Los ODS no incorporaron la cultura

Por: | 18 de mayo de 2017

ALFONS MARTINELL (*)

 

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Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la agenda 2030 no incorporaron un objetivo específico para la cultura, a pesar de las diferentes propuestas a favor de su inclusión. La Resolución de las Naciones Unidas “Transformar nuestro mundo: La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible” no contempló en 2015 la cultura en sus objetivos y lo hizo tímidamente en algunas de sus metas. Es difícil entender que una finalidad tan amplia, transformar nuestro marco de vida y convivencia a nivel internacional, no tenga en consideración las aportaciones de la cultura o las culturas que están incidiendo enormemente en nuestras realidades globales;  a pesar de que la iniciativa “El futuro que queremos incluye a la cultura” movilizó a numerosas organizaciones de la sociedad civil y miles de personas y expertos de más de 120 países, consiguiendo un movimiento global en el campo de la cultura sin precedentes, ya que nunca se había movilizado con tanto entusiasmo y capacidad de convocatoria.

Podemos lamentarnos o analizar críticamente las preocupantes razones de esta ausencia, pero una vez decididos lo más importante es analizar todas las posibilidades para conseguir los mejores resultados en estos objetivos de la comunidad internacional.

El objetivo 17 de los ODS establece la importancia de crear alianzas para lograr sus objetivos y en esta línea es básico movilizar todos los recursos disponibles para conseguir estos fines en el campo de la cooperación al desarrollo a nivel internacional. Por esta razón es fundamental que los diferentes ámbitos del sector cultural se incorporen activamente a luchar por estos ODS, aportando su particular perspectiva al desarrollo y la lucha contra la pobreza.

Recientemente la Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo celebró los diez años de la Estrategia sectorial de Cultura y Desarrollo (2007-2017) con un seminario y una exposición en su sede, manifestando su interés de seguir en esta línea que tanto le ha caracterizado.  Quizás ahora sea el momento de convocar a la cultura para los ODS con la intención de trabajar conjuntamente con otros sectores en estas finalidades que nos unen. Una movilización de los agentes culturales que pretenden cooperar conjuntamente en la transformación de nuestro mundo y superar ciertas posiciones clásicas que sitúan la cultura fuera de este campo.

En diferentes foros se ha considerado la necesidad de promover una Alianza de la Cultura para los ODS como un espacio de movilización y de contribución que integre la acción y experiencia existentes, asumiendo más responsabilidades en esta aspiración común. En este sentido proponemos que en las estrategias locales, autonómicas y estatales se tenga en cuenta la contribución de la cultura.

 

(*) Alfons Martinell es director honorífico de la Cátedra UNESCO de la Universidad de Girona

CETA: Luces y sombras del comercio mundial

Por: | 16 de mayo de 2017

JUAN ANTONIO PAVÓN (*)

 

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Ante la imposibilidad del cerrar el TTIP en la era Trump, se ha decidido lanzar el plan B para la globalización en el siglo 21. CETA (Comprehensive Economic and Trade Agreement) es un acuerdo internacional entre Canadá y la UE; quienes ostentan el monopolio de la política comercial en sus respectivos territorios, y tienen competencias exclusivas en la materia para negociar este tipo de medidas.

Este acuerdo, como el TTIP aunque menos ambicioso, pretende eliminar el 98% de los impuestos sobre los bienes y servicios importados de una de estas regiones a la otra. Además, CETA es de nueva generación, yendo más allá de la reducción de aranceles e innova a través de la eliminación de ‘obstáculos técnicos’ para relanzar el comercio, y así la economía y el empleo.

Estos obstáculos son normas consideradas innecesarias por los negociadores, que obstaculizan el comercio y afectan al desarrollo de soluciones a retos globales, particularmente en el campo ambiental y social. Uno de los mecanismos que más oposición está levantando será el reconocimiento mutuo de la certificación. Es decir, hacer valer los estándares propios para poder comerciar productos y servicios (algunos públicos) en territorio ajeno.

