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Lola Huete Machado

Regreso al Hafa

Por: | 20 de julio de 2012

Autor invitado: Pablo Cerezal (*)

Cualquier visita a Tánger que de tal se precie debe contener, al menos, una excursión, breve o reposada (a elección del visitante) al Café Hafa.

Tuvo, el autor de estas líneas, la fortuna de frecuentar dicho local años ha, cuando aún enredaban su atmósfera el humo del hachís y las presencias de aquellos que, en el pasado siglo, dotaron de mitología y literario aliento su espacio intemporal. De hecho fue el citado café hilo conductor y epicentro de la primera novela de mi autoría que pude ver publicada: Los Cuadernos del Hafa.

El regreso al Hafa, era pues, para un servidor, al contrario de lo que pueda llegar a ser para cualquier viajero que de nuevas lo conozca, una deuda pendiente, una cuenta a saldar

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El Café Hafa se encuentra retrepado al acantilado en que finaliza abruptamente la línea modernista del barrio de Marshan, en lo más alto de las colinas tangerinas. Hay quien afirma que dicho barrio fue, antaño, durante la época del Estatuto Internacional, quizás el más acaudalado de los que poblaban la ciudad. Sí aseguramos que fue, al menos, el menos accesible a los oriundos de la villa.

Y, para establecer el preciso contraste, en el año 1921, un tal Ba Mohammed decidió abrir las puertas de este desvencijado local, logrando reunir en su interior un nutrido grupo de parroquianos tangerinos animados por el placer de poder contar un local permisivo en cuanto a las más preciadas de sus costumbres: la charla deslavazada, el abandono al propio mundo interior, el consumo pausado de hachís.

El aspecto desastrado del local no fue provocado por el paso del tiempo sino que, ya desde su inauguración, los muros parecían recompuestos a pedazos, sus irregulares terrazas sufrían de peligrosos declives que obligaban a mirar casi de frente el océano que batía fuerzas a sus pies, y sus sillas y mesas parecían haber sobrevivido, cada una, a un distinto naufragio de basuras y abandonos.

Así sobrevivió el mísero cafetín al transcurrir de los años. Quizás, tal vez, algo más desgastado por el efecto del salitre inmediato.

Pero fue la masiva búsqueda del sosiego, el exotismo y el exceso, en las libérrimas callejas de la Tánger Internacional lo que, contraviniendo las intenciones de Ba Mohammed, convirtió el Hafa en el lugar de residencia más o menos habitual de los excéntricos personajes de la cultura occidental que acabaron dando renombre a sus vistas de la cosa española, su té a la menta, los pastelillos de almendra fabricados en su inmunda cocina, y las piedras de hachís transportado directamente desde la cordillera del Rif que se hacían servir allí con cada nueva consumición. Así fue: la avanzadilla del más transgresor Occidente vino a tomar asiento en tan bucólico enclave, durante atardeceres pausados y amaneceres indolentes.

Es de obligación remarcar que una de las dependencias del Hafa, la que en mi novela denomino Cuarto de los Veteranos, y en la que culmino minutos de atropellado deseo (yo, o el narrador, ya no recuerdo bien), permaneció durante décadas más o menos oculta a la vista y presencia de los extranjeros. Velada, como la misteriosa sonrisa de la mujer musulmana en tantas ocasiones. Allí sólo permanecían los ancianos fumadores de kif, desmadejados en desastradas esterillas, acunando el sueño ebrio del elixir de los dioses. Quizás quiso así, Ba Mohammed, preservar intacta la primordial esencia del café, al igual que hacen algunos maridos magrebíes con sus precavidas mujeres, o ellas mismas con su torrencial belleza.

Afuera, en las sillas irregulares y oxidadas que se reparten entre los distintos niveles desde los que  se puede contemplar el vuelo de las gaviotas cosiendo la frontera marcada por el océano y la costa gaditana, desvencijaron sus huesos, durante no pocas horas, literatos de la talla de Paul Bowles, Jack Kerouac o William S. Burroughs (tan preciso y precioso en mi novela) o músicos del calibre de Jimi Hendrix, Brian Jones(también tan presente en Los Cuadernos del Hafa), o Luis Eduardo Aute, que compuso la más bella canción que pudiese dedicarse a la inmortal atmósfera que no pocos hemos disfrutado en este local magrebí.

 

No pocas ni despreciables creaciones surgieron de momentos disfrutados en el regazo del sueño de hachís y hierbabuena del Hafa. Y no escasas ni huecas leyendas se tejieron al calor de la brisa con que el Estrecho ha querido, desde su inauguración, refrescar sus terrazas. Jamás hubiese podido el “venerable” Burroughs alimentar El Almuerzo Desnudo de no recalar aquí. Nunca Brian Jones hubiese viajado a Jajouka para conmover los cimientos de la música de no haber pisado estas irregulares terrazas. Y un servidor no hubiese, de seguro, comenzado a aporrear el teclado de la computadora.

