Las elecciones presidenciales en Francia: nueve lecciones para el futuro

Por: | 03 de mayo de 2017

JOSÉ MARÍA PÉREZ MEDINA (*)

 

Emmanuel_Macron_(3)Emmanuel Macron, vencedor en la primera vuelta de las elecciones francesas. 

 

Las elecciones presidenciales francesas del pasado día 23 de abril han merecido un interés excepcional en todos los países de la Unión Europea. En España este interés tiene razones propias. En nuestra historia política se ha visto a Francia como la fábrica de ideas políticas en Europa y el exportador de movimientos sociales que luego han cruzado sus fronteras. Si a esto le añadimos las simpatías manifiestas por la candidatura de Macron por parte de Ciudadanos, la cercanía de Melenchon a los postulados de Unidos Podemos y el paralelismo entre la debilidad de la candidatura de Hamon y la crisis socialista, es fácil reconocer en la campaña electoral francesa buena parte del escenario político español, eso sí con la llamativa ausencia en España de un movimiento similar al Frente Nacional francés.

Además, se trata de elecciones que pueden servir de barómetro de los tiempos que corren. Dado el contexto de malestar ciudadano, de pérdida de prestigio de la vida política y de incertidumbres sobre la continuidad de la integración europea, a lo cual se suman los triunfos del Brexit británico y de Trump en Estados Unidos, puede decirse que los votantes franceses ponen sobre la mesa un estado de ánimo y unas explicaciones válidas para buena parte de Europa que se detallan a continuación.

  1. Los actores políticos priorizan la estrategia y la coyuntura frente a la coherencia y continuidad ideológicas, llevando la opinión política a una máxima volatilidad. En el caso francés, en los tres meses transcurridos desde el final de las primarias en enero, Fillon perdió el 6% de sus expectativas de voto, Le Pen el 5% y Hamon el 3%. Macron subió el 6%, Melenchon el 4% y Dupont-Aignan el 2%, unas variaciones que parecen excesivas para un periodo tan breve de tiempo. Aún más incertidumbre: el 27% de los votantes ha tomado su decisión de voto en el último momento, e incluso el 15% el mismo día de las elecciones.
  1. Los ciudadanos conservan su interés por la política pero con un desánimo y un pesimismo muy arraigados. Las críticas del día a día no quieren decir indiferencia ante los problemas políticos. Más bien al contrario, en Francia se aprecia una sólida participación en el proceso electoral, con un relevante 77,8%, aunque hace cinco años fuera del 79,5%. Si se considera sólo el voto de la Francia metropolitana la participación en 2017 sube al 79,6%. Entre las causas de la abstención se cita la falta de confianza en los candidatos (45%) y la falta de expectativas sobre sus resultados (36%).
  1. La inseguridad y el miedo se han convertido en trascendentales móviles del voto. El individualismo y el desclasamiento social han generado un cambio en la motivación del voto. Muchos indicios llaman la atención sobre la importancia del miedo y la percepción de inseguridad, tanto pública como económica, como elementos determinantes del voto. Los estudios post-electorales sobre los temas cruciales destacan la lucha contra el terrorismo, la delincuencia y la inmigración clandestina (votantes de Le Pen y de Fillon), junto a la lucha contra la precariedad y el mantenimiento de los servicios públicos (votantes de Melenchon y de Hamon) o la recuperación salarial y del poder de compra (Melenchon y Le Pen). Menor interés merecen los valores colectivos, como los asuntos político-judiciales (más destacados por los votantes de Melenchon y de Macron), el medio ambiente (votantes de Melenchon y de Hamon) o la educación (votantes de Hamon). Como casos especiales, los votantes de Fillon se interesan por el control de los impuestos y los de Le Pen por la mejora de las condiciones de vida en la periferia de las ciudades.
  1. Los ciudadanos ganadores y los ciudadanos perdedores de la crisis manifiestan preferencias electorales muy diferentes y diametralmente opuestas. Las nuevas prioridades de seguridad apuntan a una identificación que separa a los ciudadanos que se sienten ganadores o, al menos, supervivientes de la crisis, y a los ciudadanos que se perciben como perdedores de la crisis y la globalización. El termómetro de esta dualidad se aprecia respecto de la integración comunitaria: federalista o soberanista. Es claro que Le Pen recibe los votos de las personas con menos ingresos y que antes de la primera vuelta el 43% de los obreros franceses manifestaron su intención de votar por Le Pen, que podría ascender en la segunda vuelta al 60%.
  1. Se reivindica el papel del Estado como garante de la seguridad y protector de los más desfavorecidos. La reinterpretación de la soberanía nacional y de la capacidad del Estado para adoptar por si sólo sus opciones principales, y al margen de la UE, es una demanda creciente. Esto quiere decir que una buena parte del electorado reclama la acción del Estado al margen del aparato comunitario, que es visto con desconfianza y contrario a los intereses de los ciudadanos.
  1. Se ha extendido la desconfianza e incluso el rechazo al sistema comunitario de integración europea. La crisis del sistema de integración parece irreversible, y su percepción empieza a ser más negativa que positiva. La suma del 46% de los votantes franceses (Le Pen, Melenchon, Dupont-Aignan) que de una manera u otra ponen en cuestión la forma de realizar la integración europea no puede ser ignorada. Formalmente, la Unión Europea puede seguir adoptando decisiones y sus instituciones pueden seguir funcionando en el día a día, pero su déficit de confianza ciudadana es ya insostenible.
  1. El sistema tradicional de partidos políticos sufre una profunda crisis. Los votantes ya no depositan sus papeletas en la urna en función de su ideología, sus creencias o su concepción de las relaciones sociales, sino en función de sus intereses personales, su situación económica, su inserción social y sus expectativas para el futuro. Los partidos políticos, considerados como agrupaciones ideológicamente coherentes y disciplinadas que proporcionan una estabilidad al gobierno y un relato alternativo a la oposición han perdido gran parte del papel que les reconoció el sistema representativo. En Francia sólo el 40% de los votantes ha tenido en cuenta la etiqueta ideológica del candidato, mientras que el 80% valoraba sus proyectos y el 59% su capacidad personal.