Las denominaciones de origen como ejemplo práctico

CETA sólo contempla protección excepcional para 140 denominaciones de origen europeas en el mercado canadiense, de las casi 300 existentes. Esto haría que el resto de productos no protegidos pudiera producirse en Canadá sin los estándares de calidad europeos, por lo general más altos. Esto daría lugar a una concentración de la agroindustria en Canadá, que obligaría a otra concentración de la agroindustria en la UE, con grandes desventajas para las cooperativas, productores, ganaderos y consumidores.

Indudablemente, empeoraría la distribución y redistribución de beneficios, dando lugar a dos nuevas realidades que afectarían sobre todo al medio rural en Europa: 1) Una carrera hacia abajo en la eliminación de ‘obstáculos’ en favor de la competitividad. 2) Jamón de Saskatchewan, Jerez de Winnipeg, o Pimientos de Vancouver, entre las posibilidades.

Esto es lo que sucedería, por norma general, con el reconocimiento mutuo. Además, CETA crearía una corte paralela a las diferentes jurisdicciones europeas en la que, profesionales ‘independientes’, resolverían las demandas que los inversores podrían poner de manera exclusiva si las autoridades de turno actuaran en legítima defensa de los derechos sociales, ambientales o económicos de sus ciudadanos. Esto se llamaría ICS (Invertors Court Settlement). El ICS no permitiría a ciudadanos, regiones ni a agentes sociales presentar reclamaciones cuando una empresa viole cualquiera de las normas ambientales, de trabajo, de salud, o de seguridad en vigor.

Otras características del CETA que generan dudas

Exceso de normas jurídicas: aunque el acuerdo se justifica por la eliminación de normas innecesarias, el acuerdo establece multitud de normas (1600 paginas entre texto central y anexos) en defensa del comercio, las inversiones y los derechos de las compañías transnacionales.

Servicios públicos: la apertura, de más servicios públicos a capitales privados, limitaría la capacidad de los gobiernos para gestionar estos servicios, haciendo de la liberalización de los servicios la norma y la regulación del interés público la excepción, favoreciendo la acción de lobbies en el diseño de políticas públicas.

Empleo: basándonos en la experiencia de otros acuerdos comerciales, y en la propia opinión del Parlamento Europeo, como el propio Mercado Único Europeo, la deslocalización producida por CETA provocaría una destrucción de empleos que obstaculizaría el crecimiento previsto y favoreciendo la concentración del beneficio, generando más desigualdad con el CETA que sin él.

Protección Ambiental: el acuerdo UE-Canadá tendrá repercusiones medio-ambientales reconocidas por las partes. Un mayor grado de intensificación y uso de químicos, o el aumento de la producción agrícola o de carne de vacuno, que conduciría a un mayor tamaño del rebaño y en consecuencia de la producción de metano descontrolado.

Lobby y puertas giratorias: las empresas mineras canadienses, las primeras del mundo, han sido muy activas en su trabajo de lobby. Petroleras canadienses y europeas, Repsol entre ellas, han presionado para diluir la Directiva sobre calidad de los combustibles, prevista en un inicio para garantizar la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, en función de los objetivos de lucha contra el cambio climático.

Los nombres de Viviane Reding, Karel de Gutch o del expresidente Durao Barroso se asocian a las empresas líderes de los sectores que saldrán beneficiados por el acuerdo: Goldman Sachs (Barroso), CVC y Merit Capital (de Gutch) o la minera Nyrstar (Reading); o el caso del actualmente funcionario de la Comisión Europea, Eoin O'Malley, quien antes fue consejero senior de BussinessEurope, la principal patronal europea, donde se encuentran, entre otras la española CEOE.

 Gran atractivo para las empresas

En definitiva, si bien es cierto que el acuerdo representa un gran atractivo para las empresas de ambos lados del Atlántico y la Unión Europea vería reforzada su imagen en el exterior (cuando los EEUU de Trump no pasan por su mejor momento en cuanto a imagen exterior), llama la atención la precisión y la claridad conceptual con la que CETA protege a las grandes compañías transnacionales mientras se hace el despistado con las garantías en defensa de los servicios públicos, los derechos ambientales o sociales.

CETA se convierte en una lista, de varios miles de páginas, de lo que los gobiernos y los parlamentos ya no podrán hacer, cerrando el círculo del cambio de modelo económico europeo y mundial.

