Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

En la cama con Bond, James Bond

Por: | 22 de diciembre de 2013

A pesar de los espías que periódicamente Irán anuncia haber detenido, una nunca se imaginaría encontrar al glamuroso Bond, James Bond, en pleno Teherán. Entre otras cosas, porque sin su dry Martini (agitado, pero no revuelto) el hombre no es nadie. Pero en el mundo de la ficción, hace mucho que son posibles los viajes en el tiempo. Y a estas alturas de la película no tengo empacho en declararme una incondicional de 007. Asumo los riesgos.

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Teherán, vista desde Tochal, la semana pasada. / Yalda Moaiery.

Todo empezó en Bagdad, durante la guerra real que siguió a la guerra oficial. Corría 2004 y aunque George W. Bush había declarado el fin de las hostilidades, el país seguía hundiéndose en un agujero del que todavía no ha salido. La electricidad iba y venía de forma aleatoria, pero más iba que venía, así que en casa utilizábamos un generador para alimentar los ordenadores, la parabólica, la antena de internet y el resto de los artilugios necesarios para ejercer el trabajo de periodista. Así que cuando llegaba la noche estábamos tan hartos del ruido del dichosos trasto que sacrificábamos ver una peli a cambio de un poco de silencio.

La alternativa era la lectura. Disponíamos de unas lámparas de fabricación china que se cargaban durante el día y permitían una o dos horas de luz sin necesidad de corriente. Pero comprenderán ustedes que tras pasar el día visitando las escenas de los atentados suicidas y recopilando las desgracias de la ocupación, una no tenía el cuerpo ni para sesudos estudios sobre el sectarismo que empezaba a desangrar el país, ni siquiera para literatura de cierto calado. Lo confieso: me leí las obras de Dan Brown.

Lo que es aún más grave, me aficioné a la novela de aventuras antes de conciliar el sueño. Así es cómo llegué a Bond, James Bond. Claro que ya me había leído (de joven) los originales de Ian Fleming. Descubrí sin embargo que, al hilo del éxito cinematográfico, varios autores (alguno de ellos de cierto renombre) habían aceptado el encargo de escribir nuevas historias para el agente secreto más conocido de la historia. Eran un estupendo contrapunto a los duros destinos que forman parte de mi trabajo.

Primero leí Carte Blanche, de Jeffery Deaver, con el pretexto de que se desarrollaba en Dubái. Luego abordé Solo, escrita por William Boyd, sin buscar pretexto alguno. Y finalmente, conocedor de mi debilidad, mi marido me regaló Devil May Care, de Sebastian Faulks, justo unos días antes de mi último viaje a Irán. Sin duda, la compañía perfecta para acabar las intensas jornadas de trabajo que me esperaban.

Cuál no sería mi sorpresa cuando al segundo día de mi estancia, me meto en la cama, empiezo el capítulo 7 y me encuentro con una frase de Viaje a Oxiana de Robert Byron:

                “El inicio de un viaje a Persia se asemeja a una ecuación de algebra: tal vez salga el resultado o tal vez no”.

¿Era un mensaje en clave? ¿Qué significaba eso para mis planes de escribir un reportaje para EL PAÍS Semanal? No tenía tiempo de averiguarlo. Bond, James Bond, acababa de llegar a Teherán y, aunque para él era 1967, yo no iba a perder la ocasión. De inmediato llamé a su contacto, Darius Alizadeh, y le pedí que me ayudara a concertar una cita en mi hotel que, según el relato de una amiga, aunque ahora era propiedad de los servicios secretos, en tiempos había pertenecido al marido de la cantante Googoosh y albergado un cabaré.

La información que Darius nos facilitó, a Bond y a una servidora, se ha quedado un poco anticuada después de la revolución. No obstante, hay cosas, como el tráfico o la contaminación, que parecen no haber cambiado demasiado. Obviamente no pudimos brindar con champán. Tampoco nos sirvieron caviar, porque casi ha desaparecido, pero los pistachos siguen siendo los mejores. Lo demás lo dejo a su imaginación, y aprovecho para desearles unas felices fiestas y un estupendo 2014.

Una minifalda en Teherán

Por: | 14 de diciembre de 2013

El jueves por la noche, el equivalente de nuestro sábado, salí a cenar con una pareja amiga. Me llevaron primero al Camino de Madera para que conociera el penúltimo lugar de moda entre los jóvenes de Teherán. Se trata de un simpático conjunto de restaurantes y cafeterías que se extiende a lo largo de un paseo sobre traviesas de madera en el nuevo parque del Agua y el Fuego.

