El asalto a la Euroliga terminó malamente y nuestros dos aspirantes se volvieron de vacío. Con algo más de reposo y recuperado de la noche londinense, que tiene mucho peligro, cerremos el tema con cinco reflexiones cinco, de la ganadería palomero.
Ganó el mejor. Ya he comentado en más de una ocasión que el sistema de competición de la Euroliga no me parece el más justo. Después de tropecientos partidos y un playoff a cinco, liquidas la competición en un fin de semana con dos cara o cruz. Por eso no sé si en otro modelo, el de NBA o Liga Endesa, por ejemplo, el final hubiese sido el mismo. Pero lo que no tengo ni la más mínima duda es que en Londres, el Olympiakos ha sido el mejor de largo. Laminó hasta la exasperación al supuestamente poderoso CSKA, que vivió un infierno de principio a fin, y más allá del primer cuarto, dominó desde entonces y con claridad al Real Madrid. Sospecho que hemos pecado un poco de cierta infravaloración del equipo griego. Yo el primero, pues le daba por perdedor ya en la semifinal. Aunque estábamos hablando del vigente campeón, parecía que esto había sido obra de un milagro, el de la final de la temporada pasada, y los milagros se dan de pascuas a ramos. Su trayectoria este curso tampoco dio como para tenerle miedo y las pasó canutas ante el Efes en cuartos, que tampoco es el Efes un rival que de para tanto. Pero puede que se nos olvidase que en este tipo de competiciones, los griegos se mueven como pez en el agua. No es la primera vez que llegan con la lengua fuera a la final a cuatro y terminan llevándosela a casa. Jugando en la agonía del ser o no ser en cuarenta minutos se manejan a la perfección y tampoco les falta juego. Su nomina de jugadores expertos y baqueteados es larga, tienen físico, profundidad de banquillo, ideas muy claras y juego muy coral. Con ellos enfrente los partidos se hacen muy largos y no pierden la compostura nunca. Si encima les sale un día donde las meten hasta de espaldas, pues apaga y vámonos. Habitualmente no soy muy fan del Olympiakos, pero en esta ocasión me tengo que quitar el sombrero.
Hombres contra niños (dicho con todo el respeto hacia el Real Madrid). Hubo un momento durante la final que me vino una imagen peliculera a la cabeza. La de ese grupo de adolescentes americanos que salen de fiesta y de repente y por una equivocación terminan en un tugurio lleno de hombres de pelo en pecho, marineros con varias vueltas al mundo a cuestas, gente de mal vivir, mucho humo, un pianista al que nadie le hace caso y siempre una pelea a punto de empezar. Mirabas la cara y la pinta de gente como Antic, Printezis o incluso Spanoulis y luego a los jóvenes y angelicales madridistas, y hasta pasabas miedo por ellos. Estoy exagerando, claro, pero sí que el partido transmitió, una vez se difuminó el subidón madridista inicial, que allí había una clara desventaja en veteranía, madurez y saber estar, cuestiones básicas en este tipo de partidos. Luego estaba también el juego, claro, donde al Madrid también se le echaron cosas en falta. Ese pivot duro, roqueño, intimidador, sobre el que puedes hacer girar el juego pues no sólo asusta sino que le buscas para darle el balón con la confianza que sabrá qué hacer con él. Ese pivot que lleva buscando hace años el Madrid y que no lo encuentra. U otro Carroll más parecido al habitual y no al que se le ha encasquillado la metralleta en el peor momento posible. Tampoco hubiese venido mal un mejor equilibrio entre el juego interior y exterior que no deje al equipo demasiado a expensas de porcentaje en triples. Cuando te meten 100 puntos en un partido, es difícil hablar de eficacia defensiva y tampoco fue un buen día para los dos Sergios e incluso Rudy, cuyos números estuvieron por encima de su incidencia. Pero aun contando con estos peros, el partido me dejó la sensación que lo había ganado Olympiakos más que haberlo perdido el Madrid. No es que consuele mucho, pero sí un poco. Mayor alivio produce el pensar que el Madrid tiene un futuro que invita al optimismo, con un equipo joven, un entrenador competente y un estilo que gusta y además funciona. Este es el mejor antídoto con la decepción. Habrá más oportunidades y llegará el momento donde meterse en el garito de la gente peligrosa no producirá ninguna inquietud.
