Francia hacia la segunda vuelta: lo que va de 2002 a 2017

Por: | 24 de abril de 2017

CARLOS CARNERO (*)

 

EmEmmanuel Macron, vencedor de la primera vuelta en las elecciones francesas.

 

Los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas no representan un cambio total respecto a los de 2002. Macron ha obtenido más o menos los que entonces ofrecía la suma de socialistas y centristas; Le Pen hija ha superado por poco la agregación de los de su padre y los del escindido Bruno Mégret; Fillon casi ha clavado los de Chirac (19’84 y 19’88, respectivamente); y Mélenchon ha alcanzado los que, agregados, tuvieron todos los candidatos a la izquierda del PS. Así que casi todas las aguas han discurrido por cauces más o menos parecidos.

Sin embargo, hay relevantes diferencias cualitativas. Por ejemplo, Jospin era el candidato único del PS, cuando ahora los socialistas han concurrido con dos: uno oficioso, Macron –que se ha beneficiado del apoyo de Hollande, Vals y numerosos alcaldes y diputados del PS, por un lado, y de los centristas de Bayrou, por otro- y otro oficial, Hamon (con ese 6 % de votos que podría haber llevado al vencedor del primer asalto al 30 %).

Pero la gran diferencia cualitativa entre unas elecciones y otras estará sin duda en la segunda vuelta. En 2002, Chirac obtuvo el 82’21 % de los votos, un 350 % más que en la primera. Le Pen padre aumentó sus sufragios hasta el 17’8 %, solo un 15 % más. Es decir, con mayor o menor gana, los demócratas no tuvieron duda alguna en votar al candidato de la derecha (que incluso se negó a debatir en televisión con el ultraderechista) en medio de una gran movilización para frenar al líder del Frente Nacional.

¿Qué pasará ahora? Los sondeos auguran que Macron no tendrá problemas para imponerse a Marine Le Pen, pero sin tanta claridad. ¿Por qué? He aquí donde está la clave: Mélenchon, que ha sido el único candidato que no se ha pronunciado en la noche electoral a favor de Macron, dejando que sus bases decidan digitalmente.

Puede que el antiguo eurodiputado, senador y ministro socialista esté pensando en las elecciones legislativas de junio, temiendo quemar las opciones de sus candidatos si pasa del discurso “todos son iguales” a asumir el llamado compromiso republicano. Seguramente, considera que entre todos los demás llevarán a Macron al Elíseo, sin necesidad de mancharse. Y que incluso sin pedírselo, una parte de sus militantes actuarán con coherencia: ahí está el mensaje del secretario del Partido Comunista para demostrar que se puede apoyar el candidato de centroizquierda sin perder la cara en el camino.

Tablero electoral

Juega con fuego, porque de producirse una conjunción de factores negativos todo podría torcerse para la democracia, es decir, para Francia y para Europa: si, por ejemplo, una parte de sus electores prefieren optar en el secreto del voto por la teoría del derrumbe o votar con los pies absteniéndose; si otra parte de los electores de Fillon no le siguen; si una tercera parte de los electores progresistas creen que todo está asegurado y se abstienen; si ocurre algo inesperado y nunca deseable que ponga patas arriba el tablero electoral de la segunda vuelta.

Sumen y vean que, con todo ello, algo desagradable podría pasar el 7 de mayo. Supongo que, finalmente, las bases le dirán a Mélenchon que Macron es casi lo mismo que Le Pen pero que, en fin, habrá que apoyarle. Y Mélenchon les pedirá que, en ese caso, le voten.

Puede que las cosas no vayan como deberían ir en la Unión Europea y en cada uno de sus estados miembros. Pero la única manera de mejorarlas es seguir el camino de la democracia y los valores que nos unen y nos protegen, dentro y fuera de nuestras fronteras. La historia está cargada de malos momentos en los que no se hizo piña frente al peligro. Y Le Pen todavía lo es hasta que Macron haya ganado en la segunda vuelta.

Por cierto, luego vendrán las legislativas, donde también habrá que impedir que Le Pen tenga presencia parlamentaria. El centro-izquierda y el centro-derecha están obligados a converger en cada uno de sus campos de cara a la primera vuelta, manteniendo para la segunda el voto al demócrata mejor situado.

