Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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Saleh dejó la presidencia, pero no la piscina presidencial

Por: | 30 de junio de 2012

Si el tráfico en Saná sirve de medida de la actuación del nuevo Gobierno, las cosas pintan mal. El habitual caos que genera en cualquier vía yemení la presencia de más de dos vehículos al mismo tiempo, adquiere proporciones épicas en el sector de la ciudad bajo control de las fuerzas de Ali Mohsen, el general que se unió a la rebelión contra Saleh y que ahora está aliado con el Gobierno. Incluso alrededor de su cuartel, en el noroeste de la capital. Los atascos y las manifestaciones de soldados que piden su paga llegan a bloquear el acceso a ese feudo. Me sucedió el miércoles, tenía una cita con el general a las 11.30 y a pesar de salir con tiempo, una hora más tarde no había logrado alcanzar el portón de acceso; perdí mi oportunidad.

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General Ali Mohsen./ yemenfox.net

El acuerdo político para que Saleh dejara el poder, alcanzado bajo presión internacional el pasado noviembre, se ha traducido en un frágil Gobierno de unidad nacional, pero ha resultado insuficiente para que las dos ramas en las que se dividió el Ejército vuelvan a unirse bajo el mando del presidente Abdelrabbo Mansur Hadi. Esto lleva a una situación que, si no fuera por el terrible estado de la seguridad del país, resultaría cómica: las unidades al mando del general rebelde obedecen al Gobierno y las que se mantuvieron leales… bueno, siguen obedeciendo al ex presidente Saleh.

En el fondo, la disputa sigue siendo política, no militar. El acuerdo con el que se evitó la guerra civil garantizó la inmunidad de Saleh y su familia, pero no le exigió a cambio que cesara su actividad política. Tampoco se ha disuelto el Congreso Popular General (CPG), su partido. Y es que a diferencia del Partido Nacional Democrático en Egipto, por ejemplo, el CPG cuenta con apoyo popular y algunos de sus responsables, como el propio Hadi, han mostrado voluntad de reformar el sistema. Así que ahí sigue el ex presidente, recibiendo a sus seguidores y alentando entre ellos la esperanza de que va a volver en las próximas elecciones.

“Lo que pasa es que se aburre soberanamente, y la gente que le visita le dora la píldora”, me asegura un diplomático occidental en Saná. Pero es algo más que eso lo que hace que Hadi no se haya trasladado a vivir al palacio presidencial (sólo tiene a allí sus oficinas) y permite que Saleh siga yendo a nadar a la piscina del complejo, según relató a este diario un hombre de negocios con conexiones en el entorno del ex presidente.

Y es que Saleh mantiene el control de varios servicios militares y de seguridad, en contra de lo que estipulaba el acuerdo de transición. La Guardia Republicana, el cuerpo de élite del Ejército, sigue dirigida por su hijo Ahmed, y la Seguridad Central, una especie de policía militarizada dependiente del Ministerio del Interior, está en manos de Yehya, un sobrino con fama de play-boy. El general Yehya logró que fuera su segundo quien pagara los platos rotos de un atentado que el pasado mayo mató a cerca de un centenar de uniformados. Todo el mundo esperaba que Hadi aprovechara la ocasión para destituirle, pero en el delicado encaje de bolillos que es la política yemení, aún no había llegado su hora.

Los más optimistas, consideran que Hadi (en realidad, el bloque político anti Saleh que respalda su presidencia) logrará deshacerse de Ahmed y Yehya, igual que ya ha hecho con otros parientes del ex presidente, una vez que éste obtenga garantías para ellos. “No creo que él tenga ya ambiciones políticas, pero quiere asegurar el futuro de sus hijos y sobrinos”, interpreta un alto cargo yemení convencido de que si hubiera elecciones libres hoy mismo, el partido de Saleh podría ganar. “Aún cuenta con apoyos, porque ¿cuál es la alternativa? ¿Los barbudos islamistas del Islah?”, se pregunta en referencia al principal partido del bloque opositor que llegó al Gobierno tras el pacto político.

