El 27 de septiembre de 2011 Wilco presentó The Whole Love, su noveno disco (sí, ya sé que no se dice “disco”, pero para mí lo siguen siendo), donde destacaba claramente One Sunday Morning (Song For Jane Smiley’s Boyfriend), una canción de 12 minutos, de estructura repetitiva e hipnótica y melodía casi minimalista, del mismo modo que Highlands, de Dylan, era la canción que emergía sin dificultad de Time Out Of Mind (bueno, también Not Dark Yet), y no sólo por su desacostumbrada extensión. Me hubiera gustado colgar aquí Highlands porque creo que tiene mucho en común con One Sunday Morning, canciones en las que el narrador sale a caminar y la música lleva el ritmo del paseo y de su vagabundeo mental, canciones que se expanden y en las que, de repente, sin que sepamos muy bien cómo ni cuando, se produce una misteriosa epifanía, escasamente traducible en palabras: son la voz y la música quienes dan cuenta de ella, quienes intentan traducir la maravilla y el misterio de lo epifánico, pero Highlands no está en You Tube, o al menos yo no he sabido encontrarla, y tampoco encuentro completa Days of 49, una vieja, muy vieja canción que escribieron los hermanos Lomax y que Dylan cantó en Selfportrait. Adjunto el enlace a una recopilación de You Tube: si tienen un poco de paciencia (es la segunda de la lista) pueden escuchar ahí un fragmento. O desempolvar de nuevo Selfportrait.
Escuché Days of 49 en una época en la que no tenía ni idea de inglés: cuatro frases, cuatro títulos. Por no saber, no sabía ni que Dylan se pronunciaba tal cual (y que decir “Dáilan” era de pardillos). Tampoco sabía, por descontado, que la canción contaba historias de la fiebre del oro, en el Yukon de 1849: esos son los “Days of 49” del título. No lo sabía pero me lo contaba el ritmo, que avanzaba como esas ruedas de matojos secos empujados por el viento del desierto, y por la voz arenosa, y por el color de la melodía, que pintaba fulgores de quinqué y oro viejo.
Escuchaba aquella canción y la unía instantáneamente a los westerns de la época, como McCabe y Mrs Miller, de Altman, que aquí se llamó bobamente Los vividores y que tenía su propia y extraordinaria banda sonora, cuatro o cinco canciones del primer disco de Cohen, o Monte Walsh, del olvidadísimo William Fraker, que nunca volvió a hacer una película como aquella. Así, en Days of 49 había para mí un temblor de crótalos, y un nudo de serpentinas resecas como pieles de víboras, y nieve sucia, tan sucia como un cielo bajo.
Esa nieve he vuelto a encontrarla en One Sunday Morning. Hay canciones de domingos urbanos, como el Sunday Morning de Velvet Underground, que desde sus primeros acordes te instala en el Village o en el Soho, pero el domingo de Jeff Tweedy se me antoja rural: Minessota, Arizona, cualquier tierra de largos inviernos. La atmósfera de la canción está sostenida por las obsesivas espirales de la guitarra acústica y esas plácidas, casi alegres notas de piano que caen como gotas del primer deshielo, entre Satie y el Bill Evans de You Must Believe In Spring: invierno ya con un pie en la primavera.
Olvidémonos de la letra, como si no entendiéramos una palabra de inglés.
Me olvido porque entiendo la letra pero no demasiado; entiendo la sintaxis pero no el sentido último. Hay viejos demonios que se resisten a desaparecer; hay un padre muerto y un hijo que lo evoca en esa mañana de domingo; hubo una ruptura, una pérdida de la fe, una redención que es una recuperación: ahora ese padre congelado bajo la nieve calienta el corazón del hijo.
Escucho la voz de Jeff Tweedy y pienso en Nick Drake: como si Nick Drake no hubiera muerto, como si hubiera crecido y encontrado un poco de calma, un pequeño fuego en la nieve.
(Nick Drake está incluso más presente, me parece, en otra canción del disco: Rising Red Lung).
Pero ese puente se levantó a la cuarta o quinta escucha.