Lo mismo que para el conjunto de la UE, Macron es una buena noticia para España. Si gana, los peligros coyunturales habrán sido solventados con suficiencia, porque en Alemania solo pueden ganar unos u otros demócratas y europeístas, sean la CDU de Merkel o el SPD de Schulz, o los dos juntos de nuevo. En ese panorama, Europa tiene la obligación de avanzar, completando su unión política, para no tener que vivir dentro de cuatro años la tremenda incertidumbre de estos meses.

 

(*) Carlos Carnero es director gerente de la Fundación Alternativas.

TERESA RIBERA (*)

 

Cc

La sequía es uno de los efectos más graves del cambio climático.

 

“¿Te preocupa el cambio climático?” Salvo excepciones, la respuesta es “¡claro!, ¡mucho!”. Pero ésa ya no es la pregunta que hay que formular. El problema es tan transversal que preguntar por el cambio climático y sus soluciones es tanto como preguntar por la energía y los alimentos, el agua y la salud, la innovación y la ciencia, las infraestructuras y las ciudades, la movilidad, la fiscalidad, la relación con nuestros vecinos, las migraciones, el derecho internacional o el comercio… ¡Casi todo!

Así que no nos conviene quedarnos en la superficie… Si nos preocupa el cambio climático, hemos de ser pragmáticos y empezar a construir respuestas parciales que ayuden a encajar el nuevo puzle del progreso. En cierto modo, eso es lo que propone el Acuerdo de París. ¿Cómo gestionar la gobernanza global de un asunto tan complejo y multifacético en un mundo multipolar e interdependiente? El gran acierto del acuerdo fue entender que las respuestas son locales, pero son más eficaces si los objetivos, el aprendizaje y los riesgos son compartidos.

La reacción ante el Acuerdo de París representa, por tanto, una buena oportunidad para ilustrar qué visión tiene cada cuál sobre el modelo económico, el progreso social y el modo en articular las relaciones entre actores en el mundo multipolar e interdependiente en que vivimos. Europa ha hecho mucho en clima y energía; se esfuerza por trabajar dentro y fuera de sus fronteras en este terreno, pero no está ahora en su mejor momento. Estados Unidos ha empezado a virar y no le está siendo fácil al presidente Trump volver al aislacionismo que prometió en campaña. 

París nos ofrece una plataforma de gobernanza para acompañar una transición inevitable que es más sensato recorrer juntos que de forma individual. Es una propuesta innovadora, que hilvana el interés doméstico de cada cual para hacerlos converger con el interés general. Su espíritu y propuestas van más allá de un texto que todavía necesita desarrollo; e inspiran decisiones de inversores y alcaldes, a escala local y regional. ¿Inspira a España y los españoles?

Para Europa, el Acuerdo de París es la ocasión de recuperar su proyecto de convivencia, orientando un futuro económico e industrial que todavía está en proceso de redefinición. Requiere una estrategia creíble, basada en la rápida aplicación del Acuerdo, y una hoja de ruta hacia la neutralidad climática en 2050. Una propuesta que permita ganar la confianza de inversores y actores sociales y dinamizar el debate sobre cómo construir la agenda sobre la posibilidad de acometer esta empresa. Y, para ello, se requiere perfilar sendas hacia la completa descarbonización, construir estrategias de resiliencia y adaptación y facilitar la convergencia de las señales regulatorias, financieras y fiscales para garantizar decisiones compatibles con los objetivos climáticos.

Desde el punto de vista geopolítico, la prevalencia del interés doméstico debe combinarse con capacidad de cooperación constructiva. Europa ha de responder de forma convincente a la pregunta de cómo impulsar un modelo de progreso inclusivo dentro de los límites físicos y ecológicos del Planeta. Echaremos de menos la alianza con el gobierno de Estados Unidos y habremos de trazar otras con países emergentes, países de renta media y países especialmente vulnerables, pero Europa no debe desaprovechar esta ocasión.

Proyecto en común

Atendiendo a la agenda doméstica, Europa necesita identificar con urgencia un proyecto en común; una iniciativa que defina su identidad a la altura de los desafíos del siglo XXI, que no sea percibida como un cúmulo de orientaciones burocráticas, sino como una agenda positiva capaz de responder a las demandas de empleo y prosperidad de sus ciudadanos a la vez que muestra un perfil reconocible de sus valores y aspiraciones como entidad política con peso económico. Utilizar la transición a un modelo económico y social compatible con las necesidades del sistema climático es una muy buena opción. La energía es motor de desarrollo y progreso y debe deshacerse de los efectos secundarios negativos que la han acompañado desde la revolución industrial.