 La socialdemocracia ha entrado en una profunda crisis al agotarse su programa reformista y mostrarse incapaz para limitar el poder del mercado, y por ello ha perdido la bandera del cambio en beneficio de otras opciones de izquierda que los votantes perciben como más sinceras. Así lo demuestran la preferencia que antiguos votantes del PS expresan ahora en favor de Melenchon y la irrupción de Le Pen en el voto obrero.

De forma más discreta, la derecha tradicional también muestra síntomas de agotamiento y sus apoyos sociales comienzan a ser insuficientes. En Francia el pensamiento conservador parte de una fidelidad elevada de voto y de una firme decisión de apoyar al candidato propuesto; pero, al igual que ocurre en España, se enfrenta a un serio problema generacional, con votantes muy envejecidos y excesivo peso de los jubilados. Las coincidencias de esta derecha con el Frente Nacional en algunos temas de interés para sus electores la convierte en el objetivo-caladero de votos principal para la extrema derecha.

  1. La opción del centro político como respuesta equilibrada frente al descontento social y la presión de los extremos se presenta ante los electores como una vía tentadora. Ante la debilidad electoral de los partidos tradicionales, se ha abierto la vía de los gobiernos de gran coalición o de unidad democrática, con la esperanza de formar un sólido bloque frente a los partidos que pretenden reformar o cambiar radicalmente las reglas del sistema político. Esta puede ser la línea de la candidatura triunfante de Macron, un producto improvisado, carente de coherencia y disciplina de partido, así como de estructura territorial, y que alerta sobre los riesgos de sustituir el papel del partido por el del líder que emerge en momentos de dudas para salvar los valores republicanos. Ciertamente esta solución tiene antecedentes en el pasado de Francia, pero la sustitución de los viejos partidos políticos por movimientos efímeros que sustentan a un candidato puede ser tan inquietante como el funcionamiento clientelar de los partidos. En este sentido, la gran duda a día de hoy es si Macron, probable futuro presidente, logrará consolidar un partido propio, tendrá que gobernar con el apoyo de diputados prestados por el PS o Los Republicanos o, sencillamente, abrirá las puertas por primera vez durante la V República a un gobierno de gran coalición.
  1. Los partidos tradicionales han desatendido la protección de los más desfavorecidos y este espacio ha sido ocupado por el populismo nacionalista. Por el momento, conviven en la realidad francesa diferentes motivaciones: las que en Francia se califican como línea conservadora-identitaria y línea soberanista-social. Es decir, que mientras que una parte de sus votantes tienen motivaciones nacionalistas y antiinmigración; otros se movilizan para reclamar al Estado un papel más activo que les garantice mayor protección, sobre todo en el empleo y el mantenimiento de las condiciones de vida que Francia ha conocido en los últimos decenios. Por ello, en Europa no asistimos en sentido estricto a un nuevo auge nacionalista, sino a una reclamación de raíz soberanista de mayor intervención del Estado en un escenario que los ciudadanos perciben como inseguro y lleno de incertidumbres.

En todo caso, el avance del voto del Frente Nacional parece que tiene sus límites. En parecidas circunstancias, en 2002 el candidato de este partido obtuvo el 16,86% de los votos. En 2017 ha obtenido el 21,53%, por lo que el avance es significativo pero no espectacular, sobre todo si se considera la intensidad de la crisis del sistema político. El verdadero test para el FN será conocer cuántos votos puede recoger en la segunda vuelta en los caladeros de votantes de otros candidatos ya eliminados, como Fillon, Melenchon o Dupont-Aignan. En 2002 apenas subió al 17,79% de los votos, pero ahora los sondeos apuntan a un porcentaje cercano al 40%. La confirmación de este resultado en la segunda vuelta supondría, eso sí, un salto cualitativo importante y, desde luego, una nueva perspectiva para el futuro y respetabilidad del Frente Nacional.

 

(*) José María Pérez Medina es politólogo e historiador

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