Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

Noticias verdaderamente falsas

Por: | 24 de julio de 2013

Sólo ellos podían publicar una foto de Pippa Middleton con Ahmadineyad en… Wimbledon (falsa, por supuesto). O asegurar que el bebé de los duques de Cambridge iba a llamarse Qatar Airways debido a un generoso acuerdo de financiación de la casa real británica por parte del rico emirato (tampoco es cierto, como se podrá comprobar para cuando se publique este post). Es todo demencial. O no. Según como se mire.

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Imagen de la página web de The Pan-Arabia Enquirer.

Irreverente, divertido y absolutamente falso. Así es The Pan-Arabia Enquirer, que se define como “la única fuente de noticias satírica de siete estrellas del mundo”. El enrevesado lema ya revela quiénes son sus destinatarios: Aquellos capaces de entender su juego de palabras, una referencia a Emiratos Árabes Unidos (que se vanagloria de tener el único hotel de siete estrellas del mundo, el Burj al Arab) y a Qatar (cuya compañía de bandera se anuncia como la línea aérea de cinco estrellas del mundo). O sea, básicamente, residentes en, o interesados en los cotilleos de, estos países del golfo Arábigo/Pérsico tan proclives a los excesos.

Pero también dan caña al resto del vecindario. Irán, Irak, Omán, Kuwait, Bahréin, Arabia Saudí, Yemen e incluso Israel y Siria, no se libran de sus ataques desternillantes. Eso sí, en inglés. Resulta difícil imaginarse una publicación similar en árabe. Por ahora, al menos. Aunque a raíz de la primavera que ha vivido Oriente Próximo la sátira política ha empezado a llegar a las pantallas de televisión, las acusaciones de blasfemia e insulto al presidente a las que tuvo que hacer frente el egipcio Bassem Youssef a principios de este año, dan una idea de los peligros que esperan a los osados.

En la línea de The Onion o The Daily Mash, con los que se compara, The Pan-Arabia Enquirer no deja de captar algunas verdades verdaderas en sus falsas noticias. Por ejemplo, cuando el pasado abril titulaba “Irán celebra una semana entera sin que nadie diga o haga algo demencial”. Teniendo en cuenta los sobresaltos a los que nos ha acostumbrado Ahmadineyad durante sus ocho años como presidente, no andaba desacertado. Claro que el bombástico mandatario iraní se lo ponía fácil. Sus redactores van a echarle de menos.

Además, fustigan con frecuencia las ambiciones de Emiratos, que recientemente aseguraron que iba a pasar a denominarse AAA111 UAE. ¿Por qué semejante extravagancia? Todo tiene que ver con el lugar que ocupa en la lista de países de la ONU, donde de acuerdo con su nombre en inglés, United Arab Emirates, le corresponde la posición 242. “Resulta totalmente inadecuado que un país que tiene la torre más alta del mundo, el centro comercial más grande y el sándwich de queso más caro, se halle tan abajo”, justificaba un imaginario bróker.

Qatar no se queda atrás. “El jeque Tamim acepta el trabajo de sus sueños como emir de Qatar”, titularon el acceso al trono del nuevo monarca a finales del mes pasado. Poco antes habían logrado una exclusiva “Dentro de la superpija oficina talibán” en Doha, cuyas imágenes fueron sin duda la envidia de la profesión. Informativamente hablando, están a la última. No en vano, sus autores son todos plumillas o ex plumillas profesionales. Y con la ventaja de no tener que ajustarse a la realidad.

Tampoco pretenden engañar a nadie. Tal como dejan claro en su presentación: “Es todo inventado”. Así que piden a los lectores que no se ofendan “porque no merece la pena”. El equipo, “mucho más pequeño de lo que la gente piensa”, según confía su director en un email, está basado en Dubái, pero “cuenta con la colaboración de algunos antiguos residentes” que ahora andan repartidos por el mundo.

“De momento es un proyecto a tiempo parcial, pero nos encantaría que se convirtiera en un trabajo a tiempo completo”, asegura el responsable desde el anonimato.

