Niña desplazada en Kabul. / Qais Usyan (AFP).
Nunca ha sido fácil ser mujer en Afganistán, donde la tradición está por encima de la ley. Invertir ese orden exigiría décadas de trabajo, paciencia y ayudas económicas más allá del gasto militar. En 2014 se retirarán las tropas occidentales, atrás quedará Hamid Karzai y su Gobierno formado por los señores de la guerra que combatieron al Ejército Rojo, muchos de ellos devenidos en criminales y narcotraficantes, como denunció Malalai Joya en la Loya Jirga en 2003. Los talibanes están convencidos de que tomarán el poder sin dificultad, como en 1996. EEUU y sus socios de la OTAN se preparan para un Afganistán talibán. Hay negociaciones en marcha y más que habrá. Las únicas que no se pueden preparar son las mujeres y las niñas, siempre las grandes sacrificadas.
La diferencia será de esperanza (ahora algunas la tienen), no de realidad; más allá de la cosmética poco ha cambiado con Karzai. Las familias impiden a las niñas acudir a la escuela (una de cada cinco estudia primaria) o les obligan a dejar los estudios para esclavizarlas en casa; se mantienen los matrimonios arreglados; permanece la cárcel en la que el burka es solo una representación exterior.
Aumentan los casos de baad: el secuestro de una mujer o una niña para compensar una falta o una deuda de los mayores. El baad está prohibido por las leyes y los imanes, pero la tradición resiste. The New York Times publica un reportaje sobre el caso de la niña Shakila, cuya familia ha accedido a contar su historia. Es un texto que ilustra el fracaso de Occidente en Afganistán, un país que nunca entendió.
