Alternativas

Sobre el blog

Crisis de la política, la economía, la sociedad y la cultura. Hacen falta alternativas de progreso para superarla. Desde el encuentro y la reflexión en España y en Europa. Para interpretar la realidad y transformarla. Ese es el objetivo de la Fundación Alternativas, desde su independencia, y de este blog que nace en su XV Aniversario.

Sobre los autores

Nicolás SartoriusNicolás Sartorius. Vicepresidente Ejecutivo de la Fundación Alternativas (FA), abogado y periodista, ha sido diputado al Congreso.

Carlos CarneroCarlos Carnero. Director Gerente de FA, ha sido Embajador de España en Misión Especial para Proyectos en el Marco de la Integración Europea y eurodiputado.

Vicente PalacioVicente Palacio. Director del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas, Doctor en Filosofía, Visiting Fellow y Visiting Researcher en Harvard.

Sandra LeónSandra León. Profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de York (Reino Unido) y responsable de la colección Zoom Político de la Fundación Alternativas.

Carlos MaravallCarlos Maravall. Doctor en Macroeconomía y Finanzas Internacionales por la Universidad de Nueva York. Ha trabajado como asesor en Presidencia del Gobierno en temas financieros.

Erika RodriguezErika Rodriguez Pinzón. Doctora en relaciones internacionales por la Universidad Autónoma de Madrid y coordinadora de América Latina en la Fundación Alternativas.

Ana Belén SánchezAna Belén Sánchez, coordinadora de Sostenibilidad y Medio Ambiente de la Fundación Alternativas.

Jose Luis EscarioJose Luis Escario. Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y Master de Derecho Internacional y Comunitario por la Universidad de Lovaina. Coordinador del Área Unión Europea de FA.

Kattya CascanteKattya Cascante coordina el área de Cooperación al Desarrollo del Observatorio de Política Exterior de la Fundación.

Enrique BustamanteEnrique Bustamante. Catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la UCM. Es un experto de la economía y sociología de la televisión y de las industrias culturales en España.

Alfons MartinellAlfons Martinell. Director de la Cátedra Unesco en la Universidad de Girona y profesor titular en esa misma institución. Codirige el Laboratorio Iberoamericano de Investigación e Innovación en Cultura y Desarrollo.

Carles ManeraCarles Manera. Catedrático de Historia e Instituciones Económicas en la Universitat de les Illes Balears. Es Premio Catalunya de Economía (Societat Catalana d’Economia, 2003).

Stuart MedinaStuart Medina Miltimore. Economista y MBA por la Darden School de la Universidad de Virginia. Es presidente de la Red MMT y fundador de la consultora MetasBio.

Luis Fernando MedinaLuis Fernando Medina. Profesor de ciencia política en la Universidad Carlos III de Madrid. Es autor de 'A Unified Theory of Collective Action and Social Change' (University of Michigan Press) y de "El Fénix Rojo" (Editorial Catarata).

José María Pérez MedinaJosé María Pérez Medina. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología y en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Funcionario del Estado. Ha sido Asesor en el Gabinete del Presidente del Gobierno entre 2008 y 2011.

José Antonio NogueraJosé Antonio Noguera. Profesor Titular de Sociología en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y director del grupo de investigación GSADI (Grupo de Sociología Analítica y Diseño Institucional).

Antonio QueroAntonio Quero. Experto en instrumentos financieros de la Comisión Europea y coordinador de Factoría Democrática. Es autor de "La reforma progresista del sistema financiero" (Ed. Catarata).

Paloma Román MarugánPaloma Román Marugán. Profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid. Autora y coordinadora de distintos libros, artículos en revistas especializadas, artículos divulgativos y artículos de prensa.

Jesús Prieto de PedroJesús Prieto de Pedro. Doctor en Derecho, Catedrático de Derecho Administrativo en la UNED y titular de la Cátedra Andrés Bello de Derechos Culturales.

Santiago Díaz de Sarralde MiguezSantiago Díaz de Sarralde Miguez. Profesor de la URJC y coordinador de Economía en OPEX de la Fundación Alternativas.

Javier ReyJavier Rey. Doctor en Medicina y Cirugía, especialista en Cardiología. Secretario de la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida.

No perdamos Cuba tres veces

Por: | 28 de noviembre de 2016

 VICENTE PALACIO (*)

 

FidelFidel Castro, recientemente fallecido.

 

España perdió Cuba dos veces; en 1898, cuando fue derrotada de manera humillante por EEUU y desalojada de la isla, y otra vez casi cien años después en 1996, cuando el gobierno de Aznar promovió la 'Posición Común' de la UE -en cierto modo, otra derrota frente a EEUU- y pasamos a encabezar la lista negra del régimen cubano: una puñalada trapera de la metrópoli que nos hizo perder lo más valioso en política: la confianza. ¿Superaremos nuestro propio récord a la muerte de Fidel Castro y perdemos la isla tres veces

