Ayuda al Estudiante

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El ecosistema educativo tiene un triángulo esencial: estudiantes, padres y profesores. Lo demás es contexto. Si este se sitúa en el centro de gravedad, algo va mal. Los análisis sobre educación tienen un peligro casi invisible: la paralización fascinada por lo mal que estamos. Descalificar sin analizar es injusto y analizar sin proponer alternativas, estéril. Así que el propósito de este blog es claro: ayudar a estudiantes, padres y profesores a encontrar alternativas de mejora.

El mejor profesor de mi vida

Por: | 06 de mayo de 2013

Clase Física 1
El mejor profesor de mi vida me enseñó que hay pocas cosas comparables con la emoción intelectual de ver cómo aprende un alumno. Vivir el momento en que sus pupilas se agrandan (fenómeno real, no ilusión poética) cuando su mente se enriquece gracias a ti es indescriptible. Y qué decir del momento en que un ex alumno llega a establecer contigo una discusión de igual a igual, o incluso llega a superarte. No hay nada igual: ver cómo un estudiante te deja atrás gracias justamente a lo que aprendió contigo es tu Premio Nobel como profesor. Un solo caso justifica muchos años de esfuerzos y sinsabores.

Por desgracia, muchos profesores y bastantes estudiantes aún no han tenido la fortuna de vivir esa situación. Y la vida diaria no está demasiado poblada de este tipo de sensaciones. Un profesor no puede mantener al máximo su sismógrafo emocional como docente a todas horas, pero me gustaría recordar algo a los docentes que ya están abatidos por la desilusión, el hastío, la carencia de recursos, la falta de empatía y reconocimiento social, la desidia de los alumnos, la indiferencia de los padres, la manipulación política, o simplemente porque ven cómo poco a poco les fallan las energías para ponerse delante de unos jóvenes cuyo universo ven cada vez más distante. Muy pocos estudiantes olvidan a un gran profesor.

Sé bien lo que digo. Cualquiera de nosotros echará antes en el olvido a su primer amor, a aquel amigo íntimo de infancia o al fiera que lo machacaba sin piedad en el recreo. Pero los grandes profesores dejan una huella que permanece hasta el final de los días. Es una relación de una naturaleza tan singular que el paso del tiempo, que tantas cosas se lleva por delante, lejos de enturbiarla, solo consigue purificarla, embellecerla y mitificarla.

Me gusta evocar con nostalgia la relación maestro-discípulo. Es algo que, desgraciadamente, ya no abunda, pero me niego a aceptar que se haya extinguido. Tuve la fortuna de vivirla con el mejor profesor de mi vida. Se llamaba Joaquín Plans Portabella.

Joaquín Plans fue mi profesor de Física cuando estudiaba en Madrid para ser profesor. Recuerdo su primera clase como si el tiempo se estuviera rebobinando cada día. Se acercó a la puerta absolutamente extraviado: no tenía ni la menor idea de dónde le tocaba. Se detuvo un momento, preguntó al que estaba más cerca y, una vez confirmada el aula, entró sonriendo de forma desmedida. Uno de sus encantos era su expresividad desmedida.

Desde el primer momento noté que tenía una recarga de combustible nuclear en el cerebro. Fue abrir la boca y darme cuenta de que nunca había tenido un profesor así (y me acuerdo de muchos, empezando por la maestra que me enseñó a leer, doña Ramona). Joaquín se volvía loco por enseñar, era un incontinente del conocimiento. Jamás se sentaba (luego entendí que dar clase de pie, como los toreros, es requisito imprescindible para ser buen profesor). Dejaba su carterón de tonelada y media en la mesa y, de forma súbita, se dejaba llevar por un arrebato didáctico feroz, de modo que, si se hubiera hundido el mundo, no nos habríamos enterado.

