Luis Prados

Sobre el autor

es corresponsal en México, Centroamérica y el Caribe. Desde febrero de 2007 ha sido redactor jefe de la sección de Internacional de El PAÍS. Ahora empieza una nueva etapa.

Eskup

El orgullo de don Alejo

Por: | 27 de noviembre de 2010

 

Regreso a la ciudad de México después de unos días de trabajo en Madrid y me encuentro con que todo el mundo habla de don Alejo. ¿Que quién es don Alejo? Eso mismo pregunté yo. Así que aquí les dejo dos vídeos en los que se cuenta su hazaña. El primero corresponde a un noticiero de Milenio TV. El segundo, al corrido que ya circula por el norte del país. Ustedes deciden cómo prefieren enterarse, si a la nueva o a la vieja usanza. Y si tienen alguna opinión de por qué don Alejo, un hombre de 77 años, mexicano a carta cabal, decide defender su rancho a balazo limpio, poniendo antes a salvo a sus empleados, sin que por un momento se le pase por la cabeza pedir a las autoridades que lo defiendan de los narcotraficantes… Si tienen alguna opinión de por qué el Norte se parece cada vez más al Oeste, aquí siempre será bienvenida.

 

Balacera se escribe con be

Por: | 15 de noviembre de 2010

NiñosAcapulco

Según el historiador griego Heródoto, que vivió entre el 484 y el 426 antes de Cristo, los antiguos reyes persas tenían la curiosa costumbre de cargarse a los portadores de malas noticias. Al parecer de ahí viene la expresión “matar al mensajero”, actividad que políticos y asociados practican con regular frecuencia, independientemente de su pasaporte o adscripción política. Si algo no les gusta, la culpa es del mensajero. El último que ha sucumbido a tan veterana tentación ha sido el embajador de México en Estados Unidos. Arturo Sarukhan ha dicho que la culpa de la mala imagen de México en el extranjero es…

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Así suena la frontera...

Por: | 12 de noviembre de 2010

 

Hágame el favor de ponerse en situación: usted no vive en Madrid ni en Sevilla ni siquiera en la ciudad de México o en la preciosa San Miguel de Allende. Usted vive en cualquier ciudad del Estado de Tamaulipas, en la frontera con Estados Unidos. Pongamos que vive en Matamoros, donde hace unos días la Marina mató a un narcotraficante llamado Tony Tormenta, o en Ciudad Victoria, donde hace unos meses el crimen organizado –tal vez el cartel de Los Zetas, tal vez el cartel del Golfo—asesinó al candidato mejor situado para convertirse unos días después en gobernador del Estado. Usted va a hacer la compra en su coche y, de pronto, se encuentra con esto. Si usted viviera en Madrid, en Sevilla, en ciudad de México o en San Miguel de Allende, seguramente le hubiese dado un infarto o hubiese corrido a esconderse debajo de su auto. Pero recuerde que vive en la frontera más caliente del mundo. Allí donde la marihuana y la cocaína toman la ruta del norte y, a cambio, las armas de alto poder y los fajos de dólares viajan hacia el sur. Así que usted, ya curado de espanto, detiene su vehículo, prende el móvil y graba los sonidos de su ciudad. Se parece al final de la película Heat, pero no lo es. Es una refriega entre sicarios de dos carteles rivales y aquí las balas sí son de verdad. Así y no de otra forma suena un atardecer en Tamaulipas…

Un rostro para los invisibles

Por: | 11 de noviembre de 2010

Inmigrantes en un tren hacia EE.UU. (Foto: Isabel Muñoz)

Tal vez podría escribir ahora lo que viví allí con ellos, aquella madrugada en Ixtepec, al sur del sur de México, esperando a que llegara el imponente tren de carga que los habría de conducir hacia Estados Unidos o hacia la muerte. Tal vez podría hacerlo, recordar a Arelí, una muchacha mexicana de ojos verdes que anotaba pacientemente, madrugada tras madrugada, los nombres de las mujeres y de los hombres que se disponían a cruzar México. Mujeres y hombres que llegaban incesantemente de Guatemala, de El Salvador y, sobre todo en aquel momento, de la pequeña república de Honduras, aún más empobrecida y más violenta tras el último golpe de Estado. En aquella libreta escolar, hoja tras hoja de papel cuadriculado, Arelí iba apuntando los nombres, la edad y hasta los sueños rotos de Teresa: “El viejo de bigote abundante, ojos grandes y nariz aguileña violó a mi amiga. Del joven solo recuerdo que era bajito y tenía el pelo liso. Fue ese el que me violó a mí”.