Esperemos que esta vez el gobierno español no perderá el juicio como algunos parecen estar amagando -Trump, Mike Pence, los duros de Miami- y mantendrá el rumbo firme y personalidad política propia. Todo apunta a ello: las reacciones oficiales a la desaparición (definitiva) de Fidel -manteniendo el debido respeto a su figura y tendiendo la mano al pueblo cubano- han sido correctas. Todo en la secuencia lógica del hecho biológico para el que se venía preparando el régimen cubano desde 2008, cuando Raúl toma las riendas. Y así, en la medida de lo posible, en lo biológico debe quedarse, y no invadir la agenda política y económica que está sobre la mesa. En los años recientes, los gobiernos del PSOE y del PP a menudo purgaron el error de la 'Posición Común', y los ministros Moratinos y Margallo sufrieron a menudo las consecuencias derivadas de la desconfianza. Felizmente, el entorno mejoró, y también los movimientos de unos y otros.  De un lado, Obama normalizando las relaciones diplomáticas y comprometiéndose a avanzar hacia el fin del embargo; de otro lado, la alta representante Mogherini y los europeos lanzándose a la carrera hacia La Habana para tomar posiciones.

Pero al olor de la sangre, unos cuantos buitres locos mediáticos, en España y en EEUU, se han lanzado ya a exigir aquí y ahora libertades y democracia al régimen cubano -como si el resto no quisiéramos que se produjeran cambios-, amenazando con volar todos los puentes y tirar por la borda lo que ha de ser un proceso de apertura gradual y constante, apoyado en avances económicos y sociales. Parecen ignorar la gran lección de casi 50 años de embargo y 11 presidentes de EEUU dejados por el camino: que la injerencia agresiva es mala para todos, que sólo lleva a movimientos reactivos por ambas partes, y que llena de minas ideológicas lo que debería plantearse como una agenda de desarrollo integral. 

Por supuesto, el debate histórico e ideológico seguirá, porque Fidel, un personaje inmenso, encarnó todas las contradicciones, algunos éxitos y muchos de los fracasos de la política del siglo XX: la dificultad de conciliar geopolítica y razón, poder y justicia; igualdad y riqueza; incluso compartió muchas de las grandezas y miserias con los líderes mundiales de un bloque y otro bloque. De todo ello fue culpable y héroe. Pero seamos pragmáticos: hagamos un debate político, no histórico o académico, y concentrémonos para avanzar en lo más positivo del legado de Fidel -una apuesta por la dignidad de tus propios ciudadanos, por la educación, la infancia, la sanidad, por la justicia social-. Los españoles tenemos una posición aventajada para ello y una herramienta europea: un acuerdo en ciernes de Diálogo Político y Cooperación. No lo desaprovechemos. 

 

Morbo tertuliano

En España, más allá de la cháchara y el morbo tertuliano al que se presta este asunto -goloso como caña de azúcar y ron-, los dirigentes políticos de todos los partidos deberían tener claro que tenemos una relación especial con Cuba y que por ello tenemos que estar al lado de una mayoría de cubanos que quieren hacer su futuro ellos mismos: con ayudas sí, pero no con interferencias y presiones. Ese y no otro es el ritmo del caribe, y parece que todo el mundo ya sabe bailar ese son, en Washington, en Bruselas y en Madrid. Si los norteamericanos se volvieran locos, y quisieran hacer de aprendices de brujo de nuevas democracias, y aplastar el proceso en marcha con La Habana, allá ellos: los cubanos tienen más opciones, y entonces España y Europa tendrán su gran oportunidad para ganar la carrera a La Habana. 

No podemos perder Cuba una tercera vezNo hagamos otra vez de este asunto política interna (o sea, partidista): ni desde la derecha ultramontana, ni desde un izquierdismo tan acrítico como estúpido e inservible. En este como en otros asuntos de nuestra política exterior -en Latinoamérica, con países en momentos cruciales como Brasil, Argentina, México o Colombia; y más allá con Rusia, Oriente Medio, China y África; la seguridad o el cambio climático- España tiene en sus manos una gran responsabilidad que exige liderazgo y visión, y no puede ausentarse para que otros le hagan su política. Ojalá que así sea.

 

(*) Vicente Palacio es director del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas

IGNACIO MARRA Y JOSÉ IGNACIO CONDE-RUIZ (*)

 

Mujer                                 Una mujer en su puesto de trabajo. 

 

El aumento de la participación laboral femenina es uno de los fenómenos de mayor impacto sobre la economía española en las últimas décadas, marcando una clara transición hacia un modelo de familia con dos sueldos. Paralelamente, el nivel educativo medio de las mujeres españolas no ha dejado de aumentar: dentro de las personas que trabajan actualmente en España, el porcentaje con estudios universitarios es muy superior al de hombres. Al mismo tiempo, la brecha en experiencia laboral se ha ido cerrando paulatinamente y, pese al contundente y endémico problema de infrarrepresentación femenina, cada día hay más mujeres en puestos de responsabilidad.

Pese a ello, paradójicamente, el salario medio femenino según los últimos datos disponibles es de 11.9 euros por hora, frente a un salario masculino de 14 euros por hora (es decir, una diferencia de alrededor del -17%). ¿Cómo es posible? Cada vez que se lee algo semejante en prensa, rápidamente y sin contemplación, sin dejar que la cifra llegue al final del vaso y haga poso, comienza el aluvión de los molestos por la imprecisión, de aquellos que encuentran la comparación odiosa y de los que ven en cada estadística con género una grotesca manipulación.

