Apuntes científicos desde el MIT

Apuntes científicos desde el MIT

Este Blog empezó gracias a una beca para periodistas científicos en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en Boston, donde pasé un año aprendiendo ciencia con el objetivo de contarla después. Ahora continúa desde Nueva York buscando reflexiones científicas en otras instituciones, laboratorios, conferencias, y conversando con cualquier investigador que se preste a compartir su conocimiento.

Sobre el autor

Pere Estupinya

. Soy químico, bioquímico, y un omnívoro de la ciencia, que ya lleva cierto tiempo contándola como excusa para poder aprenderla.
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Libros

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En esta nueva aventura científica que recorre desde laboratorios y congresos de medicina sexual hasta clubs de sadomasoquismo o de swingers, Pere Estupinyà nos ofrece la obra más original y completa que ningún autor hispanohablante haya escrito nunca sobre la ciencia de la sexualidad humana.

El ladrón de cerebros La ciencia es la aventura más apasionante que puedas emprender.
En El Ladrón de Cerebros, Pere Estupinyà se infiltra en los principales laboratorios y centros de investigación del mundo con el objetivo de robar el conocimiento de los verdaderos héroes del siglo XXI —los científicos— y compartirlo con sus lectores. El Ladrón de Cerebros

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¿Prefieres la cerveza suave a la amarga? ¿sufres más que tus amigos si te toca el pimiento picante? ¿aprecias mejor los aromas sutiles en un buen vino; y toleras menos uno con demasiada acidez? ¿prefieres la ensalada sin salsas que potencien en exceso su sabor? ¿te molestan los postres excesivamente dulces y empalagosos?... ¡Puedes ser un “supertaster”! Es decir; estar entre el aproximadamente 20% de personas que tienen más papilas gustativas en su lengua y experimentan más intensidad en los sabores. Para lo bueno, y para lo malo. Fíjate en estas dos lenguas teñidas de azul (sí; son dos lenguas). Cómo podéis observar, la de la izquierda tiene muchos menos bulbos blanquecinos que la de la derecha. Esta de la derecha corresponde a un supertaster; alguien que disfruta más con ciertos sabores que a otros les parecen insípidos, y que siente aversión por los que resultan demasiado intensos. Pero no sólo eso. Según los estudios que presentó durante la reunión anual de la AAAS en Washington DC Linda Bartoshuk (investigadora de la Universidad de Florida y creadora del concepto supertaster), esta percepción del sabor tiene origen genético, afectaría al tipo de alimentos consumidos, y podría estar asociada a diferente riesgo cardiovascular y prevalencia de cáncer de colon.

Amargo es la gran diferencia. La prueba más utilizada para diferenciar individuos supertasters, medium-tasters y non-tasters, es poner encima de tu lengua un papel impregnado con una sustancia química llamada propylthiuracil (PROP). Si su amargura te genera repulsión inmediata, eres un supertaster. Si notas el amargo pero lo toleras bien, serás un medium-taster (lo más habitual entre la población). Y si prácticamente no percibes nada peculiar; un non-taster. Dicho de otra manera: si te gusta el zumo de naranja pero el de pomelo te parece excesivamente amargo, o evitas vegetales como el brócoli o la berenjena, o prefieres las cervezas suaves a las amargas, puedes ser un supertaster. Tíñete la lengua para comprobarlo. O analiza tu ADN. Según varios estudios realizados por el grupo de la Dra. Bartoshuk, hay diferentes variantes de los genes TAS2R asociados a la percepción del sabor amargo.

Respecto al picante; las papilas gustativas están rodeadas de fibras implicadas en la sensación de quemazón. Por tanto, a los supertasters -con mayor número de bulbos gustativos- el chile, el curry o los pimientos del padrón picantes, les irritan mucho más. Se ha observado que suelen frecuentar en menor grado cierto tipo de restaurantes, como los indios.

También parece que los supertasters son más sensibles a las texturas grasas, y como consecuencia, necesitan menos cantidad para experimentar esa sensación placentera de suavidad que nos generan. Los supertasters echan menos aceites y salsas a las ensaladas, y en general siguen dietas con menos ingesta de grasas.

