El libro sagrado parece más grande que la niña que lo memoriza, un símbolo quizá de la insignificancia de las personas ante lo sagrado. La niña no puede leer con los ojos, necesita los dedos, el contacto. Con el índice de la mano izquierda recorre los seis puntos del alfabeto Braille en busca de letras y palabras, de emociones. La niña es ciega y palestina; vive en Gaza. Viste un pañuelo plateado y un gabán que cubre los brazos hasta los puños. Otro símbolo; este, de rigor religioso. La única fantasía consentida en un centro de estudio y rezo son las lentejuelas del adorno.
Su vida debe de ser dura, como la de miles de niños palestinos de la franja de Gaza: escasez de agua y electricidad, pobreza, superpoblación, bombas; un mundo cercado. Su miedo es ciego; quizá mayor porque multiplica los motivos del miedo, o menor porque no se deja asustar por las imágenes, por lo que los demás ven, por sus fantasmas.
Tener una minusvalía en el Primer Mundo es un obstáculo; en África, en el Tercer Mundo, una condena, un lastre. La niña que lee con los dedos tiene una escuela, una mesa y un libro adaptado a su discapacidad. La imagen transmite cotidianidad por encima del odio y la guerra; también, esperanza. La niña del rostro escondido y un pañuelo iluminado sobre la cabeza aprende algo más que El Corán; aprende a leer, su camino para intentar ser libre.
