Cano

Los últimos días del embargo a Cuba

Por: | 26 de noviembre de 2012

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Entre los cambios históricos que se registraron en las elecciones presidenciales norteamericanas del 6 de noviembre, uno de los más notables fue el de la victoria, por primera vez, de un candidato del Partido Demócrata, entre la comunidad cubana de Florida. Eso, unido a las tímidas medidas aperturistas puestas en marcha por el régimen cubano en los últimos meses y al mayor margen de maniobra de que dispone en Washington un presidente que no puede ser reelegido, crea el mejor escenario que se ha conocido nunca para el levantamiento del embargo económico de Estados Unidos a Cuba, una reliquia de la política exterior norteamericana que ha sobrevivido hasta ahora pese a su ineficacia y su falta de apoyo internacional.

La semana pasada, en la ritual votación anual en la Asamblea General de las Naciones Unidas, todos los países condenaron ese embargo, con excepción del propio Estados Unidos, que solo tuvo el apoyo de Israel y Palau. La impopularidad de esa medida es evidente desde hace tiempo. También es obvio que, después de 50 años en vigor, no solo no ha servido para obligar al Gobierno cubano a adoptar medidas democratizadoras, sino que muchas veces ha sido la excusa para no tomarlas.

Si el embargo ha sobrevivido hasta ahora ha sido, simplemente, porque tenía el apoyo del exilio cubano, de fuerte influencia en el sur de Florida, un estado fundamental en la pugna electoral en este país. Pero eso ha cambiado ya. Nuevas generaciones de cubanos nacidos o crecidos en Estados Unidos no se sienten obligados a ser fieles al Partido Repúblicano como la única garantía frente al comunismo ni creen que la batalla contra Fidel Castro deba de ser el motivo de sus vidas. Por primera vez, un cubano-americano del Partido Demócrata, Joe García, ha sido elegido para ocupar un escaño por Florida en la Cámara de Representantes. Educados más en la solidaridad con sus familiares y compatriotas de la isla que en el odio a quienes obligó a sus antepasados al exilio, esa generación simpatiza con las medidas para facilitar el intercambio tomadas por Barack Obama y tiene el deseo de aumentarlo todo lo posible.

Esa corriente se ve, igualmente, favorecida por todos aquellos, sobre todo en Florida, que ven oportunidades económicas en Cuba y quieren que sus posibilidades de negocio no se vean limitadas por decisiones políticas que, además, resultan anacrónicas. Estados Unidos favorece la relaciones económicas con otro país comunista, como China, y, hasta hace poco, ha permitido cierto intercambio comercial con naciones rivales, como Irán, y continúa permitiéndolo con otras, como Venezuela. Los empresarios están desde hace tiempo entre los sectores que favorecen el levantamiento del embargo.

Siguen existiendo algunos que se resisten a dar ese paso. Los representantes republicanos de la comunidad cubana en el Congreso aún estiman que el levantamiento del embargo serviría para dar oxígeno al régimen de los hermanos Castro, precisamente en el momento en que ambos se aproximan al final de sus vidas.

Ese argumento, sin embargo, es débil ante el potencial que un mayor intercambio tendría para agilizar la transición democrática y estimular a los reformistas. El levantamiento del embargo podría, efectivamente, mejorar las condiciones económicas de los cubanos. Pero también facilitaría la presencia en Cuba de los grupos de oposición que actúan desde Florida y, sobre todo, pondría en manos de la oposición interna instrumentos de movilización de los que ahora mismo carecen. Con más dinero, más ordenadores, más teléfonos móviles, acceso a Google y a Twitter, las posibilidades de comunicar la realidad sobre el sistema político cubano se ampliarían considerablemente. Por otra parte, es dudoso que una población menos angustiada por la economía no estuviera también más interesada en la democracia. 

Barack Obama, que inició su presidencia con gestos de buena voluntad hacia el Gobierno de La Habana parecía compartir ese punto de vista. Pero, frustrado por la poca receptividad del régimen, y acuciado, como sus antecesores, por el calendario electoral, abandonó enseguida ese camino. Ahora, más preocupado por su legado histórico, tiene una gran oportunidad de hacer algo que, probablemente, sería recordado como el principio del fin del comunismo en Cuba. El levantamiento del embargo tendría, junto a sus repercusiones previsibles, un efecto político y sicológico que serviría para marcar un antes y un después en las relaciones de Estados Unidos con Cuba y con toda América Latina. En estos momentos, eso es posible sin dejar sobre el siguiente candidato presidencial demócrata el pesado lastre de una derrota segura en Florida. Más bien, todo lo contrario.