Retornar al Hafa, habiendo pasado los años, tras haber saboreado el dulzor agreste de su bancarrota y su té verde, hoy, es masoquista ejercicio para el soñador romántico y bienintencionado.

Los tiempos han cambiado y el aura mítica del cafetín parece haber devorado su propio pasado glorioso de mendigos, artistas, diplomáticos y menesterosos.

La puerta de acceso es más propia ya de un moderno local de esparcimiento occidental que del lúgubre local tangerino que fue. Hay urinarios cuya limpieza desorienta en una ciudad tan invertebrada en su acomodo como lo es la vieja Tánger, y en sus terrazas, ahora milimétricamente adecentadas y separadas unas de otras, anida la juventud acaudalada de la zona, mientras la soñadora y paupérrima de antaño descansa sus frustraciones entre las monolíticas tumbas fenicias que sí permanecen victoriosas al paso del tiempo unos metros antes de llegar al Hafa, siguiendo la línea del acantilado.

Ya no retozan, las terrazas del Hafa, colina abajo hasta despeñarse contra la marea feroz de pateras y basuras del Atlántico. Un paseo erigido con pretensión de marsellesacorniche ha ganado terreno al vaivén oscuro del océano y la inmigración ilegal, mordisqueando, de paso, el vuelo de felpa de las gaviotas.

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Aquel cuartucho que soñé reducto de veteranos fumadores de kif  ha borrado las huellas de amorosos encuentros e interestelares viajes al son de las carcajadas huecas dejóvenes maleantes que cierran negocios turbios y tararea hip-hop.

Dudo incluso de que se puedan pedir 5 dirhmas de hachís al avejentado camarero, como antaño. Prefiero no preguntarlo por no hacer más palpable la derrota, pero la atmósfera limpia y el aroma de azahar me sugieren que equivoco mis deducciones.

Acariciaba la posibilidad, antes de cruzar su puerta, de reencontrarme con el pasado. Una vez cubierto el expediente, culminada la peregrinación y consumada la decepción ante el mercantil rumbo que los tiempos han impuesto al antaño memorable lugar, sólo pude tomar una foto que me hiciese recordar que el pasado y el presente, aún a costa de los cambios acaecidos, seguía jugando en las terrazas del Hafa y podría ser para venideros visitantes, aún, fábrica de ensueños.

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Creo que, al fin y al cabo, con cada viaje cargamos en la mochila, amén de ropa usada y cachivaches inservibles para los objetivos del periplo, un buen puñado de sueños. De nosotros dependerá cumplimentarlos o desbaratarlos, porque los sueños, como la literatura, no son más que ficción que se pretende realidad, o realidad que se sueña ficción. Así con mi novela, así con el Hafa, tal cual con Tánger y sus rincones.

No negaré por tanto que, como el paseo por la Medina tangerina que comentábamos hace unos días, la visita al Hafa, todavía, admite tantas sensaciones como viajeros entren en él. Me sería más fácil negar los sueños que, hace ya demasiados años, me condujeron a sus terrazas de salitre y desvarío. 

Por tanto, a pesar de todo, no dejo de recomendar al menos una visita a este lugar en que las coordenadas geográficas pasan a ser únicamente un estado de ánimo. ¡Inshallah!

(*) Pablo Cerezal, escritor, viajero, colaborador en distintas ONG y profundo conocedor de Marruecos. Acaba de publicar su primera novela, Los Cuadernos del Hafa, cuya fascinante historia transcurre en el país vecino, y mantiene activo el blog Postales desde el Hafa, así como colaboraciones literarias y de crítica cinematográfica en diversos medios online.

Hay 8 Comentarios

¿Qué fue del excelente nivel gráfico de El Viajero? Desde que cambiaron el suplemento, los reportajes fotográficos han descendido increíblemente. Estas fotos del Hafa son inaceptables por malas.

Aaaaaaay, qué recuerdos, yo sí tuve la oportunidad de ver el Haffa tal y como lo describes con nostalgia aunque no como en aquella época que narras de míticos escritores pero tal y como lo describes me puedo hacer una idea....Qué bueno, que las palabras te puedan trasladar a lugares y momentos y viviencias que no has tenido pero que las puedes sentir como tuyas.

Después de la lectura de Los Cuadernos del Hafa y de los artículos no puedo esperar a mi próxima visita a Tánger. Lo veré todo con nuevos ojos, quizá crea reconocer a Munir en algunos de los transeúntes y pensaré en la beat generation al pasar por la puerta del café. Tengo ya ganas de experimentarlo. Un abrazo.

