Milán a la vista

Por: | 15 de abril de 2014

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Después de una travesía que cada año es más larga y a la que quizás le sobra alguna milla marina, llega la semana grande de la Euroliga. Se reparten las cuatro preciadas entradas para la fiesta de la Final Four y por dos de ellas pujarán a partir de hoy Barcelona y Real Madrid. Ambos acuden con los deberes hechos, pues contarán con la ventaja de campo gracias a sus excelentes calificaciones en el Top 16, donde ninguno de los dos tuvo excesivos problemas en superar casi todas las pruebas con cierta holgura. Arrasó el Barça y porfió bien el Madrid, por lo que el factor cancha nunca estuvo en peligro real de perderse para ninguno de los dos.

A priori, el horizonte del Barcelona aparece bien despejado. Siempre a priori, pues este tipo de eliminatorias las carga el diablo y si no basta con recordar la temporada pasada, donde después de un 13-1 en el Top 16 los azulgranas estuvieron en un tris de caer eliminados frente al Panathinaikos, cuarto del otro grupo. Pero hay que reconocer que el Galatasaray no es el Panathinaikos de entonces y tampoco el Barcelona estaba hace 12 meses tan fino como ahora. Porque si las tres derrotas consecutivas en una semana no tienen ningún significado más allá de la lógica bajada de tensión previa a citas de mayor enjundia, el Barça presenta muy buena cara. Desde la Copa del Rey, donde llegaron criticados y salieron reforzados a pesar de no conseguir el título, los de Xavi Pascual no han dejado de crecer. Poco a poco el encaje entre los que ya estaban y los nuevos se ha ido afinando hasta dar con un engranaje fluido que permite a casi todas sus piezas, una a una de gran valor, encontrar la forma de expresarse dentro del necesario funcionamiento colectivo. Recuperados para la causa Lampe y Oleson, con los mejores Lorbek y Nachbar del año, la solidez de la columna vertebral formada por Marcelinho, Navarro y Tomic y una mejor general de las prestaciones ofensivas, el Barcelona ha funcionado durante los últimos dos meses como un martillo pilón, demoliendo todo lo que se interponía en su camino. Ha habido tiempo incluso para que piezas de la retaguardia como Pullen o Hezonja tuviesen sus momentos de gloria. Un equipo, en definitiva, que no siendo un exceso de efusividad y transmisión de emociones, parece feliz, y así se juega mucho mejor. Total, que mi pronóstico no puede ser otro que, en el mejor escenario posible para el Barcelona, un 3-0. En el peor, 3-1.

Lo del Madrid es otro cantar. O al menos, parece un cantar más exigente. Lo que lleva a una primera consideración, un enigma que nos dejó un poco desconcertados a todos. La derrota en Kaunas,  que provocó que lo previsible y supuestamente deseado (el Panathinaikos) se convirtiese en lo inesperado y supuestamente complicado (el Olympiakos). Mucha teoría se ha elaborado sobre las causas que llevaron a perder de forma sorprendente, ante el último del grupo y después de 13 jornadas peleando por la mejor posición. ¿Una elección propia?, ¿una consecuencia de la nula importancia que daban al jugar con unos o con otros?, ¿una mala tarde?, ¿la pura aleatoriedad del juego?. Como normalmente la explicación más sencilla suele ser la más plausible no veo más razón que un partido de esos que de vez en cuando hace el Madrid, donde juega un poco a verlas venir,  confiado en que antes o después, encontraran la forma de solucionar los partidos. Ya llegará nuestro momento, ya llegará, ya llegará, y (según estadística, uno de cada 15 más o menos) no llega. Y los rivales se vienen arriba, ven su oportunidad, aprietan las tuercas defensivas y terminan haciéndose con el botín. Algo parecido ocurrió en Múnich.

A la espera que los partidos terminen confirmando o no las suposiciones previas, hay motivos suficientes para pensar que el cambio de guión surgido en Kaunas complica el camino del Madrid a levantar el trofeo. Decía y decía bien Daimiel en la SER que la teoría de la indiferencia basada en la clásica frase “para ganar el título hay que ganar a todos los buenos” no era cierto, pues dependiendo del cuadro, algunos buenos se van apartando y eliminando entre sí. Cada uno tendrá su opinión, pero Olympiakos-Barcelona como oponentes para llegar a la final no es lo mismo que Panathinaikos-Armani Milán/Maccabi. Pero bueno, ahora que está de moda el cholismo, habrá que ir partido a partido, paso a paso y dentro de 10 días, a toro pasado, confirmar o rechazar las teorías.

