Gramola Galáctica: "One Sunday Morning" (Wilco, 2011)

Por: | 21 de febrero de 2012

The Whole LoveEl 27 de septiembre de 2011 Wilco presentó The Whole Love, su noveno disco (sí, ya sé que no se dice “disco”, pero para mí lo siguen siendo), donde destacaba claramente One Sunday Morning (Song For Jane Smiley’s Boyfriend), una canción de 12 minutos, de estructura repetitiva e hipnótica y melodía casi minimalista, del mismo modo que Highlands, de Dylan, era la canción que emergía sin dificultad de Time Out Of Mind (bueno, también Not Dark Yet), y no sólo por su desacostumbrada extensión. Me hubiera gustado colgar aquí Highlands porque creo que tiene mucho en común con One Sunday Morning, canciones en las que el narrador sale a caminar y la música lleva el ritmo del paseo y de su vagabundeo mental, canciones que se expanden y en las que, de repente, sin que sepamos muy bien cómo ni cuando, se produce una misteriosa epifanía, escasamente traducible en palabras: son la voz y la música quienes dan cuenta de ella, quienes intentan traducir la maravilla y el misterio de lo epifánico, pero Highlands no está en You Tube, o al menos yo no he sabido encontrarla, y tampoco encuentro completa Days of 49, una vieja, muy vieja canción que escribieron los hermanos Lomax y que Dylan cantó en Selfportrait. Adjunto el enlace a una recopilación de You Tube: si tienen un poco de paciencia (es la segunda de la lista) pueden escuchar ahí un fragmento. O desempolvar de nuevo Selfportrait.

 

Escuché Days of 49 en una época en la que no tenía ni idea de inglés: cuatro frases, cuatro títulos. Por no saber, no sabía ni que Dylan se pronunciaba tal cual (y que decir “Dáilan” era de pardillos). Tampoco sabía, por descontado, que la canción contaba historias de la fiebre del oro, en el Yukon de 1849: esos son los “Days of 49” del título. No lo sabía pero me lo contaba el ritmo, que avanzaba como esas ruedas de matojos secos empujados por el viento del desierto, y por la voz arenosa, y por el color de la melodía, que pintaba fulgores de quinqué y oro viejo.

Escuchaba aquella canción y la unía instantáneamente a los westerns de la época, como McCabe y Mrs Miller, de Altman, que aquí se llamó bobamente Los vividores y que tenía su propia y extraordinaria banda sonora, cuatro o cinco canciones del primer disco de Cohen, o Monte Walsh, del olvidadísimo William Fraker, que nunca volvió a hacer una película como aquella. Así, en Days of 49 había para mí un temblor de crótalos, y un nudo de serpentinas resecas como pieles de víboras, y nieve sucia, tan sucia como un cielo bajo.

Esa nieve he vuelto a encontrarla en One Sunday Morning. Hay canciones de domingos urbanos, como el Sunday Morning de Velvet Underground, que desde sus primeros acordes te instala en el Village o en el Soho, pero el domingo de Jeff Tweedy se me antoja rural: Minessota, Arizona, cualquier tierra de largos inviernos. La atmósfera de la canción está sostenida por las obsesivas espirales de la guitarra acústica y esas plácidas, casi alegres notas de piano que caen como gotas del primer deshielo, entre Satie y el Bill Evans de You Must Believe In Spring: invierno ya con un pie en la primavera.
Olvidémonos de la letra, como si no entendiéramos una palabra de inglés.
Me olvido porque entiendo la letra pero no demasiado; entiendo la sintaxis pero no el sentido último. Hay viejos demonios que se resisten a desaparecer; hay un padre muerto y un hijo que lo evoca en esa mañana de domingo; hubo una ruptura, una pérdida de la fe, una redención que es una recuperación: ahora ese padre congelado bajo la nieve calienta el corazón del hijo.

Escucho la voz de Jeff Tweedy y pienso en Nick Drake: como si Nick Drake no hubiera muerto, como si hubiera crecido y encontrado un poco de calma, un pequeño fuego en la nieve.
(Nick Drake está incluso más presente, me parece, en otra canción del disco: Rising Red Lung).

 

Pero ese puente se levantó a la cuarta o quinta escucha.