Tenía una capacidad extraordinaria para explicar los conceptos y, cuando alguien no los entendía, no duplicaba la explicación, sino que le daba la vuelta con metáforas increíbles. Entendí entonces que las metáforas son imprescindibles para enseñar ciencia, porque son una vía directa a la comprensión de lo complejo, e incluso de lo inaccesible. Desde entonces desconfío de los científicos que las desdeñan.

Clase Física 2
Sus fórmulas no parecían arcanos, sino que, desde la pizarra, nos explicaban el mundo a gritos. A menudo nos sacaba para hacer pequeñas representaciones teatrales sobre la inercia o la cantidad de movimiento, pensando en nuestros futuros alumnos, con unas miradas y unas sonrisas de alto voltaje que te taladraban y te bloqueaban el camino de salida. Era imposible no jugar a ese juego.

Al principio incluso te abochornaba la pasión intelectual que sentías crecer interiormente, como si te estuvieras mostrando borracho en público. Pero luego veías que era un sentimiento compartido y se te iba el pudor.

Cuando te hacía una pregunta desconcertante y la contestabas, su emoción era extraordinaria y contagiosa. Más de una vez replicaba admirado: “Increíble: ¿cómo lo has sabido?”. Y por un momento uno se sentía Newton, Bohr, Planck y Einstein, todos ellos juntos. Eso te hacía respetar y querer a los grandes mitos de la ciencia, pero también te hacía ver que la ciencia es una búsqueda de explicaciones salpicada de errores y siempre insatisfecha. Eramos demasiado jóvenes para aceptar que las verdades de hoy tenían muchas posibilidades de ser los errores de mañana.

Lo gracioso es que, cuando te preguntaba, te hacía decirle cómo lo habías sabido. No solo quería enseñarte. Quería saber cómo pensabas. Una respuesta aguda a sus maliciosas preguntas era para él un acontecimiento. Y cuando la respuesta no era acertada, no importaba, porque daba paso a una derivación a veces más interesante que la opción canónica.

No solo explicaba cómo eran las cosas, sino también cómo no eran. Y por qué. Y por qué no. Le interesaba tanto profundizar en el sí, como en el no. Siempre databa los descubrimientos. Personalizaba los hallazgos y dejaba claro que la ciencia no había caído del cielo, sino que había sido construida, con un esfuerzo sobrehumano muchas veces dirigido contra los propios prejuicios del descubridor, por personas que habían vivido aquí y allí, en tal época y tal otra.

En su aula tenías la sensación de ser tan afortunado que no podías evitar hacerte una pregunta: ¿Me merezco yo estas clases? Con él era imposible no estudiar: te habrías sentido un miserable. Y lo habrías sido. Era un profesor con todas las virtudes que adornan a los grandes directores de orquesta: como describo en este post, sabía sacar lo mejor de quienes estábamos delante y, al final, a muchos de nosotros nos daban ganas de aplaudir. Ahora lamento no haberlo hecho.

También fue un buen investigador (sobre corrientes en polímeros y estructuras de membranas biológicas), pero era mejor aún en el aula. Cuando ya no era mi profesor, decidí que sería imperdonable perder esa oportunidad y lo busqué. Tuve la inmensa suerte de ser su amigo y de conocer a su admirable familia. Pero duró poco, porque murió. Fue el profesor de mi vida. Me hubiera gustado ser su discípulo muchos años. En realidad, me siento su discípulo moral y, en algunas materias, antes de decidir qué pienso yo, me gusta imaginar qué pensaría él.

Fue un excepcional profesor universitario, pero estoy convencido de que hay casos similares en cualquier otro nivel. Porque ¿cómo puede uno olvidar al profesor que le enseñó a leer? ¿O a la profesora que te explicó el modelo atómico? ¿O a aquella que te hizo intuir la magia de los números primos? ¿O a quien te descubrió el texto, pero también el contexto y el subtexto del Quijote? ¿O a aquel gran maestro del violín? La pregunta es: ¿cómo olvidar a quien hizo posible que hoy ames la lectura, tengas el veneno de la física, la pasión por las matemáticas, hayas asumido el concepto de luchar contra los molinos de viento o hayas cambiado para siempre tu manera de tocar el violín? ¿O como dejar en el olvido a aquel profesor que te enseñó a analizar en silencio y con respeto los argumentos que contradicen tus más firmes convicciones?

