Hay una frase muy típica y tópica cuando alguien se muere y que sale casi sin querer. Descanse en paz, solemos decir muchas veces, algunas de ellas como muletilla inconsciente que ayuda a pasar el trago de no saber qué decir. Cuando me llamó mi compañero Arsenio para notificarme que Manel Comas había fallecido, lo primero que me vino a la cabeza fue precisamente esa frase. Pero no fue un resorte ni mucho menos, sino la convicción de que a Manel se le había terminado un ultimo cuarto de partido donde el descanso y la paz a la que se refiere la sentencia de marras habían encontrado poco resquicio.
Yo no era amigo de Manel. Ni nunca fue mi entrenador, lo cual igual fue una suerte, pues como hablamos en varias ocasiones, no sé si hubiésemos podido evitar más de un encontronazo. Antes de coincidir en la televisión, mis conversaciones con él nunca pasaron de unos cuantos minutos cuando nos encontrábamos por esos campos. En la tele, fueron poco más de 20 partidos los que comentamos al alimón. Quiero decir que mi conocimiento y opiniones sobre él son un poco de media y larga distancia. Eso sí, como el roce hace el cariño, tanto tiempo cruzándonos en ese universo baloncestístico al que ambos pertenecemos desde edad temprana hizo que nuestros encuentros siempre fuesen muy agradables, donde de una forma rápida pasábamos revista a los temas más candentes, nos lanzábamos las puyas que hiciesen falta y por supuesto despellejábamos a algún personaje, que de todo había en esas charlas. Siempre tuve la sensación que lo mismo que a mí me gustaba encontrármelo, a él le ocurría lo mismo. Espero que fuese verdad.
Manel Comas, y esto es un dato, no una opinión, ha sido un hombre importante en la historia del baloncesto español. Sólo hace falta repasar su curriculum para darse cuenta que en cualquier narración que se haga sobre nuestro baloncesto, tiene un puesto asegurado. 30 años, 12 equipos, más de 700 partidos, títulos de prestigio, prestigio de entrenador. Pero además logró labrar un personaje, lo que está a alcance de pocos. Su nombre parecía decirlo todo sobre él. El sheriff es el que manda. El sheriff es el más valiente del pueblo. Al sheriff no se le engaña. El sheriff, como te portes mal, o te echa del pueblo o te mete en la cárcel. En definitiva, el sheriff es el sheriff. En un momento dado, los mandamases de una determinada ciudad podían ejercer su derecho a cambiar de sheriff, y entonces Manel cogía su caballo y se marchaba a su casa. Durante un tiempo era un sheriff sin pueblo, pero nunca dejaba de llevar la estrella puesta en sus colaboraciones periodísticas. Hasta que recibía otra llamada que lo reclamaba, hacía el petate y aterrizaba en otra ciudad que pacificar.
Por lo que cuenta jugadores que lo tuvieron como entrenador, era más o menos como pensábamos aquellos que no nos tuvo a su cargo. Un tipo directo, volcánico a veces, racial y nada amigo de las componendas. En la comunicación entre su cerebro y su lengua había poca intermediación, para lo bueno y para lo menos bueno. Pero con él no tenías duda de lo que pensaba, pues te lo decía, aunque fuese a bocajarro. Creo que finalmente esto el jugador lo agradece, pues siempre sabe a qué atenerse y qué terrenos pisa. De ahí seguramente el cariño que en general le profesaban sus exjugadores. Otro dato más, difícilmente refutable, es que este cariño era extensible a los aficionados. En los últimos meses mil y una veces gente de casi todos los campos de España me han dado recuerdos para él, se han preocupado por su estado, me han pedido que le traslade sus deseos de recuperación.
Era un gran conversador, con opiniones casi siempre tajantes, de sheriff, y con la memoria suficiente como para poderte pasar con él buenos ratos recordando partidos, canastas, triunfos, derrotas, broncas con árbitros, peleas con jugadores o directivos. A mí me gustaba confrontar las versiones de los partidos que disputamos uno contra el otro. Poder conocer la misma historia desde dos puntos de vista diferentes siempre la enriquece.
Como sheriff se enfrentó a su enfermedad, mirándola siempre a la cara. Me impresionó mucho cuando una tarde le pregunté sobre el miedo que puede producir una enfermedad que te puede llevar por delante, como así ha sido finalmente. "¿Miedo? Juanma, a mí lo peor que te puede pasar en la vida ya me ha pasado". Se refería a la muerte en accidente, hace 10 años, de su hijo de 25. Escucharlo me produjo una doble sensación. Por un lado, admiré su valentía. Por otro, una enorme tristeza al comprobar que hay cosas que no se superan nunca, dolores enormes que no te abandonan.
Hace unas semanas nos despertamos un mañana con una noticia que nos dejó anonadados. A Manel Comas se le acusaba de algo realmente repugnante, difícil de entender no ya en él, sino en cualquier ser humano. Según el auto, en esta ocasión el sheriff no era el bueno en esta película. Otro dato evidente a sumar: A Manel, a su historia, le acompañará siempre esta último acto. Basta con leer las notas de prensa sobre su muerte y comprobar que en el 100% se hacía referencia a la acusación. Y esto no cambiará nunca, sea cual sea el veredicto final, si es que alguna vez se llega a producirse. Y tampoco hay que ser un lumbreras para suponer que si es que le quedaban fuerzas para seguir luchando, estas le abandonaron al hacerse público el escabroso asunto.
Como aunque no pongo la mano en el fuego ni por mí mismo, creo en la presunción de inocencia mientras no se demuestre lo contrario, para mí Manel seguirá siendo al que miraba de reojo en el banquillo rival siempre a punto de cogerse un cabreo con alguien y con algo. El que le ví por la tele ganar una copa Korac con un imposible tiro de un tal Galvin, otro bigote ilustre. Al que amargué una semifinal de la Copa del Rey en Barcelona, cuando dirigía al Cai y remontamos milagrosamente 11 puntos en poco menos de un minuto. El que me gustaba escuchar en rueda de prensa, pues siempre dejaba alguna perla. El que formó una pareja inclasificable con Romay en televisión, siempre rozando las discusiones tipo Los Roper. El que llegaba a San Cugat con el pelo rapado y con el que pasé un par de horas dominicales durante 4 meses. El que he echado de menos desde que abandonó por segunda vez el puesto de comentarista para poder ahorrar fuerzas que necesitaba para otro partido.
Para otros ángulos y opiniones de la persona y el personaje están su familia, sus amigos, los jugadores a los que entrenó, los directivos que le contrataron o la justicia que ahora parece tener cuentas pendientes con él. Pero ese es el Manel Comas que yo conocí y del que puedo y quiero dar fe. Mi relación nunca fue muy de cerca, pero si suficiente como para que desee de todo corazon y con todo mi cariño que finalmente pueda descansar en paz.

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