Porque claro, digamos las cosas como son, las mujeres y los hombres no son iguales. Hay mayor proporción de mujeres en actividades profesionales y científicas (-25%), hostelería (-14%) o educación (-9%) que en el sector manufacturero (-24%) o en servicios financieros (-22%). Los hombres suelen dedicarse a cosas algo diferentes; los encontramos en proporciones mayores en ocupaciones como oficiales, operarios y artesanos (-23%), directores y gerentes (-19%) u operadores de maquinaria (-29%) que en otras como profesionales de alto nivel (-15%), ocupaciones básicas (-13%) u ocupaciones en servicios y vendedores (-13%). Además, como hemos comentado, de media es más probable que una mujer termine estudios, tanto a nivel de grado/licenciatura (-13%) como de educación secundaria superior (-29%) y, en consecuencia, entre aquellos que no acaban la secundaria (-23%) hay más hombres.

Este argumento, resulta, sin embargo, bastante débil cuando, tal y cómo el avispado lector habrá sin duda notado, todos los paréntesis anteriores hacen referencia a la brecha salarial entre los hombres y mujeres que pertenecen a dicho colectivo. Y, como habrá observado, todas las cifras anteriores son negativas, con valores por lo general en la franja entre el menos diez y el menos treinta por ciento. Otros se preguntarán entonces cómo es posible pagar menos a alguien exclusivamente por ser mujer, algo claramente ilegal, quizás sin parar a pensar en las barreras y dificultades asociadas a denunciar este tipo de comportamientos. O se cuestionarán por qué, al existir dicho fallo de mercado, los empresarios a los que no les importa el género de sus trabajadores no contratan solamente mujeres.

 Brecha salarial

Y es que sí, quizás resulta poco creíble pensar que la totalidad de la brecha salarial se deba a discriminación directa. Tampoco parece demasiado adecuado ignorar que dicho carácter discriminatorio existe o que los seres humanos tenemos todo tipo de sesgos y prejuicios, de los que, en muchos casos, no somos conscientes. Y claro, están los números. En todos los sectores, en todos los niveles educativos, en todas las ocupaciones, en todos los grupos de edad. Unos más pequeños y otros más grandes, pero siempre presentes y siempre negativos.

También puede que algunos, con suerte no los menos, se hayan detenido un par de segundos en aquella última frase del primer párrafo. Y es que, en un país en el que se trabaja más de 30.000 millones de horas al año, una diferencia salarial por hora de más del 17% entre hombres y mujeres es un problema; con su diagnóstico, sus causas, y, con algo de ganas, sus soluciones.

 

(*) Ignacio Marra y José Ignacio Conde-Ruiz son economistas de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA)

Orfandad cívica

Por: | 17 de noviembre de 2016

PALOMA ROMÁN MARUGÁN (*)

 

Pedro                                 Pedro Sánchez, en la entrada del Congreso de los Diputados.

 

La condición del huérfano tanto en sentido real como metafórico –y no por ello menos sentido- evoca el desvalimiento, la falta y la ausencia; sentimientos complicados porque la naturaleza de la orfandad implica que esas sensaciones adversas se conocen y se sufren, precisamente porque suponen una variación frente a una situación precedente bien distinta. Nadie se siente huérfano, si antes no tuvo padres, digámoslo así; por tanto se trata de un escenario sobrevenido.

¿Cuál es la causa que lleva a hablar de orfandad o de abandono a los ciudadanos? Algo tendrá que haber sido cuando hemos empezado a oírlo en los últimos tiempos con recurrencia en tertulias entre amigos, en reuniones familiares, o hasta en charlas de autobús.

El perfil de la ciudadanía afectada por esta especie de tristeza cívica se identifica sin dificultad en una parte importante del votante de izquierda. Es de sobra conocida la idea de que se trata de individuos que aplican una crítica más intensa al escenario político, a sus referentes ideológicos; plantean un debate más continuado a las opciones políticas existentes y exigen más a sus representantes, quienes nunca pueden estar seguros de que les volverán a votar…. salvo que haya un peligro en contra; es decir que a veces, el ‘re-voto’ sí que puede deberse a concentrarse en conjurar un adversario. Ya se sabe que es más sencillo unirse en contra, que hacerlo a favor; esta descripción también se encuentra más desarrollada entre las gentes de izquierda.

Siguiendo con el interrogatorio, ¿qué es lo que induce a estas personas a esa suerte de tristeza cívica? No se trata tanto de haber estado más de trescientos días sin gobierno –es cierto que no era normal, pero ahí se soportó-; tampoco es por haber tenido que repetir el paseo al colegio electoral en un plazo de seis meses – una vez se llevaba gorro de lana, y la otra, parasol-. Tampoco ha sido el hecho de que después de tanto hablar de negociación y de acuerdo, no haya sido para tanto. En definitiva, el causante estriba en uno de los resultados de tanto ajetreo entre la vieja y la nueva política, o entre la gravedad o la muerte del sistema bipartidista.