La revista, relanzada el año pasado tras un intento fallido en 2010, traza sus orígenes cinco años antes en The Dubai Enquirer, una primera página de periódico que se distribuía por email primero semanalmente, luego cada mes y finalmente cada dos, hasta que desapareció un año más tarde. Ahora ya ha superado ese lapso temporal y espera consolidarse.

Oro a cambio de grasa (perdida)

Por: | 18 de julio de 2013

ACTUALIZADO EL LUNES 22 DE JULIO con una nota al pie

Sí, como lo lee. Un gramo de oro por cada kilo de sobra que se logre perder. Al menos eso es lo que promete la campaña que, con el lema Su peso en oro, acaba de lanzar la municipalidad de Dubái. Su objetivo potenciar los hábitos de vida saludables y animar a los habitantes de este emirato, uno de los siete de la federación de Emiratos Árabes Unidos, a hacer ejercicio. Y con ese incentivo, es más fácil animarse. ¿O no?

La mayoría de los países desarrollados, y cada vez más muchos de los en vías de desarrollo, se enfrentan al problema de la obesidad. No es una cuestión de estética (vale, no solo); sino sobre todo de salud. Y de dinero. Un reciente estudio ha estimado en 33.900 millones de dólares (unos 26.000 millones de euros) el sobre coste que añaden los hábitos de vida sedentarios e insalubres (fumar, beber, comer comida basura y no hacer ejercicio) a la lucha contra tres tipos de cáncer con los que están directamente vinculados.

El asunto es especialmente grave en esta parte del mundo, donde la opulencia parece haberse incorporado al espíritu nacional. A menudo, la prensa local informa de las altas tasas de diabéticos del tipo II (el que se adquiere de adultos) y de hipertensos en los países de la zona. Los médicos relacionan ambas enfermedades con el exceso de peso y la falta de actividad.

Hay que reconocer que el clima no ayuda. Con 50º C a la sombra, a ver quién es el guapo (o la guapa) que sale no ya a correr, sino a pasear. Eso y la influencia del American way of life. La comida rápida, en coche a todas partes... Sólo los curritos utilizan el transporte público y mueven el esqueleto. En consecuencia, padecen en mucha menor medida los efectos del sedentarismo.

Arabia Saudí se lleva la palma. Sus ciudadanos están considerados los menos que menos se ejercitan del mundo. El 61,5% de sus hombres y el 76,2% de sus mujeres, entre los mayores de 18 años, llevan vidas sedentarias, es decir que hace ejercicio menos de tres veces al mes. Un 29,5% de los saudíes y un 43,5% de las saudíes están clasificados como obesos. Sus vecinos cataríes no les van a la zaga.

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Saudíes en un partido de fútbol. / Emirates 24/7

De hecho, todas las monarquías de la península Arábiga tienen campañas de concienciación al respecto. Pero sólo a Dubái podía ocurrírsele incentivar con oro que sus habitantes se pongan en forma. Porque la campaña no se limita a los nativos del emirato, apenas una décima parte de su población, sino a todos los residentes.

Para participar hay que, además de tener grasa de sobra, registrarse, comprometerse a seguir las pautas alimentarias de los médicos y nutricionistas que vigilan el programa, y bajar un mínimo de dos kilos. Se dispone desde el viernes 19 de julio hasta el 16 de agosto. Ese día se sorteará una moneda de oro por valor de 20.000 dirhams (unos 4.250 euros) entre las tres personas que hayan perdido más peso, y el resto recibirá un gramo por cada kilo rebajado.

¿Con qué límite? “No lo hemos fijado”, asegura Hussain Lootah, el director general de la Municipalidad, citado por The National. Las dos asociaciones que copatrocinan la iniciativa, el Gold and Jewellery Group y el Multi Commodities Centre, han donado monedas de oro por valor de 100.000 dirhams. Si se descuenta la que se sorteará, quedan 80.000 dirhams que a 152 dirhams el gramo dan para compensar…

NOTA: Un total de 3.500 personas se han inscrito para el reto, cinco veces más de las que esperaban los organizadores. Según cálculos realizados por The National, si todos los que han firmado pierden el mínimo de 2 kilos exigido para tener derecho a los prometidos gramos de oro, la Municipalidad de Dubái tendrá que entregar 7 kilos de oro, lo que al actual precio de mercado equivale a un millón de dirhams (unos 220.000 euros).