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Llega el Olympiakos, que es lo mismo que decir que llega Spanoulis. Hay ciertos jugadores, pocos, que con sólo su nombre imponen respeto. No es para menos, pues a lo largo de su carrera ha dado motivos suficientes para provocar esta reacción. La última está bien reciente y nadie lo sufrió más que los jugadores del Madrid, víctimas directas en la final de la temporada pasada de su talentazo. Aquella noche en el O2 de Londres y con el partido cuesta arriba después del enorme arranque del Madrid, Spanoulis cogió el balón y también el mando, que no siempre es lo mismo, templó, lideró y el mismo terminó de apuntillar a los entonces algo inexpertos madridistas.  Porque el griego es de siempre están y nunca se van. A veces puede dar la sensación de estar desaparecido en combate durante un tiempo, pero casi nunca llega tarde a la cita final, como hizo esta pasada semana en el partido frente a Panathinaikos con su estratosférica canasta en el ultimo segundo. Su condición de base hace que todo gire alrededor suyo, lo que le convierte en principio y también fin de un equipo que no vive sus mejores momentos si lo comparamos con anteriores versiones, pero cuyo ardor competitivo está fuera de toda duda. Recordemos finalmente que en las dos últimas temporadas los griegos no contaban con el favor de los pronósticos y se oyeron frases como la de “no son tan fuertes como antes”. Ya sabemos como terminaron ambas ediciones, con Spanoulis levantando la copa.

Llega el Olympiakos y espera el Madrid, confiado en su buen hacer, solvencia y poderío mostrado en infinidad de ocasiones a lo largo de los últimos meses y apoyado por un Palacio de los Deportes incondicional que si ha empujado y disfrutado en partidos intrascendentes, en un gran día como hoy se hará notar. Se echa de menos a Carroll, al que quizás veamos en esta serie, y el poderío interior a veces no es tanto poderío, pero el pulso del equipo, Kaunas o Múnich aparte, parece el indicado. Llega el momento esperado y deseado de dar mayor sentido a la gran temporada que está realizando dejando en la cuneta al bicampeón y aterrizando de nuevo en una Final Four.

Ah, mi pronóstico. 3-1 Madrid (con comodín de 3-2)

Gran semana nos espera

 

Sobre la retirada

Por: | 08 de abril de 2014

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Dentro de la vida de un deportista, hay algo a lo que por mucho que te prepares, por mucho que te lo imagines, por mucho que te lo cuenten personas que ya han pasado por esa tesitura, casi nunca estás lo suficientemente preparado. Me refiero a ese día en el que de la noche a la mañana pasas a convertirte en ex. La práctica profesional de un deporte, sea cual sea, es como ir subido en un Formula 1 por la rapidez con la que ocurre todo, el vértigo que produce la alta competición, la necesidad de la máxima concentración y el abandono de todo lo que no sea mirar hacia delante, pisar el acelerador, intentar que no te adelanten y llegar primero a la meta.

El esfuerzo es descomunal, en lo físico y en lo sicológico, por lo que resulta necesario una dedicación extrema, una planificación metódica y las mínimas distracciones. Durante una serie de años tu vida está totalmente estructurada alrededor del entrenamiento y la competición, estás rodeado de gente (entrenadores, compañeros, masajistas, médicos, agentes, etc) que te ayudan y acompañan. Cada día, al levantarte, sabes casi en su totalidad qué, cómo, dónde y con quién vas a emplear las siguientes 24 horas, en las que probablemente tu margen de decisión no excede más allá de las situaciones competitivas.

