Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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Cómo forrarse en Asia

Por: | 20 de mayo de 2013

Se preguntarán qué puede saber de forrarse esta corresponsal que sigue viviendo del segundo oficio más viejo del mundo (subrayo segundo para que no se me despisten). Tienen razón. Pero resulta que acabo de regresar de Islamabad con una maleta llena de libros. Desde que vivía en Teherán, cada viaje a Pakistán se ha convertido para mí en una gozosa fuente de nuevas lecturas. Antes no me preocupaba demasiado. Viajaba con los libros puestos y me limitaba a hacerme con la prensa local. Pero una vez instalada a los pies del Damavand, fueron agotándose mis recursos. A pesar de las ambiciones (y presunciones) culturales de los iraníes, la República Islámica es un páramo literario (la censura ahoga la creatividad e incluso las traducciones sufren las tijeras inmisericordes de los ayatolas).

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Dos mujeres durante el Festival de Literatura de Islamabad./ Dawn


En el país vecino, aunque su tasa de analfabetismo es vergonzosamente elevada, existe una rica oferta editorial y un puñado de librerías tradicionales bien abastecidas, que han enriquecido la parte de mi biblioteca dedicada a asuntos regionales. Poco a poco me he enganchado también a sus novelistas. Todo empezó de la mano de Mohammed Hanif y su divertidísima A Case of Exploding Mangoes (publicada en español por Salamandra con el título La explosión de los mangos).


En esta ocasión, mi aterrizaje en la capital paquistaní coincidió con la clausura del primer Festival de Literatura de Islamabad. Así que todos los periódicos dedicaban amplios espacios a los debates y las novedades editoriales. Una obra se llevaba la palma en los suplementos del fin de semana: la última novela de Mohsin Hamid. Hace un par de años me enganché con su The Reluctant Fundamentalist (El fundamentalista renuente, que vuelve a ponerse de actualidad con motivo de su estreno cinematográfico de la mano de la afamada directora india Mira Nair). Así que la apuesta era segura.

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Calentón en la autopista de Peshawar

Por: | 12 de mayo de 2013

El día arrancó mal desde el principio. Aunque la jornada electoral de ayer en Pakistán se vio bendecida por un cielo cubierto (algo muy de agradecer cuando se van a pasar largas horas callejeando y las temperaturas se acercan a los 40º), Shoaib, el conductor, llegó tarde a la cita. El joven quería votar antes de emprender viaje a Peshawar y desde primera hora de la mañana, ya había cola en su colegio electoral. Así que nada que objetar.

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Cola de votantes en Peshawar. /AP 

De ahí el entusiasmo de los tres reporteros al montarnos en el coche alquilado de uno de ellos. El trayecto transcurrió entre llamadas para organizar citas en Peshawar e intercambio mensajes de texto con otros compañeros para conocer los que iba pasando en otras ciudades. Hasta que a unos ochenta kilómetros de nuestro destino, el pequeño Suzuki empezó a calentarse y echar humo.

Era sólo vapor de agua del radiador como pudimos comprobar al parar. Aparentando dominio de la situación, Shoaib rellenó de líquido el depósito y seguimos hasta la primera estación de servicio. Allí un mecánico decidió que una de las gomas tenía algún poro y se ofreció a cambiarla. Una hora después proseguíamos, molestos por el retraso, pero convencidos de haber dejado atrás el problema.

Ya en Peshawar nos sorprendió la escasa presencia de fuerzas de seguridad. A pesar del anuncio de que 620.000 policías, soldados y paramilitares se habían desplegado por todo el país, los uniformados sólo eran visibles en algunos cruces y ante los colegios electorales. Sólo vi a dos con chaleco antibalas: el soldado que vigilaba la entrada del fuerte de Bala Hisar y un policía a la entrada de uno de los centros de voto.

