Ayuda al Estudiante

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El ecosistema educativo tiene un triángulo esencial: estudiantes, padres y profesores. Lo demás es contexto. Si este se sitúa en el centro de gravedad, algo va mal. Los análisis sobre educación tienen un peligro casi invisible: la paralización fascinada por lo mal que estamos. Descalificar sin analizar es injusto y analizar sin proponer alternativas, estéril. Así que el propósito de este blog es claro: ayudar a estudiantes, padres y profesores a encontrar alternativas de mejora.

Uno para todos y todos para uno

Por: | 29 de mayo de 2014

Reunión de madres y padres en el centro
GESTIÓN DEL CONOCIMIENTO ENTRE PROFESORES

AUTOR INVITADO: JAVIER MARTÍNEZ ALDANONDO, gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria (Chile).

Poca gente sabe que la frase popularizada por Los tres mosqueteros en la inmortal obra de Alejandro Dumas es también el lema no oficial de un país como Suiza. Lo preocupante es que esa consigna, que representa el máximo paradigma del compromiso colectivo, se cumpla tan esporádicamente en una civilización como la nuestra que goza de tantos recursos y conocimiento que compartir.

Diariamente, en todos los ámbitos de la vida, ya sea laboral o privada, somos testigos atónitos, pero también protagonistas de comportamientos que persiguen a toda costa el interés personal. Sin ir más lejos, los abundantes episodios de corrupción y fraude que inundan los medios de comunicación no son más que la punta del iceberg de esa fiebre de egoísmo y egocentrismo a la que los anglosajones se refieren como “Me, myself and I”.

No debiera sorprendernos: solamente estamos cosechando lo que sembramos. Hace tiempo que apostamos decididamente por un modelo de sociedad basado en la competencia despiadada y en derrotar al rival a toda costa, en lugar de buscar el interés común y la colaboración. Lo verdaderamente sorprendente es que existen multitud de evidencias que confirman la naturaleza colaborativa del ser humano. Las personas nacen altruistas y el deseo de cooperar y ayudar al prójimo son la regla, lo que demuestra que, desprovistos del barniz cultural, estamos intuitivamente dispuestos a colaborar con nuestros semejantes sin necesidad de que existan gratificaciones o castigos. ¿Dónde comienza entonces esta epidemia individualista?

Si analizamos el sistema educativo, comprobamos como los niños compiten encarnizadamente entre sí desde muy pequeños. Pero no solo compiten dentro del aula; están incluso compitiendo por la posibilidad de acceder a determinados centros educativos que hacen exámenes de admisión a criaturas de cinco años. El mensaje que les enviamos es inequívoco: tus compañeros son rivales que buscan alcanzar el mismo premio que tú, arréglatelas por ti mismo, nadie te va a ayudar, tu vida depende de tu esfuerzo personal.

En este contexto, me llama particularmente la atención las enormes dificultades que encuentra para trabajar de forma colaborativa un gremio estratégico como el de los profesores, quienes teóricamente son expertos en aprendizaje y, al mismo tiempo, actores importantes en el proceso de formación de los ciudadanos del futuro. Lógicamente, los profesores no viven ni trabajan aislados de la sociedad a la que pertenecen y son parte del modelo del que son uno de los colectivos mejor valorados por los ciudadanos.

No cabe duda de que los profesores operan en el negocio del conocimiento. La principal misión que, equivocadamente, les hemos asignado, consiste en transferir su conocimiento técnico (asignaturas) a sus alumnos, lo que implica cumplir algunos supuestos elementales:

1. Para tener conocimiento que transferir, previamente hace falta haberlo adquirido, es decir haber aprendido. Si partimos de la base de que el único activo que tiene un profesor es su conocimiento, entonces no puedes ser profesor y enseñar a otros si no eres un experto en aprendizaje. Y si los profesores fuesen realmente expertos en aprendizaje, no enseñarían como enseñan.

2. Dado que el mundo cambia vertiginosamente, un profesor necesita estar en proceso de aprendizaje continuo, al igual que cualquier otro profesional. El objetivo de un profesor no debería estar encaminado únicamente a que sus alumnos aprendan sino, sobre todo, a que se apasionen con aprender. Por eso, no tiene sentido que un profesor no predique con el ejemplo y por tanto se preocupe de actualizarse e incrementar su stock de conocimiento de forma permanente, con énfasis en sus habilidades para ayudar a que sus alumnos aprendan. Cuanto más conocimiento tiene un profesor, más valioso se vuelve para sí mismo, para sus alumnos, para sus pares y por ende, para la sociedad en su conjunto.