El sabor es una combinación de lo percibido por las papilas gustativas y los aromas que llegan por la respiración retronasal. Bartoshuk reconoce que la satisfacción final ante un alimento va mucho más allá de las moléculas que reciben los bulbos gustativos, y que factores como la educación, cultura, entrenamiento, fumar, o edad influyen sobremanera. Por eso insiste en que ella habla sólo de diferencia en intensidad, y utiliza la siguiente analogía: “los supertasters experimentan la comida con luces de neón, y los non-tasters con pocas papilas gustativas en tonos pastel”. En las encuestas que ha realizado con diferentes tipos de alimentos, constata que entre los supertasters hay muchas más valoraciones en los extremos del “me gusta mucho” y el “no me gusta nada”. Eso tiene consecuencias. Por ejemplo, se ha visto que entre los chefs hay más supertasters que entre el resto de población, ya que son capaces de apreciar mejor las sutilizas y detectar los sabores ligeramente molestos.

Por otra parte, ser un supertaster no es ninguna bendición. Para los supertasters la comida es más sabrosa que para los non-tasters, pero también más irritante. Cierto que puedes apreciar una deliciosa combinación de sabores sofisticados, pero te disgustará más un vino mediocre o platos de sabor demasiado intenso. Se ha observado que los supertasters son más caprichosos con la comida, y más reticentes a probar una amplia variedad de estilos culinarios.

Bartoshuk empezó sus trabajos mostrando diferencias considerables en el sentido del gusto hace unos 10 años. Desde entonces, en unos estudios que debemos tomar más como hipótesis que verdades corroboradas, dice haber encontrado vinculación entre la diversidad en el sentido del gusto y el consumo de alcohol, cáncer de colon, de cuello, y riesgo cardiovascular. La relación parece obvia: diferentes preferencias en comida implican diferentes tipos de dieta. Y por tanto, diferente salud: Los supertasters ingieren menos azúcares y grasas y sufren -de media- menor obesidad y riesgo cardiovascular. También beben menos alcohol porque les irrita más. Esto, junto con que fuman menos, les disminuye el riesgo de cáncer de cuello y cabeza. En cambio, debido a que comen menos vegetales porque les molesta su sabor amargo, suelen padecer más cáncer de colon. Todas estas relaciones están publicadas en revistas científicas de referencia. Pero como indicios interesantes a tener en cuenta; no como certezas fuera de discusión.

Bartoshuk despidió su abarrotada conferencia en la AAAS explicando el proyecto que está realizando con 53 variedades de tomate; cuyo objetivo es averiguar el sabor perfecto y así intentar incrementar el consumo de vegetales entre la población estadounidense. Puede ser útil. Quien sabe. De momento, curioso como conversación de fin de semana sí lo resulta.

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AAAS: Tus recuerdos pueden ser implantados

Por: | 21 de febrero de 2011

Pasar 3 días inmerso en el congreso anual de la Sociedad Americana para el Avance de la Ciencia –la sociedad científica más grande del mundo y que publica la revista Science- es como visitar un buffet libre de ciencia exquisita. Con la diferencia que por muchos cerebros que devores no logra saciarte y terminas con más hambre de conocimiento del que empezaste.

El encuentro de la AAAS no es un espacio pensado para presentar los estudios más novedosos. Más bien se trata de sesiones donde expertos de diferentes disciplinas discuten si pueden encontrar indicios de futura psicopatía en niños (y si el entorno influye en que se conviertan en asesinos o directivos exitosos), analizan la peculiar tipología de los planetas extrasolares encontrados por Kepler, contrastan visiones sobre cómo transformar la agricultura para alimentar a 9 mil millones de personas –y si los trangénicos son imprescindibles para ello o no-, presentan sus últimos avances en superconductores, brazos biónicos conectados al cerebro, o diseño de genes con funciones noveles. Contrastan visiones sobre el estado de las diferentes fuentes de energía, anuncian disciplinas emergentes como la aeroecología, se habla de la necesidad de potenciar otras como la diplomacia científica, discuten por qué son tan poco eficientes comunicando el cambio climático, se quejan ante John Holdren del malestar por la congelación de presupuestos, resaltan aspectos de investigación militar y bioseguridad nacional…

Esta aparente falta de grandes titulares hace las sesiones menos noticiables ante los medios. Pero en absoluto menos interesantes. Por eso atrae a más de 1.000 comunicadores científicos, de los que buscan ideas y comprensión más allá de las “noticias” que publican cada semana Science o Nature. Es gozo, alimento e inspiración.

