Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

"Estoy en contra de la guerra"

Por: | 21 de marzo de 2012

Ése es el mensaje común que envían las activistas de los derechos de la mujer desde Irán. Aprovechando el acceso directo al mundo que ofrece Internet, y a pesar de las crecientes restricciones a su uso que impone el régimen islámico, un grupo de mujeres iraníes ha decidido hacer oír su voz a través de un serie de videos colgados de YouTube en los que explican sus razones para oponerse a la resolución violenta del enfrentamiento que su país mantiene con Occidente. Todos los vídeos están subtitulados en inglés para alcanzar a una audiencia más amplia.

“Cuando suena la voz de la guerra no hay espacio para la voz del desafío. Prefiero la voz de la igualdad”, declara una activista que se identifica como Nafiseh.

 

Nafiseh, como el resto de sus compañeras, aparece a cara descubierta, aunque con el preceptivo pañuelo en la cabeza que el régimen iraní impone a las mujeres. Se trata de un gesto valiente porque todas, mayores y jóvenes, son activistas de la Campaña por la Igualdad. Esa iniciativa, lanzada en 2006 para concienciar a las iraníes sobre su discriminación legal, ha sido fuertemente reprimida por el Gobierno de Ahmadineyad, en especial a partir de 2009. El proyecto, que desde el principio contó con el respaldo de la Nobel Shirín Ebadi, pretendía recoger un millón de firmas para pedir un cambio a las autoridades.

“La violencia que vienen sufriendo las mujeres se ha agravado”, asegura Nahid. “Nuestra lucha para cambiar las leyes discriminatorias continúa, pero el miedo a la guerra ha empeorado las vidas y la condición mental de las mujeres”.

 

“La guerra beneficia a muchos, pero destruye vidas y daña en especial a las mujeres que necesitan ayuda para sobrevivir”, alerta por su parte Noushin, ante la librería que sirve de fondo a la mayoría de las activistas.

 

Aunque el ruido de sables parece haber disminuido en las últimas semanas, la amenaza de un ataque israelí sobre las instalaciones nucleares de Irán todavía pende sobre una población que aún no ha olvidado los ocho años de guerra con Irak (1980-1988).

“Estoy en contra de la guerra porque los recuerdos de mi infancia están llenos de sonidos aterradores y de imágenes horribles”, expone Azadeh.

 

“Ya hemos vivido demasiadas guerras en esta parte del mundo”, se duele la veterana Firouzeh.

 

Pero tal vez, como recuerda Leila, “no hace falta una razón para estar en contra de la guerra”. No puedo estar más de acuerdo.

 

Me ha parecido que ésta era una bonita forma de celebrar el primer día del Año Nuevo persa. Sal-e now mobarake!

Ni blanco ni negro

Por: | 13 de marzo de 2012

Annan
Reuters

Lo confieso: Tengo dudas. Me cuesta ver las cosas en blanco y negro, tomar partido, formar parte de un bando. Tal vez por eso nunca he apoyado a un equipo de fútbol, de baloncesto o de balonmano. Tampoco me he hecho socia de un club, ni he militado en un partido político. Tiendo a obsesionarme con los matices, e incluso cambio de opinión cuando encuentro nuevos datos.

Sí, es mi problema, pero me complica la vida y el trabajo. Envidio a esos colegas y analistas que ante una noticia, cualquier noticia, enseguida deciden quiénes son los buenos y quiénes los malos. Envidio a quienes apoyan sin dudar la intervención en Siria y a quienes la rechazan sin paliativos; a los que defienden el ataque militar a Irán y a los que se oponen con firmeza a la menor coacción. Es decir, a los que lo tienen claro.

Al principio pensaba que era una cuestión de experiencia. Cuanto más conozcas un tema, más fácil será adoptar una determinada posición al respeto. Pues no. Con los años, mi incertidumbre se ha agrandado.