La apuesta de Obama en Oriente Próximo

Por: | 21 de noviembre de 2012

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Clinton y Obama a su llegada a Myanmar. Foto: Soe Than WIN / AFP

Hillary Clinton estaba en Camboya, acompañando a Barack Obama en la última gira que harán juntos como presidente y secretaria de Estado, cuando tuvo que cambiar precipitadamente de itinerario para atender la llamada urgente de Gaza. Siempre es así, siempre hay una urgencia en Oriente Próximo que obliga a reacomodar la agenda de Estados Unidos. Obama pensaba en un viaje tranquilo para fotografiarse en Birmania como una de las grandes heroínas contemporáneas y reafirmar la prioridad de Asia en la estrategia norteamericana, pero Gaza le robó el escenario y le obligó a estar contantemente al teléfono para tratar de contener la crisis. Cuando Obama, con su victoria electoral aún fresca, pensaba todavía en cuáles serían los prioridades de su segundo mandato, Gaza se le cruzó en su camino para recordarle que Oriente Medio sigue ahí, tan inestable y violento como siempre.

Finalmente, optó por una acción arriesgada y significativa. Exponer al principal responsable de la política exterior y figura más visible de su Administración a los riesgos de un conflicto tan espinoso como el de israelíes y palestinos es, al margen del aparente éxito inicial de su gestión, una clara apuesta de Obama: este asunto figurará entre sus prioridades en los próximos cuatro años. "Estados Unidos trabajará con nuestros socios en Israel y en toda la región para conseguir seguridad para el pueblo de Israel, mejorar las condiciones del pueblo de Gaza y avanzar hacia una paz global para todos los pueblos de la región", dijo Clinton a su llegada a Jerusalén.

Obama entendió desde el principio de su presidencia que la solución del problema palestino-israelí es crucial para un nuevo entendimiento entre Estados Unidos y el mundo árabe y musulmán. Intentó una aproximación y se estrelló, como cada uno de sus antecesores, con la variante esta vez de que Obama chocó con un primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, particularmente tenaz, que se negó a detener los asentamientos.

Ahora vuelve a intentarlo en condiciones algo más favorables. Obama ya no tiene por delante más elecciones. No necesita, por tanto, la complicidad de Netanyahu para mantener el voto de los judíos norteamericanos. Ahora es Netanyahu quien está próximo a las urnas y expuesto al riesgo de un electorado que quiere que sus gobernantes se lleven bien con Estados Unidos, su última garantía de supervivencia. Eso le da algo más de margen a Obama para intentar un nuevo acercamiento al conflicto desde una posición algo más equilibrada.

Para Estados Unidos es imprescindible que en este viaje no se le descuelgue Egipto. El presidente Mohamed Morsi necesita el apoyo norteamericano para mejorar su economía, que es el terreno principal en el que se decide el futuro de la incipiente democracia egipcia. Pero Estados Unidos necesita a Morsi para hacer viable cualquier intento de mediación en el conflicto palestino-israelí.

Dentro del diario drama humano y los enormes riesgos de la situación -incrementados por la guerra en marcha en Siria-, algunas cosas han mejorado lo suficiente como para alimentar cierto optimismo: Obama ha fortalecido su posición en casa, Morsi es un socio más díscolo pero también más creíble que Hosni Mubarak, el régimen sirio no está en una posición como para estorbar demasiado, los palestinos están menos divididos, Hamás ha demostrado su fuerza pero también su debilidad y Netanyahu puede acabar de entender estos días en Gaza que no hay solución militar para el conflicto y que el tiempo y la demografía juega a favor de la población árabe, en los territorios ocupados y en el mismo Israel.

Tan tentador como puede ser para Obama intentar un acuerdo de paz que diera sentido a su premio Nobel, así es de peligroso también. Todos esos factores que hoy pueden conducir al optimismo pueden verse superados por una fuerza mayor, la proverbial intransigencia de los principales protagonistas del conflicto. La falta de verdadera voluntad de paz ha sido el principal problema siempre y sigue siendo el gran obstáculo ahora. Obama intentar coronar su presidencia con una gran éxito, como lo intentó Bill Clinton, pero puede encontrarse con un monumental fracaso que oscurezca toda su gestión.

El perdedor de las elecciones es Ronald Reagan

Por: | 20 de noviembre de 2012

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Desde las elecciones del 6 de noviembre la derecha norteamericana no ha cesado de preguntarse quién es el responsable de la derrota. En la jerarquía republicana, gobernadores, congresistas y otras figuras relevantes, se ha creado un cierto consenso para culpar al candidato presidencial, Mitt Romney, quien, con sus errores y dudosas convicciones, habría desperdiciado una oportunidad de oro. Desde fuera, analistas y observadores, se acusa preferentemente al Partido Republicano mismo, que, con su extremismo e inflexibilidad, habría espantado al electorado. Más cerca de la segunda posición, yo resumiría este resultado electoral en la derrota de Ronald Reagan.

