gozado el país hacen que estos trabajadores se sientan mejor acogidos que en otros países de la zona, un embajador europeo me reconoció en 2011 que eran frecuentes los abusos “en cuanto al trato y los salarios”.

Un obrero extranjero cobra la mitad del mínimo legal estipulado para un omaní. A pesar de la apertura al turismo, los derechos humanos universales siguen siendo tabú. En un gesto significativo de la sensibilidad del asunto, dos periodistas indios del diario local Muscat Daily fueron detenidos e interrogados cuando entrevistaban a algunos de los trabajadores en huelga.

El incidente de Mascate es sólo la punta del iceberg de una revolución pendiente. Entre 15 y 16 millones de inmigrantes constituyen el grueso de la fuerza laboral en esta región que se encuentra entre las más ricas del mundo en recursos y renta per cápita. Tal como conté en un artículo hace unos años, sus jornadas interminables, salarios de miseria, alojamientos insalubres y restricciones de movimiento les convierten en los esclavos del siglo XXI. Por supuesto, hay diferencias entre unos países y otros, y en algunos las autoridades empiezan a mostrar interés por mejorar su protección. Aún así, las organizaciones derechos humanos denuncian que sus leyes aún están muy lejos de los niveles mínimos internacionales.

No es la primera vez que se produce un paro de trabajadores inmigrantes. En 2007 hubo varios casos en Dubái, el último de ellos secundado por 40.000 obreros, que consiguieron pequeñas mejoras salariales, pero también la deportación de los cabecillas. Esos incidentes suelen tener poco eco en los medios occidentales, más preocupados con el velo de las mujeres locales y el precio del barril de petróleo. Sin embargo, si las revueltas árabes han sido el gran cambio político de este principio del siglo XXI, una eventual sublevación de ese ejército de trabajadores sin derecho a huelga, sindicatos o negociación colectiva, constituiría una verdadera revolución social.

Igualmente significativo, aunque a una escala menor, ha sido la decisión de los revolucionarios yemeníes de aparcar la política por un día (el oficialmente ex presidente Saleh no se termina de ir). Bajo el lema “Un día sin qat”, han intentado concienciar a sus conciudadanos del peligro que supone mascar esa hierba estimulante y narcótica para su salud, la sociedad, la economía y el agotamiento de los acuíferos.

El uso de la catha edulis (su nombre científico) se ha convertido en un verdadero vicio nacional que paraliza el país a partir de mediodía, la hora de su compra, y durante la mayor parte de la tarde, cuando hasta un 80% de la población adulta se reúne con amigos o familiares a mascarla. Aunque por ahora resulta difícil imaginar Yemen sin qat, sólo el día en que su uso sea algo anecdótico o marginal se habrá producido un verdadero cambio que permita al país salir de su atraso de siglos.

¿Cómo se dice gracias en persa?

Por: | 10 de enero de 2012

ACTUALIZADO A LAS 20.30 (hora peninsular española)

Debe de resultar complicado ser diplomático iraní en estos tiempos. A la dificultad para defender un Gobierno cuya legitimidad cuestionan muchos iraníes y un programa nuclear como mínimo controvertido, se une ahora la imposibilidad de mostrarse agradecidos. Al menos, en cuanto su archienemigo Estados Unidos se refiere.

Un día entero le ha costado al portavoz de Exteriores, Rahmin Mehmanparast, admitir que un destructor norteamericano ha rescatado a 13 iraníes que se encontraban en manos de piratas somalíes desde el pasado noviembre. Y aún así, sus palabras han quedado disminuidas, al menos para consumo interno, por la versión difundida en los medios locales de que se ha tratado poco menos que de un montaje para justificar la presencia naval estadounidense en la región.

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“Todos los países deben comportarse así”, declaró Mehmanparast el pasado sábado, tras ofrecer la primera reacción oficial al rescate del Al Mulahi. Los detalles de la operación los difundieron un periodista y un fotógrafo de The New York Times que se encontraban a bordo del portaviones estadounidense John C. Stennis Su comandante respondió el jueves a un intento de secuestro. Aunque los piratas creyeron salir indemnes tras haber arrojados sus armas al mar, un helicóptero siguió a su esquife y dio con el dhow iraní desde el que operaban. Entonces un destructor se acercó y, gracias a que los marineros secuestrados eran originarios del sureste de Irán y hablaban urdu, logró enterarse de su situación sin que los piratas entendieran el mensaje de socorro.