Pongamos el caso acuciante de Siria, donde la brutal represión a las movilizaciones contra la dictadura ha dejado ya miles de muertos. Lo consideré un horror desde el principio, sin necesitar que se superara una determinada cifra. Un muerto por expresar libremente su opinión o reclamar el derecho a ser escuchado, ya me parece demasiado. No necesito que haya 3.000 o 7.000 para conmoverme. Ahora bien ¿intervenir al estilo de lo que se hizo en Libia?

Mientras en la prensa europea y estadounidense, nuestros políticos y comentaristas más respetados se vanagloriaban del éxito de la campaña aérea en acabar con el régimen de Gaddafi, lo que yo oía y leía en esta parte del mundo era muy diferente. “¿De verdad 50.000 libios muertos les parecen un éxito?”, me preguntaban amigos y conocidos que no eran precisamente sospechosos de simpatizar con el dictador libio. Su asesinato fue otro episodio que alguno de ellos me echó en cara (figuradamente hablando).

Para muchos de ellos, nuestro apoyo a la operación aérea tenía algún objetivo oculto o inconfesable fuera el petróleo, el deseo de instalar bases o la perspectiva de un régimen favorable. Desconfiaban de que, no nosotros, la gente de a pie, sino nuestros gobiernos respaldaran de forma generosa los anhelos democráticos de los libios u otros árabes. (Como también desconfían de las intenciones de Arabia Saudí o Qatar, convertidos de repente en adalides de determinadas revueltas árabes.) ¿Por qué ahora y no antes?

No tenía respuesta y dudo de que alguien tenga una convincente, pero se me ocurrió que mejor tarde que nunca. La cuestión se convierte entonces en cómo. A la vista de que ni la presión diplomática ni las sanciones económicas han logrado evitar las matanzas de Homs, Deraa, Idlib y tantas otras ciudades sirias, parece razonable apoyar lo que se ha dado en llamar “intervención humanitaria” para frenar el baño de sangre. Razonable y humano.

Sólo que como periodistas no podemos dejarnos llevar por el buenismo. Tenemos que reflexionar y plantearnos también las consecuencias de esa eventual actuación. ¿Al intervenir para atajar un daño, no se causará otro mayor? Si además de frenar las muertes no se logra una solución política sostenible, la injerencia sólo intensificará el conflicto. Es decir, se corre el riesgo de causar más muertes de las que se pretenden evitar. No es teoría. Hay ejemplos recientes. Desde el desastre de la intervención estadounidense en Somalia en 1993 hasta los más recientes de Afganistán e Irak. Incluso el vecino Líbano, en el que la propia Siria intervino a favor de sucesivos grupos, se ha visto el rechazo que genera el régimen sirio como consecuencia.

¿Quiere eso decir que no hagamos nada? En absoluto. Pero dos errores no hacen un acierto. Y no estoy convencida de que la intervención extranjera solucione la fractura que ha salido a la superficie en la sociedad siria. Como ha recordado en un certero artículo Charles Glass, la mera esperanza de que una potencia exterior vaya a acudir al rescate de una de las partes en conflicto, envalentona a ésta y le hace elevar sus exigencias para sentarse a negociar. Se ha visto este fin de semana durante la visita a Damasco del ex secretario general de la ONU Kofi Annan. Todos los medios informativos han destacado con razón el desaire del presidente sirio a su mediación, pero también el representante del Consejo Nacional Sirio la había rechazado de antemano.

Cuando las posiciones están tan alejadas, el mediador tiene una tarea imposible a no ser que quienes respalden su esfuerzo remen todos en el mismo sentido, como sucedió en Yemen. De momento, no es el caso, tal como explica Sami Moubayed, un analista sirio que escribe desde dentro de Siria. Pero si de verdad se quiere ayudar a los sirios, sería útil que rusos, árabes y estadounidenses (tengo la sensación de que los europeos pintamos poco en esta película) se coordinaran y convencieran a todos los implicados de que la única salida sensata es una reconciliación entre los sirios, de que no van a respaldar a unos frente a otros que al final es lo que da alas a su maximalismo.