A pesar del frío y de la lluvia, los garitos estaban a tope. Así que optamos por buscar un lugar más tranquilo para poder charlar y terminamos en el Cafe Lounge de ASP, un complejo de edificios situado al oeste de la plaza de Vanak. Decoración cool, música agradable y concurrencia guay. Como en los tiempos del reformista Jatamí, volví a asistir a la técnica de forzar los límites de las iraníes. Melenas que escapaban rebeldes al pañuelo, pantalones ajustados como medias, maquillajes imposibles y juegos de seducción que se terminaron a las 11 con el obligado cierre del café.

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Varias jóvenes paseando por el norte de Teherán./ manteausdaily.wordpress.com

Para lo que no estaba preparada era para la minifalda que nos encontramos a la salida. Algunas chicas las usan sobre leggins para crear el efecto óptico de que muestran las piernas, pero la valiente de la otra noche la lucía sobre medias cristal con botas a la rodilla y sin el resguardo de una larga bata que ocultara su atrevimiento. Su trenca no llegaba a cubrir la mini. Y el termómetro apenas marcaba un par de grados sobre cero.

“Cualquier día volvemos a ser el París de la región”, se le escapó a uno de mis amigos. Pero al día siguiente, al acudir religiosamente a la plegaria del viernes, comprendí que el asunto no concita unanimidad. En el tema de la minifalda, como en todo lo demás, Irán sigue siendo un país dividido.

El ayatolá Mohammad Ali Movaheddi-Kermani dedicó su sermón al destape de las iraníes. No me entiendan mal. No es que las ciudadanas de la República Islámica se exhiban como Romina Goshtasbi en Interviú. Lo que denunciaba es lo que aquí se llama “mal hiyab”, o sea no respetar las normas vestimentarias que las autoridades imponen a las mujeres y que exigen que se cubran de la cabeza a los pies, sin mostrar ni un mechón ni las formas del cuerpo.

Para el austero ayatolá debe de ser prácticamente lo mismo a la vista de la preocupación que mostró por el asunto. Movaheddi-Kermani propuso que el Ministerio de Orientación Islámica distribuya un CD con pasajes del Corán y recomendaciones sobre cómo conducirse moralmente en la vida para que todos los negocios lo difundan en lugar de música. La sugerencia suscitó las risas apenas contenidas de los escasos jóvenes que asistían al rezo.

Hay que decir, en aras de la paridad de género, que antes de su intervención, el clérigo que le precedió se dedicó a aconsejar que todos los hombres se dejen crecer la barba. Resulta curioso que para unos sea conveniente cultivar el pelo facial y otras tengan que esconder el que les crece en la cabeza.

¿Tendrá eso que ver con la escasa asistencia de jóvenes a las plegarias? No lo sé, pero me da la impresión de que las nuevas generaciones de Irán (y el 70% de sus 80 millones de habitantes es menor de 40 años) tiene preocupaciones más acuciantes que satisfacer los ideales estéticos de unos religiosos cuyos discursos parecen desconectados de la realidad

Prohibido periodistas

Por: | 12 de diciembre de 2013

No sé qué secretos esconde la Universidad de Teherán, pero en cualquier caso se trata de un lugar no apto para periodistas extranjeros. Al menos esa es la imagen (nefasta) que transmiten sus responsables. O parte de ellos. Tratándose de Irán, siempre hay un mínimo de dos facciones enfrentadas. Desconozco si es histórico o genético, pero es real.

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Entrada a la Universidad de Teherán./ www.iranreview.org

Antes de viajar a este país, un reportero ya asume que va a tener menor libertad de movimientos de la que le gustaría. Otra cosa es descubrir que ni siquiera los permisos oficiales, con firma y sello, tienen valor. Primero, uno se acredita y recibe una tarjeta monísima que sólo sirve de suvenir. Para salir a la calle es necesario otro documento con el nombre del periodista y del traductor-acompañante. Ahí se especifican los barrios de Teherán en los que pueden realizar su trabajo. Si se quiere entrar en algún recinto oficial, hay que pedir un tercer papel.

Deseosa de visitar el campus de la Universidad de Teherán para conversar con los estudiantes, solicité con tiempo el plácet oficial y, en contra de lo habitual, la agencia encargada de pastorearme tenía todo a punto cuando llegué. “No hay ningún problema. Ya hemos avisado. Sólo tienen que acudir al departamento de relaciones públicas de la universidad”, le dijo el responsable a mi traductor.

Así que el miércoles por mañana nos presentamos allí. No habían recibido nada. O eso nos dijeron. No obstante, tras una llamada a la agencia, apareció el fax que certificaba que estábamos debidamente acreditados y contábamos con el visto bueno de la autoridad para hacer el reportaje.