El nuevo gobierno ha sido posible gracias a la abstención del partido socialista y esto ha resultado ser una quiebra sonora en el alma de una muy buena parte de sus votantes. Es cierto que el PSOE venía perdiendo votos desde hacía tiempo –no hay más que mirar los distintos resultados electorales del año 2011-. , ya había muchos ex votantes que fueron eligiendo otras opciones, y entre las favoritas, dos nuevas formaciones, cada una situada a un lado y al otro del PSOE en el eje izquierda-derecha; así como habrá gente desde entonces varada en la abstención. Es seguro que el ruido de estos pasos que se alejaban, debía ser percibido por sus dirigentes.

Habrá algunas personas que habrán pasado de votar al PSOE a votar al PP, aunque es obvio que es una pequeña minoría, pero el mínimo común denominador entre un votante del PSOE de 2004 y de 2008, que ya no le votó ni en 2011 ni en 2015 y 2016, y quienes sí lo hicieron, era evitar el gobierno del PP. Por tanto, es patente que la abstención final ha golpeado en la línea de flotación del barco socialista.

No es este el lugar ni el momento de valorar las razones, ni los procedimientos utilizados para aquel resultado, pero es obvio que ha causado un malestar, una tristeza, un abandono en definitiva, para muchas personas que ahora mismo se encuentran en una tesitura difícil. Tampoco vamos a entrar ahora mismo en las repercusiones que esto puede tener en el futuro para la recuperación de un partido quebrado, pero que ha contribuido de forma muy significativa a la democracia en este país; sólo estamos hablando de esa tristeza cívica que atenaza a muchos ciudadanos.

 

Observación y estudio

La reflexión sobre los partidos políticos y los sistemas de partidos son abundantes. Tampoco estamos aquí para repasarlos, pero sí pienso que es de interés, recordar algunas conclusiones de aquellos que han dedicado horas de observación y estudio, a un fenómeno tan cotidiano en nuestras vidas democráticas como Peter Mair, en especial su trabajo póstumo, titulado Gobernando el vacío. Resume a la perfección esta situación.

Entre los ciudadanos y los partidos –los verdaderos protagonistas del modelo que tenemos- hay un vacío; no hay nada en medio. Se está produciendo un alejamiento entre representantes y representados; se trata de un proceso de retraimiento recíproco, situación que ya se veía venir. Estamos en la senda de una política de la despolitización, y esta frase es solo una contradicción aparente. Los partidos están más interesados en el gobierno que en la representación -situación que toma menos en consideración las demandas de la ciudadanía-, y la actividad política se acaba evaluando a modo de una función, de un espectáculo; ya se sabe, la política se acaba convirtiendo únicamente en un escenario de exhibición de acontecimientos, vaciándose el contenido del debate de ideas, o el de la articulación y la agregación de intereses de los ciudadanos; en definitiva, se trata de la banalización de la política. La sentencia suena dura, pero casi imparable: la era de la democracia de partidos ha terminado.

No obstante, frente a este sombrío panorama, cabe una interpretación de al menos, un ápice de optimismo. Esta tristeza cívica de la que se está hablando es una muestra de que ese retraimiento no es tan recíproco como se suponía. Al menos, una de las dos partes de la antigua relación que supone la representación política, presenta síntomas de vida, a través de la exteriorización de esta queja: ¿a quien vamos a votar ahora?

 

(*) Paloma Román Marugán es profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid.

 

El triunfo de la demagogia

Por: | 11 de noviembre de 2016

 

JOSÉ ENRIQUE AYALA (*)

 

Trump

                                    Donald Trump y Barak Obama en la Casa Blanca. 

 

El populismo cultiva la negra flor del miedo, se alimenta de ella, la transforma en el fruto amargo del odio, busca culpables en los que descargar la ira de los frustrados, predica soluciones simples para problemas complejos, manipula las emociones y utiliza el liderazgo carismático para conseguir su objetivo, que no es otro que ocupar el poder al que tanto denigra. La elección de Donald Trump como el 45º presidente de los Estados Unidos, se ha sustentado sobre el miedo de los trabajadores blancos menos cualificados y las clases medias menos cultas a perder su estatus económico y –sobre todo – a perder la confortable seguridad de su pequeño mundo de reglas claras, tradicionales y permanentes, ante una sociedad emergente multicultural, multirracial y más insegura, que no comprenden. El líder demagogo les dice lo que quieren oír: los culpables de su malestar son las élites, los intelectuales, los políticos profesionales y corruptos que viven en Washington sin preocuparse por ellos, y que no saben nada de la vieja y buena América, en definitiva el sistema, el establishment, representado perfectamente por Hillary Clinton. El peligro viene de los que son diferentes, los inmigrantes que hacen bajar los salarios (aunque en su mayoría solo ocupen los trabajos que ellos no quieren), los musulmanes que pueden ser terroristas, y todos los que son distintos, raros, que no comparten los valores de siempre. Su bestia negra es la globalización, la supuesta debilidad en la defensa de los intereses nacionales, la apertura comercial que hace que todo el mundo se aproveche de EEUU y que promueve la deslocalización suprimiendo puestos de trabajo (aunque la tasa de ocupación roce el pleno empleo). Es la reacción que sigue a una ola de cambio que va demasiado deprisa para muchos. Es el miedo y el egoísmo que florecen después de una crisis, como los hongos después de la lluvia, y que siempre encuentran a alguien dispuesto a sacar provecho de ellos.

