Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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Las mujeres musulmanas son un pozo de sorpresas. En Occidente estamos muy confundidos con sus velos y su vestimenta que percibimos como extremadamente conservadora. Debajo de esas capas de tela hay a menudo mujeres de rompe y rasga. Por mi trabajo me ha tocado entrevistar a activistas, abogadas, madres coraje y un montón de valientes que no desdirían en ningún lugar del mundo. Pero no estaba preparada para esto.

De acuerdo con una información aparecida en el diario emiratí Gulf News, una mujer ha acudido a los tribunales para pedir el divorcio porque su marido no la satisface sexualmente. Aunque el periódico no facilita datos sobre la nacionalidad de la demandante, se deduce que se trata de una musulmana porque ha presentado su demanda en el Tribunal de la Sharía de Dubái.

Dubai+Courts

Edificio de los tribunales de Dubái.

La esposa insatisfecha asegura que su marido sólo puede mantener relaciones sexuales con ella “tres o cuatro veces a la semana", lo que a ella le parece “insatisfactorio”. Aunque a tenor de un reciente artículo publicado en este periódico debería darse con un canto en los dientes ya que “por término medio, los hombres casados de menos de 65 años responden en las encuestas que mantienen relaciones sexuales una vez a la semana”. Y eso si hay suerte porque el autor asegura que la realidad puede ser menos animada. Claro que los estudios en cuestión se refieren a Estados Unidos y aquí estamos en la península Arábiga.

Interrogada por el juez, la buena señora respondió que deseaba a su marido “dos o tres veces al día”, algo que al parecer a él se le hace muy cuesta arriba. Así que como no logró un arreglo satisfactorio con él (el periódico no desvela en qué sentido), optó por llevarle a los tribunales y solicitar un divorcio por daños. Con un par.

Realmente hay que ser muy osada, o estar muy harta, para lanzarse a pedir un divorcio en tierras del islam. Mientras que para ellos se trata de un procedimiento directo y sin complicaciones, las mujeres tienen que demostrar que existe maltrato físico o emocional, fracaso en cumplir el propósito del matrimonio, infidelidad o incapacidad del marido para mantener a su familia.

Es posible que la demandante haya intentado agarrarse a la segunda causa, pero incluso así ello le obliga a exponer su vida sexual ante un tribunal en el que previsiblemente los hombres son mayoría, una situación bastante embarazosa en un entorno en el que esos asuntos rara vez salen del ámbito privado. 

De momento, el juez le ha dicho que mantener relaciones sexuales (sólo) tres o cuatro veces a la semana no le parece dañino y que resulta un motivo insuficiente para obtener el divorcio; además, le ha sugerido que se someta a un tratamiento médico. Ella se ha negado y ha pedido que sea su marido el que se someta a un examen. Así que el tribunal ha referido al demandado a un centro médico para que confirme que está en perfecto estado de revista y es capaz de satisfacer a su mujer. El juicio continuará entonces.

Dubái se queda sin nombres para sus proyectos

Por: | 16 de febrero de 2015

Los nombres son importantes. No sólo los de las personas, sino también los de las cosas. Especialmente cuando se trata de algo nuevo y que tiene que comercializarse. Nos lo recuerda a diario la publicidad. Un nombre evocador, atractivo, con gancho, logra que nos interesemos más por los productos. De ahí el recurso a denominaciones exóticas para perfumes que quieren convencer al usuario de su capacidad de seducción. O la elección de palabras de ensueño para bautizar edificios, urbanizaciones y centros de ocio.

Pocos lugares para comprobarlo como Dubái. Una barriada de rascacielos de reminiscencias soviéticas y calidades de vivienda de protección social, se llama Jumeira Beach Residence (Residencia de la Playa de Jumeira). Las obras que durante meses torturan a los sufridos residentes se llevan a cabo “to enhace your experience” (para que usted disfrute más), aunque el resultado sea dudoso. Y la prohibición de sacar a los perros se anuncia con un rebuscado “le agradecemos que no traiga a su mascota a este paseo”.

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El nuevo logo de Dubái, en el que el nombre de la ciudad puede leerse tanto en árabe como en letras latinas.

