Ángeles Espinosa

Los estereotipos nunca mueren

Por: | 28 de marzo de 2013

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Cartel de la película.

Anoche fui al cine. Vi Olympus has fallen, o como se ha traducido al español Objetivo: La Casa Blanca. Nada extraordinario. Otra película de vaqueros, salvando las distancias. O sea, de buenos buenísimos (el guardaespaldas, la mujer del presidente, el inevitable niño…) y malos malísimos (los terroristas asesinos que atacan la Casa Blanca y no cuento más porque no pretendo destripar el argumento), que es el tipo de filme de aventuras que en esta parte del mundo pasa la censura sin cortes.

 
Aún así, está catalogada para mayores de 18 años, no por la violencia que se ha normalizado en todas las pantallas, sino porque los protagonistas usan a menudo lo que los americanos (sí, ya sé que lo correcto es decir estadounidenses, pero nadie les llama así, al menos no por estos lares) denominan “the F word”, nuestro ¡joder!

 
Hasta ahí todo normal. Incluso me pareció un detalle que los malos malísimos no fueran directamente los norcoreanos, sino una banda de renegados de ambos lados de la zona desmilitarizada y que incluía a un ciudadano estadounidense. Es decir, que evitaba asociar a los enemigos con una nacionalidad concreta, más o menos. Lo cual, a la luz de las noticias que estos días llegan de Pyongyang, resulta todo un avance en el discurso esquematizado de Hollywood.


Pero los viejos usos nunca mueren. Y en un momento determinado, cuando en la película las televisiones se hacen eco del ataque a la sede presidencial en Washington, un locutor dice, como de pasada, que “en Oriente Próximo miles de manifestantes se han lanzado a las calles para celebrar la caída de la Casa Blanca”. Es sólo una frase, pero muy elocuente del estereotipo aún imperante, no sólo entre los guionistas.

Una sonora carcajada resonó en la sala de proyección. No cuando cayó la Casa Blanca, sino cuando se produjo el comentario. Me dio la impresión de que era de desdén. Como si los espectadores, entre los que había numerosos saudíes, dijeran “otra vez”.

La cuestión no es “otra vez”, sino “¿cuántas veces más?”. La historia reciente de esta parte del mundo hace temer que a base de repetir fórmulas estereotipadas sólo se consigan más  profecías autocumplidas. No hace falta forzar la máquina y pretender que el héroe de la película fuera un árabe, pero tampoco machacar en un desencuentro del que no sólo una parte es responsable.

Que disfruten de la Semana Santa, el Nowruz, las vacaciones de mitad de curso, o cualquiera que sea el pretexto para tomarse unos días de descanso en estas fechas.

Abu Dhabi, tropical por una noche

Por: | 24 de marzo de 2013

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Gilberto Gil en concierto./ abudhabifestival.ae

Es inusual que la música de Brasil llegue hasta los confines del desierto Arábigo. Pero el empeño de Hoda Kanoo por acercar Oriente y Occidente llevó ayer a Gilberto Gil al escenario del Festival de Abu Dhabi. En un ejemplo práctico de cooperación por encima de los tópicos, el brasileño presentó en escena a Dina el Wedidi, una joven egipcia a la que apadrina desde hace un año como parte de un proyecto que une a artistas noveles del valle del Nilo con otros consagrados. La experiencia puso también a prueba la tolerancia local.

Dina no sólo movió las caderas con soltura al ritmo de Babá Alapalá, sino que le hizo los coros invocando sin complejos a Aganjú y Xangô. Desconozco cuántos entre la audiencia, mayoritariamente occidental (pero en la que también había egipcios, libaneses y un puñado de emiratíes) estaban al tanto de que Aganjú y Xangô son dos de las deidades de la mitología yoruba. En cualquier caso, el ritmo eclipsó el riesgo de que los asistentes fueran tachados de politeístas. Tampoco el Imagine de Lennon hizo levantar las cejas a las autoridades presentes cuando llegó al estribillo que dice:

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Ha empezado el bombardeo

Por: | 20 de marzo de 2013

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La Plaza del Paraíso, vista desde el Hotel Palestina, durante los bomabardeos./ Á.E.