Cuando escuché por primera vez One Sunday Morning (que aquí he colgado en la versión del disco: hay versiones en directo, pero no suenan con esa nitidez) pensé instantáneamente en Fire and Rain, el primer gran éxito de James Taylor, la canción que, por así decirlo, propulsó su carrera.

Recordé también que en el Instituto tenía un amigo que sabía inglés, o presumía de ello. Las interpretaciones de las letras más o menos crípticas siempre suelen ser arriesgadas. Mi amigo, escuchando atentamente la canción, me dijo que contaba la historia de una novia de James Taylor llamada Suzanne (sí, como la de Cohen), muerta en un accidente aéreo. Había llegado a esa conclusión sumando dos versos: el primero (“Ayer por la mañana me dijeron que te habías ido, Suzanne”) y el último, que dejo en inglés por lo que se verá a continuación:

“Sweet dreams and flying machines/in pieces on the ground”.
(literalísimo: “dulce sueños y máquinas voladoras a trozos en el suelo”)

 

Mi amigo iba bien orientado, pero no del todo. Años más tarde supe: a) que la tal Suzanne no era novia, sino amiga, y se había suicidado, y que, b) no había tal accidente aéreo: The Flying Machines era el nombre del primer grupo de Taylor, que acabó como el rosario de la aurora y (entre otras causas) le precipitó en brazos del jaco.

Fire and RainSegún el propio cantante, Fire and Rain habla de una pérdida (Suzanne), pero también de cuando J.T volvió a Estados Unidos en pleno monazo, y del tiempo que pasó, hundido en una de sus depresiones cíclicas, en Austen Riggs, un psiquiátrico en Stockbridge, Massachussets.
¿Qué contaba, a mis oídos, Fire and Rain? Para mí, la frase capital, el gancho, la esencia, era esta: “He visto fuego y he visto lluvia/he visto días de sol que nunca creí que acabarían”.

Cuando la escuché por primera vez, en la adolescencia, quise entender que aquellos días soleados que nunca creímos que acabarían eran, obviamente, los de la infancia. Pero no creo que Taylor fuera tan literal: podríamos entender que “sunny days” es una equivalencia de “grandes momentos”, de instantes de plenitud. Ahora bien ¿lo que tomamos como esencia de las canciones es inmutable o cambia según el paso del tiempo, es decir, según lo que a cada edad vertemos en ellas?
Diría que mitad y mitad. Hay un tono y una atmósfera, un fondo del cuadro, pero los matices de color varían según nuestra percepción acumulada.
Ahora escucho Fire and Rain y One Sunday Morning y creo que esas canciones hablan de balance y de reconciliación con la vida, de tratar de mantener a raya a los demonios; de levantarse, y caminar lento, y mirar la vida y el mundo con otros ojos.
Canciones de redención, como diría Bob Marley.

Canciones de resurrección (sin grandes trompetas).

  

Cierro (momentáneamente) esta ronda con Star of Bethlehem, una de las canciones más hermosas y menos conocidas de Neil Young. Abría la primera cara de American Stars and Bars, un álbum visto y no visto que publicó en 1977 y desapareció rápidamente de las tiendas.
Hay un muerto en el centro de One Sunday Morning, Fire and Rain y Star of Bethlehem.
Un padre, un amiga, un amigo.
En la canción de Young (esta es una flecha al aire) diría que el amigo muerto es Gram Parsons, el “ángel doliente” fundador del country rock, quizás por el hecho de que Young la canta a dúo con Emmylou Harris, que fue su musa y compañera.
Pero también las tres cantan el fin de algo y el despertar que sigue.
El verso central de Star of Bethlehem es casi idéntico al de Fire and Rain:

“¿No es duro despertarse por la mañana y descubrir que aquellos días felices acabaron?”.
Si ese fuera el última verso sería un simple lamento peterpanesco, autocompasivo y un tanto baboso. Pero hay algo más: una imagen estupenda. Hay un despertar en un hotel sin nombre, donde el sol es una bombilla al final del pasillo.
“Quizás la estrella de Belén ni siquiera era una estrella”, dice Young, en un verso seco y lúcido que Hank Williams hubiera podido firmar. Y esa, justamente, es la resurrección.

