Ángeles Espinosa

Mejor el ruido del generador que el de las bombas

Por: | 24 de junio de 2012

El ruido del generador es constante y agotador. No cesa ni siquiera por la noche. Incluso cuando vuelve la electricidad, nunca lo hace por más de dos horas. Es también el ruido del privilegio; el privilegio de vivir en una casa en la que hay dinero para el gasoil que alimenta el motor. No es el caso de la mayoría de los yemeníes, agotados por tres décadas de dictadura, un año de revueltas y el inicio de una transición que, cualesquiera que sean sus intenciones, difícilmente puede dar los resultados inmediatos que necesitan para mantener la esperanza. Ni siquiera en Saná, la capital. Mucho menos en las zonas rurales donde tampoco antes han disfrutado de ese servicio.

Que la electricidad es una prioridad ha quedado claro en una de las primeras reuniones que jóvenes de todas las provincias del país han mantenido para preparar su participación en el Diálogo Nacional, el foro que busca reconciliar a los yemeníes. Da igual que vinieran del Hadramut, de Adén o de Saada, todos llegaban con la misma queja. “¿Cómo podemos salir adelante a oscuras?", se preguntan. Los hospitales, los pequeños negocios, las neveras familiares… tantas cosas requieren electricidad. En los pueblos, los televisores se enchufan a baterías de coche. Ni soñar con una conexión a Internet.

El suministro nunca ha sido universal ni exento de cortes, pero desde el año pasado la falta de combustible para las centrales, los sabotajes y el escaso mantenimiento se han aliado para convertirlo en algo anecdótico. Sólo los vendedores de generadores se han beneficiado de la crisis. ¡Mejor el ruido de los generadores que el de las bombas! Sin duda. Pero las protestas por la falta de agua y electricidad empiezan a hacerse habituales en Saná, Hodeida y Aden.

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Mujeres acarreando agua en la capital, Saná./ XinHua

Pocos barrios tienen agua corriente ni siquiera en la capital. Incluso en los que la tienen, el suministro sólo se produce en días alternos. La mayoría de las casas se abastece con depósitos que se llenan previo pago al proveedor. En el 54% de los hogares de las zonas rurales, las mujeres tienen que caminar hasta el pozo más cercano para llevar agua a sus casas. Es el Medievo en pleno siglo XXI.

Llenar uno de esos depósitos de agua cuesta en la actualidad entre 2.500 y 3.000 riales (9, 25 y 11,10 euros) y una familia de cinco (pequeña para los estándares yemeníes) viene a consumir dos de esos depósitos al mes. Esa cantidad, en apariencia modesta, supone un esfuerzo enorme cuando la renta per cápita apenas alcanza los 2.500 dólares anuales y el 45% de la población se sitúa en torno a la línea de la pobreza (establecida en dos dolares diarios).

El Banco Mundial considera a Yemen “uno de los países con más escasez de agua”. Cada yemení sólo dispone de 125 metros cúbicos de agua anuales, frente a los 2.500 de media en el mundo, o los 1.250 de Oriente Próximo y el norte de África. Eso se traduce en que el 80% de los 24,7 millones de yemeníes sufre restricciones. Algunos expertos alertan de que la desbocada explotación de los acuíferos amenaza con dejar seca a Saná de aquí a 2025.

Son muchos los factores que confluyen en esta catástrofe anunciada. Para empezar, la presión demográfica y la rápida urbanización. Yemen tiene una de las tasas de natalidad más altas del mundo, lo que ha triplicado su población se ha triplicado desde 1975 y amenaza con duplicarla para 2025. Luego está el cultivo de qat, una hierba estimulante y ligeramente narcótica consumida por dos tercios de los yemeníes y que requiere mucha agua. Lo que alienta la perforación arbitraria de pozos, en medio de una falta de concienciación sobre el daño que causa.

El resultado, que las reservas de agua se consumen a un ritmo superior al que se reponen. Según las últimas estadísticas oficiales, Yemen gasta 3.500 millones de metros cúbicos al año, en tanto que sólo capta 2.500. En Saná, situada sobre una meseta a 2.200 metros de altura, solía encontrarse agua a 20 metros de profundidad. Ahora, hay que perforar hasta 200 y, lo que es más grave, se está haciendo sin control. El ritmo de agotamiento de los acuíferos es tal que los expertos del Ministerio de Agua y Medio Ambiente temen que la ciudad se quede sin agua antes de 15 años.

Algunos analistas opinan que las autoridades exageran la situación para atraer más ayuda. Ni siquiera eso resta gravedad a las condiciones de vida de los yemeníes. Si acaso, añade una alerta para que la eventual asistencia se condicione a la explotación sostenible de los acuíferos y a medidas que eviten el despilfarro de un bien tan esencial como escaso.

Más que cualquier avance político, son los servicios de agua y electricidad los que van a dar a los yemeníes la medida de la mejora en sus condiciones de vida. Mientras tanto, el runrún de los generadores seguirá dando dolor de cabeza a los afortunados que puede permitírselos. El resto, a oscuras.

Hay 5 Comentarios

Belen, yo admiro a los que dicen la VERDAD por encima de todo y comparten con los lectores la verdadera información que les ha llegado sin ninguna intención de engañar o manipular. Por eso, admiro a Angeles cuando actua así, y no la admiro cuando falla a este principio. Un cordial saludo.

Yo también pienso lo mismo, Ahmed.
¡Qué bello es este post!
A la autora:
Es admirada por millones entre los que me encuentro

Gracias por mostrarnos ONJETIVAMENTE esta vez, la realidad de allí.

Gracias Belén. Viajar por esta parte del mundo supone hacer una cura de humildad, pero incluso sabiéndonos privilegiados, no debemos renunciar a que los servicios mínimos lleguen a todos y sigan mejorando.

He pensado después de leerlo en la suerte que es poder disponer de los servicios mínimos.
Se que esto no consuela a nadie porque está demostrado que con una buena política en materia de energía y recursos naturales, podríamos vivir todos y dejar el camino trazado para los que nazcan.
El hecho es que si periodistas como usted no se dedicasen a mostrarnos objetivamente la realidad, dejaríamos pasar pensamientos que podrán ser actuaciones preventivas, diques al avance de la crisis. Nos recuerdan las capacidades y las obligaciones que tenemos por el hecho de estar en este mundo y que hay que tomarlas con fuerza y con ganas.

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Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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