“¡Ha empezado el bombardeo, ha empezado el bombardeo!”
Dos colegas golpeaban la puerta de mi habitación, en la sexta planta del hotel Palestina, preocupados porque no me hubiera reunido con ellos para vivir juntos el ataque. Después de los nervios de los días precedentes y de la imposibilidad de dormir de un tirón debido al continuo trasiego en el pasillo, la noche del 19 de marzo de 2003 me coloqué unos tapones en los oídos para conciliar el sueño. Llevaba dos meses en Bagdad y estaba agotada. Así que cuando a las cinco y media de la mañana del día siguiente sonaron las primeras alarmas antiaéreas, no me enteré hasta que oí que me llamaban. Lo que vino después ya es historia y ha quedado escrito:

"Empezaba a amanecer. El cielo aún claroscuro de la capital iraquí se iluminó con los destellos de las balas trazadoras. El ruido de las bombas que caían a lo lejos quedaba apagado por la respuesta de las baterías antiaéreas. Una explosión sonó más fuerte que las demás y una columna de humo se elevó desde el suroeste de la ciudad, más allá de Dora, una zona industrial en el camino de Kerbala y Basora", relaté en mi crónica.

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Ahmadineyad comete un pecado

Por: | 14 de marzo de 2013

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Ahmadineyad abraza a la madre de Chávez.

En cualquier otra parte del mundo, el abrazo de Ahmadineyad a la madre de Chávez durante el funeral de éste, hubiera pasado desapercibido. Pero para el puritano régimen iraní, el gesto constituye un oprobio y, sobre todo, da argumentos a los oponentes políticos del presidente para despellejarle. Tan pronto se supo de la existencia de una foto, saltaron las alarmas e incluso el vicepresidente Mohammad Reza Mirtajeddini, que acompañaba al jefe del Gobierno, intentó sembrar la duda diciendo que era trucada. No me imagino si además se hubiera probado que también besó a una de las hijas de Chávez como señalaban los primeros rumores…


La estricta moral que impone el régimen salido de la revolución de 1979 considera pecado cualquier contacto físico entre personas de distinto sexo sin parentesco. Cualquier extranjero que haya viajado a Irán, o tenido contacto con algún representante oficial de ese país, está al tanto del tabú; en particular las mujeres que a menudo se quedan con la mano congelada en el aire mientras su interlocutor se lleva la suya al corazón y esboza una sonrisa nerviosa. Así que nada más difundirse la imagen, varios clérigos salieron al paso de semejante atrevimiento y afearon la conducta del presidente iraní.


“Tocar a una mujer que no sea familiar de primer grado está prohibido en cualquier circunstancia, sea dar la mano o tocar la mejilla”, recordó Mohammad Taqi Rahbar, citado por los medios locales. Según este ayatolá, que lidera la plegaria del viernes en Isfahán, ni siquiera se justifica en el caso de “una mujer mayor (...), y es contrario a la dignidad del presidente de la República Islámica de Irán”. Otros clerigos le han acusado de “hacer el payaso”.


Doy fe de que Ahmadineyad está al tanto de la norma. Cuando le entrevisté en la primavera de 2008 no me dio la mano. Pero tal vez, como pasa con otros dirigentes iraníes, no esté muy convencido de la pertinencia de esa norma. Su predecesor, el reformista Jatamí, le confío a la esposa de un jefe del Estado europeo que a él la prohibición le parecía exagerada. De hecho, no es la primera vez que Ahmadineyad se la salta a la torera. Ya hace unos años fue criticado por haber cogido cariñosamente la mano de una anciana que había sido su primera profesora y a la que homenajeaba en el Día del Maestro.

 
En realidad, su salida del tiesto da fuelle a sus rivales políticos para denigrarle. El controvertido presidente, que tras su elección en 2005 contó con el respaldo del difuso bloque conservador, pronto generó suspicacias ante su estilo independiente y demasiado directo para el gusto de la élite tradicionalista. Las divisiones se agrandaron a partir de su reelección en 2009 y la total marginación política de los reformistas. El marco de debate político se redujo, pero no ocurrió lo mismo con la tendencia iraní a las intrigas y el enfrentamiento. Así que cualquiera de sus meteduras de pata es una buena ocasión para ajustar cuentas.


De hecho, la foto con la madre de Chávez fue lo de menos. La polémica había estallado el propio día de la muerte del venezolano con la nota de pésame que Ahmadineyad envió al (todavía) entonces vicepresidente Nicolás Maduro. En ella, el iraní se mostraba convencido de que “Chávez regresará junto con Jesucristo y el imam Mahdi”, en referencia al redentor que los musulmanes chiíes creen que se escondió en el siglo IX y que reaparecerá el día del Juicio Final para impartir justicia al mundo.

