40 Aniversario

Las uvas amargas de los socialdemócratas

Por: | 07 de diciembre de 2016

JOSÉ ANTONIO NOGUERA (*)

 

OlofOlof Palme durante un discurso.

 

Son tiempos amargos para los socialdemócratas sinceros, y muy especialmente en España. En cualquier partido y movimiento político siempre es posible encontrar, en proporciones variables, personas honestamente comprometidas con los objetivos declarados del movimiento, junto a otras cuyo compromiso es sencillamente nominal y oportunista, al servicio de otros objetivos personales o de la captación de cuotas de poder para su camarilla. En los partidos socialdemócratas, esta tensión existe desde hace mucho tiempo, y hoy en día es particularmente enconada en países como el nuestro. Para más complicación, la divisoria se entrecruza con otras, como puede ser la mayor o menor identificación con “las siglas” del partido independientemente de su política real: tanto entre socialdemócratas sinceros como oportunistas, habrá quien considere al partido como algo puramente instrumental, que puede y debe abandonarse si deja de ser útil para las auténticas metas (sean estas unos determinados ideales políticos o prebendas personales y grupales), junto a quien tiene con él un vínculo emocional e identitario comparable al de un hincha de club de fútbol.

Es normal que en este contexto abunden los debates sobre “qué es la socialdemocracia” y quiénes son los “auténticos socialdemócratas”. Pero en esa discusión pública a menudo se confunden fines con medios (¿qué hace de alguien un “socialdemócrata”, los primeros o los segundos?), vínculos identitarios de partido con compromisos político-ideológicos, definiciones históricas con otras más presentistas (¿qué entendían por “socialdemocracia” Marx o Lenin, y qué tiene que ver con las políticas concretas de los “socialdemócratas” de hoy?), y conceptos nominales vacíos con otros más sustantivos (socialdemocracia como “aquello que hacen los partidos socialdemócratas, sea ello lo que sea” vs. algún tipo de política concreta, la hagan esos partidos u otros). Es inevitable entonces que la discusión, como diría algún filósofo analítico, está plagada de esencialismos y errores categoriales.

No obstante, me atrevería a decir que la socialdemocracia, como ideal o doctrina política, se ha caracterizado básicamente por dos fines y un gran medio. El primer fin sería combatir (e incluso tender a erradicar) la pobreza y las desigualdades sociales, sobre todo las de renta y riqueza; el segundo, hoy muy olvidado, es alterar la balanza del poder social a favor de los trabajadores. El significado original de la “socialdemocracia” no era otro que el de ampliar la “democracia” de lo meramente político a lo social: democracia económica (participación de los trabajadores en las decisiones y la gestión de los medios de producción) y democracia social (igualdad en la distribución de la renta y la riqueza). Y hacerlo de forma progresiva y paulatina mediante un gran medio: la conquista pacífica del poder estatal de forma democrática y el consecuente uso de ese poder legislativo y económico dentro de los límites de la democracia liberal.

En realidad, esa fue la gran diferencia original entre la socialdemocracia y el movimiento comunista: más que los objetivos, el medio para conseguirlos y el ritmo en su consecución, y especialmente la preocupación por si esos medios eran o no compatibles con la democracia liberal. Si uno oye, por ejemplo, este famoso discurso de Olof Palme, caben pocas dudas de ello. A la postre, la mayoría de los socialdemócratas sinceros veían como horizonte final una sociedad que mereciese el nombre de “socialista”, donde el control público (social) de la economía fuese la norma dominante. Los comunistas diferían en que el socialismo se pretendía conseguir de forma más inmediata mediante medios revolucionarios, incluso a veces violentos, y no necesariamente compatibles con la democracia liberal, que ellos consideraban como inextricablemente ligada a los intereses de la clase capitalista.

 Reformar el capitalismo

Como convincentemente exponía en 1985 Adam Przeworski (en su Capitalism and Social Democracy), durante mucho tiempo el dilema de la socialdemocracia fue precisamente ese: si participar o no en la “democracia burguesa” para reformar paulatinamente el capitalismo en dirección al socialismo, u optar por la ruptura con el primero para la inmediata instauración del segundo. De ahí que los socialdemócratas fuesen durante largo tiempo reticentes a la participación electoral, la alianza con otras organizaciones, o la aceptación de las instituciones “burguesas”, y prefiriesen la creación de una “sociedad obrera” separada, con sus propios medios autónomos de provisión y distribución; de hecho, los socialdemócratas alemanes y de otros países rechazaron los primeros pasos del Estado del bienestar precisamente porque eran vistos como una expropiación de sus recursos organizativos por parte del “Estado burgués”.