Un marco adecuado incentiva innovación y eficiencia, progreso social y actividad industrial, empleo y entornos saludables, así como una excelente base para las relaciones de vecindad con los países limítrofes en los que, en caso de no actuar contra el cambio climático, las consecuencias pueden ser devastadoras impactando de forma frontal en la realidad europea.

Para España, incorporar plenamente el Acuerdo de París equivale a sentar las bases de nuestra convivencia y modelo económico de las próximas décadas. Exige cambios muy significativos en nuestro sistema energético, que deberá dar prioridad absoluta a la eficiencia y el ahorro, así como promover la presencia progresiva de un mix eléctrico 100% renovable. Nos obliga a modelos de movilidad distintos. Permite entablar una relación distinta entre administraciones, favoreciendo sinergias para actualizar nuestro modelo productivo y de convivencia.

Requiere revisar un sistema fiscal que representa mal las manifestaciones de riqueza y el consumo de recursos; obliga a evaluar vulnerabilidades y puntos fuertes y a proponer escenarios que identifiquen dificultades y permitan visualizar  oportunidades. Tendremos que preguntarnos qué infraestructuras necesita una economía descarbonizada y resiliente a los impactos del cambio climático, cómo aprovechar el potencial de  la era digital para vivir mejor.

Beneficios conjuntos

Necesitamos pensar qué materiales, qué alianzas para la innovación, qué acuerdos comerciales pueden acompañar el proceso acelerando sus beneficios y permitiendo ganar economías de escala a la vez que mantiene una capacidad de ajuste y corrección para enmendar lo que no funcione e impulsar lo que funcione mejor de lo inicialmente previsto, aprovechando al máximo los beneficios conjuntos de la senda de transición. 

Para todo ello será imprescindible hacer las cuentas bien y enviar las señales correctas del coste y el beneficio de utilizar una u otra alternativa, de cara a facilitar las decisiones más adecuadas entre inversores públicos y privados.

España puede hacerlo; puede abordar su futuro de forma constructiva y emplear la tan anunciada ley de cambio climático como espacio de encuentro para sentar las bases de una sociedad moderna y solidaria. Junto con Alemania y Dinamarca, hemos contribuido al despegue y abaratamiento de las tecnologías renovables y su rápida curva de aprendizaje; pero quedan pendientes muchas cosas.

Los españoles estamos mucho más preparados para abordar de forma constructiva este debate de lo que parece desprenderse de la (escasa-casi nula) acción institucional. Sigue habiendo más interrogantes que respuestas, pero qué duda cabe que un planteamiento compartido facilita el acierto en el proceso de aprendizaje y respuesta. Y la pasividad y el retraso, sabiendo y pudiendo hacer, no serán fácilmente recuperables (y a duras penas, perdonables).

 

(*) Teresa Ribera es patrona de la Fundación Alternativas y directora del Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales

¿De quién es la riqueza de las naciones?

Por: | 19 de abril de 2017

LUIS FERNANDO MEDINA SIERRA (*)

 

Baker

El economista Dean Baker durante una conferencia.

 

Uno de los mantras más comunes de la era de la globalización es que, dada las nuevas condiciones de movilidad y el papel del sector financiero, es imposible gravar al capital. Las historias tantas veces repetidas sobre paraísos fiscales, normas arcanas de origen de productos, cada una llena de tesoros escondidos para evasores, toda una industria floreciente de ‘contabilidad creativa’ han ayudado a convencer al público de que el capital está ya prácticamente exento de impuestos de modo que sólo las rentas del trabajo pueden ser fuente de tributación.

Sin embargo, recientemente algunos economistas, entre los que se destaca Dean Baker, han propuesto una alternativa: que las empresas en lugar de pagar sus impuestos en dinero los paguen en acciones sin derecho a voto, con lo que el Estado tendría derecho a los mismos repartos de dividendos de cualquier otro accionista. Se trata de una idea conceptualmente simple y elegante en lo que se refiere al problema de la evasión: el pago de impuestos sería mucho más transparente de lo que es hoy y estaría directamente atado al desempeño de las empresas (lo cual le daría cierto componente anticíclico interesante).

Incluso, en algunas versiones más ambiciosas del plan, se podrían utilizar los ingresos para financiar un ‘fondo soberano’ para que el país pueda dirigir algunos aspectos de la inversión pública hacia donde lo estime conveniente, o para redistribución directa entre los ciudadanos.