Para contrarrestar esta falta de nobleza que se le intuye, se debería revisar o eliminar el capítulo de protección de la inversión y de resolución de conflictos inversor-estado, que ataca directamente al interés público legítimo. Por otro lado, CETA debería incluir un lenguaje claro para proteger y promover políticas sostenibles a todos los niveles, priorizando frente a los excesos empresariales.

Como nota positiva, al tocar materias en las que la UE no tiene competencias exclusivas, CETA requerirá la ratificación en todos los Estados miembros de la UE, el acuerdo seguirá requiriendo votos en los parlamentos nacionales antes de entrar en pleno efecto, y podrá dar lugar a una amplia reforma o bloquearlo de manera permanente.

Juan Antonio Pavón es colaborador de la Fundación Alternativas y fundador de Euronautas.com

El ciudadano espectador

Por: | 12 de mayo de 2017

PALOMA ROMÁN MARUGÁN (*)

 

IgIgnacio González sale hacia la Audiencia Nacional de la comandancia de la Guardia Civil. / S. B.

 

La situación política española es un ejemplo de situación extrema; las noticias que cada día se nos inoculan con respecto a la corrupción de quienes nos han gobernado, van fraguando un escenario dantesco de lo que ha sido nuestro inmediato pasado. La vida democrática nos proporciona, gracias a la libertad de expresión y de prensa, la condición de sabedores (siempre tarde, desde luego) de la ingrata situación en que hemos (¿y seguimos?) estado los ciudadanos de este país. Y luego nos asombramos, y nos quejamos de la desafección entre los que mandan y los que obedecen en España.

La gravedad de estos hechos, que sin duda alguna, en cualquiera otra democracia de nuestro entorno habría sido insoportable, y por tanto con unas consecuencias rápidas e higiénicas en torno a la exigencia de la responsabilidad política, aquí no se nota del mismo modo. En una primera aproximación al problema, pudiera pensarse que la sorpresa paraliza a unos (los que mandan) y a otros (los que obedecen), pero esta afirmación no pasaría un segundo de ser tildada de cínica, a la altura que nos encontramos.

Mucho se ha hablado, casi ya es un lugar común, de lo refractarios que son los políticos españoles a rendir cuentas políticamente, es decir a dimitir cuando es esta la máxima expresión de la responsabilidad (y no de la irresponsabilidad, como parece bullir en la mente de algunos); es un lastre pesadísimo de una cultura política autoritaria, aún muy presente en el país. Pero también llama la atención la pasividad de los que obedecen ante esta situación. Ya no se puede hablar de sorpresa, de haberse quedado desmarcado ante lo inesperado; no, ya no. Entonces, a qué responde esta segunda quietud, esta desmovilización ante tamaña circunstancia.

Cuando se comenta, generalmente aparece la idea de que la abundancia de casos de corrupción acaba por anestesiar al ciudadano-espectador; es como, se añade, cuando uno permanece impertérrito ante las escenas de violencia que los noticiarios nos evidencian todos los días; es decir que al final, quedamos inermes, incapaces de reaccionar y nos convertimos en ciudadanos pasivos, que por cierto es una de las condiciones más apetecibles para los poderosos.

A esta calificación hay que añadir, sin mucha discusión, que la rutina vertiginosa del día a día anula la capacidad de acometer aquellos actos que se desvían de los absolutamente necesarios para mantener nuestro ritmo de vida, y que casi ni nos queda un respiro para el puro ocio. También es cierto, lo podemos firmar casi todos. Pero esto no es de recibo, no sólo para la conciencia particular de cada uno de nosotros, ciudadanos, sino también al menos para la ciudadanía española colectivamente hablando. Y no lo es, porque la situación es insostenible, y porque de seguir así, con una pasividad pasmosa, tampoco se va a arreglar nada.

La varita mágica que modifique este escenario de inmovilidad no es fácil de encontrar, y sobre todo, si se pretende que sea de la noche a la mañana. La fórmula no es nueva, pero casi es la única, más educación. Hay que aprender a ser y a comportarse como ciudadanos, no se nace sabiendo. Somos ciudadanos informados, pero no necesariamente formados.