Reagan ha sido un protagonista de esta campaña. Desde la Convención Republicana hasta el último mitin, no ha habido ocasión en la que la figura del legendario ex presidente no fuera invocada o recordada de alguna forma. Reagan es, en realidad, la fuente de inspiración del conservadurismo estadounidense desde hace décadas. Admirado por una gran parte de la sociedad y respetado también por sus rivales -Barack Obama lo ha mencionado como ejemplo de liderazgo en alguna ocasión-, Reagan es el Kennedy de la derecha, su estrella más carismática.

Nunca, sin embargo, su recuerdo ha estado tan presente como en estos últimos años, en los que la irrupción de un conservadurismo radicalmente contario a la función social del Estado ha cambiado el perfil del Partido Republicano. Fue Reagan quien dijo aquello de que "el Estado es el problema, no la solución". Y, con ese lema, el Tea Party y otros que se le aproximan, han tratado de justificar la desarticulación del cualquier atisbo de red de protección estatal, olvidando, por otra parte, las subidas de impuestos que Reagan firmó y los programas de ayuda social que Reagan mantuvo.

Esa visión está hoy en plena reconsideración. Varios de los principales republicanos con aspiraciones presidenciales, como Bobby Jindal o Jeb Bush, han hablado de la necesidad de mantener algunos instrumentos de apoyo social a la clase media. Otros han advertido que, defender el libre mercado, no significa defender exclusivamente a los ricos. Un conservador tan reputado como William Kristol, del Weekley Standard, dijo recientemente que "subirle algo los impuestos a los ricos tampoco sería un desastre".

En un artículo titulado El Futuro Conservador, David Brooks, un conservador centrista, mencionaba el martes en The New York Times una serie de nombres que, según él, diseñarán el futuro de la derecha estadounidense. Pocos de ellos son los rostros que habitualmente han defendido hasta ahora las ideas del Partido Republicano en las tertulias de televisión. No está, desde luego, Karl Rove, el motor de toda campaña electoral republicana en lo que va de siglo. Todos ellos proponen una ruptura con el pasado reciente. "Desde el 6 de noviembre, el Partido Republicano ha experimentado una epidemia de mentalidad abierta", afirma Brooks.

Eso exige dejar atrás a Ronald Reagan como modelo a copiar. Reagan será siempre un icono del conservadurismo en este país. Su firmeza frente a la Unión Soviética y la sinceridad de sus convicciones seguirán siendo motivo de reconocimiento. Pero es, precisamente, como eso, como icono, como seguirá teniendo valor, no como ideológo para un tiempo moderno. Sus consignas contra el Estado fueron útiles a principios de los ochenta, cuando la sociedad salía de varias décadas de expansionismo del sector público, no ahora, cuando los ciudadanos son víctimas del descontrol del sector privado. Esos lemas fueron válidos contra un Partido Demócrata que era todavía el sucesor de los grandes creadores del aparato estatal, Roosevelt y Johnson, no del actual Partido Demócrata, a quien Clinton -"la era del gran Estado se ha acabado"-, y después Obama, trasladaron definitivamente al centro. Esa transición, aunque en sentido contrario, es la que ha empezado ahora el Partido Republicano.

Bloomberg desnuda a Romney

Por: | 01 de noviembre de 2012

Lo más grave para Mitt Romney de la decisión del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, de apoyar a su rival en esta campaña electoral no es el hecho en sí ni lo votos que pueda robarle. Es el significado de esa decisión lo que debe preocuparle, y mucho, a Romney. Con su respaldo a Barack Obama, Bloomberg, un conservador por naturaleza, ha dicho no al Partido Republicano a cuyo frente está Romney y a las ideas que éste representa.

Por mucho que ahora se identifique como independiente, Bloomberg es un republicano, los colores por los que fue elegido para su primer mandato como alcalde. Es un hombre que cree firmemente en la economía liberal y cuya filosofía esencial, la del mercado y la iniciativa privada como fuerzas predominantes, son las del conservadurismo tradicional. Pero Bloomberg es un republicano que ha evolucionado al ritmo de los tiempos y que, en sus últimos años, ha defendido bravamente causas impopulares en la derecha como el control de las armas de fuego y la inmigración. En ambos asuntos es hoy una de las voces más autorizadas del país.

En ese mismo proceso, el republicano Bloomberg se ha puesto a favor de los derechos de los mujeres, de la igualdad de los homosexuales ante el matrimonio, la atención social a los menos favorecidos o la lucha contra el cambio climático, la razón principal por la que explica su apoyo a Obama. Entiende que ninguna de esas causas tendría por qué ser patrimonio de los demócratas o de la izquierda o es incompatible con el pensamiento de un conservadurismo compasivo y moderno.

Al negarle ahora su voto, Bloomberg deja en evidencia que Romney y el partido bajo cuyas siglas compite no han hecho esa misma transición. Ustedes son la vieja derecha -o la nueva y extremista derecha del Tea Party, según se quiera ver-, con quienes yo no me puede identificar, viene a decirles el célebre alcalde. Algo similar les dijo la semana pasada otro republicano moderado, en este caso, un héroe militar, el general Colin Powell.