(Para Miguel Ángel Medina y Natalia Marcos)

 

Una función incompleta

Por: | 16 de febrero de 2012

Theatre_stage_curtain


Es un sábado por la mañana en Londres. Agosto. Volverá a hacer calor, pero a estas horas el aire todavía está fresco. Maravilloso cielo azul, sin una sola perturbación. La noche anterior vimos un extraño espectáculo. Había que dar una contraseña por teléfono. La cita era en una callejuela de un barrio alejado. Allí había ya un grupo esperando. Se abrieron las puertas de una furgoneta. Entramos, y una chica muy guapa, sonriente, silenciosa, nos vendó a todos los ojos con pañuelos de seda negra.

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"El hombre que fue jueves": "Jardiel, 60 años"

Por: | 15 de febrero de 2012

Jardiel, 60 años (16-2-12)

Me acuerdo de Tomás Salvador

Por: | 15 de febrero de 2012

Tomas salvador1Esta que ven aquí es la única foto que he encontrado de Tomás Salvador. Tiene aspecto de malo de película mejicana, a lo Pedro Armendariz, pero fue un escritor en su tiempo muy popular, ganador de innumerables premios (el Planeta, el Nacional de Literatura, el Ciudad de Barcelona) y hoy me temo que absolutamente olvidado.
Tomás Salvador, mi tío Tomás, era un animal de muy sorprendente pelaje. Javier Tomeo sólo tenía palabras de admiración para él: le había empujado a la escritura y publicó sus primeros libros en Ediciones Marte, un sello donde alternaban clásicos (de Aristófanes a Shakespeare) ilustrados por el enorme Serafín, con textos de Juan Perucho, Ramiro Pinilla o, ya en los setenta, el Cannabis Flan de Raúl Núñez.
“Tu tío – me contó una vez Paco Candel – no sólo me apoyó en mis comienzos y me escondió en su casa cuando el follón de Donde la ciudad cambia su nombre, sino que también libró de la trena a más de uno, empezando por mí. Todavía le recuerdo gritándole a un jefazo de su comisaría: “¡Que no son rojos, coño, que son católicos progresistas!”.
Yo me quedé muy pasmado cuando mi padre me dijo que tío Tomás era escritor, porque parecía la quintaesencia del hombre común: un portero, un tabernero, el dueño de un almacén, gordo y con un enorme mostacho que le asemejaba a otro escritor de aspecto anónimo, el humorista italiano Giovanni Guareschi, muy popular en los años cincuenta por sus historias del cura don Camilo y el alcalde Pepone (y por una novela de título casi jardielesco: El destino se llama Clotilde).
En 1941, mi tío Tomás se alistó en la División Azul y combatió en Rusia hasta el 43. De vuelta a España ingresó en la policía y le destinaron a Barcelona, a la comisaría de Travesera de Dalt, donde mi padre y él descubrieron que eran primos hermanos (había nacido en Villada, el pueblo de mi abuelo Marcos) y es por eso que en casa siempre le llamamos tío Tomás. Era, pues, policía y escritor, como mi padre, y muy prolífico y diverso: escribió novelas policiales (El charco, Los atracadores, El atentado, que le valió el Planeta) cuando nadie daba un duro por el género, y novelas de ciencia ficción como La nave, una de las mejores que se hayan escrito en castellano, y contó la historia de su padre, guardia civil caminero, en Cuerda de presos, con la que ganó el Nacional de Literatura, y luego su tremenda peripecia rusa en División 250, y muchísimas más.
Una tarde, cuando yo tendría ocho o nueve años, mi padre me llevó a conocerlo.
Vivía en una torrecita, con un pequeño jardín, en la calle Blasco de Garay, en Sagrera, una casa en una hilera de casas idénticas, casi inglesas, lo que entonces se llamaban “viviendas de protección oficial”, una casa que a mí me encantó nada más verla, llena de niños y perros y libros, niños que jugaban en la calle y el jardín y subían y bajaban por la escalera de madera que comunicaba las dos plantas, perros que correteaban tras ellos, libros que cubrían las paredes y se amontonaban en cualquier esquina. Tenía su despacho en la planta baja, de cara al jardín. Fumaba en pipa o pequeños puros. Tenía una gran barriga. De beber cerveza, decía.
Algunos críticos decían que escribía de una manera “ruda y desmañada”, porque no había tenido “formación académica”, como si eso importara.
Aquella tarde me regaló uno de los libros más bonitos que he leído en mi vida, que a mi hermana y a mí nos tuvo encandilados durante años. Se llamaba Dentro de mucho tiempo y lo había editado Lumen en la colección “Grandes autores para niños”.
BZ-337
No sé quién sería el responsable de la colección, pero su gusto era notabilísimo: en la lista figuraban El saltamontes verde, de Ana María Matute, tres relatos de Marcel Aymé, otros dos de Pushkin, los Cuentos de mi molino de Daudet y, suspiro emocionado, El fantasma de Canterville y El gigante egoísta de Wilde. Vuelve a recorrerme un escalofrío de placer cuando acaricio aquella portada, de cartoné trenzado en verde, con las letras en relieve, y contemplo de nuevo las prodigiosas ilustraciones de Miñarro, y cuando en su última página vuelve a desplegarse, como un regalo inesperado, un mapa, algo rasgado ya, con todos los planetas, indicando su distancia respecto al sol en millones de kilómetros, los planetas como puntos blancos brillando en el cielo negrísimo.
Me gustan tanto que he optado por dar aquí algunas casi en su tamaño original, como puede verse.
Dick_Mileto