En la posguerra europea, y superado ese debate, dirigentes socialdemócratas como Brandt, Kreisky y Palme continuaban viendo el reformismo socialdemócrata como un medio para operar cambios estructurales en el capitalismo en la dirección al socialismo, la paz y el crecimiento ecológicamente sostenible, no simplemente (que también) para corregir defectos del primero y hacerlo “más humano”. El problema no era tanto para ellos la “propiedad” como el “control democrático” de los medios de producción en sectores clave de la economía (como la energía), asegurado mediante planeamiento estatal en esos sectores y democracia económica con amplia participación de los trabajadores.

En este sentido, si bien hubo mucho wishful thinking en la tradición comunista occidental, no es menos cierto que la historia de la socialdemocracia es una historia de uvas amargas, una distorsión psicológica habitual por la cual las preferencias se van adaptando a lo que se cree que es posible conseguir: cuando la zorra no puede alcanzar las uvas, se convence de que están verdes y de que el esfuerzo no vale la pena. Los socialdemócratas han ido adaptando sus preferencias sin cesar a los estrechos límites que las sociedades capitalistas les imponían, empezando por la renuncia a la abolición del capitalismo, pasando por el abandono de vías más reformistas hacia el socialismo como la democracia económica, y terminando por volverse más que tímidos en sus políticas de simple redistribución de la renta y la riqueza.

 Objetivos finales

Lo curioso de esa evolución es que, a diferencia de otros partidos de izquierda que también han ido adaptando sus programas en términos de viabilidad pero sin renunciar a los objetivos finales, los socialdemócratas han consumado alegremente el mecanismo de las uvas amargas para convencerse a sí mismos de que todas esas renuncias son en el fondo deseables, más que un second-best impuesto por difíciles circunstancias, y susceptible de revertirse cuando éstas cambien.

Como resultado de toda esta evolución histórica, hoy asistimos a una paradoja política: quienes se reclaman a sí mismos como orgullosos “socialdemócratas” intentan convencernos de la bondad de todas esas renuncias y de que las asumamos como un first-best, mientras que otros partidos con vocación transformadora plantean programas de gobierno que entroncan mucho más con lo que ha sido los “modelos ejemplares” socialdemócratas, aunque nos los presenten como un second-best, en coherencia con sus ideales. Desde el punto de vista de la consistencia en la formación de preferencias políticas, y a la vista de la ruptura del “pacto social” de la posguerra, no parece que la socialdemocracia nominal lleve las de ganar en este debate.

 

(*) José Antonio Noguera es profesor titular de Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona y director de Investigación del Grupo de Sociología Analítica y Diseño Institucional

De París a Marrakech: última llamada para la acción climática

Por: | 02 de diciembre de 2016

RICARDO GARCÍA MIRA (*)

 

Cambio

 

El pasado mes de octubre se alcanzó el requisito que permitía la entrada en vigor del Acuerdo de París (adoptado en diciembre de 2015 por 195 países), es decir, la aceptación formal por parte de 55 países que dan cuenta de un mínimo del 55% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEIs). Al cierre de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP22), celebrada en Marrakech durante el pasado mes de noviembre, ya habían ratificado el acuerdo un total de 111 países que representan más de tres cuartas partes de las emisiones globales.

A lo largo de la COP22, la incertidumbre generada, tras tener conocimiento de que durante su transcurso Trump había ganado las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, no impidió que más de 200 países firmaran, con el más alto nivel de compromiso político, la conocida como Declaración de Marrakech (Marrakech Action Proclamation), para combatir el cambio climático y reducir sus impactos. No se trata de un documento que vincule de forma inmediata a las partes, sino que servirá para orientar la acción política hacia la redacción de un texto normativo que permitirá la aplicación práctica del Acuerdo de París.

