40 Aniversario

El Palomero

¡Viva el deporte!

Por: Juanma Iturriaga

29 nov 2016

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No cabe duda la capacidad que tiene el deporte como generador de emociones. Ahora bien, buena parte de este poder proviene de nuestra historia personal, las filiaciones, las banderas o los colores que en un determinado momento abrazamos para no olvidarlos jamás. Ligados emocionalmente a un determinado deportista o equipo, es normal que se te muevan las entrañas cuando juega, disfrutes en el éxito o sufras en los tropiezos. Ahora bien, existen momentos, situaciones, partidos, en los que esta capacidad de ponerte los pelos de punta trasciende las camisetas, los deportistas o los equipos que consideras propios. Y dejan de importar los escudos, los recuerdos infantiles, las historias transmitidas de generación en generación. Partiendo casi de cero, sin necesidad de un bagaje anterior, ese poder hipnótico del deporte te atrapa y se apodera de ti, te mantiene pegado al televisor y te zarandea emocionalmente.

Me ocurrió el domingo pasado, cuando buscando algo para pegarme una siesta que mi cuerpo pedía a gritos, me dí de bruces con la final de la Copa Davis. Croacia dominaba a Argentina por 2-1 y en el cuarto partido Cilic aventajaba a un agotado Del Potro por dos sets a cero. Vamos, que todo apuntaba a que los compatriotas de Ginobili se iban a quedar otra vez a las puertas de un trofeo que perseguían con ahínco desde hace muchos años. Como Del Potro cuenta con mi eterna devoción, di descanso al mando a distancia hasta asegurar que aquello no tenía vuelta de hoja. En estas, Delpo empezó a dar señales de vida. Entre punto y punto abría la boca como un pez sacado de la pecera, pero cuando la pelota estaba en juego, a la menor ocasión lanzaba unos misiles que empezaron a hacer mella en la moral de Cilic. La gesta parecía imposible (Del Potro no había remontado dos sets en contra en TODA su carrera) pero esa increíble capacidad para jugar en modo agonía que vimos, por ejemplo, en la semifinal de los Juegos de Rio ante Nadal, merecía seguir enchufado. Ganó el tercer set y los 4.000 argentinos presentes ¡en Zagreb! despertaron de su abatimiento y se pusieron a empujar a su ídolo.

Del Potro ganó el cuarto set administrando como un maestro sus energías, parando el partido cuando le faltaba el aliento, rascando segundos donde se pudiese, corriendo sólo a las bolas a las que podía llegar. A cada punto conseguido boqueaba y cargaba pilas directamente de un público que cada vez estaba más entregado. Y llegó el quinto, la heroica, los dos jugadores agotados después de cuatro horas, las aficiones rugiendo en cada acierto y cada error, la electricidad traspasando la pantalla. Del Potro debía ceder en algún momento, no era posible que aguantase tanto, las piernas de Cilic parecían menos castigadas.... Pero aguantó, otra vez, y su enternecedora resistencia tuvo un final feliz.

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Cuando Del Potro en la entrevista en la que no podía ni tenerse en pie, dio las gracias entre lágrimas a aquellos que no le dejaron retirarse, el nudo que tenía en mi garganta era de los de categoría.

Argentina primero empató, y con el subidón de Delpo, llegó Delbo y remató la faena, logrando lo que unas horas antes parecía imposible. A veces, no siempre, existe cierta justicia que hace que los que la siguen durante años, la puedan conseguir. El equipo argentino, a pesar de muchas enormes decepciones, no ha cejado en su empeño de pelear por su sueño, y por fin, cuando el camino era más empinado (ganó todas su eliminatorias como visitante) alcanzó la cima.

El caso es que ni yéndome ni viniéndome, no siendo ni argentino ni croata, el espectáculo, la emoción, la lucha, el agotamiento, los rostros de tensión, la pasión de todos, terminaron contagiándome, arrastrándome y agitándome como si estuviese emocionalmente involucrado.  Cuando esto ocurre, no puedes decir otra cosa que ¡Viva el deporte!.