 
“Se puede escribir una carta diplomática sin entrar en disquisiciones religiosas”, criticó el líder de la plegaria del viernes, el ultraconservador ayatolá Ahmad Jatamí (que no está relacionado con el ex presidente del mismo apellido). Anque la creencia en el regreso del Mahdi está muy extendida entre las capas populares, las élites religiosas no suelen hacer mucho hincapié en el asunto y, en cualquier caso, la resurrección de los muertos no forma parte del credo oficial.

 
Así que, a tres meses de las elecciones, Ahmadineyad, que no es la primera vez que se mete en jardines teológicos, ha vuelto a dar material para que sus oponentes le critiquen. Aunque él no puede presentarse a un tercer mandato, está intentando promocionar a su aliado y consuegro, Esfandiar Rahim Mashaei, acusado a su vez de seguir una “corriente desviada” por haber cuestionado en alguna ocasión el velayat-e-faqih, la supremacía del poder religioso sobre el civil.

 
Hasta los reformistas, en general más relajados en el asunto de dar la mano a la otra “mitad del cielo”, ha encontrado motivo para atacar al presidente más polémico que ha tenido la República Islámica.

 
“Me partí de risa cuando vi a Ahmadineyad llorando sobre el hombro de la madre de Chávez”, declaró Abbas Abdi. “Si necesitaba llorar, debiera haberlo hecho por sus compatriotas que murieron”, añadió en referencia a las víctimas que dejó la represión de las protestas por su reelección en 2009, que los reformistas consideraron amañada.

Fútbol sin fronteras

Por: | 08 de marzo de 2013

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Fotograma del documental Baghdad Messi./ dubaifilmfest.com

¿Real Madrid o Barcelona? Es la pregunta clave a la que se enfrenta cualquier español que visite Irak. Ante el funcionario que sella el pasaporte en el aeropuerto, en los numerosos puestos de control que salpican las calles de Bagdad, en la antecámara del despacho de cualquier político… Da igual que el interlocutor sea chií o suní, árabe o kurdo. La pasión por el fútbol, y en particular por la liga española, constituye un verdadero aglutinante para los iraquíes.

A la entrada del barrio de Al Kadhumiya, sede del principal santuario chií en Bagdad, un enorme poster del Real Madrid comparte protagonismo con los innumerables carteles de los imames reverenciados por esa rama del islam. Pero eso no significa que sus habitantes apoyen de forma unánime al equipo blanco. En el mercadillo cercano a la mezquita, varios jóvenes atienden puestos de cachivaches diversos luciendo la camiseta del Barça. Las copias chinas de ambos uniformes se compran unos 15.000 dinares (casi 10 euros) y son muy populares, a pesar de que su material sintético no parezca lo más cómodo para este clima.

En el departamento de español de la Universidad, la primera curiosidad de los estudiantes (incluidas algunas chicas) es saber con qué equipo está la periodista. Se saben de memoria las alineaciones. Y hablan de los últimos partidos con la seguridad de un experimentado cronista deportivo. Alguno incluso asegura estar estudiando la lengua de Cervantes debido a su afición al Barça, ajeno a las veleidades lingüístico-nacionalistas que implica tal aserción. El fútbol está por encima de eso y la posibilidad aunque sea remota de un día poder hablar con Mesi supera cualquier otra consideración.

Hasta en el Kurdistán, la región autónoma del norte de Irak, donde los anhelos de independencia hacen suponer una mayor inclinación hacia los blaugranas, existe una notable afición fiel al Real Madrid. El entusiasmo aquí lleva las pasiones al límite. Un recién llegado de Erbil, la capital kurda, cuenta que cuando se produce un duelo entre ambos equipos, la policía despliega de antemano junto a dos populares cafeterías en las que los futboleros se reúnen a verlo para evitar que lleguen a las manos.

Mientras, esta reportera, que nunca ha terminado de entender los asuntos del balón, ha aprendido a responder “al faraiq al uatani” (la selección nacional) para evitarse complicaciones. Nunca se sabe las consecuencias que puede tener una elección equivocada.

Diez años después

Por: | 05 de marzo de 2013

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Mezquita de Al Kadhumiya, Bagdad./ worldphotos.com

Acceder a la Kadhumiya es más difícil que cruzar una frontera. En realidad se cruza una frontera mental mucho más marcada que algunas de las lindes físicas que separan países. Después de la violencia sectaria que desató la ocupación estadounidense, muchos barrios de Bagdad se han parapetado detrás de enormes muros de hormigón y barreras que los aíslan de los barrios vecinos. Con más razón Al Kadhumiya, que alberga el gran santuario chií que le da nombre, un centro de peregrinación equivalente a Santiago de Compostela para los católicos. Esa comunidad ha sufrido, y sigue sufriendo, frecuentes ataques terroristas y el propio recinto del templo ha sido objeto de varios atentados.

