Miguel Mora

Sobre el autor

es corresponsal en París, antes en Roma y Lisboa, fue redactor en la sección de Cultura y la Edición Internacional. Trabaja en EL PAÍS desde 1992, y es autor del libro ‘La voz de los flamencos’ (Siruela, 2008).

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Carrière, qué talento

Por: | 08 de junio de 2012

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La asociación Espagnolas en París y el Instituto Cervantes han estrenado este 7 de junio en la sala Nouveau Latina de París el documental Carrière, 250 metros. La maravillosa película es de Juan Carlos Rulfo, hijo de Juan Rulfo y director de En el hoyo, se ha producido en México y transcurre en medio mundo: París, Toledo, Michoacán, India, Estados Unidos...

Cuenta la historia de Jean-Claude Carrière, escritor, guionista, dramaturgo y autor de grandes hitos del cine y el teatro, entre otros la adaptación del Mahabbarata para Peter Brook, en el que trabajó durante once años, y una lista de obras maestras firmadas con Luis Buñuel que incluyen Diario de una camarera, La vía láctea, Belle de jour y El discreto encanto de la burguesía.

Carrière estaba en la sala, con sus 81 años, su guapa mujer iraní y su espabilada hija de siete años. Y también estaban el cervantino Enrique Camacho, el pintorazo mexicano Calos Torres, y las actrices Carole Bouquet y Laura del Sol, aquella belleza que bailó con Antonio Gades en Carmen y que casi desde entonces vive en París, actuando y cuidando de su prole y de sus Ngolas -nota para sus fans, sigue tan guapa, o más-.

Al final, Carrière ha tomado el micrófono para responder a las preguntas del público, y ha prolongado  la exhibición de talento y humor que ofrece en la película. "Para ser guionista hay que conocer toda la técnica y los oficios del cine", ha dicho, "porque si alguien te pregunta algo tienes que poder contestarle. El escritor de cine tiene que saber que su texto no es el final de una aventura personal, sino el principio de una aventura colectiva, y que esta puede requerir cambiar, empeorar o suprimir cosas que el autor lleva en su corazón".

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La falta de pretensiones de Carriére, su inteligencia sin pizca de retórica y su sencillez que viaja entre el surrealismo y la lógica más aplastante hacen del documental una joya rara. Rulfo filma con una libertad y una ligereza asombrosas, y el guionista va relatando lugares, memorias y reflexiones en dos textos paralelos: una voz en off en francés que lee en realidad siete (u ocho) ocho cartas-testamento a sus hijas, y los parlamentos improvisados, que hace casi siempre en español.

La primera escena es un llano en brumas, y la segunda una visita de Carriére y su hija al cementerio de su pequeño pueblo natal, Colombières-sur-Orb, de la que surge el título: "Nací a 200 metros, quizá a 250 metros de aquí. Todo empezó aquí, y aquí volveré cuando todo se acabe", dice señalando la tumba de la familia. 

Tras las raíces, el viaje perpetuo: Toledo con la sombra de Buñuel, donde fueron juntos "dos veces por semana durante 20 años", dice exagerando, para rendir tributo al rito de Lorca, Dalí y Buñuel: ver la estatua del cardenal Tavera, contemplar El entierro del Conde de Orgaz, comer siempre lo mismo en el mismo sitio, vomitar en los muros de San Juan de los Reyes "y volver sin habernos dicho nada, como si fuéramos en peregrinación". Esas memorias están contadas en Para matar al recuerdo, publicada por Lumen, donde Carriére rinde homenaje a "Don Luis".

También sale Nueva York, con Milos Forman, en una escena de una ternura infinita, rodada en Central Park, donde los dos confiesan su enamoramiento juvenil de la época hippy y el trío -al parecer no consumado- con la fotógrafa que les sigue retratando hoy con la pasión de entonces.

No faltan México con sus templos prehispánicos y la virgen de Guadalupe, dos caras de la medalla del misterio y la ignorancia, y el hotel de Michoacán donde Buñuel y él trabajaban siempre, hoy en ruinas y abandonado. Y la India y sus "36.000 dioses, para que la gente tenga donde elegir". Y el teatro Bouffes du Nord, de París, donde Carriére pasó los años de "más intensa felicidad". Y la zona cero de Nueva York, para pedir perdón a las nuevas generaciones por haberles dejado en herencia este mundo absurdo con un pensamiento irrebatible: "En el fondo adoramos la destrucción, deseamos la muerte".

En fin, un talento descomunal, una inteligencia de otra galaxia, todo un placer en estos tiempos de estulticia y depresión.

 

El País

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