Por no hablar de la situación inversa: cuando das tus clases de Biología o de Historia y, al cabo del tiempo, uno de los alumnos acaba siendo biólogo o historiador... deberías parar un momento y pensar que has contribuido a que tu alumno oriente su vida hacia una disciplina cuyos fundamentos y ramificaciones le pusiste tú ante los ojos. Ningún profesor debería olvidar eso.

Como ningún estudiante olvida al profesor que le abrió el camino hasta más allá de sus propios límites. Porque eso es lo que hacen los grandes profesores.

 

Nota para los lectores

Me animo a pedir a los lectores que sigan enviándome (al correo que consta en este blog) textos con este mismo título, “El mejor profesor de mi vida”. Ya han llegado varios. Iremos publicando una selección.

La intención es hacer honor al mérito extraordinario de estos grandes docentes y que, en la medida de lo posible, ello sirva como acicate para los jóvenes. Las normas son bien simples: textos de entre 500 y 1.000 palabras centrados en contarnos cómo eran aquel profesor o aquella profesora que nos dejaron una huella imborrable.


 

Hay 34 Comentarios

hay dos maestras que marcaron mi vida en segundo grado la niña sara ella me apoyo mucho y la niña rosa maria vargas azofeifa que me dio desde tercer grado hasta sexto ella se preocupo mucho por mi y me ayudo a tener un poco mas de confianza como estudiante, al final de ls clases me dejaba para practicar con ella y me volvia a explicar la leccion. gracias a esos ejemplos me tarea es ser profesora.

aww me llena de alegria saber que existen personas como yo... tengo 13 años y admiro a mi profe de mate desde el primer dia que entro a clases tan feliz llena de energia y buena onda,que me reto miles de veces pero no me inporto porque gracias a ella estoy orientando mi camino hacia la matematica que gracias a ellA estoy hoy luchando con la vida para que este orgullosa de mi como yo l oestoy de ellla que,save que daria mj via
da por ella en ocasiones puse en riesgo mi caracter social por ella pero no me inporto..quiero ser grande pra contarles a mis hijos de esta mejor profe la mejor profesora de mi vida..me enseños muchas cosas de entre ellas que no hay que odiar a alguien porque te rete porqe solo te esta guiando.. perdon por todo..recuerdo esos dias en qeu te defendia con mis compas que te sacabban el cuero a cuatro manos y que pperdi varios de ellos sin embargo te amo y ojala algun dia podamos ser amigas aunque tu tengas 29 y yo 13 la mejor profesora de mi vida

El leer esto hizo que se me humedecieran los ojos recordando al mejor profesor que he tenido, José Luis Valencia, me daba etimologías y métodos de investigación en el bachillerato, gracias a él es que me encanta leer y me decidí a estudiar historia, recuerdo que un día de la nada llegó con un montón de libros y me dijo que eligiera uno, yo escogí uno al azar que era el más grueso, entonces me sonrió y me dijo que sabía que iba a elegir ese. Resultó ser una novela maravillosa que hizo que me apasionara por la historia y aunque el no impartiera esta materia le gustaba muchísimo y nos contagió el gusto por ella, nos decía que estudiáramos lo que nos apasionara no lo que nuestros papás querían o algo en lo que ganáramos dinero aunque no nos gustara. Recuerdo que sus clases eran las más difíciles y sus exámenes siempre los más temidos por todos, teníamos que matarnos estudiando para su materia y llegamos a decirle que no podíamos con tanto, pero él nos decía que no iba a bajar el ritmo, que nosotros teníamos que alcanzarlo y superarlo su frase era per aspera ad astra!,.Le apasionaba lo que enseñaba y nos hacía interesarnos en ello, aprender, nos hacía pensar y rompernos la cabeza traduciendo oraciones y haciendo análisis morfosintácticos, pero nada más satisfactorio que la sensación que teníamos después de lograrlo. Pero más que los contenidos, lo que admiro de ese profesor es que nos contagió esas ganas de aprender, de investigar, de esforzarnos, de ser perseverantes, cómo olvidar las clases en las que casi salíamos llorando cuando nos daba algún sermón que nos hacia reflexionar, sobre la guerra, o la condición humana, el amor o algo así. El último día de clases nos hizo decir un comentario sobre como nos había parecido su clase, lo que más decían era que había sido muy difícil pero que había valido la pena, finalmente alguien le dijo sólo gracias y se le humedecieron los ojos, al final todos salimos llorando. Cómo olvidar a ese profesor, supongo son pocos quienes merecen llamarse el mejor maestro que hemos tenido.

