El pie de foto, frío y realista, explica: una familia en el centro de registro del Alto Comisionado de Naciones Unida para los Refugiados en las afueras de Peshawar [PAKISTÁN], el 20 de junio de 2011, antes de su regreso a Afganistán después de escapar del régimen talibán.
Las imágenes viajan más allá de las palabras mudas, telegráficas, sin emociones. El hombre del centro parece un gigante sostenido por unos zancos que le permiten mirar a los ojos a un camión, un gigante tatuado. El joven del suelo mantiene los brazos abiertos, teme que el sueño se estropee. Es el ayudante de los equilibristas; sigue atento sus movimientos sobre el trapecio.
Es arriesgado, triple mortal o más, regresar a casa casi 10 años después de escapar de un peligro para toparse con el mismo peligro. Afgansitán es un país atrapado en el tiempo, y con los talibanes a las puertas, como fantasmas de un pesadilla, siempre al acecho, cambiándose de nombre, de idelología, de tribu, de todo menos de fusiles e impunidad.
Debajo de la tela azul de un burka, se ven las piernas enteladas de una mujer que es ayudada por una segunda persona desde lo alto del camión. El hombre-gigante sostiene a un bebé. El gigante puede ver los tejados de lo que quedó atrás, de lo que no pudo ser; y mirar por dentro su casa, su vida que será.
Se van las tropas extranjeras que no supieron llegar, que no pudieron modificar el guión de la pesadilla. Atrás quedarán las víctimas, y sus camiones decorados con mimo. Esos camiones hermosos son una única forma de expresarse en libertad, de gritar.

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