Sin atender a su nacionalidad, el capitán Mohammad Yunes, dio permiso a los estadounidenses para abordar su nave, un punto clave del protocolo en estos casos y de especial relevancia dada la ausencia de relaciones diplomáticas entre Teherán y Washington. Las imágenes en las que los iraníes se abrazan a sus liberadores lo dicen todo. No hay entre la población iraní el nivel de hostilidad hacia EEUU que proyecta el Gobierno de Mahmud Ahmadineyad. La gente juzga a sus interlocutores por sus acciones. Como en el resto del mundo.

“Es como si les hubiera enviado Dios”, les dijo uno de los pescadores, Fazel ur Rahman, a los marinos estadounidenses. No deja de ser una paradoja que el John C. Stennis sea el mismo portaviones al que una semana antes un general iraní advirtió de que no regresara al golfo Pérsico.

Sin embargo, la agencia de noticias Fars, vinculada a los poderosos Pasdarán, dijo que el rescate no había sido más que “película de Hollywood” cuya intención era justificar la presencia del portaviones norteamericano en las aguas del Golfo. “Hay sospechas y dudada sobre esta acción de EEUU que parece haber sido preorganizada”, aseguraba la información sin aportar pruebas. Al final, daba la impresión de que sus responsables estaban celosos. “La Armada iraní ha rescatado a barcos extranjeros de los piratas en numerosas ocasiones y nunca ha sido alabada y elogiada por la prensa internacional, si bien no es eso lo que buscan los oficiales de la Marina iraní”, añadía la información.

Pero eso no es del todo cierto. Aunque el régimen iraní ha enviado barcos a luchar contra la piratería, muy en su línea de lobo solitario no se concierta con el resto de los países desplegados en la zona, cuyas operaciones se gestionan desde un mando unificado establecido en Bahréin. El pasado marzo, durante una visita a ese país, tuve la ocasión de charlar con uno de los oficiales que trabajaba en la coordinación de las fuerzas internacionales. “No tenemos comunicación con las patrullas iraníes, aunque sí que hacen [su trabajo] y se encargan de publicitarlo”, me confío el marino.

PD: Por segunda vez en el plazo de una semana, un barco estadounidense ha rescatado a marineros iraníes de un navío en apuros. Según ha informado el secretario de prensa del Pentágono, una patrulla de la Guardia Costera respondió unas horas antes del amanecer de hoy martes a una llamada de socorro del dhow Ya Hussayn, en aguas del norte del Golfo, después de que se le inundara la sala de máquinas. Los norteamericanos entregaron los marineros al guardacostas iraní Naji 7 cuyo capitán les dio las gracias a través de un intérprete. No hace falta saber persa para entender un 'kheili mamnun' acompañado de un gesto amigable. Tal vez los respectivos gobiernos debieran aprender de sus hombres de mar.

¿Feliz Año Nuevo?

Por: | 05 de enero de 2012

Artificiales

Es costumbre por estas fechas tanto hacer buenos propósitos para el nuevo año como ofrecer una perspectiva positiva o al menos alentadora de lo que nos espera. A menudo esos buenos deseos chocan no obstante con la tozuda realidad. No estoy pensando en la crisis económica que afrontamos en Europa, y en España en particular. O no sólo. Reflexiono sobre todo estos días sobre la zona del mundo a la que he dedicado mi especialización profesional durante dos décadas largas. Oriente Próximo, en un sentido amplio.

A pesar del soplo de esperanza que trajo ver en la calle a millones de árabes reclamando el derecho a decidir sus destinos, el panorama no es hoy, a principios de 2012, alentador. Incluso sin caer en la ingenuidad de pensar que unos manifestantes bienintencionados podían cambiar el mundo, muchas expectativas han resultado defraudadas. Los acontecimientos han probado que quienes detentan el poder están dispuestos a hacer que lo pierden para mantenerlo, que fuerzas agazapadas tras los valientes que ofrecieron su pecho a los fusiles se hacen con el control y que desde Occidente, el miedo a lo desconocido, reduce las muestras de apoyo a gestos de simpatía sin demasiado contenido.