Lo de Powell lo explicó rápidamente la campaña de Romney con el bajo argumento de que el general apostaba por el de su misma raza. En el caso de Bloomberg, ni siquiera podrán decir que apuesta por el de su misma clase, puesto que Bloomberg pertenece también al reducido grupo de multimillonarios del que forma parte el candidato republicano. La decisión de Bloomberg es una simpe bofetada al esfuerzo que Romney había hecho en las últimas semanas por presentarse como un candidato de centro. Una bofetada que, a cinco días de las elecciones y unas horas después de que otro emblema del capitalismo, el semanario The Economist, se pronunciara igualmente por Obama, debe de haberle dolido mucho.

Una tormenta grande requiere un estado grande

Por: | 30 de octubre de 2012

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Destrozos en la costa de Nueva Jersey tras el paso de Sandy. Foto: MARK WILSON, AFP

Cuando se te inunda la casa es preciso llamar al 911, donde la policía y los bomberos, pagados con el dinero de los contribuyentes, acuden al rescate. Cuando un desastre natural se acerca, los ciudadanos atienden las instrucciones de su alcalde, su gobernador y su presidente, quienes, si actúan con corrección, son los únicos capaces de paliar los daños.

La iniciativa privada y, sobre todo, el espíritu solidario de los individuos, siguen teniendo un papel importante en una catástrofe como la del huracán Sandy, pero nadie puede sustituir el papel del estado como coordinador y aglutinador de los esfuerzos colectivos.

Una catástrofe como la del Sandy pone a los ultra liberales a la defensiva y reivindica a quienes insisten en mantener un aparato estatal poderoso, aunque también ágil y limitado. Un estado excesivo es, por su burocracia y lentitud, ineficaz. Pero un estado minúsculo deja desasistidos, en circunstancias como las actuales, a quienes no poseen recursos para valerse por sí mismos, los más pobres, los inválidos, los marginados.

Como en cada oportunidad en que se mezclan política y dolor humano, el Sandy dará oportunidad a toda clase de demagogia. Todos intentan barrer para casa. Pero es poco probable que Mitt Romney repita ahora su propuesta anterior de reducir, incluso privatizar, los fondos de la Agencia Federal para Emergencias (FEMA).

En uno de los debates durante las elecciones primarias del Partido Republicano, Romney dijo, respecto a una pregunta sobre el futuro de FEMA, que “siempre que se pueda devolver alguna competencia a los estados hay que hacerlo, y si se puede devolver al sector privado, mejor”, y que el estado federal (central) debía replantearse qué servicios podía mantener.

La gente, por supuesto, solo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena. Así como únicamente se valora el trabajo de algunos empleados públicos cuando se les requiere, también es sencillo eliminar servicios públicos cuando no parecen necesarios. Una tragedia natural, como demostró dramáticamente el Katrina, demuestra hasta qué punto algunos lo son.

Es difícil anticipar cuánto influirá todo esto en la campaña electoral. Pero la doctrina del drástico recorte del aparato estatal que propicia Romney y, sobre todo, su compañero de candidatura, Paul Ryan, se encuentra, por unos minutos, desmentida por la cruda realidad de una gigantesca tormenta.

30 años en EL PAÍS

Por: | 05 de junio de 2012

Abusando de la familiaridad que nos permite este espacio, tengo el gusto de comunicarles que este mes de junio cumplo 30 años de trabajo ininterrumpido en EL PAÍS. Ya imagino que no es una gran cosa para nadie, y les garantizo que no tiene la menor relevancia dentro de la larga y brillante historia de este periódico. Pero sí es una fecha importante para mí y, por esa razón, quiero compartir algunas ideas que esta celebración me trae a la cabeza.

Treinta años es casi toda mi vida profesional, a la que hay que añadir tan solo cinco más en la agencia EFE al final de los años setenta, un periodo que marcó de forma significativa mi concepto del oficio. Treinta años de trabajo dan para mucho, pero se pueden resumir en pocas palabras: un tránsito veloz, como corresponsal o enviado especial, por revoluciones, golpes de Estado, elecciones, conferencias o entrevistas en más de 50 países, desde las Filipinas al Perú. Entre unas y otras, diversos cargos en la redacción que me sirvieron para entender el punto de vista de lo que los periodistas llamamos "la mesa", es decir, la fuerza editoria del diario.

He recorrido el lado romántico de esta profesión, ese que ha inspirado novelas sobre personajes solitarios y vanidosos que saltaban a la aventura cada mañana desde la habitación de un hotel en Yamena o Managua, Beirut o Washington. En Estados Unidos, a lo largo de muchos años, he conocido toda la opulencia de este oficio, así como su tentadora y peligrosa imbricación con otros poderes más sólidos y desalmados. He comprobado igualmente la entrega de muchos compañeros que se desenvuelven en el anonimato. Y, sí, también he conocido los celos, los empujones y las trampas propias de una actividad muy competitiva. 