Reunión profesoras 1

¿Cómo aprenden los profesores?

Una vez que un profesor ingresa a trabajar en un centro educativo, hay varias maneras de abordar ese proceso:

1. Existe siempre la posibilidad de que cada profesor acometa el proceso de aprendizaje por su cuenta y riesgo, de forma individual e independiente. Esta alternativa, que forma parte de la manera en que invariablemente las personas nos desarrollamos, se demuestra una estrategia muy limitada cuando se convierte en nuestra única opción. Aprender en solitario, por ensayo y error, es lento y sobre todo muy ineficiente, pero además se evidencia como algo absurdo en un entorno tan rico en posibilidades.

2. Otra opción es que cada profesor aprenda además con y de sus pares que, a fin de cuentas, viven la misma realidad que él y en muchos casos, cuentan con mayor experiencia y por ende con mucho conocimiento que le podría ser muy útil. A esto se le llama colaboración. La oferta de actividades de aprendizaje (más allá de cursos y talleres formales) es casi infinita sobre todo si tenemos en cuenta las inmensas posibilidades que provee la tecnología. Sin embargo, resultan contradictorios los enormes esfuerzos que hacemos por lograr que los niños trabajen en equipo, desarrollen habilidades de comunicación, resolución de conflictos y aprendan colaborativamente mientras sus profesores no predican con el ejemplo.

¿Qué significa gestionar el conocimiento?

Uno de los pilares que sostiene la gestión del conocimiento es el acto de compartir. Todas las personas contamos con conocimiento que nos permite desempeñarnos en nuestros puestos de trabajo. Dicho conocimiento aumenta enormemente su valor y su impacto en el momento en que se pone en circulación, fluye y puede ser aprovechado por aquellos que lo necesitan. Al mismo tiempo, este mismo conocimiento se desperdicia y finalmente caduca rápidamente si cada persona se lo guarda para sí misma y únicamente lo gestiona de forma individual. Por tanto, gestionar el conocimiento implica sacar partido de todo lo que sabemos (que es mucho) y ofrecerlo como un activo que aportamos para el bien común y que está disponible para todo aquel que lo requiera. Gestionar el conocimiento obliga a declarar:Me comprometo a poner a disposición de los demás mi conocimiento, lo que yo sé, sin obtener más contraprestación que la confianza en que cuando yo necesite conocimiento, otros lo pondrán a mi disposición”. La gestión del conocimiento trata el conocimiento como un activo de propiedad colectiva y no individual.

¿Por qué tiene sentido gestionar el conocimiento y aprender de forma colaborativa?

En un planeta cuya complejidad no deja de crecer, nadie trabaja solo, nadie puede resolver problemas sofisticados por sí mismo y sobre todo, nadie lo sabe todo ni sabe más que todo el mundo. Cuando eres capaz de dominar la realidad gracias a que tu conocimiento te resulta suficiente, aprender no es una prioridad para ti. Pero en el momento que esa realidad cambia y tu conocimiento se demuestra insuficiente, entonces comienzas a lidiar con problemas (aquello que no sabes cómo se resuelve) y aprender se convierte en una urgencia, a veces cuestión de vida o muerte.

En esos casos, existen muchas posibilidades de que lo que necesitas aprender ya lo sepa otra persona y por tanto, en lugar de recorrer todo el camino desde cero, te puedas beneficiar de ello, ahorrar tiempo e innumerables sinsabores y errores inútiles.

El mantra de la colaboración se basa en ayudar (estoy disponible para entregar el conocimiento que tengo a quienes lo necesiten) y pedir ayuda (reconozco que no sé y espero recibir el conocimiento que no tengo cuando me haga falta). El conocimiento como intangible es un activo muy especial porque al contrario que los activos tangibles, no se pierde cuando se comparte.

Si cada uno tenemos una manzana y tú me das la tuya, entonces yo tengo dos manzanas y tú te quedas sin ninguna. Pero si cada uno tenemos un conocimiento y lo compartimos, entonces ambos nos quedamos con dos conocimientos cada uno. Cuando comparto lo que sé, siempre gano, ya que no solo nunca puedo perder lo que tengo, sino que siempre tengo la oportunidad de incrementarlo. Conviene no olvidar que todos hemos llegado hasta donde estamos gracias a que otros nos ayudaron compartiendo su conocimiento, empezando por nuestros padres.