“¿Vive usted aquí?”, pregunta el policía al conductor. “Sólo los residentes pueden acceder; tendrá que dejar el coche en el parking”, añade ante la respuesta negativa.

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Regreso a Bagdad

Por: | 01 de marzo de 2013

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Aeropuerto Internacional de Bagdad a día de hoy / Vía airport-technology.com

La primera impresión resulta agradablemente esperanzadora. Nada más salir del aeropuerto, pequeños grupos de jardineros están regando las palmeras replantadas y cuidando el césped. Hacía diez años que no veía algo semejante en Bagdad. Pero la imagen de normalidad se quiebra enseguida. Un par de tanquetas cruzadas en la carretera cierran uno de los accesos a la capital iraquí para aquellos vehículos que no tengan un pase especial y recuerdan que las heridas de la última guerra aún no están cicatrizadas.

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Calzoncillos antibalas y tanques con 'diamantes'

Por: | 25 de febrero de 2013

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Calzoncillo antibalas expuesto en IDEX 2013./ The National

Testosterona, mucha testosterona es lo que desprendía la International Defense Exhibition and Conference (IDEX, o traducido, Exposición y Conferencia Internacional de Defensa) que la semana pasada se celebró con gran fanfarria en Abu Dhabi. Entre los cacharros de hacer la guerra que, no nos engañemos, es lo que se vende en estos saraos, llamaba la atención el empeño de varias de las 1.112 empresas participantes en proteger no ya la vida de los soldados para los que fabrican sus carísimos juguetes (ça va de soi!), sino en especial las delicadas partes privadas de los susodichos.

¿De qué si no esos calzoncillos antibalas que mostraba con orgullo uno de los stands? Como en el caso de los chalecos (de traje) a prueba de puñal de una empresa escocesa, o del guiño local de una compañía colombiana que ofrecía kandoras blindadas, no había equivalentes para uso femenino. Y eso que se contaba con la presencia de mujeres: un cartel a la entrada pedía tanto a las miembros de las delegaciones como a las visitantes que llevaran la cara descubierta. Pero dentro, nada de abayas blindadas ni bragas antibalas. (Nota: kandora es como se llama aquí a las túnicas, generalmente blancas, que usan los hombres de la zona; abaya es la capa negra con las que se envuelven las mujeres).

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Sin papeles en un mar de petróleo

Por: | 18 de febrero de 2013

Refugee International Stateless Arabs, locally known as bidoon, protest outside Kuwait`s parliament in 2008.
Protesta de bidún ante el Parlamento de Kuwait en 2008./ Refugees International

Amna ha llegado a los titulares de la prensa emiratí tras haber sido abandonada en un hospital de Sharjah. A sus tres años, la niña había sido maltratada y tenía signos de quemaduras. Pero detrás de su tragedia no sólo hay unos padres indignos de tal nombre, sino también el drama de miles de personas que viven sin nacionalidad ni documentación, invisibles para las autoridades. Como Amna, no figuran en las estadísticas ni los servicios sociales saben nada de ellos. Sin embargo, son entre 200.000 y 300.000 en la península Arábiga, donde algunos de los países más ricos del mundo se niegan a reconocerles como nacionales.

La madre de Amna es una mujer etíope que se encontraba ilegalmente en Emiratos Árabes Unidos (EAU) y aprovechó una reciente amnistía para regresar a su país. Aunque lo hubiera querido, no hubiera podido llevarse con ella a la niña. No tiene papeles. Ni pasaporte, ni partida de nacimiento, ni siquiera un papel que justifique su filiación. En EAU, como en la mayoría de los países árabes, es el padre quien trasmite la nacionalidad y el de Amna, al que las autoridades han detenido por el abandono de la pequeña, resultó ser un bidún, según el diario 7Days.

