Joaquin Roy

Obama en Bruselas

Por: | 23 de marzo de 2014

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, cumplirá esta semana una agenda apretada que lo llevará a varias capitales europeas y Arabia Saudita. De todas las escalas, la más noticiosa (y debiera ser la más importante) es la que tendrá como marco Bruselas, sede de las principales instituciones de la Unión Europea. Las reuniones que tendrá con los dirigentes comunitarios son una novedad ya que, insólitamente, es la primera vez que el presidente norteamericano asiste a una cumbre en la capital de la UE (suspendió su asistencia a otra cumbre en 2010).    

Las otras etapas de su periplo tienen cada una su significado e importancia. Por ejemplo, el programa incluye una visita respetuosa a un cementerio norteamericano en Bélgica, recuerdo de la ayuda de Estados Unidos en la guerra de 1914-1918, que debería haber terminado con todas las guerras. Asistirá también a un cónclave en La Haya sobre el uso y control de la energía nuclear, donde coincidirá con la máxima autoridad china. Visitará París y Berlín, máximos simbolismos del todavía existente eje de la integración europea formado por Francia y Alemania. Como reconocimiento a la siempre potente feligresía católica norteamericana, prestando debida atención a la novedosa actuación del papa Francisco, Obama visitará el Vaticano, además de que en la misma Roma se reunirá con el nuevo premier italiano. En el horizonte, sin embargo, estará la sombra de la Rusia de Putin, en plena resaca de la intervención en Crimea. Finalmente, para recordar que el mundo árabe sigue teniendo vigencia en la candente agenda de Washington, Obama asegurará a sus aliados saudíes que el apoyo norteamericano sigue siendo tan sólido como el prestado a Israel. Bandiere-europa[1]

Pero el capítulo más significativo de este apretado viaje es precisamente en el escenario de la capital belga (donde habrá una parada en la sede de la OTAN) el acercamiento directo al corazón de la UE. La actitud ambivalente de Obama hacia la realidad de la integración europea es representativa de un sector importante del orden establecido norteamericano, su comunidad de inteligencia y seguridad y su entramado de análisis. Obsérvese que raramente la dirigencia de Estados Unidos se refiere a la “Unión Europea”, prefiriendo la vaga alusión a Europa. Pareciera que así es respetuosa con la percepción de ciertos sectores europeos (caso notorio del Reino Unido) donde la UE es solamente una de las opciones de política exterior. Europa para Estados Unidos es una realidad geográfica, histórica y cultural, mientras que la UE es un experimento en el que todavía se busca cuál es el teléfono que supuestamente demandaba Kissinger. Ttip-pup

Presente en la agenda de temas, situado a nivel diferente del estratégico por la crisis de Ucrania, llama la atención el interés prestado por diferentes ramas del poder comunitario hacia el TTIP (el acrónimo en inglés del acuerdo de libre comercio e inversiones entre la UE y Estados Unidos). Aunque se ha estado cocinando durante varios años, y que se puede remontar al principio de las relaciones entre las dos entidades, fue explícitamente colocado en el centro de atención a mitad de 2013 y se pretende que las negociaciones estén muy avanzadas a final de este año, pero que se teme se extiendan hasta 2017.

P025208000202-422183-612x336[1]            Uno entonces se pregunta acerca de otras razones para las prisas actuales. No cabe duda que los datos que se barajan en cuanto a la creación de una cantidad respetable de puestos de trabajo a ambas orillas del Atlántico son una razón de peso en los momento de crisis todavía presente, tanto en Estados Unidos como en Europea. Ciertos análisis de tónica más geopolítica señalan que la nueva alianza atlántica en marcha es una maniobra de protección entre la amenaza de las economías emergentes, formada por los BRICs y otras nuevas potencias.

En cualquier caso, en este calendario e intenciones se entrometen algunos obstáculos de complicada solución, por lo menos teniendo en cuenta la actitud y las realidades de Estados Unidos. Curiosamente, el bando republicano no parece en sí constituir un obstáculo, ya que los intereses generales que representan son proclives al libre comercio y al flujo libre de inversiones. Tampoco los sectores laborales que tradicionalmente son la columna vertebral de los demócratas puede representar problemas, ya que numerosos intereses de trabajadores pueden dar la bienvenida a los aspectos protectores de la legislación europea