 

Ayuno y abstinencia

Por: | 12 de julio de 2013

Ya está aquí Ramadán, el mes de ayuno y abstinencia musulmán, que tantas expectativas despierta entre los practicantes del islam y tanto estupor nos produce a los demás. ¿Cómo es posible dejar no ya de comer sino de beber durante casi 15 horas con temperaturas que en estas latitudes rondan los 50º C? (Además, hay que abstenerse de mantener relaciones sexuales, fumar o albergar malos pensamientos desde la salida hasta la puesta del sol). Pues hay millones que lo hacen, e incluso con alegría. Ya dijo alguien que la fe mueve montañas.

Falta de fe para sufrir tal privación, aspiro al menos a moverme con tiento en unas sociedades en las que el fenómeno religioso traspasa el ámbito de lo cultural y alcanza la normativa. Y eso cambia en cada país. No es lo mismo pasar el mes de ramadán en Egipto que en Arabia Saudí, en Irán que en Emiratos Árabes Unidos (EAU), pero en cualquier lugar hay que mostrarse respetuoso con las costumbres locales. Así que para entender mejor el asunto, la semana pasada me apunte a un seminario titulado Etiqueta durante el Ramadán.

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'Iftar' cultural en el Cenro Jeque Mohamed para el Entendimiento Cultural. / SMCCU

Nasif, un simpático voluntario emiratí del Centro Jeque Mohamed para el Entendimiento Cultural (SMCCU, en sus siglas inglesas), nos explicó que el siyam, o ayuno, es uno de los cinco pilares del islam (junto a la profesión de fe, la oración, la limosna y el peregrinaje). Subrayó que no se trata de una tortura, sino de un ejercicio de autocontrol del que están exentos niños, embarazadas, ancianos y enfermos; también quienes están de viaje, aunque tienen que recuperar luego los días que se han saltado.

Hasta ahí lo sabido, pero ¿por qué tiene que respetarlo todo el mundo, creyente o no, practicante o no?, pregunta alguien.

“No está prohibido que quien lo desee coma o beba, sino hacerlo en público, a la vista de quienes seguramente están ayunando”, aclara Nasif.

De hecho, en EAU, a diferencia de Arabia Saudí o Irán, es posible encontrar un restaurante abierto, aunque con las cortinas echadas, prácticamente en todos los centros comerciales y hoteles internacionales. Sin duda tiene que ver con el hecho de que gran parte de los extranjeros que viven aquí no son musulmanes y con que el país ha hecho una apuesta por atraer turistas, muchos de los cuales sólo se enteran de la festividad por las banderolas que decoran las tiendas.

Como sucede en los países occidentales con las fiestas cristianas, el comercio no puede resistir la tentación de sacar tajada de la celebración. Desde los anuncios de dátiles, el producto por excelencia para romper el ayuno, hasta los dulces típicos de la festividad, todo llama al consumo. Incluso los restaurantes que han estado cerrados durante el día, ofrecen suntuosos iftar (literalmente desayuno, pero tras la puesta del sol).

¿Y los festines? ¿Por qué si ayunan muchos musulmanes dicen que engordan durante este mes?

Nasif admite que una cosa es la teoría y otra la realidad, y que la cultura y las tradiciones locales han impregnado la práctica religiosa en cada sociedad. Las visitas a familiares y amigos cercanos se han convertido en un imperativo, y qué mejor muestra de hospitalidad que un abundante ágape.