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Pakistán, un país a oscuras

Por: | 07 de mayo de 2013

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Manifestantes atacan una gasolinera en Lahore para protestar contra los cortes de luz./  pakistan.onepakistan.com.pk

“As salam aleikum. Buenas tardes. Estas son las noticias de las cua…”. Es sistemático. Cada vez que intento escuchar el informativo, la electricidad me hace un corte de mangas. Cierto, en el hostal en el que me alojo hay un gran generador, pero lleva dos o tres minutos ponerlo en marcha. Así que para cuando el televisor vuelve a la vida, ya me he perdido las dos primeras noticas, en buena lógica periodística, las más relevantes.

Es una pequeña contrariedad si uno la compara con lo que sufren los paquistaníes. Sólo los más acomodados pueden permitirse un generador. Al margen del coste del aparato, el litro de combustible para alimentarlo ronda el equivalente a un euro, un poco menos que en España. Sin embargo, los salarios, para quienes tienen una fuente de ingresos fija, son significativamente más bajos. Muchos obreros se dan con un canto en los dientes si ganan 100 euros al mes.

O sea, que cuando se va la luz, se quedan sin ventilador (el aire acondicionado es otro lujo para la mayoría). “Y tienes que ver lo que es esto a partir del mes que viene”, me recuerda Pau Miranda, el corresponsal de Efe en Islamabad. Me hago una idea porque también me ha tocado trabajar aquí en pleno verano y aunque al final del día pudiera volver al confort de mi habitación refrigerada, durante la jornada he sudado la gota gorda en Peshawar (donde conocí a Pau en 2001), Rawalpindi, Lahore y Karachi.

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A vueltas con el Ejército

Por: | 02 de mayo de 2013

Pakistán está a punto de vivir el primer relevo de un Gobierno civil en unas elecciones, algo sin precedentes desde su fundación en 1947. Sin embargo y en contra de lo que podría imaginarse, los visados para los periodistas que desean cubrir los comicios son ahora más difíciles de obtener que durante el mandato del general Pervez Musharraf.  Esta corresponsal ha esperado durante seis semanas (y rellenado numerosos formularios) antes de que el preciado sello llegara justo en la víspera de mi viaje. Otros colegas y observadores independientes relatan las mismas trabas burocráticas.

“Seguimos siendo un país obsesionado con la seguridad”, explica un periodista paquistaní. “Es el Ejército, y en concreto el servicio secreto militar, quien decide los visados para los informadores”, asegura en referencia al poderoso ISI (Inter Services Intelligence).


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El general Kayani, jefe del Estado Mayor de Pakistán. / pakistantoday.com

Como ya viene siendo habitual, el visado está limitado a las ciudades de Islamabad, Lahore y Karachi. Por si no queda claro, la consejera de prensa del Consulado General de Pakistán en Dubái, Zahida Parveen, insiste en que la periodista no intente ir a otros lugares. Sea cual sea el motivo para esa restricción, transmite la imagen de que las autoridades no controlan el resto del país o tienen algo que ocultar allí. Aunque tal vez sólo sea una forma de mostrar quién toma las decisiones.

Parveen también subraya la necesidad de contactar no sólo el departamento de prensa del Ministerio de Información, sino el Ministerio del Interior, responsable de expedir la tarjeta de seguridad que, junto a la acreditación, permite cubrir los comicios.

La preocupación parece justificada ante la “yihad contra las elecciones” que han declarado los talibanes y que ya se ha cobrado la vida de varios candidatos y limitado la campaña en varias zonas del país. Todo el proceso se ha convertido en una operación de alto riesgo, que incluye el despliegue del Ejército en las áreas más problemáticas. Sin embargo, no hay constancia de que ningún periodista extranjero esté detrás de ningún atentado terrorista.

Incluso en el dinámico y exuberante panorama de los medios locales (desde que Musharraf liberalizó el sector televisivo, hay cerca de un centenar de canales privados), el Ejército, y en particular su cúpula, sigue siendo un tabú.

“Podemos criticar al presidente, pero el jefe del Estado Mayor sigue siendo una línea roja”, reconoce el colega antes mencionado. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

 

PD: Durante la obligada visita a la External Publicity Wing del Ministerio de Información, su responsable me anuncia que de cara a las elecciones van a permitir el acceso a los periodistas a una veintena de ciudades y promete darme la lista para que elija "hasta cinco". Estoy a la espera de recibirlas.

