Las cumbres que tienen éxito se precocinan, como la de Maastricht. Se pactan de antemano los mínimos y los máximos. En ellas, nadie juega con fuego, aunque los flecos los carga el diablo. El boato, la liturgia del compromiso, el suspense de la ruptura, suelen ser simulación de un esfuerzo titánico que prestigia el pacto.
Otras veces -como ahora- las diferencias son profundas, reales. Al finalizar el encuentro en fracaso o con un comunicado sin contenido, solo para disimular, el líder disgustado interpreta el personaje que sus opiniones públicas desean escuchar. Margaret Thatcher siempre fue una maestra en este arte.