La política no es precisamente una actividad transparente, y que con una sola mirada se capten todos sus recovecos. Frente a otras actividades del género humano, y siendo la política tan importante para el mantenimiento del consenso, nos encontramos con que, o bien es un deporte que se contempla sólo desde la grada, gracias a una creciente ‘teatralización’, o conversión en espectáculo de la misma, o nos topamos con aquellos intereses (muy poderosos) que envuelven a la política que tienen como objetivo que ésta no se explique nunca con claridad.

El caso es que entre la intuición y el desdén se mueven todos los días, no las opiniones que todo el mundo puede albergar, sino las de otros que con el mismo fuste se elevan a categorías. Ya es difícil de entender la complejidad del mundo moderno, para que alguien pueda opinar de todo, y constantemente, pero esta dinámica no es extraña en el ámbito de lo político. Con el añadido sabido de que de política también sentencian aquellos que previamente han confesado que ellos no saben nada del asunto, pero…

Información y formación

Necesitamos informarnos, pero también formarnos; los intereses, las necesidades y las disponibilidades de tiempo no son las mismas, y no tienen porque serlo para cada uno de nosotros, pero habría que poner algo más de interés en esa formación. Y no estoy hablando de que cada ciudadano tenga que cursar un master en la materia, sino aplicarse con algo más de interés, y que también por parte de las administraciones públicas, de los partidos políticos, es decir dentro del ámbito de los protagonistas de la política, se vea que hay una preocupación por el tema, que figure aunque sea, en algún programa electoral, y desde luego, que no sea desde esas mismas instancias donde se tiren piedras sobre su propio tejado, porque luego las tejas vuelan y caen sobre nuestras cabezas.

Llama poderosamente la atención, por ejemplo, y aun sabedores de todo lo que suponía ese debate, las diatribas que se generaron en este país, por la famosa asignatura de Educación para la Ciudadanía en el curriculum de los alumnos no universitarios. Sin entrar en los contenidos de forma específica, el simple hecho de que una materia con ese título fuese puesta en la picota, resulta muy expresivo de lo que estamos tratando hoy.

En conclusión, necesitamos cultivar una virtud cívica que es nuestra tabla de salvación para regenerar debidamente la democracia española (los partidos hablan de ello pero, de momento, no están llegando muy lejos como se va viendo, tanto por parte de unos como de otros); esa virtud cívica no aparecerá por arte de magia desde la nada, ni siquiera crecerá tímidamente, porque las raíces no han agarrado en la tierra, es preciso el ánimo y el coraje ciudadano para que no nos sigamos sorprendiendo a nosotros mismos todos los días con esta dormidera.

(*) Paloma Román Marugán es profesora de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid

Macron, la esperanza europea

Por: | 10 de mayo de 2017

DOMENEC RUIZ DEVESA (*)

 

EmmanuMacron y Hollande, en el primer acto oficial del presidente electo. 

 

A fuerza de caer en el fetichismo de las efemérides, el 7 de mayo un candidato fervientemente europeísta fue elegido presidente de la República Francesa, derrotando con un 65 por ciento de los votos a la ultraderecha, el 8 de mayo se celebraba en este país el fin de la Segunda Guerra Mundial, y hoy día 9 del mismo mes se cumplen 67 años desde el lanzamiento del Plan Schuman para el establecimiento de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, como primer paso, no lo olvidemos, de una ‘federación para Europa’.

En efecto, un ‘hilo rojo’ une estas tres fechas, pues Marine Le Pen es la encarnación más perfecta de las fuerzas que en su día dieron lugar al cataclismo de la última guerra civil europea, es decir, el nacionalismo, la xenofobia, el cierre de fronteras, el esencialismo de las patrias, el miedo y desprecio al diferente (islamofobia) etc.

