El Palomero

Lo que nos deja el 16

Por: Juanma Iturriaga

22 dic 2016

A pocos días de cambiar de año, resulta inevitable echar un poquito la vista hacia atrás para ver qué nos ha dejado este 2016 que agoniza. Ha sido un año olímpico, una reseña siempre destacable cuando hablamos de deporte, más si cabe cuando, en lo que se refiere al baloncesto, la cosecha fue histórica. La NBA nos deparó dos acontecimientos difíciles de olvidar, y en lo que se refiere a los asuntos domésticos, se ha mantenido el dominio blanco, sin tanta apertura de vitrina como en 2015 pero suficiente como para que su jerarquía se mantenga. Vayamos por pasos.

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Doble pesca en Río

El verano olímpico fue doblemente fructífero, lo que obligatoriamente abre un hueco merecido en los libros de historia. Chicas y chicos subieron al cajón, unas colgándose la plata y otros el bronce. A la selección femenina no se le puede poner ni un solo pero. Su actuación fue espectacular, convincente, llevándose por delante a todo lo que se ponía por delante a excepción hecha del equipo estadounidense, que es otro mundo. Su segundo lugar cubrió definitivamente un hueco en su palmarés, completando un ciclo difícilmente mejorable, aunque la juventud y madurez de este colectivo augura un futuro igual de exitoso que hasta ahora.

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En cuanto a los chicos, si bien pillaron metal por tercera vez consecutiva en un partido agónico ante Australia, su actuación dejó la sensación de que nos quedamos un paso por debajo del que nos correspondía. Los titubeos iniciales esta vez sí que tuvieron penitencia, la de jugar la semifinal contra EEUU, donde estando más cerca en el marcador que nunca, estuvimos más lejos de la victoria que en las dos anteriores ocasiones. Viendo a Serbia finalista y siendo arrollada por Durant y compañía, echamos de menos que el equipo no hubiese encontrado su pedalada buena un par de días antes de lo que lo hizo.

Un récord y una final para la historia

Allende los mares, en la NBA, el año no puede considerarse otra cosa que extraordinario. Primero porque asistimos al acoso y derribo de un record que pensábamos inaccesible. El 72-10 de los Bulls fue superado por un equipo, liderado por un jugador de época, que está cambiando la forma de jugar a baloncesto. Los Warriors de Stephen Curry (MVP por unanimidad por primera vez en la historia) fueron durante ocho meses una máquina de jugar alegres y abiertos, correr, anotar y ganar partidos, uno a uno hasta llegar al mítico 73-9, un registro colosal.

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Su gesta finalmente no fue completada con un anillo, pues entre el esfuerzo al que tuvieron que someterse mientras otros se preparaban para llegar frescos a los playoffs y un lesión de Curry que alteró un poco su ecosistema, no llegaron a la final es su mejor momento. Y claro, allí les esperaba Lebron James, Irving y compañía para brindarnos una serie tremenda, agónica, que parecía resulta con el 3-1 inicial para Golden State pero que se dio la vuelta como un calcetín (la sanción en el quinto a Green pudo tener algo que ver) y que concluyó con un séptimo partido antológico, extenuante, que dejó dos jugadas imborrables. El tapón de Lebron a Iguadala con la cabeza casi pegándose al aro y el triple de Kirye Irving al que los Warriors ya no pudieron dar respuesta. Impresionante. Total, el King, más King que nunca.

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El Madrid prolonga su ciclo

Por estos lares el color predominante fue el blanco con mención especial al azulgrana, pero no el del Barça, sino el del Baskonia. Por primera vez en unos cuantos años, el Madrid hizo doble doblete y su ascendencia fue incuestionable. Hasta Abril realizó un ejercicio de supervivencia que terminó con su eliminación en cuartos de Euroliga, lo que le permitió recuperar el aliento para terminar arrasando. Son ya cinco años bajo la dirección de Laso y el proyecto no ofrece signo alguno de una caducidad a corto plazo, sino más bien lo contrario, por mucho que para esta nueva temporada perdiesen al Chacho Rodríguez, lo que por otro lado ha permitido abrir un hueco para la progresión de Luka Doncic, la joya de la corona para los próximos dos años.

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Meritorio también el año del Baskonia, único representante en la Final Four que terminó ganando el CSKA. La capacidad para conseguir proyectos competitivos de los vitorianos, a pesar de perder casi siempre sus piezas más importantes es digna de elogio y después de unos años más titubeantes, ha recuperado posición y prestigio.