A la lista de antes añade discusiones sobre la situación real del LHC, nuevos candidatos a materia oscura, si la transmisión del HPV por sexo oral también puede causar cáncer, los beneficios cognitivos de hablar dos lenguas aunque se parezcan tanto como catalán y castellano, cómo afectará una gran tormenta solar a nuestro mundo tecnológico, el estado de los océanos, la lucha contra el sida o la tuberculosis, nuevos enfoques multidisciplinares a enfermedades neurodegenerativas, los microorganismos que crecen en las barbas, radares inspirados en murciélagos… y muchísimo, muchísimo más.

Abrumado al ver el programa, constatando que el saber quizás no ocupa lugar pero sí tiempo, decides una vez más rascar donde no pica y deslizarte por el congreso sin presiones guiado únicamente por tu curiosidad e instinto de ladrón de cerebros. Acumulas ideas y conversaciones como para rellenar 3 apasionantes meses de posts en caso de tener tiempo y un mínimo apoyo. Como omnívoro de la ciencia, a ti te apasiona todo. Sabes que tus lectores son más diversos, y no te decides por dónde empezar. Priorizas la emoción, y escoges el momento más emotivo del congreso.

Tus recuerdos pueden ser implantados

Elisabeth Loftus subió al escenario a recoger el “Premio a la libertad y responsabilidad científica” por el impacto de sus estudios en memoria humana.

Pero como cualquier deportista que tras enormes sacrificios logre ganar un anhelado título, o músico que recibe la ovación de un público entregado, actriz cuyos compañeros le otorgan un sentido premio, maestra voluntariosa que es felicitada por sus exalumnos, o escritor que recibe cariñosos mensajes anónimos por su obra, Elisabeth Loftus irrumpió a llorar delante de sus colegas científicos al constatar que las largas horas pasadas diseñando estudios, contrastando datos, y sacrificando hipótesis, finalmente habían contribuido a mejorar un poquito la sociedad. Al fin y al cabo; ésta es la principal motivación que mueve a la inmensa mayoría de científicos vocacionales. La sala se puso de pie.

La psicóloga Elisabeth Loftus empezó su carrera investigando las funciones básicas de la memoria humana, y cómo la mente clasifica y recuerda la información. Poco a poco empezó a constatar que los recuerdos eran mucho más frágiles y maleables de lo que en la literatura científica estaba establecido. Vio que incluso factores sutiles como la manera de realizar una pregunta sobre el pasado modificaban el recuerdo de la experiencia que se relataba. Y lo más trascendente; estudios con testigos oculares pusieron de manifiesto que ante situaciones de estrés emocional podemos llegar a imaginarnos experiencias que quedan fijadas como si hubieran sido reales.

De hecho, de los más de 250 casos de prisioneros que han sido liberados tras demostrarse por análisis de ADN que eran inocentes, se ha visto que la mayor parte habían sido inicialmente imputados por la declaración basada en “falsas memorias” de un testigo ocular. La Dr. Loftus ha testificado en más de 200 juicios, y no sin cierta controversia, en algunos estados testigos oculares han sido desestimados cuando se sospechaba de una memoria implantada y no había otras evidencias para corroborarlo.

El “Síndrome de Falsa Memoria” desarrollado por esta actual catedrática de ecología social y ciencia cognitiva de la Universidad de California-Irvine, también ha generado polémica entre psicoterapeutas. Según sus trabajos, abusos, experiencias traumáticas, y muchos de los recuerdos “revividos” durante sesiones de psicoterapia pueden no corresponder a memorias reprimidas, sino haber sido implantados a posteriori. Incluso inducidos por el terapeuta. A partir de el “síndrome de falsa memoria” algunos psicólogos han llegado a declarar “muerta” a la terapia regresiva.