Lo curioso es que, aunque parece a simple vista una propuesta de técnica tributaria, en el fondo es mucho más que eso. De hecho, existe un precedente histórico que merece un detenido estudio: el Plan Meidner de fondos salariales que se aplicó en Suecia en los años 80 y que está adquiriendo nuevo impulso entre varios sectores. Algunas voces del sindicalismo español se han pronunciado en esa dirección. En sus orígenes, el Plan Meidner buscaba utilizar los impuestos a las ganancias para convertirlos en acciones en las empresas, con miras a producir una transición paulatina pero cierta hacia la democratización de la propiedad. En la práctica, las cosas resultaron muy distintas.

Sería injusto decir que el Plan Meidner falló. Más bien es que nunca se implementó como estaba concebido. Desde el comienzo generó muchísima hostilidad no sólo de los empresarios suecos, sino incluso de algunos sectores blandos del Partido Socialdemócrata. Lo que finalmente se aprobó no era, ni mucho menos, una herramienta de democratización económica, sino más bien un fondo pensional: los impuestos (ya no sólo a las rentas de capital sino también a la nómina) se invertían en fondos que a su vez podían invertir en empresas y utilizaban estos réditos para financiar las pensiones de los trabajadores. Incluso, fue tal el miedo que generó el Plan Meidner que estos fondos se crearon con una fecha de expiración de siete años. Una especie de ‘socialismo en una sola década’.

Limitaciones políticas

La propuesta de Baker comienza reconociendo las limitaciones políticas a las que se enfrentó el Plan Meidner, y por eso sus objetivos son menos ambiciosos. Renuncia explícitamente a la meta de democratizar la propiedad al dejar claro que las acciones que obtenga el gobierno no le dan derecho a voto. Fija límites a la cantidad de acciones de modo que sean simplemente para pagar impuestos mientras que el Plan Meidner, en su versión maximalista, contemplaba un crecimiento permanente de los fondos hasta que terminaran por socializar toda la propiedad.

¿Podrá la propuesta de Baker tener más éxito que el Plan Meidner? La respuesta no depende de la técnica económica sino de las realidades políticas. Para los sectores más progresistas, ¿será más fácil partir de la propuesta de Baker e irla transformando gradualmente en un nuevo Plan Meidner? Existe el riesgo de que, por el contrario, lo que se implemente en realidad sea aún más débil que la idea de Baker. O, para ver el otro ángulo, ¿será mejor poner sobre la mesa un Plan Meidner para luego contentarse con la propuesta de Baker? No es este el sitio para responder a esa pregunta, ni yo la persona que lo pueda hacer.

Lo más probable es que sea imposible responder en abstracto. La política depende siempre de condiciones concretas. A los empresarios no les gusta ni pagar impuestos ni perder el control sobre sus empresas. Eso es de sobra conocido. Pero lo que en un contexto pueda parecer pragmático, en otro contexto puede ser una capitulación sin ambages.

Una cosa sí me atrevo a afirmar: para los sectores progresistas, nada de esto tiene relevancia si no hay músculo político. Y ese sí que se echa en falta en este momento.

 

(*) Luis Fernando Medina Sierra es coordinador del Zoom Económico de la Fundación Alternativas y profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III

Cómo crear una sociedad feudal

Por: | 11 de abril de 2017

STUART MEDINA MILTIMORE (*)

 

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Cientos de trabajadores en una planta de envasado.

 

Si es usted millonario pero no le llega la fortuna para todos sus caprichos, este manual de auto ayuda le conseguirá una sociedad feudal en menos de 50 años que trabaje para que usted sea cada vez más rico.

Para crear una sociedad feudal basta con un poco de paciencia y una parte -no muy grande- de su fortuna para comprar conciencias. Empiece tempranamente identificando a dos o tres economistas, preferentemente procedentes de la aristocracia austriaca. No importa que sus acreditaciones académicas no sean muy sólidas, pues sobra con financiar su trabajo generosamente: ya engendrarán un enjambre de pupilos para propagar las ideas que interesan a nuestro propósito.

Recuerde, estos académicos trabajan para usted, el capital, no para los trabajadores -la masa informe a la que hay que reducir a vasallaje-. Por eso no tardarán en culpar a los trabajadores y al Estado de todos los males. Por ejemplo, culparán a los trabajadores de la inflación, sobre todo a los más humildes. Convenza a todos los economistas de que la solución a la inflación es expulsar trabajadores al paro y crear miseria. También es útil culpar al Estado de la inflación. El Estado siempre es culpable, salvo cuando trabaja a nuestro favor.