El Reglamento de Paris (The Paris Rulebook)

A pesar de las incertidumbres que sobrevolaron Marrakech después de la elección de Trump y sus declaraciones críticas con el cambio climático, la reunión de mandatarios fijó ya el plazo de 2018 para poner en marcha las normas que pondrán a andar el acuerdo. La conferencia sirvió así para comprender mejor las numerosas cuestiones que entrañaban el perfeccionamiento de la arquitectura de asuntos contenida en el Acuerdo de París, delinear las áreas de convergencia y divergencia, y adoptar un plan de trabajo (The Paris Rulebook) comprensivo de una amplia gama de temas, que incluyen la mitigación, la adaptación, las finanzas y la transparencia, así como mecanismos de mercado, aplicación y cumplimiento de compromisos, sobre el que adoptar decisiones definitivas a partir de 2018, en que el IPCC, el grupo de expertos de la ONU, avanzará su nuevo informe sobre el efecto del cambio climático y el aumento de las temperaturas.

La conferencia, que reunió en Marrakech a más de 500 políticos, empresarios, ONGs y sociedad civil, urgió a Trump a actuar en beneficio del planeta, llamando a su colaboración. Sin embargo, el liderazgo de Trump ya ha empezado a no ser tan importante, si tenemos en cuenta que la lucha contra el cambio climático ya está configurándose como un asunto de responsabilidad social a nivel planetario que ya ha empezado a generar elementos de identidad social e implicación sociopolítica a su alrededor. A ello se une el compromiso y la organización de los municipios, ciudades y regiones del mundo en torno a foros y asociaciones que fortalecen esa identificación social a nivel local. Además, China o la Unión Europea ya pugnan por ejercer un nuevo liderazgo en la lucha contra el cambio climático, si Estados Unidos se apea de la misión. China, por ejemplo, no se ha movido en su compromiso con el Acuerdo de París, y seguirá en la lucha contra el calentamiento global.

Asuntos pendientes de resolver

La adaptación y mitigación del impacto del cambio climático necesitará, sin duda, fondos adicionales. Por ejemplo, la firma de un convenio para concretar el fondo de adaptación al cambio climático, que sigue en suspenso y necesitará de más negociaciones. Otro asunto pendiente es la dotación del Fondo Verde para el Clima, que precisará más financiación.

Finalmente, científicos y políticos, ciencia y sociedad, afrontamos una responsabilidad en el tratamiento y en la provisión de conocimiento para apoyo a la adopción de decisiones en la lucha contra el cambio climático. Junto con los medios de comunicación, resistimos también la presión de fuertes ‘lobbies’, tanto de grandes empresas como de gobiernos que presionan con los resultados del informe para tomar una dirección a favor de sus intereses. Además, unos y otros, observamos con preocupación el flujo de dinero con el que el gran capital provee a negacionistas y escépticos del cambio climático para desacreditar los resultados y el trabajo científico.

Compromisos en marcha

En conclusión, algunas iniciativas han sido puestas en marcha, como la Cooperación Transfronteriza en el Mediterráneo (Iniciativa 5+5 por el Agua), y otras propuestas relacionadas con la energía. La Organización de Aviación Civil Internacional está creando un mecanismo de reducción de CO2 de los aviones, grandes productores de huellas de carbono. Hasta 48 países del Foro de Vulnerabilidad Climática se han comprometido a mantener sus sistemas de tal modo que la temperatura global no supere los 1,5 grados centígrados, y se han comprometido a impulsar medidas para lograr un suministro eléctrico 100% renovable, a corto o medio plazo. Alemania, Reino Unido y Canadá, entre otros, han anunciado su objetivo de reducción de CO2 del 80% en 2050. La Unión Europea se ha manifestado en el mismo sentido. Aunque algunos países no muestran una estrategia clara en otros aspectos como, por ejemplo, en el del carbón.

En definitiva, estamos ante acuerdos técnicos que ponen en marcha políticas y protocolos para actuar en la perspectiva de los próximos dos años de cara a diseñar los procedimientos financieros y de transparencia que han de permitir llevar el compromiso a la implementación de la acción de aquí a 2050, incluyendo responsabilidades para los países firmantes como: a) Construir la arquitectura normativa necesaria para implementación de la acción política; b) Cumplir con los compromisos del Acuerdo; c) Promover e implementar políticas nacionales tendentes a reducir emisiones de CO2 en todos los sectores de la economía, y las herramientas para cumplirlos; d) Establecer un marco de ecoeficiencia en la gestión energética, incluido en el sector residencial; e) Impulsar la adaptación eficiente al cambio climático, promoviendo el escalamiento hacia estilos de vida más sostenibles y menos dependientes del carbono.

