Catherine Ashton y Said Yalilí./ Al Jazeera
Cada vez que se aproxima una nueva ronda de conversaciones con Irán sobre su programa atómico me enfrento al mismo baile de cifras. ¿No es igual 5+1 que 3+3? Entonces, ¿por qué Estados Unidos se empeña en llamar al grupo 5+1 y la Unión Europea 3+3? Además, para complicar más el asunto, quienes finalmente se sientan a la mesa frente a la delegación iraní no son seis sino siete… ¿No eran las matemáticas una ciencia exacta?
Las matemáticas tal vez, pero no la política. El misterio de las cifras cambiantes se resuelve haciendo un poco de historia sobre el origen de las “conversaciones nucleares”. Basta con recurrir a la hemeroteca. Tras el descubrimiento del programa secreto de Irán en el verano de 2002, los tres países con más peso dentro de la UE, Alemania, Francia y Reino Unido (por estricto orden alfabético), iniciaron una mediación con Teherán para tratar de rebajar la tensión y que el régimen iraní renunciara a sus ambiciones atómicas.
Aquel esfuerzo logró que Irán suspendiera voluntariamente “todas sus actividades de conversión de uranio” a finales de noviembre de 2004. Sin embargo, también dejó clara la limitada capacidad de los europeos como interlocutores. Los gobernantes iraníes esperaban y buscaban un gesto de Estados Unidos, su némesis ideológica y el país con el que no mantienen relaciones diplomáticas desde la ominosa toma de la Embajada norteamericana en Teherán, a raíz de la revolución de 1979.
Por supuesto, los embajadores europeos que se reunían con el entonces secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el hoyatoleslam Hasan Rohaní, estaban en contacto con Washington, con cuya diplomacia coordinaban sus propuestas. Pero claramente, eso era insuficiente para Irán. Para el verano de 2005, coincidiendo con la elección a la presidencia de Mahmud Ahamadineyad, los iraníes mostraban su frustración y anunciaban la reanudación de sus actividades nucleares.
A partir de ahí, y sobre todo desde el momento en que el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) remite el caso al Consejo de Seguridad de la ONU en febrero del siguiente año, Irán empieza a dar publicidad a sus avances nucleares en un claro gesto de desafío. El Consejo de Seguridad decide actuar y encarga al entonces alto representante de la UE Javier Solana que entregue a Irán un “paquete de incentivos” en nombre de las grandes potencias.
Solana viaja a Teherán en junio y es entonces cuando empieza el baile de números. El europeo representa no sólo la UE sino también a EEUU, Rusia y China, pero el mandato parte de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (además de los tres citados, Francia y Reino Unido), a los que hay que sumar Alemania por su papel clave en la troika negociadora inicial …
Bruselas habla del Grupo 3 + 3 (la troika europea más EEUU, Rusia y China). La información que proviene de Nueva York se refiere al mismo grupo como 5+1 (los cinco permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania). Ante la confusión, algunos periodistas optamos por referirnos al Grupo de los Seis (o G-6), con el riesgo de que se confunda con la nomenclatura que se usa para los países más industrializados (G-8) o las principales economías (G-20).
Al final, es lo mismo. Irán contra el mundo. A un lado se sienta el representante iraní, que después de Rohaní fue Ali Lariyaní y ahora es Said Yalilí, y al otro el representante europeo, primero Solana y ahora Catherine Ashton, flanqueados por los delegados de los seis países más ¿poderosos? ¿influyentes? En cualquier caso, son siete a la mesa, y después de casi una década de conversaciones, incentivos y amenazas, no han conseguido doblegar a su interlocutor.
Sin duda, los negociadores iraníes son un hueso duro de roer, pero también cabe la posibilidad de que ni el 3+3 ni el 5+1 hayan sabido convencerles de que sus cuentas nucleares no les salen a cuenta. EEUU, el único interlocutor que al final importa en Teherán, debería pensar en otra solución distinta a esta crisis. La que ha probado hasta ahora, no funciona.