Un vídeo maldito. Una niña muerta saliendo de la tele. Un crío desnudo y pálido correteando a tus espaldas en tu casa. Su madre, que envuelta en un plástico manchado de sangre baja a rastras las escaleras. Incluso un teléfono en el que oyes tus propios gritos antes de morir... bueno, eso quizá ya fue bastante absurdo.
El cine de terror oriental sufrió los males de cualquier producto que obtiene éxito repentinamente, con todo el mundo queriendo probar suerte con los mismos elementos y dando lugar a multitud de productos que saben a lo mismo, a una versión descafeinada de aquellos que triunfaron por sus propios méritos. Japón fue la cuna de una nueva concepción del cine de terror, que no inventó Ringu (quizá El Más Allá o Yotsuya Kaidan merezcan ese honor), pero sí extendió a lo largo y ancho del planeta, dando al más que descompuesto y falto de ideas terror occidental la posibilidad de renovarse. Y vaya si lo hizo.
Por eso, no es de extrañar que un planteamiento que se basa en el terror más puro y directo sin caer en el efectismo interesase al mundo de los videojuegos. De hecho, incluso sorprende que a estas alturas no podamos gozar de más títulos basados en esta estética, en esta mitología espectral tan escalofriante y compleja en comparación a la nuestra, si es que tenemos.
Tras un estreno de lujo en PlayStation 2 como fue Forbidden Siren, es difícil encontrar títulos de referencia dejando de lado los casi siempre excelentes Project Zero. Ya en Dreamcast vio la luz una lamentable pero curiosa adaptación de The Ring, y pese a que no se ha repetido tal "cosa", hay que reconocer que la media de calidad no es muy alta si echamos la vista atrás.
Todo esto viene dado al lanzamiento del Project Zero para 3DS, precedido por una expectación considerable debido al uso de la realidad aumentada que en realidad se queda solamente en un experimento que no vale, en absoluto, el dinero invertido. Con una duración que a duras penas alcanza las tres horas, el juego es un quiero y no puedo que de ningún modo tendría que haber salido al mercado con un precio desorbitado si lo juzgamos a partir de las mínimas posibilidades jugables que ofrece. Afortunadamente, Nintendo puede redimirse con la entrega recién estrenada en Wii, que para variar es otro port más de un juego que lo petó en su día en PS2 y Xbox. La originalidad, como siempre, al poder.
Es curioso que una fórmula que funciona de una manera tan sencilla en los cines sea tan difícil de trasladar a las consolas y que en su mayoría esté dando siempre resultados mediocres que no consiguen convencer en absoluto, salvo honrosas excepciones. No hace falta mirar demasiado atrás para recordar ese fallido juego de Ju-On, que prometía ser lo nunca visto en el género y que terminó siendo lo más parecido a un tren de la bruja con cero interactividad. Un producto solo para muy fans de los fantasmas de Shimizu, que lo más seguro es que antes prefieran verlos en las películas.
Cuando en occidente el cine de terror peligraba, Japón salvó al género de la forma más brillante posible. En el caso de los videojuegos, la espera se está haciendo demasiado larga.