Sin embargo, tanto en el Gobierno como en las filas de los independientes que se movilizaron contra Saleh el año pasado existe unanimidad en que el ex presidente tiene que irse del país. “Su presencia bloquea el avance político”, coincide la mayoría de los yemeníes con los que he hablado durante la semana que he pasado en Saná. Más fácil decirlo que lograrlo. Al parecer ningún país está dispuesto a darle asilo. Desde la firma del acuerdo, el Gobierno de unidad nacional ha pedido a varios europeos, entre ellos España, que acojan al autócrata, con un séquito de 70 personas. Pero nadie quiere esa patata caliente.

Ni siquiera los tradicionales países de acogida para dirigentes árabes caídos en desgracia. Cuando hace unos meses un embajador yemení le planteó el asunto al ministro de Exteriores de Emiratos Árabes Unidos, éste le respondió que por qué no se lo pedían a Australia o a Japón. “No quieren saber nada de él. No se fían porque saben que no respeta los acuerdos”, interpreta el diplomático. “Omán es el único país dispuesto a recibirle, pero él no quiere ir allí porque sabe que no podrá abrir la boca ni moverse a su aire”.

EEUU acaba de concederle un visado por razones médicas. Desde el atentado que sufrió hace un año, pasó tres meses en hospitalizado en Arabia Saudí y luego, tras firmar la entrega del poder, también recibió tratamiento en aquel país. Será una ausencia de semanas o meses. Nada indica que piense alejarse por mucho tiempo. La piscina del palacio presidencial sigue resultándole más atractiva, al menos mientras siga bajo la protección de la Guardia Republicana.

Mejor el ruido del generador que el de las bombas

Por: | 24 de junio de 2012

El ruido del generador es constante y agotador. No cesa ni siquiera por la noche. Incluso cuando vuelve la electricidad, nunca lo hace por más de dos horas. Es también el ruido del privilegio; el privilegio de vivir en una casa en la que hay dinero para el gasoil que alimenta el motor. No es el caso de la mayoría de los yemeníes, agotados por tres décadas de dictadura, un año de revueltas y el inicio de una transición que, cualesquiera que sean sus intenciones, difícilmente puede dar los resultados inmediatos que necesitan para mantener la esperanza. Ni siquiera en Saná, la capital. Mucho menos en las zonas rurales donde tampoco antes han disfrutado de ese servicio.

Que la electricidad es una prioridad ha quedado claro en una de las primeras reuniones que jóvenes de todas las provincias del país han mantenido para preparar su participación en el Diálogo Nacional, el foro que busca reconciliar a los yemeníes. Da igual que vinieran del Hadramut, de Adén o de Saada, todos llegaban con la misma queja. “¿Cómo podemos salir adelante a oscuras?", se preguntan. Los hospitales, los pequeños negocios, las neveras familiares… tantas cosas requieren electricidad. En los pueblos, los televisores se enchufan a baterías de coche. Ni soñar con una conexión a Internet.

El suministro nunca ha sido universal ni exento de cortes, pero desde el año pasado la falta de combustible para las centrales, los sabotajes y el escaso mantenimiento se han aliado para convertirlo en algo anecdótico. Sólo los vendedores de generadores se han beneficiado de la crisis. ¡Mejor el ruido de los generadores que el de las bombas! Sin duda. Pero las protestas por la falta de agua y electricidad empiezan a hacerse habituales en Saná, Hodeida y Aden.

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Mujeres acarreando agua en la capital, Saná./ XinHua

Pocos barrios tienen agua corriente ni siquiera en la capital. Incluso en los que la tienen, el suministro sólo se produce en días alternos. La mayoría de las casas se abastece con depósitos que se llenan previo pago al proveedor. En el 54% de los hogares de las zonas rurales, las mujeres tienen que caminar hasta el pozo más cercano para llevar agua a sus casas. Es el Medievo en pleno siglo XXI.

Llenar uno de esos depósitos de agua cuesta en la actualidad entre 2.500 y 3.000 riales (9, 25 y 11,10 euros) y una familia de cinco (pequeña para los estándares yemeníes) viene a consumir dos de esos depósitos al mes. Esa cantidad, en apariencia modesta, supone un esfuerzo enorme cuando la renta per cápita apenas alcanza los 2.500 dólares anuales y el 45% de la población se sitúa en torno a la línea de la pobreza (establecida en dos dolares diarios).