"La exhibición de la técnica pertenece al ballet clásico, y no a cualquier otro tipo de arte", ni siquiera el de la conversación porrera de antaño ni el recuerdo letal de Jimmy Hendrix, ni aún la tortuosa misogínia de Paul Bowles. ¡El pasado ha muertoy quién vive de el también es un zombi.....!

Encantador lugar, aunque la última vez que allí estuve, hace tres años, sólo había dos mujeres, y europeas. El café ¿se habrá convertido ya en un privilegio exclusivo de los hombres?

Hace mucho tiempo que dejé de volver a sitios mágicos, creo recordar que fue después de una segunda visita a Zanzíbar al cabo de ocho años. En el intermedio se había incluido la isla en el circuito de los vuelos charter, y la Ciudad de Piedra estaba completamente invadida, el número de hoteles había crecido exponencialmente, y el reputado tour de las especias del famoso Sr. Mitu había sido fagocitado por los tour operators. Pocas veces he sufrido una decepción tan grande.

Sigo conservando en mi memoria y mi corazón un par de sitios mágicos a los que sé que nunca volveré, uno en Grecia y el otro en México.

Me ha encantado, Pablo. El Hafa de tus recuerdos tiene ese toque romántico que tanto me gusta y, por eso mismo, me da una pena terrible no poder conocerlo ya. Seguro que cuando viaje a Tánger (en algún momento de mi vida) me pasaré a conocerlo y te prometo que intentaré recordar tus recuerdos para hacerme una idea de lo que fue y ya no es. Un beso!

Fantástica recreación, Pablo, de lo que fue -un sitio modesto y mágico en un lugar hercúleo- y de lo que es hoy -eso, unas vistas excepcionales- el querido Hafita... Fuerte abrazo.

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Sobre los autores

Lola Huete Machado. Redactora de El País y El País Semanal desde 1993, ha publicado reportajes sobre los cinco continentes. Psicóloga y viajera empedernida, aterrizó en Alemania al caer el muro de Berlín y aún así, fue capaz de regresar a España y contarlo. Compartiendo aquello se hizo periodista. Veinte años lleva. Un buen día miró hacia África, y descubrió que lo ignoraba todo. Por la necesidad de saber fundó este blog. Ahora coordina la sección Planeta Futuro.

Chema Caballero Chema Caballero. Llegó a África en 1992 y desde entonces su vida giró en torno a sus gentes, su color y olor, sus alegrías y angustias, sus esperanzas y ganas de vivir. Fue misionero javeriano y llevó a cabo programas de educación y recuperación de niñ@s soldado en Sierra Leona durante dos décadas, que fueron modelo.

José NaranjoJosé Naranjo. Freelance residente en Dakar desde 2011. Viajó al continente para profundizar en el fenómeno de las migraciones, del que ha escrito dos libros, 'Cayucos' (2006) y 'Los Invisibles de Kolda' (2009), que le llevaron a Marruecos, Malí, Mauritania, Argelia, Gambia, Cabo Verde y Senegal, donde aterrizó finalmente. Le apasiona la energía que desprende África.

Ángeles JuradoÁngeles Jurado. Periodista y escritora. Trabaja en el equipo de comunicación de Casa África desde 2007. Le interesa la cultura, la cooperación, la geopolítica o la mirada femenina del mundo. De África prefiere su literatura, los medios, Internet y los movimientos sociales, pero ante todo ama a Ben Okri, Véronique Tadjo y Boubacar Boris Diop, por citar solo tres plumas imprescindibles.

Chido OnumahChido Onumah. Reputado escritor y periodista nigeriano. Trabaja como tal en su país y en Ghana, Canadá e India. Está involucrado desde hace una década en formar a periodistas en África. Es coordinador del centro panafricano AFRICMIl (en Abuja), enfocado en la educación mediática de los jóvenes. Prepara su doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su último libro se titula 'Time to Reclaim Nigeria'.

Akua DjanieAkua Djanie. Así se hace llamar como escritora. Pero en televisión o en radio es Blakofe. Con más de tres lustros de carrera profesional, Akua es uno de los nombres sonados en los medios de su país. Residente en Reino Unido, fue en 1995, en uno de sus viajes a Ghana, cuando llegó su triunfo televisivo. Hoy vive y trabaja entre ambos países. La puedes encontrar en su página, Blakofe; en la revista New African, en Youtube aquí o aquí...

Beatriz Leal Riesco Beatriz Leal Riesco. Investigadora, docente, crítica y comisaria independiente. Nómada convencida de sus virtudes terapéuticas, desde 2011 es programadora del African Film Festival de NYC. Sissako, Mbembe, Baldwin y Simone la cautivaron, lanzándose a descubrir el arte africano y afroamericano. Su pasión aumenta con los años.

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