Luis Prados

Sobre el autor

es corresponsal en México, Centroamérica y el Caribe. Desde febrero de 2007 ha sido redactor jefe de la sección de Internacional de El PAÍS. Ahora empieza una nueva etapa.

Eskup

Castro, Chávez y Ortega pierden un aliado

Por: | 24 de octubre de 2011

Gadafi
La retórica de la amistad, de la hermandad revolucionaria y la celebración de un proyecto político común se vuelve ceniza cuando al amigo, al hermano, al benefactor, en este caso Muammar el Gadafi, es muerto y probablemente linchado por su propio pueblo. La desaparición del déspota libio deja sin un aliado en la causa antiimperialista a tres líderes de América Latina: Fidel Castro, Hugo Chávez y Daniel Ortega.

Dejemos de momento aparte a Castro, que entre autócratas todavía hay clases, y busquemos en la hemeroteca, casi siempre tan cruel, a los otros dos.

En septiembre de 2009, durante la cumbre África-América del Sur, celebrada en isla Margarita, el presidente venezolano entregó al coronel una réplica de la espada de Bolívar con estas palabras: "En nombre de nuestro pueblo, de la revolución bolivariana, te la entrego a tí, soldado revolucionario, líder del pueblo libio, de la revolución libia, de los pueblos de África y líder también para los pueblos de América Latina. Lo que es Bolívar para nosotros, es Gadafi para el pueblo libio".

Gadafi correspondió regalando a Chávez una silla de montar hecha a mano y asegurándole que los dos países tenían idéntica trinchera, destino y batalla "contra un mismo enemigo", Estados Unidos, al que iban a vencer. Chávez viajó a Libia en cinco ocasiones desde 1999 y multiplicó los convenios bilaterales con Trípoli. Tras conocer la noticia de la muerte de su aliado, el líder bolivariano lo calificó de "mártir" y acusó a Washington de "incendiar el mundo".

El tirano libio fue durante años un amigo generoso del Frente Sandinista y la relación se intensificó a partir de 2007 con el segundo mandato de Daniel Ortega. Con motivo del 40ºaniversario de la revolución libia, en 2009, Rosario Murillo, la esposa del presidente nicaragüense y todopoderosa primera dama, afirmó: "Libia ha desarrollado un modelo extraordinario de poder para el pueblo, un modelo de democracia directa".

Mohamed Lashtar, sobrino de Gadafi, es asesor para asuntos internacionales de Ortega y es diputado suplente al Parlamento Centroamericano, cargo que renovará. Desde marzo, cuando empezó la guerra civil libia, el ex sacerdote y ex canciller nicaragüense Miguel D'Escoto es quien hace las veces de embajador libio en la ONU, porque EE UU le negó la visa a un diplomático libio. De momento, Ortega guarda silencio sobre el final de su amigo.

También en Europa hubo muchos que le rieron la gracias durante años a Gadafi y hasta hace unos meses varios dirigentes europeos firmaron pactos políticos y acuerdos comerciales más o menos inconfesables con el dictador, pero ninguno llegó al extremo de proclamar como hizo Fidel Castro en Trípoli en mayo de 2001 que "las revoluciones cubana y libia tienen objetivos similares". El objetivo en esta hora para los tres líderes debería ser más bien cómo evitar que sus regímenes tengan un destino similar.

FIN

12-0, nada que celebrar

Por: | 17 de octubre de 2011

Festival Vivamérica


En el colegio de curas al que yo fui de tanto en tanto nos mandaban escribir lo que llamaban redacciones. Era algo que estaba a medio camino entre lo inútil y el castigo, y solía tener por tema algo abstracto como la Virgen, el ideal, el hambre en el mundo. En ningún caso se pretendía mejorar la escritura o la claridad expositiva del alumno. Los pendejos granulientos que formábamos la clase escribíamos como podíamos nuestras basurillas pero siempre había alguno que componía un artefacto dulzón que encantaba a los frailes.

Un día el tema fue la Fiesta Nacional. La clase se dividió: unos la hicimos sobre los toros, otros sobre el 18 de Julio y otros sobre la Hispanidad o como aún se oye por ahí el Día de la Raza. Ni que decir tiene que los escritos eran indigeribles. Lo imporante era que no teníamos nada claro que tuviésemos una fiesta nacional común.

Leyendo EL PAÍS veo que Evo Morales celebró el 12 de octubre como el Día de la Descolonización y que en España, en la Fiesta de la Hispanidad, a Zapatero no le insultaron o le insultaron menos esta vez. Dos formas muy raciales de celebrar la efeméride.

En la crónica de Mabel Azcui desde Bolivia, Evo Morales clamó ante sus partidarios que los españoles, ya desde 1492, "trajeron consigo egoísmo, individualismo, sectarismo y regionalismo". Nada más y nada menos. El artículo acababa recordando que una marcha indígena contra la construcción de una carretera "avanza lentamente soportando lluvias torrenciales a su paso por la zona de Santa Bárbara-Cotapata, y se acerca a las cumbres nevadas de la cordillera, paso obligado hacia la sede del Gobierno". Una protesta digna de Werner Herzog.

La celebración española no da para tanto. Al Rey, que vio el desfile sentado, al parecer también le abuchearon menos este año y Rubalcaba y Rajoy hablaron durante 15 minutos. Cuando al candidato socialista le preguntaron qué de qué habían hablado respondió que de "deportes, la campaña electoral y la vida en general". El aspirante de la derecha dijo que "solo de fútbol".  Y cuando le insistieron replicó con esa aspereza tan nacional: "Él hablaría de lo que quisiera. Yo solo hablé de fútbol".