Recuerdo cuando vivía en El Cairo, que las noches de Ramadán me recordaban a las de Navidad. De hecho, en alguna ocasión coincidieron ambas celebraciones (ya que las festividades islámicas se rigen por el calendario lunar y por lo tanto varían de fecha, como ocurre con la Semana Santa) y terminé con un empacho monumental tras el intercambio de invitaciones. Los más puristas aseguran que ese no es el espíritu, pero a ver quién cambia las costumbres de los egipcios.

Sin embargo, en Irán, la ruptura del ayuno era más moderada y el ambiente menos festivo. También, ha sido el país en el que he encontrado un mayor número de exentos de ayunar por razones médicas o de otro tipo.

¿Y de qué sirve tanto autocontrol si al día siguiente algunos se duermen en sus puestos de trabajo?

Tal como Nasif responde con paciencia, eso es responsabilidad de cada cual y tiene mucho que ver con su disciplina en horarios y comidas. Aunque lo aconsejable sea no variar demasiado las costumbres y no hacer ingestas opíparas cada noche, la realidad es que la privación de alimento y bebida durante el día marca un ritmo distinto, y la actividad social se concentra tras la puesta del sol prolongándose en ocasiones hasta el amanecer. Las autoridades reconocen ese hecho ya que, al menos en EAU, reducen en dos horas la jornada laboral de todos los trabajadores, musulmanes o no.

¿Puedo tomarme mi café de media mañana o mi botellín de agua delante de un colega que está ayunando?

“Pregúntele. No asuma nada. Cada uno somos un mundo y sólo nos representamos a nosotros”, aconseja Nasif. “Tal vez su colega tenga una fuerza de voluntad de hierro y no le importe; tal vez no pueda soportar el aroma del café y eso le ponga de mal humor, o tal vez no esté ayunando. Sólo si le pregunta podrá saberlo”. Eso sí, si en su empresa o entre sus clientes hay musulmanes, resulta conveniente no organizar almuerzos de trabajo durante este mes, y evitar las reuniones a partir de las cinco de la tarde porque quienes ayunan querrán llegar a su casa a tiempo para hacer la comida con su familia.

¡Ah! Y si le invitan a un iftar, no lo dude, acepte. Es una excelente ocasión para el intercambio social y cultural. Pero lo más importante es no estar en la carretera en la media hora previa al fin del ayuno. Si usted vive en un país de mayoría musulmana, sabrá por qué lo digo.

¡Feliz Ramadán!

Arabia Saudí, rehén de sus inmigrantes

Por: | 03 de julio de 2013

Apenas 24 horas antes de que hoy concluyera el plazo para que los inmigrantes en situación irregular arreglaran sus papeles o abandonaran Arabia Saudí, el rey Abdalá ha extendido la fecha límite hasta finales del año islámico. Eso significa que decenas de miles de trabajadores extranjeros que corrían el riesgo de ser deportados, disponen hasta el 4 de noviembre para encontrar una solución. Pero la medida no es tanto un gesto benevolente como el resultado del ingente número de casos que pone en evidencia la dependencia saudí de la mano de obra extranjera y la perversión del sistema de patrocinio de los trabajadores.

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Trabajadores asiáticos hacen cola ante una oficina de inmigración en Riad el pasado mayo. / AFP

El origen de todo el embrollo está en el deseo de las autoridades de reducir el paro entre los jóvenes saudíes (en torno al 30%, frente a un 12,6% de media). Tras las revueltas que desde 2011 han derrocado a varios dictadores árabes, el monarca convirtió ese objetivo en una prioridad. De ahí que además de destinar 100.000 millones de euros a gasto social, esté buscando la fórmula para que los nuevos empleos que se crean sean ocupados por nacionales. Con ese fin, ha endurecido las normas para la contratación de ciudadanos de otros países y ofrecido la amnistía para aquellos en situación irregular.

Unos datos básicos: Casi un tercio de los 29 millones de habitantes de Arabia Saudí son extranjeros, pero constituyen por lo menos la mitad de la fuerza laboral (11,3 millones). En su mayoría se trata de asiáticos (indios, paquistaníes, bangladeshíes y filipinos) ocupados sobre todo como obreros en la construcción y los servicios. Según el banco de inversiones EFG Hermes, los inmigrantes sin visado en regla pueden alcanzar el 30% del total.

