No tengo grandes esperanzas de que hoy lunes se hable mucho de lo que va a ocurrir a partir de las diez de la noche. Y mucho menos de que haya hueco para seguir comentando de lo que pasó el miércoles y el viernes, que a la velocidad con la que ocurren las cosas en estos tiempos, es tema casi viejuno. Los temazos de hoy son el rescate, ayuda, préstamo, triunfo, derrota, digodiego o como cada uno quiera denominar los tropecientos mil millones que al parecer nos va a prestar, dejar, regalar o fiar Europa, como quiera cada uno denominarlo. Y por supuesto no faltará el debate sobre el debut de España en la Eurocopa futbolera, esa competición que por lo que nos han contado, no nos dará trabajo, pagará hipotecas o investigará chorizos, pero nos va a hacer olvidar todas nuestras penas, y que se ha saldado con un resultado bueno, digno, esperanzador, preocupante, peligroso, decepcionante o como quiera verlo cada uno. Podría haber competido con estos dos asuntos el triunfo de Nadal en Roland Garros, pero la suspensión con el partido en el aire lo deja quizás para mañana. Y alguno al que le guste el olor a gasolina hará mención al GP de Canadá de F1, pero el quinto puesto de Alonso lo llevará a las últimas páginas de los suplementos habituales de deportes de los lunes.
Y bien que lo siento, pues estamos asistiendo a una gran final de la Liga Endesa de baloncesto. Una final que está recuperando los aromas perdidos del enfrentamiento más clásico y enconado que se puede dar en nuestro deporte, la lucha entre las dos grandes potencias sociales, esos dos equipos que a otros muchos les tienen hasta los eggs, como gustan de cantar ahora más de una afición. El crecimiento experimentado por el Real Madrid auguraba una buena serie, pero hay que reconocer que los hechos están superando, al menos en sus dos primeros actos, los augurios más optimistas. Hemos asistido a dos partidos grandes, intensos, emocionantes y resueltos ambos de forma sorprendente, pues las victorias se han decantado hacia el equipo que ha llegado con la lengua fuera al último cuarto. El Madrid tuvo ganado el primero y lo perdió. Dándole el mérito que le corresponde al Barcelona, cuando cuentas con las ventajas que dispusieron los blancos, la conclusión es que el encuentro lo ganó el Barça perdiéndolo el Madrid. Cuarenta y ocho horas despues ocurrió casi lo contrario. Los azulgranas dominaban en el marcador, en el juego y aparentemente en el ánimo, pero los dos triples de Sergio Rodríguez catapultaron al Madrid en la misma medida que dinamitaron la supuesta solidez barcelonista.
Un análisis general apunta hacia una bien ganada ascendencia blanca. Nadie duda de los valores que atesora el equipo dirigido por Pablo Laso, pero hasta estos playoffs la consistencia mental para salir airoso de las situaciones más complicadas no estaba entre las más destacadas. Sí, ganó la Copa del Rey en el Sant Jordi, pero fue a través de un partido casi perfecto en el que casi todo se le dio de cara. Su pifia en la Euroliga, donde ni siquiera alcanzó los cuartos de final, parecía confirmar la falta de un hervor para dar el definitivo salto de calidad. Pero llegó la semifinal ante el Caja Laboral, que le birló a las primeras de cambio la ventaja de campo y le colocó ante el precipicio cuando tuvo que jugarse su superviviencia en campo hostil y con 2-1 en contra. Y llegó la final, donde tuvo que soportar el tremendo varapalo que supuso el triple milagro de Huertas. La respuesta a estas tres situaciones ha sido de equipo bragado, hecho y competente. Todo un curso rápido de maduración en tres lecciones.
Poco queda ya del Sergio Rodríguez dubitativo que alternaba grandezas y miserias, del Velickovic que parecía imposible parecerse a aquel talento que despuntó hace unos años, del blando juego interior (ahí les queda todavía recorrido) del equipo que asustaba corriendo hacia delante pero no imponía defensivamente. En estos playoffs el Madrid es un equipo que anota y defiende, que convierte los rebotes en una cuestión de estado, que no se asusta jugando al filo de la navaja y en el que todos sus jugadores saben para qué y por qué están en la cancha. Un equipo imperfecto, como casi todos, y al que a veces le cuesta negociar bien el juego, pero que en líneas generales ha reducido a la mínima expresión la gran diferencia que le separaba con el Barcelona hasta hace bien poco.