A dos de mis grandes maestras: Lola de Vaqueros y Emma Ivanovich. Que Dios las tenga en su reino; eran de los mejor

Que bello poder recordar con desprendimiento y agradecimiento a aquellos que junto nuestros padres nos formaron para ser hoy en día hombres y mujeres de bien. Recuerdo con orgullo a 3 de mis maestros. Sor Evangelista Torres, mi maestra en 3o, 4to y 5to grado de primaria , Sor María Elena Lobo profesora de matemática en bachillerato y al profesor Francisco Puleo quien me enseño los primeros pasos en la docencia y me enseño a amar esta bella profesión en la que tengo más de 30 años. Que Dios bendiga a los buenos maestros y profesores.

Me gustaría participar iniciando sesión pero participo en las redes sociales que indican

Excelente texto. Los mejores profesores siempre han escaseado, pero en los tiempos que corren son todavía menos. El prestigio social ya no los acompaña y tampoco hay una remuneración económica que resulte atractiva. Queda la vocación y tener la suerte de trabajar en un centro escolar decente. ¡Y sin embargo la buena educación es ahora tan necesaria! Me atrevo a ahondar un poco al respecto acá. --> http://cort.as/3QjJ ¡Saludos!

Escarbar en els records no és una tasca fàcil. És d’aquells exercicis en què la ment s’ha d’obrir pas per sobre totes les informacions emmagatzemades, sovint, totalment banals i prescindibles. A costa d’empènyer però, arribem de nou a sentir les mans brutes, els peus plens de sorra i les olors d’aquella bata de quadres tacada de macarrons amb tomàquet. I de seguida, com si d’una pila de fotografies es tractés, retorna tot. Però no em venen noms, només records abstractes i sobretot sensacions.
Penso en l’escola primària i automàticament se’m dibuixa un somriure a la cara. I me’n adono, que sóc de les que han tingut sort, de les que va anar a una de les escoles públiques del barri en un època que tot just s’imposava el canvi i la majoria de docents ho eren per vocació i per convicció, talment coneixedors de la rellevància i transcendència del que feien. Així vaig aprendre a estimar el que aprenia, a gaudir. La transmissió de coneixements era indestriable de l’educació en valors.
A mesura que em vaig fer gran, a secundària em vaig trobar professors més avorrits, més cansats de fer el què feien, menys il•lusionats. De manera que el meu interès és va anar rutinitzant i alhora enfocant. No em calia ni haver començat les equacions de segon grau per imaginar-me fins a quin punt se me’n anirien pel mateix lloc que les eucariotes i les procariotes. Tot conjuntament al magatzem de les coses estudiades, absorbides i finalment, vomitades. Però què hi farem, em van ensenyar a ser una bona alumna: escoltar, copiar i repetir. Gloriós!
Amb ganes d’aprofundir vaig arribar al batxillerat. D’entre tot el professorat, ella: seca, directa i poc donada a la conversa. Els dos anys vaig fer tenir-la. El segon any encara no sabia ni el meu nom. No duia mai fulls, ni bolígrafs, ni apuntava mai res a la pissarra, ni portava l’ordinador...res. Ella s’ajeia a la punta de la taula i allà començava la història. Dues hores infinites en què per única vegada se la veia somriure. Com si tingués 4 anys entrava en les històries de Tirant lo Blanc, de la Colometa...No podia apuntar res perquè això implicava per un moment deixar d’escoltar-la i mirar-la. Malgrat la relació purament industrial que ella imposava, vaig sentir com obria dins meu un abisme tot i que sentia la seva pura indiferència cap a mi. Trimestre rere trimestre em puntuava amb un suficient que a mi m’esgarrapava per dins. A mi! A mi, que em feia esquemes i mapes conceptuals com m’ensenyaven a totes les altres classes...Sempre em deia: pots fer més.
Crec que mai sabrà el que va marcar en mi, però tampoc ho necessito. Ella em va descobrir un món però no és una persona que recordi amb un somriure. Em va fer frustrar-me molt i no penso en ella com a la millor professor de la meva vida. En canvi, els meus professors de l’escola no han marcat potser el meu itinerari professional o d’estudis, però si han marcat la meva vida en voler aprendre, respectar i estimar.