Bidún viene de bidún yinsiyya, que en árabe significa ‘sin nacionalidad’, y se refiere a personas que no accedieron a ésta cuando las seis monarquías de la península Arábiga fueron alcanzando su independencia a lo largo del siglo XX. Muchos eran nómadas y analfabetos. En unos casos no consideraron importante hacer las gestiones; en otros no lograron reunir las pruebas necesarias de su arraigo en la zona. Sus descendientes siguen siendo apátridas. También hay quienes, a la formación de los nuevos Estados, fueron reclutados en otros países para trabajar en la policía o las fuerzas armadas y que luego se quedaron, sobre todo en Kuwait. Y víctimas de la discriminación de género que impide que las mujeres casadas con bidún puedan transmitir su nacionalidad a los hijos.

“Los apátridas [en estos países] son fruto de leyes de naturalización restrictivas, y de la falta de mecanismos para escuchar y revisar las reclamaciones de los solicitantes”, asegura Human Rights Watch (HRW) en Prisioneros del Pasado, un informe centrado en el caso kuwaití que publicó en 2011. El texto señala que también existen “amplias poblaciones de personas sin nacionalidad en Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudí”.

El presidente de EAU, el jeque Khalifa al Nahyan, se comprometió en 2006 a resolver el problema de los entre 10.000 y 100.000 bidún que, según distintas fuentes, hay en su país (aunque medios oficiales niegan que alcance la menor de esas cifras). Desde entonces, al menos 1.294 apátridas se han convertido en emiratíes. Además, con motivo del 40 aniversario de la independencia, promulgó un decreto por el que los hijos de mujeres emiratíes casadas con extranjeros pueden acceder a la nacionalidad al cumplir los 18 años. Un primer grupo de 1.117 recibió la ciudadanía el último día de 2011, según la prensa local.

La diferencia no es baladí. Dado el generoso Estado de bienestar que caracteriza a estos países, las prerrogativas asociadas son grandes: educación y sanidad gratuitas, ayudas económicas al matrimonio y la construcción de vivienda, e incluso hasta recientemente, trabajo garantizado en la administración. De ahí que las autoridades, tanto en EAU como en Kuwait, argumenten que “algunos [bidún] destruyen sus documentos originales para beneficiarse”. En Arabia Saudí, donde la ONU estima que hay al menos 70.000 apátridas, o en Qatar, con 1.200, ni siquiera se habla del tema.

“Kuwait es el mayor infractor de lejos, al menos en proporción a su población total”, afirma Christopher M. Davidson en After the Sheikhs (Después de los jeques).

Según HRW, de naturalizarlos, ese emirato incrementaría en un 8% su población nativa (1,3 millones de sus 3,7 millones de habitantes). En noviembre de 2010, el Consejo Supremo de Planificación hizo públicos los resultados de un estudio que había contabilizado 106.000 personas “sin una nacionalidad específica”, de las cuales admitió que 34.000 eran candidatos válidos a la ciudadanía kuwaití, mientras que a 68.000 les atribuía otros orígenes, principalmente iraquíes y se arriesgan a ser deportados. Desde entonces, va concediendo los papeles con cuentagotas.

Refugees International, una ONG que defiende los derechos de los apátridas, eleva su número en Kuwait a 140.000, convencida de que muchos no están ni siquiera registrados. Pero incluso quienes lo están, carecen de vías legales para reclamar sus derechos o apelar las decisiones de un Gobierno que aún así reconocen como suyo.

No obstante, a principios de 2011, al hilo de la primavera árabe, los apátridas kuwaitíes se manifestaron para protestar por su falta de reconocimiento. Ha sido el único país en que el malestar se ha expresado en la calle. En EAU, un activista bidún, Ahmed Abdul Khaleq, fue detenido y deportado a Tailandia, oficialmente “por atentar contra la seguridad nacional”. La mayoría de los afectados prefieren guardar silencio en la esperanza de que su lealtad sea eventualmente premiada, ya que como denuncian las organizaciones de derechos humanos, el proceso es opaco y depende de la magnanimidad de los gobernantes.

Davidson cita la situación de los apátridas en su lista de “crecientes presiones internas” que amenazan el futuro de las monarquías árabes del Golfo. ¿Por qué países cuya escasa población autóctona les obliga a recurrir a millones de trabajadores extranjeros rechazan aceptar como nacionales a unas decenas de miles de personas?

“Les perciben como competencia por unos recursos limitados. Esta es una sociedad de nuevos ricos y la gente tiene miedo a perder las prebendas que ha permitido el petróleo”, opina Dana Winner, una estadounidense casada con un bidún kuwaití.