Hasta que un buen día, una buena mañana, te levantas y la agenda está vacía. No hay entrenamiento obligatorio ni competición en el horizonte. El teléfono deja de sonar tanto y los periodistas no te persiguen. El estímulo principal que durante tantos años te hacía levantarte de la cama ha desaparecido y la responsabilidad de organizarte la vida ha pasado a depender directamente de ti mismo. Por no hablar del llamémosle “status social”. Vivimos en una sociedad con cada vez menos memoria, donde el presente, lo útil, lo nuevo, cobra una relevancia mayor en detrimento del pasado, lo no productivo, lo ya visto. Incluso en casos de deportistas que traspasaron esa condición para convertirse en referentes sociales, estos se ven afectados por una rápida disminución de la atención, demanda, admiración y cariño. Sumemos, finalmente, el asunto económico y ya tenemos el cuadro finalizado.

El vacío, como es fácil imaginar, es enorme, independientemente de si la decisión ha sido tomada de forma voluntaria o forzada por las circunstancias. Hombre, siempre es mejor que venga de uno mismo que de fuera, que no es igual separarte del amor de tu vida porque llegas a la conclusión que la historia terminó, que entrar un día en casa y que te digan de sopetón que hasta aquí hemos llegado. Pero en cualquier caso, el trago es amargo.

La retirada, que no deja de ser una pérdida de algo muy querido, exige una gestión mental adecuada. Vamos, un duelo. Y poco a poco atravesar sus diversas fases para finalmente superarlo. Conozco casos de travesías de todo tipo. Los que se estancaron en la fase de negación durante años, viviendo, comiendo y entrenando como si todavía estuviesen activos, aquellos a los que se les quedó pegada la rabia que siempre produce la pérdida y que la utilizaban para disparar a todo lo que se movía, otros que se abandonaron a la tristeza o la nostalgia constante y también gente que en un plazo razonable terminó por aceptar lo inevitable y su mirada ha quedado llena de gratitud sobre lo vivido, perdón hacia los que pudieron hacerle daño y energía para afrontar una nueva vida.

Las noticias que con cierta regularidad nos hablan de las dificultades de algunos para recorrer el camino que lleva desde la excepcionalidad a la cotidianidad son pequeños ejemplos de una problemática a la que se exponen todos los deportistas y de la que no siempre se sale bien parado. La edad temprana a la que debes enfrentarte a ello, el universo poco conectado con la normalidad en la que vives, la falta de consciencia de mortalidad deportiva o la gestión de una sociedad cada vez más del tipo kleenex (usar y tirar) son algunos de los obstáculos que hay que superar. La formación, un buen asesoramiento y la utilización para la nueva vida de los valores principales aprendidos en la etapa deportiva son siempre buenas herramientas 

Simplificando al máximo, es posible que la clave esté aquí, en el libro Un hombre en busca de sentido, donde Víctor Frankel, psiquiatra austriaco que pasó varios años internado en campos de concentración nazis, escribió: “Nos pueden quitar todo en la vida menos una cosa: la libertad de elegir como reaccionar ante una determinada situación. Eso determina la calidad de vida que vivimos. No se trata de si somos ricos o pobres, famosos o desconocidos, sanos o enfermos. Lo que determina la calidad de vida es como nos relacionamos con estas realidades, que significado les damos, qué actitud adoptamos ante ellas, qué estado de ánimo les permitimos activar”.

Quizás de esa libertad de elección de la que habla Frankel es de la que habría que convencer a cualquier deportista que enfila la retirada (extensible a cualquier persona y a cualquier situación). Entonces comprendería que el quid de la cuestión no se encuentra en la actividad, el éxito, el reconocimiento o el dinero, sino en uno mismo. En la vida deportiva y también después, la última palabra siempre la tenemos cada uno de nosotros. 

Postdata.- La foto es la portada del libro Cuando el deporte te abandona, escrito hace un par de años por Julio García Mera, exjugador de fútbol sala después de charlar sobre este tema de la retirada con gente como Fernando Hierro, Kiko, Emilio Sánchez Vicario, Vivi Ruano, José Antonio Montero, Laura Muñoz o el boxeador Manuel Berdonce. Recomendable 100%.