Recuerde que su objetivo final es el camino de la servidumbre, pero asegúrese de que pretende lo contrario. Consiga que la mayor parte del pueblo crea que ese camino que lo lleva a la servidumbre es el de la libertad -lo es, pero sólo para los de su clase-. Si insiste mucho, cada vez más gente lo creerá. Esto allana mucho el camino hacia la sociedad feudal.

Consiga que los pupilos de sus académicos favoritos lleguen las posiciones de poder. Primero las organizaciones multilaterales, luego los bancos centrales, luego los partidos conservadores y, finalmente -por qué no-, las cúpulas de los partidos socialdemócratas. Si es necesario financie un golpe de Estado en algún país latinoamericano que sirva de conejillo de Indias para avanzar su programa.

Procure que nunca haya pleno empleo, pues eso fortalece a los trabajadores y debilita el poder del gran capital. Atáquese a todas las instituciones que protegen a los trabajadores. ¿Los sindicatos? Unos vagos que crean rigideces en el mercado de trabajo. ¿El Estatuto de los Trabajadores? Una legislación obsoleta que impide la modernización y la contratación de trabajadores. ¿Inspectores de trabajo? Mejor pocos y mal pagado. Incluso consiga que los sindicatos también estén controlados por cúpulas afines a sus intereses.

Tasas de paro

Al principio los trabajadores se resistirán. Pero no se preocupe; si persevera conseguirá que pronto la gente se acostumbre a tasas de paro del 20%. Incluso algún agradecido académico la llamará tasa de desempleo natural o no aceleradora de la inflación.

Cúlpese a los trabajadores de ser poco productivos y estar mal preparados. Avergüéncelos por no querer dejar su pueblo para conseguir un trabajo en una lejana ciudad. Créese una tasa de desempleo juvenil obscena para asegurarse un amplio y perpetuo suministro de jóvenes dispuestos a trabajar en los empleos de mierda que van a sustituir los empleos de calidad.

Devalúese el trabajo de jóvenes con talento, sometiéndolos a precariedad laboral permanente para que los servicios de valor añadido que aún se realizan en la nación se puedan retribuir con salarios de becario. Recuerde: el fin social de una empresa es maximizar el valor para el accionista, no crear empleo.

Ponga a los chinos de ejemplo de pueblo laborioso y adviértase a la población que va a trasladar toda la industria allí porque aquí no se puede con los costes laborales. Foméntese la ideología del emprendimiento que glorifica a los empresarios y denuesta el trabajo por cuenta ajena.

Quienes tengan éxito empresarial merecerán la adulación y el encomio de los medios de comunicación que usted controla, por supuesto. Quienes fracasen sólo podrán culparse a sí mismos, odiarse a sí mismos y caer en la depresión o el suicidio. De esta forma los trabajadores nunca podrán identificar al verdadero culpable. Hay que pasar desapercibido.

Consiga beneficios cada vez mayores congelando el crecimiento de los salarios. Pero no conviene que caiga el consumo porque si no, no vende sus productos. Así que convenza a la industria financiera de que le conviene hacer préstamos a la población trabajadora para financiar el consumo en los productos de mierda que les va a vender. Poco importa que algunos de los beneficiarios de los préstamos no sean suficientemente solventes.

Cuando llegue la crisis financiera, el Estado se encargará de rescatar a sus bancos. Si eso no funciona puede seguir ganando dinero: venda a sus empleados precarizados productos de mierda, mal hechos, poco duraderos y a precios aparentemente baratos, pero con márgenes elevados.

Competidor molesto

Convenza a la población de que un traje de sastre, además de inalcanzable para el bolsillo del precariado, es un capricho obsoleto propio de millonarios. Convenza al precariado de que es mucho más cool una camiseta con un logo infantil que ha vendido por 20 euros, aunque le haya costado 50 céntimos en fábrica. De paso se carga al sastre, un competidor molesto.

Recuerde que sus beneficios dependen de que usted consiga acceder a cuantos más mercados mejor. Consiga que los gobiernos firmen tratados de libre comercio, incluso con naciones donde se tolera la explotación más atroz del ser humano y se permitan salarios de miseria y los derechos sindicales sean inexistentes.