Aunque a quienes me conozcan pudiera extrañarles, tengo que confesar que mi mejor maestra fue una monja del colegio Santa Ana de Huesca, la Hna. Rosa Mª Arbós, cuyas clases de Lengua y Literatura Española nunca olvidaré. Los clásicos estaban vivos (literalmente) en sus clases. Un día el mismo Gustavo Adolfo Bécker salió de su tumba (un armario empotrado del aula), para recitarnos sus poemas a las (40) preadolescentes de 13 años de principios de la década de los 70 que caímos rendidamente enamoradas a los pies del fantasma. Conocí tan de cerca la novela picaresca española y El Lazarillo de Tormes que 8 años más tarde, sin haberlo vuelto a ver, me lo encontré en mi examen de oposiciones a maestra y obtuve un 9,5 de nota. La buena Hna. Rosa Mª salió también en defensa de mis cualidades y conducta cuando otra monja-arpía, la Hna. Genoveva Maiza, mancilló mi nombre y mi honor en una entrevista con mi madre. A cada una, lo suyo.

GRACIAS

La madre Pino, una profesora de religión, del Colegio M.M.Dominicas Vistabella, maravillosa que más que una profesora fue para mí en unos años difíciles una guía, una consejera... y D. Adolfo un profesor de historia de arte, del Colegio Luther King la laguna, fantástico, que contagiaba su amor por el Arte en clase.

Juan Fernández, profesor de latín en la Universidad Pablo de Olavide. Un grande! Un pequeño resumen de sus clases: "Nihil novum sub sole".

En mi caso no se si es todo tan idílico.
El mejor alumno que tuve yo resultó ser una persona con diagnóstico médico de tendencias psicopáticas y delirios auditivos (un psicópata que oye voces) pero interesado en lo que enseñaba, de los que buscan más allá de lo que se explica, etc.; y el mejor profesor que recuerdo haber tenido es un solitario semialcohólico que como profesor de dibujo era excepcional

"Fortiter in re sed suaviter in modo" la formula es fácil.