En primer lugar, el principal obstáculo es que la mente norteamericana está condicionada por la oscilación hacia Asia. La competencia viene del acuerdo/alianza del Pacífico, que todavía pesa sobre todo en temas de seguridad. En segundo término, mientras la UE cuenta con un representante fijo (la Comisión) para negociaciones de comercio, el “teléfono” de Estados Unidos no existe. La ansiada “Fast Track Authority” concedida al gobierno nunca ha sido prestada al gobierno. Estados Unidos sufre de una dispersión de poder, compartido por los estados (y sus subregiones y zonas metropolitanas), los partidos y sus diferente modalidades según los temas, los lobbies empresariales y laborales. El tercer obstáculo vendrá de la decisión del gobierno norteamericano de no reducir la autorización de libre comercio a solamente el proyecto europeo, sino de unirlo a un trato similar a otras zonas del planeta, lo que complicará las negociaciones. Todo, como puede verse, solamente ha comenzado ahora. Precisamente cuando en Europa habrá una nueva dirigencia a partir del verano como resultado de las elecciones y de los nombramientos de los puestos de mayor nivel. Igual puede decirse de elecciones intermedias del Congreso en Estados Unidos.    

 

Vigencia del modelo de la Unión Europea

Por: | 08 de marzo de 2014

En la búsqueda de explicaciones de la crisis de Ucrania y el reparto de acusaciones, se han destacado varios aspectos. En primer lugar, se ha enfatizado en la estrategia de Rusia, liderada por Vladimir Putin, al no permitir que su proyecto de una Unión Euroasiática, señalada por muchos como una resurrección de una “nueva Unión Soviética”, fuera amenazada. También se ha aludido a la distracción de Estados Unidos, con Obama más preocupado en otros escenarios (Siria, Irán), insistiendo en no liderar en otros teatros y esperar influirlos “desde atrás”. Putin

             Paradójicamente (o significativamente, según se mire), la crisis de Ucrania revela que la explicación puede centrarse en la culpabilidad de un protagonista que apenas es mencionado de forma frontal en los análisis: la Unión Europea. Resultaría curioso comprobar que en el desarrollo de la búsqueda de una solución, el papel de la propia UE resulte evidente. Una revisión rigurosa de la historia descubre simultáneamente la doble dimensión de la UE, como modelo activo de integración, por activa y por pasiva, y al mismo tiempo como débil protagonista de iniciativa en política internacional. Desde la fundación de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero en 1951, como resultado de la llamada de la Declaración Schuman de mayo de 1950, la motivación de la integración ha sido la seguridad, propulsada por mecanismos económicos.

            El origen de la presente crisis se debe, fundamentalmente, a la atracción de la UE como zona de paz, estabilidad, progreso, protección de derechos básicos y prospectos de futuro.         Sin embargo, en el desarrollo de la búsqueda de una solución se ha mostrado, colectivamente, una vez más carente de iniciativa y mecanismos convincentes de liderazgo. Frente a la contundencia de las acciones rusas, al otro lado del drama ha sido Estados Unidos el protagonista que ha enderezado la situación, acompañado con cierta prudencia de algunos estados miembros de la UE, como el caso obvio de Alemania. Eu leaders

            No se olvide que las motivaciones iniciales de Ucrania, entonces todavía liderada por el gobierno (corrupto y autoritario) que luego sería destituido, estuvieron basadas en las expectativas de lograr un acuerdo sólido de asociación con la UE. En los planes de Kiev, alentados desde Bruselas, destacaba un triunfo espectacular de lo que se ha llamado el tradicional “poder de reclutamiento” de la UE. El modelo de integración funcionó a cabalidad. Este primer paso le hubiera dado el estatus prioritario para conseguir los beneficios reforzados de la “política de vecindad” de la UE, extendida a otros estados limítrofes. Para algunos de ellos, como es el caso claro de Ucrania, le concedería una ventaja considerable para optar, algún día (aunque fuera lejano) a la condición de candidato para una completa membresía.

            Esta expectativa siempre ha estado detrás de las motivaciones y estrategia de numerosos países que, en diferentes épocas, han tenido en el centro de su agenda el formar parte de la UE. España y Portugal, por ejemplo, procedieron a un estricto ejercicio de transformación y actualización de sus estructuras económicas, con grandes sacrificios, para insertarse en la entonces todavía llamada Comunidad Europea de mitad de la década de los ’80. Al final de la Guerra Fría tuvo lugar una carrera frenética para la incorporación de los países del este, anteriormente, bajo la órbita soviética. El núcleo duro de la UE consideró desde la caída del Muro de Berlín que la división artificial de Europa durante cuatro ha sido injusta y debía aplicarse una corrección. Los anteriormente presos en la órbita soviética procedieron a una transformación drástica para hacerse merecedores del ingreso en la EU.