Cumplir 30 años de trabajo en un lugar es la prueba irrefutable de que uno se está haciendo viejo, y por tanto, sentimental y solemne. Este mismo texto es una debilidad que hubiera sido intolerable en la era pre-blogs. Intento no resultar trascendente, pero es inevitable contemplar este cumpleaños desde la situación angustiosa que vive nuestra profesión. Es un ridículo eufemismo llamarle precariedad laboral a la guillotina que se cierne sobre nuestras cabezas. Nadie sabe si el periodismo seguirá existiendo dentro de otros 30 años. Quizá, no. De hacerlo, es evidente que será algo diferente a lo que hemos conocido hasta ahora. Con la desesperada locuacidad de la víctima ante la bala inminente, nos hemos lanzado en los últimos tiempos a una retórica desproporcionada sobre las excelencias del periodismo y su función social. Se elogia constantemente el periodismo de calidad, sin que sepa muy bien en qué consiste. Se confrontan modelos periodísticos como si fueran ideologías. Se sacralizan medios que quizá nunca se consoliden y se desprecian otros que quizá sería posible conservar, o viceversa. Hablamos, hablamos y hablamos, sin saber muy bien qué decir.

Mentiría si dijera que esta es una profesión como cualquier otra. Sinceramente, me satisface tanto que me cuesta entender cómo hay gente que se dedica a otra cosa. Pienso, además, que, bien ejercida, puede llegar a resultar una profesión muy útil. Pero no podemos imponer que los demás lo crean también. La sociedad tiene de los periodistas el concepto que tiene, bueno en unos países y malo en otros, positivo en ciertas épocas y negativo en otras. No podemos obligar a nadie a que nos quiera para siempre. Quizá ni siquiera lo merezcamos. Si la historia dicta que hemos de desaparecer, desapareceremos, ojalá que dignamente. Prefiero vivir en un tiempo en el que existe el periodismo, pero no me parece inconcebible un mundo sin él ni creo que forzosamente tenga que ser peor que el actual. Después de todo, este oficio no lleva entre nosotros más que un par de siglos, y no siempre con motivo de orgullo.

Como es natural, tengo intención de defender mi negocio mientras tenga fuerzas para hacerlo. Pero asumo que mi aportación durante 30 años en EL PAÍS ha sido minúscula. Ninguna deuda que reclamarle a nadie. No porque no valore la labor realizada, sino porque soy consciente de la limitación de nuestro oficio. No somos transformadores ni innovadores como los científicos o los ingenieros. No cambiamos el mundo ni hacemos la historia. Somos una profesión humilde de la que se recordarán anécdotas, no gestas. El Watergate forjó mi vocación, pero no he presenciado otro caso desde entonces.

He conocido a alguna gente que sí ha hecho historia, pero las verdaderas proezas de las que he sido testigo en estos 30 años son más bien de carácter cotidiano, humano, íntimo. La revoluciones y todo lo demás son, en realidad, el escenario en el que transcurren los acontecimientos ordinarios. En general, la vida es más sencilla que como la cuentan los periódicos. Uno de los problemas de nuestro oficio ha sido siempre el de nuestra pasión por lo excepcional y nuestro desprecio por lo común y rutinario. Eso nos ha alejado considerablemente de la sociedad, que hoy no tolera ninguna forma de elitismo y parece preferir como periodista a cualquiera que le cuente cosas de forma llamativa, simple y cercana.

Creo percibir que, por esa razón, la información se hace más parroquial y banal. Pero quizá esté equivocado. Es imposible anticipar dónde acabará todo esto, aunque sospecho que mi hijo Pablo, que también es periodista, no tendrá la suerte que he tenido yo de trabajar durante 30 años en el ámbito de un periódico, promotor, conductor y moderador de mis propias iniciativas y ambiciones. Como en cualquier actividad humana, lo que distingue a un periodista de otro es un instante de inspiración individual. Pero el periodismo, como profesión, es un ejercicio colectivo, no una aventura quijotesca. A veces no ha sido cómodo conciliar mis puntos de vista con los de otros, pero ese esfuerzo es imprescindible para generar un pensamiento ordenado y, en última instancia, ecuánime y constructivo. Un bloguero puede llegar a ser muy famoso, pero solo se representa a sí mismo, mientras que una empresa periodística, con toda su complejidad y anacronismo, puede ser el motor de una amplia corriente de opinión.

Uno de los motivos de optimismo en este aniversario es el hecho de que encuentro a los jóvenes que me rodean menos preocupados por su futuro que yo mismo. Quizá sólo se deba a la inconsciencia innata de la edad, pero también es posible que, efectivamente, exista el horizonte de un periodismo revolucionario que ganará independencia e influencia con el arma de esta moderna tecnología presuntamente democratizadora. Con la misma curiosidad de hace 30 años, trato de tener mi equipaje listo para ese nuevo viaje.