El Banco Mundial considera a Yemen “uno de los países con más escasez de agua”. Cada yemení sólo dispone de 125 metros cúbicos de agua anuales, frente a los 2.500 de media en el mundo, o los 1.250 de Oriente Próximo y el norte de África. Eso se traduce en que el 80% de los 24,7 millones de yemeníes sufre restricciones. Algunos expertos alertan de que la desbocada explotación de los acuíferos amenaza con dejar seca a Saná de aquí a 2025.

Son muchos los factores que confluyen en esta catástrofe anunciada. Para empezar, la presión demográfica y la rápida urbanización. Yemen tiene una de las tasas de natalidad más altas del mundo, lo que ha triplicado su población se ha triplicado desde 1975 y amenaza con duplicarla para 2025. Luego está el cultivo de qat, una hierba estimulante y ligeramente narcótica consumida por dos tercios de los yemeníes y que requiere mucha agua. Lo que alienta la perforación arbitraria de pozos, en medio de una falta de concienciación sobre el daño que causa.

El resultado, que las reservas de agua se consumen a un ritmo superior al que se reponen. Según las últimas estadísticas oficiales, Yemen gasta 3.500 millones de metros cúbicos al año, en tanto que sólo capta 2.500. En Saná, situada sobre una meseta a 2.200 metros de altura, solía encontrarse agua a 20 metros de profundidad. Ahora, hay que perforar hasta 200 y, lo que es más grave, se está haciendo sin control. El ritmo de agotamiento de los acuíferos es tal que los expertos del Ministerio de Agua y Medio Ambiente temen que la ciudad se quede sin agua antes de 15 años.

Algunos analistas opinan que las autoridades exageran la situación para atraer más ayuda. Ni siquiera eso resta gravedad a las condiciones de vida de los yemeníes. Si acaso, añade una alerta para que la eventual asistencia se condicione a la explotación sostenible de los acuíferos y a medidas que eviten el despilfarro de un bien tan esencial como escaso.

Más que cualquier avance político, son los servicios de agua y electricidad los que van a dar a los yemeníes la medida de la mejora en sus condiciones de vida. Mientras tanto, el runrún de los generadores seguirá dando dolor de cabeza a los afortunados que puede permitírselos. El resto, a oscuras.

Por qué no es lo mismo 3+3 que 5+1 y ambas suman 7

Por: | 18 de junio de 2012

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Catherine Ashton y Said Yalilí./ Al Jazeera

Cada vez que se aproxima una nueva ronda de conversaciones con Irán sobre su programa atómico me enfrento al mismo baile de cifras. ¿No es igual 5+1 que 3+3? Entonces, ¿por qué Estados Unidos se empeña en llamar al grupo 5+1 y la Unión Europea 3+3? Además, para complicar más el asunto, quienes finalmente se sientan a la mesa frente a la delegación iraní no son seis sino siete… ¿No eran las matemáticas una ciencia exacta?

Las matemáticas tal vez, pero no la política. El misterio de las cifras cambiantes se resuelve haciendo un poco de historia sobre el origen de las “conversaciones nucleares”. Basta con recurrir a la hemeroteca. Tras el descubrimiento del programa secreto de Irán en el verano de 2002, los tres países con más peso dentro de la UE, Alemania, Francia y Reino Unido (por estricto orden alfabético), iniciaron una mediación con Teherán para tratar de rebajar la tensión y que el régimen iraní renunciara a sus ambiciones atómicas.

Aquel esfuerzo logró que Irán suspendiera voluntariamente “todas sus actividades de conversión de uranio” a finales de noviembre de 2004. Sin embargo, también dejó clara la limitada capacidad de los europeos como interlocutores. Los gobernantes iraníes esperaban y buscaban un gesto de Estados Unidos, su némesis ideológica y el país con el que no mantienen relaciones diplomáticas desde la ominosa toma de la Embajada norteamericana en Teherán, a raíz de la revolución de 1979.

Por supuesto, los embajadores europeos que se reunían con el entonces secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el hoyatoleslam Hasan Rohaní, estaban en contacto con Washington, con cuya diplomacia coordinaban sus propuestas. Pero claramente, eso era insuficiente para Irán. Para el verano de 2005, coincidiendo con la elección a la presidencia de Mahmud Ahamadineyad, los iraníes mostraban su frustración y anunciaban la reanudación de sus actividades nucleares.