“Basta con que muestren este papel al guarda de la entrada”, nos aseguró un sonriente funcionario, aparentemente satisfecho por sernos de ayuda. Salimos del edificio, cruzamos la calle y el de la garita dijo que él no tenía autoridad, que habláramos con su jefe.

Entramos en una oficina cercana, donde nos ofrecieron asiento y miradas de recelo. “¿De dónde dice que es? ¿Iraní? ¿Suiza?”, preguntaba un tipo de uniforme con cara de no entender qué era España. “Ah, no. Esto no puede ser”. “Pero en Relaciones Públicas nos han dicho que era suficiente”, insistía educadamente el traductor. “Ya, pero yo tengo otro jefe”, respondía inamovible el de seguridad, como todos los vigilantes de edificios oficiales, un miembro de la milicia basiyí que depende de los Pasdarán.

Acudir a su superior sólo fue una pérdida de tiempo. Tras fingir interés en la carta de presentación de la agencia, aseguró que el papel no tenía “ningún valor”. “Hombre, después de todas las molestias, vamos a causar muy mala imagen a la periodista”, trató de ablandarle el traductor. “¿Y a mí qué me importa?”, respondió el responsable de seguridad.

Con esa respuesta dimos por concluida la conversación. Nunca sabremos si fuimos víctimas de una pelea entre dos departamentos de la universidad, un exceso de celo de un vigilante con pocas miras o si, como en las películas de misterio, había una razón oculta. Lo que parece claro es que el Gobierno de Rohaní tiene tanto trabajo fuera como dentro del país. Con funcionarios así, seducir al mundo resulta bastante complicado.

PD: Los universitarios que entrevistamos a continuación en los aledaños de la universidad se mostraron mucho más cordiales y abiertos al diálogo. Aunque la mayoría rechazaron que se les fotografiara o dar sus nombres completos, no tuvieron inconveniente en hablar con nosotros. Sólo por ellos merece la pena el viaje.

Irán divide a las petromonarquías

Por: | 11 de diciembre de 2013

El reciente acuerdo nuclear alcanzado en Ginebra entre Irán y las seis grandes potencias ha pillado a las monarquías de la península Arábiga con el paso cambiado. Tras décadas de actuar como baluartes frente al expansionismo de la revolución iraní, el acercamiento hacia su vecino persa por parte de Estados Unidos sólo ha sido percibido como un abandono de éste. Algunos comentaristas han hablado incluso de traición. El peso de Arabia Saudí entre esos países que constituyen el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) ha eclipsado, sin embargo, las diferencias entre ellos.

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Mohammed bin Rashid de Dubái y Abdala bin Zayed de Abu Dhabi reciben a Mohamed Javad Zarif en el palacio de Zabel en Dubái./ WAM 

La cumbre anual de los jefes de Estado del CCG (además de Arabia Saudí, Kuwait, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Omán) que se está celebrando en Kuwait, ha puesto de relieve algo más que matices en su respuesta a la nueva realidad regional. Si el entendimiento alcanzado en Ginebra se concreta en un pacto definitivo en los próximos meses, Irán recuperará su papel de potencia, al que de todas formas nunca ha renunciado.

Consciente de ello, el Gobierno saudí ha recuperado su propuesta de transformar el CCG en una unión, una idea que ya lanzó a raíz de las revueltas populares de Bahréin en 2011. Pero mientras el monarca de ese pequeño reino puede ver con simpatía la protección del hermano mayor ante el desafío que suponen las exigencias democráticas de sus habitantes (dos tercios de ellos chiíes), el resto no está tan claro. Aunque Kuwait y Qatar han dicho que apoyan la idea, no se puede descartar que lo hicieran convencidos de que no iba a salir adelante. De hecho, un plan mucho más modesto para establecer una unión monetaria fracasó ante la negativa de Emiratos Árabes, que no se ha pronunciado sobre la unión, a aceptar que el Banco Central se instalara en Riad.

Omán, en contra de su proverbial discreción, expresó en vísperas de la cumbre su oposición a la propuesta saudí. “No vamos a impedir la unión, pero si se produce no seremos parte de ella”, manifestó el ministro omaní de Exteriores, Yusuf Bin Alawi en declaraciones ampliamente difundidas por la prensa de su país, que normalmente evita los asuntos polémicos. El sultanato, que siempre ha mantenido el equilibrio entre sus buenas relaciones con Occidente y la buena vecindad con Irán, sirvió de lugar de encuentro para las conversaciones secretas entre altos funcionarios iraníes y estadounidenses que allanaron el camino para el compromiso nuclear.

