Ayuda al Estudiante

Ayuda al Estudiante

El ecosistema educativo tiene un triángulo esencial: estudiantes, padres y profesores. Lo demás es contexto. Si este se sitúa en el centro de gravedad, algo va mal. Los análisis sobre educación tienen un peligro casi invisible: la paralización fascinada por lo mal que estamos. Descalificar sin analizar es injusto y analizar sin proponer alternativas, estéril. Así que el propósito de este blog es claro: ayudar a estudiantes, padres y profesores a encontrar alternativas de mejora.

Sobre el autor

Carlos Arroyo

ha navegado profesionalmente entre las cuatro paredes de un aula, la redacción de EL PAÍS y la dirección del Instituto Universitario de Posgrado. Esa travesía le ha convencido de que educar bien a los hijos es saldar buena parte de la deuda con la vida. Es autor de Libro de Estilo Universitario y diversos libros de ayuda al estudiante.

Web: www.ayudaalestudiante.com
Correo: arroyocarlos@ayudaalestudiante.com

Libros

Soy estudiante y necesito ayuda

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El éxito en los estudios no es solo cuestión de inteligencia, sino que está al alcance de la mano con apertura personal al cambio, hábitos adecuados, una mejora organizativa, una adecuada actitud en el aula, un buen método de trabajo intelectual y una elevada dosis de motivación. Más información.

100 cosas que debes hacer para mejorar como estudiante

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Una guía rápida con consejos concretos, claros y ordenados sobre cómo aprovechar lo que te empuja y evitar lo qué te frena para alcanzar el éxito académico. Perfeccionarás tus técnicas, aprenderás a manejar actitudes y motivación para aprovechar las clases, y mejorarás tus habilidades de organización y planificación. Más información.

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La guerra de los distractores o la entropía del estudiante

Por: | 31 de marzo de 2014

Castillo1
El lenguaje metafórico te da la posibilidad de entender el mundo saltándote muros repletos de 
detalles. Y si dejas que la metáfora se quede un rato dando vueltas en la mente, sirve también como agitador de ideas. Así que usaré la metáfora de la entropía para referirme a una situación que los estudiantes conocéis espléndidamente: el ataque masivo de galácticas naves distractoras justo cuando ibais a decidir sentaros a trabajar en vuestro escritorio. Una de las mejores explicaciones sobre la vulnerabilidad de esos momentos la oí no hace mucho de labios de una chica de 15 años: “Es que cuando voy a ponerme a estudiar, de repente hasta las paredes de mi habitación se vuelven importantes”.

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AUTOR INVITADO: MARIANO FERNÁNDEZ ENGUITA, catedrático de la Universidad Complutense y sociólogo especializado en la educación.

 

Es un lugar común en las conversaciones entre y con profesores la idea de que no gozan del apoyo ni del reconocimiento adecuados, sea en términos materiales (remuneración, condiciones de trabajo, recursos, autoridad) o simbólicos (prestigio, reconocimiento, imagen pública). Para sustanciarlo siempre hay disponible un stock de anécdotas sobre el-caso-del-compañero-al-que-le-sucedió-esto-o-lo-otro, lo que desde luego no es difícil que ocurra, con cerca de 700.000 docentes y más de 8 millones de alumnos. Sin embargo, como he mostrado en otros escritos (remito a entradas recientes en mi blog o en el blog del INEE, así como a un par artículos anteriores en Revista de Libros y en Papeles de Economía y a una comunicación al Congreso de Sociología, para no repetirme), cuando pasamos de las anécdotas a datos más sistemáticos recogidos mediante estadísticas y encuestas, el panorama es enteramente distinto.

De hecho, una encuesta tras otra muestran que el profesorado goza de un elevado prestigio.

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El tiempo lo hará más grande

Por: | 24 de marzo de 2014

La muerte del presidente Suárez convierte casi en una frivolidad hablar hoy de otra cosa, así que renuncio a ello. No porque tenga nada especial que aportar, lo que sería difícil habida cuenta del aluvión de artículos. Pero sí me gustaría expresar dos sentimientos.

El primero es un reconocimiento de culpa (que hace años formulé en mi fuero interno). Fui uno de esos ciudadanos que se consideró con derecho y con razones para juzgarlo muy duramente en algunos momentos de su trayectoria política. Hoy sé que la razón de fondo estaba de su parte y yo opinaba desde el Olimpo. Aún me pregunto cómo pude ser tan arrogante y cómo podía estar tan equivocado.

El segundo es mi admiración por su complejísima tarea política, que se convierte en veneración cuando caigo en el penoso ejercicio de compararlo con los de ahora. Y en un puro estupor cuando leo u oigo tantos elogios de salón entre los políticos. La cosa podría ser formulada de manera muy simple: si tan bueno era, aprendan de él y traten de emularlo en las grandes líneas. Y menos palabritas.