El mejor profesor de mi vida es Alonso Guerrero.
Alonso era profesor de Literatura y Teatro en mi humilde instituto de Fuenlabrada.
Nos enseñó a movernos con soltura en el escenario. Ensayaba con nosotros fuera de su horario y nos otorgó la posibilidad de representar con mucho éxito su propia obra, una comedia titulada "El drama del Siglo XX".
Además de aprender sobre la vida, superar la timidez de la adolescencia gracias al teatro, y reír y reír ensayando, Alonso nos daba una clase tras otra momentos memorables hablando de autores de la Literatura Contemporánea en España. Hablando de "Valle" de Machado, Cela, Delibes...
Su gran sonrisa el día que mis compañeros me pidieron que le imitara y su felicitación por la parodia me recuerdan su humildad y buen humor.
No hay un sólo día que no haga una broma en mis clases a mis alumnos y al ver sus sonrisas me veo en mi mesa verde de instituto, adolescente y flacucho disfrutando de una clase de Alonso el de "Lite".
Un abrazo maestro, ojalá llegué

Don José Mora Fernández, siempre en mi corazón.

Alejandro Rodríguez Carrión , lo mejor .

En mi memoria siempre estará Alejandro Carrión .

Buenas noches. Es interesante esta publicación. La mejor satisfacción de un profesor es lograr que sus alumnos tengan bases humanistas y cognitivas muy sólidas, para concretar sus metas en la vida y por medio de este la propia felicidad o satisfacción personal.

Don José María Quero, profesor de Latín en la Universidad Laboral de Málaga. Siempre nos decía: "estudien, estudien, que algún día me lo agredecerán". Nos hablaba siempre de usted y con un gran respeto.

Carlos, esta idea me parece excelente. La aprovecharé para rendir homenaje a mi profesor de Literatura en quinto curso de bachiller, allá por 1973 en el Colegio Raimundo Lulio de Madrid. Mi profesor se llamaba Don Manuel Bello y fue quien promovió en mí el gusto y la afición por la lectura. En un entorno asfixiante y escasamente pedagógico, como era ese colegio en aquella época, en el que abundaban los aficionados a maestros, que no maestros, ya fueran frailes o laicos, este profesor logró de manera destacada, mediante lo que ahora los docentes conocemos como “aprendizaje significativo”, motivarme hacia la lectura de una manera natural y sorprendente para la época. Lo habitual era por aquél entonces la lectura obligada de textos clásicos como El Quijote, del que los adolescentes quinceañeros, apenas lográbamos comprender alguna idea. Sin embargo, Don Manuel nos sugirió que comenzáramos a leer lo que más nos gustara, lo que más nos llamara la atención. Como en mi caso lo que más me intrigaba en mi adolescencia eran los ovnis y los fenómenos extraños que comentábamos frecuentemente con los compañeros de clase, me propuso varias lecturas, entre ellas “El retorno de los brujos”, de Louis Pauwels y Jacques Bergier, así que compré una edición de bolsillo de 1971 de Plaza y Janés, ¡como libro de texto!, que aún conservo. Ese libro fue el detonante de mi afición por la lectura y de mi interés por el estudio, que desembocó a su vez en la licenciatura y el doctorado, así como en mi carrera como docente universitario. Esta estrategia didáctica continúo utilizándola con mis alumnos porque es realmente efectiva e inolvidable. La sugerencia de la lectura de ese libro fue la espita que abrió el tarro de las esencias. Después vinieron muchos más, y por supuesto El Quijote, pero vino cuando ya le esperaba, no antes. Y es que la labor de un buen docente puede llegar a influir tanto en la vida de su alumno, que puede lograr orientarla para siempre. Sin esa habilidad pedagógica de Don Manuel, un modesto profesor de bachillerato, olvidado, que ahora quiero recordar en este escrito, probablemente, yo no habría logrado aprender todo lo que aprendido en esta vida, conocer el enorme disfrute que me ha proporcionado la lectura, ni probablemente, llegar a ejercer mi labor como docente. Seguramente tampoco, sería quien soy en este momento. Muchas gracias, Don Manuel.

