David Alandete

Sobre el autor

es corresponsal del diario El País en Washington. En Estados Unidos ha cubierto asuntos como las elecciones presidenciales de 2008, el ascenso del movimiento del Tea Party o la guerra de Afganistán. Llegó a Washington en 2006, con una beca Fulbright para periodistas, a través de la cual se especializó en relaciones internacionales, conflictos armados y políticas antiterroristas.

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Los riesgos de una guerra subcontratada

Por: | 12 de julio de 2012

110320-F-IV526-051Los restos del soldado Rudy Acosta llegan a la base de Dover (US Air Force / Jason Minto)

Es un ejemplo de por qué la inminente retirada de Afganistán va a ser más problemática de lo que prometen en Washington o Kabul. La historia es sencilla, y habitual en las bases afganas. Un militante radical afgano promete matar soldados norteamericanos. Una empresa contratista canadiense tiene constancia de algunas amenazas, que no logra confirmar. Necesita mano de obra, barata. Le contrata y le asigna como guarda de seguridad a una base aliada. Allí, finalmente, abre fuego y mata a dos soldados e hiere a otros cuatro.

La empresa se llama Tundra Strategies, y el militante Shir Ahmed. El ataque tuvo lugar en marzo de 2011 en la base Frontenac. La familia de uno de los soldados fallecidos, el doctor Rudy Acosta, que tenía 19 años, ha presentado ahora una demanda contra la contratista de Ontario, en la que se han presentado también como demandantes tres de los heridos que sobrevivieron.

Durante las tres grandes guerras que George Bush abrió -las de Afganistán, Irak y la genérica ‘contra el terrorismo’- EE UU y el Pentágono pasaron a depender altamente de contratistas. Todo lo que se podía externalizar se externalizó, como si la crisis económica hubiera comenzado por la guerra. Era más barato que asalariados, mercenarios autónomos, se encargaran de la seguridad de las bases, de su logística, del control de los accesos. Así sucede en la gran mayoría de bases, sobre todo en las de mayor envergadura, como Bagram o Camp Phoenix.

Tundra, la empresa de Canadá, se encargaba de la seguridad en nueve bases afganas. Los demandantes aseguran que contrató por primera vez a Ahmed en mayo de 2010. En dos meses ya le puso en la calle, porque había recibido un chivatazo, según el cual Ahmed quería matar a soldados norteamericanos. Inexplicablemente, le volvió a contratar en 2011, porque, según los gerentes de la empresa, el chivatazo no se había podido verificar. Semanas después mató a los dos soldados y falleció él mismo abatido por las tropas.

En comparación con el duro proceso de entrenamiento y despliegue de tropas, hay poco control sobre los contratistas. Suponen un riesgo, en muchas ocasiones, por abusos cometidos puntualmente contra civiles afganos y contra soldados norteamericanos. Y caen también, como las tropas. En 2011 murieron 430 en Afganistán, todos ellos norteamericanos. Kabul no ofrece datos sobre los contratistas afganos abatidos.

El País

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