En cambio, Emmanuel Macron ha hecho bandera, incluso en sentido literal, al enarbolar la enseña de la Unión en su mitin de cierre de campaña de la primera vuelta, de justo lo contrario, a saber, apoyo incondicional al proyecto de integración, apertura al mundo, liberalismo progresista, inclusión de la diferencia, etc. Fue especialmente simbólico ver al presidente-electo caminar en solitario hacia el estrado para ofrecer su primer discurso en tal calidad en la noche del domingo, mientras sonaban los acordes de la novena sinfonía de Beethoven.

La victoria electoral del joven ex ministro de Economía supone un freno importante a la amenaza nacionalista en Europa, tras el fracaso de Wilders en Holanda, y mientras implosiona la nueva ultraderecha alemana por sus divisiones internas. Está fuera de toda duda que una presidencia de Le Pen en Francia hubiera puesto en cuestión la continuidad del proyecto comunitario.

Con todo, es cierto que Macron no debe su victoria solamente, quizás ni siquiera principalmente, a su europeísmo sin complejos. Su atractivo personal y su apuesta reformista en un país donde los bloqueos políticos son corrientes han sido indudablemente factores de peso en su éxito electoral, junto con el escándalo de la esposa de François Fillon, el candidato conservador.

Pero el hecho de derrotar precisamente a la fuerza más anti-europea del espectro político francés haciendo gala de su adhesión intelectual y emocional a la idea de Europa, lo que podría haber obviado en un país de tradición soberanista, demuestra que aunque ni la Comisión ni el Consejo se hayan caracterizado por un especial dinamismo frente, por ejemplo, a la cuestión de los refugiados y otros temas urgentes, la recuperación económica en la zona euro, y sobre todo el miedo a perder todo lo logrado por la Unión en casi siete décadas de integración, ha movilizado a una parte de la ciudadanía en favor de este candidato, y en general de la construcción europea (véase la gran manifestación del 25 de marzo de 2017 en Roma convocada por la Unión de los Federalistas Europeos, o las concentraciones dominicales de ‘Pulso de Europa’).

Estado de la economía

También en Holanda los electores premiaron a aquellos partidos que se declararon abiertamente europeístas, como los liberales de izquierda o los verdes. Por contra, los socialistas de este país, siempre temerosos de aparecer como demasiado ‘federalistas’ cayeron a la séptima posición, a pesar de que su ministro de Finanzas debiera haber capitalizado el buen estado de la economía.

Como era de esperar, las instituciones europeas han celebrado la elección de Macron como presidente de Francia, quien se sentará en el Consejo Europeo y donde podrá tratar de desarrollar su ambiciosa agenda en materia de reforma del Pacto de Estabilidad, inversiones comunitarias e incluso la mutualización de una parte de la deuda pública, aun cuando no disponga de una mayoría clara en la Asamblea Nacional. Pero todo eso tendrá que esperar a las elecciones alemanas de septiembre, y su puesta en práctica será más complicado si continúa Angela Merkel en la cancillería, y si Macron no convence a su opinión pública de que no es posible hacer la unión económica y fiscal sin unión política.

 

(*) Domènec Ruiz Devesa es miembro del Consejo de Asuntos Europeos de la Fundación Alternativas y vocal del Buró Ejecutivo de la Unión de los Federalistas Europeos

Francia en marcha… ¿Hacia dónde?

Por: | 08 de mayo de 2017

JOSÉ ENRIQUE DE AYALA (*)

 

Em2Emmanuel Macron, presidente electo de Francia, saluda a sus seguidores.

 

Tal como anticipaban todas las encuestas, el liberal Emmanuel Macron será el octavo (y más joven) presidente de la V República Francesa, al haber ganado ampliamente (66,06% del voto válido), en la segunda vuelta, a la candidata del ultraderechista Frente Nacional (FN), Marine Le Pen (33,94%).

Macron, que hace tres años era prácticamente un desconocido para la mayoría de los franceses, llega a la presidencia gracias a su tenacidad y carisma, pero aupado también por la creciente fragmentación política y por una serie de circunstancias que le han favorecido y le han permitido disputar la segunda vuelta, en la que casi cualquier candidato habría ganado a Le Pen. En la derecha, la imputación de François Fillon en un asunto de nepotismo, que de no haber existido (o si Fillon hubiera cedido la candidatura de la derecha a Alain Juppé), hubiera llevado probablemente al candidato de Los Republicanos (LR) a la segunda vuelta.