Elisabeth Loftus lleva 40 años investigando la memoria humana y constatando lo manipulable que es por el estado emocional que nos induzcan, la manera en que se intente recordar, o hasta fotografías amañadas. Es considerada uno de los 100 psicólogos más influyentes del siglo XX, y es la mujer con ranking más alto de la lista. Representa uno de los muchos ejemplos de cómo la ciencia cognitiva, la biología, la astrofísica, o la química va cambiando la manera cómo nos percibimos a nosotros mismos, y generando avances en la sociedad. Seguiremos explorando los próximos días desde Boston, Yale, y Nueva York, y retomando ideas pescadas durante el congreso de la AAAS.

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Proyecto “un millón de genomas” vs el excepcionalismo genético

Por: | 15 de febrero de 2011

Viernes 11 de febrero. Campus principal de los Institutos Nacionales de la Salud de EEUU en Bethesda, Maryland. Simposio “Trazando el camino hacia la medicina genómica”, en el que grandes figuras de la genética como Eric Lander, Francis Collins, Eric Green o el co-descubridor de la estructura del ADN James D. Watson se reunían para felicitarse por los avances conseguidos durante la primera década de vida del genoma humano, y discutir el plan estratégico publicado el día anterior en la revista Nature para encaminar la investigación en genética humana hacia la mejora de la práctica clínica.

Tras varios ponentes dando grandes muestras de satisfacción y optimismo, el último conferenciante se dirigió a los asistentes diciéndoles “debéis abandonar este excepcionalismo genético desmesurado, y no transmitir mensajes engañosos al público”. ¿En qué estado se encuentran las promesas de la era genómica? Depende a quien preguntes.

RELATO DE UN SIMPOSIO

Eric Green: “Falta mucha ciencia todavía”

Green es el director del Institute Nacional de Genética Humana y autor del plan presentado en Nature. Su mensaje principal es “los progresos científicos en esta primera década han sido impresionantes. Estamos muy satisfechos. Pero debemos reconocer que nos falta muchísima ciencia básica para aprender antes de integrar la medicina personalizada en la práctica sanitaria”. Oyendo a Green, te dan ganas de decirle que ya volverás a visitarle dentro de una década.

Su plan es poco específico, y más bien parece un recordatorio de las pautas a seguir según los cánones de la ciencia del siglo XX.

Lo ilustra esta figura que aspiran se convierta en icónica del avance de los cinco dominios de la investigación en genómica: 1-estructura del genoma, 2-biología del genoma, 3-biología de la enfermedad, 4-ciencia médica, y 5–mejora del sistema sanitario. Atendiendo a ella; pocos avances prácticos (columna derecha) podemos esperar en la década de 2011-2020 (línea 3).

Francis Collins: “Los éxitos clínicos ya han llegado”

El director del NIH y líder del proyecto Genoma Humano Francis Collins se muestra más optimista. Por lo menos en público. Se dice que los medios de comunicación suelen dar exagerar esperanzas, pero él representa al sub-grupo de científicos que más las alimenta cuando le conviene.

Defiende que la era de la medicina genómica ya ha empezado con casos exitosos que 10 años atrás eran impensables. Son los puntitos que veis en la línea 2. Lo más interesante de su participación fue detallar su apuesta por la creación de un nuevo Instituto del NIH que trabaje con la agencia del medicamento y la industria farmacéutica para invertir dinero público en el desarrollo inicial de fármacos. Es un asunto que está suscitando cierta polémica, pero cuyo objetivo claro sí es ensanchar el puente entre la investigación básica y la terapia clínica.

Eric Lander: “Satisfacción por lo conseguido, y el proyecto un millón de genomas”

Eric Lander director del Broad Institute del MIT es posiblemente el genetista más completo, o más en forma, o más reconocido, o más poderoso del mundo. Desde la doble perspectiva de la ciencia básica y el interés industrial/económico, en su charla –y en este completísimo artículo publicado en Nature- dio un genial repaso de las principales sorpresas de la primera década de vida del genoma: el inesperado abaratamiento extremo de la secuenciación, el crecimiento exponencial de polimorfismos genéticos asociados a enfermedades comunes, , elementos del genoma no codificantes, transposones, epistasis, funciones del ARN, nuevos tipos de genes, mismas alteraciones genéticas que afectan a enfermedades muy diferentes… y mucho más.