¡O te callas, o lo paga tu madre!

Por: | 25 de abril de 2013

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Iman al Qahtani en los juzgados de Riad./ http://freearabs.com

“Querida madre, voy a dejarlo por ti; adiós”. Así se despedía de sus 74.529 seguidores en Twitter la feminista saudí y conocida defensora de los derechos humanos Iman al Qahtani (@ImaQh), el pasado día 10. ¿Qué había pasado? Tras semanas de intimidación y acoso, los servicios secretos elevaron la presión amenazando con extender su hostigamiento a la madre de Iman. Su caso es sólo el último de una campaña contra las libertades de expresión y asociación, que pone de relieve el temor de las autoridades saudíes (y el resto de las monarquías de la península Arábiga) ante el creciente activismo en las redes sociales.

 
“Corro el peligro de que me detengan en cualquier momento. [Los agentes del] Ministerio del Interior llamaron para hacerlo cuando me encontraba en casa de mi madre en Riad y ella se derrumbó. Tuve que suspender mi Twitter para evitar que me detuvieran delante suyo”, confía Iman a esta corresponsal.


No quiere decir más. No puede decir más. Sobre ella sigue pendiendo la amenaza de la detención por su trabajo informando sobre los derechos humanos en Arabia Saudí y su ayuda a las familias de los detenidos sin juicio. Las autoridades también la acusan de pasar datos sobre las violaciones de derechos a los medios de comunicación extranjeros. 


“El mensaje está claro, quieren que deje de trabajar en favor de los derechos humanos”, interpreta Khalid Ibrahim, co director del Centro para los Derechos Humanos del Golfo (GCHR, en sus siglas inglesas). En una entrevista por email, Ibrahim se muestra convencido de que “si finalmente no la han detenido ha sido porque ha dejado de tuitear y su cuenta está parada de momento”. También, quizá, porque al Reino del Desierto no le conviene que la prensa internacional se haga eco de la que sería su primera mujer periodista encarcelada.

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Arabia Saudí se vacuna contra la 'primavera'

Por: | 22 de abril de 2013

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Más policías que manifestantes en el Día de la Rabia./ Á.E.

A finales del mes de marzo, en un solo día, los saudíes recibieron dos noticias preocupantes para la seguridad de su país. Según la primera de ellas, Al Qaeda intentó asesinar  al rey Abdalá cuando era príncipe heredero y a otros destacados miembros de la familia real. Pocas horas  después, el Ministerio del Interior anunció la detención de una red de 18 espías que trabajaba para “una potencia extranjera”, una poco velada referencia a Irán. Tanto ajetreo mediático resulta un síntoma de inquietud en Arabia Saudí, que se precia de su estabilidad social y política. ¿Afronta la monarquía una amenaza real o está sobreactuando? Aunque el reino ha esquivado las revueltas de la primavera árabe, empieza a haber signos de que no se ha librado de su sacudida, pero las autoridades se resisten al cambio.


“Ambos asuntos envían el mismo mensaje [de la monarquía] tanto a la población saudí como a los aliados estadounidenses: aún nos necesitan somos la garantía de su seguridad”, interpreta Walid Abualkhair, que dirige el Monitor de Derechos Humanos de Arabia Saudí (como todas las organizaciones de este tipo, fuera de la legalidad).


Este activista, al igual que otros consultados por EL PAÍS, considera que los gobernantes están actuando de forma preventiva. “Temen que si abren la mano, van a perder el control”, señala tras mencionar la reciente condena a diez años de cárcel de Mohammad al Qahtani y Abdullah al Hamid, los fundadores de la Asociación por los Derechos Civiles y Políticos.


Cuando a principios de 2011, las protestas empezaron a extenderse desde Túnez y Egipto, hasta Siria, Bahréin y Yemen, muchos ojos se fijaron en Arabia Saudí. Una situación de caos en el mayor exportador de petróleo del mundo tendría efectos devastadores más allá del vecindario. El rey Abdalá, que regresaba al país después de tres meses de tratamiento médico, anunció medidas económicas y sociales por el equivalente de 100.000 millones de euros, incluidos incrementos de sueldo para los funcionarios, miles de viviendas de protección oficial y meras dádivas para los más pobres.