Igual puede decirse de los antiguos miembros de Yugoslavia. Uno a uno, todos se han esmerado en conseguir unas credenciales mínimas para imitar el éxito inicial de Eslovenia. Lo mismo puede aludirse sobre el todavía frustrado camino de Turquía hacia la UE, proyecto que ha estado obstaculizado por carencias internas y oposición externa (sobre todo en la propia Europa), pero en nada ha afectado al poder de atracción de la UE. Incluso en la eventualidad de que el ingreso turco en la UE no se cumpla, las mínimas reformas que el sistema político y económico han sufrido se deberán a la presión de las condiciones de ingreso impuestas por Bruselas.

En suma, a pesar de todas las dificultades y la carencia de operaciones de gran impacto mediático, lo cierto es que el poder de atracción de la UE no cesa. Baste el caso del sistemático intento de inmigrantes de llegar al territorio comunitario. Los imparables repetitivos incidentes en Lampedusa lo demuestran. Las tensiones en la frontera de las ciudades españolas en el Norte de Africa revelan la misma presión.

En conclusión, para bien y para mal, la sola existencia de la UE seguirá ejerciendo protagonismo, más allá de la resolución del problema de Ucrania. Por mucha que sea la agresiva política de Rusia,  Moscu la presencia de una alternativa de estabilidad justamente al otro lado de la frontera seguirá pesando con fuerza. Este hecho debiera seguir instalado en los análisis que se hagan desde Washington, al menos al tener en cuenta que la ayuda económica de Europa a Ucrania puede ser diez veces superior a la norteamericana.

En torno a la CELAC

Por: | 02 de febrero de 2014

Apenas se comenzaron a difuminar los efectos de la reunión en La Habana de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), es posible vislumbrar con una cierta calma y rigor de qué ha tratado la cumbre y qué es el ente que la ha acogido. Ya con las riendas en manos de Costa Rica, como presidencia pro-tempore, conviene ahora recordar las palabras de un anterior presidente de CELAC, el chileno Sebastián Piñera, quien a su vez entregó la batuta a Raúl Castro. En el curso de una conferencia de prensa en la cumbre con la Unión Europea, celebrada en Santiago de Chile hace un año, se le preguntó extemporáneamente si la CELAC no representaría un conflicto de funcionamiento con la OEA. Piñera, un tanto arriesgadamente, contestó que la OEA era una “organización” y que la CELAC era simplemente una “comunidad”. La OEA, al decir del mandatario chileno, tenía una estructura institucional, unas reglas definidas, un presupuesto. Celac

La CELAC es de otra naturaleza. Ahí está la clave, de donde se puede deducir su efectividad en el entramado latinoamericano y más allá. En primer lugar, la CELAC es un reflejo de la impertérrita costumbre latinoamericana (y mundial) de la “cumbritis”. Todo se decide y gira alrededor de unas cumbres presidenciales, cuyo éxito se gradúa por la asistencia de sus máximos mandatarios. Así, por ejemplo, de 33 posibles asistentes al máximo nivel presidencial o de primeros ministros (institución de algunos estados caribeños), solamente tres no pudieron o no quisieron asistir, por motivos diversos (presiones electorales o ligera protesta, como fue el caso de Panamá).

La CELAC, institucionalmente es, de momento, un macro foro de consultas y buenas intenciones. Naturalmente, la configuración de la CELAC contrasta notablemente con el perfil de todas y cada una de las estructuras de integración, cooperación económica o alianzas políticas en el continente.

Curiosamente, la Unión Sudamericana (UNASUR) la supera al contar con una mínima base administrativa con sede en Quito. Recuérdese que fue en parte la obra de Brasil para dominar la zona austral del continente, como superación del tambaleante MERCOSUR. La CELAC, también en parte, fue el consuelo de México, excluido de UNASUR. Naturalmente, el ausente entramado de CELAC no se puede asemejar tampoco con la existencia de secretarías o entes similares que coordinen ciertos niveles de integración (desde simple libre comercio a mercado común) en MERCOSUR (Montevideo),  la Comunidad Andina (Lima) o la Comunidad del Caribe (CARICOM, con oficinas en Georgetown, Guyana). Incluso el Sistema de Integración Centroamericano (SICA) cuenta con unos mecanismos de coordinación superiores, aunque debe firmar acuerdos (como el reciente con la UE) a través de todos y cada uno de los estados.