Existe una cierta sensación de saturación en el mundo de la genética: de manera unánime se opina que los progresos en investigación básica sobre la comprensión de la estructura del genoma humano han sido descomunales, pero también se admite haber descubierto que la tarea es más compleja de lo que se pensaba. Y que el cuello de botella estará en las herramientas bioinformáticas para gestionar tanta cantidad de información

Lander habla de que la genómica ha transformado la práctica de la biología, y su principal propuesta para los próximos años es aprovechar el abaratamiento de la secuenciación para realizar mapas y catálogos genéticos, e ir haciendo estudios comparativos. El proyecto Atlas de genomas cancerígenos es un buen ejemplo. Pero Lander va más allá y sugiere crear algo tipo un “One Million Genomes Project” que se convierta en una base de datos con la que hacer todo tipo de investigaciones básicas y epidemiológicas.

“Cáncer, investigación, Watson, los primeros genomas secuenciados, y el NYT”

Muchos aspectos técnicos en el resto del congreso, y aparente consenso en que el cáncer será la enfermedad común en que primero empezaremos a notar progresos relevantes. Ya han empezado, con adecuación de dosis de quimioterapia al perfil genético, caracterización de diferentes tumores, o establecimiento de riesgo con genes fuertemente asociados a la aparición de cánceres. De nuevo; la “cura del cáncer” no llegará un día determinado como si fuera un bosón de Higgs. Será un goteo y progreso constante.

James Watson participó en la mesa redonda con gente que había secuenciado su genoma. Pero más allá de las bromas y argumentar que la información genética sólo debía conocerse cuando podía servir para algo, no aportó mensajes muy relevantes.

Después de tanto dato científico, representó una bocanada de aire fresco la participación de una periodista del New York Times, que con fotografías de individuos y una sonrisa contagiosa, acusó a los investigadores allí presentes de no hacer esfuerzos suficientes en transmitir al público el sentido de sus investigaciones. También mostró la página que aparece en la revista Science cuando quieres leer un artículo cuyo contenido es de pago. En ese ensañamiento del puente que dibujaba Collins, la difusión de la cultura científica juega un papel fundamental

Maynard Olson “Ciencia básica distraída, y contra el excepcionalismo genético”

El último conferenciante fue presentado como alguien cuyas reflexiones siempre resultan de interés. Maynard Olson, genetista de la Washington University, tenía una pinta y tono de voz soporífero hasta que a los pocos segundos de empezar dijo “creo que ustedes se están dejando llevar por un excepcionalismo genético desmesurado, y se están dedicando a poner más ceros en lugar de abordar directamente la mejora de la práctica clínica”. Ese era el cerebro que quería robar finalizado el evento.

La expresión “excepcionalismo genético” se refiere a concebir la información genética como si fuera mucho más poderosa y determinante que la información no genética. Para Olson –y en realidad para muchos otros- nada indica que sea así. La información genética será muy útil, pero tanto como nuestro historial familiar u otros análisis médicos convencionales. Salvo en unos pocos casos de trastornos con componente genético muy marcado, para la inmensa mayoría de enfermedades comunes el componente genético será uno más de la balanza. No nos va a descubrir secretos ocultos, como a veces se da a entender desde un excepcionalismo genético alimentado por exageradas expectativas.

Preguntado sobre si los propios científicos generan estas expectativas, su respuesta es contundente: “Claro. Los investigadores muestran una cara frente al público, e intentan jugar con los periodistas. Y a veces les interesa crear grandes esperanzas. Craig Venter es el caso más claro. Francis Collins lo hace de manera más sofisticada. Pero si te fijas en los últimos libros que se están publicando sobre el tema, ves que no son realistas. Es un mensaje engañoso para el público”.

Igual de claro se muestra respecto los tests genéticos tipo 23andme: “No sirven para nada. Quizás como herramienta educativa para familiarizar a la gente con la genética. Pero la información que obtienes es irrelevante para el cuidado de la salud. Tienen éxito por la novedad y la fascinación que en alguna gente despierta la genética”.