A partir de ahí, y sobre todo desde el momento en que el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) remite el caso al Consejo de Seguridad de la ONU en febrero del siguiente año, Irán empieza a dar publicidad a sus avances nucleares en un claro gesto de desafío. El Consejo de Seguridad decide actuar y encarga al entonces alto representante de la UE Javier Solana que entregue a Irán un “paquete de incentivos” en nombre de las grandes potencias.

Solana viaja a Teherán en junio y es entonces cuando empieza el baile de números. El europeo representa no sólo la UE sino también a EEUU, Rusia y China, pero el mandato parte de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (además de los tres citados, Francia y Reino Unido), a los que hay que sumar Alemania por su papel clave en la troika negociadora inicial …

Bruselas habla del Grupo 3 + 3 (la troika europea más EEUU, Rusia y China). La información que proviene de Nueva York se refiere al mismo grupo como 5+1 (los cinco permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania). Ante la confusión, algunos periodistas optamos por referirnos al Grupo de los Seis (o G-6), con el riesgo de que se confunda con la nomenclatura que se usa para los países más industrializados (G-8) o las principales economías (G-20).

Al final, es lo mismo. Irán contra el mundo. A un lado se sienta el representante iraní, que después de Rohaní fue Ali Lariyaní y ahora es Said Yalilí, y al otro el representante europeo, primero Solana y ahora Catherine Ashton, flanqueados por los delegados de los seis países más ¿poderosos? ¿influyentes? En cualquier caso, son siete a la mesa, y después de casi una década de conversaciones, incentivos y amenazas, no han conseguido doblegar a su interlocutor.

Sin duda, los negociadores iraníes son un hueso duro de roer, pero también cabe la posibilidad de que ni el 3+3 ni el 5+1 hayan sabido convencerles de que sus cuentas nucleares no les salen a cuenta. EEUU, el único interlocutor que al final importa en Teherán, debería pensar en otra solución distinta a esta crisis. La que ha probado hasta ahora, no funciona.

Descanso obligatorio para los 'esclavos'

Por: | 15 de junio de 2012

Justo cuando en España empezamos a soñar con las jornadas intensivas, la prensa de Emiratos anuncia que desde hoy y hasta el 15 de septiembre, todos los trabajadores al aire libre deberán descansar por ley entre las 12.30 y las 15.00 horas, salvo reparaciones de emergencia. Hay que haber experimentado la inclemencia de este clima para comprender lo que significa. La norma, que EAU aplica desde 2004, es sin duda un avance respecto a la época en que visité por primera vez la península Arábiga hace 25 años. Entonces, algunos occidentales bromeaban con que los termómetros nunca llegaban a los 50º C.

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HRW

“¿Sabes por qué?”, preguntaban a la despistada recién llegada. “Porque la Organización Internacional del Trabajo (OIT) prohíbe que se trabaje en exteriores por encima de esa temperatura”. Era su forma, un tanto cínica, de señalar los abusos que se cometían con esos ejércitos de trabajadores extranjeros, principalmente procedentes del subcontinente indio, sobre cuyos hombros se han levantado las espectaculares ciudades que han transformado las petromonarquías del desierto.

Aunque hay diferencias entre los seis estados miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (además de EAU, Arabia Saudí, Kuwait, Bahréin, Qatar y Omán), todos comparten una desproporcionada dependencia de la mano de obra extranjera para su desarrollo y la ausencia de protección para estos trabajadores. Ninguno de los ricos países petroleros reconoce el derecho de huelga o a formar sindicatos. De forma más o menos estricta, todos tienen en pie un sistema de contratación que convierte a los trabajadores en rehenes de su sponsor o patrocinador, un nacional que cobra por facilitar su entrada en el país y que con frecuencia confisca su pasaporte.

Al hilo del Mundial de fútbol de 2022 que va a celebrarse en Qatar, Human Rights Watch (HRW) ha aprovechado para llamar la atención sobre las condiciones de explotación y abuso que cientos de miles de obreros de la construcción afrontan en ese país que tiene una de las rentas per cápita más altas del mundo. Los inmigrantes constituyen el 94% de la fuerza laboral de Qatar, 1,2 millones de sus 1,7 millones de habitantes. Y podría reclutar hasta otro millón más para construir los estadios y el resto de las infraestructuras necesarias para ese evento deportivo.