Allí aparecían también los lugares donde vivían sus protagonistas: el alférez Dick Mileto, alias Duky, nacido en el planeta Sonora, en la constelación Centauro, que por las noches escapaba para escuchar la música del viento en las montañas de Cristal, y el robot BZ-337, construido en el año de gracia de 3182 con la misión de proteger a los niños, y el explorador Tom Shalima, nuestro preferido, que rastreaba reptiles en los pantanos de Venus y objetos de civilizaciones perdidas, y viajaba siempre en compañía de Sherp, un animal parecido a una ardilla pero que tenía alas y sabía silbar, y Booboo, un huevo que hablaba, y Chuty, un pez que podía salir del agua, y Tulipaa, un mono que de noche se iluminaba como una pantalla.
Todas estas historias escribía y contaba mi tío Tomás en su alegre casa de Blasco de Garay.
Tengo tantas cosas que agradecerle que me limitaré a escoger una: a los diez años me hizo leer, en selecto programa doble, Primera memoria de Ana María Matute y Pelo de zanahoria de Jules Renard, que no eran precisamente lo que suele entenderse por libros para niños.
“Pero con una condición: que vuelvas y me los comentes”.
Volví y se los comenté. Escuchaba muy atento, porque le interesaba todo y porque sordeaba mucho: una granada en su trinchera, en Novgorod.
Me escuchaba y me hablaba como si tuviéramos la misma edad.
Volví unas cuantas veces a aquella casa, siempre en busca de libros y charla, y los libros que me prestó siempre fueron tan sorprendentes como aquellos dos. Detalle curioso y elegante: casi nunca me pasaba un libro suyo. Tenía que pedírselos y se hacía el remolón, que no me quedan, que eso es un rollo, que no te va a gustar. Pero me gustaron mucho Historias de Valcanillo, La nave y sobre todo, cuando ya era yo algo más mayor, División 250, que tardé en leer porque nunca me interesaron las historias bélicas y me olía un tostón pero sigue siendo un libro impresionante.
Y Dentro de mucho tiempo, por supuesto. Ese fue el primero y el que más recuerdo.
Tom_Shalima
A los quince años le llevé mi primer libro de cuentos.
“Están muy bien”, me dijo, muy generosamente. “Yo te los publicaría gustoso pero estoy canino, no te imaginas cuanto”. Tenía razón. No le rentó mucho ni la policía ni la literatura: se arruinó bárbaramente con Ediciones Marte y en sus últimos años regentaba, con un mandilón azul, el quiosco de periódicos de plaza Cataluña, frente al Zurich. Gente a la que quieres y a la que dejas de ver por cambio de costumbres, por desatención, por egoísmo, porque crees que pertenecen a otra época, porque crees que tú has cambiado. Es decir, por pura y simple estupidez.  
 