Convenza a la opinión pública de que eso es bueno porque el PIB aumentará al menos un 1% en una década. Pero cerciórese de que tiene una posición de monopolio o de oligopolio en el mercado de exportación para asegurarse de que todas las demás empresas tengan que trabajar para usted si quieren acceder a esos mercados. Ese crecimiento del 1% del PIB va a ir a sus bolsillos. Tolérese la importación de mercancías a precio de derribo obtenidas ut supra y destruya toda la industria nacional que no le interese mantener o trasladar al extranjero.

Procure que el Estado se pliegue a sus intereses. Denuncie el exceso de burocracia y reglamentación, pero a la vez consiga que el estado apruebe leyes que impiden a los pequeños empresarios competir con usted. Haga increíblemente complicados los negocios para todos salvo para aquellos que pueden contratar a los chupatintas que le permitan sortear los obstáculos burocráticos.

Impida que el estado gaste en exceso o utilice sus recursos para contratar más funcionarios de los exclusivamente útiles para sus intereses. Si el estado incurre en un déficit fiscal gima, proteste, lloriquee, alerte, alarme, deplore la insostenibilidad de las cuentas públicas. Consiga que el banco central corte la ‘hemorragia’.

Si pese a sus advertencias la deuda pública aumenta, recuerde que ésa está en sus manos. Procure que el Estado suba los tipos de interés siempre con la excusa de que hay que luchar contra la inflación. Es mentira, pero a cambio conseguirá un generoso flujo de rentas hacia su patrimonio sin mover un dedo.

Colocación en Bolsa

Procure que el Estado no pueda hacer nada por sí mismo y que todo se lo tenga que contratar a la empresa de usted. Privatice todas las empresas públicas y gane hermosas comisiones por su colocación en bolsa.

Recuerde que es usted el titular de una gran fortuna que le produce rentas cada vez mayores. Gracias a la magia del interés compuesto, ésta se incrementará exponencialmente. Pero sólo a condición de que no se lleve el Estado las ganancias. Con la excusa de que el capital debe estar sometido a mínima tributación para favorecer la inversión -que de todas formas no piensa realizar-, consiga que los impuestos sobre las rentas del ahorro sean inferiores al 23%.

Por si acaso el Estado no se pliega, vuelva a gimotear y lamentarse por la fiscalidad predatoria de su país, denuncie los desincentivos a esas inversiones -que no pensaba realizar de todas formas- y convenza a sus académicos favoritos y a los serviciales organismos multilaterales para que publiquen informes que demuestren que la imposición sobre el ahorro desincentiva la inversión.

Por si acaso consiga que su Gobierno apruebe el libre movimiento de capitales en aras a una mayor eficiencia. Eso le permitirá declarar sus ingresos en algún paraíso fiscal como Irlanda o Luxemburgo tributando menos del 15%. Asegúrese de que las clases medias y populares en cambio paguen hasta el 50% de su renta en impuestos directos e indirectos. Súbales el IVA cultural si hace falta.

Evite que la gente tenga acceso al dinero. El monopolio del dinero debe acercarse más a usted y alejarse de los demás. Mejor todavía: consiga que el Estado renuncie a su soberanía monetaria y se la ceda a una institución monetaria ideológicamente afín a sus intereses. Prívese a la nación de su soberanía monetaria para asegurarse de que no pueda financiar adecuadamente los servicios públicos.

Depósitos bancarios

Hágase todo lo anterior y verá cómo crece su fortuna. Verá cómo llegan cientos de millones de euros a sus depósitos bancarios todos los años. Ganará tanto dinero que no sabrá qué hacer con él. Será envidiado y adulado por todos. En la prensa y la tele sus logros serán exhibidos como los logros del empresario de éxito, esos verdaderos creadores de la ‘marca España’. La gente acudirá arrodillada a rendirle pleitesía.

Y ahora, como nuevo señor feudal puede permitirse todos los caprichos. Pero no es el dinero el que da la felicidad sino ver la cara que se le queda a los demás cuando uno se lo gasta en lo que a uno de le da la gana. Por ejemplo, permítase el lujo de donar 350 millones de euros a la sanidad pública. Verá, verá: cantarán las alabanzas a su nombre y loarán al gentil hombre, al virtuoso magnate, al feliz señor de sus vasallos que acude caritativamente en su auxilio.

Verá cuánta satisfacción. No se preocupe, no oirá críticas de sus vasallos; nadie preguntará cómo es que el Estado no puede cumplir con sus obligaciones y cómo es que le llega a usted tantísimo dinero todos los años que jamás conseguirá gastárselo. Usted es marca España; intocable; siempre gana.