Ya sé que a muchos les parecerá utópico. En Twitter, Fédor Quijada me ha preguntado “qué opinarán los sirios cuando sepan que se va a negociar después de la masacre ocurrida”. He encontrado la respuesta en el artículo de un bloguero o bloguera sirio (Amal, nombre de mujer, es un seudónimo) que constituye un homenaje a los activistas que defienden la vía pacífica.

Durante mi viaje a Siria el pasado noviembre, cuando ya se desvanecía cualquier esperanza de un arreglo negociado dentro del país, llegué convencida de que la mayoría de mis amigos estarían entusiasmados con la revuelta. Me di de bruces con una realidad mucho más compleja. Estaban divididos. Incluso en la misma pandilla y hasta dentro de la misma familia.

“En Occidente os habéis hecho una idea romántica de las revueltas árabes como la lucha contra la tiranía de unos jóvenes blogueros sin más armas que sus ordenadores, pero las cosas son más complicadas. No es una cuestión de blanco y negro, de buenos y malos. Hay muchos matices de gris”, me espetó un colega al ver mi cara de sorpresa cuando descubrí que no apoyaba las protestas. No estaba hablando con un hombre del sistema. Mi interlocutor siempre había sido muy crítico con la dictadura de El Asad.

Por qué no estoy en Irán hoy

Por: | 02 de marzo de 2012

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PressTV

ACTUALIZADO A LAS 18.00 GMT

La explicación corta es porque las autoridades no me han concedido el visado. Pero en un país en el que un significa tal vez, y el no se evita con una falta de respuesta, el asunto es algo más enrevesado. En la República Islámica de Irán hace mucho que la distancia más corta entre dos puntos no es la línea recta. La necesidad de ocultar, de transformar la realidad, exige un continuo ejercicio de prestidigitación con el que engatusar al público. Una vez que conoces los trucos, no te quieren en el patio de butacas.

“Sorry so much and really I don’t know” (“lo siento muchísimo, realmente no sé [la causa]”), me respondía en un email el responsable de prensa de la embajada iraní en Madrid el pasado lunes, cuando desde Teherán ya me habían informado de que mi solicitud había sido bloqueada en el Ershad, tras recibir el visto bueno del Ministerio de Exteriores. El Ershad es el Ministerio de Orientación Islámica, y la bestia negra de cualquier periodista que desee trabajar en Irán. Su Oficina de Prensa Extranjera trata de controlar lo incontrolable: el libre fluir de la información.

He cubierto todas las elecciones iraníes desde 1997, cuando para sorpresa de quienes mueven los hilos del sistema ganó un candidato segundón que creía en los artículos de la Constitución que consagran la soberanía popular, Mohamed Jatamí. Sólo falté a las legislativas de 2004 porque me encontraba en Irak. Durante esos años he visto como los iraníes se ilusionaban con la posibilidad de transformar desde dentro el opresivo sistema que les rige, para caer en la más profunda de las apatías tras descubrir que los poderes fácticos no estaban dispuestos a consentirlo.

Desde 2006 hasta el pasado verano estuve acreditada como corresponsal extranjera y viví en Teherán. Eso me dio una perspectiva única del cambio de estado de ánimo que se produjo en junio de 2009, cuando cientos de miles de iraníes sintieron que el régimen había manipulado los resultados electorales y salieron a la calle para denunciarlo. Mi trabajo empezó a resultar demasiado molesto para los responsables del Ershad. Aprovecharon que hice una entrevista sin su autorización al hijo del fallecido ayatolá Montazerí para expulsarme del país. (Mi posterior readmisión debida a las presiones diplomáticas españolas sólo sirvió para retrasar seis meses esa medida).