Diferentes son otros casos, disímiles entre ellos. Uno es la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), invento de Hugo Chávez, ya que su funcionamiento depende de las decisiones de Venezuela, ahora al mando incierto de Maduro, si el carisma de su predecesor. En el otro lado de las inclinaciones ideológicas, destaca la Alianza del Pacífico (México, Perú, Colombia, Chile), que de momento solamente cuenta con la decisión de sus miembros de ir avanzando en el proceso de aunar esfuerzos para competir en la complicada globalización de la amplia región al este del hemisferio. 

La CELAC, en suma, no cuenta con ninguno de estos mecanismos institucionales. Todo depende de los buenos oficios de la presidencia de turno. Así, hasta la siguiente reunión. Ahora bien, lo que sí conviene anotar es, a pesar de que el acontecimiento habanero ha causado cuantiosa polémica, todavía se pueden generar algunas consecuencias positivas de la misma CELAC.     Celac-habana

            En el fondo, a pesar de las tímidas protestas del gobierno norteamericano, convenientemente esquivando la membresía de la que se vio excluido (que no es el tema), Washington, aunque no lo reconocerá pública y explícitamente, considera que este tipo de foros pueden coadyuvar a conseguir lo que en el fondo es el objetivo primordial (sino exclusivo) de su política exterior en la macroregión. Lejos de la estrategia de los años álgidos de la Guerra Fría e incluso posterior a ésta, la política de Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe ya no prima los objetivos del establecimiento de una democracia impecable según los códigos al uso en la historia.

No quiere decir esto que no se desee la consolidación de regímenes democráticos que, a través del guión compuesto por elecciones periódicas, respeten los derechos humanos, la libertad de expresión y las garantías comerciales y de inversiones. Pero el mundo actual es probablemente más complicado que el de hace una pocas décadas. Los retos son diferentes y presentan tareas alternativas. El pragmatismo, la conveniencia y la confluencia de intereses de seguridad nacional se unen a un cierto grado de inevitable hipocresía que genera resultados aparentemente contradictorios con los buenos deseos. 

            En ese contexto, la CELAC, a pesar de su debilidad institucional, explícitamente ha señalado como misiones centrales el “establecimiento de una zona la paz” y la lucha contra el terrorismo. Además, entre otros temas prioritarios se señala la oposición a la pobreza. Son varios temas que Washington no puede rechazar como parte de la agenda propia. Cualquier colaboración que se logre en esos terrenos, no cabe duda que será bienvenida. Si el precio consiste en tener que escuchar declaraciones antiimperialistas y retórica tradicional, con ignorarlas puede, de momento, ser suficiente. Por lo tanto, habrá que convivir con la CELAC, cualquiera que sea su efectividad.

España-América Latina: Una relación en peligro

Por: | 05 de enero de 2014

Una “relación muy especial” puede estar ya en la unidad de cuidados intensivos: la que implica a España con América Latina. Las primeras recientes señales de dificultades en las relaciones entre España y la compleja Latinoamérica actual comenzaron a atisbarse en las dificultades de encaje de los inmigrantes latinoamericanos en España, atacados por la crisis económica de la primera década del presente siglo. La reconversión de España en país receptor de inmigración (notablemente, pero no de forma exclusiva, procedente de Latinoamérica) se había apoderado de los medios de comunicación como la gran noticia del cambio de centuria.

Se corregía de esa manera la tónica histórica de la emigración española hacia América, por motivos económicos, políticos y de estado. El desvanecimiento de la burbuja inmobiliaria fue un golpe contundente que todavía se nota. España, de “Madre Patria” se convertía en madrastra desagradecida, al invitar a los nuevos llegados a abandonar el nuevo hogar. La “relación especial” era impotente para enfrentarse a los argumentos financieros. Carabelas

            El activismo de las inversiones españolas en América Latina, ya desde los ’90, recordaba que las nuevas carabelas llegaban pilotadas por ejecutivos de banca, compañías telefónicas y empresas energéticas. Las nacionalizaciones de empresas petrolíferas en Argentina, eléctricas en Bolivia y financieras en Venezuela (entre muchas otras actividades) se entrelazaron con la bronca del Rey Juan Carlos para que Chávez se callara. La “relación especial” entre España y América fue perdiendo enteros, incapaz de servir de escudo cuando concretas circunstancias la hicieran conveniente, como sucede ahora en PanamáKroonland_in_Panama_Canal,_1915[1]