Buenos días. Fue casual el encuentro con este artículo. Soy Profesor de Filosofía y estudiante de Posgrado. Hace algunos meses estuve en un Congreso en Madrid (Universidad Complutense). Ser profesor no sólo es una profesión a la que uno le dedica horas y horas. Ser profesor es una "vocación", expresión trillada; pero siempre actual. Así, la docencia es servicio y el Profesor es imagen, "ícono" y modelo de los estudiantes. Porque no sólo enseñamos con las palabras, también enseñamos con nuestro ejemplo de vida. Un abrazo desde México, D. F; Profr. Arroyo.

el mejor profesor de mi vida, un maestro, al que recuerdo con reverencia y con absoluto respeto nacido del profundo cariño se llamaba Francisco Remiro, Paco Remiro, y era profesor de Latín en el instituto Grande Covian de Zaragoza en 1989. Yo tuve la fortuna de asistir a sus clases, a todas absolutamente a todas porque incluso un día fui con las muelas del juicio recién operadas y me dijo "Rodríguez, espérenme en el pasillo que la voy a llevar a su casa, se encuentra usted fatal y no es posible que no este en la cama" durante segundo y tercero de bachillerato y en COU.
Lo de Paco Remiro era afición porque explica latín para que 44 elementos adolescentes llenos de hormonas y granos estén boquiabiertos hora tras hora y traduzcan la Guerra de las Galias sin pestañear es de Nobel. Veréis, analicemos las posibilidades, este acusativo tiene cinco, por ejemplo, un acusativo de lugar, el sujeto de un infinitivo, un objeto directo, parece un acusativo pero no lo es,.... Y así ad infinitum. de suerte que uno de nosotros, luego médico, con la cabeza entrenado sima para el análisis decía: mm, me duele la cabeza, analicemos, tengo la tensión alta, estoy con la regla, hace mucho calor, tengo un tumor cerebral,.... Descartemos. Paco Remiro hizo la gramática latina un elemento de aprender a pensar, a razonar, escribir, a admirar como se estructura una lengua, que es como decir como se estructura la mente humana.
Fui el número uno de mi oposición estoy convencida de que gracias al Latín y así fui a decírselo, agradecida, al instituto de la Bombarda de Zaragoza, donde lo encontré. Se qué murió poco después. Su pérdida, para su alumnos futuros, fue irreparable, los que tuvimos la enorme suerte de disfrutarlo nunca lo olvidaremos. Es para mi un ejemplo de como una sola persona si puede cambiar la Historia. (perdonad la ortografía, escribo desde el iPad y no me apaño todavía muy bien)

Dña Adela, profesora de Literatura en el Instituto Alas Clarín de Oviedo. En ese momento, 2º-3º de BUP no supe valorar lo suficiente a esta gran profesora pero tengo claro que me marcó. Tuvo la mala suerte de vivir una dictadura pero sus ideas republicanas no se quedaron dormidas,.

Hola soy el mediano de uno de los 5 hijos/as de Joaquín Plans. Carlos, para mí ha sido una gran sorpresa y un precioso regalo tu artículo porque me ha ayudado a recordar facetas suyas.

Mi padre, aunque murió con sólo 38 años me enseñó algo fundamental: merece la pena vivir la vida con intensidad, al 100% y por tanto, disfrutar con pasión el esfuerzo y cariño con los que uno hace cada cosa.

Ahora tengo 30 años, estoy casado y soy padre de una niña de 4 meses y estoy convencido que este mundo lo cambian y mejoran las personas que logran vivir con esta actitud. Yo, gracias a él y a mi madre, me siento capaz de ello.

Un abrazo de corazón para ti Carlos y otro para las personas valientes que intentamos vivir con ilusión cada cosa que hacemos :)

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Sobre el autor

Carlos Arroyo

ha navegado profesionalmente entre las cuatro paredes de un aula, la redacción de EL PAÍS y la dirección del Instituto Universitario de Posgrado. Esa travesía le ha convencido de que educar bien a los hijos es saldar buena parte de la deuda con la vida. Es autor de Libro de Estilo Universitario y diversos libros de ayuda al estudiante.

Web: www.ayudaalestudiante.com
Correo: arroyocarlos@ayudaalestudiante.com

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