Grupo de trabajo de profesores

¿Qué conocimiento merece la pena compartir?

Para responder esta pregunta, primero habría que decidir qué conocimiento es el más importante que tiene un profesor y que resulte de utilidad para sus pares y sus estudiantes. Contrariamente a lo que opina la mayoría, el conocimiento más importante no es el técnico de sus asignaturas, sino aquel conocimiento que permite a los profesores resolver los principales desafíos con los que tienen que lidiar para cumplir con sus objetivos, ya sean estos de manejo de sus alumnos, la relación con sus pares, alcanzar los resultados establecidos por el centro, etc.

El conocimiento técnico ni siquiera es muy relevante para los alumnos que, una vez adultos, sabemos que difícilmente harán la diferencia en tu vida como sí la hacen una serie habilidades necesarias para aspirar a llevar una vida madura, plena y que brillan por su ausencia en la sala de clases: aprender con facilidad, actuar con creatividad, analizar situaciones complejas y razonamiento, comunicarte, trabajar con otros y resolver conflictos, tolerar el fracaso, escuchar, tener inteligencia emocional, etc. Treveylan lo expresa sabiamente “La educación ha producido muchos individuos capaces de leer, pero muy pocos capaces de decidir qué merece la pena leer”.

La paradoja es que la mayoría de lo que enseñamos no sirve y lo que de verdad sirve, no sabemos cómo enseñarlo. ¿Están preparados los profesores para enseñar a sus alumnos ese tipo de habilidades? ¿O acaso lo más importante que aprendiste de tus padres fue cómo resolver ecuaciones o la capital de algún país exótico?

Son varios los conocimientos susceptibles de ser compartidos entre los profesores:

1. Aquello que dominas, lo que haces bien, te da buenos resultados y puede resultar útil para otros que todavía no lo saben. Se trata de aquellos activos de conocimiento que puedes ofrecer a los demás como fruto de tu experiencia. Es lo que comúnmente denominamos buenas practicas.

2. Aquello que no funciona, lo que sabes que no favorece conseguir los objetivos y que por tanto hay que evitar. Es lo que conocemos como lecciones aprendidas y que son fruto de errores de los que afortunadamente hemos sido capaces de aprender y, por tanto, podemos ayudar a que otros los eviten.

3. Aquello que no sabes, es decir, las preguntas para las que no tienes respuesta, lo que te genera dudas, lo que te causa problemas y que por tanto te sería de gran ayuda aprender y con lo que, sobre todo, se aprovecharían tus alumnos.

Si los beneficios de compartir conocimiento son tan evidentes, ¿Por qué cuesta tanto que los profesores gestionen su conocimiento y lo compartan?

Reunión 3

¿Qué condiciones deben darse para que la gestión del conocimiento pueda ocurrir entre profesores?

1. Tienen que querer. Me cuesta trabajo imaginar a una persona que escoja una carrera vocacional como la de profesor y no sienta pasión por su profesión. Generalmente, alguien apasionado está siempre sumamente motivado a compartir y aprender cosas nuevas. Ocasionalmente es posible encontrar individuos que optan por guardarse el conocimiento para sí mismos, en un intento por mantener su cuota de poder, pero por suerte esta situación no está generalizada.

También podría pensarse que a medida que un profesor va cumpliendo años, corre el riesgo de desencantarse con su trabajo, lo que disminuye su interés y su ánimo por aprender y colaborar. Sin embargo, cuanto más se acerca un profesor a la edad de jubilación, es cuando más conocimiento tiene y, por tanto, cuando más valioso resulta.

Sin duda, el peor enemigo para el aprendizaje es no querer aprender, considerar que yo ya lo sé todo o que el resto de mis colegas no tienen nada que enseñarme. Es cierto que resulta difícil hacer que alguien comparta si no quiere hacerlo, pero al igual que pasa, por ejemplo, en un equipo de fútbol, si un jugador no quiere pasar el balón a sus compañeros, en poco tiempo será excluido del grupo y no podrá seguir jugando.