En la izquierda, el hundimiento del Partido Socialista (PS), desunido y lastrado por el quinquenio de políticas liberales bajo la presidencia de François Hollande, y el ascenso –insuficiente– del candidato de la izquierda radical de Francia Insumisa (FI), Jean-Luc Melenchon, han dejado también mucho campo libre al candidato centrista, que ha contado con el estimable apoyo del Movimiento Demócrata (MoDem) de François Bayrou (9,13% en la primera vuelta de 2012), y con el movimiento En Marcha! (EM), que él mismo creó hace un año para respaldar su candidatura, pero que no tiene aún una implantación territorial efectiva.

La elección de Macron no es fruto del entusiasmo, sino de la resignación ante el mal menor. Su porcentaje en la primera vuelta fue del 24,01%, muy lejos del 28,63 que obtuvo Hollande en 2012, o del 31,18 de Nicolas Sarkozy en 2007. En la segunda vuelta, la abstención ha sido del 25,3% -la más alta desde 1969-, y los votos en blanco y nulos han alcanzado el 12% -el doble que en 2012-, mostrando una buena cantidad de franceses descontentos con las dos opciones que se les ofrecían. El porcentaje de su voto en la segunda vuelta se ha incrementado en 42 puntos y 12 millones de votos, hasta la respetable cifra de 20,6 millones, pero en buena parte se debe al rechazo que suscita Marine Le Pen.

Si comparamos esta elección con la más parecida, la de 2002, el voto a Jacques Chirac -que se enfrentaba en la segunda vuelta a Jean-Marie Le Pen (padre de Marine)- aumentó en la segunda vuelta más de 62 puntos, hasta el 82,2% y 25,5millones de votos. Por su parte, Marine Le Pen ha sumado en la segunda vuelta casi 13 puntos y tres millones de votos más, que la han acercado a los 11 millones, duplicando prácticamente los resultados obtenidos en 2012 por su padre, que tuvo sólo 700.000 votos más (0,8%) en la segunda vuelta que en la primera.

El presidente electo presenta un programa liberal en lo económico y progresista en lo social, que supone una continuidad con las políticas de Hollande y de Manuel Valls. Se hace cargo de  un país en el que el Estado tiene aún un peso enorme, y que sale de la crisis herido social y económicamente, con una desigualdad creciente, una precariedad laboral en aumento, una tasa de paro superior al 10%,  y con un crecimiento del Producto Interior Bruto insuficiente (1,2 % en 2016 y bajando) para corregirlo.

Las recetas que propone Macron: bajadas de impuestos a las empresas y a los rendimientos del capital, recorte del gasto público, mayor flexibilización del mercado de trabajo, no parece que vayan a mejorar la situación actual, de la cual él mismo es en parte responsable pues fue entre 2012 y 2014 el principal asesor económico de Hollande, y entre 2014 y 2016 su ministro de Economía.

Negocios bancarios

No es probable tampoco que tenga mucho interés en la regulación de los negocios bancarios y los mercados financieros o de los instrumentos especulativos, cuya actitud voraz y sin trabas llevaron a la gran recesión que aun sufrimos. Más bien al contrario: el mundo de las finanzas –y no solo el francés- está más feliz hoy que ayer.

Esta elección se planteaba entre la idea globalizadora, abierta, desregulatoria, teóricamente modernizadora de un Estado sobredimensionado, a la que se apuntan los más favorecidos por la globalización y en general capas sociales de mayor nivel económico o cultural, frente a los perjudicados por la competencia abierta y las deslocalizaciones industriales, obreros o campesinos que no saben cómo adaptarse a ese mundo feroz e insolidario, temerosos de perder su identidad y sus referencias, y que demandan protección.

Le Pen ha sabido hacer evolucionar el partido de extrema derecha que heredó de su padre hacia un populismo que se presenta como defensor de los débiles y esa es la clave de su relativo éxito. El PS no ha sabido o podido ofrecer una alternativa real al aumento de la desigualdad y al deterioro del estado de bienestar, y sufre las consecuencias, igual que las sufrieron los partidos socialdemócratas en Grecia, Irlanda, Holanda, y por la misma razón. Las opciones que han llegado a la segunda vuelta eran neoliberalismo o neofascismo. Ha ganado el primero, pero los desheredados perdían con cualquiera de los dos.