Fascinación, y también temores fruto de –según él- este “excepcionalismo genético”: “si te fijas en las discusiones sobre privacidad y discriminación por compañías aseguradoras, es como si la información genética nos pareciera más determinante que el historial familiar, o el estado de salud. No tiene mucho sentido. Porque no será así, y porque ni los científicos ni las aseguradoras saben interpretar esta información”. Maynard Olson matiza que “No quiero parecer descorazonador. En el cáncer por ejemplo ya ha habido progresos, y las esperanzas son enormes. Sin duda la información genética es valiosísima. Yo también secuenciaría un millón de genomas como apunta Eric Lander, pero de pacientes reales que acudan al médico. Debemos pensar siempre en la práctica clínica. No se pueden secuenciar 1 millón de genomas sólo como una herramienta de investigación”.

Éste es un punto que Olson extiende a gran parte de la investigación en biomedicina cuando dice que “se invierte en poner ceros”. Su crítica es que los científicos van ahondando cada vez más y más en estructuras de ADN, detalles de señalización celular, complejas rutas metabólicas… y se están separando demasiado del fin principal por el que investigan: mejorar la salud. En este sentido, Olson propone utilizar fondos para mejorar esta transición. Maynard Olson no busca polemizas. Sólo presenta un contrapunto discordante; muy a tener en cuenta.

Ningún anuncio sonado durante estas celebraciones del décimo aniversario del genoma. Se trata de una ciencia que avanza paso a paso, con un lenguaje costoso, y sin grandes sorpresas que justifiquen llamativos titulares. Pero sabemos que es quizá la que más directamente afecte a nuestras vidas en un futuro próximo. Por eso continuaremos con el reto de intentar seguirle regularmente la pista.

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Festival de chistes científicos!!!

Por: | 03 de febrero de 2011

No sé qué debió ocurrir esta pasada noche, pero cuando por la mañana abrí mi cuenta de twitter, habían recibido varios chistes científicos. Deduzco que alguien quiso seguir el hilo de un tweet que escribí hace varias semanas:

El caso es que los retwitteé y llegaron varios más. Me hicieron tanta gracia, que expliqué algunos durante la sección científica que preparo quincenalmente en Versió RAC1. Resultado: hilarante. Varios oyentes empezaron a pedir la lista de estos incomprensibles chistes. Aquí va, en orden de llegada a mi cuenta:

Sugerencia: Votemos por nuestros favoritos, y mandadme vía comentarios o twitter todos los nuevos chistes científicos que descubráis. Ya veremos qué hacemos con ellos.

(Advertencia: Tener que explicar un chiste después de contarlo es lo peor. Pero ante estos nerds, queda permitido en los comentarios)

Festival del humor científico:

1- @Sonicando

¿Sabes lo que es un langostino? ...una gamba con triple enlace...

2-@100xCIENCIA

Se me ha acabado el pan integral, tendré que derivar una tostada...

3-@jcsoutowielgus

Si no eres parte de la solución, entonces eres parte del precipitado…

4-@jcsoutowielgus

¿Por qué los osos blancos se disuelven en agua? - Porque son polares

5-@efecseebeck

¿Qué hacen dos electrones de la órbita de Bohr cuando impactan sobre un metal?... Planck!

6- @efecseebeck

A neutron comes into a bar and asks for a drink, how much? And the bartender says "for you not charge"

7- @DaniEPAP

Los radicales libres han revolucionado la Química

8- @IsmaelLabrador

¿Qué ruido hace un electrón cuando cae al suelo? ¡Planck! ¿Y cuando eructa? ¡Booooooooohr!

9- @entomoblog

¿Cómo se llama la esponja que mueve o inclina al sueño? Soporífero

10- @CienciaKanija

¿Que es un oso polar ? Un oso rectangular, después de un cambio de coordenadas

11- @100xCIENCIA

¿Por qué Heisenberg murió virgen? Porque cuando encontraba la posición no encontraba el momento, y viceversa

12- @Martita_Rojas

¿Cómo se suicida un electrón? Tirándose de un puente de hidrógeno....

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Son los doce primeros chistes que llegaron. Sin filtro. Yo reconozco haber soltado alguna caracjada. Pero como os decía: ampliemos la lista. Y si alguno no se entiende; preguntad.

Una pista ya sobre el primero...: La palabra “gamba” debería ser en realidad “langosta”. Pero con enlace simple en lugar de triple.