Compartir el conocimiento se tiene que convertir en un requisito de entrada a la profesión docente y, desde luego, una condición de permanencia. Si no estás dispuesto a compartir con tus colegas, no tienes sitio en esta organización, sin importar lo que mucho que sepas. El cambio cultural de fondo consiste en pasar del yo al nosotros, de manera que el todo termine por ser más que la suma de las partes y no menos.

Necesito creer que trabajar compartiendo con otros, preguntando, ayudando, codiseñando es mejor, más saludable, más productivo que hacerlo por mi cuenta. Claro que una cosa es tener que trabajar colaborativamente porque la organización me lo exige y otra muy distinta es creer que trabajar con otros es más provechoso que hacerlo solo, aporta más valor, enriquece, mejora la calidad del trabajo y genera aprendizajes que aportan, Sin entrar en el ámbito de las situaciones que ocurren en todo colectivo humano (malas relaciones entre compañeros, celos, competencia, etc.), en general los profesores quieren aprender y están dispuestos a colaborar con sus pares y transferir conocimiento entre sí. Hoy por ti, mañana por mí.

2. Tienen que poder. Aunque los profesores quieran compartir, las condiciones laborales en las que se desempeñan no solo no incentivan ni favorecen el intercambio de conocimiento, sino que muchas veces lo obstaculizan, no dejando espacio alguno para que pueda ocurrir.

No existen roles, responsables ni procesos para la colaboración. Si queremos fomentar una actitud colaborativa entre los docentes, hace falta generar instancias para que dicha interacción sea posible. Eso implica facilitar espacios físicos adecuados, asignar tiempos específicos y entregar recursos que faciliten la interacción entre pares y la sistematización de lo aprendido.

Felizmente, las TIC favorecen que un profesor pueda acceder de forma casi instantánea al conocimiento y la información que necesite si apenas restricciones de tiempo o lugar geográfico. Y por otra parte, las TIC facilitan también que el conocimiento generado en cualquier actividad de aprendizaje pueda ser registrado, almacenado y reutilizado por terceros de manera muy sencilla.

Necesitamos instaurar medidas para que todo aquel que contribuye a aumentar el conocimiento de los demás sea reconocido y todo aquel que no esté dispuesto a compartir tenga claro que está trabajando en el sitio equivocado y que sus días están contados.

El gran cambio que subyace es lograr que la unidad de gestión y medición pase a ser el equipo en lugar del individuo. Ahora bien, el elemento crítico consiste en que estas instancias colaborativas (espacio físico, tiempo y recursos) formen parte del diseño, de la forma en que se trabaja y no, como hasta ahora, de algo que ocurre por caridad: si nos acordamos, si tenemos tiempo, si me caes bien, si nos queda algo de presupuesto… El desafío no menor es lograr que las instancias mencionadas en el punto anterior ocurran de forma sistemática, planificada y estructurada y no como una actividad esporádica. Por suerte, tenemos un imponente arsenal de herramientas tecnológicas que nos facilitan la tarea.

3. Tienen que saber. En la mayor parte de los casos, las personas no comparten su conocimiento porque no saben cómo hacerlo y la razón es muy fácil: nunca les enseñamos. Si toda tu trayectoria por el sistema educativo está organizada como una competición en la que tu único objetivo es sacar la mejor nota posible y en la que colaborar con el aprendizaje de los demás y compartir lo que sabes no tiene espacio alguno, es lógico que tu trayectoria laboral la ejecutes como una prolongación de esa misma competición, donde solo se puede ganar si otros pierden y donde todos los énfasis y los esfuerzos los colocas en tu propio provecho individual.

Las buenas noticias son que este aspecto es el que tiene más fácil remedio. La solución pasa por formar a los profesores en una serie de metodologías y técnicas colaborativas y de trabajo y aprendizaje en equipo. El objetivo es educar a que cada vez que un profesor va a enfrentar una tarea compleja:

A. Antes de comenzar a trabajar, indague qué conocimiento hay disponible sobre ese tema y quien lo puede tener (acostumbrarse a buscar colaboración).

B. Mientras ejecuta la tarea, necesitamos que se acostumbre a reflexionar sobre lo que aprende y cómo lo aprende, y se dé el tiempo para sistematizarlo con la vista puesta en su reutilización posterior.

C. Cuando finaliza la tarea, es obligatorio entregar como resultado de la misma el conocimiento y los aprendizajes generados durante el proceso para que terceros puedan sacar provecho.

