El Palomero

Hace no muchos años, hubo un tiempo donde el deporte español estaba que se salía. No había fin de semana donde no nos llevásemos unas cuantas buenas noticias, que tampoco nos solucionaban unos tiempos cada vez más difíciles y complejos, pero que ayudaban a tener al menos una mínima ración de autoestima. En aquellos tiempos no tan lejanos, la nómina de ilustres estaba encabezada por una tripleta estelar formada por Pau Gasol, Rafa Nadal y Fernando Alonso, todos en el cenit de sus respectivas y espectaculares carreras. Ya desde luego no lo están, pero su carisma y singularidad hacen que no dejemos de mirar hacia ellos, con esa mezcla de nostalgia hacia su pasado poderoso y esperanza de que todavía no se haya terminado su capacidad para alcanzar grandes metas.

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Dejemos a Alonso, que el curso pasado completó una década sin poder volver a proclamarse campeón del mundo de F1 y cumplirá su tercera temporada en McLaren sin que haya ni siquiera olido los puestos de arriba. Da igual. Todos los años es lo mismo. Vamos a mejorar, el coche ha evolucionado, el salto está próximo a producirse, con no sé que pieza estaremos entre los primeros. Como hasta finales de Marzo no se empieza a contrastar las promesas con las realidades, pues Enero es un buen mes para soñar.

Dejemos también a Nadal, que mientras escribo esto sigue vivo en el primer Grand Slam de la temporada. Sin llegar a la travesía del desierto de Alonso, Rafa lleva dos años peleando contra rivales, su propio cuerpo y esa cabeza que otrora le dio tantos partidos y títulos. Parece que esta vez es la buena, que recuperado físicamente, vuelve a ser un titán, pero falta esa confirmación que llevamos tanto tiempo deseando recibir.

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Centrémonos en Pau Gasol, lesionado hace unos días en un calentamiento, que mira que es mala forma de lesionarse. Pero para la historia que recomiendo seguir en este 2017, no deja de ser un accidente menor. Me refiero a la última carga de la mejor caballería que vió no ya el baloncesto, sino el deporte español. Una última carga que, cierto es, llevamos varios años anunciando, pero estas vez parece que sí, que esta bonita historia tendrá todavía un capítulo, el último.

Un de los motivos son los cambios en la periodicidad de las competiciones internacionales de selección. Hasta ahora, se jugaban europeos en años impares, y Mundiales y Juegos Olímpicos alternándose en años pares. A partir de este año se suprime un torneo continental (buena medida) y la secuencia cuatrienal es esta. Europeo (2017 Turquia), Mundial (2019 China) Juegos (2020 Tokyo) y vuelta a empezar. Esto hace que para gente como Pau Gasol, Navarro o Felipe (o incluso Marc o Rudy) el mundial chino se antoje muy lejos y con demasiados años encima. 

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Otra razón es la ausencia de Marc Gasol en las dos últimas citas, una por decisión propia después de firmar un contrato que en aquel momento pareció mareante (el glorioso e inolvidable europeo que se ganó en Francia) y otro por lesión (los Juegos de Río). Me da la nariz que al núcleo duro de este colectivo el cuerpo le pide juntarse todos una vez más (o casi todos, pues Calderón ya dijo adiós) y que los hermanos quieren disputar un último torneo juntos. Recientemente Pau fue bastante explícito cuando dijo que le apetecía jugar el Europeo, confirmando aquello que declaró al final de los Juegos de Río.

Y por último, el tema de las internacionalidades. Ahora mismo el ilustre ranking lo lidera el gran Epi, con 239, seguido de Navarro (237) y Reyes (236). Aunque sea a la pata coja, ¿no será lógico el deseo de Juan Carlos y de Felipe de superar a Epi?.

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Total, que un calendario que invita, dos hermanos que desean reencontrarse en la pista, dos jugadores en busca de otro récord y el eterno placer que siente este grupo cuando se juntan para competir, hacen pensar que sí, que habrá una última y definitiva carga de la caballería de los 80 a la que seguro se sumará toda la tropa habitual. Podríamos ir con Ricky Rubio, Sergio Rodriguez, Sergio Llull, Rudy, Navarro, Abrines, Pau Gasol, Marc Gasol, Willy Hernángomez, Mirotic/Ibaka, Felipe Reyes y uno más. Suena bien ¿no?.

Habrá que esperar a Septiembre, donde no perderemos ripio, disfrutando del presente sin pensar en el incierto futuro que se presenta una vez que algunos de estos grandes nombres nos abandonen definitivamente.