Cuanto nerd, Darwin mío…

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La música empapa todo tu cerebro

Por: | 02 de febrero de 2011

Patricia es flautista profesional. Vive en Berlín, y estaba de vacaciones navideñas en Barcelona cuando tras la presentación de “El ladrón de cerebros” vino a decirme que quería hablarme sobre neurociencia y música. Patricia está convencida de que su cerebro, y el de cualquier persona que durante años haya pasado tantísimas horas al día interrelacionando sentidos, emociones, y movimientos precisos al tocar un instrumento, debía por fuerza ser diferente. Los efectos del aprendizaje musical merecían ser investigados.

Como veremos en el artículo “Do musicians have different brains?” publicado en la revista Clinical Medicine, no estaba en absoluto equivocada. Pero incluso se quedaba corta. Según los neurocientíficos de Harvard autores de “Music Making as a Tool for Promoting Brain Plasticity across the Life Span”, los efectos de la música en hasta doce áreas diferentes del cerebro son tan notorios, que: 1- se está convirtiendo en una de las mejores herramientas para investigar científicamente la plasticidad neuronal, y 2- se empiezan a diseñar terapias musicales específicas para rehabilitación tras lesiones cerebrales, o estimular regiones del cerebro que presentan poca actividad. Patricia cree que la sensibilidad extrema desarrollada por los músicos ante la música, puede ser incluso perjudicial. En el caso de la violinista Christen Lien, fui yo quien me acerqué a felicitarla después de su actuación en TEDxoilspill, donde evocó con su violín las emociones experimentadas en la costa de Louisiana frente al catastrófico vertido de crudo en abril de 2010.

Cuando hablamos días después, me dijo que durante un tiempo sólo pudo componer en tonalidades menores (asociadas inconscientemente a sentimientos de tristeza), y que poco a poco se fue forzando a tocar con tonos mayores para recobrar un estado de ánimo positivo. Para Christen la música es pura emoción, y está convencida que dicha manera de modular sonidos para expresar sentimientos debía estar impregnada en nuestro cerebro incluso antes del origen evolutivo del lenguaje articulado. Lo segundo es controvertido, pero como explica este review en la revista Cell “Towards a neural basis of music-evoked emotions”, las técnicas de neuroimagen están revelando que la música es capaz de modular todos los mecanismos cerebrales relacionados con las emociones complejas, más allá de la sensación placentera básica de disfrutar con ella. Pero vayamos por partes, que el tema es desbordante.

Talentos no tan innatos

El estudio neurocientífico de la música está reafirmando uno de los grandes cambios de paradigma de las últimas décadas. El cerebro es muchísimo más plástico y maleable por experiencias y aprendizaje de lo que se pensaba. El aprendizaje musical modifica el cerebro. Tanto, que el carácter innato de la genialidad pierde consistencia. Sin duda podemos nacer con mucha mayor predisposición, pero todo indica que el virtuosismo musical es consecuencia de una temprana exposición a la música, y los neurocientíficos hablan incluso de coincidencia con etapas clave en el desarrollo del cerebro.

En su libro Musicophilia Oliver Sacks explica el caso de Derek Paravicini, un chico ciego de nacimiento, con autismo y ligero retraso mental, que tiene sin embargo oído absoluto y una destreza para tocar el piano absolutamente extraordinaria. Se especula que sus incapacidades favorecieron que a una temprana edad, áreas de su cerebro se especializaran en la música.

Estudios demuestran que los niños aprenden música más rápido que los adolescentes, y que el entrenamiento musical puede mejorar sus capacidades lingüísticas. Pero la plasticidad neuronal no sólo se debe aprovechar en la infancia; el cerebro adulto continúa siendo maleable. Los músicos son la mejor evidencia.

Estudios post mortem de músicos en el siglo XIX ya distinguieron estructuras diferentes en zonas cerebrales relacionadas con la función motora, pero en estudios recientes de neuroimagen se ha identificado -por ejemplo- que el área anatómica donde se procesa el movimiento de los dedos es diferente entre guitarristas (que requieren más precisión en la mano izquierda), y pianistas (en la mano derecha). Corpus callosum, Heschl’s gyrus, cortex frontal, cortex temporal, cortex superior parietal… son algunas de las regiones especializadas en el cerebro de los músicos debido a su constante entrenamiento. Y además están más interconectadas entre ellas.