Marrakech como un “tipping point”

Identificar estas políticas requerirá también combinarlas en el modo en que resulten más efectivas en términos de mitigación y reducción de impactos, dado el carácter trasversal del modo en el que debe operarse contra el cambio climático. Marrakech puede verse como un “tipping point” que señala el momento en que la idea de la lucha contra el cambio climático se convierte ya en una tendencia social irreversible, que se vuelca esparciéndose a nivel planetario como si se tratara de un gran incendio forestal.

 

(*) Ricardo García Mira es profesor de Psicología Social y Ambiental de la Universidad de La Coruña

No perdamos Cuba tres veces

Por: | 28 de noviembre de 2016

 VICENTE PALACIO (*)

 

FidelFidel Castro, recientemente fallecido.

 

España perdió Cuba dos veces; en 1898, cuando fue derrotada de manera humillante por EEUU y desalojada de la isla, y otra vez casi cien años después en 1996, cuando el gobierno de Aznar promovió la 'Posición Común' de la UE -en cierto modo, otra derrota frente a EEUU- y pasamos a encabezar la lista negra del régimen cubano: una puñalada trapera de la metrópoli que nos hizo perder lo más valioso en política: la confianza. ¿Superaremos nuestro propio récord a la muerte de Fidel Castro y perdemos la isla tres veces

Esperemos que esta vez el gobierno español no perderá el juicio como algunos parecen estar amagando -Trump, Mike Pence, los duros de Miami- y mantendrá el rumbo firme y personalidad política propia. Todo apunta a ello: las reacciones oficiales a la desaparición (definitiva) de Fidel -manteniendo el debido respeto a su figura y tendiendo la mano al pueblo cubano- han sido correctas. Todo en la secuencia lógica del hecho biológico para el que se venía preparando el régimen cubano desde 2008, cuando Raúl toma las riendas. Y así, en la medida de lo posible, en lo biológico debe quedarse, y no invadir la agenda política y económica que está sobre la mesa. En los años recientes, los gobiernos del PSOE y del PP a menudo purgaron el error de la 'Posición Común', y los ministros Moratinos y Margallo sufrieron a menudo las consecuencias derivadas de la desconfianza. Felizmente, el entorno mejoró, y también los movimientos de unos y otros.  De un lado, Obama normalizando las relaciones diplomáticas y comprometiéndose a avanzar hacia el fin del embargo; de otro lado, la alta representante Mogherini y los europeos lanzándose a la carrera hacia La Habana para tomar posiciones.

Pero al olor de la sangre, unos cuantos buitres locos mediáticos, en España y en EEUU, se han lanzado ya a exigir aquí y ahora libertades y democracia al régimen cubano -como si el resto no quisiéramos que se produjeran cambios-, amenazando con volar todos los puentes y tirar por la borda lo que ha de ser un proceso de apertura gradual y constante, apoyado en avances económicos y sociales. Parecen ignorar la gran lección de casi 50 años de embargo y 11 presidentes de EEUU dejados por el camino: que la injerencia agresiva es mala para todos, que sólo lleva a movimientos reactivos por ambas partes, y que llena de minas ideológicas lo que debería plantearse como una agenda de desarrollo integral. 

Por supuesto, el debate histórico e ideológico seguirá, porque Fidel, un personaje inmenso, encarnó todas las contradicciones, algunos éxitos y muchos de los fracasos de la política del siglo XX: la dificultad de conciliar geopolítica y razón, poder y justicia; igualdad y riqueza; incluso compartió muchas de las grandezas y miserias con los líderes mundiales de un bloque y otro bloque. De todo ello fue culpable y héroe. Pero seamos pragmáticos: hagamos un debate político, no histórico o académico, y concentrémonos para avanzar en lo más positivo del legado de Fidel -una apuesta por la dignidad de tus propios ciudadanos, por la educación, la infancia, la sanidad, por la justicia social-. Los españoles tenemos una posición aventajada para ello y una herramienta europea: un acuerdo en ciernes de Diálogo Político y Cooperación. No lo desaprovechemos. 