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Lluvia de dólares

Otro hecho destacable del año es el chorro de millones que cayó sobre los equipos de la NBA, lo que propició que un verano de fichajes y renovaciones con cifras de vértigo. Más que nunca la marcha de jugadores de nuestras ligas hacia allí se haya convertido en uno de los mayores peligros para las competiciones europeas. Y lo que te rondaré morena, pues la cosa parece que va a ir a más ahora que el acuerdo entre la liga y los jugadores parece próximo. Por de pronto ya tenemos 10 españoles allí, y tiene pinta de que la cifra irá en aumento pues a la oferta deportiva se unirán cantidades de dólares difíciles de rechazar.

Bueno, pues eso ha sido todo. Espero que paséis un buen final de año y que el 2017 nos trate bien a todos. Y como decía el gran Stevie Wonder, si bebes no conduzcas.

Prohibido tocar

Por: Juanma Iturriaga

17 dic 2016

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Hay cosas que me gustan del fútbol. Suficientes como para que desde pequeñito quisiese jugar, cosa que evitó un entrenador de mi colegio que me cogió de la oreja (en sentido literal) y me llevó a una cancha de baloncesto que ya no volvería abandonar los siguientes veinte años. He disfrutado viendo a Pelé, Cruyff, Maradona, Van Basten, Butragueño, Michel, Laudrup, Romario, Xavi, Iniesta, Zidane, Ronaldo el zumbón, Messi o cualquier jugador talentoso de los muchos que han salido en los últimos cincuenta años. Mis filiaciones, en cuanto a equipos, van desde cualquier Athletic, por cuestiones obvias, hasta el Holanda o Brasil de los 70, el Madrid de la Quinta, el Milán de Gullit y compañía, el Barça de Cruyff y Guardiola, nuestra maravillosa selección del tiqui taca y hasta sufrí con aquel Atletico de Madrid de Luis, Garate y ratón Alaya. Como ya he repetido en muchas ocasiones, me gusta más el fútbol que los escudos, por lo que hago míos cualquier colectivo que engrandezca este deporte.

Dicho esto, hay cosas que NO me gustan del fútbol, y sospecho que cada día son más. No me gusta la desorbitada importancia que ha ido adquiriendo en los últimos tiempos. No me gusta la creciente servidumbre hacia las estrellas a los que se les permite y perdona todo, defraudaciones recaudatorias incluidas. No sólo eso, sino que les protege, lo que quizás es hasta delito. No me gusta que todo, y digo TODO, esté contaminado por el partidismo, por lo colores, por los escudos. Que cada vez haya más gente que traduzca cualquier opinión en base a tus supuestas simpatías. Que no puedas criticar a un equipo sin ser anti. No me gusta que la rivalidad entre Messi y Ronaldo, que ha llevado a los dos a cotas que seguramente no habrían conseguido sin tener al otro enfrente, haya llegado mediáticamente a terrenos absurdos y hasta estúpidos, como aquello de los yates de este verano. Que siendo madridista, si dices algo a favor de Messi tengas que compensar con algo bueno sobre Ronaldo para no enfadar al madridismo. No digo y viceversa, pues para encontrar un halago en los medios catalanes hacia el portugués, hay que buscar mucho, mucho, mucho.

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Pero hay pocas cosas que me parecen más absurdas como la resistencia a la introducción de la tecnología. En este mundialito o lo que sea, que deportivamente no da ni para media página, a falta de discusión futbolística se ha desencadenado toda una catarata de reacciones contra la utilización del video in situ para poder aclarar algunas jugadas. No es la primera vez que “la gente del fútbol” saca las uñas para defender la pureza, autenticidad, esencia o yo qué sé de este deporte, al que al parecer, mejorar su justicia limitando los errores le sienta muy mal. Algunas de las razones expuestas son difícilmente sostenibles. Por ejemplo que se diga que interrumpe el juego cuando estamos hablando de una especialidad donde se juega más o menos la mitad del tiempo, estando el juego parado la otra mitad, es hasta de chiste. Más lugares comunes. El error arbitral forma parte del juego. Pues ¡ole! ajo y agua. O que es un juego donde la interpretación tiene tanto peso que resulta imposible otra cosa que asumirla.

No acabo de entender tanta resistencia, salvo que pienses que estamos ante el deporte perfecto. Por supuesto que no se trata de robotizar el juego o en parar cada dos minutos, sino simplemente conseguir dinámicas sencillas (la consulta arbitral lo es, por mucho que se presente como algo muy complicado) en determinadas jugadas claves que puedan limitar los fallos arbitrales. Es evidente que llevará un tiempo su correcta implantación, elegir el tipo de jugadas a revisar y cosas así, pero sospecho que está llegando para quedarse.

Aunque puede que esté equivocado y menosprecie las fuerzas inmovilistas que han reinado en este deporte. Unas fuerzas que tardaron siglos en darse cuenta que el tema de la distancia en las barreras, una autentico dolor de cabeza para los árbitros, y donde la pillería campaba por sus anchas (muy educativo por cierto lo que veíamos una y otra vez) se solucionaba con un simple spray.