Buena noticia para Europa

La elección de Macron supone, en principio, una buena noticia para la Unión Europea (UE) ya que era el más europeísta de todos los candidatos, y sobre todo porque la elección de Le Pen hubiera sido letal para el proyecto comunitario. No obstante, nunca ha definido un proyecto europeo diferente al que existe actualmente, incapaz de reducir las desigualdades entre Estados miembros y dentro de ellos y origen de la creciente desafección de amplias capas de población. 

Su presidencia solo aportará valor en el ámbito europeo en la medida que sea capaz de equilibrar el enorme peso de Alemania liderando a los países del sur, y logre cambiar la política de sólo austeridad por otra que priorice el crecimiento y la protección social de los ciudadanos, desmintiendo a los que le acusan de seguir acríticamente las políticas de Angela Merkel.

El interés político se dirige ahora en Francia hacia las elecciones legislativas que tendrán lugar, a doble vuelta, el 11 y el 18 de junio, porque ellas son las que van a marcar realmente el futuro político del país. La gran pregunta es si el presidente electo conseguirá sacar casi de la nada una mayoría presidencial, o si tendrá que aceptar una cohabitación con un Gobierno de otro signo, como ya sucedió en 1986, 1993 y 1997, aunque nunca desde que se redujo el mandato presidencial a 5 años y se hizo coincidir las elecciones presidencial y legislativa con un mes de diferencia.

Macron tendrá que encontrar rápidamente candidatos para las 577 circunscripciones electorales, con gente de EM y de MoDem, además de los que puedan sumarse procedentes de LR o del PS, pero será extraordinariamente difícil que consiga mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. En la primera vuelta los ciudadanos pueden elegir de nuevo entre todas las opciones. Los Republicanos no están muertos ni mucho menos y podrían ganarla.

Juego de alianzas

Ni siquiera se puede despreciar al PS, que podría sufrir una debacle como la de 1993 (bajaron de 260 escaños a 53), pero que tiene actualmente 280 escaños y muy buenos candidatos. Lo determinante será el juego de alianzas para la segunda vuelta, que está menos claro que nunca. ¿Hacia quién se inclinarían los socialistas en una circunscripción en la que se enfrentaran, en segunda vuelta, un candidato de EM y otro de FI? ¿Y los seguidores de Macron si los que pasan son el candidato de LR y el del PS?

Si no hay acuerdos claros, que es lo más probable, al final el FN podría conseguir 40 o 50 diputados y FI aún más sobre las cenizas del PS, con lo que se formaría una Asamblea Nacional muy fragmentada en la que sería difícil formar alianzas estables. La presidencia de Macron sería entonces bastante débil.

El aspecto más positivo de la elección presidencial francesa para todos los europeos es que la extrema derecha, que tanto ha prosperado al hilo de la crisis económica, sufre su tercera derrota relevante en Europa, tras la elección presidencial en Austria (diciembre 2016) y las generales en Holanda (marzo 2017). No obstante, la amenaza no ha desaparecido. Le Pen casi ha duplicado sus apoyos.

Si se imponen las políticas neoliberales, y la desigualdad y la precariedad continúan aumentando, si los grandes poderes financieros siguen escapando al control democrático, si en la Unión Europea se mantienen las políticas antisociales de austeridad sin límite y la insolidaridad entre Estados Miembros, si no se establecen mecanismos para regular la globalización, y –sobre todo– si los partidos de la izquierda democrática no son capaces de liderar las transformaciones del sistema que la población más desfavorecida demanda, el apoyo a estos partidos extremistas seguirá creciendo como lo ha hecho en los últimos años, y podría ser que en la próxima elección presidencial francesa, o en otras en diferentes países, nos encontremos con resultados muy distintos y extraordinariamente dañinos para la convivencia y la paz.