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Deportados por guapos

Por: | 18 de abril de 2013

¿Cómo de guapo hay que ser para que las autoridades no puedan soportarlo? No hemos visto sus caras, pero desde que el periódico online Elaph contó que tres jóvenes emiratíes habían sido deportados de Arabia Saudí por ser “demasiado guapos”, la población femenina de este país (y también parte de la masculina) trata de que alguien le presente a los susodichos. El incidente sería meramente jocoso sino fuera sintomático de la obsesión enfermiza con la sexualidad de la denostada policía religiosa del Reino del Desierto.

 

Ha sucedido durante el festival de Al Yanadría, una cita anual con la que las autoridades saudíes intentan preservar sus tradiciones y a la que invitan a participar a los países vecinos. No está claro cómo empezó todo. Un vídeo colgado en YouTube muestra el momento, el pasado domingo, en que un mutawa, como se conoce popularmente a los miembros del Comité para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, irrumpe bruscamente en medio de un grupo de jóvenes emiratíes que están ejecutando una danza tradicional de su país. No se oye lo que dice, pero varios policías intervienen para sacarle del lugar en medio de los abucheos de los presentes, entre los que hay numerosas mujeres.

Según el relato de Elaph, que luego ha sido repetido hasta la saciedad por otros medios árabes, el guardián de la virtud quería parar el baile y pidió al responsable de la delegación emiratí que sacara a tres de los jóvenes danzantes porque eran “demasiado guapos” y temía que las mujeres se sintieran atraídas por ellos.

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Las monarquías del Golfo, divididas ante los Hermanos Musulmanes

Por: | 16 de abril de 2013

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Seguidores de los hermanos Musulmanes en El Cairo./ thegatewaypundit.com

El ascenso de los Hermanos Musulmanes tras las revueltas árabes de los dos últimos años ha puesto de relieve la ambivalencia de las relaciones que las monarquías del Golfo mantienen con los islamistas. Por un lado cortejan a los clérigos ultraconservadores para que no cuestionen su legitimidad, mientras que por otro temen la extensión de ese movimiento político-religioso que ha abrazado la democracia para llegar al poder. La distinta percepción del riesgo que supone el grupo divide a las familias reales y dicta su grado de respaldo al Gobierno del egipcio Mohamed Morsi o a la sublevación siria frente a Bachar el Asad.


Así, mientras el emir de Qatar se ha alineado abiertamente con los nuevos dirigentes islamistas en Egipto, Libia o Siria, otros autócratas de la península Arábiga no ocultan su inquietud, e incluso temor, ante el avance de los Hermanos Musulmanes. Para Emiratos Árabes Unidos (EAU) o Arabia Saudí, el creciente poder del grupo en la región constituye una amenaza estratégica equivalente a la que les plantea el Irán revolucionario. De hecho, han lanzado una campaña en toda regla contra ellos.
“Los Hermanos Musulmanes no creen en el Estado nación ni en la soberanía del Estado”, ha justificado Abdalá Bin Zayed al Nahyan, ministro de Exteriores de Emiratos, uno de los países en los que el asunto resulta más sensible.

EAU está juzgando estos días a 94 supuestos miembros de Al Islah, el capítulo local de la Hermandad, a los que acusa de planear un golpe para instalar un régimen islamista en el país. Al mismo tiempo, Abu Dhabi, uno de los más firmes aliados del Egipto de Mubarak, se ha distanciado del Gobierno que dirige Morsi (un destacado dirigente de la Hermandad) y apoya al opositor Frente de Salvación Nacional.


También el emir de Kuwait tomó medidas drásticas contra la oposición islamista el pasado noviembre, justo en vísperas de las elecciones legislativas, y se ha mostrado frío hacia los nuevos dirigentes egipcios. Los gobernantes saudíes, por su parte, han atemperado su apoyo a la oposición siria, de la que los Hermanos Musulmanes constituyen la espina dorsal. Su ministro de Exteriores, el príncipe Saud al Faisal, que fue de los primeros en proponer la entrega de armas a los rebeldes, defiende ahora que la salida de El Asad “es un asunto que deben decidir los sirios”.