A esta reducción ha contribuido que el Barcelona no emite buenas vibraciones. O no tan buenas como nos ha acostumbrado en los últimos años. Salvo Lorbek y con Navarro y N´Dong cogidos físicamente entre algodones, cuesta trabajo encontrar un jugador que haya mejorado prestaciones esta temporada. Gente como Eidson, Wallace o Marcelinho están bastante ofuscados, y en general el equipo parece haber perdido la contundencia de antaño. Su defensa no ha dejado de ser de clase superior, pero el ataque sigue dependiendo sobremanera de lo que haga Navarro, que bastante está haciendo teniendo en cuenta su estado físico, pero que vive de rachas más que nunca. Además, su fiabilidad colectiva en las grandes citas no ha sido tal este año. Fracasó en la Copa y en la Euroliga, lo que seguramente ha añadido un motivo más a su posible desazón, pues le queda sólo la liga para salvar la temporada.
En estas estamos cuando esta noche se disputará el tercer partido en un bullicioso Palacio de los Deportes. La serie entra en territorio extremo con ventaja madridista, pero eso no hace ni mínimamente más fácil el augurar lo que pueda pasar. El Real Madrid tiene la oportunidad de resolver en casa, pero como pasa en los viajes en coche, los últimos kilómetros suelen ser los que cuestan más. Para no tener que volver a Barcelona deberían hacer la machada de encadenar tres triunfos consecutivos ante un colectivo que no atraviesa su mejor momento, pero que atesora suficiente potencial como para cambiar las tornas en cualquier momento.
Hoy se hablará de rescates financieros, del España-Italia, de si Nadal gana o no Roland Garros y un poco de Alonso. Pero espero que a eso de las diez de la noche, cualquier aficionado al deporte se enchufe a La 1 para disfrutar de un partido de baloncesto que promete mucho. Un partido donde el Madrid y el Barça se juegan media liga. Un partido con mayúsculas.
Postdata.- Desgraciadamente, Tirso Llorente no podría ver este encuentro. Tirso era un buen tipo, al que conocía desde hace un porrón de años aunque nunca tuve excesivo trato con él, ni profesional ni personalmente, lo que no impedía que nuestros escasos encuentros se saldasen con una buena conversación sobre baloncesto, clubes, chavales y, si la cosa se terciaba, sobre la vida en general. Pero sí cuento con el suficiente conocimiento de su persona y de su trabajo como para asegurar que, sin estar casi nunca directamente bajo el foco, dejó gran huella en un montón de jugadores. Siempre me dio la sensación de que Tirso no sólo entrenaba jugadores sino que también intentaba formar personas. No creo que le gustase mucho los papeles protagonísticos, pero fue protagonista principal para muchos jugadores. Ayer no pude estar en su funeral, pero por lo que me han contado fueron muchos los que se reunieron a despedirle. No me extraña nada, pues era todo un querido y entrañable referente en la familia baloncestística madrileña. Tirso Llorente, un grande del baloncesto sin necesidad de meter una canasta. Un abrazo desde aquí para toda su familia.

Últimos comentarios
@Sab: estoy de acuerdo contigo en que se debería hablar meno...
Rudy es como la versión baloncestística de Cristiano Ronaldo...
Desde luego creo que el RM es claro favorito, pero como bien...
Me ha gustado el comentario de Itu (en la retransmisión del ...
Calificar de decepcionante la Final Four del Barça y no hace...
Primero, es cierto que los medios españoles no le dan apenas...
Decepción del Barça en Londres??hombre amigo Iturriaga, lleg...
La ACB se está yendo al carajo, pero no creo que sea por cul...
¿El CAI qué llevó?...... ¿los alevines?...
Que pena Beirán....