Igual voluntad en guardar cierta equidistancia ha mostrado Qatar que, por un lado, lleva años tratando de marcar sus diferencias con Arabia Saudí y, por otro, comparte con Irán un importante campo de gas en aguas del golfo Pérsico. Del mismo modo, Emiratos Árabes tiene intereses contrapuestos. Mientras Dubái tiene lazos históricos y comerciales con su vecino iraní, Abu Dhabi se encuentra ideológicamente más próximo de Riad. Además, la federación reclama a Irán las islas de Abu Musa, Tunb Mayor y Tunb Menor, en una de las zonas más estratégicas del golfo debido a que la mayoría del tráfico marítimo pasa entre ellas por la profundidad de las aguas.

De momento, la República Islámica está intentando congraciarse con sus vecinos como parte del giro en su política exterior. La semana pasada, el ministro iraní de Exteriores, Mohamed Javad Zarif, visitó Kuwait, Muscat, Doha, Abu Dhabi y Dubái para transmitir el deseo de su Gobierno de mejorar las relaciones. Insistió en que también esperaba viajar a Riad pronto y en que el acuerdo nuclear no era a expensas de nadie sino a favor de todos en la zona. Pero a pesar de las buenas palabras, sólo convenció a medias. Algunos analistas árabes sospechan que sólo trata de abrir una brecha entre esos países y Arabia Saudí, el peso pesado por extensión y demografía.

Los seis miembros del CCG, que juntos suman 30 millones de habitantes frente a los 80 de Irán, suman un 40% de las reservas mundiales de petróleo y en torno a un 25% de las de gas. En su anterior cumbre, el año pasado, no sólo expresaron su preocupación por el programa nuclear iraní sino que denunciaron la “continua interferencia” de Teherán en sus asuntos internos. Las monarquías árabes (todas suníes excepto la omaní) siempre han recelado de la influencia iraní sobre las minorías chiíes de sus países, pero la desconfianza se ha agravado desde las revueltas árabes, en especial en Siria.

Una rosa de 170 euros

Por: | 09 de diciembre de 2013

Ika
Llegadas en el aeropuerto Imam Jomeini de Teherán./ www.pbase.com

Hoy en el aeropuerto Imam Jomeini de Teherán recibían a las pasajeras con una rosa roja. Se trataba de una publicidad, pero que te entreguen una flor siempre causa buen efecto. Claro que pensándolo más despacio, he llegado a la conclusión que por los 170 euros que me cobran al día, podían entregarme un ramo diario. Esa cifra no es el precio de mi alojamiento en un lujoso hotel (la oferta hotelera iraní es bastante modesta), sino la tasa de la agencia con la que los periodistas extranjeros estamos obligados a trabajar en Irán.

Durante mi última visita, el pasado agosto para cubrir la toma de posesión del presidente Hasan Rohani, pagué 120 euros. El incremento en tres meses resulta llamativo incluso para la inflación local, sobre todo porque te facturan en divisa. Protestando un poco he conseguido que me rebajen a 150, pero me queda la duda de si el intermediario será menos diligente gestionando mis permisos o tramitando mis solicitudes de entrevistas.

Aunque Rohani ha traído una ráfaga de aire fresco al país, está claro que los viejos hábitos son difíciles de erradicar. Irán va a necesitar algo más que rosas rojas para mejorar su imagen internacional.

Informar mata

Por: | 03 de diciembre de 2013

Hubo un tiempo en que los medios internacionales informaban sobre Irak. Hubo un tiempo en que los medios internacionales tenían periodistas destacados en Irak. Hubo un tiempo en que cualquier incidente que le sucediera a uno de esos periodistas de un medio internacional en Irak se convertía en noticia de primera página y aseguraba tratamiento de héroe al infortunado. Eran los primeros, y ya olvidados, años de la ocupación. Luego, con la casi guerra civil de mediados de la década pasada y la retirada de las tropas estadounidenses hace dos años, se perdió el interés informativo. Al igual que otros ciudadanos, los periodistas han seguido muriendo en Irak, pero ya no son miembros de esa tribu de reporteros internacionales y a nadie parece importarle demasiado.

Human Rights Watch (HRW) denunció la semana pasada una Oleada de asesinatos de periodistas, tras la muerte a tiros de seis profesionales de la información en Mosul, la capital de la provincia de Nínive, durante los meses de octubre y noviembre. Además, según esta organización de defensa de los derechos humanos, las autoridades en vez de investigar como es debido esos crímenes, se dedican a detener a los reporteros que meten las narices en asuntos políticos delicados como la corrupción o la falta de servicios básicos.

