Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

Eskup

A vueltas con el velo (y 2)

Por: | 25 de agosto de 2016

Tras una anterior entrada tratando de aclarar los diferentes tipos de velo que usan las musulmanas, dejé pendiente hablar de su significado. Como resultado de la oleada de refugiados que han llegado a Europa en el último año y de los atentados con sello islamista que se han producido en el continente, la presencia de mujeres veladas, total o parcialmente, incluso en algunas playas, ha desatado un debate, a menudo pasional, sobre si aceptar o prohibir esa forma de presentarse en público.

El conservadurismo que sugiere el uso el velo islámico, en especial el que cubre la cara, se ha asociado de forma instintiva no sólo con las interpretaciones más rigoristas del islam, sino incluso con el radicalismo violento de los grupos terroristas que se atribuyen dicha etiqueta. Sin distinciones, ni matices. Además de hacer el juego a esos sectores intransigentes, la ausencia de un análisis más equilibrado está convirtiendo a las mujeres musulmanas (y a su ropa) en terreno de una batalla ideológica que las ignora.

¿Qué significa el velo con el que se cubren muchas musulmanas? ¿Es obligatorio, impuesto, o una elección personal? ¿Constituye una barrera para su integración en las sociedades occidentales? ¿Debe prohibirse?

Defender que el Estado, cualquier Estado, no debiera interferir en cómo se visten sus habitantes, sean del sexo que sean, es una obviedad que ha quedado enterrada bajo el desconocimiento y el miedo.  Tan irritante es oír a los dirigentes iraníes criticar la falta de libertad por la prohibición del velo en la escuela francesa (cuando ellos precisamente lo imponen), como a políticos europeos que, por motivos populistas, proponen leyes restrictivas contrarias a las libertades individuales tan arduamente conquistadas.

Para muchos europeos, y occidentales por extensión, especialmente entre las mujeres, resulta sin duda difícil de entender el apego al pañuelo de las musulmanas cuando ellas han luchado para librarse de velos y corsés. Ven en el hecho de cubrirse una imposición patriarcal que, salvo lavado de cerebro, ninguna mujer libre aceptaría.

Iran team

El cambio en el vestir de las iraníes tras la revolución, en sendas imágenes del equipo nacional de voleibol.

Más allá de la cuestión teológica de si el islam exige que sus seguidoras tengan que cubrirse y cómo deben hacerlo, algo sobre lo que hay opiniones para todos los gustos, el problema es que hay muchos velos (y no me refiero aquí a los distintos estilos de hiyab con que las musulmanas de distintos países  buscan cumplir con el precepto religioso).

He conocido a egipcias que utilizaban el pañuelo porque su situación económica no les permitía gastar en peluquería; a afganas que tras el derribo de los talibán, seguían usando el burka para evitar las miradas y comentarios obscenos de sus vecinos; a cristianas iraquíes que se cubrían ante la inseguridad que reinaba en la calle, y a abuelas palestinas, sirias o paquistaníes que lo hacían por costumbre. Pero, durante tres décadas viajando por países de mayoría musulmana, también he encontrado a muchas piadosas que se cubrían por convicción. 

Mientras que en Irán la imposición legal hace que el pañuelo no nos diga mucho sobre la religiosidad de su portadora (aunque sí la forma de colocárselo), al otro lado del golfo Pérsico, en las petromonarquías árabes, la abaya es con frecuencia un signo de distinción que separa a las mujeres autóctonas de las inmigrantes; no hay leyes que obliguen a usar ese sayón negro, aunque en algunos entornos, sobre todo en Arabia Saudí y Yemen, existe presión social para hacerlo.

Ahí radica gran parte del problema. Desde afuera, asumimos que siempre existe coacción para cubrirse, e incluso un proyecto político detrás. La experiencia reciente tampoco ayuda. A raíz de la revolución iraní de 1979, una ola de islamismo se extendió por todos los países de mayorías musulmanas. Las imágenes del antes y después, no sólo de Irán sino de otros países, son significativas. Allí donde antes había cabelleras al aire y faldas a media pierna, ahora (casi) sólo hay pañuelos y pantalones largos.

