Todos seguramente hemos escuchado alguna vez una frase tipo “parece mentira, ayer le vi y estaba fenomenal”. No suele ser un buen augurio, pues el escenario que la provoca apunta hacia una desgracia. Algo así pensé hace unos días cuando leí que a Sabonis, el gran Sabas, le había dado un infarto durante o después de jugar un rato a baloncesto. Hace poco más de una semana que le pude ver en Lituania a propósito del Europeo, su aspecto era magnífico y su talante el habitual. Ya, ya sé que un buen aspecto y un talante reposado no elimina por completo la posibilidad de una avería en el motor, pero sí eleva la dosis de sorpresa ante un hecho de esta naturaleza. Pero es que además estamos hablando de Sabonis, el indestructible.
Me resulta hasta curioso que la imagen que guardo con mayor nitidez sobre Sabas no data de lo más cercano en el tiempo, ni en ella lleva la camiseta de los Portland Trailblazers ni tampoco la del Real Madrid. Siempre que su nombre sale a colación, mi mente viaja al año 85, a la disputa del Europeo de Stuttgard, Alemania. En aquel año, en aquel campeonato, Sabonis explotó de una forma no vista hasta entonces. Algo habíamos intuido tres años antes, cuando a la tierna edad de 17 años, formó parte por primera vez de la legendaria selección de la URSS de los 80. Pero ni en Colombia cuando fueron campeones del Mundo, ni en Francia cuando les ganamos en la semifinal gracias a un tiro final de Epi, había contado con minutos suficientes. Si los tuvo en el 84, donde la decisión de los soviéticos de hacerles la pascua a EEUU evitó su presencia en los Juegos de Los Ángeles, lo que he de reconocer que no nos vino nada mal y quien sabe si resultó crucial para que pillásemos una medalla de plata de la que algunos seguimos viviendo.
Al año siguiente en Alemania, Sabonis tenía ya 20 años y lo que hizo en la pista durante aquellos días resultó extraordinario. Tanto que puedo asegurar que no he visto en mi vida un jugador con ese talento y semejante futuro a tan tierna edad. Ni Petrovic, ni Kukoc, ni Gasol, ni nada por el estilo. 220 centímetros de altura y otros tanto de agilidad, coordinación, visión de juego, movimientos de pies, precisión de manos y pujanza física. Trituró uno tras otro a todos los equipos con los que tuvo que enfrentarse. Bueno, no a todos, que nosotros tuvimos el honor de ser los únicos capaces de derrotarles en la fase inicial, en un partido extraño en el que Antonio Díaz Miguel dio descanso a los jugadores más utilizados, puso de base a Vicente Gil y sorprendiendo a propios y extraños terminamos ganando a los todopoderosos. De poco nos sirvió después, pues al final la cagamos bien cagada en la semifinal contra Checoslovaquia, pero eso es otra historia que creo que ya está contada.
Recuerdo sobre todo un partido, la semifinal URSS-Italia. Más concretamente el primer tiempo, donde Sabonis pasó por encima a todos y a todo. Es probable que ahora no nos sorprendería ver un chaval de 2,15 llevando el contraataque por el centro de la pista para terminarlo o bien machacando la canasta o dando un pase por la espalda. Se lo hemos visto hacer a Gasol, por ejemplo. Pero es que estamos hablando de algo ocurrido hace 26 años, cuando los físicos y las habilidades tenían poco que ver con lo que estamos acostumbrados hoy en día. Entonces, un pivot valía para lo que valía y hacía lo que tenía que hacer. Estar casi siempre en la zona, coger rebotes y llegar el último en el contraataque. Aquello que hacía Sabonis no era normal. Reboteaba, pasaba, tiraba, corría, taponaba y encima tenía un punto de inconformismo y mala leche que le diferenciaba de la mayoría de sus compañeros, bastante más planos emocionalmente. Y no te digo nada con respecto a sus compañeros de posición, el inolvidable y bonachón Tatchenko y el irascible Belosteny. Igual es que el tiempo ha agrandado el recuerdo, pero juraría que en aquellos primeros veinte minutos de la semifinal Sabonis las metió de todos los colores, impuso el terror a los italianos y finiquitó el encuentro con muchos minutos de antelación. La impresión que me causó aquel día solo puede ser comparable a otra que tuve unos años antes en un torneo de juniors en Manheim con un jugador norteamericano que como Sabas, hacía de todo y lo hacía increíblemente bien. Su nombre, Magic Johnson.
Por cierto, aquel europeo terminó con una de las imágenes más escalofriantes que he tenido la ocasión de contemplar. La noche en que terminó el campeonato y al entrar en el hotel a altas horas de la madrugada, me topé con Sabas, Tachin y Belosteny despatarrados en unos sofás y con ciertas dificultades para articular palabra. Ver a estos tres gigantes de esa forma resultó tan cómico como impactante.
Muchas veces los aficionados o practicantes al baloncesto que vivimos aquella época hemos elucubrado sobre cómo hubiese sido la carrera de Sabonis si no se hubiese lesionado tanto y tan gravemente. Yo tengo pocas dudas al respecto. Creo que hubiese emigrado más o menos cuando lo hizo Fernando Martín, y su carrera en la NBA habría sido espectacular. Si ya cuando fue en la última fase de su carrera, con los pies machados por las operaciones, resultó dominante, qué no hubiese podido hacer sano y con 8 años menos. All Star seguro y en unas cuantas ocasiones y la inclusión por derecho propio entre los 4-5 grandes pivots de la historia.
No hace falta decir que le deseo a Sabas una recuperación total de la que por otro lado estoy seguro que logrará. Estamos hablando de un superviviente en mil y una batallas. Un tipo que aparenta cierta tosquedad en un primer encuentro pero que una vez que te tiene en su lista de gente en la que puede confiar, resulta encantador. El gran Sabas. Todo un mito.

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