El falso Carlos, un ejecutado por error

Por: | 15 de mayo de 2012

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Carlos de Luna, en una imagen de la investigación

Desde el momento de su detención, en 1983, hasta el de su ejecución, seis años después, Carlos de Luna sostuvo siempre su inocencia en el asesinato de Wanda López, del que se le acusaba. Una exhaustiva investigación conducida por el profesor de la universidad de Columbia James Liebmen y publicada ahora en la Human Rights Law Review prueba que tenía razón.

El riesgo de ejecutar a un inocente ha sido siempre uno de los principales argumentos de quienes se oponen a la pena de muerte en Estados Unidos. Nunca ese riesgo había sido certificado de una forma tan concluyente como en el caso de Carlos de Luna.

Carlos de Luna fue arrestado cuando tenía 20 años por la muerte a puñaladas de la joven empleada de una gasolinera en la ciudad de Corpus Christi (Texas). Las pruebas contra él nunca fueron muy contudentes, pero la causa prosperó gracias a algunas lagunas en la coartada del detenido y a los varios antecedentes policiales de De Luna por diversos delitos menores. El acusado creía conocer al verdadero asesino, a quien había visto en el lugar de los hechos momentos antes del crimen, pero en un principio se negó a revelar su identidad por miedo a represalias.

Cuando finalmente lo hizo, su credibilidad era ya escasa, y la fiscalía no tuvo dificultades en obtener un veredicto de culpabilidad. Pero el principal aliado de la acusación no fue el relato contradictorio de De Luna sino su parecido físico con el auténtico culpable, Carlos Hernández. Varios testigos, probablemente ayudados por la dificultad para distinguir las rasgos físicos de otra razas, confundieron a los dos Carlos e identificaron a De Luna aunque, en realidad, habían visto a Hernández.

Durante años, familiares y periodistas han aportado pruebas, tanto de la inocencia de De Luna como de la culpabilidad de Hernández. Una de ellas fue la confesión de éste último a sus compañeros de prisión en los últimos días de su vida. Después del suceso de Corpus Christi, Hernández fue declarado inocente del apuñalamiento de otro mujer, pero finalmente moriría en prisión en 1999 a causa de una cirrosis.

El profesor Liebmen y su equipo han realizado decenas de entrevistas e investigaciones para unir las piezas del rompecabezas de este caso. El resultado es un trabajo de 400 páginas en el que se muestran todas las evidencias que señalan a Hernández, todas las que descartan a De Luna y los númerosos errores cometidos durante el proceso judicial.

Los familiares que le quedan a De Luna creen que ya es demasiado tarde para reabrir una herida cerrada hace tiempo.

Desde que en 1976 se reinstauró la pena de muerte en Estados Unidos, han sido ejecutadas 1.295 personas, 482 de ellas en Texas. ¿Cuántas más serían inocentes?

El Obama más cool

Por: | 14 de mayo de 2012

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Obama en durante un viaje oficial en 2009. (Foto: REUTERS)

Al contrario que muchos de los que siguen al presidente de Estados Unidos, yo prefiero la versión estadista de Barack Obama a la más electoral que estamos viendo estos días y veremos de forma abundante hasta noviembre.

Admito que el Obama electoral, que nos recuerda al que conocimos en 2007 y 2008, es más atractivo, más inspirador, más sugerente, más atrevido y mucho más cool. El Obama que ha gobernado desde 2009 hasta hace poco era más aburrido, más dubitativo y más contenido. Por eso generó una cierta decepción entre sus más apasionados seguidores.

El Obama electoral ha recuperado el ardor de su oratoria y nos regala a diario frases ocurrentes contra los líderes financieros, los sheriffs racistas o sus más econados rivales republicanos.Ya nos ha sorprendido con su respaldo al matrimonio homosexual, y esta misma semana ha lanzado un vídeo-bomba sobre las actividades de Mitt Romney al frente de la empresa Bain Capital. No es que sus decisiones resulten necesariamente equivocadas o que sus críticas no sean, en ocasiones, justas. Pero, desde luego, representan un marcado contraste con su actuación como presidente.

Como presidente, Obama fue un ejemplo de prudencia y moderación. Prometió el primer día el cierre de Guantánamo, pero tuvo que adaptar después su política a la realidad de que eso no estaba enteramente en su mano. Desde la reforma sanitaria hasta la reforma de Wall Street, Obama hizo en todo momento un ejercicio de negociación, de búsqueda del punto de encuentro, de acomodación de sus propósitos a las exigencias de sus rivales. Y si no fue más lejos en la búsqueda del centro, es porque la oposición no le acompañó casi nunca en ese esfuerzo. Lo mismo ocurrió en sus relaciones con Rusia y China, o en la crisis con Irán.

