Recuerdo una viñeta que había en la pared del laboratorio de ADN forense de la Academia del FBI en Quantico, Virginia, me la encontraba cada día cuando andaba por allí con una beca de investigación, no sé si la habría colgado Jill Smerick o Alan Giusti, pero estaba justo entre sus mesas. En ella se veía a un niño sentado en el suelo al lado de una batidora de vaso sin tapa en la que había introducido una mezcla de leche, tierra y piedras, y después conectado. El estropicio que había formado en la cocina era mayúsculo. La madre, claramente enfadada y con ese gesto que anticipa el castigo, le preguntaba que a qué demonios se debía que hubiera hecho eso. El chaval, con una cara que reflejaba más la sorpresa por la pregunta que el susto por las posibles consecuencias, respondía con otra pregunta: “¿A un pobre material genético…?”
Estaba claro que no era la clase de respuesta que buscaba la madre, y menos aún sentirse reflejada en las causas del problema, de ahí que el dibujo apuntara a que ese niño tendría dificultades para superar el escenario creado.
En España está ocurriendo algo similar con la situación de la economía, y ante cualquier pregunta que se hace al Gobierno la respuesta siempre es la misma: “la herencia”, la última vez el pasado domingo cuando el Presidente Rajoy dijo que esto del rescate o de la línea de crédito tendría que haberse hecho tres años atrás, apuntando claramente a que se trata de una herencia que comenzó cuando ellos terminaron. Sin duda se trata de una herencia peculiar, hasta el punto de que ni siquiera sigue las leyes de Mendel.
En principio parece que el carácter dominante no está en la expresión, sino en la persona que utiliza el argumento, que ha de ser con poder y capacidad de dominar el contexto para que sus razones caigan con el peso de la gravedad de la propia situación generada con sus palabras. En lo que se refiere a la expresión, es decir, a los factores que influyen para que pueda manifestarse esa idea de “la herencia”, se muestra como heterocigótica al requerir que se presenten de forma simultánea dos elementos: por un lado la existencia de un problema o elemento negativo, y por otro que haya sido gestionado por un gobierno socialista, puesto que si el problema es heredado de un gobierno del PP, como por ejemplo en Murcia, en Madrid, en la Comunidad Valenciana o en Castilla y León, entonces la herencia no se expresa, y los problemas, que son los mismos, se deben a otras causas. Y tampoco vale que se haya recibido una gestión buena o positiva, en estos casos tampoco cuenta la herencia, lo hemos visto con Ana Mato respecto a las políticas de Igualdad, y a pesar de que un informe de “Social Watch” sitúa a España la séptima del mundo en el índice de equidad, eso ni se ha heredado ni existe.
La realidad no se hereda, no pertenece a nadie, simplemente continua. Ampararse en el argumento de la herencia para no asumir la responsabilidad actual o para culpabilizar a quien ya no puede adoptar las medidas frente a los problemas, es cobarde y demuestra una incapacidad, genética o adquirida, para enfrentarse a la situación. ¿Se imaginan que un empresario no pare de repetir que no puede mejorar los resultados de la empresa por la herencia recibida, o que un nuevo entrenador de un equipo de fútbol argumentara algo similar para justificar sus pobres resultados? Probablemente alguien le diría que no se les ha nombrado para eso, y que si no se ven capaces que no se hubieran presentado a la entrevista de trabajo, pero una vez que asumen la responsabilidad deben de ser coherentes y consecuentes con su decisión, o abandonar y dejar que alguien la asuma de cara al futuro, no mirando atrás.
Ni cualquier tiempo pasado fue mejor, ni tampoco peor, simplemente fue, y en gran medida, que sea bueno o malo no dependerá sólo de su momento, sino de lo que hagamos mejor o peor en el presente.
La herencia debe ser el inicio, no la justificación de una vida... ni de una política.