"Follies" en dos palabras: legen-dario

Por: | 14 de febrero de 2012

Crítica de Follies de Sondheim, dirigida por Mario Gas, en el Español (14-2-12)

Encuentro con José Luis Gómez (3ª parte)

Por: | 09 de febrero de 2012

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Estamos en 1971. Ha vuelto a España, tras once años de ausencia, para presentar, en sesión doble, Informe para una academia, de Kafka y El pupilo quiere ser tutor, de Handke. Yo recuerdo de un modo vivísimo aquella función, en el teatro Capsa de Barcelona, y como todos nos quedamos clavados, a la salida del teatro, en la calle: no queríamos irnos. Todos con la misma sensación, que iba de boca en boca: nunca habíamos visto nada igual. Imagino que el estreno en Madrid sería algo parecido o superior, ya que el aforo era el triple de grande.

Muchas gracias. Sí, esa fue también la impresión que yo obtuve. Y es cierto que el marco madrileño fue imponente, casi excesivo, porque estrené nada menos que en el Teatro de la Zarzuela. Era mi presentación en la sociedad teatral española, por así decirlo. La función estaba auspiciada por el Instituto Alemán, en sesión única, como espectáculo invitado al II Festival de Teatro. Compartía la dirección con Peter Fitzi, con el que cuatro años más tarde volvería a trabajar en El resistible ascenso de Arturo UI, de Brecht. Recuerdo, sobre todo, las caras de mis padres, Paco y Maria Antonia, viendo por primera vez a su hijo en un escenario. Y la frase memorable de mi padre, al entrar en el camerino: “Oye, Pepeluí, ezaz oreha que llevabah no eran lahtuyah ¿verdad?”. Y la generosísima acogida del público, desde luego. El éxito fue tan grande que a los tres días, y durante dos semanas, pasé al María Guerrero. Lo programaron para que pudiera verlo toda la gente que no pudo ir a la noche de la Zarzuela. No sabría decir quien llevaba el María Guerrero en esa época; quizás todavía José Luis Alonso, pero no recuerdo haber hablado con él aquellos días. Yo creo que hay cosas que se me han borrado por las muchísimas emociones que estaba viviendo entonces. En cuestión de dos semanas pasé de ser un absoluto desconocido a que me alzaran a las nubes, cuando todavía me faltaba mucho por aprender y por demostrar.

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El hombre que fue jueves: Un té con Conchita Bardem

Por: | 08 de febrero de 2012

Un té con Conchita Bardem (9-2-12)

Gramola Galáctica: “L’anamour” (Gainsbourg, 1968)

Por: | 07 de febrero de 2012

Serge Gainsbourg - L'anamour1968. Serge Gainsbourg tiene que dirigir la grabación del nuevo single de Françoise Hardy. Cara A, Comment te dire adieu. Cara B, misterio. Le llaman desde el estudio: Françoise y cuarenta músicos le están esperando. No, no sabe lo que irá en la cara B, no ha escrito nada, se ha olvidado, no ha tenido tiempo, lleva tres días y tres noches de juerga. Dadme una hora, dice. Toma papel y pluma, se encierra en la cabina y escribe L’anamour, pródiga en sus habituales juegos de palabras. ¿Qué quiere decir L’anamour? El no-amor, el in-amor, el desamor.
Escribe en una tonalidad muy adecuada para Françoise Hardy: un combinado de ligereza y melancolía rebozada en violines, un tanto a lo Michel Legrand. Excelsa interpretación, pero con el piano y la cuerda demasiado rotundos, demasiado graves, de tribunal sin apelación.
La canción, como solía suceder en la mayoría de las caras B, pasa un tanto inadvertida. Escuchémosla.


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Puro Teatro: "Sé de un lugar", de Ivan Morales (4-1-12)

Por: | 03 de febrero de 2012

Crítica de Sé de un lugar, de Ivan Morales: una revelación.

Peret, una biografía íntima: crítica del libro de Juan Puchades (4-2-12)

Bulevares Periféricos

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Teatro, Literatura, Cine, Música, Series: arte en general. Lo que alimenta, lo que vuelve. Crónicas, investigaciones, deslumbramientos. Y entrevistas (más conversaciones que entrevistas). Y chispazos, memoria, dietario, frases escuchadas al azar (o no). Y lo que vaya saliendo.

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Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez. Escritor, periodista, profesor. Cada sábado escribe en Babelia la sección PURO TEATRO y, cada jueves, en Cultura, EL HOMBRE QUE FUE JUEVES. Intento escribir sobre lo que me da vida. Ultimos libros publicados: Turismo interior (Lumen, 2010), Telón de fondo (El Aleph, 2011).

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