“La guerra contra los Hermanos Musulmanes divide al Golfo”, ha escrito Abdel Bari Atwan,  el director de Al Quds al Arabi, el único periódico árabe basado en Londres que no está en manos saudíes. Para este analista,  se trata de una ruptura de la alianza histórica que ha existido entre las monarquías de la península Árabe y los islamistas, cuya ideología les sirvió de parapeto frente a los movimientos izquierdistas y nacionalistas durante el siglo pasado. Sin duda, ese es el motivo que en estos países, a diferencia de lo ocurrido en Egipto o Túnez, convierte a los islamistas en los candidatos mejor situados para lanzar una nueva fase de la Primavera Árabe.


El politólogo emiratí Abdulkhaleq Abdulla discrepa. “No creo que exista una brecha [entre los países del Golfo]. Los hay que están a favor [de los cambios] y los que se muestran más cautos y conservadores”, explica en conversación con esta corresponsal. Para Abdulla, la posición que adopta cada país depende de su situación interna. “En Emiratos, la tolerancia hacia [los Hermanos Musulmanes] es cero porque se ha descubierto que tenían actividades políticas y ha creado mucha incomodidad”, asegura. En su opinión, EAU siente “que alguien tiene que pararles los pies en la región”.


“Los Hermanos Musulmanes son la mayor amenaza a las monarquías del Golfo”, estima por su parte Ali al Ahmed, el director de Institute for Gulf Affairs, un think tank sobre la zona con sede en Washington. “Tienen más credibilidad en la calle que las corruptas familias reales. Su modelo atrae a un amplio sector de la juventud suní porque le resulta más cercano y su poder es más difuso que el de las monarquías que monopolizan gobierno y riqueza”, escribe en un email. De hecho, el asunto constituyó el tema central de la última cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), la organización agrupa a las seis petromonarquías árabes.


Sin embargo, Abdulla tampoco considera que exista un riesgo inmediato. Las familias reales “se muestran confiadas en su legitimidad y no tienen problemas graves. Disponen de grandes recursos naturales a los que pueden recurrir y el 80% de la población se declara satisfecha con la situación. No hay sentimiento de cambio”, asegura.


Al igual que Arabia Saudí y Qatar, EAU se ha librado de las protestas que han sacudido al mundo árabe y que han alcanzado en distinta medida a Bahréin, Omán y Kuwait. Aún así, todos ellos han anunciado multimillonarias inversiones en infraestructuras y medidas modernizadoras tratando de evitar que sus ciudadanos se sientan atraídos por los cantos de sirena islamistas. Sólo los gobernantes qataríes han abrazado con entusiasmo los cambios políticos que han traído las revueltas. Y según el comentarista emiratí Sultan al Qassemi, su relación con los Hermanos Musulmanes está alienando al resto. 


“Qatar está intentando comprar una alianza con el poder emergente en Oriente Próximo”, interpreta Al Ahmed, del Institute for Gulf Affairs. “El emir considera, con razón, que su propio poder está seguro porque tiene una población pequeña con una sociedad civil muy poco desarrollada”, añade. En su opinión, Qatar necesita a los Hermanos Musulmanes para frenar Arabia Saudí, un vecino gigante en relación a su pequeño tamaño.

De Dubái a Tokio... y vuelta

Por: | 10 de abril de 2013

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Hanami en los jardines del Palacio Imperial de Kioto./ JMS

Para cualquier periodista dedicado a Oriente Próximo, ver cómo la atención informativa se desplaza a la península de Corea resulta casi un alivio. Durante las últimas décadas, esta parte del mundo en la que viven entre 300 y 500 millones de almas (según el mapa más o menos amplio que se despliegue bajo esa etiqueta geopolítica) ha sido protagonista excesivamente frecuente de titulares y primeras páginas. Lo seguirá siendo mientras no se resuelvan sus conflictos esenciales (Palestina, las relaciones entre Irán y EEUU o la democratización), pero de momento el mundo está más pendiente de Corea del Norte y su imprevisible líder, Kim Jong-un, el tercero de la saga Kim, que ha hecho de ese país el más aislado y desconocido del planeta.