 

Morbo tertuliano

En España, más allá de la cháchara y el morbo tertuliano al que se presta este asunto -goloso como caña de azúcar y ron-, los dirigentes políticos de todos los partidos deberían tener claro que tenemos una relación especial con Cuba y que por ello tenemos que estar al lado de una mayoría de cubanos que quieren hacer su futuro ellos mismos: con ayudas sí, pero no con interferencias y presiones. Ese y no otro es el ritmo del caribe, y parece que todo el mundo ya sabe bailar ese son, en Washington, en Bruselas y en Madrid. Si los norteamericanos se volvieran locos, y quisieran hacer de aprendices de brujo de nuevas democracias, y aplastar el proceso en marcha con La Habana, allá ellos: los cubanos tienen más opciones, y entonces España y Europa tendrán su gran oportunidad para ganar la carrera a La Habana. 

No podemos perder Cuba una tercera vezNo hagamos otra vez de este asunto política interna (o sea, partidista): ni desde la derecha ultramontana, ni desde un izquierdismo tan acrítico como estúpido e inservible. En este como en otros asuntos de nuestra política exterior -en Latinoamérica, con países en momentos cruciales como Brasil, Argentina, México o Colombia; y más allá con Rusia, Oriente Medio, China y África; la seguridad o el cambio climático- España tiene en sus manos una gran responsabilidad que exige liderazgo y visión, y no puede ausentarse para que otros le hagan su política. Ojalá que así sea.

 

(*) Vicente Palacio es director del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas

IGNACIO MARRA Y JOSÉ IGNACIO CONDE-RUIZ (*)

 

Mujer                                 Una mujer en su puesto de trabajo. 

 

El aumento de la participación laboral femenina es uno de los fenómenos de mayor impacto sobre la economía española en las últimas décadas, marcando una clara transición hacia un modelo de familia con dos sueldos. Paralelamente, el nivel educativo medio de las mujeres españolas no ha dejado de aumentar: dentro de las personas que trabajan actualmente en España, el porcentaje con estudios universitarios es muy superior al de hombres. Al mismo tiempo, la brecha en experiencia laboral se ha ido cerrando paulatinamente y, pese al contundente y endémico problema de infrarrepresentación femenina, cada día hay más mujeres en puestos de responsabilidad.

Pese a ello, paradójicamente, el salario medio femenino según los últimos datos disponibles es de 11.9 euros por hora, frente a un salario masculino de 14 euros por hora (es decir, una diferencia de alrededor del -17%). ¿Cómo es posible? Cada vez que se lee algo semejante en prensa, rápidamente y sin contemplación, sin dejar que la cifra llegue al final del vaso y haga poso, comienza el aluvión de los molestos por la imprecisión, de aquellos que encuentran la comparación odiosa y de los que ven en cada estadística con género una grotesca manipulación.

Porque claro, digamos las cosas como son, las mujeres y los hombres no son iguales. Hay mayor proporción de mujeres en actividades profesionales y científicas (-25%), hostelería (-14%) o educación (-9%) que en el sector manufacturero (-24%) o en servicios financieros (-22%). Los hombres suelen dedicarse a cosas algo diferentes; los encontramos en proporciones mayores en ocupaciones como oficiales, operarios y artesanos (-23%), directores y gerentes (-19%) u operadores de maquinaria (-29%) que en otras como profesionales de alto nivel (-15%), ocupaciones básicas (-13%) u ocupaciones en servicios y vendedores (-13%). Además, como hemos comentado, de media es más probable que una mujer termine estudios, tanto a nivel de grado/licenciatura (-13%) como de educación secundaria superior (-29%) y, en consecuencia, entre aquellos que no acaban la secundaria (-23%) hay más hombres.

Este argumento, resulta, sin embargo, bastante débil cuando, tal y cómo el avispado lector habrá sin duda notado, todos los paréntesis anteriores hacen referencia a la brecha salarial entre los hombres y mujeres que pertenecen a dicho colectivo. Y, como habrá observado, todas las cifras anteriores son negativas, con valores por lo general en la franja entre el menos diez y el menos treinta por ciento. Otros se preguntarán entonces cómo es posible pagar menos a alguien exclusivamente por ser mujer, algo claramente ilegal, quizás sin parar a pensar en las barreras y dificultades asociadas a denunciar este tipo de comportamientos. O se cuestionarán por qué, al existir dicho fallo de mercado, los empresarios a los que no les importa el género de sus trabajadores no contratan solamente mujeres.