 

(*) Stuart Medina Miltimore es presidente de la Red MMT

Camisas de fuerza, chalecos salvavidas y soberanía monetaria

Por: | 07 de abril de 2017

LUIS FERNANDO MEDINA SIERRA (*)

 

LeninEl presidente electo de Ecuador, Lenin Moreno, durante un mitin. / AGENCIA ANDES

 

El triunfo del candidato oficialista Lenin Moreno en Ecuador ha sido visto por muchos en España como una noticia que llega de ultramar sin pasar de ser un hecho curioso sin mayor relevancia o, en todo caso, mucha menos relevancia que los eventos de Venezuela que suelen dominar todos los titulares de prensa. Pero, curiosamente, aunque la elección presidencial ecuatoriana no afecte directamente a la política española, se puede decir que encierra enseñanzas que son mucho más relevantes para España que cualquier cosa que ocurra en Venezuela. Al fin y al cabo, mientras España y Venezuela son países con realidades políticas y económicas muy distintas, España y Ecuador sí comparten un rasgo común que determina buena parte de su trayectoria económica: carecen de política monetaria propia.

Así como España entró al euro desde la creación del mismo, Ecuador adoptó el dólar como su moneda en el año 1999. Ambas economías se vieron afectadas por la crisis financiera mundial del 2008. Es más, la crisis ecuatoriana tuvo mucho que ver con la española dada la importancia que para Ecuador tienen las remesas que envían sus ciudadanos residentes en España. Sin embargo, a pesar de las semejanzas, los resultados han sido muy disímiles. En Ecuador la recesión duró menos de un año y fue relativamente tenue, mientras que España aún no termina de recuperarse. En buena medida, el triunfo electoral de Moreno responde a los resultados económicos que ha obtenido Ecuador en los últimos años.

¿A qué se deben las diferencias? Antes de entrar a examinarlas, hay que advertir que la dolarización ecuatoriana no está exenta de problemas. De hecho, existen ya varias voces, inclusive dentro del gobierno, que piensan que tarde o temprano se debe abandonar. No es una decisión fácil de tomar, así que hay que estar preparados para muchas vacilaciones e incluso turbulencias.

Pero en todo este episodio de la profunda recesión mundial, Ecuador ha tenido a su favor varios factores. Uno de ellos ha sido un poco de buena suerte. El principal riesgo de renunciar a la política monetaria es que mantener fijo el tipo de cambio en medio de una recesión muchas veces implica adoptar políticas procíclicas que agudizan dicha recesión. En condiciones normales, el banco central puede reducir los tipos de interés para reactivar la demanda agregada.

Pero en un país que trate de mantener un tipo de cambio fijo (o, lo que es lo mismo, que tenga atada su moneda a la de otro país), esta reducción de intereses lleva a una salida de capitales que se refleja en una reducción de medio circulante. El episodio del ‘corralito’ argentino del 2002, y la profunda crisis que se desencadenó, es una ilustración particularmente dramática de este hecho.

Afortunadamente para Ecuador, su recesión coincidió con la recesión del país cuya moneda adoptó. Estados Unidos ha mantenido tipos de interés muy bajos en los últimos años, precisamente como respuesta al estancamiento de la demanda. Esta coyuntura le dio a Ecuador cierto margen de maniobra. Distinto habría sido (o... ¿será?) si el ritmo de las dos economías no hubiera estado acompasado. La política monetaria expansiva de Estados Unidos coincidió con lo que Ecuador necesitaba en ese momento.

El caso español fue muy distinto: la política monetaria de la zona euro fue mucho más restrictiva de lo que España necesitaba para paliar su profunda crisis. En buena medida, esto refleja también una diferencia sustancial entre los dos bancos centrales más grandes del mundo. Mientras el Banco Central Europeo tiene un mandato anti-inflacionario muy estricto, la Reserva Federal de los Estados Unidos busca conciliar metas de inflación y empleo con mucha más flexibilidad.

Regulaciones

Pero no todo fue suerte. Ecuador también demostró que, a pesar de la camisa de fuerza que implicaba haber adoptado la moneda de otro país, con cierta creatividad era posible adoptar políticas anticíclicas. A pesar de que su banco central no controla el medio circulante, tiene cierta incidencia sobre los tipos de interés a través de las regulaciones al sector financiero.