En Construir una mejor Copa Mundial: Protección de los trabajadores migrantes en Qatar de cara a la FIFA 2022, HRW denuncia “un sistema de reclutamiento y empleo que atrapa a los trabajadores en condiciones de trabajo forzoso”. Esa organización de defensa de los derechos humanos ha documentado desde las tasas desorbitadas que los inmigrantes tienen que pagar para obtener un contrato, hasta el control abusivo que otorga a los empleadores el sistema de patrocinio, pasando por las deplorables condiciones de alojamiento.

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HRW

“Qatar tiene una de las leyes de patrocinio más restrictivas de la región”, según HRW, “ya que los trabajadores no pueden cambiar de empleo sin el permiso de sus patronos, independientemente de que hayan trabajado durante dos o veinte años, y todos necesitan que el empresario que los patrocina firme un permiso de salida antes de que puedan abandonar el país”.

Además de Qatar, sólo Arabia Saudí mantiene el problemático sistema de permisos de salida y la prohibición de cambiar de trabajo. Otros países permiten a los trabajadores variar de empleo después de cumplir su contrato, o después de un período de dos a tres años con su primer empleador. La situación se agrava con los obstáculos para presentar quejas o buscar resarcimiento, lo que hace que los abusos pasen desapercibidos para las autoridades que niegan su existencia.

“No nos quejamos, porque si lo hacemos, la empresa nos castigará”, confío Himal K., un obrero de la construcción de 18 años procedente de Nepal. La mayoría de los entrevistados por HRW, habían hipotecado sus casas o vendido propiedades familiares para obtener sus empleos, y se enfrentaban por lo tanto a tremendas presiones para permanecer en sus puestos de trabajo, al margen de las condiciones. Todos dijeron que sus patronos les habían confiscado el pasaporte, y en algunos casos se negaron a devolvérselos cuando se los pidieron.

La OIT señala que la confiscación de pasaportes es un indicador fundamental del trabajo forzoso, en especial cuando se combina con la amenaza o la posibilidad de sanciones penales, la denuncia de los trabajadores a la policía, el despido o las trabas para obtener otro empleo, temores todos ellos que comparten los trabajadores en Qatar.

De ahí que HRW haya pedido tanto al Gobierno de Doha como a la Federación Internacional de Asociaciones de Fútbol (FIFA) que cumplan “su compromiso de respetar los derechos de los trabajadores con vistas al Mundial de 2022”. También ha hecho un llamamiento a las empresas de construcción para que acaten las normas internacionales de trabajo.

Si no se garantizan esos derechos básicos de los trabajadores, será difícil disfrutar de los partidos para esa Copa sabiendo cómo se ha llegado hasta allí.

Brujas con chador contra fantasmas en chilaba

Por: | 12 de junio de 2012

Con las noticias internacionales centradas en la tragedia de Siria y las informaciones patrias en el rescate a la banca, mis ojos encuentran un descanso en un recuadro de la portada del Gulf News que anuncia Fighting black magic (Lucha contra la magia negra). De acuerdo con el sumario, “más de 1.200 artículos vinculados a los practicantes de la brujería [han sido] decomisados en el aeropuerto de Dubái”. Cuando la realidad se presenta oscura, nada mejor que evadirse por los vericuetos de lo extraordinario.

La cuestión llama más la atención en esta parte del mundo que desde fuera tendemos a ver de forma monolítica como extremadamente religiosa. Pero la noticia que me ha entretenido durante el desayuno es algo más que una anécdota.

Durante los seis años que viví en Irán, recuerdo que me sorprendía leyendo en el periódico sobre el desmantelamiento de grupos satánicos, la detención de exorcistas y brujas, o la diferenciación entre genios buenos y malos. La mayoría de las veces, las informaciones encubrían luchas políticas o simple represión a los jóvenes aficionados al rock, el rap o la estética gótica. No obstante, la esotérica creencia en la reaparición del Mahdi (el Mesías de los musulmanes chiíes) de la que hace gala el presidente Mahmud Ahmadineyad, parece una indicación del arraigo de lo sobrenatural en la psique colectiva iraní.