Curiosamente, la imagen general de España y los españoles no ha sido afectada en la última década en la percepción latinoamericana, como lo demuestran los periódicos sondeos del Latinobarómetro y las propias opiniones de viajeros y residentes a ambas orillas del Atlántico. La memoria histórica ha estado contribuyendo asiduamente al mantenimiento de la imagen de esa “Madre Patria”, como expresión frecuentemente vacía de significado denso. Pero los argumentos intrahistóricos han sufrido también el paso de los tiempos y han sido afectados por la propia transformación de las sociedades latinoamericanas. La huella familiar del recuerdo por el “abuelo gallego”, aunque superviviente en la presencia hogareña, ya no tiene la misma fuerza de antaño, aunque se mantiene el respeto.      

            Pero el paso de los tiempos y la maquinaria de las conductas económicas y políticas están siendo crueles en el mantenimiento de este vínculo tradicional. El sutil o explícito descenso de la ayuda tradicional española a América Latina no está pasando desapercibido para los observadores latinoamericanos. Desaparecidos o reducidos en número, los emigrantes tradicionales (hambrientos, refugiados políticos, eclesiásticos caritativos) han sido sustituidos por trabajadores más cualificados escapados de la crisis peninsular. Los ejecutivos de empresas con notable impacto mediático han ocupado definitivamente el espacio antaño monopolizado por las autoridades coloniales, sin que la comparación frecuentemente haya proporcionado mejora en la percepción pública.

            Conviene sopesar que los sectores de la actividad empresarial española tiene un riesgo de atención pública muy elevado, con efectos directos en las economías de los ciudadanos (telefonía, suministro de energía, finanzas), con lo que al surgir problemas resulta fácil encontrar culpables, frecuentemente usando los reflejos de enfrentamiento ante el imperialismo”, antes identificado con otros entes políticos. La supervivencia y transformación del populismo han hecho el resto.

        Panama-works    En ese contexto estalla ahora la crisis del Canal de Panamá. En realidad, es un problema de la financiación de la continuación de las obras de la ampliación del sistema de esclusas. Para numerosos observadores, el incidente reveló en sí la confirmación de una tónica derivada de la “relación especial” entre España y América Latina: un consorcio liderado por Sacyr, una compañía española, se había apoderado de la concesión de los trabajos. Había superado a otros pretendientes presididos por intereses norteamericanos, como si de reescribir la historia se tratara. Aunque la maraña de cálculo del coste que llevó a la concesión del proyecto es complicada, se puede admitir que parte del éxito se debió al papel jugado por esa “relación especial”. 

            Los primeros pasos de la controversia llevan ya ingredientes de populismo (por parte del gobierno panameño), competencia con otros intereses (principalmente norteamericanos, impelidos por cierta envidia de actividad en el “patio trasero”), críticas internas acerca de la tradicional picaresca española, y reflejos de la crisis moral que atenaza a España, atrapada en corrupción. Juego panamaDepende ahora de la evolución que tome el desacuerdo entre el consorcio y el gobierno panameño para que este capítulo confirme la contumaz difuminación de ese vínculo especial o, por el contrario, una dimensión peculiar de su supervivencia. 

La genuina “relación especial”

Por: | 22 de diciembre de 2013

En el vocabulario de las relaciones internacionales existe un consenso bastante generalizado que la relación entre Estados Unidos y Reino Unido es “especial”. Esto justifica el análisis y la predicción consistentes en que, a pesar de desacuerdos pasajeros, Londres y Washington terminan por forjar una coalición a prueba de todas las dificultades. Esta convicción, que raramente se cuestiona y cuya invalidez es difícil de probar, se amplifica y adapta a otra “relación especial” que resulta sumamente útil para justificar en principio compromisos, coaliciones y alianzas, e incluso tratados explícitos, que uno se pregunta por qué no han sido sublimados con anterioridad.

Ese es el caso de la “relación muy especial” entre Estados Unidos y la Unión Europea. La carencia de un acuerdo concreto entre esas dos grandes entidades en un terreno que comparten de forma incuestionable (comercio e inversiones) debe haber estado en la mente de los dirigentes y expertos. De ahí el surgimiento del proyecto de “Partenariado Transatlántico para el Comercio y la Inversión” (Transatlantic Trade and Investment Partnership, TTIP)”.