Es difícil saber cómo será en realidad el presidente Trump, dado que hasta ahora no ha ocupado ningún cargo público. Es bastante común que el líder carismático, cuando llega al poder, se olvide de las promesas y propuestas – en ocasiones descabelladas – que ha hecho para alcanzarlo, o que sólo mantenga aquellas que son factibles y que redundan en beneficio de los grupos que le apoyan. Los primeros pasos como presidente electo, su discurso en la noche electoral, sus palabras tras su primera reunión con el presidente en ejercicio parecen indicar que seguirá ese camino hacia la moderación. Al fin y al cabo, es un empresario y debe saber bien que la negociación y el pragmatismo son imprescindibles para conseguir cualquier objetivo. El primer indicio sólido de sus verdaderas intenciones lo tendremos cuando designe al equipo con el que va a gobernar, especialmente a los secretarios de Estado y de Defensa y a su jefe de Gabinete. Algunos de los nombres que se barajan, como Newt Gingrich o Sarah Palin, no son precisamente tranquilizadores, recuerdan demasiado a la época neocon más radical: ultraliberalismo económico, ultraconservadurismo moral, militarismo unilateral en política exterior. Otros, como Rudolf Giuliani o Chris Christie, son más moderados. En cualquier caso, Trump es impredecible, él mismo se define así, y eso es muy preocupante. Necesitaremos algún tiempo para saber si se trata de sólo de un demagogo o es realmente un insensato. O ambas cosas.

La Constitución de EEUU establece un complejo sistema de equilibrios políticos precisamente para impedir que cualquiera de sus instituciones haga algo dañino o peligroso. Pero en este caso, los republicanos tendrán la presidencia, la mayoría en las dos Cámaras del Congreso, 32 de los 50 gobernadores estatales, e incluso la comprensión ideológica del Tribunal Supremo, en el que habrá una mayoría conservadora cuando el nuevo presidente designe al que ocupe la vacante que está sin cubrir actualmente. Los tres poderes, ejecutivo legislativo y judicial, prácticamente en las mismas manos. John Adams y James Madison se removerán inquietos en sus tumbas, aunque es preciso señalar que los congresistas no siguen siempre la disciplina de voto de su partido.

 

Política exterior

Ciertamente la política exterior, y particularmente el empleo de las Fuerzas Armadas sin declaración de guerra, son los campos en los que el presidente tiene más autonomía, y donde más puede expresar su visión política. Durante la campaña electoral, Trump se ha referido muchas veces a la política exterior, casi siempre en la dirección de frenar la globalización, de emprender una vuelta al aislacionismo o al desentendimiento de los problemas que no afecten directamente a su país, cuyos intereses serán determinantes (“America first”). Ha dicho algunas cosas muy genéricas como que “sacudiría el óxido de la política exterior de Estados Unidos" y que Estados Unidos "tendría que ser impredecible, y ahora tenemos que ser impredecibles”, lo cual pinta mal, y otras más concretas como que Japón y Corea del Sur no deberían gozar de la protección nuclear americana si no pagan por ello, lo que pinta todavía peor, sobre todo en un momento en que algunos países de la inestable cuenca del Pacífico, como Filipinas y Malasia, empiezan a flirtear con China.

En lo que se refiere a Europa, la victoria de Trump ha sido recibida con entusiasmo por líderes tan significativos en la ultraderecha como Marine Le Pen, Nigel Farage, Geert Wilders o Viktor Orban, a los que complace sobremanera su posicionamiento antiglobalización y su rechazo -rayano al odio- de los emigrantes. Al resto del espectro político europeo -excepto tal vez a la izquierda radical en su rechazo a la globalización, que en su mayoría comparte – le preocupa mucho su posicionamiento durante la campaña electoral en varios temas esenciales, cuyo estado actual considera Trump perjudicial para su país. El primero de estos temas seria su negacionismo del cambio climático, que pondría en riesgo el Acuerdo de París si EEUU se retirase, sobre todo si provocara un efecto dominó en otros países. El segundo sería su rechazo a los tratados de libre comercio, que podrían ser negativos para EEUU (aunque realmente no lo sean), entre ellos el de la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión  (TTIP), ya cuestionado por muchos sectores en Europa y que podría ver ahora su fin definitivo, o al menos un gran retraso. Y el tercero, tal vez el más radical, el cuestionamiento de la relevancia de la OTAN y su exigencia de que los demás Estados miembros contribuyan más a los gastos de Defensa, llegando a condicionar la piedra angular de la Alianza Atlántica, la defensa colectiva, si esa mayor contribución no se produjera. Por otra parte, ha descrito a Putin como un “líder fuerte” con el que se entendería fácilmente para resolver la cuestión de Ucrania y para terminar, por métodos extremadamente expeditivos y violentos, el conflicto de Siria.