A menudo encontraba bajo la puerta de entrada de mi piso octavillas en las que videntes se ofrecían para leer las líneas de la mano o los posos del café. Mi colega Delphine Minoui, en su entretenido Les Pintades à Tehéran, dedica todo un capítulo a esas prácticas. Cierto que las autoridades las desaprueban, aunque no está claro si porque hacen la competencia a los clérigos, o porque las consideran excesivamente modernas (léase, occidentales).

Sin embargo, nadie cuestiona la extendida costumbre de quemar esfand (un variedad de ruda) para evitar el mal de ojo. A las puertas de las mezquitas, en los mercados o en medio del tráfico, es frecuente que desfavorecidos, que los locales identifican con gitanos, agiten su sahumerio envolviendo al involuntario receptor en un humo de olor repugnante que aseguran que ahuyenta los malos espíritus.

“Este es Esfand, que aleja el Mal de Ojo

La Bendición del rey Naqshband

Ojo de nadie, Ojo de parientes

Ojo de amigos, Ojo de enemigos

Cualquiera que sea malo arderá en este fuego brillante”, recita el intermediario a la espera de una propina.

Tampoco la teocracia ha logrado acabar con la superstición de abrir el libro de Hafez de forma aleatoria para encontrar en sus versos respuesta a cualquier duda que uno tenga sobre su futuro. ¿Lograré casarme con la persona que amo? ¿Encontraré trabajo? ¿Podré hacer el viaje con el que sueño? En algunos santuarios o lugares de peregrinación populares, la adivinación va un paso más allá y es un periquito el que elije el sobre que contiene el verso con la clave para esa duda que angustia a quien se acerca al puesto.

Pero no sólo en el Irán islámico y monoteísta perviven estas creencias populares. En el también rigorista Arabia Saudí, muchos creen en los espíritus (los jinn del Corán) y la veneración de santos que con tanto denuedo combaten sus autoridades religiosas. En un reciente episodio que ha tenido en vilo a la prensa local, y entretenidos a numerosos jóvenes sin mucho más que hacer, cientos de cazafantasmas aficionados se han dedicado a recorrer los pasillos de un hospital abandonado supuestamente tomado por los genios.

De acuerdo con varios medios saudíes, la macabra fascinación con el hospital Araqa de Riad, en el que se trató a los combatientes de la guerra de Irak de 1991, empezó con SMS y tuits sobre la presencia de fantasmas en el edificio. Siguió un llamamiento para desalojarlos, al que muchos adolescentes respondieron asaltando el lugar, rompiendo ventanas e incluso haciendo fuegos, que quemaron el 60% de las instalaciones.

 

Varios vídeos colgados en YouTube muestran a los cazafantasmas buscando pruebas de actividad espectral por las habitaciones vacías del edificio. Pero lo más sorprendente es que un columnista de la Saudi Gazette, Abdu Khal, ha pedido a las autoridades que formen un “comité para los jinns” que ayude a los propietarios de edificios poseídos. Y es que los saudíes no es toman los espíritus a broma. La creencia en esos seres inmateriales de la mitología árabe está recogida en el Corán, aunque a diferencia de los fantasmas de la tradición occidental no son las almas de los muertos sino entes con vidas paralelas a las de los humanos a quienes con frecuencia intentan atraer al pecado.

 

Volviendo a la noticia que me sugirió esta distracción, no es ninguna broma. Entre los objetos requisados por la policía de Dubái hay talismanes, amuletos, rosarios de la suerte, piel de animales, navajas de brujería, libros de magia, raspas de pescado y ampollas con sangres y otros líquidos. El año pasado hubo 92 decomisos de materiales similares y en el primer trimestre de este ya se han interceptado 16 envíos.

“Las prácticas de brujería y magia negra son un fenómeno peligroso que amenaza la seguridad de la comunidad”, advierte un responsable policial citado por el diario. Al parecer, hay bandas organizadas que abusan de la ingenuidad de algunas personas para manipular sus miedos y estafarlas. La mayoría de las víctimas son mujeres árabes. “El islam prohíbe la magia negra”, ha recordado el gran muftí de Dubái, aconsejado que en caso de problemas, se recurra a Dios. Aunque tal como están las cosas en el mundo, no está claro que tenga tiempo para atender a todos.

