El Acuerdo de París no peligra, ¿pero responde España al desafío climático?

Por: | 21 de abril de 2017

TERESA RIBERA (*)

 

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La sequía es uno de los efectos más graves del cambio climático.

 

“¿Te preocupa el cambio climático?” Salvo excepciones, la respuesta es “¡claro!, ¡mucho!”. Pero ésa ya no es la pregunta que hay que formular. El problema es tan transversal que preguntar por el cambio climático y sus soluciones es tanto como preguntar por la energía y los alimentos, el agua y la salud, la innovación y la ciencia, las infraestructuras y las ciudades, la movilidad, la fiscalidad, la relación con nuestros vecinos, las migraciones, el derecho internacional o el comercio… ¡Casi todo!

Así que no nos conviene quedarnos en la superficie… Si nos preocupa el cambio climático, hemos de ser pragmáticos y empezar a construir respuestas parciales que ayuden a encajar el nuevo puzle del progreso. En cierto modo, eso es lo que propone el Acuerdo de París. ¿Cómo gestionar la gobernanza global de un asunto tan complejo y multifacético en un mundo multipolar e interdependiente? El gran acierto del acuerdo fue entender que las respuestas son locales, pero son más eficaces si los objetivos, el aprendizaje y los riesgos son compartidos.

La reacción ante el Acuerdo de París representa, por tanto, una buena oportunidad para ilustrar qué visión tiene cada cuál sobre el modelo económico, el progreso social y el modo en articular las relaciones entre actores en el mundo multipolar e interdependiente en que vivimos. Europa ha hecho mucho en clima y energía; se esfuerza por trabajar dentro y fuera de sus fronteras en este terreno, pero no está ahora en su mejor momento. Estados Unidos ha empezado a virar y no le está siendo fácil al presidente Trump volver al aislacionismo que prometió en campaña. 

París nos ofrece una plataforma de gobernanza para acompañar una transición inevitable que es más sensato recorrer juntos que de forma individual. Es una propuesta innovadora, que hilvana el interés doméstico de cada cual para hacerlos converger con el interés general. Su espíritu y propuestas van más allá de un texto que todavía necesita desarrollo; e inspiran decisiones de inversores y alcaldes, a escala local y regional. ¿Inspira a España y los españoles?

Para Europa, el Acuerdo de París es la ocasión de recuperar su proyecto de convivencia, orientando un futuro económico e industrial que todavía está en proceso de redefinición. Requiere una estrategia creíble, basada en la rápida aplicación del Acuerdo, y una hoja de ruta hacia la neutralidad climática en 2050. Una propuesta que permita ganar la confianza de inversores y actores sociales y dinamizar el debate sobre cómo construir la agenda sobre la posibilidad de acometer esta empresa. Y, para ello, se requiere perfilar sendas hacia la completa descarbonización, construir estrategias de resiliencia y adaptación y facilitar la convergencia de las señales regulatorias, financieras y fiscales para garantizar decisiones compatibles con los objetivos climáticos.

Desde el punto de vista geopolítico, la prevalencia del interés doméstico debe combinarse con capacidad de cooperación constructiva. Europa ha de responder de forma convincente a la pregunta de cómo impulsar un modelo de progreso inclusivo dentro de los límites físicos y ecológicos del Planeta. Echaremos de menos la alianza con el gobierno de Estados Unidos y habremos de trazar otras con países emergentes, países de renta media y países especialmente vulnerables, pero Europa no debe desaprovechar esta ocasión.

Proyecto en común

Atendiendo a la agenda doméstica, Europa necesita identificar con urgencia un proyecto en común; una iniciativa que defina su identidad a la altura de los desafíos del siglo XXI, que no sea percibida como un cúmulo de orientaciones burocráticas, sino como una agenda positiva capaz de responder a las demandas de empleo y prosperidad de sus ciudadanos a la vez que muestra un perfil reconocible de sus valores y aspiraciones como entidad política con peso económico. Utilizar la transición a un modelo económico y social compatible con las necesidades del sistema climático es una muy buena opción. La energía es motor de desarrollo y progreso y debe deshacerse de los efectos secundarios negativos que la han acompañado desde la revolución industrial.

Un marco adecuado incentiva innovación y eficiencia, progreso social y actividad industrial, empleo y entornos saludables, así como una excelente base para las relaciones de vecindad con los países limítrofes en los que, en caso de no actuar contra el cambio climático, las consecuencias pueden ser devastadoras impactando de forma frontal en la realidad europea.

Para España, incorporar plenamente el Acuerdo de París equivale a sentar las bases de nuestra convivencia y modelo económico de las próximas décadas. Exige cambios muy significativos en nuestro sistema energético, que deberá dar prioridad absoluta a la eficiencia y el ahorro, así como promover la presencia progresiva de un mix eléctrico 100% renovable. Nos obliga a modelos de movilidad distintos. Permite entablar una relación distinta entre administraciones, favoreciendo sinergias para actualizar nuestro modelo productivo y de convivencia.

Requiere revisar un sistema fiscal que representa mal las manifestaciones de riqueza y el consumo de recursos; obliga a evaluar vulnerabilidades y puntos fuertes y a proponer escenarios que identifiquen dificultades y permitan visualizar  oportunidades. Tendremos que preguntarnos qué infraestructuras necesita una economía descarbonizada y resiliente a los impactos del cambio climático, cómo aprovechar el potencial de  la era digital para vivir mejor.

Beneficios conjuntos

Necesitamos pensar qué materiales, qué alianzas para la innovación, qué acuerdos comerciales pueden acompañar el proceso acelerando sus beneficios y permitiendo ganar economías de escala a la vez que mantiene una capacidad de ajuste y corrección para enmendar lo que no funcione e impulsar lo que funcione mejor de lo inicialmente previsto, aprovechando al máximo los beneficios conjuntos de la senda de transición. 

Para todo ello será imprescindible hacer las cuentas bien y enviar las señales correctas del coste y el beneficio de utilizar una u otra alternativa, de cara a facilitar las decisiones más adecuadas entre inversores públicos y privados.

España puede hacerlo; puede abordar su futuro de forma constructiva y emplear la tan anunciada ley de cambio climático como espacio de encuentro para sentar las bases de una sociedad moderna y solidaria. Junto con Alemania y Dinamarca, hemos contribuido al despegue y abaratamiento de las tecnologías renovables y su rápida curva de aprendizaje; pero quedan pendientes muchas cosas.

Los españoles estamos mucho más preparados para abordar de forma constructiva este debate de lo que parece desprenderse de la (escasa-casi nula) acción institucional. Sigue habiendo más interrogantes que respuestas, pero qué duda cabe que un planteamiento compartido facilita el acierto en el proceso de aprendizaje y respuesta. Y la pasividad y el retraso, sabiendo y pudiendo hacer, no serán fácilmente recuperables (y a duras penas, perdonables).

 

(*) Teresa Ribera es patrona de la Fundación Alternativas y directora del Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales

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