Contra mi naturaleza, de habitual inasequible al desaliento, empiezo el año con mayor dosis de escepticismo del que me gustaría. En orden inverso a mi última ronda de visitas a los países cuya evolución sigo de forma directa, estas son mis preocupaciones:

Irak. Es un claro ejemplo de que todo puede ir a peor. Durante 2011 ha disminuido sin duda la violencia (no tengo por qué dudar de las estadísticas, también lo admiten los iraquíes de a pie), pero ¿respecto a cuándo? ¿Al insufrible periodo de guerra sectaria entre 2005 y 2007? El problema es que los iraquíes tienen algo más de memoria y recuerdan la edad de oro de los setenta del siglo pasado, incluso los ochenta durante la guerra con Irán o los noventa bajo las sanciones. “Es cierto que sufríamos bajo la dictadura de Sadam, pero al menos vivíamos seguros”, me resumió gráficamente alguien tan poco sospechoso de simpatizar con el viejo régimen como Hunain al Qaddo, un shabak que preside el Consejo de las Minorías. Como muchos iraquíes, teme la apisonadora chií en manos de unos políticos que juegan la carta sectaria para agarrarse al poder.

Siria. El descontento con la dictadura ha fracturado la sociedad entre quienes están dispuestos a arriesgar sus vidas para acabar con la tiranía de la familia Al Asad y quienes temen que sea peor el remedio que la enfermedad. No hay que engañarse. Incluso entre quienes desaprueban las protestas porque recelan de sus intenciones, hay malestar con un sistema que tachan de mafioso. La situación económica, la confesión religiosa o la afiliación étnica subrayan esa división, que el régimen explota para mantener la ficción de que no hay revuelta sino “terroristas a sueldo de intereses extranjeros”. Aunque saben que eso no es cierto, los sirios tampoco se fían de las buenas palabras. El riesgo de una guerra civil es evidente. Los asesinatos sectarios ya han empezado.

Yemen. El hermano pobre y olvidado del Mundo Árabe parecía haber logrado lo imposible. Nueve meses de protestas callejeras se cerraban en noviembre con un acuerdo para una transición pacífica. Sólo que el mayor impedimento, el presidente Saleh, no se ha ido del país como prometió. Su presencia refuerza el poder de su clan que aún controla las fuerzas armadas y la economía. Los jóvenes revolucionarios que animaron la protesta con sus acampadas en las principales ciudades del país ni siquiera estuvieron representados en las conversaciones y han sido ignorados por los partidos políticos que han formado el nuevo Gobierno.

Irán. Acorralado internacionalmente y sin legitimidad dentro, el régimen trata de salvarse con el viejo recurso del enemigo externo. Para reforzar esa percepción no pierde la oportunidad de atemorizar a sus vecinos con continuas maniobras militares, anuncios de avances en su controvertido programa nuclear y declaraciones políticas poco tranquilizadoras. No está claro qué va a pasar en las elecciones legislativas de marzo. Si se celebran en un ambiente de cierta libertad, es previsible que se reaviven las protestas acalladas en 2009. Si, como parece a resultas de la descalificación de los candidatos reformistas, se limitan a un ejercicio de imagen, aumentarán la frustración de los iraníes y sus deseos de emigrar.

Arabia Saudí. Con todo atado y bien atado en casa, se la juega fuera, en Siria o en Bahréin. Sin embargo, la estabilidad de que hace gala no estará asegurada mientras no haya resuelto el problema sucesorio que plantea la edad de sus dirigentes.

Bahréin. El futuro de la isla-Estado sigue hipotecado a que la familia real, la dinastía suní de los Al Jalifa, reconozca de verdad la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos. La continuación de las protestas de la mayoría chií ha probado que no vale con nombrar una comisión internacional de investigación si no cambian los parámetros con los que se gestiona el país.

Más allá, en Afganistán o en Pakistán, el futuro inmediato no pinta mucho mejor. En el primero, la anunciada disposición de los talibanes afganos a abrir una “oficina política” en Qatar se ha interpretado como un primer paso hacia su renuncia a la violencia. Sin embargo, conocida su trayectoria y los planes de retirada de EEUU para 2014, mucho me temo que sea un táctica para ganar tiempo. En el segundo, la inestabilidad se está haciendo crónica de la mano de una clase política corrupta que recurre al populismo barato para salvaguardar sus privilegios. El horizonte aún es muy negro para los habitantes de ambos países. Aún así, a ellos y a ustedes, quiero desearles un Feliz Año Nuevo.

El País

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