De nuevo ha salido la locura a pasear cuando se trata de conductas VIOLENTAS E INFRECUENTES, si son VIOLENTAS y FRECUENTES entonces se habla de chorizo, terrorista, de un pandillero… Si, por el contrario, se presentan de forma INFRECUENTE PERO NO VIOLENTA entonces podemos estar ante un genio del arte, de la ciencia, del deporte o de cualquier otro ámbito, aunque también puede ser, sencillamente, un tipo raro, y si, finalmente, las conductas son FRECUENTES Y NO VIOLENTAS estaremos ante una normalidad que si nos descuidamos puede llegar hasta la vulgaridad.
Este esquema de significado nos ayuda a dar sentido a lo que ocurre a nuestro alrededor, aunque sea para rechazarlo y reprobarlo de forma enérgica, pero al mismo tiempo posibilita crear un espacio de tranquilidad que nos hace creer que ciertas cosas no ocurren, y que si suceden se deben a la locura de unos pocos. El planteamiento, que puede ser de utilidad para tranquilizar en lo inmediato, al final es una fuente de intranquilidad y problemas al impedir abordar las causas de dichas conductas y al dejar espacio suficiente para que ocurran, sin ser del todo conscientes de que en cada ocasión que se produce uno de estos tiroteos mortales se habla de “otro más”, de “una nueva masacre”, de “nuevo episodio”… todo ello haciendo referencia a una cadena de acontecimientos criminales que muestra que ninguno de ellos es el primero y, probablemente, tampoco será el último. Cada uno de estos crímenes libera los fantasmas, aparentemente escondidos tras la tranquilidad, de una violencia que está presente en todo momento y que se manifiesta de esa forma: de manera infrecuente, con gran intensidad y materializada por autores solitarios, lo cual no significa que estén aislados, en la mayoría de las ocasiones hombres jóvenes.
Todos ellos actúan con una serie de motivaciones y buscando unos objetivos que habitualmente no tienen nada que ver con la enfermedad mental.
Desconozco si James Holmes, el asesino de Colorado y hasta ahora último de la lista, padece alguna enfermedad mental y si ha actuado bajo esa patología, pero en cualquier caso llama la atención la planificación de su conducta, su anuncio previo a un psiquiatra, la organización del tiroteo en el cine bajo la identidad de su personaje, y la preparación de un escenario secundario en su apartamento repleto de explosivos trampa. Y también, nos hemos enterado después, su admiración por Ted Kaczynski, un matemático conocido como “Unabomber” que asesinó a varias personas con cartas-bomba y tuvo en jaque al FBI durante 17 años.
Destacamos esa imagen de autor solitario, irracional, sin sentido, como ha ocurrido en cada uno de estos casos, ha sucedido con Anders Breivik o se comentó hace años de Cho Seung-Hi cuando mató a 32 personas en la Universidad de Virginia Tech en 2007, o de Eric Harrys y Dylan Klebold en el mismo estado de Colorado, asesinando a 12 alumnos y un profesor en la escuela secundaria de Columbine, pero no miramos alrededor ni a los mensajes y argumentos a favor de la violencia que se lanzan en la sociedad de hoy. No hay que irse muy lejos, el ejemplo más claro lo tenemos en el propio estado de Colorado tras el asesinato múltiple llevado a cabo por James Holmes: Los días siguientes a la masacre la venta de armas ha aumentado un 41%.
La sociedad está ciega e insensible ante quienes utilizan la violencia como discurso y luego se sorprende de sus resultados. Permanece pasiva y expectante frente a los que hablan de xenofobia, de enemigos de las ideas o de las creencias, de misoginia, de odio… y frente a los que lo hacen amparados en un sistema que en realidad debe buscar la convivencia, no el enfrentamiento y la exclusión. La libertad puede permitirlo, pero la reacción y la prevención deben ser consecuentes y proporcionales al riesgo y al problema que esas palabras y actitudes generan. Las lamentaciones nunca han resuelto nada, ni siquiera el dolor de quien las dice, y con frecuencia levantan un muro frente a la realidad.
Ningún enfermo mental planifica este tipo de actos ni actúa contra grupos seleccionados sobre una ideología, un sentimiento de odio o cualquier otro vínculo manifiesto, todos ellos parten de un contexto del que reciben mensajes y buscan conseguir una serie de objetivos basados en la aplicación de la violencia, lo cual, más que locura lo que demuestra es una cierta coherencia con las ideas y valores que les hacen decidir comportarse de ese modo. Si no dependiera de estos factores individuales la incidencia de este tipo de asesinatos múltiples, teniendo en cuenta el número existente de enfermos mentales, sería mayor. Llamar locos a los asesinos y dejar que sigan con su “locura” sólo sirve para tranquilizarnos bajo la aparente incomprensión del resultado.
Ya comenté en el post “El loco de Oslo” (3-7-12) que la locura no conduce al crimen, más bien lo contrario, la mayoría de los asesinos son personas sanas y nadie concluye que sea la cordura la que induzca al delito.
Los esquemas de significado ante la violencia deben ser replanteados ante una sociedad individualista, egoísta, materialista, que vive sobre la inmediatez y muestra al presente como único límite, y en la que la violencia aparece de forma algo más que simbólica. La doble referencia que se usa para interpretar este tipo de conductas muestra la responsabilidad de quienes permanecen impasibles confiando en que lo ocurrido haya sido el último episodio de un relato que se escribe cada día. Cuando se ataca a una institución o a sus representantes no se habla de locos ni de locura, pero cuando se dispara contra los ciudadanos sí. A nadie se le ocurrió pensar que Bin Laden estuviese loco, o que los terroristas de determinados grupos políticos o los miembros de las guerrillas que existen en diferentes países, o los capos del crimen organizado padezcan una enfermedad mental, lo mismo que no se dijo nada parecido cuando la congresista demócrata Gabrielle Giffords fue tiroteada junto a otras 12 personas en Arizona (febrero de 2011). Quizás por eso tampoco haya nadie que se detenga a identificar dentro de la normalidad marcada por lo “frecuente”, la existencia de conductas y argumentos claramente violentos que conducen a que luego, de manera individual, haya quien dé el paso a la acción.
Y aunque nos parezca extraño o imposible, hoy hay muchos chicos del montón, como antes lo fueron Cho Seung-Hui, Anders Breivik y James Holmes, que piensan ser como ellos algún día.