Creo que, cuando mueren, los buenos profesores siguen viviendo en lo que con ellos aprendieron sus alumnos (y en lo que gracias a ellos siguen aprendiendo). Y creo que, mucho más allá de sus errores, el presidente Suárez vivirá siempre en nuestra historia personal como un extraordinario ejemplo de reconciliación. Siempre lo recordaremos como uno de esos valientes ciudadanos que nos trajeron las urnas para cambiar las cosas en paz. Ahora es fácil usarlas.

El tiempo lo hará más grande. No porque lo digan hoy los periódicos, sino porque nuestros hijos y nuestros nietos ya no podrían ni imaginarse lo que fue vivir bajo una dictadura. Por mucho que lo estudien en clase.

 

 

Conoce a tu profesor como a ti mismo (o casi)

Por: | 17 de marzo de 2014

Estudiantes en clase

EL MÉTODO DE ESTUDIO IV 

 

La película de la educación tiene varios protagonistas, y el principal eres tú, querido estudiante. Si renuncias al protagonismo, no hay película y todo queda en un mal guión abandonado. Hoy me centraré en cómo sacar partido a tu manera de entender a los profesores, unos coprotagonistas que, a diferencia de tus padres, van cambiando de vez en cuando. A lo largo de tu vida estudiantil los tendrás de todos los colores, pero en este artículo hablaré de ellos en singular, porque tu actuación debería seguir una estrategia singularmente adaptada a cada uno.

Si hicieras una supersíntesis para ponerle etiquetas a tu gama de actitudes frente al profesor con cinco adjetivos, más o menos abiertos y permeables por los flancos, podría salirte quizá algo parecido a esto: fascinada, constructiva, indiferente, reticente u hostil. Es probable que la distribución sea bastante menos frecuente por los extremos y más por el centro (es decir, gaussiana), y los adjetivos evocarán sumariamente todo lo que lleva dentro una relación profesor-alumno, pero no te costará encontrar la etiqueta adecuada para definir tu actitud con este o con aquel profesor.

Las actitudes incluyen un notable ingrediente emocional (no siempre consciente ni controlable, aunque ahora no lo analizaremos), pero te vendrá bien saber que la parte no positiva, es decir, la indiferencia, la reticencia y la hostilidad, conlleva el riesgo de salir perjudicado como estudiante. No es una valoración, es un comentario práctico. Te diré por qué.

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¿Qué tipo de madres y padres somos?

Por: | 13 de marzo de 2014

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AUTOR INVITADO: CARLOS GUERRA,
doctor en Sociología y experto en calidad y evaluación educativa.

 

Son numerosos los datos e indicadores que nos muestran que en la sociedad española no ha terminado de calar la idea de que disponer de un sistema educativo obligatorio es para que todos los niños y jóvenes alcancen unos mínimos conocimientos, actitudes, competencias y valores que les faciliten el ejercicio de su libertad, y para contribuir a limar las desigualdades sociales ligadas al origen social. De manera que el incremento de la autonomía de los individuos sea el elemento que ayude a cohesionar nuestra sociedad y hacer que la misma sea más prospera. Son muchas las familias y los profesores que no comparten este ideario, aunque algunos de ellos públicamente manifiesten estar de acuerdo con él.

Esta falta de acuerdo sobre la finalidad de nuestro sistema educativo es la que en buena medida explica las elevadas tasas de fracaso escolar que tenemos y los malos resultados académicos de nuestros hijos (el 40% de los jóvenes españoles de 15 años ha repetido algún curso a lo largo de su trayectoria). ¿Por qué la ausencia de consenso en este tema tiene estas consecuencias? Basta con que nos hagamos algunas preguntas como las siguientes y reflexionemos sobre las respuestas que les damos, para que quizás lo veamos con mayor claridad: ¿todos los padres y las madres reaccionamos de la misma forma ante los resultados académicos de nuestros hijos/as?, ¿adoptamos las mismas actitudes?, ¿por qué respondemos de maneras distintas?

Al analizar nuestras respuestas atendiendo solo a dos variables muy sencillas, los resultados habituales de nuestros hijos en las evaluaciones (aprueban o suspenden) y nuestra actitud hacia los demás (egocéntrica o empática), es probable que coincidamos en distinguir al menos siete perfiles de padres y madres.