Por tanto, el foco se concentra en enseñar a los profesores a colaborar y compartir, a reflexionar sobre su experiencia (de forma individual y grupal), a sistematizar lo aprendido y almacenarlo para su reutilización posterior, a ejecutar actividades de puesta en común, a mejorar su habilidad para escuchar (están entrenados para hablar), preguntar (están entrenados para responder) y comunicar su experiencia (mediante historias y casos), a ser humildes, no tener miedo de reconocer ignorancia y transparentar los errores. En este sentido, lo lógico es que los profesores compartan lo que hacen bien y cómo lo hacen, y también aquello con lo que tienen problemas y por qué los tienen.

Conclusiones

Resulta curioso que a los expertos en aprendizaje les cueste tanto trabajo aprender unos de otros. Lo peor que podemos hacer es poner a los profesores a competir igual que hacemos con sus alumnos y con tantos otros profesionales. El cáncer de la educación es hacer competir a los niños para lograr su propio éxito personal, en lugar de buscar el bien común. La competencia interna corrompe el espíritu de la gestión del conocimiento.

Gestionar el conocimiento es un acto colectivo más que individual que basa toda su potencia en un concepto simple: generosidad, es decir, estoy dispuesto a compartir lo más importante que tengo que es mi conocimiento. En realidad, consiste en sumar el conocimiento de otros a tu stock de conocimiento personal. Pasamos de “el conocimiento es poder” a “el conocimiento compartido es poder”.

El conocimiento se malgasta y se termina marchitando cuando se guarda para uno mismo y por el contrario, se enriquece y cobra vida nueva cuando se comparte. Implementar la gestión del conocimiento entre profesores y lograr que compartir sea un acto obvio y transparente es ante todo un cambio cultural responsabilidad ineludible de los líderes educativos.

Un profesor solo puede hacer bien su trabajo si está equipado con todo el conocimiento posible y para lograrlo, dedicar tiempo a aprender es sagrado. El taller anual de profesores o la participación en un curso puntual simplemente no es suficiente, el proceso tiene que ser continuo, las actividades de aprendizaje tienen que formar parte del día a día por diseño.

Como padre o madre, una de tus obsesiones es fomentar la colaboración entre tus hijos y desterrar el egoísmo. Por pura coherencia, los profesores no solo deben exigir a sus alumnos aprender diariamente y formarlos en la actitud de aprender y educarse toda la vida, sino que ellos mismos tienen que aprender y compartir diariamente con sus colegas. A fin de cuentas, el arte de convertirse en un buen profesor se aprende todos los días y nunca se termina de dominar.

 

NOTA SOBRE EL AUTOR INVITADO 

 

Javier Martínez Aldanondo (@javitomares donostiarra residente en Santiago de Chile desde hace 12 años. Allí llegó como Director de Proyectos de Talentus, Servicios Innovadores en Aprendizaje, proyecto incubado por el Intec (hoy Fundación Chile) y el grupo UOC.

Actualmente es gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria, consultora especializada en aprendizaje y gestión del conocimiento, y también es director de Knoco Ltd, consultora especializada en gestión del conocimiento con sede en el Reino Unido y presencia internacional.

Es licenciado en Derecho por la Universidad del País Vasco y Máster en Internet Management por el Institut Catala de la Tecnología. Es consultor del Banco Mundial en el área de Gestión del Conocimiento; del Banco Interamericano de Desarrollo en el ámbito de Comunicación y Aprendizaje, y de la ONU en Gestión del Conocimiento.

Es así mismo profesor del curso Fundamentos y Herramientas de la Gestión del Conocimiento de la Pontificia Universidad Católica de Chile, miembro fundador del Club de Gestión del Conocimiento en Chile y juez de los International Brandon Hall Excellence in e-learning Awards desde 2003.

Pertenece al comité de arbitraje de la Revista Innovación Educativa, de la Secretaría Académica del Instituto Politécnico Nacional de México.

Lleva 20 años trabajando con organizaciones del sector público y privado (áreas financiera, farmacéutica, utilities, fuerzas armadas, retail, minería, educación, etc.) en proyectos orientados a la mejora de resultados mediante la mejora del desempeño a través de la gestión del conocimiento, trabajo colaborativo y del aprendizaje presencial y virtual. En estos temas ha trabajado en España, Argentina, Bolivia, Canadá, Colombia, Cuba, Chile,  México, Perú, Uruguay y Reino Unido.