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Por: Juanma Iturriaga

08 dic 2016

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No es fácil evaluar a un entrenador, incluso en un deporte tan ligado a los números como es el baloncesto. Seguramente será por la dificultad de saber con cierta exactitud hasta donde llega su responsabilidad, tanto en lo bueno como en lo malo. Sus decisiones están siempre condicionadas a la posterior actuación de los jugadores, que pueden echar al traste un buen planteamiento táctico (y también lo contrario). Aunque nadie está a salvo de las interpretaciones personales de cada aficionado o periodista, los jugadores cuentan con más elementos objetivos. Si has hecho un 45% de tiros de tres puntos, nadie podrá discutir que estamos ante un buen tirador de distancia. Si coges 8 rebotes por partido, será difícil ser apuntado por falta de brega en ese apartado. Los entrenadores, en cambio, están totalmente expuestos a las filias y fobias, no valiendo ni siquiera el balance de victorias/derrotas. Por ejemplo, a Sergio Scariolo, que en seis años al frente de la selección ha cosechado una plata y una bronce olímpico más tres oros europeos, se le sigue observando con lupa, y para muchos el mérito de estos logros es debido fundamentalmente a los jugadores con los que cuenta.

Lo mismo que hay Scariolos que tienen que estar demostrando hasta el infinito sus valías, hay otros que hagan lo que hagan, son siempre unos grandes entrenadores, porque un buen día así fueron etiquetados. Y es que si hay un universo donde los una vez establecido un tópico resulta casi imposible derribarlo, ese es el de los entrenadores. Digo casi imposible pues existe algún caso en el que se produce el milagro. Como el de Pablo Laso, que ayer cumplió su partido número 400 al frente del Real Madrid.

No ha sido fácil, pero quiero pensar que finalmente se está reconociendo la descomunal tarea realizada por un entrenador cuya contratación provocó de todo menos confianza en sus habilidades. Ha costado cuatrocientos partidos, muchos títulos y un atractivo estilo de juego, pero parece que, salvo para aquellos que no se bajan de la burra ni a tiros, el consenso sobre su trabajo es todo lo unánime que se puede conseguir en un país como el nuestro.

 

El triunfo de Laso es una reivindicación de las ideas por encima de las modas, de la paciencia por encima de las urgencias, de la humildad por encima de los protagonismos. Hemos visto muchas veces como entrenadores traicionaban sus idearios por diferentes razones como miedos, inseguridades, presiones internas o externas o una racha de resultados. Ni siquiera en los peores momentos, que de todo ha habido, Laso ha sucumbido a la tentación de variar las líneas principales de su hoja de ruta. Este empecinamiento finalmente ha sido tremendamente positivo pues, al librarlo de bandazos y teniendo claro los objetivos y la forma de conseguirlos, ha posibilitado ir mejorando poco a poco el modelo, afinando el entramado profesional y humano para mantenerlo vivo, activo, ambicioso, hasta el punto que después de cinco años tan exitosos, este grupo mantiene intacto su hambre competitivo.

Y hay otra cosa que creo debemos agradecer a Pablo Laso. Que ya no haya marcha atrás para los que vengan después. Que el Madrid ha recuperado su estilo de siempre, olvidado a base de cambios constantes de rumbo y que no queremos volver a perderlo bajo ninguna circunstancia. Que las formas son importantes. Que el baloncesto es un juego para divertir, no para elucubrar. Que ya no sirve cualquier tipo de entrenador. Que la paciencia es la madre de la ciencia. Muchas cosas que se olvidaron en una travesía del desierto que duró casi dos décadas y que con la llegada de Pablo Laso se han recuperado.

Quizás ese sea el mayor legado lasiano. Cambiar la historia de un club con mucha, muchísima historia.

Sobre el blog

El palomerismo es toda una filosofía de vida que se basa, como la termodinámica, en tres principios. El de la eficiencia: “Mínimo esfuerzo, máximo rendimiento”. El del aprovechamiento. “Si alguien quiere hacer tu trabajo, hacerte un regalo o invitarte a comer, dejale”. Y el de la duda: “Desconfía de los que no dudan. La certeza es el principio de la tiranía”. A partir de ahí, a divertirse, que la seriedad es algo que ahora mismo, no nos podemos permitir.

Sobre el autor

Juanma López Iturriaga

Básicamente me considero un impostor. Engañé durante 14 años haciendo creer que era un buen jugador de baloncesto y llevo más de 30 años logrando que este periódico piense que merece la pena que escriba sobre lo que me dé la gana. Canales de televisión, emisoras de radio y publicaciones varias se cuentan entre mis víctimas, he logrado convencer a muchos lectores para que comprasen mis libros y a un montón de empresas que me llaman para impartir conferencias. Sé que algún día me descubrirán, pero mientras tanto, ¡que siga la fiesta!

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