 

Confianza extrema

Por: Juanma Iturriaga

23 nov 2016

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Hace un par de semanas, Stephen Curry falló los diez triples que lanzó en un partido ante los Lakers y por primera vez en casi dos años, se marchó al vestuario sin hacer ni una sola vez chofffff desde más allá de los 7 metros. Tres días después, en el siguiente encuentro, batió el record de triples dejándolo en 13. Rendido al talento de su jugador, Steve Kerr, entrenador de los Warriors, dijo esto: “La autoconfianza de Curry solo la he visto en Michael Jordan”. Y yo me pregunto si Kerr ha seguido la carrera de Sergio Llull, porque de hacerlo, igual le metería junto a estos dos monstruos.

Vale, vale, no os calentéis ni gritéis, herejiiiia. No estoy diciendo que Llull esté a la altura del probablemente mejor jugador de la historia del baloncesto o de un hombre que está cambiando la forma de jugar a este deporte. Eso probablemente no lo piensen ni en su familia, que supongo que le querrán con locura. Les separan muchas cosas, por supuesto, pero les une una: la extrema confianza que tienen en ellos mismos. Porque Sergio no es Curry, ni Jordan, pero a veces su actitud en la cancha resulta muy parecida. Sobre todo cuando la cosa se pone calentita. Pide el balón, se lo queda casi en propiedad, se la termina jugando y en un buen número de ocasiones, la mete por lo civil o por lo militar, de una forma ortodoxa o rozando lo imposible.

Dejemos las comparaciones y centrémonos en Sergio Llull, el probablemente mejor jugador europeo en la actualidad. Un hombre al que aparte de sus piernas, dinamita pura, le ha catapultado hasta la élite una seguridad en sus capacidades que podríamos considerar hasta pasmosa. Llull se siente capaz de todo, y esto no es cosa de ahora o de hace dos o tres años. No, Sergio vino de serie así, y seguramente hay una jugada que en su momento provocó mucha controversia y visto desde ahora, fue toda una premonición. Me refiero a aquel día en Polonia, cuando una España todavía dubitativa necesitaba enderezar el rumbo cuanto antes. Era el primer partido de la segunda fase y teníamos enfrente a Turquía. El partido llegó vivo al final y todo se decidió en un saque de banda español después de un tiempo muerto. Cualquiera hubiese apostado que serían las manos de Pau Gasol o Juan Carlos Navarro las depositarias del futuro español. Pero la pelota le llegó a Llull, que debutaba ese verano en la selección, y ni corto ni perezoso se fue como un poseso hacia la canasta.

Es probable que hubiese falta, pero el caso es que falló y España perdió. Y por primera vez en muchos años, un jugador de la cuasiperfecta selección de baloncesto (Mar Gasol) hizo una crítica pública diciendo que no era de recibo que se la hubiese jugado un recién llegado. No se sabía si el reproche iba contra Llull, contra Scariolo o simplemente era un comentario desde el cabreo de la derrota. Afortunadamente, después de aquello España ya no volvió a caer y por primera vez en su historia logró el oro europeo.

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Aquello que vimos en Polonia lo hemos vuelto a ver cientos de veces. Y cada vez con un acierto mayor, hasta el punto de que su registro de jugadas llamémoslas milagrosas resulta impresionante. Pero son milagrosas para nosotros, no para Llull, que cada vez que se levanta, esté en la posición que esté, sea un buen tiro o una mandarina, a cuatro metros o a 20, da la sensación que la tira convencido de ser capaz de meterla. Sólo de esta forma se entiende tal cantidad de canastas para la historia.

Dicen que el juego es una cuestión de confianza. Sin duda, pero la confianza debe tener un nexo, una buena relación con la realidad. Porque si no, se convierte en temeridad. Nada hay más peligroso para un equipo que un jugador cuya confianza saque unas cuantas cabezas a su talento o porcentajes. Porque esto quizás le haga meterse en berenjenales para los que no está preparado, o para los que hay otros en mejor disposición. En el caso de Llull, la sintonía es perfecta. Todo lo que intenta hacer, incluso lo más descabellado o complejo, es factible de terminar con el balón besando las mallas, seguramente porque en su cabeza es capaz de visualizarlo.

Pero es que además, ahora ya no solo está para el milagro, sino para mantener más que nunca a su equipo. El hueco dejado por Sergio Rodríguez no era fácil de cubrir, pues no se trataba sólo de números, sino que su influencia iba mucho más allá. El asunto pedía un paso al frente, y el primero que lo ha dado ha sido Llull. Su figura se ha engrandecido, su autoridad en la cancha ha dado un salto cualitativo y ya nadie duda que la jerarquía del Madrid comienza por su persona.