Existe también el temor a los eventuales cambios de poder que produciría la incorporación al censo de ese grupo poblacional. Resulta evidente en el caso de Kuwait, donde la demarcación de los distritos electorales es altamente sensible. Del mismo modo en Bahréin, donde el control político en manos de la familia real (suní) está siendo cuestionado por la mayoría chií y las naturalizaciones afectan a ese desequilibrio.

Cualquiera que sean los motivos, decenas de miles de personas se encuentran atrapadas por su pasado en un callejón sin salida. Su situación es diferente a la de los inmigrantes ilegales, con quienes a menudo les equiparan las autoridades. Éstos, tanto si han sobrepasado el tiempo de su visado de trabajo como si cruzaron la frontera de forma ilícita, tienen un país de origen al que regresar, aunque en ocasiones no dispongan de medios para costearse el viaje de vuelta. Los bidún no tienen otra patria a la que volver. Como la pequeña Amna, de quien por ahora se han hecho cargo los servicios sociales emiratíes.

Un parque para enterrar a Bin Laden

Por: | 11 de febrero de 2013

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La casa de Bin Laden en Abbottabad./ Á. E.

Hubiera pensado que se trataba de una broma de no ser por el remitente del email. “Las autoridades planean un parque de atracciones en Abbottabad”, me contaba Shabbir, un estupendo (y fiable) colega paquistaní. Tenía motivos para saberlo. Hace algunos meses que él y su familia dejaron Peshawar, una ciudad contaminada y a menudo castigada por el terrorismo de los talibanes, para instalarse en la mucho más tranquila y apacible Abbotabad, que se hizo famosa en mayo de 2011 a raíz de que las fuerzas especiales de EEUU encontraran y mataran allí a Osama Bin Laden. Ahora sus niños tienen además la perspectiva de un gran espacio para el entretenimiento.

Y de nivel. De acuerdo con el plan que la semana pasada desveló Syed Aqil Shah, el ministro de Deporte y Turismo de la provincia noroccidental de Khyber Pakhtunkhwa, las instalaciones previstas incluyen un zoo, un mini-golf, paredes de escalada, club de parapente y área de deportes acuáticos. También se prevé que en las 20 hectáreas inicialmente dedicadas al parque se incluya un “parque del patrimonio cultural”.

El Gobierno provincial afirma que el proyecto intenta impulsar el turismo y no tiene nada que ver con el renombre que Abbottabad ha alcanzado como lugar de la captura del famoso terrorista. Sin embargo, en un país como Pakistán, donde el Estado ni siquiera cubre los servicios básicos de los ciudadanos, el anuncio del parque que los portavoces oficiales estiman que costará el equivalente a 37 millones de dólares, parece algo más que una mera inversión turística. De momento, un diputado local, Javed Iqbal Abbasi, ya ha declarado que espera que mejore la imagen de la ciudad, es decir, que entierre su vinculación con Bin Laden.

A los pies del Karakorum, Abbottabad siempre ha sido un popular destino de fin de semana para los residentes de la capital, Islamabad, sólo 50 kilómetros más al sur, pero más castigada por el calor del verano. Su clima más fresco influyó sin duda en que se instalará allí la Academia Militar, cuya proximidad a la casa en la que fue encontrado el líder de Al Qaeda contribuyó sin duda a la humillación que sintieron los uniformados paquistaníes cuando los marines estadounidenses entraron en secreto en su país y capturaron al terrorista delante de sus narices.

La operación puso de relieve las sospechas de Washington de que los servicios secretos paquistaníes protegían al responsable confeso de los atentados del 11-S, y dañó las relaciones diplomáticas. Pero además, rompió la afable tranquilidad de una ciudad que hasta entonces había logrado mantenerse al margen de las tensiones que sacuden otras zonas de del país. El incidente ha sido recordado ahora por la película La noche más oscura, cuya distribución se ha prohibido en Pakistán, pero que ha llegado al país a través de DVD piratas.

El año pasado, las autoridades demolieron la casa en la que Bin Laden había permanecido escondido con su familia, para evitar que se convirtiera en lugar de peregrinación de sus seguidores. En la finca van a construirse viviendas para funcionarios, después de que el Gobierno rechazara la propuesta de levantar un parque público por temor a que se terminara conociendo como el Parque Bin Laden. Nada garantiza que el nuevo proyecto, para el que ya se han asignado unos 22,5 millones de euros y que está previsto que empiece en las próximas semanas, no corra la misma suerte. El resto de los fondos se espera que provenga de inversores privados. Eso sí, siempre que no se asusten por la inevitable asociación que Abbottabad tendrá por siempre con el infame terrorista.

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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