Hay 6 Comentarios

muy bien

que bien

En un reciente blog sobre aprender de los fracasos se mencionaba algo que puede ser clave para entender este problema que comenta. En España, al contrario que en otros países, nadie quiere reconocer sus errores, sino sólo mencionar sus éxitos y aciertos. Eso impide que profesores hablen de su trabajo con colegas en entornos que supongan la posibilidad de dejar al descubierto sus lagunas. Pero bastaría una reunión en que se hablará de la existencia para todos de las mismas al comienzo para superar esa situación y permitir avanzar, pero claro, reconocer errores propios para beneficio de otros no es muy "español".

Veo que no hay mucha participación en este tema y me temo la razón, pero me la callo. Pongamos un poquito de pimienta.
En los últimos tiempos, los recortes del Gobierno han echado a multitud de personas a la calle en protesta por la falta de financiación de la enseñanza pública. Mucha gente se he embotado rápidamente camisetas verdes para que se les viera bien. Y sin embargo, en todo este movimiento he echado de menos destellos de un debate serio sobre cómo afrontar los retos de los nuevos tiempos y su relación con la educación, como la educación que la realidad demanda cada vez tiene menos que ver con lo que se trabaja en las aulas.
Por eso me gustaría que la camiseta verde, además de representar un cabreo por el empeoramiento de las condiciones laborales y salariales o una alianza táctica con determinados partidos políticos emergentes, significara un cambio de paradigma en la organización y gestión de la enseñanza, tanto en los despachos, como, sobre todo, en las aulas. Que alguien mirara atrás y comprobara que perdimos la ocasión con el desprecio mayoritario al cambio legislativo de 1991, que sí pudo sentar las bases de un cambio de modelo educativo.
Es hora de revisar qué hemos hecho mal y qué se puede recuperar de aquel espíritu para reconducir la educación hacia las nuevas exigencias de este mundo cambiante.

No tengo mucho que añadir a lo que dice el sr. Aldanondo, salvo constatar la propia experiencia personal que me ha llevado a conclusiones similares. No hay conocimiento sin aprendizaje y no hay aprendizaje sin colaboración con otras personas, salvo las determinadas por el puro placer de conocer.
He sido siempre consciente de que hay cosas que entran en el sueldo y, al menos, "ser leído" en otras ciencias que no eran la mía propia y que son esenciales para el trabajo docente, como la pedagogía, la psicología o la neurociencia, es una parte esencial de ganarse el jornal.
Además, suele haber pocos momentos para la reflexión y muy malos métodos y modos: la mayor parte de las veces no pasa de una discusión de mesa camilla en torno a cotilleos sobre los alumnos y alumnas compartidos, incluso en las sesiones de evaluación. Un tiempo desaprovechado para aprender a ejercer mejor.

Seamos alumnos o profesores más o menos capaces, por encima de todo somos personas hombres o mujeres, que ejercemos como tales en el puesto que nos toca.
Desde una opción de mejorar.
Como en cualquier actividad humana la enseñanza es una actividad que requiere una mejora constante, es necesario un perfeccionamiento.
Como un pintor que aprende la técnica y luego la aplica según se inspira, o según siente.
Por eso se dice que es vocación la enseñanza, porque tiene mucho de entrega, no solo se trata de aplicar la técnica de repetir, es el como se dice.
La sintonía.
La llamada de atención, que mejor se hace si el medio ayuda y no lo pone peor o más difícil.
No es igual estar en el desierto, que en medio de un prado florido para ejercer una actividad o simplemente vivir normal, como personas.
El conjunto bien organizado nos lleva a conseguir la obra bien hecha, o el trabajo bien logrado.
Desde la capacidad, y la voluntad alumbradas por la inteligencia.

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Sobre el autor

Carlos Arroyo

ha navegado profesionalmente entre las cuatro paredes de un aula, la redacción de EL PAÍS y la dirección del Instituto Universitario de Posgrado. Esa travesía le ha convencido de que educar bien a los hijos es saldar buena parte de la deuda con la vida. Es autor de Libro de Estilo Universitario y diversos libros de ayuda al estudiante.

Web: www.ayudaalestudiante.com
Correo: arroyocarlos@ayudaalestudiante.com

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