 Brecha salarial

Y es que sí, quizás resulta poco creíble pensar que la totalidad de la brecha salarial se deba a discriminación directa. Tampoco parece demasiado adecuado ignorar que dicho carácter discriminatorio existe o que los seres humanos tenemos todo tipo de sesgos y prejuicios, de los que, en muchos casos, no somos conscientes. Y claro, están los números. En todos los sectores, en todos los niveles educativos, en todas las ocupaciones, en todos los grupos de edad. Unos más pequeños y otros más grandes, pero siempre presentes y siempre negativos.

También puede que algunos, con suerte no los menos, se hayan detenido un par de segundos en aquella última frase del primer párrafo. Y es que, en un país en el que se trabaja más de 30.000 millones de horas al año, una diferencia salarial por hora de más del 17% entre hombres y mujeres es un problema; con su diagnóstico, sus causas, y, con algo de ganas, sus soluciones.

 

(*) Ignacio Marra y José Ignacio Conde-Ruiz son economistas de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA)

Orfandad cívica

Por: | 17 de noviembre de 2016

PALOMA ROMÁN MARUGÁN (*)

 

Pedro                                 Pedro Sánchez, en la entrada del Congreso de los Diputados.

 

La condición del huérfano tanto en sentido real como metafórico –y no por ello menos sentido- evoca el desvalimiento, la falta y la ausencia; sentimientos complicados porque la naturaleza de la orfandad implica que esas sensaciones adversas se conocen y se sufren, precisamente porque suponen una variación frente a una situación precedente bien distinta. Nadie se siente huérfano, si antes no tuvo padres, digámoslo así; por tanto se trata de un escenario sobrevenido.

¿Cuál es la causa que lleva a hablar de orfandad o de abandono a los ciudadanos? Algo tendrá que haber sido cuando hemos empezado a oírlo en los últimos tiempos con recurrencia en tertulias entre amigos, en reuniones familiares, o hasta en charlas de autobús.

El perfil de la ciudadanía afectada por esta especie de tristeza cívica se identifica sin dificultad en una parte importante del votante de izquierda. Es de sobra conocida la idea de que se trata de individuos que aplican una crítica más intensa al escenario político, a sus referentes ideológicos; plantean un debate más continuado a las opciones políticas existentes y exigen más a sus representantes, quienes nunca pueden estar seguros de que les volverán a votar…. salvo que haya un peligro en contra; es decir que a veces, el ‘re-voto’ sí que puede deberse a concentrarse en conjurar un adversario. Ya se sabe que es más sencillo unirse en contra, que hacerlo a favor; esta descripción también se encuentra más desarrollada entre las gentes de izquierda.

Siguiendo con el interrogatorio, ¿qué es lo que induce a estas personas a esa suerte de tristeza cívica? No se trata tanto de haber estado más de trescientos días sin gobierno –es cierto que no era normal, pero ahí se soportó-; tampoco es por haber tenido que repetir el paseo al colegio electoral en un plazo de seis meses – una vez se llevaba gorro de lana, y la otra, parasol-. Tampoco ha sido el hecho de que después de tanto hablar de negociación y de acuerdo, no haya sido para tanto. En definitiva, el causante estriba en uno de los resultados de tanto ajetreo entre la vieja y la nueva política, o entre la gravedad o la muerte del sistema bipartidista.

El nuevo gobierno ha sido posible gracias a la abstención del partido socialista y esto ha resultado ser una quiebra sonora en el alma de una muy buena parte de sus votantes. Es cierto que el PSOE venía perdiendo votos desde hacía tiempo –no hay más que mirar los distintos resultados electorales del año 2011-. , ya había muchos ex votantes que fueron eligiendo otras opciones, y entre las favoritas, dos nuevas formaciones, cada una situada a un lado y al otro del PSOE en el eje izquierda-derecha; así como habrá gente desde entonces varada en la abstención. Es seguro que el ruido de estos pasos que se alejaban, debía ser percibido por sus dirigentes.