Una vuelta a la religiosidad, argumentan los adeptos. Tal vez. Pero también una reacción al laicismo impuesto durante el colonialismo o por los dictadores posteriores, como Ataturk en Turquía, Saddam Husein en Irak o la familia Al Asad en Siria. Y, no nos engañemos, la ayuda de los petrodólares.

Durante los años que viví en Egipto, de 1990 a 1992, fui testigo de cómo se popularizaba el niqab, un velo integral sin arraigo previo en el país. Mi entonces secretaria me contó que  los Hermanos Musulmanes pagaban el equivalente a 50 dólares a las universitarias que optaban por ese atuendo. Con o sin ese estipendio, lo cierto es que la atención que la cofradía prestaba a los más desfavorecidos (totalmente olvidados por el Estado) alentaba el cubrirse. Evoluciones similares se han vivido en otros países donde la predicación de los islamistas saudíes ha radicalizado el islam local, como Afganistán o Pakistán.

A los gobernantes, tampoco les viene mal. Cubrir el cuerpo de la mitad de la población es una forma de control social y político. A este respecto, resulta interesante comparar la evolución de Irán (donde a raíz de la revolución se impuso el velo) y Turquía (donde Ataturk lo prohibió en los espacios públicos). Mientras en el primero, sirvió para permitir que muchas mujeres de familias conservadoras accedieran a la educación y el trabajo (y en numerosos casos terminaran cuestionando su obligatoriedad), en el segundo, muchas se han sentido frustradas por tener que elegir entre sus convicciones religiosas y sus estudios (o viajar fuera para cursarlos, a menudo a escuelas islámicas de Siria que eran las únicas que se podían pagar).

Se trata pues de un fenómeno complejo con muchas variantes locales. ¿Y en Europa? ¿Qué se debe hacer con quienes se tapan la cara o quieren bañarse en burkini? La respuesta rápida sería, nada.

Es decir, respetar la elección individual. Dado que el nivel de derechos y libertades alcanzado en las sociedades occidentales es mayor que el de cualquiera del medio centenar de países que forman parte de la Organización para la Cooperación Islámica (que agrupa a los Estados de confesión musulmana), asumamos que quienes se cubren lo hacen por su propia voluntad. O al menos consultemos a las interesadas.

Si realmente se quiere evitar su segregación, se debe trabajar para evitar los barrios-gueto en las ciudades, asegurarse de que los velos no llevan a la marginación de niñas y mujeres en la educación, el ejercicio físico y el empleo, y arbitrar los medios para que quienes se sientan presionadas para cubrirse por sus familias o comunidades puedan encontrar ayuda y refugio.

En el caso del velo integral (niqab, burka o similares), existen sin duda argumentos de seguridad para requerir que muestren el rostro ante los funcionarios públicos, en operaciones bancarias y donde necesario probar la identidad.  Pero ¿realmente el puñado de mujeres que optan por esta cobertura extrema justifica dictar leyes y multas difíciles de aplicar? ¿No será más útil dejar de obsesionarnos con los pañuelos y quitar argumentos a unos islamistas que explotan nuestra fijación con esa pieza de tela?

A vueltas con el velo (1)

Por: | 17 de agosto de 2016

Hiyab, burka, chador, niqab… A raíz de la polémica sobre el burkini, se ha reavivado en Europa el debate sobre el velo que tradicionalmente usan las mujeres musulmanas, y los medios de comunicación se han llenado de palabras extrañas. En las sociedades occidentales existe un gran recelo hacia ese fenómeno. Así que, en lugar de aclarar las cosas, tales términos, a menudo usados sin rigor, alientan la confusión y la desconfianza sobre quienes utilizan dichas prendas.  

Más allá de si el islam exige que las mujeres se tapen, cuánto y de qué forma, si les obligan sus padres o maridos, o si lo hacen voluntariamente (algo que dejo para otro post), voy a intentar aclarar el asunto de los distintos tipos de velos. 