Cuando escuché por primera vez One Sunday Morning (que aquí he colgado en la versión del disco: hay versiones en directo, pero no suenan con esa nitidez) pensé instantáneamente en Fire and Rain, el primer gran éxito de James Taylor, la canción que, por así decirlo, propulsó su carrera.
Recordé también que en el Instituto tenía un amigo que sabía inglés, o presumía de ello. Las interpretaciones de las letras más o menos crípticas siempre suelen ser arriesgadas. Mi amigo, escuchando atentamente la canción, me dijo que contaba la historia de una novia de James Taylor llamada Suzanne (sí, como la de Cohen), muerta en un accidente aéreo. Había llegado a esa conclusión sumando dos versos: el primero (“Ayer por la mañana me dijeron que te habías ido, Suzanne”) y el último, que dejo en inglés por lo que se verá a continuación:
“Sweet dreams and flying machines/in pieces on the ground”.
(literalísimo: “dulce sueños y máquinas voladoras a trozos en el suelo”)
Mi amigo iba bien orientado, pero no del todo. Años más tarde supe: a) que la tal Suzanne no era novia, sino amiga, y se había suicidado, y que, b) no había tal accidente aéreo: The Flying Machines era el nombre del primer grupo de Taylor, que acabó como el rosario de la aurora y (entre otras causas) le precipitó en brazos del jaco.
Según el propio cantante, Fire and Rain habla de una pérdida (Suzanne), pero también de cuando J.T volvió a Estados Unidos en pleno monazo, y del tiempo que pasó, hundido en una de sus depresiones cíclicas, en Austen Riggs, un psiquiátrico en Stockbridge, Massachussets.
¿Qué contaba, a mis oídos, Fire and Rain? Para mí, la frase capital, el gancho, la esencia, era esta: “He visto fuego y he visto lluvia/he visto días de sol que nunca creí que acabarían”.
Cuando la escuché por primera vez, en la adolescencia, quise entender que aquellos días soleados que nunca creímos que acabarían eran, obviamente, los de la infancia. Pero no creo que Taylor fuera tan literal: podríamos entender que “sunny days” es una equivalencia de “grandes momentos”, de instantes de plenitud. Ahora bien ¿lo que tomamos como esencia de las canciones es inmutable o cambia según el paso del tiempo, es decir, según lo que a cada edad vertemos en ellas?
Diría que mitad y mitad. Hay un tono y una atmósfera, un fondo del cuadro, pero los matices de color varían según nuestra percepción acumulada.
Ahora escucho Fire and Rain y One Sunday Morning y creo que esas canciones hablan de balance y de reconciliación con la vida, de tratar de mantener a raya a los demonios; de levantarse, y caminar lento, y mirar la vida y el mundo con otros ojos.
Canciones de redención, como diría Bob Marley.
Canciones de resurrección (sin grandes trompetas).
Cierro (momentáneamente) esta ronda con Star of Bethlehem, una de las canciones más hermosas y menos conocidas de Neil Young. Abría la primera cara de American Stars and Bars, un álbum visto y no visto que publicó en 1977 y desapareció rápidamente de las tiendas.
Hay un muerto en el centro de One Sunday Morning, Fire and Rain y Star of Bethlehem.
Un padre, un amiga, un amigo.
En la canción de Young (esta es una flecha al aire) diría que el amigo muerto es Gram Parsons, el “ángel doliente” fundador del country rock, quizás por el hecho de que Young la canta a dúo con Emmylou Harris, que fue su musa y compañera.
Pero también las tres cantan el fin de algo y el despertar que sigue.
El verso central de Star of Bethlehem es casi idéntico al de Fire and Rain:
“¿No es duro despertarse por la mañana y descubrir que aquellos días felices acabaron?”.
Si ese fuera el última verso sería un simple lamento peterpanesco, autocompasivo y un tanto baboso. Pero hay algo más: una imagen estupenda. Hay un despertar en un hotel sin nombre, donde el sol es una bombilla al final del pasillo.
“Quizás la estrella de Belén ni siquiera era una estrella”, dice Young, en un verso seco y lúcido que Hank Williams hubiera podido firmar. Y esa, justamente, es la resurrección.
(Para Miguel Ángel Medina y Natalia Marcos)