La ley saudí exige que, para obtener un permiso de trabajo y de residencia, los extranjeros sean avalados por la persona que les da empleo. El sistema (kafala en árabe, sponsorship en inglés) da un enorme poder al patrocinador o sponsor, cuyo permiso es necesario para viajar fuera del país o para cambiar de empleo. Algunos saudíes han convertido ese régimen en una forma de vida dedicándose a importar mano de obra “como si fuera ganado”, en palabras de un profesional español que reside en Riad.

“Hay tráfico de empleados entre los sponsors; quien firma los papeles para traerlos no siempre es quien los emplea; se los pasan de unos a otros, según las necesidades”, explica la fuente. Eso sí a cambio de jugosas comisiones, de las que los trabajadores no ven un céntimo.

En otros casos, un saudí acepta patrocinar a uno o varios trabajadores a cambio de una comisión anual por renovarles los permisos de trabajo y de residencia, tal como ha revelado el diario Saudi Gazette. La fórmula, conocida como “visado libre”, hace que miles de inmigrantes estén trabajando de forma ilegal porque han sido importados para negocios que no existen.

Así que el pasado marzo, las autoridades pusieron en marcha una campaña de inspecciones y controles para detectar y detener a quienes no tuvieran la documentación en regla o no estuvieran trabajando para el patrocinador de su visado. Enseguida se corrió la voz y muchos negocios enviaron a sus empleados a casa, o dejaron de atender cara al público para evitar detenciones y multas.

“Hubo obras que se pararon de un día para otro y varios colegios que tuvieron que cerrar debido a la falta de personal”, recuerda el profesional antes citado.

Pronto se hizo evidente que era imposible encarcelar a todos. A principios de abril, los Ministerios de Trabajo y del Interior anunciaron tres meses de gracia para los trabajadores que arreglaran sus documentos o abandonaran el país sin temor a ser penalizados y no poder regresar en el futuro. Ese plazo concluía hoy. Según datos oficiales, cerca de 1,6 millones de inmigrantes se han beneficiado de la medida. De ellos, 180.000 se han ido del país, una cifra que se suma a los 200.000 expulsados en los primeros meses del año, antes de que entrara en vigor la amnistía. (En 2012, los deportados fueron 575.000.)

Pero miles más no han tenido tiempo material de solucionar su situación. Tal vez casi otros tantos, ya que se estimaban entre dos y tres millones los trabajadores en situación irregular. El problema es que a muchos de ellos sus patrocinadores les retuvieron el pasaporte a la llegada, una práctica a menudo denunciada por las organizaciones de derechos humanos, y ahora no tienen forma de recuperarlos, o han caducado entre tanto. De ahí las colas que se han formado ante los consulados (en una de las cuales ante el Consulado indonesio en Yeddah el 9 de junio murió una mujer en una reyerta). Incluso quienes han podido hacerse con un documento de viaje tenían problemas para conseguir un billete de avión a tiempo.

Tampoco los que han logrado regularizar sus papeles para quedarse se libran de dificultades. Algunos empresarios, sabedores de la desesperación de quienes se veían abocados a irse, han aprovechado para ofrecer contratos a la baja. En la construcción, se están haciendo contratos por entre 1.000 y 1.200 riales al mes (entre 205 y 245 euros), una quinta parte de lo que algunos habían llegado a ganar, según declaraciones recogidas por Arab News. Este diario cita a hombres de negocios que estiman que las empresas se han ahorrado unos 10.000 riales por trabajador contratado, lo que multiplicado por los regularizados sumaría en torno a 2.800 millones de euros.

Además, las nuevas regulaciones saudíes han alarmado a los países que cuentan con los ahorros de los emigrantes como una de sus principales fuentes de ingresos, como es el caso de Egipto, Yemen, India, Pakistán, Sri Lanka, Indonesia o Filipinas. Arabia Saudí es el tercer país que remesas genera, según el Banco Mundial. Las autoridades yemeníes incluso se han puesto en contacto con Riad para advertir que el regreso de un gran número de sus nacionales desestabilizaría su frágil proceso de transición política.