A mí también me atrajo en su día el misterioso Hermit Kingdom (el reino eremita), como con frecuencia se ha descrito a esa Corea inaccesible que quedó separada del resto de la península como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, cuando tras una primera etapa de corresponsal en Líbano (durante el final de la guerra civil) y Egipto (en los inicios del terrorismo islamista) me tomé un sabático gracias a una beca Fulbright, me dedique a estudiar el Este Asiático, en SAIS, con particular atención a Corea del Norte y las relaciones entre China y Japón. De regreso a la redacción, el destino me devolvió a Oriente Próximo.

Tal vez sólo sea una casualidad que el último estallido de tensión en el Extremo Oriente me haya pillado de vacaciones en Japón, disfrutando del hanami, la apacible costumbre de observar los cerezos en flor al inicio de la primavera. Más que la belleza de unos jardines que ya conocía de una visita anterior, me ha sorprendido que los japoneses no parecieran especialmente preocupados por el discurso amenazante del joven Kim. Y como vecinos con una difícil convivencia con ese régimen tendrían más motivos que muchos de nosotros.

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Los estereotipos nunca mueren

Por: | 28 de marzo de 2013

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Cartel de la película.

Anoche fui al cine. Vi Olympus has fallen, o como se ha traducido al español Objetivo: La Casa Blanca. Nada extraordinario. Otra película de vaqueros, salvando las distancias. O sea, de buenos buenísimos (el guardaespaldas, la mujer del presidente, el inevitable niño…) y malos malísimos (los terroristas asesinos que atacan la Casa Blanca y no cuento más porque no pretendo destripar el argumento), que es el tipo de filme de aventuras que en esta parte del mundo pasa la censura sin cortes.

 
Aún así, está catalogada para mayores de 18 años, no por la violencia que se ha normalizado en todas las pantallas, sino porque los protagonistas usan a menudo lo que los americanos (sí, ya sé que lo correcto es decir estadounidenses, pero nadie les llama así, al menos no por estos lares) denominan “the F word”, nuestro ¡joder!

 
Hasta ahí todo normal. Incluso me pareció un detalle que los malos malísimos no fueran directamente los norcoreanos, sino una banda de renegados de ambos lados de la zona desmilitarizada y que incluía a un ciudadano estadounidense. Es decir, que evitaba asociar a los enemigos con una nacionalidad concreta, más o menos. Lo cual, a la luz de las noticias que estos días llegan de Pyongyang, resulta todo un avance en el discurso esquematizado de Hollywood.


Pero los viejos usos nunca mueren. Y en un momento determinado, cuando en la película las televisiones se hacen eco del ataque a la sede presidencial en Washington, un locutor dice, como de pasada, que “en Oriente Próximo miles de manifestantes se han lanzado a las calles para celebrar la caída de la Casa Blanca”. Es sólo una frase, pero muy elocuente del estereotipo aún imperante, no sólo entre los guionistas.

Una sonora carcajada resonó en la sala de proyección. No cuando cayó la Casa Blanca, sino cuando se produjo el comentario. Me dio la impresión de que era de desdén. Como si los espectadores, entre los que había numerosos saudíes, dijeran “otra vez”.

La cuestión no es “otra vez”, sino “¿cuántas veces más?”. La historia reciente de esta parte del mundo hace temer que a base de repetir fórmulas estereotipadas sólo se consigan más  profecías autocumplidas. No hace falta forzar la máquina y pretender que el héroe de la película fuera un árabe, pero tampoco machacar en un desencuentro del que no sólo una parte es responsable.

Que disfruten de la Semana Santa, el Nowruz, las vacaciones de mitad de curso, o cualquiera que sea el pretexto para tomarse unos días de descanso en estas fechas.

El País

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