El avión de AirFrance que me lleva hasta París está lleno de familias con niños, e incluso abuelos, camino de EuroDisney. No se puede leer, hay gritos, lloros, regañinas, peleas entre hermanos, amenazas de no ver a las princesas, de contarle a Mickey lo mal que te estás portando… Llegamos a la capital francesa con algo de retraso y a una terminal distinta a la señalada, por lo que tengo que correr a lo largo de pasillos abarrotados de personas para no perder el trasbordo. A pesar de todo llego con tiempo, acaban de anunciar el embarque.
El vuelo hasta Yamena, la capital de Chad, es tranquilo. Puedo concentrarme en mi lectura: Destrucción masiva. Geografía del hambre, de Jean Ziegler. Hay muchos chadianos que deben volver de vacaciones, todos muy bien vestidos, incluso niños con trajes de chaqueta, corbatas y zapatos de charol. Mujeres envueltas en velos, o telas de colores, solo las más jóvenes llevan vaqueros. Una francesa que acompaña al que debe ser su pareja, un chadiano alto y fuerte vestido a la última, va algo más étnica: una camisa imitando una piel de cebra con bolso enorme y zapatos de tacón altísimo a juego. Muchos trabajadores de ONG y muchos hombres de negocios que, pienso, se dirigen a los campos de petróleo, aunque estos no se viajan en turista como nosotros.
A las 20:55 aterrizamos. Salimos del avión y lo primero que me llama la atención es que no hace tanto calor como esperaba. Ha llovido hace poco, el aeropuerto está mojado. Unos viejos autobuses nos trasladan hasta la terminal. Colas para pasar el control de pasaportes y conseguir varios sellos. Pasamos a recoger las maletas. Me sorprendo a descubrir que entre los pasajeros del avión venía un grupo de 6 militares norteamericanos; alguien los está esperando y, tras recoger sus petates, salen inmediatamente del aeropuerto sin pasar ningún control. Empiezan a salir los equipajes por la cinta transportadora: maletas, cajas, bolsas. Por fin sale la mía. La recojo y me dirijo hacia la salida. Una persona comprueba el número de mi maleta, otra me pide la tarjeta amarilla o certificado de vacunación. Me hace un poco de problema porque la vacuna de la fiebre amarilla me caduca el 9 de agosto, les digo que para esa fecha estaré fuera del país y tendré tiempo de renovarla (se hace cada 10 años). Luego me piden el pasaporte donde vuelven a comprobar mi visado y los sellos que me han puesto en la aduana. Espero cola para pasar la maleta por el escáner y finalmente me encuentro ante una verja de hierro ante la que se estrujan caras y manos que la policía intenta controlar a base de golpes y gritos. Cuando la franqueo encuentro un par de caras conocidas que han venido a buscar. He llegado a mi destino.
Chema Caballero. Llegó a África en 1992 y desde entonces su vida giró en torno a sus gentes, su color y olor, sus alegrías y angustias, sus esperanzas y ganas de vivir. Fue misionero javeriano y llevó a cabo programas de educación y recuperación de niñ@s soldado en Sierra Leona durante dos décadas, que fueron modelo.
José Naranjo. Freelance residente en Dakar desde 2011. Viajó al continente para profundizar en el fenómeno de las migraciones, del que ha escrito dos libros, 'Cayucos' (2006) y 'Los Invisibles de Kolda' (2009), que le llevaron a Marruecos, Malí, Mauritania, Argelia, Gambia, Cabo Verde y Senegal, donde aterrizó finalmente. Le apasiona la energía que desprende África.
Ángeles Jurado.
Chido Onumah. Reputado escritor y periodista nigeriano. Trabaja como tal en su país y en Ghana, Canadá e India. Está involucrado desde hace una década en formar a periodistas y mejorar el conocimiento y uso de los medios de comunicación en África. Es coordinador del centro panafricano AFRICMIl (en Abuja), enfocado en la educación mediática de los más jóvenes. Su último libro se titula 'Time to Reclaim Nigeria' (Essays 2001-2011).