Menos consuelo para el Barcelona. “No es mi trabajo pero sí, creo que debemos reforzar el equipo”. El que ha dicho esto no es uno cualquiera, sino Juan Carlos Navarro, santo y seña del Barcelona. No le falta razón, pues su equipo se quedó muy corto en la gran cita. No sabemos qué hubiese ocurrido si hubiese podido contar con Mickael y Jawai, pero eso entra dentro del siempre resbaladizo terreno de las suposiciones. El caso es que en el momento cumbre, los azulgranas se quedaron muy lejos del equipo que hasta cuartos de final dominó la competición con claridad. Demasiado dependientes de Navarro y Tomic, con Lorbek fuera de foco, Marcelinho sin encontrar el punto ideal de cocción y poco aporte de la segunda unidad, dio la impresión que para el futuro necesita algo más que un repaso de chapa y pintura. Le falto pujanza física y también juego, a mitad de camino entre veteranos con problemas y jóvenes que todavía no han dado el salto competitivo. Llegan ahora los playoffs y no hay mucho tiempo para la reflexión o arreglos milagrosos, por lo que tendrán que tirar con lo que tienen. Que tampoco es poco, ni mucho menos. El Barça ya ha demostrado su capacidad para sobrevivir, pero ni siquiera un éxito en la Liga parece que debería evitar una renovación de cierto calado.
El arbitraje. Distando mucho de ser una excusa, tengo serias dudas de si la permisividad arbitral que se ha visto durante todo el fin de semana favorece un juego más vistoso y generoso con el espectador, al menos para los no amantes de la lucha libre. Se permitió todo o casi todo y ese baremo siempre favorece a aquellos que juegan al límite de lo permitido. En este caso, por ejemplo, a la defensa griega. Insisto que no es una excusa para justificar nada, pues ni rusos ni madridistas perdieron por ello (el Madrid hizo 88 puntos, lo habitual) pero tanto mandoble favorece más a los expertos en destrucción que a los amantes de la construcción. Viendo por ejemplo la primera semifinal, reflexionaba sobre el atractivo que puede tener un partido así para el aficionado menos entendido o menos comprometido emocionalmente con alguno de los dos equipos. El baloncesto europeo tiene problemas de captación de seguidores y creo sinceramente que se debería proteger más a aquellos que son capaces de generar elementos que se asocian con el atractivo del juego. Sí, ya sé que una defensa puede tener su belleza, pero no acabo de ver los beneficios de permitir que un partido de baloncesto se convierta en un intercambio de leñazos.
El puto amo. Me cuesta recordar otra competición donde un jugador haya mandado tanto, tan bien y de forma tan decisiva. Lo de Spanoulis fue de traca y su MVP, incuestionable como pocas otras veces. Se jugó como él quiso, machacó el aro cuando había que hacerlo y dominó el escenario como si fuese Mick Jagger en un concierto de los Rolling Stones. Ya en la última etapa de su carrera, la cabeza le funciona mejor que nunca mientras el físico y sobre todo su muñeca, no le ha abandonado ni mucho menos. Fue un director de orquesta perfecto, pero además de dirigir con su batuta a sus compañeros, cuando era necesario la cambiaba por un martillo pilón para dejar temblando a sus rivales con sus triples. Fue principio y también final de un equipo armonioso que puede presumir que su jugador referencia siempre está de guardia. Menudo crack.
Pues eso, dicho esto, cerremos la tienda europea y a otra cosa mariposa. Ya no va a haber ni novena ni tercera pero la vida sigue. Como lo hecho, hecho está, sólo queda por desear que se cumpla esa máxima que reza que de las derrotas se aprende más que de las victorias. Negadas estas, que el análisis traiga soluciones para que en doce meses, los resultados sean otros.
Ah, Antes de que se me olvide, si vais a Londres, os recomiendo The Box. Uffffff.

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