 

 

Elogio rojiblanco

Por: | 01 de abril de 2014

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No siempre los mejores jugadores hacen el mejor equipo. Afortunadamente, pues si la resultante colectiva de los talentos individuales fuese una suma directa, no habría misterio, pues convertiría la competencia entre equipos a un simple cuestión aritmética. El Atlético de Madrid lleva tiempo diciendo que hay gente a la que le molesta su presencia en lo alto de la clasificación, peleando con dos equipos como el Madrid y el Barça que le cuadruplican en presupuesto, jugadores estelares y presencia en los medios. No soy uno de ellos, ni de lejos, pues su extraordinario y meritorio ejercicio me reconforta, pues supone un ejemplo de cómo existen otros caminos además de la chequera o llenar tu plantilla de grandes individualidades. Esto ayuda, sin duda, y de ahí el histórico reciente, donde casi siempre ganan los mismos, pero de vez en cuando es muy saludable que haya excepciones, pues hacen posible sueños y esperanzas de que David pueda ganar de nuevo a Goliat. Casos como el del Atlético, alientan y confirman la capacidad de los colectivos para, a partir de una determinada base, entrar en procesos de potenciación individual y colectiva, donde sin saber si fue antes el huevo o la gallina, se haga honor a la frase “la fuerza del lobo está en la manada y la fuerza de la manada está en el lobo”. Cuando a partir de un adecuado ideario asumido y aceptado por todos, las diferentes piezas del engranaje se ponen al servicio de un bien común por encima de sus objetivos individuales, los equipos son capaces de que el todo esté por encima de la suma de las partes.

No sé si molestar, pero lo que sí ha hecho el Atlético es alterar un ecosistema donde si bien la parte deportiva cojeaba un poco por la repetición de los únicos aspirantes, la vertiente marketiniana se sentía muy satisfecha, hasta tal punto que parecía que cualquiera cosa que se interpusiese entre la pelea Real Madrid-Barcelona, estaba fuera de lugar. Este enfrentamiento tiene tantas vertientes que parecen suficientes para alimentar prácticamente todo el tinglado. Rivalidad histórica deportivo-social, modelos casi antagónicos en filosofía y manera de entender el juego y un respaldo incondicional (casi siempre) de masas sociales cifradas en millones de personas. Por si no fuera poco, sus dos grandes estrellas, Messi y Ronaldo, juegan una competición aparte donde dirimen algo difícil de calibrar (por lo que es debatible hasta la eternidad) como eso de ser el mejor jugador del mundo. Sólo con esto, ya hay para entretenerse, discutir, cabrearse, copar portadas y rellenar infinitos minutos de tertulias de todo tipo. Ah, y vender todo lo vendible.

Ahora bien, esta situación, lo que no debería ser una patente de corso, un universo inalcanzable, un nirvana con derecho de admisión limitado a dos. Dado que tal como está montado el reparto del pastel económico, la brecha no puede hacer otra cosa que crecer, para no perder la capacidad de sorprendernos sólo queda agarrarse al deporte, al juego, a su deseada impredecibilidad, a la importancia de los estados de ánimo, a la solidaridad frente al egoísmo, al equipo frente al simple grupo de personas. A cosas que no entienden sólo de dinero o del talento que puedes comprar con él. Lo maravilloso del deporte es que nada puede estar escrito de antemano sin riesgo a meter la pata, que si haces bien las cosas, un bajo pueda superar a un alto, un pobre pueda doblegar a un rico, un lento pueda llegar más lejos que un rápido. Que un equipo que sabe exprimirse al máximo pueda competir con otro más dotado pero menos esforzado o cohesionado. Que haya cosas que no se puedan adquirir en un supermercado, sino que las tienes que crear y construir.

Por todo esto, bienvenidos todos aquellos que ponen en jaque a los poderosos a través de un trabajo bien hecho. 

 

 

 

El Palomero

Sobre el blog

Palomero: Según la RAE, persona aficionada a la cría de palomas. En el mundo del baloncesto tiene otra significación. Sirve para apodar al personaje ese de la foto. El que se hace el inteligente poniendo la manita como si estuviese pensando.
www.juanmaiturriaga.net

Sobre el autor

Juanma Iturriaga

es un todoterreno de los medios. Tras una brillante carrera deportiva, colabora en prensa, radio y televisión. Artista renacentista, polifacético y multidisciplinar, ve la vida de forma optimista desde su 1,95 de altura. No le gusta la gente pesimista ni dogmática. Tiene más de 50 años pero no los aparenta.

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