Burqas Minab

Mujeres con máscara en Minab (Irán). / JMS

Solemos traducir hiyab, palabra árabe que se usa en todo el mundo musulmán, como “pañuelo o velo islámico”, pero hiyab es velo en un sentido genérico, no se refiere a una prenda concreta. Así, cuando mencionan el precepto de que las mujeres se tapen, los musulmanes hablan de “observar o respetar el hiyab” con el significado de “adoptar la decisión de cubrirse” (lo más visible, el cabello, pero también las formas del cuerpo). Los musulmanes del subcontinente indio emplean purdah (literalmente cortina) para referirse al mismo concepto.

A partir de ahí, el hiyab no es un tipo de pañuelo o toca, sino una pauta religiosa que luego adopta formas diversas en distintos países o entornos culturales, y cuyas prendas conocemos con los nombres que les dan en esos lugares.

Con la revolución iraní de 1979, se popularizó en la prensa internacional el término chador, el rectángulo de tela negra con la que se envolvían las iraníes más piadosas. Más recientemente, la guerra de Afganistán generalizó burka (también trascrito como burqa), para referirse a esa especie de tienda de campaña con una pequeña rejilla a la altura de los ojos que impusieron los talibanes, pero que era tradicional entre los pastunes tanto de Afganistán como de Pakistán y que allí se llama chadri, una variación de la palabra persa chador.

No he logrado averiguar por qué en Occidente se le ha llamado burka, un vocablo de origen turco que en los países árabes ribereños del golfo Pérsico se emplea para denominar las máscaras con las beduinas se cubrían la cara para protegerse del sol y la arena, y que son anteriores y distintas a los velos ahora promovidos por los islamistas. (Aún pueden verse mujeres que utilizan esas máscaras en algunos emiratos y en la costa iraní).

En los países de la península Arábiga, las mujeres también se cubren con una tela negra que a ojos del visitante no difiere del chador, pero que los árabes llaman abaya. Me atrevería a retar a quien encuentre alguna diferencia entre el chador de las iraníes (y otras musulmanas chiíes de los países vecinos) y la abaya de las suníes iraquíes de la provincia de  Al Anbar. Más allá de que en algunos países se diseñen abayas de lujo, no soy capaz de ver diferencias en el modelo base.

Debajo de esas capas, las mujeres se visten de acuerdo con sus gustos y su economía. En los entornos más modestos o tradicionales, predominan las túnicas. Entre las pastunes afganas y paquistaníes es habitual la camisa larga (casi un vestido) con pantalones flojos. En Irán, el estándar es maqnae (una especie de toca que oculta cabello y cuello) o pañuelo, bata y pantalones. Pero también puede encontrarse ropa occidental debajo del chador.

En Arabia Saudí y países vecinos, herencia de las máscaras beduinas o fruto de la doctrina wahhabí (la estricta rama del islam suní que rige en el reino), muchas mujeres también se tapan la cara. Para ello, o bien utilizan el pañuelo rectangular con el que se envuelven la cabeza (shayla) y dejan caer por encima de los ojos, o bien una tela que tiene una apertura a la altura de estos y se ata detrás de la cabeza con un lazo (niqab o nekab, según cómo se transcriba); a veces los dos. La influencia de la predicación wahhabí ha extendido esta costumbre a otros países como Somalia, Egipto o Bangladesh.

Si nos alejamos de Oriente Próximo, los nombres y las prendas cambian. En Pakistán, sigue siendo mayoritario el shalwar kamiz (bombachos y blusón) con dupata (un gran pañuelo rectangular que permite cubrir el cabello y envolver la parte superior del cuerpo). Galabeya en Egipto, chilaba en el Magreb o yilbab en Indonesia, son variaciones para referirse a una túnica amplia hasta los pies que junto a un pañuelo largo o toca constituyen la base de la mayoría de las combinaciones. Esa toca, llamada tundug en Malaysia o khimar en otros lugares, se ajusta a la cabeza y cubre hasta la cintura, por encima de la túnica; se trata de una adaptación de la abaya / chador que deja las manos libres.

En definitiva, los distintos estilos y nombres no son indicativos de diferencias doctrinales o de culto. Existen casi tantas formas de hiyab como musulmanas. Para no liarnos, podemos simplificar en “velo o pañuelo islámico” para aquellas que se cubren la cabeza dejando visible el óvalo de la cara, y “velo integral” para las que se tapan la cara, sea cual sea el estilo que adopten.

El País

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