El la revisión de Cell, Stefan Koelsch describe también mayor actividad –tanto en músicos como no músicos- en el área central del procesamiento de emociones: el sistema límbico y la amígdala. Pero también en sistemas más complejos como el hipocampo o áreas del cortex relacionadas con emociones más sofisticadas. Cuando bajo un escaner de imágenes de resonancia funcional se logra una experiencia musical intensa, todo el cerebro parece empaparse de música. Son esta gran activación, la plasticidad cerebral, y el vínculo estrecho con las emociones, justo lo que refuerza la idea del uso terapéutico de la música.

Terapias musicales

La idea básica es sencilla: la música puede activar áreas específicas del cerebro que funcionan de manera anómala, y aprovechar la plasticidad neuronal para regenerarlas. Son ideas que a menudo conducen a la exageración o aplicaciones prematuras. Por ejemplo, hay fuertes indicios de que la música puede ser beneficiosa contra la depresión por la activación de amígdala, hipocampo o nucleus accumbens; pero las evidencias empíricas todavía no han llegado de manera sólida. Sí en cambio con pacientes que han sufrido una lesión cerebral. En su recuperación, tocar un instrumento es más eficiente que realizar otros movimientos; posiblemente por la mayor conectividad cortical y la potenciación que generan las emociones. Los neurocientíficos están investigando qué tipo de tarea musical puede ser más eficiente ante diferentes trastornos.

Oliver Sacks explica en Musicophilia su famoso caso real de la película “Despertares”.

En ella pacientes catatónicos a causa de una encefalitis despiertan gracias al fármaco L-dopa, pero el joven Sacks observó anonadado progresos similares con la música. Es especulación; pero podría estar activando alguna parte del cerebro de manera análoga a la droga.

Misterioso también el caso de Matt Giordano; un joven aquejado de Tourette cuyos continuos tics y movimientos descontrolados desaparecen mientras toca la batería. Desde su insonorizada casa, explica que no podría vivir sin esta terapia.

O pacientes con amusia como Ann Barker. Si ves un tests de daltonismo, te puede resultar sorprendente que alguien no distinga entre el verde y anaranjado para apreciar el número oculto. Lo mismo ocurre cuando en el documental Ann se expone a dos notas claramente diferentes, y las considera idénticas. Ella es una de las personas que no puede distinguir la música del ruido.

El origen evolutivo de la música

¿Es la música un afortunado subproducto de la complejidad del cerebro, o tuvo un papel adaptativo en nuestro pasado como especie? Como en muchas otras discusiones entre psicólogos evolucionistas, hay más opiniones que ciencia. La frase más repetida sobre el origen evolutivo de la música la escribió el psicólogo Steven Pinker en su aclamado “How the mind works”, cuando definió la música como un “auditory cheesecake”. Se refería a que de la misma manera que nuestra afición por el pastel de queso no tiene por sí sólo un valor adaptativo, sino que es una consecuencia posterior de nuestro deseo por ingerir azúcar y grasa; la música también es un derivado moderno del lenguaje y –como el pastel de queso- es totalmente prescindible a los ojos de la selección natural. Para algunos neurocientíficos, el hecho que involucre a tantas áreas diferentes del cerebro también la hace más cultural que innata.

Dicha idea ha sido fuertemente combatida, y el propio Pinker reconoce que pudo no ser muy acertado en su comentario. Se sugiere que la música es adaptativa porque tuvo un gran valor en el cortejo, porque con ella la madre transmite emociones a sus hijos, y porque pudo ser utilizada para cohesionar grupos. Además, toda cultura conocida tiene música, los niños empiezan a cantar y bailar sin necesidad de entrenamiento, y se han encontrado restos de instrumentos musicales de decenas de miles de años de antigüedad. Para muchos psicólogos evolucionistas, sin duda debió existir una especie de protomúsica que sirviera para expresar estados de ánimo incluso antes de la aparición del lenguaje articulado. En este sentido, la música formaría parte de nuestra naturaleza más íntima. Seríamos verdaderos seres musicales. No sólo Christen o Patricia; sino todos los que estamos leyendo. Deberemos seguir hablando de ello...

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