 

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A pocas horas de un nuevo enfrentamiento entre los dos equipos más potentes del panorama de la NBA, es un momento perfecto para analizar una rivalidad de las de antes, de miradas que matan, de las de no hacer prisioneros, de las que van mucho más allá de los deportivo. Si hay ahora mismo en toda la competición dos equipos a los que les recorre un escalofrío simplemente con que se nombre a su rival, estos son los Cleveland Cavaliers y los Golden State Warriors.

Nada enriquece más a un deporte que una rivalidad con enjundia, ya sea colectiva o individual. Los ejemplos abarcan la mayoría de los deportes. Qué seria del futbol o el baloncesto sin el Madrid y el Barça, el tenis sin Borg y MacEnroe, o Nadal y Federer, la F1 sin Lauda y Senna o Alonso y Hamilton. La NBA, sin ir mas lejos, revivió allá por los inicios de los 80 cuando Magic y Bird, Bird y Magic, los Celtics y los Lakers, revolucionaron la competición y colocaron los primeros cimientos de una globalización que no ha parado de crecer hasta hoy.

Desde hace tres años, con la irrupción de Curry y los francotiradores de Oakland, el enfrentamiento entre Cleveland y Golden State ha ido cogiendo fuerza hasta convertirse en una de las peleas más interesantes que se pueden ver hoy en día en el deporte mundial. Lo tiene casi todo para resultar atractiva. Comandada por dos superestrellas tan diferentes como Curry y Lebron James, que dirimen su particular enfrentamiento, representan universo diametralmente opuestos. Tan opuestos como las ciudades y estados que representan. Este y Oeste, la oscura Ohio frente a la luminosa California, lo industrial frente a la última tecnología, una ciudad con poco encanto frente a una zona poblada de los multimillonarios surgidos alrededor de Silicon Valley.

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Han bastado tres temporadas para que esta rivalidad cogiese altura. En la primera, los triunfadores fueron los Warriors, que se aprovecharon de las lesiones de Kyrie Irving y Kevin Love para lograr su primer anillo en décadas. Daba la sensación que se abría una nueva era, sospechas confirmadas cuando Golden State abordaron y superaron el mítico record de los Bulls de Jordan con el estratosférico 73-9. Mes y medio después dominaban la final por 3-1 y dos partidos por jugar en su campo, cuando todo se dio la vuelta como un calcetín y por primera vez en la historia, un equipo logró la hazaña de superar esa desventaja en unos últimos partidos, sobre todo el séptimo, para la historia. Los Warriors movieron ficha y convencieron a Kevin Durant en dejar Oklahoma e irse para California, completando una plantilla estelar. Pero el día de Navidad y en su primer partido de la temporada, los Cavaliers volvieron a ganar in extremis.

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Entre medias, piques, declaraciones, golpes, soberbios partidos, asombrosas actuaciones de sus mejores jugadores y la esperanza de que esto sólo puede ir a más. Tanto que a día de hoy, nadie se espera otra cosa que allá por el mes de Junio, se produzca la tercera final consecutiva entre los mismos equipos, cosa que no ha ocurrido nunca en la historia de la NBA.

La distancia que separa a ambos equipos es la misma que encontramos si comparamos a sus jugadores franquicia. Lebron y Curry se parecen como el agua al vino. Uno, el rey, es una fuerza de la naturaleza, un competidor inclemente, un tren de mercancías imparable para todos. El otro parece un tipo normal, con el físico justo, pero que en contacto con el balón se convierte en un mago al que la pelota le obedece, capaz de meter las canastas más increíbles desde los lugares más inconcebibles. Si Lebron es un terminator, Curry ha revolucionado el baloncesto al ampliar su radio de peligro a poco más de un metro de traspasar la línea de medio campo. Seguramente ni uno ni otro se llevará el MVP de este año, que es probable que lo disputen Harden y Westbrook, pero nadie duda que son los dos jefes de la competición.

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Y en esas están, haciendo que no se miran pero sin perderse nada de lo que está haciendo el otro, tachando días y partidos rutinarios sin mayores esfuerzos sabedores que están condenados de encontrarse a la hora de la verdad, donde necesitarán toda su energía para poder doblegar a sus rivales. En la madrugada del lunes al martes se verán las caras en Oakland y no se darán ni las buenas tardes. Es sólo una batalla, pues la guerra de verdad no se dirime hasta Junio, pero alcanzado este punto, el sólo hecho de poder dar en las narices a sus adversarios hará que un partido de temporada regular parezca uno de playoff. Ya se sabe, al enemigo, ni agua.