Es difícil determinar si estos posicionamientos han sido simplemente un recurso demagógico (decir a los que te escuchan lo que quieren oír) para ganar las elecciones, o pueden traducirse en políticas reales que harían mucho daño a la relación trasatlántica. Es probable que un mínimo de realismo en su equipo, o la influencia de otros actores económicos o políticos, le hagan reconsiderar su radicalismo, aunque mantenga algunos aspectos como la demanda de una mayor contribución a la defensa colectiva, que ya ha sido invocada muchas veces por Washington. Pero lo más grave es que nadie sabe aún realmente hasta qué punto intentará cumplir sus promesas, y la incertidumbre que esto suscita es el peor escenario. En algunos casos parte del daño ya está hecho, como en el tema de la OTAN, que basa su éxito precisamente en la determinación, la cohesión y la previsibilidad.

El triunfo del radicalismo derechista en EEUU pilla a la Unión Europea en uno de sus peores momentos, afrontando simultáneamente muchos problemas: la pérdida de su puente natural con Washington a causa del ‘brexit’, la crisis económica que sin estar totalmente resuelta ha desembocado en una creciente divergencia entre el norte y el sur amenazando con el desgarro, las tendencias xenófobas y nacionalistas que ya han triunfado en países como Hungría y Polonia y pueden extenderse mucho más en el futuro, la crisis migratoria de la que todos quieren huir, la amenaza del terrorismo islamista siempre presente, y la guerra de Siria que es en buena parte el origen de los dos últimos. Esta sería una excelente ocasión para contar con el apoyo incondicional del gran socio atlántico, pero todos los indicios apuntan a que no va a ser así.

 

Intereses comunes

De todas las crisis se aprende algo, por muy negativas que sean. Esta ocasión puede ser perfecta para que la UE constate que en último caso sólo puede contar con ella misma. La unidad y cohesión entre los Estados miembros, que no están precisamente en su mejor momento por los problemas a los que nos referimos, son ahora más necesarias que nunca para tratar, con una sola y creíble voz, con el nuevo equipo que se establecerá en Washington, y defender nuestros intereses comunes, evitando la búsqueda de arreglos bilaterales que nos debilitan a todos. Aquellos que se han opuesto siempre a la construcción de una defensa europea común, alegando que para eso está la OTAN, tendrán que admitir ahora que la posibilidad de que los intereses de EEUU y Europa no coincidan es real, y que tendremos que asumir antes o después la responsabilidad de nuestra propia defensa, sin perjuicio de la cooperación trasatlántica.

Y sobre todo y ante todo, Europa tendrá que combatir sus propios demonios internos, que son muy reales, y – pase lo que pase - mantener viva la llama del humanismo ilustrado, de la solidaridad, de la defensa de los excluidos y humillados, la bandera del respeto a los derechos humanos de todos sea cual sea su raza, sexo, religión o extracción social. La preeminencia de la libertad y la igualdad, que adquirieron naturaleza política por primera vez en la Constitución de los Estados Unidos, de 1787, y que ya forman parte inherente, para siempre, de nuestra naturaleza política colectiva.

 

(*) José Enrique Ayala es miembro del Consejo Asesor del Observatorio de Política Exterior de la Fundación Alternativas.

El aire de nuestras ciudades es manifiestamente mejorable

Por: | 04 de noviembre de 2016

 

PACO SEGURA (*)

 

CochesLos coches son fuente de contaminación en las grandes ciudades.  

 

No es porque lo digamos insistentemente los ecologistas, es que las evidencias resultan abrumadoras: la contaminación del aire mata. La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer, dependiente de la OMS, declaró en 2013 al aire contaminado como cancerígeno de tipo 1, esto es, que provoca cáncer sin asomo de duda. La OMS considera a la mala calidad del aire como la principal causa de mortalidad ambiental en el mundo y, por su parte, la Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que en Europa fallecen cada año de forma prematura unas 500.000 personas por esta causa. Estamos, pues, ante un asunto tremendamente serio.

Ahora bien, ¿de dónde viene esa contaminación? En nuestras ciudades y zonas industriales en general las cosas funcionan como nos indica el sentido común: donde hay más tubos de escape o más chimeneas humeantes son los lugares en los que se registran mayores problemas de contaminación atmosférica. En particular las zonas metropolitanas y urbanas de España, donde vive la mayor parte de la población, tienen problemas sobre todo por tres contaminantes: las partículas, el dióxido de nitrógeno y el ozono.

Las fuentes de las partículas son muy variadas, desde las de origen natural como el polvo que viene del Sahara, a la combustión de materia orgánica, las emisiones de industrias como las centrales térmicas de carbón, o los automóviles, en especial los diésel. Estos últimos son los que proporcionalmente ocasionan más problemas en entornos urbanos, puesto que las industrias suelen estar alejadas de zonas densamente pobladas. Sin embargo, algunos cambios tecnológicos recientes como la incorporación de microfiltros han hecho que este contaminante se haya reducido de manera notoria en los últimos años. Es verdad que durante 2015 la mayor parte de los núcleos urbanos cumplió los límites legales para este contaminante, pero también es cierto que las recomendaciones de la OMS, más estrictas, se superan con creces para dos terceras partes de la población (http://www.ecologistasenaccion.org/article1657.html).