Mediante controles a los flujos de capital (anatema para la ortodoxia) ha podido hacer uso de este margen de maniobra para mantener tipos bajos de interés en los momentos críticos. Además, usando esas mismas regulaciones, durante los años favorables del ciclo económico constituyó reservas, con fondos de los mismos bancos, lo cual hizo menos oneroso rescatar las instituciones financieras en problemas.

Entre economistas hay un largo debate acerca de las ‘áreas monetarias óptimas’, es decir, acerca de cuántas economías, y cuáles, podrían aglomerarse bajo una misma moneda. La crisis española ha demostrado que, por lo menos con su actual arquitectura, el euro no es un área monetaria óptima. Pero el caso de Ecuador demuestra que, aun cuando un país se encuentra limitado por tipos de cambio fijos, una mezcla de pragmatismo en la política monetaria, voluntad política para combatir el desempleo y cautela en la regulación financiera pueden marcar una diferencia significativa. No todos los males vienen de Washington o de Frankfurt.

 

(*) Luis Fernando Medina Sierra es coordinador del Zoom Económico de la Fundación Alternativas y profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III

Alternativas

Sobre el blog

Crisis de la política, la economía, la sociedad y la cultura. Hacen falta alternativas de progreso para superarla. Desde el encuentro y la reflexión en España y en Europa. Para interpretar la realidad y transformarla. Ese es el objetivo de la Fundación Alternativas, desde su independencia, y de este blog que nace en su XV Aniversario.

Sobre los autores

Nicolás SartoriusNicolás Sartorius. Vicepresidente Ejecutivo de la Fundación Alternativas (FA), abogado y periodista, ha sido diputado al Congreso.

Carlos CarneroCarlos Carnero. Director Gerente de FA, ha sido Embajador de España en Misión Especial para Proyectos en el Marco de la Integración Europea y eurodiputado.

Vicente PalacioVicente Palacio. Director del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas, Doctor en Filosofía, Visiting Fellow y Visiting Researcher en Harvard.

Sandra LeónSandra León. Profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de York (Reino Unido) y responsable de la colección Zoom Político de la Fundación Alternativas.

Carlos MaravallCarlos Maravall. Doctor en Macroeconomía y Finanzas Internacionales por la Universidad de Nueva York. Ha trabajado como asesor en Presidencia del Gobierno en temas financieros.

Erika RodriguezErika Rodriguez Pinzón. Doctora en relaciones internacionales por la Universidad Autónoma de Madrid y coordinadora de América Latina en la Fundación Alternativas.

Jose Luis EscarioJose Luis Escario. Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y Master de Derecho Internacional y Comunitario por la Universidad de Lovaina. Coordinador del Área Unión Europea de FA.

Kattya CascanteKattya Cascante coordina el área de Cooperación al Desarrollo del Observatorio de Política Exterior de la Fundación.

Enrique BustamanteEnrique Bustamante. Catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la UCM. Es un experto de la economía y sociología de la televisión y de las industrias culturales en España.

Alfons MartinellAlfons Martinell. Director de la Cátedra Unesco en la Universidad de Girona y profesor titular en esa misma institución. Codirige el Laboratorio Iberoamericano de Investigación e Innovación en Cultura y Desarrollo.

Carles ManeraCarles Manera. Catedrático de Historia e Instituciones Económicas en la Universitat de les Illes Balears. Es Premio Catalunya de Economía (Societat Catalana d’Economia, 2003).

Stuart MedinaStuart Medina Miltimore. Economista y MBA por la Darden School de la Universidad de Virginia. Es presidente de la Red MMT y fundador de la consultora MetasBio.

Luis Fernando MedinaLuis Fernando Medina. Profesor de ciencia política en la Universidad Carlos III de Madrid. Es autor de 'A Unified Theory of Collective Action and Social Change' (University of Michigan Press) y de "El Fénix Rojo" (Editorial Catarata).

José María Pérez MedinaJosé María Pérez Medina. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología y en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Funcionario del Estado. Ha sido Asesor en el Gabinete del Presidente del Gobierno entre 2008 y 2011.

José Antonio NogueraJosé Antonio Noguera. Profesor Titular de Sociología en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y director del grupo de investigación GSADI (Grupo de Sociología Analítica y Diseño Institucional).

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Paloma Román MarugánPaloma Román Marugán. Profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid. Autora y coordinadora de distintos libros, artículos en revistas especializadas, artículos divulgativos y artículos de prensa.

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