Protesta en el centro comercial

Por: | 07 de junio de 2012

Saudi
اعتقال @e3teqal

La protesta fue pequeña. Apenas unas decenas de personas, hombres delante, mujeres detrás. Tampoco es la primera que se produce en Arabia Saudí, donde la ausencia de prensa independiente y de medios extranjeros ayuda a que estas acciones pasen desapercibidas. Desde febrero del año pasado, familiares de presos detenidos sin juicio realizan manifestaciones periódicas pidiendo su puesta en libertad. Pero anoche dieron un paso más: llevaron su reclamación a un centro comercial donde su gesto tuvo más visibilidad. Enseguida aparecieron vídeos en la web.

“Liberad a los oprimidos”, corean los manifestantes que irrumpieron en el centro comercial Sahara, al norte de la capital saudí. El lema es un dicho (hadiz) del profeta Mahoma, tal como explica Ahmed al Omran en su blog que enseguida se hizo eco de la inusual protesta.

Inusual y arriesgada. El conservador reino no reconoce el derecho de manifestación y a raíz de las revueltas árabes, las autoridades reforzaron la prohibición con una fetua que declara las protestas contrarias al islam. Tenían motivos para preocuparse. Alentados por el ejemplo de Túnez y Egipto, donde se produjeron los levantamientos que inspiraron al resto del mundo árabe, también algunos saudíes decidieron llevar sus agravios a la calle.

En marzo del año pasado, llegaron a la opinión pública las protestas de los chiíes de la Provincia Oriental. Esta corresponsal fue brevemente detenida en Hofuf cuando cubría una de ellas. Desde entonces, las manifestaciones se han producido de forma intermitente en esa zona. Media docena de jóvenes han muerto, según los activistas locales.

Menos conocida es la movilización de los familiares de presos en Riad. Aunque han organizado repetidas sentadas ante el Ministerio del Interior los viernes, su rápida disolución por las fuerzas de seguridad y el recelo de esos activistas a hablar con la prensa extranjera ha amortiguado su efecto. Y sin embargo, algunos defensores de los derechos humanos consideran su causa una de las más potencialmente explosivas.

El Gobierno reconoce la existencia de 13.000 detenidos sin juicio bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo. Sin embargo, la Asociación por los Derechos Civiles y Políticos estima que la cifra está más cerca de los 30.000. “Es rara la familia saudí que no tiene un preso político”, me confió el pasado septiembre el presidente de esa organización, Mohamed Al Qahtani.

Aunque los manifestantes son escasos en número, han roto con un tabú. En un país que carece de sociedad civil y que la calle nunca ha sido parte integral del proceso político, se han atrevido a salir. Además, el suceso de anoche en el centro comercial parece indicar que siguen una estrategia de visibilidad creciente. Sus concentraciones ante el Ministerio del Interior el año pasado eran silenciosas, sin pancartas ni eslóganes. Inicialmente las autoridades no les prestaron atención, pero a partir de la cuarta cita empezaron a detener a algunos de los asistentes.

También anoche hubo detenciones. Mohamed al Abdelaziz (@_MHD_S) afirma en su cuenta de Twitter que su “hermano, la mujer de éste y sus tres hijos” fueron detenidos y que “sin duda hay otros más”.

Significativamente, esta protesta no parte de los sectores liberales sino de los islamistas. Como puede apreciarse en las imágenes colgadas en la web, la mayoría de los participantes llevan las túnicas por encima del tobillo habituales entre los salafistas, seguidores de una de las interpretaciones más estrictas y literales del islam suní. Son ellos, mucho más que las élites occidentalizadas, quienes preocupan a los gobernantes saudíes. Y sin embargo hay quien opina que su respuesta está agravando el problema.

“Por un lado, están convirtiendo en héroes a los presos al mantenerlos encerrados durante años sin juicio; por otro, sus familiares están organizados y han perdido el miedo”, me explicó un analista. De hecho, el Gobierno cierra su página de Facebook cada vez que alcanza los 10.000 seguidores, algo que ya ha sucedido en al menos cuatro ocasiones.

El País

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