(*) José Enrique de Ayala es miembro del Consejo Asesor de Asuntos Europeos de la Fundación Alternativas

Alternativas

Sobre el blog

Crisis de la política, la economía, la sociedad y la cultura. Hacen falta alternativas de progreso para superarla. Desde el encuentro y la reflexión en España y en Europa. Para interpretar la realidad y transformarla. Ese es el objetivo de la Fundación Alternativas, desde su independencia, y de este blog que nace en su XV Aniversario.

Sobre los autores

Nicolás SartoriusNicolás Sartorius. Vicepresidente Ejecutivo de la Fundación Alternativas (FA), abogado y periodista, ha sido diputado al Congreso.

Carlos CarneroCarlos Carnero. Director Gerente de FA, ha sido Embajador de España en Misión Especial para Proyectos en el Marco de la Integración Europea y eurodiputado.

Vicente PalacioVicente Palacio. Director del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas, Doctor en Filosofía, Visiting Fellow y Visiting Researcher en Harvard.

Sandra LeónSandra León. Profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de York (Reino Unido) y responsable de la colección Zoom Político de la Fundación Alternativas.

Carlos MaravallCarlos Maravall. Doctor en Macroeconomía y Finanzas Internacionales por la Universidad de Nueva York. Ha trabajado como asesor en Presidencia del Gobierno en temas financieros.

Erika RodriguezErika Rodriguez Pinzón. Doctora en relaciones internacionales por la Universidad Autónoma de Madrid y coordinadora de América Latina en la Fundación Alternativas.

Jose Luis EscarioJose Luis Escario. Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y Master de Derecho Internacional y Comunitario por la Universidad de Lovaina. Coordinador del Área Unión Europea de FA.

Kattya CascanteKattya Cascante coordina el área de Cooperación al Desarrollo del Observatorio de Política Exterior de la Fundación.

Enrique BustamanteEnrique Bustamante. Catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la UCM. Es un experto de la economía y sociología de la televisión y de las industrias culturales en España.

Alfons MartinellAlfons Martinell. Director de la Cátedra Unesco en la Universidad de Girona y profesor titular en esa misma institución. Codirige el Laboratorio Iberoamericano de Investigación e Innovación en Cultura y Desarrollo.

Carles ManeraCarles Manera. Catedrático de Historia e Instituciones Económicas en la Universitat de les Illes Balears. Es Premio Catalunya de Economía (Societat Catalana d’Economia, 2003).

Stuart MedinaStuart Medina Miltimore. Economista y MBA por la Darden School de la Universidad de Virginia. Es presidente de la Red MMT y fundador de la consultora MetasBio.

Luis Fernando MedinaLuis Fernando Medina. Profesor de ciencia política en la Universidad Carlos III de Madrid. Es autor de 'A Unified Theory of Collective Action and Social Change' (University of Michigan Press) y de "El Fénix Rojo" (Editorial Catarata).

José María Pérez MedinaJosé María Pérez Medina. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología y en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Funcionario del Estado. Ha sido Asesor en el Gabinete del Presidente del Gobierno entre 2008 y 2011.

José Antonio NogueraJosé Antonio Noguera. Profesor Titular de Sociología en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y director del grupo de investigación GSADI (Grupo de Sociología Analítica y Diseño Institucional).

Antonio QueroAntonio Quero. Experto en instrumentos financieros de la Comisión Europea y coordinador de Factoría Democrática. Es autor de "La reforma progresista del sistema financiero" (Ed. Catarata).

Paloma Román MarugánPaloma Román Marugán. Profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid. Autora y coordinadora de distintos libros, artículos en revistas especializadas, artículos divulgativos y artículos de prensa.

Jesús Prieto de PedroJesús Prieto de Pedro. Doctor en Derecho, Catedrático de Derecho Administrativo en la UNED y titular de la Cátedra Andrés Bello de Derechos Culturales.

Santiago Díaz de Sarralde MiguezSantiago Díaz de Sarralde Miguez. Profesor de la URJC y coordinador de Economía en OPEX de la Fundación Alternativas.

Javier ReyJavier Rey. Doctor en Medicina y Cirugía, especialista en Cardiología. Secretario de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida.

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