Ttip-pupLos datos son impresionantes. La relación económica entre Estados Unidos y Europa es la más sólida del planeta. En volumen, su importancia es impresionante, tanto en términos absolutos, como para cada una de las partes con respecto a la otra. Su intercambio comercial representa el 30% del total mundial, con un total que rebasó los $600 mil millones. El sector servicios abarca el 40% del trasvase mundial. En ambos terrenos, cada una de las partes es el proveedor más importante de la otra. En la ayuda exterior al desarrollo, su contribución dual llega al 80% de la mundial. Mientras la población conjunta de más de 800 millones (501 en Europa y 310 en Estados Unidos) solamente representa menos del 12% de la mundial, el porcentaje de PIB rebasa el 50%, casi a partes iguales (28% de la Unión Europa y 25% de Estados Unidos).

Por lo tanto, el proyecto es lógico. Lo que uno se debe preguntar es sobre la causa de la conveniencia de acometerlo ahora. La respuesta es que el mundo es ahora mucho más complicado. Los precedentes de anteriores experimentos pueden rastrearse a la formación del Espacio Económico Europeo entre los sub-bloques de la UE y los países que todavía estaban en la EFTA. Esto provocó el “contraataque del imperio” ya al final de la Guerra Fría con la ampliación del pacto de libre comercio entre Estados Unidos y Canadá para incluir a México en la construcción de NAFTA. El siguiente paso en esa lógica fue la puesta en marcha del Area de Libre Comercio de las Américas, fundada a bombo y platillo en Miami en 1995. El proyecto fue descarrilado por la mala sintonía entre Washington y algunos países latinoamericanos de miras populistas, pero también por las reticencias de Brasil que nunca quiso ser cola de ratón.

Ahora, se acomete un complemento de la estrategia de Estados Unidos de forjar tratos individuales con algunos países el hemisferio, en tándem con el acuerdo del Pacífico. Sin que lo reconozca en público, el gobierno norteamericano no se fía de la solidez de los tratos con Asia, entre países de tan diversas tradiciones, intereses e inclinaciones ideológicas. Con el TTIP, Washington y Bruselas se guardan las espaldas mutuamente, convencidos de que los enemigos nuevos son los componentes de las economías emergentes, de características tan variopintas como China, Rusia y el mismo Brasil (los llamados BRICS). Europa y Estados Unidos han descubierto lo mucho que comparten en su histórica “relación especial”.

En cualquier caso, una serie de detalles estructurales y perfiles coyunturales  representarán obstáculos en la senda de las negociaciones. En primer lugar, habrá que prestar atención al calendario electoral en ambas orillas. El nuevo Parlamento Europeo puede presentar exigencias que hasta entonces los negociadores no pueden garantizar. Iniciar unas negociaciones no prevé su consecución, sujeta a los procedimiento internos de cada una de las partes. El Congreso de Estados Unidos tendrá la última palabra por parte norteamericana. El fantasma del proteccionismo se cierne a ambas orillas. El problema del espionaje norteamericano se entrometerá en la madeja comercial. La protección de datos personales se convertirá en una condición innegociable. El “enriquecimiento” artificial de alimentos al modo de Estados Unidos será rechazado en Europa. El terreno pantanoso de la desregulación se convertirá en un obstáculo para el progreso y cierre de los acuerdos. Finalmente, cabe preguntarse qué actitud tomarán otros actores externos que consideran que esta nueva alianza euroamericana es una amenaza para sus intereses.

La acción no ha hecho más que empezar para el refuerzo (o debilitamiento) de la “relación especial”. Detrás de los fríos razonamientos está la convicción (o deseo) de que es una tarea en la que ambas partes están condenadas a entenderse. Si éstas no lo hacen, ¿qué otras? No de extrañar, por lo tanto, que numerosas entidades académicas, políticas y económicas a ambos lados del Atlántico se hayan propuesto prestar atención a lo que se puede convertir en el acuerdo económico-estratégico más importante de esta primera parte del siglo XXI.  

Sobre el autor

Joaquín Roy es Catedrático Jean Monnet “ad personam” de Integración Europea y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami. Es Licenciado en Derecho (Universidad de Barcelona) y Doctor por la Georgetown University (Washington DC). Nacido en Barcelona, reside en Estados Unidos desde la administración Johnson.

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