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Un hombre muy poderoso

Por: | 10 de noviembre de 2010

Ciudad-de-mexico

Ayer desayuné con uno de los hombres más poderosos de México. No tiene nada de extraordinario. Son, si se me permite la expresión, gajes del oficio: por la mañana puedes estar entrevistando a un gitano al que están a punto de derribarle su chabola para construir la Exposición Universal y esa misma noche –no lo cuento de oídas, me ocurrió en 1991— saludando a la Reina en la celebración de la onomástica de su marido en los Reales Alcázares de Sevilla. En estos casos, me identifico con lo que cuenta Manuel Rivas en el prólogo de El periodismo es un cuento: “Creo que el hecho más irrelevante puede esconder una piedra de toque, el comienzo de un asunto interesante. Prefiero seguir a un campesino en burro que a la comitiva motorizada de Manuel Fraga, pero si es Fraga quien va en burro procuraré estar a la altura de las circunstancias…”. La cuestión es que, antes de irme por las ramas, les estaba contando que ayer desayuné con uno de los hombres más poderosos de México. Bueno… desayuné yo. Él se tomó una especie de batido muy sofisticado que, a cada rato, se deconstruía por su cuenta. Cuando eso pasaba, “uno de los hombres más poderosos de México” pulsaba un botón que tenía ante sí y un camarero de librea y bandeja de plata aparecía, removía el batido con una cucharilla de tallo largo y volvía a desaparecer silenciosamente entre bastidores.

 

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Las desventuras de El Cochiloco

Por: | 08 de noviembre de 2010

Cartel de la película 'El infierno' Debo confesar que ya la he visto dos veces. Se llama El Infierno y está haciendo furor en México. La primera vez que fui a verla, en el Cinemex que está en Insurgentes esquina con Sonora, a punto estuve de quedarme fuera de la cantidad de gente que había. Ya para entonces –y eso que apenas habían transcurrido dos semanas desde su estreno— el boca a oreja estaba funcionando a un ritmo endiablado. Un amigo mexicano me había puesto en canción: “El Infierno, la nueva película de Luis Estrada, está bien chingona, no te la puedes perder”. Había dos opciones. O ir al cine –el DF dispone de muchas y muy buenas salas— o comprar por 10 pesos –algo más de medio euro— una copia pirata en la misma puerta de Cinemex. Lógicamente, opté por ir al cine (no podría confesar aquí lo contrario). Ya había visto el tráiler y por tanto sabía de qué iba la historia. Benjamín García, El Benny, es deportado de Estados Unidos después de 20 años y, cuando regresa a su pueblo, todo ha cambiado, pero a peor. Se lo cuenta su padrino, sentados ambos en la puerta de un taller en ruinas:

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Cinthia y el miedo a volar

Por: | 08 de noviembre de 2010

Emigrantes hondureños (Foto: Isabel Muñoz)

La conocí hace unos días, en un vuelo de Continental entre la ciudad de México y Nueva York.

- ¿A usted le dan miedo los aviones?

Fue lo primero que me dijo y casi no me dio tiempo a contestarle. Enseguida añadió que se llamaba Cinthia, que era colombiana y que vivía y trabajaba en Nueva Jersey desde hacía más de 20 años. “Y usted no es mexicano, ¿verdad?”. Fue la segunda pregunta retórica. Cinthia, ya estaba claro para entonces, no necesitaba respuestas, sino ahogar con su perorata el miedo al avión. Un miedo que, según escribió Gabriel García Márquez en un artículo publicado en 1980, es el único que los latinos confesamos sin vergüenza: “Tal vez porque es un miedo distinto, que no existe desde nuestros orígenes, como el miedo a la oscuridad o el miedo mismo de que se nos note el miedo”. A esas alturas del vuelo –desde la ventanilla ya se empezaba a hacer pequeño el DF-, a Cinthia no le preocupaba lo más mínimo que se le notara el miedo, sino tan solo que la siguiera escuchando: “No sé si me presenté, me llamo Cinthia, con hache después de la te”.

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El País

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