Y mientras tanto, nosotros disfrutando cada enfrentamiento como un niño el día de Reyes.

Historias a seguir en 2017 (I) ¿Hasta donde Luka?

Por: Juanma Iturriaga

09 ene 2017

Ya pasó, ya pasó. Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo, Reyes, comilonas, ciudades enloquecidas por el virus del consumo, televisiones en constante modo resumen anual, regalos, estrés, cuñados, añoranza por los ausentes… como todos los años, es muy probable que esta época del año nos haya dejado exhaustos, física y mentalmente, hasta tal punto que la vuelta a la normalidad, el curro, los atascos y esas cosas, nos puede parecer que tampoco es tan grave. El 16, el año de la posverdad, deja paso al 17, que vete tú a saber por donde nos lleva, ahora que las vísceras están reemplazando al raciocinio como asesores del ser humano. Pero bueno, no nos pongamos trascendentes nada más empezar el curso. Para ello, repasemos algunas historias que pueden resultar interesantes de seguir en los próximos meses en el universo de la pelota y la canasta. La primera tiene como protagonista un adolescente que parece llamado a romper la baraja.

¿Hasta donde Luka?

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Cada vez que aparece un joven talento resulta inevitable elucubrar sobre sus límites, transportarse hacia el futuro para intuir hasta donde puede ser capaz de llegar. Desde que se corrió la voz que en la cantera del Madrid había un chaval que se llamaba Luka Doncic que estaba rompiendo todos los récords de precocidad, cada temporada revisamos estas previsiones dependiendo su velocidad de maduración. En el caso de Luka, lo hacemos casi siempre al alza, pues va incluso algo más rápido de las mejores previsiones. A punto de cumplir 18 años, su relevancia en el Real Madrid, un equipo aspirante a recuperar el trono europeo, no para de crecer. El hueco dejado por la marcha del Chacho ha acelerado el proceso, y en estos cuatro meses de temporada que llevamos no ha parado de dejar pistas de que estamos antes un auténtico fenómeno. Hace doce meses su presencia en la pista era una novedad, hoy resulta imprescindible. Hace doce meses cada vez que salía los adversarios se echaban encima, intentando sacar provecho de su bisoñez. Hoy ya no se atreven, pues saben que lo que tienen enfrente no es un saco de nervios, sino más bien lo contrario. Su trabajo veraniego le ha modelado el cuerpo y afinado su puntería hasta convertirlo en un jugador todoterreno, capaz de dirigir, anotar, defender y rebotear con solvencia.

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Pero como cualquier crack que se precie, lo mejor parece estar en su cabeza. A velocidad de vértigo, su carrera le ha ido colocando en escenarios más y más exigentes, a lo que Doncic ha respondido con una naturalidad extraordinaria, tanto en el terreno deportivo como en el personal, lo que hace pensar que estamos ante una cabeza muy bien amueblada. Ni un solo gesto indica que se le esté yendo ni mínimamente el oremus, cosa que hasta sería comprensible cuando te atropella el camión de la fama a los dieciséis años.

Hasta aquí todo está en orden. Ahora bien, recordemos que estamos hablando de un chaval que todavía ni puede sacarse el carnet de conducir. Quiero decir que su carrera no ha hecho nada más que empezar, y debe atravesar todavía muchas etapas, algunas de ellas de alta montaña. ¿Seguirá su progresión meteórica? ¿Cómo se tratará si se ralentiza un poco?. Hasta ahora todo son alabanzas, ¿qué pasará si alguna vez llegan las críticas? Las expectativas son descomunales, se habla de Top 3 en el draft de la NBA y hasta he leído comparaciones con el joven Magic Johnson. Son palabras mayores y alcanzarlas no parece fácil. ¿Cómo se le juzgará si simplemente es un gran jugador de baloncesto y no una megaestrella? ¿Y si como les ha ocurrido a otros anteriormente, va a la NBA y cae en el sitio equivocado?

La ecuación tiene muchas incógnitas todavía, por lo que irse muy lejos en la previsión puede resultar excesivo. Por eso, en Enero de 2017, me pregunto como será la versión Luka Doncic de Enero de 2018. Si será ya el puto amo del Madrid, si hará 18 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias por partido sin necesidad de una actuación destacable, si su camino profesional y personal seguirá sin torcerse ni un ápice.

Pase lo que pase, su historia merece la pena seguirse paso a paso para saber si como decía esta portada de Gigantes, estamos ante El elegido

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Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

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