Menos claro está el efecto que va a tener sobre el paro de los jóvenes saudíes. Aunque en los últimos años, los locales han empezado a aceptar trabajos que hasta entonces descartaban como recepcionistas de hotel o cajeros de supermercado, todavía hay muchos trabajos a los que se resisten, sobre todo en la construcción y en los servicios. Una salida en bloque de decenas de miles de extranjeros tendría un impacto negativo en la economía, tal como se vio venir en marzo cuando se produjeron los primeros cierres. Y su sustitución por saudíes va a llevar algún tiempo. “Corremos el riesgo de que el país se paralice”, advierten varios residentes.

Caminando como los egipcios

Por: | 01 de julio de 2013

Ir de manifa no es el plan que una espera cuando pasa un fin de semana con amigos a los que hace tiempo que no ha visto. Sin embargo, ayer en El Cairo tampoco había muchas alternativas. Todo el mundo estaba en la calle. Así que cuando mi anfitriona me comenta que espera a varios allegados para unirse a los manifestantes, no lo dudo, le digo que iré con ellos. La idea les causa cierta preocupación. La víspera un profesor estadounidense ha muerto en una protesta en Alejandría.

“Hay gente sencilla que piensa que los extranjeros son espías”, tratan de disuadirme sin éxito. No me atrae la idea de quedarme sola en casa toda la tarde mientras una oleada de gente pasa bajo el balcón agitando banderas con aspecto festivo. Así que al final aceptan que les acompañe a cambio de que mantenga la boca cerrada para no llamar la atención.

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Camiseta con el lema "Soy un rebelde", en referencia al grupo que ha organizado las protestas, Rebelión.

Sin la presión de tener que escribir una crónica antes del cierre de la edición y privada de la posibilidad de hacer preguntas a los manifestantes, no me queda más que sumergirme en la riada humana como una más. Así que, por primera vez, me dispongo a seguir una protesta estando dentro y fuera al mismo tiempo. Dentro, porque mi presencia no se justifica en tanto que periodista. Y fuera, porque no dejo de ver lo que sucede como una observadora atenta, que no tiene arte ni parte en el resultado.

La ruidosa multitud se dirige al palacio de Ittihadiya, sede de la presidencia egipcia, coreando los mismos eslóganes que hace poco más de dos años usaron para echar a Mubarak: “El pueblo quiere la caída del régimen. Erhal, erhal (Vete, vete)”. Sólo que esta vez a quien los egipcios desean desalojar del poder es al primer presidente civil elegido tras aquella revuelta popular, Mohamed Morsi, miembro de la organización de los Hermanos Musulmanes. En el camino sólo veo dos guardias urbanos a un lado de la calle y, más tarde, dos policías militares, pertrechados con chalecos antibalas, pero sin casco, bajo una curiosa marquesina que les identifica como tales.

Hay familias con niños, jóvenes y mayores, hombres y mujeres, algunas con velo y otras sin él… Incluso más tarde voy a encontrarme con una mujer completamente cubierta de negro y con el rostro tapado con un niqab, que lleva colgada del cuello una tarjeta roja con la inscripción “Erhal”. También hay un par de hombres en silla de ruedas que sujetan un poster con la imagen del asesinado presidente Anuar el Sadat, un matrimonio que lleva el rostro de Abdel Gamal Naser en sus camisetas y un par de chicos con las caretas de V, el personaje de tebeo que han popularizado los hackers de Anonimus. La concentración es una muestra de la diversidad. También del Máster en política que los egipcios han cursado en estos dos últimos años.

Mi amiga, sin ir más lejos, nunca había mostrado ningún interés por la cosa pública en los veinte años que nos conocemos. Hoy es una mujer trasformada. Grita con entusiasmo por el cambio, enumera los errores del presidente y cuestiona el curso que está tomando su país. Y no, no es la típica occidentalizada, sino una mujer de clase media, que ha trabajado toda su vida y que no se salta ninguna de las cinco plegarias diarias.