Ninguno de los dos tendrá que soportar lluvias torrenciales y cruzar cordilleras nevadas para llegar a ninguna parte. Y es que no hay nada como un buen diálogo de sordos. Esa característica española que también describió Cortázar en Rayuela.

En México el Día de la Raza, la Fiesta de la Hispanidad o el Día de la Descolonización pasó sin pena ni gloria. Las matanzas, el expolio, la onda expansiva del sufrimiento que causó la Conquista ya está en los libros de historia y en el arte. Menos conscientes son tal vez algunos mexicanos de que herederon muchos de nuestros defectos como esa tendencia a la autoflagelación, el complejo de que somos y seremos una calamidad -algo que en España solo ha cambiado con las últimas generaciones-, la redacción de leyes tan  ideales como impracticables, la falta de consenso o un autoritarismo atemperado por la negligencia, entre otros. Lo dicho, nada que celebrar.  

 

México debate prohibir los toros

Por: | 07 de octubre de 2011

La plaza de toros monumental de Aguascalientes (México), con el Alejandro Prado

El país de los Jaguares de Chiapas, los Zorros del Atlas, las Chivas de Guadalajara, los Tigres de Nuevo León, los Pumas de la UNAM y de las peleas de gallos y de perros está en trance de prohibir los toros. La Asamblea legislativa de México DF tiene previsto debatir una iniciativa del Partido Verde, apoyada por el PRI y parte del PRD, para acabar con la fiesta de los toros. España exporta el botellón y los indignados y Cataluña, por la parte que le toca, la lucha contra el maltrato animal o simplemente una moda más.

La discusión solo acaba de empezar pero ya levanta pasiones. El empresario de la Plaza de México, Rafael Herrerías, ha declarado al diario El Universal que la prohibición tendrá que hacerse por encima de su cadáver y que cada corrida genera 1.200 empleos directos y más indirectos. Sus críticos dicen que es ir un poco lejos llamar empleos a lo que son propinas y limosmas.

Las corridas de toros en México se remontan a 1535. Al parecer, un primo de Hernán Cortés se trajo además de caballos una selección de toros bravos de raza navarra, según cuenta en el periódico citado el matador Manolo Arruza, hijo del también torero Carlos Arruza. Las primeras corridas se celebraron en donde está hoy el Zócalo y debió de arraigar porque pueblos indígenas en el Yucatán hicieron su propia interpretación de esta tradición. 

En México hay casi 300 ganaderías y en opinión de los expertos el toro de aquí es más puro que el de España. La fiesta en este pais tiene una fuerte impronta española -en su contexto no resulta grosera la palabra cogida- y el programa más antiguo de la televisión, 35 años en emisión, se llama Toros y Toreros. Sin embargo, la plaza de México con un aforo en el que caben 50.000 aficionados raramente se llena.

Recuerdo ahora las noches de cierre compartidas hace muchos años años con el grande, entrañable e inolvidable Joaquín Vidal en la sección de Cultura de EL PAÍS. De vez en cuando yo iba a buscar teletipos y le traía los de toros. Recuerdo que hubo uno en particular que nos gustó especialmente. Era de la agencia Efe y llevaba este titular: "Lluvia de apéndices en Plaza México". Cuando acábabamos, de madrugada, Joaquín me acercaba al centro en su viejo y lustroso Mercedes plateado que conducía a diez por hora. ¡Qué solos nos estamos quedando, maestro!.

Mestizo

Por: | 03 de octubre de 2011

Llego a Inmigración con todos mis papeles y en actitud supersimpática dispuesto a pasar la prueba. La chica de la ventanilla, que sí lo es de verdad, me dice que todo está en regla menos un papel que debo rellenar allí mismo. Son los datos de siempre, lugar y fecha de nacimiento, etc. De pronto llego a una casilla que pone "Raza". No quiero fallar y le pregunto:

- Aquí, ¿qué pongo? ¿blanca?

-"Noo, mestizo", me responde.

Ante mi perplejidad me explica: "Blanca es para güeritos de ojos azules..."

Los trámites avanzan y hasta he encontrado un apartamento en una calle y una esquina con nombres fáciles de decir. No me veía llegando a casa por la noche y balbuceándole al taxista grupos silábicos prehispánicos impronunciables para mí.

Para completar la instalación debo hacerme de un equipo de fútbol mexicano. Me hablan bien del Chivas de Guadalajara, le dicen el "rebaño sagrado", todos los jugadores son mexicanos y van de rojiblanco, un dato  que podría ser clave. También de los Pumas, el "equipo felino" de la UNAM. Y si de verdad lo que quiero es sufrir me recomiendan el Atlas. Visten de rojinegro y no ganan la Liga desde hace medio siglo. Sin embargo, creo que ahora que soy mestizo merezco otra oportunidad.

Para no decidir de oídas me voy a ver el Pumas-América, partido de máxima rivalidad adelantado al sábado para evitar riesgos al ser el domingo, 2 de octubre, aniversario de la matanza de estudiantes de Tlatelolco en 1968. En el Ciudad Universitaria, el Estadio Olímpico del DF, hay un gran despliegue policial. Paso por un pasillo de agentes, me cachean, me registran la mochila y me piden que entregue el cinturón a unas chicas del fondo. Muestro mi extrañeza y el policía me explica que puede ser "lanzado como arma". Me quedo con la mochila, entrego el cinturón y por 10 pesos me dan un papelito con un número.

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