Un gas rojizo

Distinto es el problema del dióxido de nitrógeno, un gas de color rojizo y olor acre que forma la boina sobre las ciudades y que estos pasados días en Madrid ha provocado la activación del protocolo que supone la restricción a la velocidad o al aparcamiento de los vehículos. La principal fuente de emisión de este contaminante en entornos metropolitanos es el tráfico, sobre todo los vehículos diésel. Madrid, Barcelona, Murcia, Sevilla, Valencia o Granada son ciudades que el pasado 2015 superaron los límites legales para este gas tóxico.

No hablamos de un asunto menor. El dióxido de nitrógeno afecta a los tramos más profundos de los pulmones, inhibiendo la respuesta inmunológica, lo que provoca una merma de la resistencia a las infecciones. Las niñas y niños y las personas asmáticas son los más afectados por exposición a concentraciones agudas de este contaminante. Asimismo, la exposición constante a bajas concentraciones de dióxido de nitrógeno provoca enfermedades respiratorias crónicas y un envejecimiento prematuro del pulmón. De hecho, la Agencia Europea de Medio Ambiente calcula que sólo por este contaminante fallecen cada año en España 5.900 personas de forma prematura (Air quality in Europe - 2015 report, pág 44. www.eea.europa.eu//publications/air-quality-in-europe-2015 ).

Hay varias causas que explican que el dióxido de nitrógeno no se haya reducido apenas en su incidencia, a pesar de que teóricamente los estándares de homologación de los vehículos son cada vez más exigentes en cuanto al tope de emisiones por kilómetro. El primero es la importante ‘dieselización’ de nuestro parque móvil, puesto que los vehículos a gasoil emiten mucho más dióxido de nitrógeno que los de gasolina. Pero el otro motivo ha sido el fraude generalizado de prácticamente todos los fabricantes de vehículos diésel en cuanto a las emisiones de este contaminante, por más que el que más ha trascendido haya sido el escándalo de la marca Volkswagen.

De hecho, prácticamente la totalidad de los vehículos diésel nuevos emiten entre 2 y 15 veces más dióxido de nitrógeno que lo que permite la normativa vigente, el estándar Euro 6 (https://www.transportenvironment.org/node/5635). Con este tipo de actuaciones de la industria automovilística, que no cabe sino calificar de inmorales a la luz de los daños a la salud que provocan, resulta imposible poner coto a la contaminación en nuestras ciudades sin restringir el tránsito.

Por último, el dióxido de nitrógeno tiene otro efecto pernicioso: es el gas precursor del también tóxico ozono. En presencia de fuerte insolación, las moléculas de dióxido de nitrógeno reaccionan con otros gases en la atmósfera y generan ozono, a veces en zonas alejadas a los puntos de emisión, convirtiendo al ozono en un contaminante estival muy problemático en lugares periurbanos, donde lo esperable sería respirar aire limpio.

Un problema minusvalorado

Nuestras autoridades no están actuando de manera proporcionada a la gravedad del problema que supone la contaminación del aire. Baste recordar que por esta causa fallecen 18 veces más personas que en accidentes de tráfico, y ni por asomo la atención que recibe de nuestras administraciones (en campañas, en inversiones, etc.) es equiparable a esta proporción. Al no ser muertes rápidas y traumáticas, la percepción pública es muy distinta.

Otra prueba de esta desidia es el hecho de que tengamos abiertos dos procedimientos de infracción ante los tribunales europeos por incumplimiento de la normativa relativa a partículas y a dióxido de nitrógeno. Y es que las leyes son claras: cuando hay picos de contaminación hay que actuar de forma rápida para atajar la situación lo antes posible, pero también hay que poner en marcha planes estructurales que limiten la mala calidad del aire que respiramos cotidianamente. Ni una cosa ni otra se está haciendo de manera adecuada.

Y dado que en nuestras ciudades la principal fuente de contaminación es el tráfico, la mejor estrategia para limpiar el aire son las limitaciones al tránsito de automóviles. Las medidas son más que conocidas y se han puesto en práctica en muchos lugares con buenos resultados: ampliación de aceras y reducción de carriles; limitaciones al aparcamiento; facilidades al peatón, a la bici y al transporte público; flotas de coches eléctricos compartidos, etc. Conviene recordar, como contrapunto a la estrategia de los lobbies automovilísticos que siempre protestan ante estas medidas, que las restricciones al tránsito de vehículos no son agresiones a nuestra libertad individual, sino intentos de defender otros derechos mucho más importantes, como el de respirar un aire saludable.

Y que una ciudad con menos coches no es sólo un lugar con mejor aire, sino también con menos ruido, con más espacio para las personas, con niñas y niños más independientes y que pueden jugar y socializarse en la calle. En definitiva, un lugar más grato, seguro y saludable para vivir.

 

(*) Paco Segura es coordinador de Ecologistas en Acción

España y Estados Unidos: historia de dos crisis

Por: | 02 de noviembre de 2016

LUIS FERNANDO MEDINA SIERRA (*)

Trump                                Donald Trump y Hillary Clinton, candidatos a la Casa Blanca.