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Si fue un ensayo, no digas que fue un error

Por: | 10 de marzo de 2014

Alumnos en el laboratorio
El ensayo y error es una forma de aprendizaje consustancial al ser humano: así funciona nuestro cerebro. No aspiro a cambiar la realidad, pero es una expresión que me incomoda mucho, aunque a estas alturas me debería conformar. Lo mejor sería cerrar la boca ante su amplia difusión general y su específico uso en la ciencia (como sinónimo de prueba y error, que bien podría quedarse en prueba). Pero en educación prefiero quitarme las gafas de cerca y mirar con las de lejos: ensayo y éxito. Por dos razones: limpiar de connotaciones negativas la palabra ensayo, que considero trascendental para el ser humano, y empujar su significado justo hacia las buenas consecuencias a medio y largo plazo, más allá de unos primeros e insatisfactorios resultados. En países de querencia dramática como España, y en una población (la juvenil) que aún no sabe apreciar los beneficios del error bien analizado y asimilado, para los estudiantes es más atractivo hablar de éxito (insisto: reconociendo el extraordinario influjo que los errores tienen en el aprendizaje de cualquier joven despierto y autocrítico). 

Me pasa algo parecido con la palabra repetición, la condición sine qua non del ensayo y, por lo tanto, del éxito. Una palabra maldita, con connotaciones negativas a más no poder. Pueden referirse a una pésima marcha en los estudios que provoca la no promoción, al hastío de hacer lo mismo, a la insistencia extenuante en un mensaje que ya nos sale por las orejas o, por agarrarme a sinónimos cortos, a la reiteración, la pesadez, la reincidencia, la imitación, la uniformidad, la recaída o incluso el lamentable eufemismo televisivo de multidifusión.

Con la mala prensa que tiene, no es fácil convertir repetición en una palabra simpática. Menos aún, entre los estudiantes. Sin embargo, es uno de los fundamentos del éxito en cualquier faceta, a poco que, dándole un ligero aire musical, pasemos sutilmente de repetición a ensayo. Dejemos repetición para la reiteración mecánica y sin cambios intencionados. Y empleemos ensayo para la repetición consciente, intensa y con un deliberado propósito de mejora acumulativa, como ocurre en el mundo de la música clásica, el teatro o la danza, por poner buenos ejemplos. 

A veces pensamos que los grandes músicos, actores, escritores o deportistas de élite hacen las cosas tan bien porque son muy buenos. No les bastaría. Buenos lo son, y mucho. Pero ensayan, y muchísimo. Repiten, repiten y repiten. Y cuando se han cansado, vuelven a repetir. Y al día siguiente, repiten, porque para ellos el objetivo de la perfección es magnético. Digámoslo como Malcon Gladwell: “La práctica no es lo que haces cuando eres bueno. Es lo que hace que seas bueno”. O como Thomas Jefferson, ex presidente y padre de la Declaración de Independencia norteamericana: “Creo bastante en la suerte. Y he comprobado que, cuanto más duro trabajo, más suerte tengo”.

De modo que una de las campañas publicitarias masivas que deberíamos hacer con nuestros estudiantes y nuestros hijos debería versar sobre las virtudes del ensayo y su inevitable consecuencia, el éxito.

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¿Tomar apuntes o copiarle al profesor hasta los estornudos?

Por: | 03 de marzo de 2014

Alumno tomando apuntes. Getty

EL MÉTODO DE ESTUDIO III

A los proverbios chinos les obligamos a decir cualquier cosa que nos convenga, pero hay uno que de verdad dice que "la tinta más pálida es mejor que la memoria más retentiva". En estos tiempos te sonará a cosa del siglo pasado (aunque tiene algunos más), pero es una de las grandes ideas que, por increíble que parezca, todavía se debe intentar inculcar a muchos estudiantes.

Anotar aligera de peso muerto la memoria y, en consecuencia, la agiliza, la centra en lo esencial y, de este modo, la hace más eficiente. Además, entendemos y recordamos mucho mejor lo que oímos y escribimos que lo que solo oímos. Hablaremos más adelante del controvertido tema de la memoria, pero quédate con la idea de que hay maneras de ayudarla a funcionar mejor. Y los apuntes son una excelente herramienta: de las mejores.

Para darle la importancia que tienen, piensa en la gran correlación existente entre apuntes y resultados académicos. Te será tan dífícil hallar compañeros con malos apuntes y buenos resultados como encontrarlos con buenos apuntes y malos resultados. Y aún más: busca a buenos estudiantes que no hayan perfeccionado con el tiempo su toma de apuntes. Poquitos encontrarás. Como el tiro libre o el saque de tenis, los apuntes mejoran notablemente con el ejercicio. Pero si alguien piensa que tomar buenos apuntes es una actividad robótica que solo depende de la oreja y de la mano, sin apenas pasar por la mente, va desencaminado. Es mejor que cambie de enfoque (sea estudiante o profesor).

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