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Reuters

La situación no ha mejorado desde entonces. Con todos los medios reformistas cerrados, los periodistas locales críticos tienen que optar entre el silencio o la cárcel. Los escasos extranjeros que aún mantienen sus acreditaciones carecen de libertad de movimientos. Y las autorizaciones para enviados especiales se dan con cuentagotas. Ahora, con motivo de las elecciones, el responsable de la Oficina de Prensa Extranjera, Mohammad Javad Aghajari se ha jactado de haber facilitado 80 visados para periodistas y técnicos de 53 medios de todo el mundo.

Lo que no dice el responsable es que la mayoría de esos permisos tienen una validez de apenas cinco días. O que incluso con el sello en el pasaporte a un reportero alemán le rechazaron en el aeropuerto y le obligaron a volver a su país, aunque luego le pidieron disculpas y ayer le autorizaron a regresar. Tampoco cuenta el vergonzoso negocio que su oficina mantiene en torno a los periodistas y que obliga a todos los admitidos a trabajar con alguna de las dos “agencias privadas autorizadas”.

Dichas empresas, dirigidas por sendos ex agentes de los servicios secretos, proporcionan todo lo que un informador puede necesitar desde reservas de hotel, hasta coche o equipo de filmación. Cualquier cosa, menos información. Eso sí, por un precio. Un equipo de televisión rara vez logra librarse de una factura mínima de 500 dólares al día, un plumilla 150 y un fotógrafo, entre 80 y 100. Depende de las dotes de negociación de cada cual.

Incluso a quien no lo solicita le imponen la compañía de un traductor o traductora, cuya competencia para el trabajo es menos relevante que su capacidad de entorpecer. Recuerdo un caso, en febrero de 2006 durante el aniversario de la revolución, en que al intérprete que me asignaron se le pasó la intervención de Ahmadineyad en la plaza de Azadí. Había mucha gente, desde donde estábamos no se veía el estrado. “No al final parece que no ha hablado”, me dijo cuando le hice notar que la gente empezaba a irse. Al llegar a casa, descubrí en la televisión que el presidente había amenazado con retirar a Irán del Tratado de No Proliferación.

No son funcionarios como aquellos siniestros acompañantes que imponía el Ministerio de Información de Sadam. Muchas veces ni siquiera simpatizan con el régimen. El tipo que no me tradujo el discurso, despotricaba constantemente contra el sistema. En la mayoría de los casos, se trata de amigos o conocidos de los responsables del Ershad, en busca de un ingreso extra y que apenas recibirán un tercio de lo que paguen los periodistas. El resto se lo reparten entre las “agencias” y la oficina de Aghajarí.

En cualquier caso, la onerosa inversión que supone cualquier intento de profundizar un poco en el país desincentiva a los medios con menos recursos y a los periodistas independientes. Pero las autoridades logran así reducir considerablemente el número de narices que quieren husmear en sus asuntos. Y para los listillos que se cuelan como turistas, el caso de los periodistas alemanes Marcus Hellwig y Jens Koch del Bild am Sonntag dejó claro cuál es el destino si les pillan: la cárcel y una acusación de espionaje.

Aún así, me hubiera gustado estar hoy en Teherán. Pero no debiera haberme sorprendido que el Ershad me negara el visado. Aghajari no me ha perdonado. Le molestó que entrevistara a los abogados de Shakineh Ashtianí, la mujer condenada a morir lapidada por supuesta complicidad en el asesinato de su marido (mientras el asesino quedaba libre por los misterios insondables de la ley iraní). Le molestó que cubriera las manifestaciones populares contra la reelección de Ahmadineyad (algo que los periodistas extranjeros teníamos prohibido, pero que burlábamos hablando en tercera persona). Pero sobre todo le molestó que cuando había logrado un motivo para expulsarme, sus jefes le obligaran a readmitirme.

PD: Los periodistas que recibieron un visado para cubrir las elecciones de hoy han visto limitado su trabajo a una visita a dos colegios electorales organizada por el Ministerio de Orientación Islámica, después de la cual han sido confinados a sus hoteles.

El País

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