Pero lo que más sorprende es el ambiente, un cruce de mitin político y verbena. Hay puestos de refrescos y de camisetas (revolucionarias). También jóvenes voluntarios que recogen las botellas y latas vacías, inusitadamente depositadas en cajas colocadas cada cierta distancia. Mucha gente utiliza el móvil para hacerse fotos con la multitud de fondo y una bandera nacional al lado, como si quisiera dejar constancia de que ha estado en un momento crucial de la historia de su país. Hay hasta fuegos artificiales. Sin embargo, tal vez por el carácter descentralizado de la protesta, no hay oradores. De vez en cuando, un grupo de activistas anima el cotarro desde un altavoz coreando consignas o difundiendo canciones patrióticas. Mi amiga se emociona cuando oye el himno Biladi, biladi (Mi país, mi país). No es la única.

Los manifestantes se van parando junto a esos grupos o donde encuentran algún poyete en el que hacer un descanso antes de seguir. Casi una hora y media después, llegamos a las puertas del palacio presidencial. La última vez que estuve aquí fue en 2008 para hacer una entrevista al entonces presidente Mubarak. En aquellos días, a los egipcios ni se les pasaba por la cabeza la idea de protestar, mucho menos ante esa sede. Hoy, las nuevas autoridades han rodeado el perímetro con bloques de hormigón, sobre los que los más ágiles se encaraman para bailar o sentarse a descansar.

El objetivo de Tamarod (Rebelión), la coordinadora detrás de la movilización, es lograr que la marea humana cubra todo el trayecto entre la plaza de Tahrir (Independencia), corazón de la capital egipcia y centro de la protesta, y la sede de la presidencia, como ya lo hicieran el día que lograron desalojar del poder a Mubarak, el 11 de febrero de 2011. No puedo comparar porque entonces no me tocó cubrir la revuelta y no estuve aquí. Tampoco me es posible saber si la multitud representa a la mayoría aritmética de los 90 millones de egipcios.

Tamarrod ha anunciado que cuenta con 22 millones de firmas pidiendo el adelanto de las elecciones. Los partidarios de Morsi han respondido que tienen 26 millones en defensa de la “legalidad”, que para ellos significa que el presidente acabe su mandato. También ellos se han movilizado y logrado reunir a varios miles de personas frente a la mezquita de Rabaa al Adawiya, en el barrio de Ciudad Náser. Es un pulso peligroso y en el que, al menos visualmente, los descontentos parecen llevar la delantera. Pero, como tantas otras veces, la clave no es tanto la voluntad popular como la postura que adopten quienes tienen las armas.

El Ejército, con la ambigüedad que le caracteriza, ha dicho que no va a consentir el caos. Traducido, que no está dispuesto a perder sus privilegios y que estará con quien le permita mantenerlos. Los manifestantes creen que está de su lado y lo expresan jaleando a cada helicóptero militar que sobrevuela por encima de sus cabezas. Por los móviles, quienes están en Tahrir cuentan que desde un helicóptero les han lanzado banderas nacionales, que policías y manifestantes se abrazan en la plaza, que…

No sé si es cierto o la gente proyecta sus deseos. Pero lo que he visto frente a las puertas de Ittihadiya es una multitud pacífica deseosa de que el Estado escuche sus deseos en lugar de imponerle los del gobernante de turno. Sesenta años de dictadura han sido suficientes. Quieren respirar. Pasadas las diez de la noche, regresamos a casa, pero aún quedan muchos en la calle. Se han comprometido a seguir hasta que les escuche.

En el primer viaje que hice a este país, de estudiante y con mochila, me hice una foto posando como una de esas figuras hieráticas de los templos egipcios. Walk like an Egyptian, que decía la canción de The Bangles. No tenía ni idea de lo poco hierática que era su gente. Hoy sí que he caminado como los egipcios. Al menos un rato, porque a ellos aún les queda un largo sendero.

El País

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