 

Cuando cumpla una semana de haber iniciado su nuevo mandato, el próximo martes, muy seguramente Mariano Rajoy estará pendiente de las noticias procedentes de Estados Unidos para conocer quién será su próximo interlocutor en la Casa Blanca. En un año que parece empecinado en avergonzar a las empresas encuestadoras es prematuro decir cuál será el resultado, pero el rango de opciones se ha mantenido constante desde el comienzo. Las posibilidades van desde una abrumadora victoria de Hillary Clinton hasta una victoria de Donald Trump por muy estrecho margen, siendo este último escenario el menos probable. Sea cual sea el resultado, su coincidencia en el tiempo con el inicio de la segunda legislatura de Rajoy invita a varias reflexiones. 

La Gran Recesión del 2008 se ensañó con particular dureza con Estados Unidos y España. A diferencia de lo que ocurrió en otros países, tanto en España como en Estados Unidos la crisis financiera estuvo muy estrechamente ligada al detonante inicial: la burbuja inmobiliaria. En ambos casos, el partido político que gobernaba al momento de estallar la crisis fue derrotado. En ambos casos la ciudadanía reaccionó airada, movilizándose en el 15-M en España y en Occupy Wall Street en Estados Unidos. Pero con el correr del tiempo esas coincidencias han dado paso a trayectorias divergentes tanto en lo político como en lo económico.

La recuperación económica de Estados Unidos ha sido más rápida que la de España (y que la de buena parte de la zona euro). A pesar de que el crecimiento económico americano ha sido un tanto anémico en los años después de la crisis, ya está cerca de recuperar los niveles de empleo de antes del 2008. Mientras tanto, en España, con su crecimiento repuntando, el desempleo sigue siendo un duro flagelo al que no se le ve fin inmediato.

Los efectos políticos también difieren entre los dos países. En Estados Unidos el Partido Republicano, derrotado en el 2008, recuperó sus mayorías legislativas solo dos años después, mayorías que aún conserva. Esto es algo que difícilmente va a cambiar el próximo martes. Dejando de lado las elecciones presidenciales, cada partido tiene probabilidades muy cercanas al 50% de controlar el Senado, mientras que parece prácticamente imposible que los Republicanos pierdan sus mayorías en la Cámara.

Dicho de otra manera, aún si se produce una estrepitosa derrota de Trump, el Partido Republicano seguirá siendo viable, con muchísimo poder de control de la agenda y opciones reales de volver a gobernar en un futuro próximo. En cambio, no puede decirse lo mismo del PSOE, para el cual los años post-crisis han sido un constante ‘via crucis’ de reveses electorales, culminando en el caos institucional de las últimas semanas.

¿A qué se debe este contraste? Sería irresponsable aventurar un diagnóstico completo sin conocer los resultados del próximo martes. Pero sí se pueden ofrecer algunos elementos de juicio para cuando esos resultados estén disponibles. En España la pertenencia al euro impone un brete muy severo sobre las opciones políticas de cualquier partido, tanto en el gobierno como en la oposición. Desde que salió del gobierno, el PSOE ha tenido serias dificultades (algunas de ellas de su propia creación) para presentarse como una alternativa creíble a las políticas del PP.

En cambio, el Partido Republicano ha sido capaz de presentar una oposición frontal al gobierno Obama, en especial a su reforma sanitaria. Aunque estas elecciones han estado dominadas por las peculiaridades de un candidato como Trump, es innegable que existen serias divergencias en las plataformas económicas de los dos partidos y, más aún, no hay razón para dudar de que, en caso de ganar Trump, estaría en plena capacidad de implementar su agenda de recortes de impuestos, de desregulación, de desmantelamiento del estado del bienestar y de proteccionismo económico, éste último una herejía en los círculos más tradicionales de su partido.

Los años pasados a la intemperie han sido duros para ciertas élites del Partido Republicano. Por ejemplo, sus dos últimos candidatos presidenciales (John Mc Cain y Mitt Romney) parecen abocados a la irrelevancia política. Pero también han sido años de movilización de bases que ahora, precisamente indignadas ante lo que percibían como la pasividad de sus líderes, han optado por un ‘outsider’ como Trump. No ha sido para nada un espectáculo edificante. Como si de un baúl en el ático se tratara, en estos años, aún antes de la campaña de Trump, habían venido aflorando toda clase de demonios atávicos de la derecha americana que se creía estaban ya superados.

Pero, gústenos o no, el Partido Republicano ha mostrado mucha más receptividad que el PSOE a la presión de sus bases. En Estados Unidos los indignados de la derecha convergen gustosos hacia el Partido Republicano mientras que en España los indignados de la izquierda han terminado por abandonar en forma definitiva (¿irreversible?) al PSOE. Sin duda, la fórmula electoral influye: en Estados Unidos el costo de operar por fuera de uno de los partidos tradicionales es prohibitivo. Pero tal vez haya otros factores, como por ejemplo, el papel de los poderes económicos que se hace sentir mucho más en un partido de centro-izquierda. A veces en política hay que saber sacar lecciones incluso de partidos antagónicos.

 

(*) Luis Fernando Medina Sierra es coordinador del Zoom Económico de la Fundación Alternativas 

 

El País

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