El derribo de un avión militar turco, el pasado fin de semana, ha permitido a Ankara hacer visible una política que no es nueva: su apoyo al Ejército de Liberación de Siria, que recibe armas y municiones a través de su frontera. La guerrilla ha convertido a Turquía en su santuario, junto a un Líbano que se descose.
Lo ocurrido recuerda a todos los actores, incluidos EEUU y Rusia, que Siria es un escenario complejo, una ratonera. Cualquier chispa puede degenerar en un incendio regional.
Damasco transmite a sus crecientes enemigos su voluntad de defenderse y vender cara una eventual derrota, la posibilidad de internacionalizar el conflicto. También le permite hacer visible la realidad, que Siria vive una guerra, como ha reconocido Bachar el Asad por primera vez.