Habrá algunas personas que habrán pasado de votar al PSOE a votar al PP, aunque es obvio que es una pequeña minoría, pero el mínimo común denominador entre un votante del PSOE de 2004 y de 2008, que ya no le votó ni en 2011 ni en 2015 y 2016, y quienes sí lo hicieron, era evitar el gobierno del PP. Por tanto, es patente que la abstención final ha golpeado en la línea de flotación del barco socialista.

No es este el lugar ni el momento de valorar las razones, ni los procedimientos utilizados para aquel resultado, pero es obvio que ha causado un malestar, una tristeza, un abandono en definitiva, para muchas personas que ahora mismo se encuentran en una tesitura difícil. Tampoco vamos a entrar ahora mismo en las repercusiones que esto puede tener en el futuro para la recuperación de un partido quebrado, pero que ha contribuido de forma muy significativa a la democracia en este país; sólo estamos hablando de esa tristeza cívica que atenaza a muchos ciudadanos.

 

Observación y estudio

La reflexión sobre los partidos políticos y los sistemas de partidos son abundantes. Tampoco estamos aquí para repasarlos, pero sí pienso que es de interés, recordar algunas conclusiones de aquellos que han dedicado horas de observación y estudio, a un fenómeno tan cotidiano en nuestras vidas democráticas como Peter Mair, en especial su trabajo póstumo, titulado Gobernando el vacío. Resume a la perfección esta situación.

Entre los ciudadanos y los partidos –los verdaderos protagonistas del modelo que tenemos- hay un vacío; no hay nada en medio. Se está produciendo un alejamiento entre representantes y representados; se trata de un proceso de retraimiento recíproco, situación que ya se veía venir. Estamos en la senda de una política de la despolitización, y esta frase es solo una contradicción aparente. Los partidos están más interesados en el gobierno que en la representación -situación que toma menos en consideración las demandas de la ciudadanía-, y la actividad política se acaba evaluando a modo de una función, de un espectáculo; ya se sabe, la política se acaba convirtiendo únicamente en un escenario de exhibición de acontecimientos, vaciándose el contenido del debate de ideas, o el de la articulación y la agregación de intereses de los ciudadanos; en definitiva, se trata de la banalización de la política. La sentencia suena dura, pero casi imparable: la era de la democracia de partidos ha terminado.

No obstante, frente a este sombrío panorama, cabe una interpretación de al menos, un ápice de optimismo. Esta tristeza cívica de la que se está hablando es una muestra de que ese retraimiento no es tan recíproco como se suponía. Al menos, una de las dos partes de la antigua relación que supone la representación política, presenta síntomas de vida, a través de la exteriorización de esta queja: ¿a quien vamos a votar ahora?

 

(*) Paloma Román Marugán es profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid.

 

Alternativas

Sobre el blog

Crisis de la política, la economía, la sociedad y la cultura. Hacen falta alternativas de progreso para superarla. Desde el encuentro y la reflexión en España y en Europa. Para interpretar la realidad y transformarla. Ese es el objetivo de la Fundación Alternativas, desde su independencia, y de este blog que nace en su XV Aniversario.

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Carlos CarneroCarlos Carnero. Director Gerente de FA, ha sido Embajador de España en Misión Especial para Proyectos en el Marco de la Integración Europea y eurodiputado.

Vicente PalacioVicente Palacio. Director del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas, Doctor en Filosofía, Visiting Fellow y Visiting Researcher en Harvard.

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José María Pérez MedinaJosé María Pérez Medina. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología y en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Funcionario del Estado. Ha sido Asesor en el Gabinete del Presidente del Gobierno entre 2008 y 2011.

José Antonio NogueraJosé Antonio Noguera. Profesor Titular de Sociología en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y director del grupo de investigación GSADI (Grupo de Sociología Analítica y Diseño Institucional).

Antonio QueroAntonio Quero. Experto en instrumentos financieros de la Comisión Europea y coordinador de Factoría Democrática. Es autor de "La reforma progresista del sistema financiero" (Ed. Catarata).

Paloma Román MarugánPaloma Román Marugán. Profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid. Autora y coordinadora de distintos libros, artículos en revistas especializadas, artículos divulgativos y artículos de prensa.

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