 

Www.iraqicivilsociety.org

“Los periodistas en Irak hacen frente a una doble amenaza, de las bandas armadas que les tirotean y de los fiscales que presentan cargos contra ellos, todo por lo que escriben”, ha declarado Sarah Leah Whitson, la directora para Oriente Próximo de HRW.

. Alaa Edward Butros, periodista de Al Rashid TV, estaba sentado en un café, cuando unos tipos le dispararon con armas automáticas, el 24 de noviembre.

. Bashar Abdulqader Najm al Nuaymi, camarógrafo de la agencia de noticias Al Mosuliya, fue asesinado el 24 de octubre.

. Mohamed Karim al Badrani, reportero de Al Sharqiyya TV, y su camarógrafo, Mohamed al Ghanem, estaban cubriendo las preparaciones para una festividad religiosa en un mercado cuando fueron asesinados a tiros el 5 de octubre.

. Saad Zaghlul, periodista que estaba trabajando como portavoz del gobernador de Nínive, cae abatido en frente de su domicilio el 8 de octubre.

. Qahtan Sami, el anterior portavoz del gobernador y también periodista, fue asesinado en julio y su cuerpo dejado en la calle mientras varios oficiales del Ejército miraban sin intervenir.

En todos los casos, la policía ha abierto investigaciones, pero luego no ha anunciado ni detenciones ni resultados de las pesquisas. Las familias y los colegas de los periodistas asesinados han dicho a HRW que nadie se ha molestado en pedirles datos o preguntarles sobre las víctimas. Un reportero local asegura que hay una lista de 44 periodistas que los grupos armados quieren quitar de en medio y que las fuerzas de seguridad no hacen nada para impedirlo.

Según el Observatorio para las Libertades periodísticas de Bagdad, sólo en Mosul, 48 profesionales de la información han muerto por la violencia política desde 2003. La ciudad está considerada una de las más peligrosas de Irak debido a la mezcla étnica y confesional de su población. Las disputas territoriales de árabes, kurdos, turcomanos y asirios cristianos, se ven complicadas por el uso de la religión que hacen los distintos líderes políticos, y la sombra de Al Qaeda que, según todos los indicios, gobierna cuando cae la noche.

“Los terroristas atacan de forma sistemática a los informadores, pero el Gobierno no hace nada para proteger a la gente”, asegura Hasan Shaaban, director del Centro para la Protección Legal de los Periodistas.

La violencia contra los reporteros no es nueva en Irak. Pero desde el inicio de las protestas (mayoritariamente suníes) en febrero de 2011 contra la corrupción y la falta de servicios, HRW asegura que “los periodistas hacen frente a un aumento de los ataques y las amenazas, incluso por parte de las fuerzas de seguridad del Gobierno”.

Para ello las autoridades usan y abusan del artículo 314 del Código Penal, que criminaliza la difamación y prevé pena). HRW se opone a ese tipo de leyes porque las considera desproporcionadas e innecesarias para proteger las reputaciones, y porque atentan contra la libertad de expresión.

. Zohair Fatlawi, que escribe en el periódico Al Mushakis y varios medios electrónicos, fue acusado de difamación tras escribir un artículo en el que acusaba de corrupción a los responsables del Fondo para la Vivienda, que financia casas y facilita hipotecas. Primero, los guardias de ese departamento le echaron cuando entrevistaba a empleados que denunciaban irregularidades. Una vez publicado el texto, un funcionario le llamó al móvil y le amenazó con llevarle a los tribunales si no lo retiraba. Finalmente, el día 27 de octubre, el Tribunal para Medios y Publicaciones le condenó a tres días de prisión por difamación. Fue encarcelado con asesinos y ladrones.

. Rasha al Abadi, corresponsal de la agencia de noticias Baghdadeyya en Nayaf, fue detenida junto a su camarógrafo, el 21 de noviembre cuando recogía las quejas de los afectados por las inundaciones por la tardía respuesta oficial a las fuertes lluvias. Le confiscaron el móvil y el equipo de grabación, antes de llevarla a la comisaría sin una orden de detención ni decirle de qué se le acusaba. Se negó a firmar una declaración de que no iba a volver a trabajar como periodista, pero no le devolvieron el material ni sabe si hay un caso abierto contra ella.

Shaaban representa en la actualidad a una decena de periodistas que afrontan procesos penales por difamación. Otros tienen miedo de hablar y simplemente huyen cuando ya no pueden aguantar más la prisión. Eso si no les matan antes.

El País

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