La acomodación política no tiene buena prensa. Y, ciertamente, acomodar principios para salvar el pellejo no es la mejor lección que debe de dar un hombre de Estado. Pero, en estos tiempos de incertidumbre en el que las verdades absolutas escasean, sí parece conveniente respetar el pensamiento contrario y, en la medida de lo posible, atender algunas de sus demandas. Políticamente, EE UU es hoy, como muchos otros países del mundo, una nación partida en dos. La mitad defiende el matrimonio homosexual y la otra mitad se opone. Y así sucede con la gran parte de las grandes causas que ocupan a esta sociedad: los impuestos, los servicios públicos o la inmigración. Ignorar esa división con el argumento de que yo tengo unos pocos votos más que tu, es una equivocada interpretación de los mandatos electorales.

Un presidente tiene que liderar. Así lo reclama el sistema político norteamericano. Pero también tiene que conciliar y sumar. También así lo quiere el mismo sistema político, diseñado para garantizar el respeto a las minorías.

Tengo la impresión de que a Obama se le ha valorado poco en esta última faceta. Al ser elegido como un presidente transformador, se esperaba de él una audacia que, en realidad, no es su mejor cualidad. Su mejor cualidad es la reflexión y su instinto para satisfacer a las mayorías, no a los suyos. El verdadero Obama no es el que declaró su apoyo a las bodas gay, sino el que tardó tres años en "evolucionar" en esa materia y llamó a los principales pastores protestantes para darles una explicación a las pocas horas de que su declaración fuera hecha pública. Quizá veamos más de eso en un segundo mandato. Pero, de momento, y para que eso sea posible, tendremos al Obama más cool.

Periodistas y su relación con las élites

Por: | 07 de mayo de 2012

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El secretario de Defensa, Leon Panetta y el cineasta Steven Spielberg, durante la cena de corresponsales celebrada hace dos semanas. Foto: AFP.

Tom Brokaw, el antiguo conductor del principal informativo de la cadena NBC y una autoridad nacional en materia de periodismo, ha creado estos días cierto revuelo en el Ala Oeste al poner el dedo en la llaga de uno de los asuntos más controvertidos y delicados de esta profesión: la vinculación, a veces excesiva, entre los periodistas y las élites.

Refiriéndose a la serie de personalidades y famosos que cada año desfila por la cena de corresponsales en la Casa Blanca, la última de ellas celebrada el pasado 28 de abril, Brokaw decía este domingo en su propia emisora: "Mira, yo creo que George Clooney es un gran tipo, y me encanta estar con Charlize Theron, pero yo no creo que el gran acontecimiento de la prensa en Washington tenga que ser esta especie de evento glamuroso, donde todas las conversaciones giran sobre la marca del champán, la última recepción en la embajada italiana, quién tiene la mejor fiesta y quién conoce a gente más importante. Eso está lejos de lo que se supone que tenemos que hacer y de lo que la gente espera que estemos haciendo. Creo que el cuerpo de prensa en Washington debería de reflexionar acerca de ello, y, por cierto, yo soy miembro del grupo de corresponsales en la Casa Blanca, he estado en esas cenas y he disfrutado de ellas, pero creo que esto ha ido demasiado lejos".

La cena de la Asociación de Corresponsales en la Casa Blanca es una tradición que se remonta a hace casi un siglo. En su origen, era una oportunidad de hacer contactos y de representar la vigencia del cuarto poder. Pero en los últimos años ha ido convirtiéndose exclusivamente en un gran acontecimiento social, una gala de etiqueta en la que el presidente de turno cuenta los chistes que le ha escrito para la ocasión un humorista profesional y en la que cada medio de comunicación compite por el nivel de los invitados que sienta a su mesa. Es una cita de esas que nadie que sea alguien en esta ciudad quiere perderse.

En estos tiempos de crisis y de dudas sobre el futuro del periodismo, tanta ostentación y derroche comienza, sin embargo, a hacerse algo extravagante. Las palabras de Brokaw, no solo ponen sobre el tapete esa inoportuna exhibición, sino el ángulo, aún más polémico, sobre los límites en la relación de los periodistas con los personajes que son objeto de su cobertura.

Los periodistas, en nuestra obligación de acercarnos a quienes con más frecuencia producen las noticias, vivimos próximos a líderes políticos, hombres de negocios, actores y deportistas famosos. De esa proximidad, en ocasiones, surge una vinculación que no es estrictamente profesional. Quienes cubren la política acaban haciendo amigos entre los políticos, quienes cubren la economía terminan intimando con banqueros y quienes se dedican a la información cultural desarrollan amistad con escritores, actores y directores relevantes. Igualmente ocurre entre los corresponsales y los embajadores o los funcionarios de los ministerios de asuntos exteriores. Nada que criticar al hecho de que un periodista trate de obtener el mejor acceso posible a las mejores fuentes existentes. Pero es evidente el riesgo que eso entraña. El roce hace el cariño, o el odio, que también es posible, y ambas cosas son malos ingredientes para un juicio riguroso e imparcial.