En una ciudad en que todo es icónico, sofisticado, sin paragón y, por supuesto, exclusivo, un error en el nombre puede ser fatal.  Pero llega un momento en que se agotan las Olas, Sueños, Riveras y Paraísos, de los que echar mano. O al menos eso parece estar sucediendo en el emirato a la vista de los últimos incidentes de los que se ha hecho eco la prensa local.

El penúltimo delirio megalómano de esta metrópolis que nunca para de crecer, una isla artificial sobre la que se planea construir la mayor noria del mundo, ha chocado con ese problema. Su promotor, Meraas Holding, había elegido el nombre de Bluewaters (aguas azules) para el proyecto que incluye viviendas, hoteles y zonas comerciales, además de la citada atracción de 210 metros de altura. Pero al parecer esa bonita designación tiene dueño.

Es lo que opina Land Securities Group, el principal inversor inmobiliario del Reino Unido y propietario del centro comercial Bluewater en el condado británico de Kent, al sureste de Londres. Esa empresa, que al parecer había registrado ese nombre en Emiratos Árabes Unidos (uno de los cuales es Dubái), ha presentado un recurso en la Oficina de Propiedad Industrial para impedir que Meraas lo utilice para su isla, según ha informado Bloomberg.

El asunto no dejaría de ser una anécdota si no fuera el segundo caso que se le presenta a la compañía emiratí en una semana. Pocos días antes, The National contaba que los abogados de Boxpark, un centro comercial montado con contenedores de transporte en Londres, han escrito a Meraas advirtiéndole de que está violando sus derechos de propiedad intelectual al utilizar la denominación Box Park para su anunciado distrito de compras y restaurantes en Al Wasl, una céntrica zona de Dubái.

Dado que hasta 2020, fecha en la que Dubái va albergar la Exposición Universal, hay una larga lista de proyectos pendientes, tal vez haya llegado el momento de convocar un concurso de nombres atractivos y originales para que no choquen con otros ya existentes. 

Sin palabras

Por: | 05 de febrero de 2015

Así es como muchos nos quedamos tras conocer el brutal asesinato del piloto jordano a manos de los bárbaros del Estado Islámico, califato o como quiera que llamen a su tiranía. Si pensábamos que las decapitaciones eran el culmen de su crueldad, estábamos equivocados. Al igual que antes con el atentado a Charlie Hebdo, no hay palabras para describir la rabia y el asco que producen esas atrocidades. Las ideologías, las opiniones, pueden debatirse. Pero no hay ideología ninguna detrás de esa máquina de convertir la muerte en propaganda de sus aberraciones.

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A raíz de la matanza de París, politólogos, diplomáticos y periodistas volvimos a analizar el por qué del yihadismo. La campaña de Afganistán, la invasión de Irak, la financiación saudí de la interpretación más oscura del islam,  la falta de integración de los musulmanes europeos… Resulta ser una enfermedad con muchas causas. Ninguna sin embargo puede justificar el tormento que las huestes del EI y sus seguidores infligen a sus víctimas (las conocidas como el piloto jordano y las desconocidas como los miles de iraquíes y sirios a los que subyugan). Porque no nos engañemos, quienes difunden y jalean esos vídeos macabros son tan culpables como los asesinos.

Está bien que líderes religiosos musulmanes se hayan unido a la condena. Pero no hace falta ser musulmán, ni cristiano, ni budista, ni de ninguna religión en particular, para denunciar la barbarie. No hay humanidad en quitar la vida a otro ser humano, salvo en casos extremos de legítima defensa. No hay ley humana ni divina que condone el castigo a un individuo por los males reales o percibidos que haya podido causar su Gobierno o cualquier otra institución de su país de origen. La violencia deslegitima la causa de quienes recurren a ella.

Y una vez que nos hemos desahogado ¿qué hacemos para combatir esa ponzoña? Ojalá lo supiera. Ojalá lo supiera alguien. Porque hasta ahora ninguna de las fórmulas parece haber dado resultado: ni las intervenciones militares que lidera EEUU, ni el ojo avizor de los servicios secretos occidentales, ni los programas de reinserción saudíes, ni la represión de las autocracias árabes… Tal vez hayan evitado ataques concretos, pero no la perversa atracción que la violencia ejerce sobre algunos seres ¿humanos?

No, no tengo la solución, pero estoy convencida de que responder con la venganza sólo alimentará el círculo de odio y de la muerte.

 

El País

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