Seguro que él lo sabe, y no le inquietará ni lo más mínimo. Al fin y al cabo, siempre se ha visto capaz de todo.

Cuando casi todo es excepcional

Por: Juanma Iturriaga

16 nov 2016

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En la carrera para atraer una atención cada vez más dispersa ante la infinidad de invitaciones a todo tipo de elementos de ocio que están a nuestro alcance, se nos está yendo la mano con los adjetivos. Pones la tele y escuchas con machacona repetición lo asombroso, increíble e inolvidable que es lo que estás viendo o te van a poner. Lo mismo pasa con otros medios, y no te digo nada en el universo de la red. Te vas a cualquier página y los titulares son a cada cual más rimbombantes. Un control básico de pelota de un futbolero famoso en mitad de un entrenamiento puede ser anunciado como el no va más. Una asistencia del Chacho o de Ricky, un pase de espaldas de Lebron o un buen juego de pies de Marc o Pau puede ser tratada como si no hubiese habido algo parecido antes. Un ejemplo de ayer mismo. Titular: Ricky la lía en Minnesota ¡asistencia de locos hacia atrás!. Y en el primer párrafo avisa que todo el pabellón se levantó de sus asientos y hubo hasta desmayos (esto último de los desmayos es cosecha mía). Luego ves la jugada y hombre, la asistencia está muy bien, pero lejos de algo de locos o de poner en pie a 10 mil personas.

Dentro de esta corriente, capítulo especial merece la absurda, incontrolada e insoportable servidumbre a los héroes futbolísticos, que son alabados diariamente hasta la nausea, muchas veces desde los propios clubes, que creen a ciegas que su permanencia en la institución depende del numero de halagos que reciba. La palma en este apartado se la lleva, como no, el duo Messi-Ronaldo, que no sólo compiten deportivamente, sino que están provocando también otra lucha, la que llevan a cabo unos cuantos medios de comunicación y que trata de ver quien logra alegrar el oído o la vista al susodicho, su entorno y su afición con el mayor halago, que por otro lado, puede venir por alguna genialidad o por algo que en lenguaje vulgar denominamos una auténtica chorrada.

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Y claro, llega un momento que resulta agotadora la saturación de adjetivos grandilocuentes, que terminan por perder su sentido inicial y dejan de resultar atrayentes por pura repetición. A veces, en los recorrido por los medios, me da la sensación de estar en Atenas, dando un vuelta por los alrededores de la Acrópolis y siendo asaltado cada diez metros por un camarero que me invita a pasar a su restaurante prometiéndome una experiencia culinaria única. Cualquiera que haya ido a Atenas sabe que las posibilidades de que sea cierto son realmente escasas.

Hace unos cuantos años y hablando de la paulatina bajada de audiencias televisivas de la liga de baloncesto, un experto en medios me contaba que el futuro iba hacia la televisión acontecimiento. Es decir, que cualquier partido o programa que no fuese y vendiese como tal lo iba a tener crudo. Bajo esta teoría, que con el tiempo se ha mostrado acertada, un partido de los muchos de los que se compone la temporada regular y cuya transcendencia suele ser mínima porque casi todo tiene remedio, iba a ser rechazado por el público.

La Champions de fútbol, por ejemplo, ha optado claramente por el modelo de acontecimiento. Una fase previa de seis partidos y a eliminarse. Así cada partido adquiere excepcionalidad, pues son muy pocos, y simplicidad en el formato, pues basta conectar dos neuronas para hacerlo entendible. 

El problema viene cuando queremos colocar la etiqueta de acontecimiento a todo. La generación de contenidos es bestial, lo que eleva la competencia hasta el infinito. En el intento publicitario de dotarles de espectacularidad y singularidad, estamos terminando por confundir lo normal de lo excepcional, lo que pasa un vez al año con lo que ocurre todos los días. Tengo mis dudas de la efectividad de esta forma de publicidad, pues los adjetivos, cuando son demasiado utilizados, terminan perdiendo parte de su significado. Igual finalmente ocurre algo parecido como en el cuento de Pedro y el lobo. Tantas veces se nos ofrece la octava maravilla que terminamos por convertirnos en escépticos y damos la espalda a tanto vendedor desaforado. E igual, el día que viene el lobo, ese momento que está a la altura de calificaciones fuera de serie, nosotros pasamos de largo.

Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

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