Esto constituye un viejo problema deontológico con el que los profesionales tratamos de lidiar con más o menos éxito. Pero lo que Brokaw plantea tiene que ver más bien con un problema de imagen que es conveniente cuidar. En una época en la que una parte de la sociedad desconfía de los medios de comunicación tradicionales, en parte por su proximidad al poder, es recomendable mantener las formas. Algunos de los medios supuestamente alternativos que se presentan como portavoces periodísticos de los ignorados me despiertan tantas sospechas como esos políticos populistas que justifican su ignorancia y banalidad por su identificación con los humildes. Pero tampoco vendría mal preguntarnos en el Ala Oeste, o en otros ámbitos en los que corresponda, si no estamos observando con demasiada frecuencia la realidad desde el mismo lado del cristal opaco desde el que la miran los poderosos. 

El Gran Torino

Por: | 07 de febrero de 2012

Un anuncio de televisión se ha convertido en uno de los principales temas de debate político en Estados Unidos. Emitido en el intermedio de la última Super Bowl, el comercial, narrado por Clint Eastwood y pagado por Chrysler, relata los progresos hechos por la industria del automóvil en los últimos tres años y pronostica un brillante futuro. Aunque refleja la evidencia de que ese sector de la economía estaba antes al borde del descalabro y hoy vuelve a presentar beneficios, el anuncio ha sido considerado por los republicanos como un apoyo más que implícito a Barack Obama, sobre todo la frase final de Eastwood en la que dice: "estamos a mitad del partido en América; la segunda parte está a punto de comenzar", que puede fácilmente entenderse como una alusión a que el presidente merece un segundo mandato.

Es comprensible la molestia de la oposición. Al margen de cuáles fueran las intenciones de los patrocinadores, el anuncio supone un gran beneficio para Obama. No hay dinero en las arcas del Partido Demócrata para pagar una publicidad que ven más de 100 millones de posibles votantes, respaldada por una de las marcas emblemáticas del país y narrada por una figura de pasado republicano y un brillante presente profesional que lo convierte en una autoridad moral y en un orgullo nacional.

El anuncio ha sido analizado en todos sus extremos, con la meticulosidad con la que se hacen las cosas aquí. Pero hay un aspecto del que se ha hablado menos y que a mí me ha llamado particularmente la atención, el de la presencia de Eastwood, de quien, además, me confieso un devoto seguidor.

Eastwood encarna en Estados Unidos al tipo duro que pone la justicia por encima de todo, hasta de la ley si es necesario. Aunque a lo largo de su carrera ha dirigido o protagonizado como actor tiernas historias de amor y profundos y complejos dramas sentimentales, su imagen es inseparable de la del inspector Harry Callahan, al que dio vida en Harry el Sucio, o de la de los implacables pistoleros que él supo hacer magistralmente. Una de sus biografías lo define como "un icono de las macho movies". Aunque abundan en el cine americano los personajes que defienden el bien por encima de la burocracia y las reglas, nadie ha convencido tanto en ese papel como Clint Eastwood. El propio Eastwood rinde homenaje a esa faceta de su carrera en El Gran Torino.

Y aquí aparece ahora El Gran Torino respaldando -de acuerdo, no lo respaldó expresamente pero eso lo que todo el mundo ha pensado, y eso es lo que importa- al presidente a quien tanta gente retrata como un un dubitativo intelectual por cuyas venas no corre verdadera sangre americana, de esa sangre que lleva a un buen americano, como el inspector Callahan, a empuñar una Colt para restablecer el orden.

Este no es un país de intelectuales. Este es un país de científicos y hombres de negocios. El oficio de intelectual como tal, al modelo francés, tiene mala prensa y peor aceptación popular. Personalmente, siento enorme admiración por el trabajo intelectual de Eastwood, pero quizá ni él mismo se reconocería en esa función. Eastwood es el Gran Torino, sólido como el coche de donde toma el nombre, made in the USA, nada de esas baratijas japonesas o sofisticados diseños europeos. Nada de eso, puro producto americano.

Eastwood es una gloria en medio de toda esa excitación patriótica. Sobrio, controlado, insobornable. Callado. Pero una sola palabra suya puede bastar para que los enemigos de Obama emprendan la huida. Pum!

Sobre el autor

lleva más de 30 años de dedicación a la cobertura de la actualidad internacional, la mitad de ellos vividos en EE UU y América Latina. Actualmente, es corresponsal en Washington.

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Entrevista a Antonio Caño en el programa Club de Prensa de la cadena de televisión NTN24, en Washington.

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